Historia Social



Descargar 7.88 Mb.
Página17/105
Fecha de conversión28.10.2018
Tamaño7.88 Mb.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   105

De las chayas a las dragas:

la fiebre del oro


en la Patagonia

Pero no solo los establecimientos ganaderos estaban atrayendo a los aventureros, colonos, obreros y peones hacia la Patagonia.


La explotación aurífera en Tierra del Fuego experimentaba un explosivo avance hacia 1880. Consignan Díaz y Contardi que “los lavaderos de oro absorbían a los buscadores de fortunas rápidas. Vagaban de un punto a otro en la Tierra del Fuego e islas del archipiélago buscando los puntos donde hallar más oro para plantar sus tiendas de mineros” (178)
Esta fué la época de una verdadera “fiebre del oro” en Magallanes y especialmente en las vastas extensiones de la Tierra del Fuego.
Los orígenes de la minería aurífera

en Magallanes
De acuerdo con los registros históricos, el primer descubridor de las arenas auríferas en Magallanes, y en la Tierra del Fuego en particular, fué el entonces marino chileno Ramón Serrano Montaner.
Según la memoria del Gobernador Francisco Sampaio, la explotación de los lavaderos de oro se inició en 1881, obteniéndose buenos resultados, no obstante los muy rudimentarios procedimientos empleados.
Los primeros emprendedores que se dedicaron a este trabajo fueron los chilenos Pedro Ponce de León y Alfonso Vargas; y después, Saunders, Frías, Cosme Espiro, Wolf, Experit, Juan Pablo Durand y otros muchos, qujienes contrataban a sus respectivos pirquineros y buscadores.
El Páramo y Cabo Vírgenes fueron explotados por Mr. Popper, quien obtuvo utilidades considerables.

Los principales lavaderos que se beneficiaron durante cerca de 20 años, fueron los del Río Santa María, Río del Oro, afluentes del Río Oscar, Río Verde, Río Fioja y muchos chorrillos y quebradas, en Tierra del Fuego. En el Río de las Minas, en Punta Arenas, también se instalaron explotaciones, pero con resultados desfavorables.


