Georges rigault



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GEORGES RIGAULT

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HISTORIA GENERAL

DEL INSTITUTO DE LOS HERMANOS

DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS

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TOMO V



LA ERA DEL HERMANO PHILIPPE
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EL GENERALATO DEL HERMANO ANACLET

EL INSTITUTO EN FRANCIA EN LA ÉPOCA

DEL HERMANO PHILIPPE
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PARÍS

LIBRERÍA PLON



NIETOS DE PLON Y NOURRIT

IMPRESORES - EDITORES - 8, RUE GARANCIÈRE, 6e


INTRODUCCIÓN


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Con este quinto volumen de la Historia del los Hermanos abordamos un periodo tan importante, tan fecundo, que no nos ha parecido posible agotar todo su contenido de una sola vez. Hasta la mitad del siglo XIX, la congregación fundada por san Juan Bautista de La Salle sigue estando estrechamente vinculada a sus orígenes franceses. Cierto, que conserva en Roma, representantes que mantienen la tradición instaurada por el Hermano Gabriel Drolin. Luego enjambra en el Piamonte, en Bélgica, incluso en Canadá, y responde a las llamadas que le llegan de las esferas gubernamentales para ir a enseñar a los criollos y a los negros de la isla Borbón. Pero ésos son tan sólo los primeros pasos por el extenso mundo. Se está esbozando “una vocación misionera”: se concretará en los tiempos de Gregorio XVI y de Pío IX: grandes promotores de la evangelización, estos dos Pontífices reorganizan un apostolado que, comenzado con el descubrimiento de América, extendido a las Indias, al Japón y China mediante las admirables iniciativas de un Francisco Javier, había ido perdiendo intensidad como consecuencia de la debilitación de la fe y había sufrido una detención cuando la Compañía de Jesús cayó víctima de los odios jansenistas y filosóficos, de las doctrinas de Estado. Hubo que esperar el final de las convulsiones causadas por la Revolución de 1789 y por las guerras napoleónicas, para que la Iglesia volviese a lanzar a sus pioneros hacia las conquistas pacíficas. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas se colocan entre aquellos que escucharon el Docete omnes gentes. Y no solamente, aceptan un papel en las colonias pertenecientes a Francia; sino que - los países lejanos estuviesen o no bajo la soberanía, bajo la influencia de sus compatriotas - una elite de maestros religiosos se extendió allende los mares, en el Oriente mediterráneo, en África del Norte y hasta el Asia amarilla.

Simultáneamente, las posiciones del Instituto se ampliaron en Europa. Alemania, Austria, Suiza, Inglaterra vieron la creación de instituciones lasalianas. Otro, un inmenso campo de acción se abrió en los Estados Unidos de América. A partir de entonces, se produce una expansión universal. Los métodos, y pronto, el reclutamiento de la Sociedad nacida en otro tiempo a la sombra de la catedral de Reims no conocerán fronteras. Sin dejar de permanecer muy fieles al espíritu, y hasta a la lengua del Fundador, los discípulos del Sr. de La Salle se encaminan hacia una internacionalidad, digamos más exactamente hacia una “supranacionalidad”, que coincide con la de Cristo.

Esa evolución no se desbordará antes de los inicios del siglo XX: la marca francesa se imprime en todas las comunidades de Hermanos; y en ellas permanecerá vigorosa hasta nuestros días. Pero cada vez se irá haciendo más discreta, tratando únicamente de señalar una filiación legítima, de manifestar la unión de corazones en el mismo amor hacia el Padre, en la misma obediencia a los cabezas de familia: sin ningún orgullo de raza, ni voluntad de dominio, sin fines terrestres, contrarios a la caridad, incompatibles con la lealtad debida a los regímenes políticos y a las aspiraciones de cada pueblo, o por intereses ajenos al catolicismo.

El querer fundir en un relato común todo lo que se refiere a las actividades “centrales” de la Congregación - en París y en el suelo patrio, cuna de los primeros Lasalianos - con lo que va a ser la existencia ampliada de las generaciones contemporáneas, ¿no será exponerse a interpretaciones inexactas? Por lo tanto una discriminación parece imponerse, porque queriendo reunir en un número bastante limitado de páginas unos acontecimientos tan diversos, se corre el riesgo de sacrificar unos en aras de los otros.

