Ideario y proyecto de la Academia: la imagen del académico como intelectual



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Ideario y proyecto de la Academia:

la imagen del académico como intelectual

Desde 1538, cada seis de agosto se celebra en Bogotá la fundación de la ciudad que posteriormente se convertiría en la capital de Colombia. El levantamiento de las doce casas pajizas marcaron el inicio de un periodo que para algunos fue el de la “civilización”, proveniente de Europa y representada por la propagación de la lengua castellana y el establecimiento del cristianismo. Por su valor simbólico y significado social, más adelante, en 1871, esta misma fecha fue elegida para conmemorar la fundación de una institución concebida así misma como “civilizadora”: la Academia Colombiana de la Lengua.

Creada a imagen y semejanza de la Real Academia Española, esta institución entró en funcionamiento a contracorriente del pensamiento político dominante de la época y logró mantenerse vigente gracias a la actividad intelectual y política de sus miembros, quienes a través de sus prácticas instauraron un imaginario social completamente dependiente de la lengua y la literatura. Toda la representación del hombre letrado e ilustrado de la segunda mitad del siglo XIX tuvo como base la admiración por el conocimiento del idioma español y la capacidad de creación literaria o, al menos, de fascinación por la belleza de las composiciones escritas. Pero mientras el ilustrado fue reconocido por sus habilidades en las letras, el académico, miembro de la Academia, proyectó su figura como experto en la palabra impulsado por una especie de gracia, de don que solo poseían aquellos entusiastas de la norma social y de la ley divina.

El estudio riguroso y la aplicación de las últimas tendencias teóricas a la reflexión del lenguaje junto a tertulias, publicaciones y concursos, entre otras, fueron las actividades que caracterizaron los modos de operar de esta Academia de cara a un país empobrecido por las constantes guerras civiles, atraído por las pautas modernas de las naciones “civilizadas” y enfrascado en la lucha por el poder entre liberales y conservadores. Pese a su firme convicción de no inmiscuirse en asuntos de la política, el carácter de correspondiente de una entidad española, la estrecha relación de los académicos con altos cargos del gobierno y la forma en que se entendió el dominio de las letras, hacía difícil la defensa de una academia apolítica frente a las acusaciones de querer restablecer los lazos con España. En realidad la tarea resultaba imposible de realizar teniendo en cuenta que lo más significativo del pueblo español, la lengua y la religión, eran los pilares de su pensamiento y a la vez los argumentos más poderosos de su posicionamiento en el entramado social, a lo que habría que adicionar que como institución imprescindible, según los mismos académicos, en la configuración de la nación, la Academia debía asumir su papel en el proceso de civilización lo cual se tradujo en la implementación de mecanismos que establecieron el referente evaluador del comportamiento y las buenas maneras de los sujetos en cuestiones de lengua, sobre todo en escenarios tan distribuidos en el territorio nacional como el sistema escolar.

Para comprender la relevancia de esta academia en el panorama colombiano y en la actitud lingüística de los hablantes del periodo en cuestión será necesario revisar en detalle las bases de su creación en términos de quiénes conformaban el cuerpo de letrados, qué tipo de institución se fundó y con qué objetivos pretendió funcionar. Así mismo, nos detendremos en la figura del académico elaborada a partir de la combinación del escritor con la imagen de un “genio creador” llamado a transformar las naciones por la vía de la reflexión política, académico que, en efecto, articuló su ejercicio con unos juegos de poder vinculados a unas ideas cristianas y a un partido conservador. Esta figura del académico se complementará con la del filólogo, una especie de ʿcientífico de la lenguaʾ interesado en estudiar fenómenos lingüísticos con pautas de la gramática comparada, que se alternarán con los principios de la gramática tradicional para mostrar la importancia de la lengua literaria, la civilizada, sobre los dialectos y las lenguas indígenas, lo incivilizado. Finalmente, abordaremos las prácticas que la Academia adelantó como institución experta en los estudios de la lengua a través de la publicación de su Anuario, difusora de la norma lingüística en juntas y tertulias y determinante en el avance de las letras a través de concursos literarios.