Puede estimarse que en los primeros veinte años de explotación, es decir, de 1881 a 1901, la producción alcanzó a un total de 5,000 kilos de oro, con una ley de 900 milésimos. Se lograron extraer pepas de más de 100 gramos; y una, del Río Santa María, de 590 gramos.
A principios de 1892 llegaron a Punta Arenas, procedentes de Buenos Aires, un número de alrededor de 500 eslavos austro-húngaros, con el propósito de dedicarse a esta clase de trabajos, que se extendieron después a las islas australes del Canal Beagle y a otras diversas partes del Territorio, no siempre con suerte satisfactoria.
En los años 1902-1905 se organizaron, tanto en nuestro país como en Buenos Aires, diversas compañías para explotar por medio de dragaje los terrenos auríferos. Se adquirieron en el extranjero maquinarias costosas y se invirtieron gruesas sumas de dinero en las instalaciones. Desgraciadamente, la producción que logró obtenerse, no alcanzaba ni para cubrir los gastos de la explotación, teniendo muy pronto que liquidarse todas estas sociedades, con la pérdida casi total de los capitales invertidos.
Nuevas tentativas hechas más tarde en algunos de los ríos de Tierra del Fuego, no tuvieron tampoco éxito. Los yacimientos parecían hallarse agotados.
Hacia mediados del siglo XX, como se verá, uno que otro vecino o explorador solitario, suele seguir esta explotación pero con rendimientos muy escasos.
En pocos años, se crearon numerosas empresas -algunas de colosales dimensiones- para los placeres auríferos encontrados...o imaginados...
En sus primitivas formas de trabajo, se trataba sin duda de faenas rudimentarias y duras, para individuos endurecidos por el clima, los peligros y la violencia. Los mineros y buscadores de oro, “venía provista de armamentos como para atrevesar un país habitado por salvajes de los más feroces: desde el revolver hasta la cota de tela metálica para embotar el golpe de las flechas.” (179)
Y respecto del trabajo de estos mineros, nos cuentan Díaz y Contardi que “...el sistema que empleaban para lavar las arenas auríferas era de lo más anticuado: la palangana de madera (chaya) y la canaleta (lonco), sistema que a pesar de todo dejaba muy buenos resultados a los lavadores de arenas.” (180)
En la bahía de San Sebastián, hacia 1885, se instalaron las primeras maquinarias para el lavado del oro, de manera que dichas playas se convirtieron en un gran establecimiento aurífero. Por esta época, el aventurero rumano Julio Popper, acompañado de su grupo de gente, incursionaron en el negocio de los placeres auríferos, además de la caza de indígenas, actividad por la cual cobraban en libras esterlinas ya que “limpiaban” los campos para evitar los robos de ganado. Los operarios mineros dirigidos por Popper eran pagados en monedas de oro acuñadas por el mismo, quién además se dió el lujo de emitir sellos postales para el franqueo de la correspondencia que circulaba desde su establecimiento.
Se contaban por cientos los mineros y buscadores que llegaron atraídos por el metal precioso a las costas de la Patagonia. Llegaban ilusionados al puerto de Punta Arenas y aprovechaban los barcos que cruzaban el Estrecho, para alcanzar las costas de la mítica Tierra del Fuego.
El pequeño poblado de Porvenir apenas surgió de esta fiebre de riquezas. El oro en polvo era utilizado como moneda de compraventa en muchos emporios de Punta Arenas y entre los mineros de Tierra del Fuego. "Enre los lavadores de oro la moneda corriente era el oro en polvo. Así por ejemplo, la harina costaba 40 gramos el quintal; el café 10 gramos la libra; las botas de agua, artículo indispensable para el minero, costaban 50 gramos, y así toda la transacción comercial se hacía en gramos de oro." (181).
Los mineros venían a Punta Arenas cargados con el codiciado metal -atravesando el Estrecho en fin de temporada- y se diseminaban ruidosamente por las tabernas y locales nocturnos del puerto: "...el oro en polvo abundaba en Punta Arenas; los mineros que llegaban traían el oro en pequeños frascos y algunos lo traían no en frascos sino en botellas." (182)
Más adelante, hacia 1903 y 1904, trabajaban en las explotaciones auríferas de Tierra del Fuego cerca de 300 individuos.
La fama y la leyenda del oro en Tierra del Fuego, contribuyeron poderosamente a incrementar la llegada de extranjeros a la Patagonia.
A principios del siglo XX, las explotaciones auríferas experimentaron un gran salto cuantitativo, con la creación de numerosas empresas que se interesaron en dragar los ríos y arenas de Tierra del Fuego. Entre 1904 y 1907 se crearon 27 de estas compañías o sociedades, con inversiones varias veces millonarias en maquinaria y equipamiento, pensando en transformar la producción aurífera en una industria capaz de dar gigantescas ganancias.
Pero generalmente, cuando la riqueza surge de la nada, se diluye en la nada...
Todas esas empresas instaladas en Tierra del Fuego y otros puntos del Territorio, como Isla Navarino, fracasaron no porque no había oro o por el trabajo de sus peones y mineros, sino porque fueron administradas en forma descuidada y con un derroche de recursos.
Después del derrumbe de estas empresas la explotación aurífera en el Territorio continuó, pero quedó en manos de pequeños mineros, pirquineros y buscadores que permanecieron por años, recuperando lo que dejaron sin explotar aquellas.
Su filosofía de trabajo, en cambio estaba basada en la austeridad, es decir, en el principio del ahorro personal, distinta de la filosofía del obrero que trabaja en grupos de mineros y buscadores.
Y los pirquineros, los pequeños y anónimos mineros que no se habían embarcado en la fiebre de máquinas y dragas diseminadas por la isla grande, fueron quedando solos nuevamente, enfrentados al duro rigor de un trabajo penoso y con resultados siempre magros.
Así entonces surgió el capital en este Territorio: sobre la base del trabajo. En cuanto a la mano de obra que recibió el Territorio en estos años, se puede decir que la mayor parte llegó primero al puerto de Punta Arenas, en los vapores desde el norte del país o del extranjero, y se fueron diseminando en los lugares de trabajo.

Por su parte, el grueso de las inversiones extranjeras o de los aportes de capital provenientes del exterior (de Inglaterra principalmente) tuvieron como objetivo el desarrollo de la infraestructura material financiera vinculada a la exportación: hubo una notable expansión en el número de bancos extranjeros y chilenos, de compañías de seguros y del comercio de importación-exportación, en los últimos treinta años del siglo XIX y primeros decenios del XX.


Mientras se producía este despegue de la economía magallánica y patagónica, lentamente se iba constituyendo un contingente numéricamente cada vez mayor de obreros manuales, gracias a cuyo trabajo se formaba la riqueza.
En el resto de Chile, sin embargo, la evolución del trabajo y los trabajadores seguía un rumbo más acelerado.


Los orígenes

del movimiento obrero

en el resto de Chile

Existe una notoria diferencia en el modo como surgieron las organizaciones y movimientos obreros en Chile y en Magallanes. Mientras en el resto del territorio nacional, las primeras formas organizativas surgieron como consecuencia de la toma de conciencia de una elite obrera ilustrada y de la masa obrera en proceso de educación, en Magallanes, como en el resto de la Patagonia, las sociedades mutuales y sociedades obreras de resistencia surgieron al influjo de inmigrantes europeos formados en una tradición de luchas.