Pero todos se produjeron bajo los auspicios de un único hombre. El Hermano Philippe rige los grandes éxitos de los maestros cristianos en su país de origen y en su propagación a lo largo del mundo. Su nombre llama la atención antes de la llegada de su generalato. Luego, a partir de 1838, crece, se propaga hasta ser conocido - como lo proclamará el Papa en 1867 - “en todo el universo”.

De ahí nuestra idea de agrupar dos tomos de esta Historia general bajo un mismo título: La Era del Hermano Philippe. Como preludio, estudiaremos El Generalato del Hermano Anaclet. Los hechos justificarán, a nuestro parecer, este modo de ver. Y, puesto que en este comienzo será bueno orientarse y tomar puntos de referencia, no dudaremos en llevar al lector por los diferentes caminos de la cristiandad, Turín, Bruselas, Montreal, sin olvidar Roma.

Luego se desarrollará lo que quizás algunos llamen una “historia de Francia”: situación del Instituto en las convulsiones que siguieron a las jornadas de julio de 1830, en el clima político, religioso, social, de la monarquía de julio, de la Segunda República, del Segundo Imperio; relaciones del Superior General, con las personalidades de su época, los príncipes, los ministros, los líderes de los partidos, con la Iglesia mezclada en las vicisitudes de la nación. Nuestros relatos tenderán a mostrar que la intervención del Estado no deja de pesar sobre los destinos de la escuela, de dirigir los progresos de la enseñanza, de provocar a veces sus desviaciones; que de modo particular, la misión educativa de los Hermanos encuentra apoyo u obstáculo, según los hombres en el poder y según las doctrinas en auge; que nunca los problemas pedagógicos, asociados a los problemas espirituales, fueron discutidos con tanto ardor, con un más vivo sentimiento de su importancia, que en los días en que los católicos se propusieron arrancar a la Universidad su monopolio.

No obstante, esos capítulos dedicados al Instituto en Francia bajo el Generalato del Hermano Philippe no pueden ilustrar la historia lasaliana más que desde el exterior. Probablemente se espere de nosotros algo más: una visión general de las vías interiores, una especie de psicología de la congregación, y también un comentario, una profundización de los métodos empleados por los maestros con la niñez y la juventud. No podíamos aplazar más estos temas: sin lo cual, el relato carecería de alma. Desde el momento en que íbamos relatando las principales fundaciones y cuando recordábamos los nombres, los rostros de los fundadores, era necesario explicar el por qué y el cómo de dichas obras, de buscar la fuente de esos talentos y esas virtudes, analizando las directrices religiosas y las realizaciones pedagógicas del Generalato.

Será a la vez, la conclusión del tomo V, el inicio del tomo VI. Los principios se elaboran en la Casa Madre, y en los “distritos” organizados en el territorio francés, y en los grandes pensionados que dirigen un Hermano Leyfroy, un Hermano Théotique, un Hermano Libanos: se aplicarán, con las trasposiciones útiles, a los establecimientos educativos creados en otros países cristianos, o en las colonias, o en las regiones que reclaman la iniciación de la evangelización. Desde un punto de partida claramente deliberado hasta una meta conocida previamente, nos dedicaremos a continuación en un largo recorrido. Y si Dios nos da vida, si las barreras levantadas entre los pueblos se derrumban finalmente, esperamos describir la Expansión mundial del Instituto, con todo el desarrollo que merece una tan espléndida epopeya.

Para no dar una impresión de inacabado, parecía mejor narrar enseguida, bajo forma de epílogo, los últimos años del Hermano Philippe. Saturados por los lutos de 1870, por los sufrimientos del sitio de París, por las persecuciones de la Comuna de 1871, calmándose en el espectáculo de la recuperación nacional, angustiándose nuevamente ante las perspectivas de las luchas religiosas, los mismos se vinculan, con los lazos más estrechos, a nuestro presente estudio. Y aunque no debamos abandonar al gran superior más que sobre su lecho de muerte, esta anticipación sobre una estricta cronología no equivaldría aquí en modo alguno a un adiós definitivo.