La filigrana de la creación de la Academia

De las doce casas pajizas fundadas en territorio que luego fueron Bogotá, nació la idea de nombrar doce miembros de la Academia colombiana de la lengua como parte de la primera generación de académicos de número1 cuya misión fue la de limpiar, fijar el habla castellana y darle esplendor en territorio colombiano en cooperación con la Academia Española. La figura de académico de número tenía que ver con la residencia en la ciudad de Bogotá, a diferencia de los académicos correspondientes que vivían en otras partes de Colombia, y los académicos honorarios extranjeros que se ubicaban por fuera de ella. Esto significaba que si bien había claridad en que la institución tenía un centro de acción, el alcance de su gestión dentro y fuera de Colombia era amplio dada la red establecida con los otros miembros. De allí que Bogotá no fuera solo una ciudad capital, sino también el punto desde el cual se difundieron las ideas civilizadoras en términos de la lengua.

Ahora bien, el trabajo que se propuso adelantar la academia habla de sus filiaciones con la “Academia madre”, pero sobretodo del empeño en lograr ubicarse en un punto incuestionable para el avance de las letras y estratégico para el ejercicio de poder.

“Propónese, por tanto, nuestra Academia, estudiar el establecimiento y las vicisitudes del idioma en la nación colombiana, y honrar la memoria de los varones insignes que en ella lo cultivaron con decoro en épocas pasadas […] ella (la Academia) desea ilustrar la historia de la literatura patria, y cooperar a la formación de la biblioteca completa de nuestros escritores ilustres. También observará el giro y alteraciones de la lengua en el vulgo, rudo pero fiel depositario de preciosos tesoros” (Anuario, 1874: 10).

Ya ha sido comentado que la conservación de la belleza del español fue el objetivo que trazó una línea directa con la actividad de la Academia española y fundamentó la naturaleza de la colombiana. Sin embargo, alcanzar este objetivo implicó, por un lado, replantear los criterios de la producción literaria de Colombia según los principios de la elegancia y pureza de la lengua y, por otro, atender a una organización social que respondía a las normas de uso de la lengua, los vulgares y los cultos, y no tanto a los de las condiciones económicas, pobres y ricos.

Cuando la academia resolvió recuperar y determinar lo más relevante de la literatura colombiana inició un proceso de selección de documentos marcado por un conjunto de pautas sobre el buen uso de la palabra, la belleza del contenido y, ante todo, el linaje del autor. El resultado del proceso serviría para “apreciar el estado de la literatura, las ciencias y las artes en un país y, en una época dada, nos guían para apreciar justamente el mérito relativo de cada uno de los individuos que en ellos han cultivado esos ramos” (Anuario, 1874: 124). Así, se define un modo de proceder muy particular por parte de la Academia en el sentido de que la labor no consistía en la búsqueda de todo aquello que se hubiera escrito hasta la fecha con tinte literario para luego someterlo a evaluación, sino de rastrear la literatura elevada a través de la genealogía de sus autores. Al final, la biblioteca que la Academia dejaría como un legado valiosísimo para Colombia solo contaría con lo que había logrado pasar por el cedazo de los académicos, dejando lo demás en un segundo plano, cuando no en el olvido, como signo de superación de la barbarie.

De otro lado, el estudio de la lengua se llevaría a cabo siguiendo el método de la gramática comparada, no obstante los giros lingüísticos tenían como referente la norma fijada por las mismas academias, con base en la gramática clásica, y no el uso generalizado de los hablantes.

“las decisiones ortológicas que de la Academia espera el público se refieren a dos objetos distintos: la declaración definitiva de la acentuación que se ha de dar a ciertas voces que unos acentúan de un modo y otros de otros y la fijación de reglas que comprendan todas las clases numerosas de palabras en que, para los estudios ortológicos, pueden dividirse todas las de la lengua” (Anuario, 1874: 117).

En el uso hasta ahora había reinado bastante la anarquía, decían los académicos, de modo que era necesario sujetar a reglas constantes esa libertad desmesurada causante de los errores y los titubeos en la producción de los hablantes. En otras palabras, “si el vulgo fluctúa, lo hace porque ve fluctuar a los doctos, y los doctos fluctúan porque, no habiendo decisiones autorizadas, ellos se consideran en libertad para seguir su propio dictamen o el del autor que mejor les parece” (Anuario, 1874: 117). De esto se deduce, según los académicos, la necesidad imperante de una autoridad como la Academia que establezca modelos de uso orientados a exaltar el uso de los cultos y rechazar el uso del vulgo.