Durante la segunda mitad del siglo XIX se produjo un significativo aumento del proletariado como consecuencia del desarrollo de las relaciones de producción capitalistas en diversas áreas de la economía. El hecho más relevante fue el afianzamiento del proletariado minero en las explotaciones de plata y cobre y, fundamentalmente, en el salitre. Hubo también un aumento del número de obreros ferroviarios y de trabajadores agrícolas.
A fines del siglo XIX y en los primeros decenios del XX, surgieron nuevas capas obreras en el campo, en la zona sur, a raíz de las explotaciones ganaderas de Magallanes y del desarrollo de los aserraderos en la región de la Frontera.
Asimismo, entre 1870 y 1900 surgieron los primeros núcleos del proletariado industrial. Aunque no existe una estadística completa, es posible establecer que el número de obreros sobrepasaba los 100.000, entre los cuales se destacaban más de 30.000 obreros en las minas de plata y cobre, según Ignacio Domeyko en 1875. Enrique Concha y Toro, en su “Estudio sobre el carbón fósil”, publicado en 1874, señalaba la existencia de 6.415 trabajadores del carbón.
El proletariado salitrero aumentó de 2.848 en 1880 a 13.060 en 1890. Los obreros portuarios y marítimos, según “El Ferrocarril” del 25 de febrero de 1874, suman cerca de 10.000. El número de obreros fabriles de la pequeña y mediana industria fluctuaba entre 5.000 y 10.000 en 1890. Los ferroviarios, incluidos los carrilanos, que trabajaban en la construcción de vías férreas, eran más de 10.000.
Por aquel entonces, los salarios variaban entre 20 centavos y un peso diario. En las minas, los barreteros ganaban un poco más. Se trabajaba a destajo y por jornada. Los patrones demoraban, a veces, dos y tres meses fichas en el pago de los salarios, entregando fichas o vales solamente canjeables en las pulperías de las propias empresas.
La huelga –como arma de los trabajadores para enfrentar los abusos patronales, el mal trato y los bajos salarios- se generalizó en la segunda mitad del siglo pasado. Al comprender históricamente las huelgas que se producían en Chile en este período, es necesario distinguir entre las huelgas de los obreros y las huelgas promovidas por los dueños de los pequeños talleres artesanales, cuyos intereses y aspiraciones eran divergentes.
A la vanguardia de lo que se puede denominar un movimiento obrero durante las décadas de 1860 y 1870 estuvieron los obreros de las minas de cobre y, posteriormente, los del salitre, portuarios y obreros de la construcción. Los movimientos huelguísticos alcanzaron su apogeo entre 1884 y 1890.
Las principales luchas del proletariado salitrero se produjeron en Sierra Gorda (Antofagasta) y Mejillones en 1884, Santa Rosa de Huara (Iquique) en junio de 1888, Mina Paniso en 1889. Los obreros del cobre y la plata realizaron movimientos en Copiapó en marzo de 1888, mina Rodeíto en febrero de 1889, y fundición de cobre de Guayacán, la más importante del país, en diciembre de 1889.
Los trabajadores del carbón efectuaron huelgas en septiembre de 1887 en Coronel y en septiembre de 1888 se rebelaron en Lota. El periódico “La Libertad Electoral” informaba que las turbas “asaltaron y tomaron el cuartel de policía que destrozaron y trataron de incendiar. No lo consiguieron sino en la parte destinada a caballerizas; atacaron las casa de comercio de Waldner y Copelli las que desvalijaron por completo”.
Las huelgas de los obreros jornaleros de los puertos, especialmente del Norte, eran temidas por la burguesía porque dejaban paralizados los embarques de salitre.
El historiador Hernán Ramirez Necochea, ha registrado las huelgas de los lancheros de Pisagua en septiembre de 1885, de los fleteros de Iquique en 1886, de los lancheros de Iquique en mayo de 1887, de los jornaleros de Pisagua en junio de 1887, de los jornaleros de Iquique en septiembre de 1887, de los fleteros de Arica en enero de 1888, de los jornaleros de Pisagua en septiembre de 1889 y de los obreros de Playa Blanca (Antofagasta) en noviembre de 1889.
Un diario burgués de la época informaba sobre el movimiento de septiembre de 1887 en Iquique: “El gremio de jornaleros se declaró en huelga hoy negándose sus miembros a trabajar, mientras permanezca a su cabeza el comandante actual. La generalidad del pueblo simpatiza con los huelguistas. Movimiento en la aduana completamente paralizado y acusando grandes pérdidas a los comerciantes y productores de salitre”.
Los ferroviarios y carrilanos realizaron huelgas en Santiago en julio de 1888, en Caldera y Copiapó en enero de 1889, en Laraquete en marzo de 1889, en Talca y Constitución en abril de 1889, en Los Angeles en mayo de 1889, en Huasco en junio de 1889 y en Concepción en diciembre de 1889.
Los obreros de los talleres artesanales también realizaron huelgas importantes. Algunas, como las de los operarios de panaderías, se extendieron a varias provincias entre julio y agosto de 1888. Los periódicos “La Libertad Electoral” del 21 de julio y “El Heraldo” de la misma fecha comentaban: “Hoy termina el plazo dado por los trabajadores a los dueños de panaderías. Si no se les aumenta el salario siguen la moda de estos tiempos, se declaran en huelga”.
Los trabajadores de varios diarios de Santiago y Valparaíso realizaron combativas huelgas en julio de 1888. Los cajistas, a los cuales se les pagaba por el mil de letras, se pusieron a la cabeza del movimiento. “En la mañana de hoy –comentaba un periódico- los tipógrafos de esta imprenta se resistieron a trabajar. Para hacerlo pedían se les asegurara un jornal de treinta centavos por el mil de letras en lugar de veinticinco que se les pagaba. Igual cosa ha sucedido en otros diarios. Habían pedido en la semana pasada aumento de un 40% sobre sus salarios a los diarios de la mañana y 20% a los de la tarde”.
La huelga terminó cuando los patrones aceptaron pagar 27 centavos y medio por el mil de letras. A la semana siguiente, se declararon en huelga los “canillitas”, vendedores de “El Mercurio” de Valparaíso, exigiendo que se les vendiera el diario a tres centavos en vez de cuatro.
A su vez, la “Revista Económica”, dirigida por el conservador Zorobabel Rodriguez, hizo un balance de las huelgas de 1888, caracterizándolas de comunistas y presentándolas como el “...fenómeno del año: los optimistas, los satisfechos han declarado entre sonrisas que el malestar económico no existía en esta Arcadia que se llama Chile, y que las visiones lúgubres habrían desaparecido por completo, cediendo su puesto a graciosas nubes de oro azul. Otros ánimos han pensado, por el contrario, que el movimiento comunista no había desaparecido, sino simplemente abortado, y que si no se deseaba verlo en adelante viable y robusto, era menester reflexionar seriamente e impedir su nueva aparición”.
