Isis Sin Velo Tomo II



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UN DILEMA

Nada importa el nombre que los físicos den al principio que anima la materia, pues resulta algo distinto de la materia cuya sutileza escapa a la observación; y si admitimos que la materia está sujeta a la atracción, no es razonable substraer a la atracción el principio que la anima. Al colectivo testimonio de la humanidad en pro de la supervivencia del alma se añade el más valioso todavía de gran número de pensadores, en corroboración de que hay una ciencia del espíritu, no obstante la terquedad con que los escépticos le niegan dicho título. La ciencia del espíritu penetra los arcanos de la naturaleza mucho más hondamente que pueda presumir la filosofía moderna, nos enseña la manera de hacer visible lo invisible y nos revela la existencia de espíritus elementarios y la naturaleza y propiedades de la luz astral, por cuyo medio pueden comunicarse los hombres con dichos espíritus. Analicemos experimentalmente las pruebas y no podrán negarlas ni la ciencia ni la iglesia en uyo nombre tan persuasivamente hablaba el P. Félix.

La ciencia moderna está en el dilema de o reconocer la legitimidad de nuestras hipótesis o admitir la posibilidad del milagro. Pero el milagro supone, según los científicos, la infracción de las ordinarias leyes de la naturaleza, que si una vez se quebrantan, también pueden quebrantarse varias otras en sucesión indefinida, destruyendo la inmutabilidad de dichas leyes y el perfecto equilibrio del universo. Por lo tanto, no cabe negar, so culpa imperdonable de obstinación, la presencia entre nosotros de seres incorpóreos que en distintas épocas y países vieron no miles sino millones de personas, ni tampoco cabe achacar dichas apariciones a milagros, sin desbaratar los fundamentos de la ciencia. ¿Qué pueden hacer los científicos cuando despierten de su orgulloso ensimismamiento sino dilatar con nuevos hechos su campo de experimentación?

La ciencia niega la existencia del espíritu en el éter, al paso que la teología afirma la existencia de un Dios personal; pero los cabalistas sostienen que ni la ciencia ni la teología hablan con razón, sino que los elementos representan en el éter las fuerzas de la naturaleza y el espíritu es la inteligencia que las rige y gobierna. Las doctrinas cosmogónicas de Hermes, Orfeo, Pitágoras, Sankoniatón y Berocio, se fundan en el axioma de que el éter (inteligencia) y el caos (materia) son los primordiales y coeternos principios del universo. El éter es el principio mental que todo lo vivifica; el caos es un principio fluídico sin forma ni sensiblidad. De la unión de ambos nace la primera divinidad andrógina cuyo cuerpo es la materia caótica y cuya alma es el éter (5). Tal es la universal trinidad según el metafísico concepto de los antiguos que, discurriendo por analogía, vieron en el hombre, formado de materia e inteligencia, el microcosmos o minúscula reproducción del Cosmos.

Si comparamos esta doctrina con las especulaciones de la ciencia que se detiene en las lindes de lo desconocido y no tolera que nadie vaya más allá de sus pasos, o bien con el dogma teológico de que Dios creó el mundo de la nada como juego de prestidigitación, no podemos por menos de reconocer la superioridad lógica y metafísica de la doctrina hermética. El universo existe y existimos nosotros; pero ¿cómo apareció el universo y cómo aparecimos nosotros en él? Puesto que los científicos no responden a esta pregunta y los usurpadores del solio espiritual anatematizan por blasfema nuestra curiosidad, no tenemos más remedio que recurrir a los sabios cuya atención se empleó en este estudio siglos antes de que se condensaran las moléculas corporales de los filósofos modernos.

Dice la antigua sabiduría que el visible universo de espíritu y materia es la concreción plástica de la abstracción ideal, con arreglo al modelo trazado por la IDEA divina. Así pues, nuestro universo estaba latente de toda eternidad, animado por el céntrico sol espiritual o Divinidad suprema. Pero esta Divinidad suprema no plasmó su idea sino que la plasmó su primogénito (6).