La correlación existente entre los incultos y la clase baja, y los cultos y la clase alta fue un presupuesto que la Academia nunca desconoció. Sin embargo, tratándose de la lengua, resultaba más operativo pensar la sociedad en términos de los doctos y el vulgo porque la clase alta no necesariamente era docta y los doctos no siempre se inscribían en la clase alta, si se tiene en cuenta los recursos económicos con los que contaban. Hablar de cultos e incultos le permitió a la Academia zanjar la situación económica de algunos académicos frente a la sociedad y predicar los principios cristianos poniendo por encima del dinero y los bienes materiales el valor del buen uso de la lengua.

Volviendo a la fundación de esta institución, se dice en sus documentos oficiales que ella era “la primera de su clase que ha aparecido en América”, es decir, la primera dedicada al estudio de las letras. Aunque a lo largo del siglo se habían presentado algunas iniciativas por parte del Estado para fomentar el estudio de la literatura y las artes2, éstas habían fracaso en repetidas ocasiones (Gordillo, 2004) lo cual explicaba el hecho de que aquella fuera declarada como el inicio de la reflexión de las letras colombianas. De las propuestas más cercanas a los objetivos de la Academia Colombiana de la Lengua fue la publicada en 1825 en el periódico La Miscelánea, que consistía en un tipo de alianza americana o federación literaria, cuyo objeto sería “conservar puro el idioma e impedir que en las diversas secciones de esta región se vayan formando dialectos” (Anuario, 1874: 121) mediante acciones como “ordenar y formar el diccionario, la gramática y la ortografía que hubiesen de regir y ser la norma en todos los Estados” (Anuario, 1874: 121). Esta alianza tomaría la forma de una Academia de la Lengua Americana y estaría conformada por cuatro miembros de cada uno de los Estados. A pesar de que la propuesta se esmeró en demostrar la necesidad de una institución que se ocupara del español en América, pronto se olvidó. Más adelante, algunos de los que luego serían parte de la primera generación de académicos de la Academia Colombiana recuperaron la iniciativa, pero esta vez recordando que la autoridad en materia del español era España, que la autoridad se expresaría a través de academias en los distintos Estados americanos, y que, por tanto, todas serían correspondientes de la Real Academia Española.

En efecto, a partir de 1871 entró en funcionamiento la Academia Colombiana de la Lengua, la primera en ocuparse del estudio de las letras en Colombia, la primera correspondiente en América y una de las pocas que se mantuvo, pese a los duros ataques que recibió por cuenta del partido liberal y a la indiferencia de gran parte de la sociedad que se mantuvo al margen de las normas de la lengua conservando sus dialectos y sus propios usos. En la celebración del octavo año de la institución Manuel Marroquín afirmó:

“La Academia ha trabajado con aquel laudable fin y ha logrado conservarse, no solo careciendo de apoyo, los estímulos, las remuneraciones y la cooperación con que en otros países se ven favorecidas las instituciones de su especie, sino pugnando contra la malquerencia de unos y contra la indiferencia de casi todos los que no son enemigos declarados” (Anuario, 1874: 341).

El poco respaldo político que tuvo esta institución, al menos al inicio, parece no haber afectado en mayor medida su actividad porque en cada miembro existía la certeza de la necesidad de la Academia por su labor única en el proceso de consecución de la civilización: “Nunca han faltado aquí aficionados al cultivo de las letras; pero, sí habían faltado a principios y hacia el medio de la época escritores que dieran toda la debida importancia a la corrección, pureza y elegancia del lenguaje” (Anuario, 1874: 341). En el avance de las naciones, según la Academia, lo importante no era la preocupación por las letras en sí, sino la instauración de un modelo que sirviera de referente para la producción literaria y para el buen uso de la lengua, ya que sin ese modelo, la literatura sería tosca y desaliñada, y la lengua tendería a los dialectos hasta romper definitivamente su unidad. En este sentido, el círculo de ilustrados que conformaron la Academia no fue uno más interesado en la promoción del español y su producción literaria, más bien fue la “corporación” representante del poder de la lengua, dentro y fuera de Colombia, bajo el eslogan de norma y autoridad.