El movimiento huelguístico alcanzó su culminación y extensión en 1890. El movimiento de 1890 puede caracterizarse como una huelga general escalonada que comenzó en le Norte y se extendió hasta la zona de Concepción. En rigor, no fue una huelga general simultánea en todo el país, sino una serie de huelgas ininterrumpidas por gremios y provincias. Los motivos originarios de la huelga fueron la demanda por aumentos de salarios, supresión de la ficha salario, pago del salario en moneda de plata en lugar de papel moneda para contrarrestar la inflación y mejores condiciones de trabajo.
Los lancheros de Iquique iniciaron la lucha el 2 de julio de 1890 con una concentración de 5.000 personas. El 4 de julio de 1890, “El Mercurio” de Santiago publicaba un telegrama recibido de Iquique: “Graves desórdenes en Iquique. Choque de la tropa y bomberos con el populacho, 38 heridos. La huelga de los lancheros y trabajadores toma proporciones inmensas. Grupos numerosísimos recorren las calles atajando los coches y vehículos impidiendo todo trabajo. El gremio de los jornaleros, que también toma parte en la huelga, exige el pago de sus sueldos en plata”. La huelga se extendió el 17 de julio a toda la provincia de Tarapacá, a las oficinas de San Donato, Ramirez, Tres Marías, Sacramento, San José, Peña Chica, Constancia, Mercedes, Rosario, etc, abarcando a unos 10.000 obreros de las salitreras y a los portuarios de Pisagua. Los obreros expropiaron las pulperías y cortaron las vías del ferrocarril de Iquique para impedir la llegada de tropas. Las fuerzas militares mataron a varios trabajadores. El 16 de julio se plegaron al paro los portuarios de Arica.
El 11 de julio estalló el paro en Antofagasta, encabezado por los ferroviarios. Las manifestaciones, que llegaron a contar con 3.000 huelguistas en esta ciudad, fueron reprimidas por el Ejército, registrándose numerosos muertos y heridos.
El 21 del mismo mes comenzó la huelga en Valparaíso. Los obreros de la Compañía Sudamericana de Vapores se pusieron al frente del movimiento, recibiendo de inmediato el apoyo de los portuarios y panaderos. En la tarde de ese día, casi todos los trabajadores de Viña del Mar y Valparaíso estaban en huelga. El ataque de las fuerzas represivas culminó en la masacre de 12 obreros muertos y 500 heridos. El político balmacedista Julio Bañados señalaba que los trabajadores “pretendían que se les pagara en plata o su equivalente en billetes y la supresión definitiva del 25% que se descuenta a los jornaleros por derecho a muellaje y el 12% para la Caja de Ahorros (...). Los huelguistas se derramaron por la ciudad en pequeños grupos y saquearon siete casas de prendas, treinta despachos, tres almacenes de provisiones, una tienda, una fábrica de fideos, una de galletas, una carnicería, una panadería, un café y una cigarrería. La policía y la tropa de línea, en defensa de la propiedad, se vio obligada a hacer uso de la fuerza, por cuya razón hubo 12 muertos y muchos heridos”. Nótese que la acción destructiva de los obreros en estas huelgas se dirigía contra aquellos establecimientos comerciales más directamente relacionados con su subsistencia.
A pesar de la represión, la huelga de los obreros lancheros, jornaleros, panaderos y mecánicos continuó varios días.
El movimiento huelguístico se extendió durante el mes de julio de 1890 a Santiago, Quillota, Talca Lota y Coronel. Según algunos autores, el presidente Balmaceda habría intentado frenar la represión siendo el motivo principal por el cual los trabajadores no lo respaldaron con ocasión de la guerra civil desencadenada por los reaccionarios y pro-imperialistas seis meses después del movimiento obrero de 1890, que se inscribe en la historia social de Chile –y quizá de América Latina- como la primera huelga de carácter general.
La huelga de 1890 fue netamente proletaria. Abarcó a miles de obreros que por primera vez lograron coordinar un movimiento huelguístico de alcance nacional. La experiencia de lucha adquirida por las nuevas capas obreras forjó una conciencia de clase que, a principios del siglo XX, se, traduciría en la creación de las Mancomunales, antesala de la FOCH (Federación Obrera de Chile).
Otra relevante expresión de combatividad de los explotados fue la lucha callejera desencadenada en Santiago, a raíz del mitin del 20 de abril de 1888, convocado por el recién fundado Partido Democrático para protestar por el alza de las tarifas tranviarias. La manifestación alcanzó a reunir unos 6.000 participantes. La intransigencia de la empresa, perteneciente a Eduardo Matte y Agustín Edwards, obligó a convocar a una nueva concentración en la Alameda el 29 de abril. Los trabajadores incendiaron varios tranvías y se apoderaron de las calles de Santiago hasta que el Ejército los hizo replegarse. La prensa burguesa comentaba: “Extraño aspecto presentaba la Alameda poco después de las 5. De trecho en trecho se veían hogueras apagadas, minas y espirales de humo. Las pobladas se habían reunido otra vez después de ejecutar sus hazañas (...). Toda la tropa se desplegó en guerrilla a lo largo de la Alameda para repeler a la gente que a medida que avanzaba la noche aumentaban en número”.
La mayoría de los periódicos burgueses acusó de demagogos a los dirigentes. Otros se dieron cuenta de que las protestas de los explotados obedecía a profundos problemas sociales; en este sentido, “El Estandarte Católico” comentaba: “Los violentos ataques contra la propiedad que ha presenciado la capital de la República suministran material abundante de reflexiones a los hombres pensadores (...). En estas manifestaciones violentas de furor popular se ve algo más que un arrebato momentáneo: se ven los primeros síntomas del socialismo, que al presente hace estragos en casi todos los países europeos, y que hasta hoy había sido en Chile planta exótica que parecía no hallar aquí tierra en que arraigarse. Los sucesos de ayer son manifestaciones de descontento de la clase proletaria contra los dueños de la fortuna”.
