Familia y adolescencia



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En la actualidad hay autores que están replanteándose algunas cuestiones sobre los estilos educativos. Algunos trabajos que están impulsando la revisión del concepto son aquellos en cuyos resultados se matiza la idea de que el estilo democrático es el mejor siempre y en todos los casos. En esta línea se encuentran estudios que por ejemplo señalan que en familias reconstituidas el estilo que más favorece, al menos en un primer momento, la autoestima de hijos e hijas es el permisivo (Barber y Lyons, 1994), o trabajos que ponen de manifiesto que en familias asiáticas y afro-americanas residentes en Estados Unidos, los hijos de padres autoritarios son los mejor adaptados (Chao, 1994; Darling y Steinberg, 1993). Se podría decir que aunque existe una relación bastante probada entre estilo democrático y ajuste adolescente, la fuerza de la relación varía dependiendo de las muestras, los contextos, y las variables de ajuste tomadas en cada estudio (Steinberg y Morris, 2001). Así, aunque hay suficiente evidencia para poder concluir que los adolescentes se benefician de un estilo democrático que combina calidez, firmeza y garantía de la autonomía psicológica, habrá que seguir profundizando sobre cómo fuerzas externas a la familia -como la red de apoyo social, las características socio-económicas del entorno o el grupo de iguales- acentúan o limitan el impacto del estilo educativo sobre el bienestar adolescente (Steinberg, 2001; Steinberg y Morris, 2001). En cualquier caso, se insiste en que en las sociedades industrializadas actuales, las características que promueve el estilo democrático –autoconfianza, motivación de logro, autocontrol, desarrollo moral o percepción de competencia- son las más deseables y las que facilitan una mejor adaptación (Steinberg, 2001).


Aunque frecuentemente se utiliza la etiqueta de estilo parental para hacer referencia a ambos progenitores, no en todas las ocasiones van a coincidir el estilo educativo del padre y de la madre. Los datos de la investigación nos indican que la situación ideal para un adolescente es la de disponer de dos padres democráticos, Sin embargo, la diferencia existente entre el ajuste psicológico y comportamental de estos chicos y chicas y el de quienes sólo tienen un padre democrático, es bastante menor que la diferencia entre quienes tienen al menos un progenitor democrático y quienes no tienen ninguno (Steinberg, 2001). Si durante la infancia la coherencia entre las prácticas y estilos educativos de los padres era un factor fundamental, al llegar la adolescencia esta coherencia resulta menos relevante que disponer de al menos un progenitor democrático.

Pero continuando con los aspectos de los estilos educativos que en la actualidad siguen generando debate, se debe señalar que una de sus principales limitaciones se refiere a su visión unidireccional de las relaciones, y a su consiguiente planteamiento de causalidad (Kerr et al., 2003). Más o menos explícitamente, el constructo de los estilos parentales parte de la idea de que son padres y madres los que a través de un determinado estilo de comportamiento ejercen su influencia directa sobre los adolescentes. Según diferentes trabajos (Kerr et al., 2003; Palacios, 1999) este planteamiento es demasiado simple y tiene algunos problemas. Quizás uno de los más básicos es que este tipo de conclusiones parten de estudios en su mayoría correlacionales, estudios que no permiten establecer relaciones causales. Otro de los problemas del modelo es que minimiza el papel de chicas y chicos, por un lado al suponer que el impacto de las prácticas educativas es el mismo independientemente de características de los jóvenes como su temperamento o su edad, y por otro, al no tener en cuenta la percepción del adolescente sobre dichas prácticas. Además, parte de la idea de que la percepción de progenitores y adolescentes sobre las prácticas disciplinarias son una misma cosa, así por ejemplo, el que un padre crea que mantiene con su hija una actitud dialogante respecto a la sexualidad porque continuamente le pregunta con qué chicos sale, o si mantiene relaciones sexuales, no significa que la chica lo entienda también así, ya que más bien puede vivirlo como una intromisión en su vida privada. Finalmente, otra crítica se basa en que parece que el estilo adoptado por padres y madres es fruto de una decisión consciente y determinada por creencias y aspectos más o menos psicológicos, por lo que debe mostrar coherencia en las diferentes situaciones de la vida cotidiana siendo independiente de la conducta de los hijos (Palacios, 1999). Esta idea no tiene en cuenta algo que todos los padres saben, y es que casi con toda seguridad, ellos modifican su comportamiento en función de la respuesta de sus hijos (Bell, 1968, Harris, 1998).