Ser la primera academia correspondiente en América y la de mayor producción intelectual, admirable en el campo de la filología, la lexicografía y la literatura, suscitó entre el resto de las academias una especie de respeto que tácita y paulatinamente terminó por convertirse en autoridad. Muestra de ello fue la recomendación que en 1889, la Academia española hizo al ministro de ultramar sobre la adquisición para las bibliotecas de la obra Gramática histórico-comparativa de la lengua latina de Enrique Álvarez, miembro correspondiente de la Academia colombiana, después de haber sido evaluada y considerada de “relevante mérito, de sumo interés y de utilidad verdadera en las doctrinas de la gramática, la fonología y la morfología” (Anales, junio 1889: 72). De igual forma, el contenido de varias cartas provenientes de académicos corresponsales hispanoamericanos revelaba el lugar privilegiado en el que se encontraba la Academia colombiana en relación con las demás Academias en América e incluso con la Real Academia Española:

“No tiene España en la actualidad autoridad justificada para imponérsenos en materia de idioma […] Tengo para mí que en el estado actual de estas cosas, la norma del lenguaje que ninguna capital nos puede dar, se halla en los trabajos concienzudos de la Academia colombiana” (Epistolario Cuervo, 1992: 232).

La correspondencia entre todos los miembros de las diferentes academias aseguró una conexión permanente con los saberes, las prácticas y la producción alrededor de la lengua, una especie de cartografía del español que le permitió a los académicos colombianos, por un lado, entender su papel desde su posicionamiento en el mapa y, por el otro, mantenerse actualizados con respecto al desarrollo europeo y americano de los estudios de la lengua en general.

Los académicos: el genio creador y el escritor

Doce fueron los miembros que iniciaron el proyecto de la Academia Colombiana de la Lengua, nombrados el 10 de mayo por el primer director, José María Vergara, el secretario, José Manuel Marroquín, y uno de los intelectuales más sobresalientes del siglo XIX, Miguel Antonio Caro. Una vez aprobado el listado por la Academia española, la institución se puso en marcha tres meses después acordando para ello conmemorar cada año su fundación y publicar sus memorias en el Anuario, cuya redacción estaría a cargo del secretario y los demás académicos, y solo sería de conocimiento público a partir de 1874.

Tratando de ser fiel a la dinámica de la Academia española, la colombiana estableció, además del cargo de director, cargos de secretario, tesorero, censor y bibliotecario, aunque este último no se nombró por no existir local para depositar los libros. Sumado a ello, la vigencia de la institución se mantendría a través del encuentro de sus miembros en juntas oficiales y tertulias. La primera generación de académicos, nombrada en 1871, estuvo conformada por 12 intelectuales, de los más reconocidos de la época. Si doce fueron los académicos de número, hasta doce fue el número acordado para los correspondientes. La figura de académico honorario extranjero la ocupó cada miembro de número del resto de las academias.

Desde su lugar, cada miembro aportó al carácter de la Academia. Basta adentrarse un poco en sus trayectorias en las distintas esferas sociales para darse cuenta que buena parte del lugar ganado en la Academia residía en el vínculo con las letras, la creencia en los preceptos de la iglesia católica y su cercanía a altos mandos del gobierno. Se puede contar entre ellos a 10 poetas, 3 novelistas, 3 filólogos, 5 traductores y especialistas en lenguas antiguas, 1 obispo, 1 arzobispo, 1 presbítero, 4 presidentes, 2 vicepresidentes, diputados, ministros, parlamentarios y presidentes del congreso. La mayoría se desempeñó como educador y todos fueron escritores reconocidos por sus publicaciones en periódicos y revistas de la época. A simple vista puede afirmarse que los académicos debían poseer una alta conciencia política combinada con fuertes valores morales que pudieran expresarse en escritos de ʿdelicadísimo gustoʾ capaces de inspirar en los lectores ʿsentimientos de belleza y noblezaʾ.

Si bien los ilustrados de este periodo se caracterizaron por el ejercicio de la escritura con fines sociales como “inculcar conocimientos y dar consejos útiles a los artesanos y campesinos, integrando una visión de progreso material con la necesidad de trabajar por el progreso moral de la sociedad” (Gordillo, 2004: 213) para los académicos, en cambio, los escritores cumplían una importante labor por el amplio alcance que tenían en las distintas capas sociales. En palabras de José Manuel Marroquín:

“los escritores son los que más influyen sobre la suerte de los hombres, haciendo circular ideas y sentir impresiones. Se hacen leer de los ignorantes y superficiales como de los doctos y reflexivos, de las mujeres como de los hombres, de los adolescentes como de los hombres maduros” (Anuario, 1874: 76).