Esta manifestación de abril de 1888 puede caracterizarse como la primera expresión de lucha callejera moderna de las nuevas capas obreras de la ciudad. A partir de esa época, las luchas callejeras serán en la historia social de Chile una de las armas principales de combate de los explotados.
En estas luchas participaron los primeros núcleos de un incipiente proletariado industrial. A mediados del siglo XIX comenzaron a crearse algunas industrias, que eran más que simples talleres artesanales. La fecha de fundación de las principales fundiciones fue la siguiente: Balfour Lyon y Cía. (1846), Klein (1851), Lever, Murphy y Cía (1860), San Miguel (1870), Libertad (1877). Las fábricas textiles de Bellavista Tomé y El Salto se crearon en 1865 y 1870 respectivamente. Durante las décadas de 1860 y 1870 se fundaron las principales fábricas de cerveza, fideos, imprentas, mueblerías...
Durante la Guerra del Pacífico y bajo el gobierno de Balmaceda se crearon nuevas industrias. Algunas empresas, como Lever y Murphy empleaban cerca de 700 obreros. La fundición Balfour y Cía., tenía 300 obreros. La carrocería Bower, Hardie y Cía. daba trabajo para 180 operarios. En la fundición Klein trabajaban 200 obreros, en la cervecería Ebner 300 y en la de Gubler y Cousiño 400, mientras que en la fábrica textil Bellavista Tomé trabajaban 165 personas entre hombres y mujeres.
En síntesis, durante el período 1860-1900 se produjo el surgimiento de las primeras industrias y la proliferación de talleres artesanales, proceso que dio lugar a la formación de una burguesía industrial embrionaria, de vastos sectores medios representados por los dueños de talleres artesanales y, fundamentalmente, de los primeros núcleos del proletariado industrial.
El proletariado rural, que se venía constituyendo en Chile desde fines de la Colonia, se consolidó durante la segunda mitad del siglo XIX.
Un cierto desarrollo de la burguesía agraria permitió consolidar relaciones de producción capitalistas en algunas regiones del país, sobre todo en la zona situada entre La Serena y Concepción.
A pesar de su crecimiento, el número de obreros agrícolas seguía siendo inferior al total de inquilinos, medieros y pequeños proletarios, que constituían la principal base del régimen de explotación agrario.
El desarrollo de las modernas empresas agrícolas facilitó un progresivo aumento del proletariado rural, especialmente en los fundos de la zona central, en la industria molinera, en la colonización de la Araucanía y en las empresas ganaderas de Magallanes, donde gradualmente se comenzó a contratar obreros procedentes del archipiélago de Chiloé, en reemplazo de los esquiladores escoceses y malvinenses que resultaban más costosos en salarios y transporte.
A los patrones les resultaba más conveniente contratar afuerinos para los períodos de siembra y cosecha que aumentar el número de inquilinos, porque además de ser una mano de obra barata y eventual se ahorraban el trabajo de temporada, los afuerinos eran despedidos de los fundos.
De este modo, los peones llamados afuerinos constituían el ejército agrario de reserva de mano de obra del cual disponían los terratenientes.
En un artículo escrito en 1884, Augusto Orrego Luco manifestaba: “Desde hace cuarenta o cincuenta años, principió a aparecer el peón forastero, esa masa nómade, sin familia, sin hogar propio, sin lazo social, que recorre las haciendas en busca de trabajo”.
Otro sector del proletariado rural estaba constituído por los obreros permanentes o estables. Su número era inferior al de los afuerinos. Trabajan especialmente en la industria molinera y en las haciendas de mayor desarrollo capitalista.
En algunas empresas, como la de San Regis en la provincia de Aconcagua, había 120 obreros permanentes de un total de 200 trabajadores.
En la hacienda Viluco trabajaban “doscientos peones sedentarios”.
En el “Manual del Hacendado Chileno” Manuel José Balmaceda recomendaba en 1875 a sus colegas terratenientes la forma más adecuada para explotar a los peones o gañanes: “el peón que salga al trabajo después de salido el sol, o no se admite aquel día o se le castiga rebajándose la tercera o cuarta parte del jornal según la hora a que haya llegado (...). A los peones que trabajan por día se les dará media hora para comer; a los que trabajan por tarea una hora”.
Los salarios fluctuaban entre 0,25 y un peso diario. Los patrones se vieron obligados a aumentar los salarios a partir de la década de 1870 para retener la mano de obra que emigraba de los campos hacia las salitreras y otros centros mineros.
Augusto Orrego calculaba en 1884 que la “corriente de emigración arrastra anualmente por lo menos 26.333 obreros de la zona central de la República”.
Esa enorme sustracción disminuye la oferta de trabajo y tiende a levantar el nivel de los salarios”.
El extraordinario plan de obras públicas emprendido por el gobierno del Presidente Balmaceda aceleró la corriente migratoria, agudizando la escasez de mano de obra agrícola.
Algunas fuentes de la época revelan la existencia de movimientos reivindicativos de los trabajadores agrícolas.
En una carta dirigida al presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, el terrateniente de la zona central Francisco Echaurren manifestaba en 1870 que los peones agrícolas son “los que fijan con sus exigencias y movimientos en todas las provincias el salario que se les abona”.
En 1880, el Boletín de la Sociedad Nacional de Agricultura recomendaba mejorar las condiciones de vida del campesino “para contarrestar con ejemplos irrecusables la propaganda socialista”. Es sugerente también una observación de Luis Sada, encargado de redactar un proyecto de Código Rural en 1853: “Aunque las coaliciones de los proletarios para conseguir forzosamente la reducción en los salarios de los trabajadores, es caso que no puede suceder sino raras veces en Chile adonde faltan brazos, sin embargo las leyes deben prever dicho caso, principalmente por lo que respecta a la coalición de los trabajadores hacia el proletario para conseguir forzosamente aumento de salario. Dicha coalición, llamada ordinariamente leona, que viene a interrumpir con mucho perjuicio nuestras operaciones agrícolas merece ser reprimida con severas disposiciones”.
Aunque estos datos aislados no permiten sacar conclusiones más concretas sobre la dinámica de las luchas campesinas de la segunda mitad del siglo XIX, constituyen indicadores de un cierto proceso de toma de conciencia y de relativa movilización de los trabajadores agrícolas por sus reivindicaciones más inmediatas.

