Isis Sin Velo Tomo II



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LOS HECHICEROS

¡Hechicero! Nombre potente que en pasados tiempos fue segura sentencia de muerte ignominiosa y en los nuestros es promesa cierta de sarcasmo y ridículo. Sin embargo, en todo tiempo hubo varones doctos que, sin menoscabo de su honradez científica ni mengua de su dignidad personal, atestiguaron públicamente la posibilidad de que existiesen “hechiceros” en la recta acepción de esta palabra. Uno de estos intrépidos confesores de la verdad fue el erudito profesor de la Universidad de Cambridge, Enrique More, que floreció en siglo XVII y cuya ingeniosa manera de tratar este asunto demanda nuestra atención.

Según parece, allá por los años de 1678, el teólogo Juan Webster publicó una obra titulada: Críticas e interpretaciones de la escritura en contra de la existencia de hechiceros y otras supersticiones. Enrique More juzgó esta obra muy “endeble y no poco impertinente”, como así lo declaraba en una carta dirigida a Glanvil (31) a la que acompañó un tratado de hechicería (32) con aclaraciones y comentarios explicativos de la palabra hechicero, de cuya etimología inglesa infiere More su equivalencia con la palabra sabio (33), y añade que sin duda el uso dilataría su acepción a la clase de sabiduría que se aparta de los conocimientos comunes y tiene algo de extraordinario, pero sin significar con ello nada en oposión a la ley. Sin embargo, con el tiempo se restringió de tal modo el concepto de las palabras brujo y hechicero, que sirvieron para denominar respectivamente a la mujer y al hombre capaces de hacer cosas extraordinarias y fuera de lo común, en virtud de pacto expreso o convenio tácito con los espíritus malignos.

La ley promulgada por Moisés contra la hechicería enumera diversos linajes de hechiceros, según se colige del siguiente pasaje: “No haya entre vosotros quien practique la adivinación ni sea agorero, encantador o hechicero, ni haga sortilegios ni consulte a los espíritus familiares, ni sea brujo o nigromántico”.

Más adelante expondremos el motivo de tamaña severidad. Por ahora diremos que después de definir cada uno de los nombres enumerados en el anterior pasaje con su verdadera significación en la época de Moisés, señala More la profunda diferencia entre brujo y las demás modalidades comprendidas en la ley mosaica, cuya diversidad enumerativa requiere la precisa significación de cada nombre para no contradecirlos unos con otros. El brujo no es en modo alguno el vulgar prestidigitador que en ferias y mercados embauca con sus suertes a los lugareños, sino tan sólo quien evoca espectros ilusorios con ayuda del maligno espíritu de que está poseído, por lo cual usaba la ley mosaica de extrema severidad con ellos hasta el punto de ordenar: “No consentirás que viva ningún brujo (... *macashephah *)”. Verdaderamente hubiera sido tiranía emplear tamaño rigor con los infelices prestidigitadores y así tenemos que la ley mosaica sólo condenaba a muerte a los brujos (... ..., *shoel obh *) (34), esto es, el que evoca y consulta a los espíritus familiares, pues respecto a los demás linajes de hechicería, la ley se limita a prohibir el trato y concierto con ellos por ser idólatras.

Esta ley era cruel e injusta sin duda alguna, y de su texto se infiere cuán desencaminados andaban los médiums de las sesiones espiritistas de la América del Norte al decir, en comunicación recibida, que la ley de Moisés no condenaba a muerte a los brujos, sino que el sehntido de las palabras “no consentirás que un brujo viva” se contrae a que no viva del producto de su arte. Esta interpretación es en extremo peregrina y denota la pobreza filológica de las entidades que la inspiraron (35).


LA OBSESIÓN

Dice la cábala: “Cierra la puerta a la faz del demonio y echará a correr huyendo de ti, como si le persiguieses”. Esto significa que no debemos consentir la influencia de los espíritus de obsesión, atrayéndolos a una atmósfera siniestra.

Estos espíritus obsesionantes procuran infundirse en los cuerpos de los mentecatos e idiotas, donde permanecen hasta que los desaloja una voluntad pura y potente. Jesús, Apolonio y algunos apóstoles tuvieron la virtud de expulsar los espíritus malignos, purificando la atmósfera interna y externa del poseído, de suerte que el molesto huésped se veía precisado a salir de allí. Ciertas sales volátiles les son muy nocivas, como lo demostró experimentalmente el electricista londinense Varley colocándolas en un plato puesto debajo de la cama para librarse de las molestias que por la noche le asaltaban (36).

Los espíritus humanos de placentera e inofensiva índole, nada han de temer de ewtas manipulaciones, pues como se han desembarazado ya de la materia terrena, no pueden afectarles en lo más mínimo las combinaciones químicas, como afectan a los espíritus elementales y a las entidades apegadas a la tierra.

Los cabalistas antiguos opinaban que las larvas o elementales humanos tienen probabilidad de reencarnación en el caso de que, por un impulso de arrepentimiento bastante poderoso, se liberten de la pesadumbre de sus culpas con auxilio de alguna voluntad compasiva que le infunda sentimientos de contrición. Pero cuando la mónada pierde por completo su conciencia ha de recomenzar la evolución terrestre y seguir paso a paso las etapas de los reinos inferiores hasta renacer en el humano. No es posible computar el tiempo necesario para que se cumpla este proceso, porque la eternidad desvanece toda noción de tiempo.

Algunos cabalistas y otros tantos astrólogos admitieron la doctrina de la reencarnación. Por lo que a los últimos se refiere observaron que la posición de los astros, al nacer ciertos personajes históricos, se correspondía perfectamente con los oráculos y vaticinios relativos a otros personajes nacidos en épocas anteriores. Aparte de estas observaciones astrológicas, corroboró la exactitud de esta correspondencia, por algunos atribuida a curiosas coincidencias, el “sagrado sueño” del neófito durante el cual se obtenía el oráculo, cuya trascendencia es tanta que aun muchos de cuantos conocen esta temerosa verdad, prefieren no hablar ni siquiera de ella, lo mismo que si la ignorasen. En la India llaman a esta sublime letargia “el sagrado sueño de ***” y resulta de provocar la suspensión de la vida fisiológica por medio de cietos procedimientos mágicos en que sirve de instrumento la bebida del soma. El cuerpo del letárgico permanece durante algunos días como muerto y por virtud del adepto queda purificado de sus vicios e imperfecciones terrenas y en disposición de ser el temporal sagrario del inmortal y radiante augeoides. En esta situación el aletargado cuerpo refleja la gloria de las esferas superiores como los rayos del sol un espejo pulimentado. El letárgico pierde la noción del tiempo y al despertar se figura que tan sólo ha estado dormido breves instantes. Jamás sabrá qué han pronunciado sus labios, pero como los abrió el espíritu, no pudo salir de ellos más que la verdad divina. Durante algunos momentos el inerte cuerpo se convertirá en infalible oráculo de la sagrada Presencia, como jamás lo fueron las asfixiadas pitonisas de Delfos; y así como éstas exhibían públicamente su frenesí mántico, del sagrado sueño son tan sólo testigos los pocos adeptos dignos de permanecer en la manifestada presencia de ADONAI.

A este caso podemos aplicar la descripción que hace Isaías de cómo ha de purificarse un profeta antes de ser heraldo del cielo. Dice en su metafórico lenguaje: “Entonces voló hacia mí un serafín con un ascua que había tomado del altar y la puso en mi boca y dijo: He aquí que al tocar esto en tus labios se han borrado tus iniquidades”.

En Zanoni describe Bulwer Lytton, en estilo de incomparable belleza, la invocación del purificado adepto a su augoeides, que no responderá a ella mientras se interponga el más ligero vestigio de pasión terrena. No solamente son muy pocos los que logran éxito en esta invocación, sino que aun estos lo consiguen únicamente cuando han de instruir a los neófitos u obtener conocimientos de excepcional importancia.




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