Estos intelectuales preocupados por el cultivo de la “alta cultura”, hombres de letras diferenciados de los políticos, sumaron virtudes a su papel de escritores al declararse comprometidos con un cambio cultural que fuera el signo civilizatorio más notorio en el avance de la naciones, por lo que la representación que construyeron de sí mismos debió considerar elementos religiosos e idiomáticos atravesados por el vector social.

De la clase alta, heredera del espíritu español y separada de la burguesía, se destacaron valores reconocidos en cada uno de los miembros de la academia. Así se comenta de ellos: “Apartando los ojos del pueblo, se les fija en la nobleza; y admiración mayor debe causar el ver que la alta clase se distinga por accesible, por llana en su trato, por comedida y liberal (Anuario, 1874: 277). Fuera de la ventaja social que supuso incluirse en este sector, estar allí les permitió comenzar a configurar elaborados discursos que hicieran evidente su necesaria presencia en el estudio y conservación de las letras y, por tanto, su responsabilidad moral con las transformaciones hacia una sociedad culta.

“Obsérvase comúnmente que lo que la degradación moral y religiosa trae consigo es la enervación de las letras y el decaimiento del lenguaje […] pero cuando esto sucede, no faltan a las veces clases en la sociedad que logran preservarse del común contagio, y vienen a la sazón a ser como el santuario en que ellas se guardan y conservan. “ (Anuario, 1874: 256).

Al afirmar que solo en una clase social era posible encontrar la cultura, los académicos concentraron en un reducido grupo de la población todo el conocimiento de las letras que era capaz de convertir un país en una nación, legitimando de paso el papel en la sociedad del novelista, el poeta y el filólogo como “posiciones de sujeto” por encima de la del político, el médico o el geógrafo. Esto último complementó los argumentos a favor del elogio exacerbado a la figura del “genio creador”, un artista que “recibió de lo Alto el dón de observar, el don de crear y de reproducir en sus creaciones el mundo que le rodeaba” (Anuario, 1874: 283).

Para saber cómo reconocer a un genio, era necesario indagar sobre la sensibilidad que le otorgaba una gracia divina, de manera que pudiera advertir en los textos “una escritura limpia, clara en las ideas, escrupulosa en la elección de las voces, con nervio en el estilo y plan e hilación lógica en el discurso” (Anuario, 1874: 485). Sumado a ello, debía saber reconocer en el presente la riqueza heredada del pasado, por lo que el gusto por los clásicos y la apreciación por lenguas como el latín, que además debía dominar, contaron como rasgo distintivo en su naturaleza de genio. Por ser el latín la lengua oficial y la que se hablaba y se escribía en los sectores ilustrados de España después de la invasión árabe, se valoró de la misma manera el dominio de esta lengua en el genio creador, aunque ya no fuera una lengua viva en el siglo XIX ni hubiera tenido tanta presencia en América con hablantes reales. Lo que sostuvieron los académicos fue que en el reconocimiento del escritor como genio “debió de contribuir eficacísimamente el conocimiento del latín, pues su estudio formó la parte principal de la educación literaria de aquellos hombres” (Anuario, 1874: 334), razón por la cual España aventajaba América en la apreciación de las letras.

La perfección, fue otra de las características que definió al genio creador y de hecho una de los grandes anhelos que persiguieron los académicos. En sus palabras, “la perfección absoluta a que aspiramos, espíritu del Sumo Bien, es nuestro convencimiento de que solo ella merece nuestra completa adhesión, que no nos contentamos jamás con bienes a medias, con verdades relativas” (Anuario, 1874: 285). La idea de la perfección tenía todo que ver con las virtudes que rodeaban la vida de un escritor, desde sus principios de formación hasta la consagración por el detalle en la composición, pasando por unos modos de vivir ligados indiscutiblemente a la moral y a la ética cristiana. Cualquiera que estuviera alejado de Dios, estaba muy lejos de alcanzar la perfección, o sea, la superioridad en muchas, si no en todas, las dimensiones de la experiencia humana.