Si se observa la evolución por sectores de la producción magallánica a fines del siglo XIX, vemos que el sector ganadero se desarrolló no solo por la expansión de la frontera ganadera, sino también porque se fueron adoptando algunas nuevas tecnologías apropiadas como el sistematico alambrado de los campos, la incorporación de las máquinas de esquila (traídas desde Inglaterra), los molinos de viento, e incluso, se utilizaron numerosas maquinarias, como enfardadoras y prensas, por ejemplo.


El comercio a principios de la década de los ochenta, continuaba siendo un rubro importante de la actividad económica.
Estamos en los ochenta del siglo XIX.
Aquellos establecimientos comerciales, aunque abigarrados en la variedad de sus productos, daban cuenta de lo que los colonos y habitantes de Punta Arenas consumían con mayor frecuencia: un buen número de cantinas o despachos de alcoholes, encabezaba el número de locales, seguido por algunos pocos comercios de importación y exportación (los típicos "emporios de ultramarinos"), los negocios de abarrotes, las carnicerías y una que otra panadería.
Estos negocios comerciales eran generalmente administrados y atendidos por sus propios dueños, más uno que otro "dependiente" o empleado, muy frecuentemente extranjero, quién a su vez, se ocupaba de organizar las mercaderías, llenar y ordenar las estanterías, mantener limpio el local y atender debidamente a los clientes.
Dadas las condiciones materiales y humanas limitadas de aquellos años, además, el empleado dependiente debía conocer algo de números y contabilidad, o aprender a hacer algunos pequeños trámites bancarios.

