Historia Social



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Baqueanos, aventureros


y mercachifles

Desde la instalación de la colonia en la punta arenosa en 1848, la pampa y los extensos bosques que parecían rodear al establecimiento, constituían una tierra incógnita que pocos se aventuraban a incursionar.


Las noticias sobre lo que sucedía en las inmensas extensiones patagónicas, sólo llegaban a Punta Arenas de oídas de los esporádicos y poco frecuentes grupos de indígenas aonikenk que se acercaban a la colonia, para hacer trueque con sus productos a cambio de cualquier abalorio que les llame la atención o de licor.
En los primeros años, los intercambios se efectuaban en el propio establecimiento, pero ya hacia fines de la década de los cincuenta y durante la década de los sesenta, comenzaron a realizarse los desplazamientos de algunos baqueanos y aventureros. A medida que iban recorriendo los campos, generalmente en frecuentes expediciones que se iniciaban a fines del invierno y alcanzaban hasta marzo y abril del año siguiente, iban adquiriendo un conocimiento cada vez más completo y experto acerca de las aguadas (para los caballos), los pasos, los claros del bosque y los lugares más resguardados del eterno viento, lo que los convirtió en baqueanos.
El intercambio entre los baqueanos-exploradores y los indígenas era, desde principios de la década de los sesenta, la principal forma de comercio que ejercían los colonos. Este trueque abarcaba pieles, vestimentas, carne de guanaco y plumas (especialmente de avestruces) por parte de los aonikenk, y de licores, comestibles, yerba mate, monedas, herramientas, tabaco, vestimentas e incluso armas blancas, por parte de los “blancos”. Las tribus se desplazaban a través de la pampa y cada tres o cuatro meses llegaban a la colonia, donde eran recibidos siempre con interés y curiosidad.
Durante uno o dos decenios, después de 1850 y hasta que se instaló en Punta Arenas un comercio de ultramarinos, el intercambio de productos con los indígenas fué acaso el principal rubro económico de actividad y de ingresos para el establecimiento colonial, ya que muchos de estos artículos eran a continuación vendidos a los navegantes y marinos que pasaban por el Estrecho.
Quién dice baqueanos, dice caballos y aperos para montar.
A medida que la dotación de caballares aumentaba en la colonia (en 1864 habían 128 caballos, entre fiscales y de propiedad particular), los baqueanos contaban con un medio seguro para poder movilizarse por las grandes extensiones patagónicas.
Estos aventureros y baqueanos se fueron haciendo verdaderos expertos en el clima, la flora, la fauna y en la geografía magallánica. Su propósito principal era intercambiar productos con los indígenas, por lo que ellos fueron también a su manera incipientes comerciantes, “mercachifles” en el lenguaje popular.
Cada expedición hacia el interior del territorio significaba para cada baqueano desplazarse con -a lo menos- dos caballos, más sus herramientas y recursos esenciales: un hacha y cuchillos eran los más apreciados, además de la gruesa vestimenta adecuada, pero también su equipamiento incluía frecuentemente alguna escopeta o rifle para cazar y una o varias carpas de lona. El baqueano se alimentaba de los recursos que le proporcionaba la propia naturaleza: aves (caiquenes en especial), roedores (cururos) y algún guanaco, eran sus alimentos más frecuentes, además de la abundante provisión de aguardiente que llevaba en sus faltriqueras.
De hecho, el aguardiente se constituyó rápidamente en la moneda de cambio entre los baqueanos y exploradores y los indígenas de las pampas, con lo cual aquellos hacían grandes ganancias -dada la baratura del alcohol- pero introdujeron un producto pernicioso para la salud y la supervivencia de las razas aborígenes que deambulaban por la Patagonia.
El conocimiento iniciado que tenían estos viajantes impenitentes, dió nombre a muchos lugares de la geografía patagónica, como el baqueano Zamora o Manzano.
Ya cargados con sus productos después de recorrer las tolderías indígenas, los baqueanos volvían a la colonia de Punta Arenas donde intercambiaban nuevamente el producto de sus trueques (plumas de avestruces y pieles de guanacos, especialmente) con los comerciantes instalados.

1864:

nuevas construcciones

y adelantos materiales

El impulso de obras materiales dado por Jorge Schythe a la Colonia, encontró su punto culminante en la edificación del cuartel de los Artilleros de la Marina, obra en la cual participaron todos los colonos y artesanos con algún conocimiento en los trabajos en madera.