Para el genio, detrás de la delicadeza y la excelencia se hallaban los fundamentos divinos capaces de convertir estas cualidades en requisitos indispensables en el avance de los pueblos. La religión católica y la lengua española suponían una especie de dueto inseparable, símbolo de una tradición europea que como tal albergaba el secreto de la civilización. Entonces, además de conservarla, la tarea de los académicos consistió en exaltar dicha tradición, convirtiéndola en la materia prima de toda una empresa, es decir, la Academia. De allí su afirmación de que:

“Solo en la religión hallamos uniformidad de creencias y doctrinas fundamentales y en todos los miembros de una misma congregación, porque el sentimiento religioso es el gran principio civilizador. Todo pueblo tiene, pues conocimiento teológicos, y no se puede concebir que haya hombre medianamente ilustrado que desconozca la religión de su patria” (Anuario, 1874: 293).

De acuerdo con estas palabras, un intelectual de esta época no sólo debía atender a su condición de ʿhombre de cienciasʾ, sino que también debía estar convencido del papel social que le había sido asignado por la Divina Providencia. Así lo expresó Pedro Fernández Madrid cuya gestión política estuvo en parte orientada a consolidar las relaciones con la Santa Sede: Toda alma, para ser recta y verdaderamente luminosa, debe nutrirse de religión y ciencia” (Biblioteca autores colombianos, 1953: 251). Y mientras Fernández Madrid se ocupaba de encontrar en el exterior alianzas para afianzar la religión en Colombia, José Joaquín Ortíz, intentaba convertirla en un pilar de la educación infantil a través de la difusión de su propia síntesis de la biblia en un Compendio de Historia Eclesiástica o el Resumen de Historia Sagrada.

Siguiendo esta vertiente religiosa encontramos a 3 académicos ubicados en cargos importante de la iglesia, como ya se mencionó, y dos más pertenecientes a la Sociedad de San Vicente de Paul, José María Vergara y Ricardo Carrasquilla, este último reconocido por sus habilidades de orador religioso. De Rafael Pombo se afirma que “Dios, la naturaleza, la mujer, todo ello unido en el vértice de su inspiración, fueron los temas centrales de su lírica” (Orjuela, 1975:134) y de Miguel Antonio Caro que “incursionó en la vida política donde sus palabras se plasmaron en toda una biblia que se llamó constitución de 1886” (Castelblanco, 2009: 3). Incluso, se hicieron recomendaciones en defensa de la religión a los intelectuales ʿincrédulosʾ , como aquella que José Caicedo Rojas le hizo a Ricardo de la Parra en una carta dirigida a éste último 1872: “celebraría que V., sin dejarse llevar de la corriente, hoy en moda entre el vulgo de los incrédulos, de hacer guerra al cristianismo meditara esos escritos. V. no es ni puede contarse entre ese vulgo, y por tanto no le conviene hacer cola” (De la Parra: 1908: 1). Se trataba entonces de realizar las tareas del intelectual, del científico, sin olvidar que ellas estaban fuertemente influidas por una gracia divina, gracias que el mismo tiempo guiaría a los pueblos hacia el progreso.

Retomando la figura del genio creador, ésta no podía confundirse con cualquiera que tuviera la capacidad de crear porque, según los académicos, hasta el más elemental de los hombres podía desarrollar esta capacidad en función de su supervivencia:

“El salvaje que concibe la idea de una canoa, derriba un árbol, excava su tronco y la fabrica, es creador: ha sacado de su mente un pensamiento, y con la fuerza de su brazo lo ha adherido a la materia. Fijar en los objetos que nos rodean, cambiándoles la forma, una parte de nuestro propio ser, para acomodarlos a nuestras necesidades, es el origen de la propiedad: continuación del hombre mismo. En este sentido, hay casi tantos creadores como hombres” (Anuario, 1874: 303).

Lo que hacía especial al genio creador, era precisamente esa habilidad recibida, no desarrollada, de abstraerse del mundo material para introducirse en escenarios idílicos donde pudiera hallar la inspiración para la creación perfecta. Así se describe a Cervantes, el genio creador por excelencia:

“Aquel que se eleva poco a poco en la región de las ideas y acercándose cuanto le es posible a la Inteligencia Suprema, observa, compara, juzga y echa los fundamentos de la ciencia que otros, y otros ciento, adelantan y perfeccionan enseguida.” (Anuario, 1874: 303).

Genialidad más creación daba como resultado el escritor admirado, pero también el aspirado, el escritor con el ya algunos de los académicos empezaban a sentirse identificados y a partir del cual juzgaron el ejercicio intelectual de sus detractores. En estos últimos, la gracia de la creación parecía estar ausente porque al producir algo “es de ordinario incompleto: se nota incongruencia en las partes, falta de unidad y cierta pequeñez que choca” (Anuario, 1874: 291).

Por otro lado, pese a que el mundo del genio creador era el mundo de las ideas, no tenía el genio porqué obviar en sus escritos la responsabilidad en la consecución de un nivel más alto en la escalera de la civilización. Al contrario, afirmaban los académicos que la relación de los genios con la prosperidad de los pueblos estaba en la enseñanza de la búsqueda de lo bello y lo verdadero, porque el resto “vendría por añadidura”:

“Hay quienes pregunten: ¿qué acción puede ejercer el poeta en los destinos de la humanidad? Ignoran cuánto vale penetrar al hombre del sentimiento de la belleza, hermana inseparable de la verdad. En el fondo de cada alma habitan un Adán y una Eva: el entendimiento y la voluntad. Quien quiera dirigir a los pueblos por el camino del bien debe educar a Eva y hacerla cooperadora, seguro de que Adán seguirá tras ella. Cuando una vez se ha formado el sentimiento por el culto de la belleza real, se tiene adelantada la mitad del camino hacia el bienestar político y material de la sociedad” (Anuario, 1874: 303).

Ahora bien, aunque el genio no podía dar la espalda a su compromiso con la transformación cultural, tampoco podía excederse, adentrándose en las problemáticas más crudas de los pueblos. Al genio de Cervantes, los mismos académicos le critican con severidad:

“describir con demasiada llaneza y claridad ciertas miserias de la vida humana que vale más no tocar, y que el escritor, cuando la necesidad le fuerce a descender hasta ellas, debe dejar percibir apenas por entra gasas de oro y cubrir con flores que el genio sabe siempre cosechar en el jardín de las Musas” (Anuario, 1874: 292).

Este es quizás uno de los rasgos más significativos del grupo de los académicos, en el sentido de que gran parte de su actividad y de su producción publicada en el Anuario desdice de las complejas circunstancias políticas, económicas y sociales que debieron enfrentar a lo largo del siglo. El primer periodo de funcionamiento de la Academia, desde que fue fundada hasta entrado el siglo XX, estuvo marcado por pugnas políticas que de cierta manera descuidaron la economía del país y lo condujeron a guerras civiles. Ni las guerras, ni la pobreza, ni las luchas por el poder al nivel de los partidos hicieron parte del contenido de las producciones de los académicos, al menos de una forma directa. Solo unas cuantas menciones se hicieron presentes en sus discursos: las guerras, para culpar a sus actores de la suspensión de las actividades de la academia entre 1876 y 1877; las tensiones bipartidistas, para denunciar la falta de respaldo, de recursos y de espacios en favor del mejoramiento de las condiciones de la academia; y la pobreza, para decir que, en términos del uso de la lengua, aquella tenía una correlación con el vulgo carente de cultura por sus giros lingüísticos y, por ende, objeto de los discursos civilizadores concebidos desde la academia. Más bien se privilegiaron en el Anuario temas filológicos, discursos de elogio a académicos ya fallecidos, disertaciones sobre la tradición lingüística española, poemas y sonetos, dejando los conflictos socio-políticos para la prensa o la producción propia.

El empeño por sacar adelante una institución cultural como una academia dedicada al estudio de las letras en Colombia, hizo que los académicos privilegiaran la tradición española sobre las nuevas manifestaciones culturales más cercanas temporal y espacialmente a Colombia, como resultado de la reorganización de los países que ahora eran independientes; que insistieran en una visión romántica y positiva de la conquista bajo el argumento de la llegada de la civilización al territorio americano, pasando por alto las prácticas de dominación que se ejecutaron sobre los pueblos indígenas; que se concentraran en la normatividad de la lengua que regularía el uso real y general de los hablantes; y por último, que intervinieran todo el sistema de enseñanza para educar (civilizar) en las letras a los futuros profesionales, como se verá en el siguiente capítulo.

El genio, como el académico, no halló su lugar en lo concreto o lo mundano. Al contrario, su desempeño se ubicó en las altas esferas del pensamiento, la reflexión y la contemplación. Y su tarea, antes que desconocer la historia, la producción literaria o el habla, consistió en considerarlos para decir que solo había una forma plausible de entenderlos, un modo lógico de ordenarlos y una manera correcta de concebirlos.




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