Por su parte, la producción industrial, artesanal y de servicios siguió de cerca al sector ganadero en el Territorio.


Durante la década entre 1880 y 1890, por ejemplo, el número y variedad de pequeñas y medianas industrias regionales se expandió notablemente.
Como ha sido subrayado suficientemente en la historiografía regional, a fines del siglo XIX las industrias magallánicas fueron del más variado género: curtiembres, talabarterías, fábricas de fideos, fábricas de jabón, aserraderos, fábricas de ladrillos, etc.
La sociedad magallánica de fines del siglo XIX era un mundo fuertemente segmentado social, económica y culturalmente. En realidad era una amalgama aún no cristalizada de gentes diversas, provenientes de distintos horizontes, países y regiones.
Por esta época, prácticamente no existían los contratos de trabajo y las principales formas de cerrar un acuerdo entre el obrero, sobre todo cuando se trataba de un trabajo individual, era simplemente de palabra: eran tiempos tambien en que la cultura aceptaba y respaldaba el cumplimiento de la palabra dada.
Cuando éstos se celebraban bajo ciertas formalidades exigidas, sobre todo cuando habia un mutuo consentimiento de las partes, se hacía todo ante el Escribano o Notario.
Más adelante, como lo señala el historiador Mateo Martinic en la misma obra citada, hacia 1879 y 1883, estos convenios se pagaron mediante una remuneración fija en dinero (generalmente mensual), sin perjuicio de los adelantos. (183)
Ilustrativo también de éstas condiciones que podrían denominarse "pre-laborales", es el siguiente contrato de servicios fechado en agosto de 1880, por el cual el joven Mauricio Braun Hamburguer (de 15 años de edad), entró a trabajar como empleado de oficina, a las órdenes del comerciante José Nogueira.

"En Punta Arenas de Magallanes a doce de agosto de mil ochocientos ochenta, ante mí el Escribano i testigos comparecieron por una parte don Elías H. Braun i por la otra don José Nogueira, ambos de este domicilio, mayores de edad, a quienes doi fé conozco i espusieron: que venían en reducir a escritura pública el contrato siguiente:
1° Don Elías H. Braun entrega al Señor Nogueira su hijo Morris Braun, menor de edad, para que le sirva como dependiente de comercio en todo lo que se ocurra en dicho carácter por el término de un año a contar del día quince de septiembre del presente año i sin que pueda abandonar su empleo ni ser despedido de él antes de dicho plazo sin un aviso previo de tres meses anticipados.
2° Don José Nogueira se compromete a pagar a Don Elías H. Braun por el servicio de su referido hijo un sueldo mensual de cuarenta pesos durante los primeros seis meses i cincuenta pesos mensuales durante el segundo semestre. El pago se hará en Punta Arenas, en moneda corriente de Chile i por mensualidades vencidas.
Así lo otorgaron, firmando el señor Braun en hebreo por no saber firmar en español i haciéndolo a ruego de don José Nogueira, por no saber firmar, uno de los testigos que fueron don Daniel Miró i don Miguel Piedra Buena; de que doi fé.
Firmas: E.B. a ruego de don José Nogueira por no saber firmar Miguel P. Buena; Tgo. Daniel Miró Tgo. Miguel P. Buena. Ante mí Narciso 2° Silva E.P.C." (184)

Tres observaciones amerita este interesante contrato.


Primeramente, hay que notar que se trata de un "contrato con remuneración por tiempo": cualquiera sea la naturaleza del trabajo efectuado, la remuneración (en este caso, el sueldo) se pagaba "por mensualidades vencidas" como dice el mismo documento.
En segundo lugar, obsérvese que ambos contratantes, Nogueira y Braun, conocen y adoptan como propia la forma de pago del sueldo en la moneda nacional chilena (es decir en pesos), cuestión que a lo largo de los treinta años siguientes, sería objeto de prolongadas controversias y demandas por parte de los obreros de las estancias, a los que se pagaba desde antiguo y generalmente en libras esterlinas, en incluso con cheques o letras de cambio giradas contra bancos ingleses.
Había aquí una notoria contradicción en las condiciones de pago requeridas para cancelar las remuneraciones del trabajo.
Y en tercer lugar, hay que notar que Elías H. Braun –artesano herrero emigrado hace algunos años a Magallanes- recibiría el dinero del sueldo de su hijo -como resulta de la cláusula 2° del contrato- ya que éste era menor de edad y así se estilaba en las relaciones padre-hijo de ésa época.
Visto desde una perspectiva moderna, este convenio también puede ser considerado como un antecedente de los "contratos de aprendizaje" que más tarde se expandieron en muchas ramas de la actividad económica magallánica y del país, para permitir la incorporación de jóvenes aprendices ("niños" como rezan por ahí los avisos publicados en la prensa local), dentro del mundo del trabajo.
Las primeras formas de trabajo (es decir, las que predominaron en los últimos treinta años del siglo XIX y antes que se masifique la explotación ganadera), en consecuencia, resultaban de una relación directa y casi personal entre el obrero (o empleado) y el patrón o contratante.
Punta Arenas, la capital y principal centro poblado del Territorio, con sus casas de madera y sus calles en tierra apisonada o empedradas, ya comenzaba a tomar forma de ciudad.
Como consecuencia de la expansión gradual de la ganadería, en la década de 1880 a 1890, se comenzaron a producir cambios profundos en la economía austral. Se estaban reuniendo los factores para dar forma a una nueva forma de producción específicamente patagónica.
Se produjo entonces hacia este emergente puerto del Estrecho de Magallanes, una oleada de inmigración de aspecto aluvional, en su mayoría de italianos y españoles, pero a continuación también de ingleses, escoceses, y austro-húngaros, atraídos y amparados en las facilidades ofrecidas por el Estado de Chile en el viejo continente. A su vez, las dificultades para acceder a la propiedad de la tierra contribuyó a que gran parte de los extranjeros se ubicasen en el litoral y especialmente en la única ciudad del Territorio, Punta Arenas, acentuando de paso el proceso de urbanización de esta parte del país.

