Isis Sin Velo Tomo II



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BRUJERÍAS DE SALEM

El caso de las brujerías de Salem, tal como lo refieren las obras de Cotton Mather, Calef, Upham y otros autores, corrobora de curiosa manera la realidad de los desdoblamientos, así como la inconveniencia de consentir la antojadiza acción de los elementarios. Sin embargo, este trágico capítulo de la historia de los Estados Unidos no se ha escrito verídicamente todavía. Hacia el año 1704, cinco muchachas norteamericanas que frecuentaban la compañía de una india dedicada al nefando culto del Obeah, adquirieron facultades mediumnímicas y empezaron a notar dolores en diversas partes del cuerpo con señales de pinchazos, golpes y mordiscos causados, al decir de las muchachas, por los fantasmas de ciertas personas cuyas señas dieron. Dio publicidad a este suceso el famoso relato de Deodato Lawson (Londres 1704), por quien se supo que, según confesaron algunos de los acusados, eran en efecto autores de las lesiones inferidas a las muchachas, y al preguntárseles de qué modo se valían para ello, respondieron que pinchaban, golpeaban y mordían unas figuras de cera con vehementísimo deseo de que la lesión se produjera en la correspondiente parte del cuerpo de las muchachas. Una de las brujas, llamada Abigail Bobbs, confesó que había hecho pacto con el diablo, quien se le aparecía en figura de hombre y le mandaba atormentar a las muchachas, y al efecto le traía imágenes de madera cuyas facciones eran parecidas a las de la víctima señalada. En estas imágenes clavaba la bruja alfileres y espinas cuyas punzadas repercutían en el mismo sitio del cuerpo de las muchachas” (42).

La autenticidad de estos hechos, evidenciada por el irrecusable testimonio de los tribunales de justicia, corrobora acabadamente la doctrina de Paracelso; y por otra parte resulta curioso que un científico tan escrupuloso como Upham no se diera cuenta de que, al recopilar en su obra tal número de pruebas jurídicas, demostraba la intervención en dichos fenómenos de los maliciosos espíritus elementarios y de las entidades humanas apegadas a la tierra.

Hace siglos puso Lucrecio en boca de Enio los versos siguientes:


Bis duo sunt hominis, manes, caro, spiritus umbra;

Quatuor ista loci bis duo suscipirent;

Terra tegit carnem;-tumulum circumvolat umbra,

Orcus habet manes.


Pero en este caso, lo mismo que en todos sus análogos, los sabios eluden la explicación diciendo que son completamente imposibles.

Sin embargo, no faltan ejemplos históricos en demostración de que los elementarios se intimidan a la vista de un arma cortante. No nos detendremos a explicar la razón de este fenómeno, por ser incumbencia de la fisiología y la psicología, aunque desgraciadamente los fisiólogos, desesperanzados de descubrir la relación entre el pensamiento y el lenguaje, dejaron el problema en manos de psicólogos que, según Fournié, tampoco lo han resuelto por más que lo presuman. Cuando los científicos se ven incapaces de explicar un fenómeno, lo arrinconan en la estantería, después de ponerle marbete con retumbante nombre griego del todo ajeno a la verdadera naturaleza del fenómeno.

Le decía el sabio Mufti a su hijo, que se atragantaba con una cabeza de pescado: “¡Ay, hijo mío! ¿Cuándo te convencerás de que tu estómago es más chico que el océano?” O como dice Catalina Crowe: “¿Cuándo se convencerán los científicos de que su talento no sirve de medida a los designios del Omnipotente?” (43).

En este particular es más sencilla tarea citar no los autores antiguos que refieren, sino los que no refieren casos de índole aparentemente sobrenatural. En la Odisea (44) evoca Ulises el espíritu de su amigo el adivino Tiresias para celebrar la fiesta de la sangre, y con la desnuda espada ahuyenta a la multitud de espectros que acudían atraidos por el sacrificio. Su mismo amigo Tiresias no se atreve a acercarse mientras Ulises blande la cortante arma. En la Eneida se dispone Eneas a bajar al reino de las sombras, y tan luego como toca en los umbrales, la sibila que le guía le ordena desevainar la espada para abrirse paso a través de la compacta muchedumbre de espectros que a la entrada se agolpan (45). Glanvil relata maravillosamente el caso del tamborilero de Tedworth ocurrido en 1661. El doble del brujo tamborilero se amedrentaba de mala manera a la vista de una espada.

Psello refiere extensamente (46) cómo su cuñada fue poseída de un elementario y el horrible estado en que la sumió el poseedor hasta que la curó un exorcizador extranjero, llamado Anafalangis, expulsando al maligno espíritu a fuerza de amenazarle con una espada. A este propósito da Psello una curiosa información de demonología que, según recordamos, es como sigue:

VULNERABILIDAD ASTRAL

Los cuerpos de los espíritus son vulnerables con espada u otra arma cualquiera. Si les disparamos un objeto duro les causará dolor, y aunque la materia de sus cuerpos no sea sólida ni resistente, tienen sensibilidad, por más que no tengan nervios, pues también siente el espíritu que los anima; y así el cuerpo de un espíritu puede ser sensible tanto en conjunto como en cada una de sus partes, de suerte que sin necesidad de organismo fisiológico el espíritu ve, oye y siente todo contacto. Si partís por la mitad el cuerpo de un espíritu, sentirá dolor como si residiera en cuerpo de carne, porque dicho cuerpo no deja de ser material, si bien de tan sutil naturaleza que no lo perciben nuestros ojos... Sin embargo, cuando amputamos los miembros de un cuerpo carnal no es posible reponerlos en su prístina disposición, mientras que inmediatamente de hendir a un demonio de arriba abajo vuelve a quedar tan entero como antes, como sucede cuando un cuerpo sólido atraviesa el aire o el agua sin dejar la más leve lesión. Mas a pesar de ello, los rasguños, heridas o golpes con que se vulnera el cuerpo de un espíritu le ocasionan dolor, y ésta es la razón de que a los elementarios les intimide la vista de una espada o cualquier arma cortante. Quien desee ver cómo huyen estos espíritus no tiene más que probar lo que decimos.


El demonólogo Bodin, uno de los científicos más eruditos de nuestra época, es también de opinión que a los elementarios, así cósmicos como humanos, les aterroriza hondamente la vista de espadas y dagas. De igual parecer son Porfirio, Jámblico, Platón y Plutarco, quien trata repetidas veces de este particular. Los teurgos estaban perfectamente enterados de ello y obraban en consecuencia, pues sabían que el más leve rasguño lesionaba los cuerpos de los elementarios.

A este propósito refiere Bodin (47) que en 1557, un elementario de la clase de los relampagueantes entró con un rayo en casa del zapatero Poudot e inmediatamente empezaron a caer piedras en el aposento sin dañar a ninguno de los circunstantes. La dueña de la casa recogió tal cantidad de piedras que pudo llenar un arcón, y aunque tomó la providencia de cerrar herméticamente puertas y ventanas y el mismo arcón, no cesó por ello la lluvia de piedras. Avisado del caso el alcalde del distrito fue a ver lo que ocurría, pero apenas entró en la habitación, el trasgo le arrebató el sombrero sin que se pudiera averiguar su paradero. Seis días hacía que duraba el fenómeno, cuando el magistrado Morgnes invitó a Bodin a presenciarlo, y al entrar en la casa se enteró de que le habían aconsejado al dueño que, después de encomendarse a Dios de todo corazón, recorriese el aposento espada en mano. En efecto, desde aquel punto no se volvieron a oír los estrépitos que en los siete días precedentes no habían cesado ni un instante (48).

En cuanto a los autores antiguos, Proclo aventaja a todos en relatos de casos sorprendentes, apoyados en testimonios de nota y algunos de esclarecida fama. Refiere varios casos en que la posición de los cadáveres en el sepulcro se había mudado de horizontal en bípeda unas veces y en sedente otras, lo cual atribuye a que estos difuntos eran larvas como, según dicen otros autores de la época, lo fueron Aristio, Epiménides y Hermodoro. Por su parte cita Proclo cinco casos de muerte aparente, tomados de la historia de Clearco, discípulo de Aristóteles y ocurridos en las siguientes personas:

1.º El ateniense Cleónimo.

2.º El conspicuo eolio Policrito quien, según testimonio de los historiadores Nomaquio y Hiero, resucitó a los nueve meses de fallecido.

3.º Un vecino de Nicópolis llamado Eurino, que resucitó a los quince días de su muerte y vivió todavía algún tiempo con ejemplar conducta.

4.º El sacerdote Rufo, de Tesalónica, que resucitó al tercer día de su muerte para cumplir la promesa de ciertas ceremonias sagradas, después de lo cual murió definitivamente.

5.º Una mujer llamada Filonea, hija de Demostrato y Carito, vecinos de Anfípolis, en tiempo del rey Filipo. Murió poco después de haberse casado a disgusto con un tal Krotero, y a los seis meses de su muerte resucitó movida por el amor al joven Macates quien, de paso en la ciudad, se hospedaba en casa de los padres de la resucitada, donde ésta, o mejor dicho, el elemental que había tomado en apariencia corporal, visitó durante algunas noches al joven hasta que, al verse sorprendida, cayó exánime su cuerpo diciendo que obraba de aquella manera por obediencia a los demonios humanos. Todos los habitantes de la ciudad acudieron a ver el cadáver de Filonea después de su segunda muerte en casa de los padres, y al abrir el sepulcro para enterrarla lo encontraron vacío (49).




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