EL LIBRO DE LA VIDA

Los antiguos sólo contaban cuatro elementos, pero consideraron el éter como el medio transmisor entre el mundo visible y el invisible y creyeron que su esencia estaba sutilizada por la presencia divina. Decían, además, que cuando las inteligencias directoras se apartaban del reino que respectivamente les correspondía gobernar, quedaba aquella porción de espacio en poder del mal. El adepto que se disponga a entrar en comunicación con los invisibles ha de conocer perfectamente el ritual y estar muy bien enterado de las condiciones requeridas por el equilibrio de los cuatro elementos de la luz astral. Ante todo ha de purificar la esencia y equilibrar los elementos en el círculo de omunicación, de modo que no puedan entrar allí los elementarios. Pero ¡ay del curioso impertinente que sin los debidos conocimientos ponga los pies en terreno vedado! El peligro le cercará en todo instante por haber evocado poderes que no es capaz de dominar y por haber despertado a centinelas que únicamente dejan pasar a sus superiores. A este propósito dice un famoso rosacruz: “Desde el momento en que resuelvas convertirte en cooperador del Dios vivo, cuida de no entorpecer su obra, porque si tu calor excede de la proporción natural, excitarás la cólera de las naturalezas húmedas (7), que se rebelarán contra el fuego central y éste contra ellas, de lo que provendría una terrible escisión en el caos (8). Tu mano temeraria perturbará la armonía y concordia de los elementos y las corrientes de fuerza quedarán infestadas de innumerables criaturas de materia e instinto (9). Los gnomos, salamandras, sílfides y ondinas te asaltarán, ¡oh imprudente experimentador!, y como son incapaces de inventar cosa alguna, escudriñarán las más íntimas reconditeces de tu memoria (58) para refrescar ideas, formas, imágenes, reminiscencias y frases olvidadas de mucho tiempo, pero que se mantienen indelebles en las páginas astrales del indestructible LIBRO DE LA VIDA”.

Todos los seres organizados, así del mundo visible como del invisible, existen en el elemento más apropiado a su naturaleza. El pez vive y respira en el agua; el vegetal aspira ácido carbónico que asfixia al animal. Unas aves se remontan hasta las más enrarecidas capas atmosféricas y otras no alzan su vuelo más allá de las densas. Ciertos seres necesitan la plena luz del sol y otros prefieren las penumbras crepusculares o las nocturnas sombras. De este modo, la sabia ordenación de la naturaleza adapta las formas vivientes a cada una de sus diversas condiciones y por analogía podemos inferir, no sólo que no hay en el universo punto alguno inhabitado y que cada ser viviente crece y vive en condiciones apropiadas a la índole y necesidades de su especialidad orgánica, sino además que también el universo invisible está poblado de seres adaptados a peculiares condiciones de existencia, pues desde el momento en que existen seres suprafísicos, forzoso es reconocer en ellos diversidad análoga a la que echamos de ver en los seres físicos y más distintamente entre los hombres encarnados, cuyas personalidades subsisten diferenciadas al desencarnar.

Suponer que todos los seres suprafísicos son iguales entre sí y actúan en un mismo ambiente y obedecen a las mismas atracciones magnéticas, fuera tan absurdo como pensar que todos los planetas tienen la misma topografía o que todos los animales pueden vivir anfibiamente y que a todos los hombres les conviene el mismo régimen dietético.

Muchísimo más razonable es creer que las entidades impuras moran en las capas inferiores de la atmósfera etérea cercanas a la tierra, mientras que las puras están a lejanísima distancia de nosotros. Así es que, a menos de contradecir lo que en ocultismo pudiéramos llamar psicomática, tan despropósito fuera suponer que todas las entidades extraterrenas están en las mismas condiciones de existencia, como que dos líquidos de diferente densidad indicaran el mismo grado en el hidrómetro de Baumé.

Dice Görres que durante su permanencia entre los indígenas de la costa de Malbar, les preguntó si se les aparecían fantasmas, a lo que ellos respondieron: “Sí se nos aparecen; pero sabemos que son espíritus malignos, pues los buenos sólo pueden aparecerse rarísimas veces. Los que se nos aparecen son espíritus de suicidas, asesinados y demás víctimas de muerte violenta, que constantemente revolotean a nuestro alrededor y aprovechan las sombras de la noche para aparecerse, embaucar a los tontos y tentar de mil maneras a todos” (11).

Porfirio relata algunos hechos repugnantes de autenticidad corroborada experimentalmente por los estudiantes de ocultismo. Dice así: “El alma (12) se apega después de la muerte al cuerpo en proporción a la mayor o menor violencia con que se separó de éste, y así vemos que muchas almas vagan desesperadamente en torno del cadáver y a veces buscan ansiosas los putrefactos restos de otros cadáveres y se recrean en la sangre recientemente vertida que parece infundirles por un momento vida material” (13).

Por su parte dice Jámblico: “Los dioses y los ángeles se nos aparecen en paz y armonía. Los demonios malignos lo revuelven todo sin orden ni concierto. En cuanto a las almas ordinarias se nos aparecen muy raramente” (14).




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