Hace dos lustros, escribíamos una biografía del “educador apostólico”1. Ya entonces, la Casa Generalicia ponía a nuestra disposición la abundancia de sus documentos, cartas autógrafas, correspondencia administrativa, deliberaciones de los Capítulos, informes de los centros, carpetas de los principales Hermanos. No teníamos más que indagar, nuevamente y más a fondo, en ese tesoro. Pudimos completar sus riquezas mediante investigaciones avanzadas en los archivos de las casas francesas, donde los acontecimientos de 1940 nos llevaron a residir. Ese trabajo preparatorio respondía exactamente al tema del libro que se nos permitía que remplazase, en su elaboración, a nuestras publicaciones anteriores.

Los documentos de los Archivos Nacionales (Serie F 17) y todo lo que en los Archivos Departamentales de la Seine-Inférieure, se refiere a la escuela normal ubicada, durante medio siglo, bajo la dirección de los Lasalianos, se sumaron a esas fuentes manuscritas.

Los impresos se presentaban en cantidad tan considerable que teníamos que intentar, mucho más que en nuestras obras sobre el siglo XVIII y la Revolución, despejar sus elementos, realizar una síntesis. Se trata, en primer lugar, de la bibliografía propia de la Congregación: circulares del Superior General; “relaciones mortuorias” o “noticias necrológicas”2; Vidas de religiosos, venerados por su santidad o eminentes por sus obras, tales como el Hermano Benildo, el Hermano Bérain, el Hermano Scubilion, el Hermano Exupérien, el Hermano Joseph, el Hermano Annet; monografías de las escuelas o de los pensionados, Castres, Gaillac, Montpellier, por ejemplo, en la primera categoría, y en la segunda, Béziers, Dreux, Nantes, Passy, Quimper, Rodez, Toulouse; o también, páginas sobre los centros educativos de San Nicolás, sobre el Instituto Agrícola de Beauvais. Para los orígenes de las fundaciones canadienses, para los nuevos comienzos belgas de 1830, disponíamos del magnífico memorial compuesto en Montreal con motivo del “Centenario”3, y de los tomos II y III de Félix Hutin: El Instituto de los Hermanos en Bélgica (bajo el régimen de la libertad constitucional)4. Aparecen a continuación algunos volúmenes o publicaciones que proporcionan visiones de conjunto: El ensayo histórico, de 1905, sobre la Casa Madre; la sucinta Historia del Instituto de los Hermanos, por J. Herment; los capítulos de Armand Ravelet, reeditados en 1933; el Compendio publicado por la Procura de la Rue de Sèvres, en 1935. Y del mismo filón, de plumas no menos expertas y no menos informadas, los artículos del Bulletin des Écoles chrétiennes, del Messagero delle Scuole Cristiane, de la Rivista lasalliana, que contienen, en su mayoría, una documentación de detalle muy interesante.

Más allá del círculo de las publicaciones “de familia”, encontrábamos datos sobre los Hermanos y sobre toda la pedagogía francesa en el Tableau de l’Instruction primaire, elaborado por P. Lorain bajo los auspicios de Guizot, en las Memorias del mismo ministro, en la obra dedicada por Eugène Rendu al recuerdo de su padre, Ambroise, en los trabajos de Alfred des Cilleuls, de Émile Gossot, de Marcel Fosseyeux, del canónigo Adrien Garnier. Para el recuerdo de las luchas que tuvieron como reto la libertad de la enseñanza, y para un análisis de los debates que desembocaron en la ley del 15 de marzo de 1850, hemos utilizado el Montalembert, de Lecanuet, y, sobre todo las actas de la comisión extraparlamentaria de 18491.

Finalmente, para mostrar el marco histórico en el que actúan nuestros personajes, nos hemos servido de la contribución de Mons. Baunard (Un siglo de la Iglesia en Francia), Thureau-Dangin, Pierre de la Gorce, Gabriel Hanotaux, Georges Goyau, Sébastien Charléty, Jean Maurain, Daniel Halévy.

Esos son nuestros materiales, de diversas procedencias. Los hemos utilizado, intentamos armonizarlos, según su respectivo valor2. Nuestra tarea se ha realizado en tiempos crueles, en condiciones difíciles. Gracias a Dios, las colaboraciones no nos han faltado; estamos muy agradecidos a nuestros colaboradores y a nuestros guías. Y en el mismo trabajo encontramos la fuerza para resistir a las pruebas.
G. R.

PRIMERA PARTE


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EL GENERALATO
DEL HERMANO ANACLET

CAPÍTULO PRIMERO


EL INSTITUTO DESPUÉS DE LOS ACONTECIMIENTOS DE 1830

La situación en el momento del fallecimiento del Hermano Superior General Guillaume-de-Jésus. La Revolución de 1830 en Francia. - Los Hermanos de las Escuelas Cristianas y la monarquía de Julio; el tema de la libertad de enseñanza: las campañas del diario L’Avenir; resultados obtenidos, a pesar de la caída de Lamennais; la Iglesia menos sospechosa; la religión a la reconquista de las elites; declaraciones de Guizot. Proyecto de ley escolar presentado por Montalivet; informe de Daunou. - Ataques contra los Lasalianos. Reunión del decimoquinto Capítulo General: elección del Hermano Anaclet; carrera y retrato del nuevo Superior; los Hermanos Asistentes. Circular del 13 de septiembre de 1830. - El Instituto en las provincias francesas: sus adversarios. Animadversiones y cuestiones financieras. Los asuntos de Ruan. Apertura de “escuelas privadas”. - Mejor ambiente en las altas esferas políticas y administrativas; ciudades y poblaciones favorables. - La obra de los Hermanos en las colonias: desdichado fin del establecimiento de Cayena; heroico y fecundo trabajo en la isla Borbón. - Regreso de la congregación a Bélgica después de las jornadas de agosto de 1830 y la declaración de independencia. La libertad de enseñanza en el nuevo reino. Los Hermanos en Namur. La carta pastoral del obispo de Lieja, Mons. Van Bommel (15 de octubre de 1831). Establecimiento de los Lasalianos en Bruselas. - El Instituto en Italia; la tarea y las preocupaciones del Hermano Rieul; el problema del hábito. Nombramiento del Hermano Pío di Santa María para el puesto de Vicario General. Actitud y decisiones del Papa Gregorio XVI. El Hermano Abdon en Roma. La fundación de la escuela de Benevento. - El Piamonte: los Hermanos en Turín. La misión del Hermano Hervé-de-la-Croix. Desarrollo y éxito de las escuelas cristianas. - Circular del Hermano Anaclet, con fecha del 6 de julio de 1833.


El 10 de junio de 1830, el Hermano Guillaume-de-Jésus, después de siete años y siete meses de generalato prudente y calmo, moría en paz. Una hermosa tarde ponía fin a esa existencia que, iniciada en la luz provenzal, había conservado su gozoso vigor en los tiempos de las persecuciones y de los destierros. Roma, Lyón, París habían contemplado al sólido anciano, desempeñar con método y valor la tarea cotidiana, enfrentarse tranquilamente, en varias ocasiones, a los poderosos de este mundo, renovar y santificar mediante la oración su natural optimismo. Dios, en definitiva, lo libró de las más crueles pruebas: la respetuosa y confiada simpatía de los poderes públicos, de la jerarquía eclesiástica, la afectuosa obediencia de los Hermanos no le faltaron en absoluto al Superior General. Tan sólo, las decisiones sectarias del rey de los Países Bajos, al cerrar las escuelas cristianas de Namur, de Dinant, de Lieja y de Tournai, lograron perturbar esa serenidad: fracaso parcial, estrechamente localizado, sin consecuencias para el desarrollo del Instituto Lasaliano. Hasta se podía sacar de ello un motivo de gloria como contrapartida, pues el pequeño grupo de los religiosos expulsados se habían replegado hacia Francia sin ninguna defección y, por otra pare, el clero, los notables, el pueblo de Bélgica manifestó muy claramente su gratitud y su pena.