Considerando el carácter fuertemente castrense que todavía tenía la colonia de Punta Arenas, sobre todo por la numerosa presencia de uniformados y confinados, la construcción del cuartel de los Artilleros debió ser una obra de envergadura e importancia y que llenaba una necesidad del establecimiento.
Se trataba de un sólido caserón de madera de dos pisos, que remataba en un torreón que servía para fines de vigilancia y como faro para la navegación marítima nocturna. Sobre la puerta principal de acceso al sobrio y macizo edificio, se colocó una visible placa que indicaba “1864” para subrayar el año de su construcción.
Este edificio le dió carácter e imagen a la Colonia de Punta Arenas durante varios años.
Hacia 1864 se habían realizado también nuevas siembras -con lo que se iba extendiendo la superficie de la Colonia y se iba apreciando la calidad de las tierras del sector- y se había acrecentado la dotación de ganado para el consumo doméstico de los colonos, como que ese año se contaban 87 ovejunos, 128 caballares, 128 caprinos y alrededor de 200 vacunos, los que permitían una adecuada alimentación de los habitantes y recursos básicos para movilizarse dentro del poblado y en sus alrededores.
Fué también en este período –entre 1864 y 1865- cuando se efectuaron los primeros trabajos de empedrado en el poblado de Punta Arenas, una medida de progreso urbano que habría de ser imitada en años y decenios sucesivos. Aquí se puso a prueba la experiencia de los colonos chilotes y de aquellos provenientes de otras regiones de Chile, quienes ya habían conocido el sistema de empedrado de las calles de Santiago.
La calle principal –en verdad un irregular sendero algo recto sobre el que se alineaban las principales casas, comercios y la casa de la Gobernación- fue emparejada adecuadamente, por un grupo de colonos artesanos y empedrada, con lo cual se estabilizó notablemente la vía.
La renuncia de Jorge Schythe a la Gobernación a principios de 1865, produjo un breve interregno en la Colonia, el cual fué salvado por la mano prudente del gobierno que se apuró -al ritmo con que funcionaba la administración a mediados del siglo XIX en Chile- en nombrar como Gobernador interino al teniente Maximiliano Benavides.
En 1866 al producirse el cambio de Gobernador (Jorge Schythe fué reemplazado por Damián Riobó), se volvió a organizar la acostumbrada expedición marítima con nuevos colonos (16 colonos libres procedentes de Chiloé), además de unos treinta a cuarenta relegados, de manera que su llegada aportó nuevos brazos al esfuerzo colonial.
Al momento de asumir éste, la colonia de Punta Arenas consistía apenas en un abigarrado villorrio de poco más de cincuenta casas de madera, organizadas irregularmente alrededor de tres callejas y un sitio eriazo rodeado de un cerco de tablas que oficiaba de plaza, y en el que se destacaban la casona del Gobernador (de un piso y con su torreón-mirador), la capilla y el ya mencionado edificio del cuartel de los Artilleros de Marina.
La llegada de Riobó y la mirada crítica que éste adquirió del estado en que se encontraba la Colonia, contribuyeron a que las autoridades centrales fueran tomando consciencia del tiempo de retardo que estaba tomando el progreso de este establecimiento.

1866-1867:

problemas y visicitudes

de la colonización chilena

A fines de 1866 y principios de 1867, era evidente que la Colonia de Punta Arenas, por más trabajo y empeño que ponían por un tiempo sus colonos y moradores, no avanzaba, no progresaba significativamente. Algo había en el propio concepto de colonización que estaba aplicando el Estado de Chile, que no funcionaba.