En el campo magallánico, la verdadera colonización (propiedad dividida en parcelas y entregadas en propiedad gratuitamente) fue reemplazada por el mecanismo de arrendamiento a largo plazo, de manera que se fue constituyendo la gran propiedad ganadera magallánica.


Durante la década de 1880 a 1890 puede situarse la instalación en el territorio austral patagónico de una nueva modalidad de organización de la producción, la distribución y el consumo que hemos denominado “economía ganadera de exportación”.
Se trata de una forma histórica específica de articulación de los agentes económicos y productivos, centrada en la explotación extensiva ganadera y en la exportación de sus productos hacia los mercados europeos en general e ingleses en particular.
La ligazón entre la economía patagónica y la economía inglesa (en realidad entre emprendedores radicados en Punta Arenas y comerciantes e industriales ubicados en Londres o Liverpool) se había iniciado ya en los años ’60 y ’70, pero ahora se acentuó como parte de un proceso mundial de expansión del predominio comercial, industrial y naviero británico: “Las exportaciones británicas a la América Central y del Sur aumentaron de 6 millones a 25 millones (1872)...en aproximadamente treinta y cinco años el valor de los intercambios entre la economía más industrializada y las regiones más lejanas o atrasadas del mundo se multiplicó por unas seis veces...La red que ataba a las diversas regiones del mundo se estrechaba visiblemente.” (185) E
sta economía ganadera de exportación constituyó la base sobre la cual el trabajo asalariado se integró como un factor productivo generador de una cada vez más considerable plusvalía, pero siempre dependiente del capital.
Lo que había comenzado siendo trabajo artesanal, se fue convirtiendo gradualmente en trabajo asalariado –entre las décadas de 1870 y 1880 en adelante- a medida que las relaciones entre los patrones de estancias, comercios, armadores de naves y otros industriales, con sus peones u obreros, relaciones más o menos establecidas mediante alguna forma de convenio o contrato, cualquiera sea la naturaleza jurídica de éstos.

Pero, desde los años de 1860 en adelante, fuerza es de constatar que el trabajo en la región patagónica era convenido y remunerado generalmente bajo palabra, sin que existiera algún instrumento escrito que lo ratifique.


El gañán, peón, artesano, albañil, constructor u obrero, simple y literalmente se encontraba a la mas absoluta merced de su patrón ocasional.
Como se ha visto hasta aquí, el punto de partida de la riqueza en la Patagonia lo constituyó la ganancia comercial reinvertida a continuación en las faenas de explotación cinegética (la lucrativa caza de lobos marinos), recursos de capital que eran -a su vez- reinvertidos en el comercio y que a partir de la década de 1880 comenzaron a ser orientados a la inversión en el emergente negocio ganadero.
El trabajo productivo y asalariado en la caza de lobos y otras faenas extractivas, dio orígen a la ganancia y al capital comercial y productivo, que constituyó la base material del capital productivo invertido en las estancias y ganado ovino.
Según este concepto, el impulso y el desarrollo empresarial experimentado por la Patagonia chileno-argentina en los últimos treinta años del siglo XIX y primeros veinte del siglo XX, se encuentran en la combinación e interdependencia de los siguientes factores:


  • la acumulación originaria de capital y la formación de un capital comercial, como forma especializada de la riqueza capitalista;




  • la amplia disponibilidad de tierras fiscales incultas y susceptibles de ser ocupadas en la actividad ganadera;




  • la existencia y utilización de facilidades, exenciones tributarias y aduaneras, y de instrumentos jurídicos y económicos de apoyo, que los respectivos Estados centrales brindaron a quienes estén dispuestos a emprender negocios en la Patagonia;




  • la expansión de los intercambios mercantiles, potenciados por la navegación mercante interoceánica a través del Estrecho de Magallanes y por la inserción de los negocios regionales en el sistema económico imperial británico, que a su vez también se encontraba en una fase de crecimiento y expansión;




  • la existencia inicial de una cultura capitalista de ahorro y de austeridad, que favoreció la acumulación de dinero y de valores y su inmediata reinversión dentro del proceso económico y productivo del Territorio;




  • la llegada de distintas corrientes migratorias y colonizadoras, que dieron como resultado la implantación económica y radicación de grupos de emprendedores y la afluencia cada vez más abundante de inmigrantes y mano de obra de distinta calificación y especialización, pero que en su conjunto hicieron posible una dotación de artesanos y obreros a bajo costo, en condiciones de casi total ausencia de una legislación reguladora de las relaciones entre el capital y el trabajo.

En síntesis, estos factores se potenciaron entre sí: habían tierras disponibles, plusvalía y capital, mano de obra barata y abundante en la forma de trabajo asalariado proporcionado por la inmigración, diversas exenciones tributarias y aduaneras, un mercado inglés con demanda y un proceso productivo local con bajo costo de inversión.




Compartir con tus amigos:
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   105


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal