Familia y adolescencia



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Un mejor conocimiento de la adolescencia

A nivel macrosistémico, sería importante tratar de cambiar la representación social marcadamente negativa que existe acerca de la adolescencia, dando una imagen más realista y alejada de los tópicos que relacionan al adolescente con la conflictividad, la violencia, el consumo de drogas o la promiscuidad. Los padres deben entender que la relación con su hijo no tiene necesariamente que empeorar de forma dramática a partir de la pubertad, ya que cuando tienen unas expectativas muy pesimistas éstas pueden terminar cumpliéndose. Así, podrían considerar que algunas actitudes o comportamientos que aparecen en su hijo son inevitables, y por lo tanto hay poco que ellos puedan hacer, llevándole a una negligencia que resultará perjudicial. Tampoco se trata de ofrecer una imagen idílica de la adolescencia, ya que, además de ser falsa, esta visión tan optimista puede desanimar y culpabilizar a aquellos padres que están atravesando dificultades en su relación con los hijos. Esta intervención puede llevarse a cabo en distintos niveles, desde campañas en los medios de comunicación hasta el trabajo directo con grupos o talleres de padres.

Con frecuencia, los padres de chicos y chicas adolescentes se quejan de lo imprevisible y desconcertante que les resulta a veces el comportamiento de su hijo, por lo que es muy importante que los padres conozcan los principales cambios que suelen tener lugar durante la adolescencia. Por ejemplo, los cambios físicos y su repercusión a nivel emocional, las nuevas capacidades cognitivas que van a llevar al adolescente a posicionamientos muy críticos y desafiantes, o el proceso de desvinculación emocional con respecto a su familia. Cuando los padres tienen información sobre todas estas transformaciones suelen mostrarse menos angustiados y reaccionan de forma más racional y reflexiva ante los comportamientos de sus hijos. Como ya hemos tenido ocasión de comentar, no sólo cambia el adolescente, también sus padres lo hacen, por lo que resulta muy conveniente que sean conscientes del momento evolutivo en que se encuentran, y de cómo puede afectar a la relación con sus hijos.

Muy relacionado con el aspecto anterior, y de una importancia también fundamental, es el conocimiento de las necesidades de los chicos y chicas durante esta etapa (Oliva, 2002). Aunque las mayores competencias del adolescente le dan una mayor autonomía que hace que muchas de las necesidades de la infancia desaparezcan o pueda satisfacerlas por sí mismo, aparecen otras nuevas, que muchas veces no resultan tan evidentes como las del niño o niña de menor edad. Entre otras necesidades podemos destacar el tener una alimentación adecuada, dormir suficientes horas, realizar actividad física y acudir a controles sanitarios. También son importantes las necesidades afectivo-sexuales que van a experimentar una intensificación a partir de la pubertad. Los adolescentes aún necesitan el cariño y apoyo parental para afrontar los numerosos retos de estos años con la suficiente seguridad emocional, y un seguimiento o control que permita detectar el surgimiento de algunos problemas que pueden llegar a ser importantes y que con frecuencia aparecen asociados a la negligencia parental. Igualmente, los adolescentes manifiestan la necesidad de disponer de una mayor autonomía y unas mayores posibilidades de tomar decisiones y participar de forma activa tanto en el entorno familiar como en el escolar y social. Es importante que los padres sean conscientes de estas necesidades y ayuden a sus hijos a satisfacerlas, ya que muchos de los problemas propios de esta etapa surgen precisamente por la falta de adecuación o ajuste entre lo que necesita el joven y lo que encuentra en su casa.

Mostrar un estilo democrático

A lo largo de este capítulo se ha hecho referencia a un importante número de estudios que confirman que el medio familiar óptimo para el desarrollo del adolescente es aquél que combina la comunicación y el afecto con las exigencias de madurez, el establecimiento de límites, el seguimiento, y el fomento de la autonomía e individualidad. A todo ello habría que añadir una cierta flexibilidad y sensibilidad para ajustarse a los muchos cambios que se producen durante estos años de la adolescencia. Por lo tanto, parece claro que el objetivo que debe perseguir cualquier intervención dirigida a favorecer el desarrollo adolescente debe ser conseguir que padres y madres muestren un estilo educativo o disciplinario democrático (Steinberg y Levine, 1997).



Mostrar afecto y apoyo y establecer una buena comunicación durante los años de la adolescencia es tan importante como lo era durante la infancia, ya que durante estos años chicos y chicas deberán hacer frente a distintas tareas evolutivas que podrán generarle mucho estrés, y van a necesitar todo el apoyo que sus padres les puedan proporcionar en estos momentos difíciles. Muchas veces los padres tienden a infravalorar los problemas de sus hijos, pero situaciones frecuentes como una ruptura con algún amigo o amiga, unas bajas calificaciones escolares, o la exclusión de un equipo deportivo pueden tener un gran impacto emocional en el adolescente. Por lo tanto, un objetivo prioritario debe ser el establecimiento o mantenimiento de una buena relación afectiva, y son muchas las cosas que los padres pueden hacer para conseguirlo. Por ejemplo, pueden dedicar tiempo a realizar alguna actividad divertida juntos, bien a solas con el adolescente o bien toda la familia junta, haciendo todo lo posible por compatibilizar los horarios. También es importante hablar de temas que preocupen e interesen al adolescente, ya que con frecuencia las conversaciones entre padres e hijos están centradas en asuntos domésticos que suelen dar lugar a conflictos y enfrentamientos, de forma que los intercambios comunicativos suelen terminar convirtiéndose en situaciones aversivas que padres e hijos evitan. Por ello es importante romper ese círculo vicioso y volver a disfrutar de la conversación con los hijos. Establecer una sólida relación de confianza va a ser fundamental, y que los padres compartan con su hijo algunos sentimientos y preocupaciones de carácter más personal puede ayudar bastante, ya que de esta forma estarán transmitiendo el mensaje de que le consideran lo bastante maduro como para confiarle algunas preocupaciones. Con frecuencia los padres se limitan a interrogar a su hijo, estableciendo una comunicación estrictamente unidireccional que va a ser rechazada por el adolescente por considerarla como una invasión de su esfera privada. Es frecuente que con la llegada de la pubertad se establezca una cierta incomunicación de la que los padres suelen responsabilizar a sus hijos, aunque lo cierto es que la comunicación es un asunto interpersonal, y puede decirse que los padres también son responsables del deterioro que a veces se produce en ella. Son muchos los obstáculos que dificultan una buena comunicación, por ejemplo, una gran parte de los mensajes que los padres dirigen a sus hijos están plagados de críticas a sus errores, referencias a defectos, sarcasmos y ridiculizaciones. Si se tiene en cuenta que los adolescentes están construyendo su identidad, y pueden tener muchas dudas con respecto a su valía personal, es de esperar que sean muy sensibles a estas críticas y no muestren excesivo interés por iniciar o mantener unos intercambios comunicativos que les resultan tan aversivos y que contribuyen poco a mejorar su autoestima. Otra característica de los mensajes parentales es que suelen estar plagados de órdenes, consejos y sermones sobre lo que deberían hacer, y tampoco parece que este tipo de mensajes sea el mejor aliciente para un chico o una chica que están tratando de desvincularse afectivamente de sus padres y busca mayores niveles de autonomía. Además de suprimir este tipo de vicios, es importante que los padres se muestren menos directivos y ayuden a sus hijos a reflexionar, animándole a buscar alternativas ante un problema o una situación determinada y evitando sugerirles demasiado pronto las soluciones. También resulta fundamental que muestren una actitud receptiva, que sepan escuchar, que presten atención cuando se comuniquen con su hijo, mirándole a los ojos, dejando a un lado cualquier actividad que estuviesen realizando, y dándole tiempo para que se exprese tranquilamente y sin interrupciones. De esta forma se le trasmite el mensaje de que se está interesado en lo que está contando, y el chico o la chica se sentirán escuchados, lo que favorecerá la comunicación parento-filial.