El estado de semi-abandono y de modorra que imperaba en la Colonia, no sólo provenía del lapso de tiempo de ausencia de Schythe, sino que se correspondía a una costumbre que ya se estaba instalando en el ritmo de trabajo y actividad de los colonos: todos los trabajos más importantes se realizaban en la temporada de verano -entre octubre y marzo del año siguiente- y durante el largo invierno, la gente solo trataba de sobrevivir comiendo y descansando. Al tener la certeza de recibir mensualmente la "ración de Estado" (145), los colonos se iban acostumbrando a que con un mínimo esfuerzo se lograba subsistir.
Es decir, pasados los primeros y entusiastas tiempos de llegada de los colonos y sus familias, instalados en sus nuevas viviendas y pasados los ímpetus iniciales de trabajar, de aventurarse o de buscar hacer algo diferente, pasaba a predominar "la ley del mínimo esfuerzo": cada uno apenas se preocupaba de ir a descargar los víveres -por lo menos sus propios víveres!- cuando llegaba el buque de la Marina y el resto se iba haciendo rutina.
Pero, ¿porqué algunos colonos daban muestras evidentes de tratar de surgir por su cuenta y riesgo, mostrándose así empeñosos y trabajadores, y otros, se instalaban en la comodidad de la "ración de Estado" hasta que se les agotaban las provisiones? ¿Era la gente, es decir los diversos grupos y familias de colonos, los que adolecían de flojera o era el propio sistema de colonización establecido el que resultaba inadecuado?
No está demás insistir en que la Colonia de Magallanes, durante la primera mitad de la década de 1860, continuaba siendo un establecimiento penal y militar, por lo que lo fundamental de sus habitantes eran los uniformados asignados al Territorio (en su mayoría personal de la Marina y ocasionalmente del Ejército) y los condenados o relegados.
El trabajo por lo tanto, recaía en estas dos categorías de individuos y, por lo tanto para el Gobernador era una prioridad permanente hacerlos trabajar, es decir "mantenerlos ocupados", y procurar la inmigración voluntaria de "colonos libres", que aporten sus conocimientos y experiencia.
Además, para el Gobernador la traída de colonos, sobre todo de colonos chilenos para garantizar la "preservación de la chilenidad y la soberanía", seguía siendo una reiterada prioridad. La autoridad, frente al clima de letargo y al ritmo cansino con que todos trabajaban, tenía que recurrir entonces al trabajo de los confinados -obligados ineludiblemente a trabajar- y de los uniformados durante sus períodos de franco.
Y las tareas que se fijó el Gobernador Riobó en cuanto tuvo un panorama completo de su colonia, también tendrían proyecciones futuras para el desarrollo de la Colonia: concebía claramente la importancia del carbón mineral como combustible para las viviendas y para el suministro de los vapores que -en número creciente- surcaban el Estrecho.
Entonces, en el verano entre 1866 y 1867 formó dos grupos de trabajo con sus colonos varones, soldados y confinados y los puso a trabajar en dos faenas distintas pero que serían complementarias: con un grupo, hizo refaccionar, ensanchar y mejorar la huella que llevaba al yacimiento de carbón junto al río del Carbón hacia arriba, para que permitiera el paso de caballos y carros, de manera de poder transportar el mineral hasta la Colonia; y al otro grupo, constituido por aquellos colonos chilotes más avezados en las faenas del mar y de carpintería de ribera, los puso a construir un muelle, donde se pudiera embarcar el carbón.
Así, el grupo de los "camineros" se dio a la faena de hacer el desmonte de la huella y su emparejado, a fuerza de palas y hachas para desbrozar el bosque circundante, hasta completar su faena dando como resultado un camino de tierra aplanada, que permitía los desplazamientos entre la mina y la colonia, pero que por su falta de estabilizado, se convertía en una serie de intransitables barriales con las lluvias del invierno.
Mientras esto se realizaba bosque adentro y río arriba, se trabajaba en la construcción de un muelle.
Corría el verano de 1867.
Los carpinteros junto a la playa, luego de preparar las gruesas vigas (o pilotes) que servirían de soporte, procedieron a hincarlas en el fondo marino, trabajando desde los pocos botes disponibles y con todos los combos y martillos que fue posible reunir: una faena durísima y lenta, por lo demás, dadas las heladas temperaturas del mar y la dificultad de trabajar desde los botes y chalupas.
Otros maestros carpinteros a su vez, prepararon las vigas maestras que darían forma a la estructura superior horizontal del muelle, las que una vez clavadas y apernadas a los pilotes, recibieron los tablones que formaban la plataforma.
Así, construyeron un modesto pero firme muelle de 75 metros de largo y 4 metros de ancho, en realidad, la primera construcción portuaria en la historia de Magallanes y de la Patagonia (146)
Aprovechando el impulso de los trabajos realizados hasta aquí, Riobó hizo construir una casa -de un piso como casi todas las del establecimiento- destinada a escuela, pero aún con estos adelantos materiales, la colonia de Punta Arenas en 1867 seguía siendo un desordenado enjambre de pequeñas casas grises de madera, dispersas dentro y fuera de una gran empalizada en cuyo centro reinaban la Gobernación y el cuartel, desorden que las tres callejuelas existentes no lograban organizar. Una colonia que, por lo demás, contaba con su propia y pequeña dotación de ganado: unos 332 vacunos y 147 caballos, entre otros.
Los trabajos realizados durante la gubernatura de Riobó, permitieron a su sucesor emprender tareas de mayor envergadura, para sacar a la Colonia de su estado de sopor y rutina.