Probablemente, y teniendo en cuenta lo comentado hasta ahora, sea de mayor utilidad un modelo complejo en el que se tengan en cuenta no sólo los estilos de madres y padres, sino también las características de la situación concreta de interacción, los rasgos y percepciones del chico o la chica, o incluso, utilizando términos de Bronfenbrenner, aspectos que sobrepasen al microsistema familiar como valores, estereotipos o la presencia de redes de apoyo social. Así mismo, es importante tener en cuenta dos aspectos muy íntimamente relacionados: por un lado que el estilo educativo no es una característica del progenitor, sino de la relación particular que mantiene con su hijo, y por otro que tiene más sentido pensar en influencias bidireccionales (Kerr, et al., 2003), ya que, siguiendo a Harris (1998), no es sólo que los buenos padres produzcan buenos hijos, sino que los buenos hijos también producen buenos padres.


Las ideas de los padres sobre la adolescencia : Como ya fue comentado en el capítulo 3, muchos investigadores han analizado las ideas que los padres sostienen sobre la educación y el desarrollo y su influencia sobre cómo se relacionan con sus hijos y cómo estructuran sus experiencias y su contexto. La mayoría de estos estudios se han centrado en las ideas o creencias sobre el desarrollo de niños pequeños, siendo muy escasos los que han analizado las ideas sobre el desarrollo adolescente. No obstante, recientemente han comenzado a realizarse algunos trabajos centrados en esta etapa que han proporcionado una información interesante acerca de lo que piensan los padres sobre la adolescencia. Algunos de estos estudios han analizado las concepciones o estereotipos generales acerca de este periodo evolutivo, encontrando que tanto padres como educadores y población general mantienen una idea bastante semejante a la visión de storm and stress, es decir, como una etapa difícil en la que son frecuentes los conflictos y los problemas conductuales (Buchanan y Holmbeck, 1998; Casco, 2003; Holmbeck y Hill, 1988). Esta visión tan pesimista puede condicionar de forma negativa las interacciones entre padres e hijos, llevando a los padres a manifestar un estilo más coercitivo o autoritario (Ridao, 2003), que hará más probable el surgimiento de conflictos y la aparición de problemas de ajuste emocional en el adolescente. Otro contenido generalmente incluido en estos estudios es el referido a las expectativas evolutivas sobre la edad que padres e hijos consideran más adecuada para que se comiencen a dar ciertos comportamientos, como salir en pareja, llegar tarde a casa, o sostener relaciones sexuales.

Los datos disponibles hasta el momento nos indican que los adolescentes sostienen unas expectativas más precoces que sus padres, lo que como ya se ha puesto de manifiesto en párrafos anteriores, va tener una repercusión negativa sobre las relaciones parento-filiales (Casco, 2003; Dekovic, Noom y Meeus, 1997; Holmbeck y O´Donnell, 1991). Aunque uno de los contenidos más frecuentes de los estudios acerca de las ideas sobre la infancia tiene que ver con los valores u objetivos educativos que los padres se plantean con sus hijos, no se disponen de muchos datos referidos a la adolescencia. Los pocos existentes señalan que los padres suelen valorar más la ausencia de problemas comportamentales, y los valores convencionales como obedecer las normas, mientras que los adolescentes prefieren aquellos valores relacionados con la sociabilidad y la autonomía personal (Casco, 2003).



Influencias genéticas sobre el desarrollo adolescente : Las influencias familiares sobre el desarrollo y ajuste adolescente parecen bien fundadas, y no cabe duda de que la familia continúa representando un contexto fundamental de desarrollo, aunque deba compartir su influencia con el grupo de iguales. No obstante, y como habíamos comentado en páginas anteriores, algunos autores como Harris (1998) han señalado que los psicólogos evolutivos suelen infravalorar el papel de los factores genéticos a la hora de explicar muchas diferencias individuales en comportamientos y rasgos psicológicos, mientras que asignan una importancia excesiva al papel de las prácticas educativas familiares. Nos gustaría en este momento hacer referencia a los trabajos realizados en el campo de la genética de la conducta, ya que son muchos los estudios centrados en la etapa de la adolescencia para tratar de determinar el papel que juegan tanto la herencia como el ambiente en las diferencias individuales de muchos rasgos y comportamientos (Oliva, 1997; Rodgers y Bard, 2003).

Algunos estudios se han centrado en conductas de riesgo como el consumo de tabaco, alcohol o drogas ilegales, encontrando tanto influencias genéticas como ambientales. Sin embargo, el hallazgo más llamativo es el referido a la distinta importancia que unos y otros factores tienen en el inicio de estos hábitos, o en su mantemiento. Así, mientras que los factores sociales, especialmente aquellos que se refieren al medio compartido, tienen un mayor peso en la fase de adquisición de estas conductas, el mayor o menor consumo en sujetos habituados parece depender en mayor medida de factores genéticos (Rowe y Rodgers, 1991; Rowe, Chassin, Presson y Sherman, 1996). Otros estudios han hallado influencias genéticas tanto en la práctica de deportes (Boomsma, van den Bree, Orlebeke y Molenaar, 1989) como en la iniciación de la actividad sexual (Rodgers, Rowe y Miller, 2000). El estudio llevado a cabo por Pike y colaboradores (Pike, McGuire, Hetherington, Reiss y Plomin, 1996), puso en evidencia la existencia de una importante heredabilidad en la aparición de síntomas depresivos, con una influencia moderada del medio compartido. Por otro lado, el comportamiento antisocial recibía influencias genéticas y ambientales, tanto del medio compartido como del no compartido. Finalmente, algún aspecto más fisiológico, como la edad de la menarquía, mostró una importante heredabilidad, aunque también es destacable la proporción de varianza atribuible al medio no compartido (Doughty y Rodgers, 2000). En cuanto a las habilidades intelectuales, los datos disponibles indican que a la hora de explicar las diferencias individuales, el peso de factores genéticos va aumentando según avanza la edad, siendo la heredabilidad mayor durante la adolescencia media que en la infancia. Igualmente va disminuyendo con la edad la importancia del medio compartido (Plomin et al., 1997). Estos datos han llevado a algunos autores a sugerir que los genes que afectan al desempeño intelectual durante la adultez no se activarían hasta la adolescencia (Rodgers y Bard, 2003).



Los estudios llevados a cabo en el campo de la genética de la conducta, revelan una moderada heredabilidad en muchos de los rasgos y comportamientos adolescentes estudiados, resultando curioso que los estudios realizados en relación con el desarrollo adolescente encuentren índices de heredabilidad similares para unos aspectos comportamentales como el consumo de drogas, y otros claramente biológicos como el desarrollo puberal (Rodgers y Bard, 2003), lo que parece poner de manifiesto una estrecha interacción entre aspectos biológicos y psicológicos, genéticos y ambientales. No obstante, estos trabajos también han servido para poner de relieve la importancia de factores ambientales, especialmente de aquellos situados en el medio no compartido, es decir, aquellas experiencias familiares- o extrafamiliares- que afectan a un miembro de la familia y no a otros. Y probablemente no podría ser de otro modo, ya que es en este medio no compartido donde tienen lugar los procesos de interacción entre el sujeto y su contexto que son los principales responsables del desarrollo.

5. Implicaciones educativas para el fomento del desarrollo adolescente.
Como se ha tenido ocasión de exponer, la familia continúa siendo un contexto fundamental para el desarrollo durante los años de la adolescencia, por lo que al igual que se hizo en el capítulo anterior, los datos procedentes de la investigación van a servir para realizar algunas sugerencias de cara a la intervención dirigida a promover el desarrollo adolescente.


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