A pesar de la controversia entre investigadores en relación con esta dimensión (Kerr et al., 2003), el control o seguimiento continúa siendo fundamental durante los años de la adolescencia, y muchos de los problemas comportamentales típicos de esta etapa suelen estar relacionados con su ausencia en el contexto familiar. No obstante, los padres de adolescentes deben mostrarse más flexibles, ya que un exceso de celo en el control puede resultar tan pernicioso como su defecto. Esta flexibilidad debe llevar a los padres ir ajustando las normas y exigencias a las nuevas necesidades y capacidades de su hijo o hija, y a ser conscientes de que unas normas que tenían sentido y validez cuando su hija tenía 9 años pueden resultar inadecuadas a los 13 ó 14 años, y que por lo tanto deben modificarse. Si un objetivo clave es favorecer la autonomía del adolescente, es muy importante que los padres vayan concediéndole de forma gradual libertad para actuar y para tomar sus propias decisiones. Sin embargo, en bastantes ocasiones los padres muestran una elevada ansiedad ante la posibilidad de que sus hijos se equivoquen y cometan errores, e intervienen continuamente para evitarlo. Se trata de una ansiedad justificada en unos padres que desean lo mejor para sus hijos, y conocen por su propia experiencia la importancia que tienen muchas de las decisiones que se toman a lo largo de la vida. Ni que decir tiene que los padres son una fuente esencial de apoyo y de orientación para unos adolescentes que con frecuencia se encuentran muy desorientados, sin embargo, también es recomendable que los padres les dejen buscar y encontrar su propio camino y no presionen a su hijo para que se convierta en el adolescente que ellos fueron o que quisieron ser. En relación con este aspecto, puede sugerirse que a menos que la seguridad o la salud del menor esté en peligro, debe dejarse que aprenda de sus propios errores y vaya adquiriendo un sentido de la responsabilidad personal que difícilmente podría conseguir sin esa libertad para actuar.

A la vez, resulta esencial que se establezcan límites claros, razonados y justificados, y aunque en muchas ocasiones un chico o una chica reaccionan con rebeldía ante el establecimiento de límites, esto suele ocurrir cuando las normas o reglas son establecidas de forma arbitraria y unilateral por parte de los padres. No se rebelan tanto ante el límite establecido como ante la imposición autoritaria del mismo, por lo que los padres deben hablar y discutir con sus hijos las normas y regulaciones familiares antes de imponerlas. Una vez establecidas las normas es importante que los padres se muestren coherentes y consistentes a la hora de exigir su cumplimiento. A veces, los padres pueden estar cansados, y tener la tentación de tolerar determinados comportamientos que en otras ocasiones serían sancionados, con lo que sus hijos pueden llegar a discriminar cuando es más probable que el incumplimiento de las normas sea tolerado. Eso no quiere decir, que no existan ocasiones o circunstancias especiales en las que una determinada norma pueda ser modificada, pero esas ocasiones deberían ser ajenas al estado de ánimo de los padres. También debe existir coherencia entre el padre y la madre a la hora de aplicar las normas y exigir su cumplimiento. Aunque en ocasiones puedan no estar de acuerdo, deberían resolver sus discrepancias en privado y tratar de ofrecer ante su hijo un frente común.

En general, los padres deben estar informados de lo que hace su hijo o hija, y para ello es necesario que se interesen por él, le pregunten y conozcan a sus amigos y amigas, para evitar algunas situaciones de riesgo que pudieran estar produciéndose. Ya hemos comentado anteriormente que la carencia de seguimiento y de control suele llevar a problemas comportamentales, incluso cuando la relación entre padres e hijos es afectuosa. Pero igualmente deben evitar los padres mostrar una actitud inquisitorial o policial, interrogando a sus hijos acerca de algunos asuntos que ellos legítimamente pueden considerar privados, y que pueden llevar a que el adolescente se muestre aún más hermético en un intento de defender su esfera personal. De acuerdo con algunos estudios recientes ya mencionados (Stattin y Kerr, 2000), la forma más eficaz de supervisar es la auto-revelación, es decir cuando son los mismos adolescentes quienes informan a sus padres acerca de sus actividades y amigos, y esto suele ocurrir cuando existe confianza y una buena comunicación parento-filial. En estas situaciones es probable que sean los mismos adolescentes quienes tengan la iniciativa de compartir con sus padres muchas de sus preocupaciones, o de hablarle acerca de sus amigos o de sus actividades

Podemos concluir diciendo que la mejor fórmula que tienen los padres para favorecer el desarrollo de sus hijos durante la adolescencia es la de tratar de mostrar un estilo educativo democrático, sin embargo, para muchos padres ajustarse a este estilo resulta una tarea complicada que no siempre está a su alcance. Son muchos los obstáculos que pueden surgir en el camino que les acerca a ese padre ideal: falta de recursos y habilidades parentales, escasez de tiempo o energía, dificultades familiares o conyugales, un adolescente complicado que parece imposible de manejar, etc. Incluso en el supuesto de que muchos padres sepan qué tienen que hacer para favorecer el desarrollo no van a saber cómo hacerlo, por lo que apoyar a los padres en esa tarea, ofreciéndoles sugerencias sobre cómo mostrar un estilo democrático debe ser un objetivo prioritario de toda intervención centrada en la promoción del desarrollo y en la prevención de problemas de ajuste emocional y conductual durante la adolescencia.



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