1867-1868:

un impulso al comercio,

la navegación mercantil

y la inmigración colonizadora

El año 1867 marcó un viraje en el estilo de gobierno y en la intensidad de los trabajos que los colonos efectuaban e este apartado territorio. Algunos cambios y medidas legales y administrativas adoptadas por las autoridades centrales en Santiago, vinieron a dar un nuevo impulso al progreso económico y material de la Colonia.


El primer paso fue el cambio de Gobernador.
La designación del oficial de Marina Oscar Viel como Gobernador, fue seguida por un decreto presidencial para favorecer la colonización de Magallanes, en diciembre de 1867, y en julio y septiembre de 1868 Punta Arenas fue declarado "puerto menor" y "puerto libre" respectivamente, con el evidente propósito colonizador que inspiraba a la administración liberal del Presidente José Joaquín Pérez (147)
El año 1868 fue intenso en actividad y en trabajo en la colonia de Punta Arenas.
La llegada del nuevo Gobernador, estuvo acompañada además con diversas medidas prácticas, de manera de promover el progreso material de la colonia. Oscar Viel viajó desde Valparaíso en una suerte de expedición marítima y pasó por Chiloé, en diciembre de 1867, viaje durante el cual consiguió interesar y enganchar a numerosos colonos y artesanos. Entre las provisiones que trajo se contaban numerosas herramientas, útiles de labranza y una lancha a vapor, y obtuvo recursos para adquirir diez mil tablas de madera elaborada, dos chalupas y medicamentos.
Se hizo acompañar, además, de un secretario (para su Gobernación), un maestro de víveres, un cirujano irlandés, un boticario español y un preceptor o maestro, y una dotación de más de 20 jefes de familia que sumaban en total 64 personas, procedentes de Valparaíso y Aconcagua, mientras que en Chiloé logró interesar a otros 38 colonos en su mayoría casados, por lo que del sur y en suma, vinieron 170 personas incluyendo sus respectivos grupos familiares.
Una segunda medida de importancia adoptada por el Gobierno de José Joaquín Pérez en noviembre de 1867, fué el otorgamiento de franquicias especiales para los futuros colonos que decidieran trasladarse a Magallanes, las cuales consistieron fundamentalmente en el otorgamiento de pasajes gratuitos para el colono y su familia, una concesión de terreno, una pensión monetaria mensual y raciones sin cargo para su subsistencia, así como la libre internación de enseres y herramientas.
Esta decisión gubernamental, que se correspondía con la política migratoria que aplicaban las autoridades liberales de la época, produjo una corriente migratoria de chilenos que desde distintas zonas del país se trasladaron a Magallanes.
Ellos significaron –en su mayoría- nuevos brazos y nuevos ánimos de trabajo y emprendimiento.
La llegada del vapor “Arauco” a Punta Arenas con la expedición inaugural de la Gobernación de Viel –a principios de febrero de 1868- fué todo un suceso y aumentó significativamente la dotación total de colonos libres, de uniformados destinados y de confinados (éstos últimos embarcados en Talcahuano), lo que dio a la colonia un interesante número de brazos para el trabajo.
Como se verá más adelante, la medida de declarar "puerto libre" a Punta Arenas en 1868, estaba asociada al establecimiento de una línea de vapores entre Chile y Europa que pasara por el Estrecho de Magallanes. Desde mediados de la década de los años sesenta, la firma Pacific Steam Navigation Company -una compañía naviera con capitales anglo-chilenos instalada en Valparaíso- se interesaba en establecer una línea de vapores mercantes que pase por el Estrecho de Magallanes y que sirva los puertos entre la costa sur del oceáno Pacífico y Europa.
En 1865 el Estado de Chile y la Pacific Steam acordaron el establecimiento de dicha línea, con lo cual los navieros ordenaron la construcción de cuatro vapores para la navegación interoceánica. Entonces Punta Arenas, único puerto existente en el Estrecho, pasaba a ser así un punto de recalada fundamental para el aprovisionamiento de los vapores y el intercambio con los puertos del centro de Chile y con los mercados ingleses y europeos.