Más de doscientas comunidades, más de mil cuatrocientos Hermanos observaban la Regla, instruían a los niños según los principios del Fundador, en el reino de Carlos X, en los Estados del Papa, y bajo la benevolente protección de la Casa de Saboya. El número, aún insuficiente, de los maestros, la modestia de los programas escolares limitaban la actividad de la congregación. Las indecisiones de los gobernantes, de los legisladores, en materia de enseñanza, así como sus desconfianzas con relación a los educadores de sotana, tendían igualmente a ir disminuyendo. La casi aniquilación de 1792, de ahora en adelante, ya no es de temer, para los herederos del Sr. de la Salle. Al desbordar las fronteras de las naciones, si en algún lugar sufre disminución o estancamiento, se desarrolla en otros lugares de climas más favorables. Napoleón I devolvió a los Hermanos la existencia legal en su imperio, aunque dentro de molestos linderos; “animados”, hasta 1814, por el Gran Maestre de la Universidad Louis de Fontanes, gozaron, bajo los Borbones, de la protección real; han enjambrado en las colonias francesas. En Roma, los Soberanos Pontífices, Pío VII, León XII, Pío VIII, han mantenido para esa sociedad tan meritoria, tan profundamente fiel a la Iglesia, su situación canónica bien definida, las garantías de futuro, que le garantizaba su predecesor Pío VI. Los príncipes de Cerdeña acaban de acoger en Turín a los excelentes pedagogos que Chambéry, capital de su antiguo patrimonio, conocía ya desde hacía veinte años.

Las revoluciones de 1830, ¿resultarán nefastas para los Lasalianos? Naturalmente, perturban a unos hombres habituados a la alianza entre el trono y el altar y que se ven expuestos a los ataques de violentos adversarios. Su situación en Francia, parece comprometida. Las pasiones antirreligiosas explotan durante las jornadas de julio: la Iglesia, considerada solidaria de la monarquía derrocada, tiene en contra suya al partido vencedor. El arzobispado de París es devastado, las sacristías de la catedral profanadas, las casas de los sacerdotes misioneros y de los Jesuitas, saqueadas.

Desde la capital, la avalancha llega a las provincias. Expulsa de Reims al cardenal de Latil, que se refugia en Inglaterra; de Nancy, a Mons. de Forbin-Janson, que pasa a América. Châlons-sur-Marne, Chartres, Orleáns, Bourges, Nevers, Niort, Narbonne, Toulouse son también escenario de las manifestaciones y de motines que van dirigidos primeramente contra los sacerdotes. ¡A por “las sotanas negras, y los bonetes1!” Estas amenazas, según observa el duque de Broglie, no perdonan a los Hermanos de las Escuelas Cristianas2. Las calumnias, ampliamente extendidas por la prensa en los tiempos de la Restauración, se imponen más que nunca en los auditorios populares, a pesar de las burdas inverosimilitudes. Un diario pretende que se han “encontrado millares de puñales envenenados en manos de los Ignorantillos”, así como “en los seminarios”3. ¡El clero ha premeditado una inmensa “Saint-Barthélemy”!

La efervescencia revolucionaria es mantenida por ciertos clubes, en primer lugar por el llamado “Sociedad de los Amigos del Pueblo”. Una crisis social parece a punto de añadirse a la crisis política. Y numerosos “burgueses”, cegados por los prejuicios y los odios, tardarán en medir las consecuencias de su inercia. El 14 y 15 de febrero de 1831, los parisinos de la clase “adinerada” asisten, como espectadores indiferentes, incluso satisfechos e irónicos, al saqueo de la Iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois, a la destrucción casi total del arzobispado: hasta se cuenta con algunos de ellos para colaborar en la revuelta. Seminarios y palacios episcopales sufren los asaltos de la sedición en Lille, Dijon, Arles, Nîmes, Perpignan: ¡qué importa! Son golpes contra el “jesuitismo”, casi tan directamente como la ruina de una residencia de los “discípulos de Loyola”, la casa de Montrouge de la que tan solo algunas paredes quedan en pie4.

Durante varios años se seguirá respirando esa atmósfera de tormenta. Tumultos en las calles de París, principalmente de marzo a septiembre de 1831; cantos facciosos, rotura de farolas, saqueos de tiendas, ataques a mano armada contra los defensores del orden público... En Lyón se produjeron acontecimientos más graves: ochenta mil obreros, enarbolando banderas negras, se hicieron dueños de la ciudad: horas terribles para el nuevo gobierno francés, cuyas tropas habían cedido ante la insurrección. Aquí, al menos, la profunda miseria del pueblo explicaba la revuelta: “Vivir trabajando, o morir combatiendo”, se leía en la sombría pancarta. Y los momentáneos vencedores manifestaron un espíritu de fe, una deferencia a las exhortaciones de la jerarquía eclesiástica en llamativo contraste con la actitud de los demás cabecillas de la época. Montalembert, al presentarse ante la ciudad conmocionada, se sintió profundamente impresionado por el carácter excepcional de ese movimiento social y realizó un cuadro magistral del mismo1.

En todas partes se percibe un sentimiento de inseguridad, de inestabilidad. Los recuerdos de 1793 no están tan lejanos como para que los hombres de edad madura se refieran a ellos con angustia. El presente da lugar a lamentar la disciplina rigurosa, tiránica, pero imponente y grandiosa, del régimen napoleónico, la bienhechora paz de los quince años de la realeza legítima. A las tristezas de las almas se añaden los sufrimientos materiales, las que infligen a los pobres los bajos salarios o los paros, las que oprimen a los ricos amenazados en sus fortunas. Y luego la muerte pasa como en ráfagas: en 1832, la espantosa epidemia de cólera, echa por tierra miles de víctimas, no perdona a los hogares, diezma las familias.

No se libra uno de la plaga más que para recaer en la guerra civil. Lyón escucha nuevamente, en 1834, el toque de alarma, los tiroteos y el cañón. Durante el mismo mes de abril, las barricadas surgen nuevamente en París: se necesita un gran despertar de energía, una táctica apropiada a la lucha en las calles estrechas y tortuosas, en los enmarañados laberintos de la vieja capital, para aplastar definitivamente la insurrección. Y en diversos lugares, en el interior, las agitaciones acaban por consumirse2.

Para entonces los gobernantes han comprendido y actuado. Pero, ¡qué imagen de debilidad después de los acontecimientos de 1830! La elección de Louis-Philippe, duque de Orleáns, como “rey de los Franceses” no era más que una especie de improvisación, un expediente pensado para evitar la República, para quitarle a las masas el temible fruto de su triunfo. El “censo electoral”, apenas ampliado por la nueva constitución, reservaba a doscientos mil ciudadanos toda la “capacidad” política3. Una vez realizada esta maniobra, los beneficiarios se sentían obligados a halagar a la multitud, no herir las ambiciones defraudadas, a desviar de ellos mismos las iras y rencores dejando que las mismas recayesen sobre los legitimistas y sobre el clero. En el ministerio del 11 de agosto de 1830, el elemento conservador, representado por Molé, Guizot, Périer, se sentía intimidado, paralizado. El asco, el remordimiento se adueñaba de esos hombres de Estado ante las tareas a las que se sentían asociados, ante una opinión pública entregada a los violentos y a los sofistas. Se retiraron tras los disturbios que, en octubre, acompañaron el juicio del príncipe de Polignac y de sus colegas, responsables de las fatales ordenanzas.

Con Laffite, el “partido del movimiento” sigue solo en el poder. Demuestra ser incapaz, y ni siguiera trata de mantener el orden, disculpa a los demoledores y a los saqueadores de Saint-Germain l’Auxerrois y del arzobispado, sin que con ello conserve el apoyo de sus jefes. Sucumbe bajo el desprecio del parlamento y del país.

La recuperación, difícil, insegura, laboriosa, comienza en marzo de 1831. Será obra de Casimir Périer. Este gran burgués de rasgos severos, “de ojos profundos escondidos bajo espesas cejas”4, muestra el rostro y el alma de un señor. Su filosofía, no obstante, parece bastante limitada, su ideal no parece superar el horizonte de un “hombre de negocios”, que detesta la anarquía porque remueve los bajos fondos, detiene las transacciones comerciales, aniquila las finanzas, humilla a Francia ante el mundo5.



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