El primer viaje de un vapor de la Pacific Steam zarpó en mayo de 1868 desde Valparaíso con destino final en Liverpool, pasando por Punta Arenas en junio de ese año, con la consabida expectación de los colonos residentes. Se estableció así una línea regular mensual (entre Valparaíso y los puertos ingleses), en vapores con capacidad de 2.500 toneladas de flete, para cada uno de los cuatro navíos incorporados.
Los decretos de julio y septiembre de 1868, vinieron así a rubricar un poderoso y potencial estímulo, para impulsar la navegación mercantil, el comercio y los intercambios a través de Punta Arenas y el Estrecho de Magallanes. Poco a poco, comenzaron a establecerse nuevos comerciantes y emprendedores, atraídos por los rumores y las noticias del oro en la Patagonia, por la nueva liberación de impuestos producto del “puerto libre” y por el evidente propósito de hacer ganancias con la circulación de vapores.
El comercio, a medida que fue creciendo, atrajo y multiplicó la circulación del dinero y puso término a toda forma de monopolio, y quitó sentido al “almacén fiscal” antes existente y en el que se abastecían los colonos hasta ese momento.
Por su parte, el decreto de colonización de noviembre de 1867, mantenía evidentemente el concepto ya descrito de colonización sobre la base del otorgamiento a los colonos de una serie de beneficios materiales antes mencionados, entre los cuales se contaba la llamada "ración de Armada".
No obstante reconocerse que el fomento de la inmigración, debía estimular el desarrollo y prosperidad material y económica de la Colonia, se insistía en dicha norma en proporcionar a los colonos, pasajes libres para el traslado de sus herramientas, una extensión de tierra de alrededor de 25 hectáreas, una pensión monetaria de 5 pesos mensuales por familia durante un año y la "ración de Armada" también durante un año, para los varones de la familia mayores de diez años de edad... una provisión de semillas, 300 tablas de madera y un quintal de clavos!, y toda la asistencia médica necesaria, además de la educación gratis para los hijos.
Las autoridades seguían convencidas de la necesidad de traer colonos a Magallanes. Autorizado desde fines de 1867 para organizar la venida de colonos chilenos, el recién nombrado Gobernador Viel trajo consigo desde Valparaíso y Chiloé más de sesenta familias, las que llegaron a una localidad de reducidas proporciones, como se ha visto. Estas primeras familias fueron seguidas durante 1868 y los años siguientes por nuevos inmigrantes, atraídos por las facilidades ofrecidas por el Estado para radicarse en Magallanes.(148)
Gracias a esas disposiciones, unas 130 familias chilenas se asentaron en el Territorio, en los inicios de la gestión Viel, lo que impulsó el trabajo y la búsqueda de nuevas actividades productivas en Magallanes.
Como se puede apreciar, tres acontecimientos distintos y aparentemente desconectados entre sí, otorgaron impulso a la actividad productiva y al trabajo en el Territorio: la declaración de puerto libre, el descubrimiento de arenas auríferas y los inicios de la explotación carbonífera.
En efecto, una medida importante en favor del progreso de la colonia fue que en septiembre de 1868 Punta Arenas es declarado “puerto libre”, condición jurídica que sería de gran utilidad para la expansión del comercio. Al pasar a ser “puerto libre” el comercio ejercido en Punta Arenas, recibió un impulso notable, ya que todas las transacciones quedaron libres de impuestos.
A partir de esta disposición gubernamental, comenzaron a formarse los primeros establecimientos comerciales: a decir verdad, se trataba en realidad de tenduchos, almacenes o emporios que presentaban -en abigarrado desorden- las más variadas mercancías. Alli laboraban el propio comerciante y algun ayudante de su confianza, que podia ser muy frecuentemente un familiar cercano.

Nuevas construcciones

y los trabajos del carbón

y del oro

Punta Arenas iba creciendo lentamente. En 1868 habían solo dos casas comerciales de alguna importancia, pero, gracias al descubrimiento de arenas auríferas en el río de las Minas y a las medidas anotadas, se comenzó a comerciar con oro y vinieron a instalarse otros comerciantes.


Ese mismo año de 1868 el Estado llamó a subasta pública, para iniciar la explotación industrial del carbón mineral de Magallanes, la que fue adjudicada al concesionario Ramón H. Rojas por 20 años en enero de 1869. Los primeros peones de esas faenas, fueron algunos de los relegados que permanecieron en la colonia y todo aquel colono que se considerara con la fuerza suficiente para realizar tan pesados trabajos.
Por lo tanto, Viel se dio también a la tarea de impulsar la explotación carbonífera, creando las condiciones físicas que permitan extraer el mineral desde la mina en dirección del puerto. Para ello, puso a trabajar a los colonos y confinados, en un camino aún más ancho entre el mineral –al interior del Rio de Las Minas- y la playa de Punta Arenas.
Esas primeras faenas carboniferas de Magallanes comenzaban temprano a las 6 de la madrugada
En cuatro intensos meses de trabajo –desde fines de 1868 y primeros meses de 1869- estuvo lista la vía y comenzó a ser trasladado el carbón a lomo de caballo hasta la rivera del Estrecho, hasta acumular unas 15 toneladas, parte de las cuales fueron ofrecidas por el Gobernador al comandante de un vapor chileno, a fin de evaluar su calidad energética. Al mismo tiempo, como se ha visto, en enero de 1869 el mineral fué concesionado a un particular, para que administre los trabajos.
Los trabajos de construcción también recibieron un impulso en este período, gracias a la instalación de un nuevo aserradero movido por fuerza hidráulica, desde el invierno de 1868, con lo cual la provisión de maderas elaboradas se puso a tono con el ritmo de trabajos que Viel estaba disponiendo. Al mismo tiempo, se impulsó la fabricación de maderas elaboradas, tanto para ofrecer durmientes a los ferrocarriles que comenzaban a extenderse por la zona central de Chile, como para suministrar a las nuevas construcciones que se proyectaron.
A partir de abril de 1869, cuando el nuevo aserradero estuvo listo, fué emprendida la construcción de nuevas edificaciones: digno de notar fué un amplio edificio de un piso de uso múltiple –con fachada hacia la plaza- donde se instalaron el dispensario, la casa-alojamiento del cirujano de la colonia y la pequeña escuela; y otros dos galpones destinados a alojamiento provisorio de los colonos recién llegados.
Durante todo ese verano, un intermitente concierto de martillos, serruchos y clavos daba cuenta de las faenas de trabajo alrededor de la plaza principal del poblado.
Además, se levantó junto a la playa un galpón suficiente para guardar los botes y lanchas y para los suministros de las naves, y se construyeron entre otras, oficinas para el Capitán de Puerto y el Correo, algunas viviendas para los empleados administrativos civiles de la Colonia, una casa para los oficiales acantonados en Punta Arenas, y se realizaron numerosas reparaciones de carretas, de cercos y diversos trabajos de carpintería de ribera, para mejorar las embarcaciones menores del puerto.
Durante 1868 y 1869, los maestros carpinteros y artesanos radicados en la colonia, chilotes y de otras nacionalidades, tuvieron trabajo prácticamente todo el verano y hasta bien entrado el invierno.
Pero, ese año de 1869 iba a ser prodigo en trabajo y en descubrimientos.
En efecto, en octubre de 1869 se registraron los primeros descubrimientos de arenas auríferas en el Río de las Minas (por parte del ingeniero y funcionario público coquimbano Eugenio Ballester), aunque la explotación aurífera adquirió una dimensión a mayor escala, cuando se descubrieron algunos placeres más interesantes en Tierra del Fuego. El sorpresivo hallazgo atrajo de inmediato a decenas de obreros y colonos radicados en Punta Arenas, hasta el punto que a comienzos de 1870 la mano de obra escaseaba en la ciudad.
Hacia fines de 1869 se iniciaron en forma sistemática las faenas de la primera explotación carbonífera en la Colonia (cuyo yacimiento en Mina Loreto había sido descubierto también por el ingeniero coquimbano Ballester) y al respecto nos relata Robustiano Vera que: "En febrero de 1870 se hizo el primer embarque de carbón i hasta la fecha han tomado de éste 24 buques, habiendo embarcado dos mil sesenta i ocho toneladas..." (149).
El mineral de carbón, emplazado al interior del bosque y en la rivera sur del río del mismo nombre, a unos cinco kilómetros del poblado, consistía en un establecimiento de varias construcciones, la mayoría de ellas improvisados galpones y algunas precarias viviendas, además de los propios piques que, inicialmente, eran a tajo abierto y que los mineros fueron profundizando. El propio bosque aledaño proporcionaba en abundancia, la madera necesaria para las construcciones y para enmaderar los piques.
En la faena misma del carbón, es decir en el “frente”, los mineros trabajaban rudamente con picotas para romper el mineral y con palas para movilizar el producto hacia la bocamina. Antes que se instalaran carros para el transporte del mineral extraido, el carbon era cargado en sacos y a hombro, los peones oficiaban de cargadores.
Al mismo tiempo, a fines de la década de los sesenta, se intensificó la actividad marítima, cuando algunos loberos asentados en Punta Arenas, aumentaron sus salidas hacia los canales australes en busca de lobos de pieles finas y otros productos.


Se abre una nueva época

para el comercio

en la Patagonia

Las disposiciones legales favorables al comercio, antes mencionadas, tuvieron un positivo influjo sobre la actividad mercantil y los intercambios. Entre 1868 y 1870 comenzaron a instalarse nuevos despachos de comercio en Punta Arenas, algunos producto de la propia iniciastiva de colonos residentes, otros como necesidad para que sus intercambios tengan el aval de alguna firma de Valparaíso.


Se trataba sin duda alguna de pequeños almacenes dotados de una variedad insólita de mercancías del más diverso origen: se encontraba allí abundante aguardiente y otros licores, pieles de guanacos, plumas de avestruces, muchos de ellos productos de los indígenas tehuelches intercambiados en la pampa o en el propio despacho.
Generalmente, en estos primeros negocios magallánicos (almacenes, pulperías, cantinas, tiendas...) los clientes eran atendidos en el mostrador por el propio dueño, quién era acompañado por algún empleado (en su mayoría de procedencia extranjera: ingleses de preferencia...) que oficiaba a la vez, de dependiente y de improvisado bodeguero.
Si el empleado tenía algunos conocimientos matemáticos, su trabajo consistía también en ayudar al comerciante a realizar algunos libros contables y a “llevar” la correspondencia.
Al mismo tiempo, comenzó a desarrollarse un “comercio de ultramarinos" debido al paso de los vapores que hacían la ruta del Estrecho de Magallanes, con quienes estos comerciantes iniciaban un intercambio que iba a ser muy fructífero para ellos y para la Colonia.
Y como la actividad de caza de pieles finas, de lobos de dos pieles o de nutrias, estaba dando una producción creciente por parte de los loberos que se aventuraban por los canales australes, estas pieles comenzaron también a principios de los años setenta a constituirse en un rubro de venta hacia el extranjero.
Los primeros comercios que se instalaron en Punta Arenas fueron de propiedad de Luis Piedra Buena (como se ha visto instalado desde 1863), el local del herrero y anterior funcionario fiscal Guillermo Bloom, el negocio del español Juan Hurtado y la casa de los hermanos Schroeder, éstos últimos procedentes de Valparaíso. Hacia 1869 existían unos cinco o seis comercios en el poblado de Punta Arenas.
Hasta ésta década entre 1860 y 1870, puede decirse que las actividades económicas principales de la Colonia de Magallanes eran extractivas y productivas: la caza de lobos marinos, la explotación del oro y del carbón, complementada por alguna agricultura de chacarería y trabajos de pesca en el litoral del Estrecho, fundamentalmente para la subsistencia de los colonos.
Hasta los años finales de la década de 1860-1870, la colonia era todavía económicamente dependiente de los suministros enviados desde Chiloé y Valparaíso, pero con el surgimiento del comercio, respaldado por la caza de lobos, la naciente explotación del carbón, de las arenas auríferas y los suministros a los barcos que pasaban por el puerto, la colonia comenzó lentamente a independizarse económicamente del Estado.
Al aparecer el comercio desde 1868 en adelante, ésta actividad comenzó a constituirse en el eje de la actividad económica de la Colonia, en la medida en que se activaron los intercambios y las circulación de bienes y de dinero se aceleró y se incrementó.
Junto al naciente comercio, también tenía alguna actividad en la década de los sesenta, la explotación de los bosques cercanos a Punta Arenas para producir maderas, las que eran utilizadas principalmente como combustible doméstico, pero también como material de construcción, para la carpintería de ribera y para ser vendida como durmientes para los ferrocarriles del centro de Chile.
La administración de Oscar Viel estaba inspirada por el propósito de lograr que la colonia de Punta Arenas, fuera cada vez más autosuficiente para producir sus propios recursos de alimentación y trabajo, de manera de reducir el costo que significaban los abastecimientos de este lejano establecimiento. Las numerosas medidas de estímulo económico y productivo que implementó, apuntaban precisamente a demostrar a las autoridades centrales que la colonia no solo gastaba, sino que también generaba sus propios ingresos.
De paso, a medida que la actividad de intercambios crecía, y que el trabajo se hacía más intnso y productivo, necesariamente se iba a producir una suerte de “selección natural” en el recurso humano que constituía la colonia.
El naciente comercio, como se ha dicho, comenzó a activar los intercambios. A medida que las compras y ventas se fueron haciendo gradualmente y cada vez más voluminosas, el dinero -la primera forma del capital- comenzó a circular en mayores proporciones, acrecentando en consecuencia el poder de compra y el poder de pago de comerciantes, navegantes, artesanos y simples colonos.
Algunos de los primeros comerciantes instalados en Punta Arenas iniciaron sus transacciones con comerciantes de los puertos más importantes y cercanos: Buenos Aires y Valparaíso (los hermanos Schröeder por ejemplo) y a continuación con los puertos ingleses, Londres y Liverpool, a medida que los vapores británicos pasaban por el Estrecho de Magallanes.
El creciente número de recaladas de los vapores mercantes en el puerto de Punta Arenas, fue un factor clave para impulsar los intercambios: en la colonia de Magallanes, comercio y navegación marítima iban de la mano en la búsqueda de la riqueza. Al mismo tiempo, el creciente movimiento maritimo fue acercando a los primeros trabajadores para las faenas de carga y descarga de los vapores y veleros que recalaban en la colonia.
Un indicador del lento crecimiento de estos intercambios son las cifras de exportación disponibles, según las cuales mientras en 1869 el monto total de exportaciones del Territorio ascendía a $ 10.923,75, en el año 1870 ese monto ascendió a $ 19.298,50, tendencia al alza que mantuvo por largos años. (150)


Vapores y veleros,

cargadores y lancheros:

las primeros trabajos portuarios

en Punta Arenas

La apertura del puerto de Punta Arenas, al comercio con el extranjero, tras su declaración de “puerto libre”, produjo un saludable efecto en las transacciones comerciales intra y extra-regionales, como efecto del mayor número de naves que iban recalando en este punto.


En 1867 recalaron solo 4 vapores en Punta Arenas, pero al año siguiente, en 1868, recalaron 27, el 1869 lo hicieron 35 y en 1870 llegaron 61 navíos, con lo que la actividad portuaria se intensificó en forma inusitada. A los vapores-correos ingleses y los chilenos de la Pacific Steam, se agregaron desde 1869 los barcos de la compañía alemana Kosmos. Cada recalada significaba carga o descarga de mercaderías –lo que estimulaba el comercio de ultramarinos- o carga de suministros para la navegación.
Los comerciantes instalados en Punta Arenas, comenzaron a establecer relaciones de intercambio cada vez más frecuentes con casas comerciales de Londres, Liverpool, Bremen y Hamburgo, además de las casas comerciales de los puertos intermedios: Valparaíso en el Pacífico, y Port Stanley, Buenos Aires y Montevideo en el Atlántico.
Al incrementarse la actividad marítimo-mercantil, los trabajos en el puerto también se vieron favorecidos. Entre 1868 y 1870 se fue incrementando el trabajo de lancheros, boteros y cargadores, los cuales se ocupaban en lad faenas de carga y descarga. La mayoría de los vapores y veleros que recalaban en el puerto, permanecían a la gira y entonces, los lancheros procedían a efectuar su faena.
El trabajo de carga y descarga que realizaban los lancheros (en sus propios botes o en embarcaciones arrendadas) era pesado, lento y arriesgado: una fuerte marejada o la mar gruesa, hacían casi imposible el carguío pero, además, debían trasladarse los pesados bultos a fuerza de brazo y hombros desde los botes a la playa.
La faena en sí misma tenía entonces dos etapas: el carguío desde los vapores a los botes y lanchas, y la descarga de los bultos desde estas embarcaciones a la playa o al muelle, y viceversa, cuando se trataba de embarcar mercaderías para el cabotaje o la exportación. Los bultos en aquel entonces eran pesadísimos y requerían una especial destreza para cargarlos: había que cargar y descargar quintales de 100 u 80 kilos (la harina, el azúcar, los cereales...), jabas de 50 a 70 kilos (los licores, las porcelanas, las lozas, las herramientas y máquinas), y cajones de todos tamaños (conteniendo conservas, vestimenta, etc.).
Los botes y lanchas debían “acostar” a los vapores y veleros, para poder efectuar el trabajo aprovechando las horas de marea calma y poco viento, faena que incluía a continuación, cargar y estibar la carga en las pequeñas embarcaciones, por lo que se trataba de trabajos muy lentos, dificultosos e inseguros: los vapores debían permanecer dos o tres días en la bahía y no se trabajaba de noche.
En cada bote que efectuaba esta faena, se distinguía el trabajo de los remeros, uno de los cuales dirigía la “maniobra” de aproximación, atraque y desatraque, y el trabajo de los cargadores, generalmente dos o tres gañanes de robusta contextura, quienes cargaban, estibaban y descargaban los bultos, haciendo proezas de equilibrio, fuerza y destreza.
El trabajo de lancheros y cargadores fué pionero y fundamental en los años de auge del comercio marítimo y la navegación a vapor por el Estrecho, incluso después que se hubo construido un muelle adecuado y que los barcos fueron dotados de sus propias grúas y huinches.
Al mismo tiempo que el comercio empezaba a incrementar los intercambios, la colonia experimentaba una febril actividad en su propia organización territorial.




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