Familia y adolescencia



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Cambios en los padres: La explicación más tradicional acerca del cambio en las relaciones familiares durante la adolescencia atribuye el aumento de los conflictos entre padres e hijos a las transformaciones en estos últimos, sin embargo, no sólo cambian los adolescentes, ya que también los padres lo hacen. En el momento en que el hijo o la hija llega a la pubertad sus padres pueden tener en torno a los 40 ó 45 años, una etapa que algunos autores han denominado la crisis de la mitad de la vida y que han considerado como un momento difícil y de cambios significativos para muchos adultos (Gould, 1978; Levinson, 1978). Así, justo cuando el adolescente está experimentando la madurez física y sexual, y acercándose al cénit de su atractivo físico, sus padres están empezando a experimentar un cierto declive que aumenta su preocupación por su propio cuerpo: por su salud y por su atractivo físico. Aunque la generalización sea arriesgada, para algunos padres, que habrán cumplido ya los 40 años, esta etapa puede conllevar una reflexión acerca de la propia trayectoria vital, y un cuestionamiento de algunos de los objetivos y valores que habían guiado su trayectoria personal o profesional. Muchos adultos comprueban el incumplimiento de algunos de sus sueños y metas, y observan cómo su juventud ha quedado atrás, han superado el ecuador de sus vidas, y se van acercando al tramo final. Puede que sus padres hayan muerto o estén muy enfermos, o que ellos mismos comprueben como los años no pasan en balde y empiezan a padecer algunas enfermedades que les hacen sentirse más vulnerables. Por otra parte, el que su hijo deje de ser niño o niña, especialmente cuando es el único o el último, puede tener un valor simbólico importante, ya que supone el final de una etapa en la que han podido ser muy felices en su rol parental, y que ya comienzan a echar de menos. No es extraño, que en esos casos los padres se resistan a pasar página y quieran seguir apurando hasta el final esa etapa en la que son “padres de un niño”, y se opongan a los intentos de su hijo o hija de desvincularse emocionalmente de ellos y buscar una mayor autonomía. El ser humano suele experimentar un mayor estrés durante las diferentes transiciones evolutivas, en las que muestra una cierta inercia y resistencia ante el cambio. Así, la transición a la maternidad exigía del padre y de la madre un esfuerzo adaptativo importante, pero una vez que han ejercido ese rol durante años, muestran una tendencia natural a seguir ejerciéndolo, y no resulta fácil el cambio. Por lo tanto, hay que tener en cuenta que la llegada de un hijo a la adolescencia es un momento de la vida familiar en que se produce la coincidencia de dos importantes transiciones evolutivas: en la trayectoria personal del hijo o hija, por un lado, y en la de los padres, por otro. Este hecho aumentará la probabilidad de que surjan conflictos o dificultades (Steinberg y Steinberg, 1994).


Procesos interpersonales: Pero no sólo tienen lugar cambios a nivel intrapersonal en el adolescente y en sus padres, también habrá que considerar los procesos en la esfera interpersonal. Como han señalado algunos autores que han aplicado los principios de la Dinámica de Sistemas al análisis de los cambios en la personalidad y la familia (Lewis, 1995; 1997; Granic, Dishion y Hollenstein, 2003), las estructuras afectivo-cognitivas de padres y adolescentes son subsistemas que interactúan y que se auto-organizan en interacciones diádicas a lo largo del tiempo. Así, durante la infancia, las interacciones sostenidas entre padres e hijos alrededor de tareas de socialización habrán servido para construir un estilo interactivo en cada díada (padre-hijo/a, madre-hijo/a), que incluirá todo el rango de patrones de relacionales posibles, pero en el que predominará un tipo de interacciones, que en algunas díadas será más afectuoso, mientras que en otras será más frío o más coercitivo. Podemos decir que al final de la niñez, se habrá desarrollado un estilo interactivo que va a representar un atractor diádico muy profundo y estable. Sin embargo, y debido a los cambios intrapersonales en padres e hijos que ya hemos descrito, la transición a la adolescencia va a representar una importante perturbación del sistema familiar, que va a entrar en un punto de bifurcación en su trayectoria evolutiva, lo que aumentará la inestabilidad del sistema y la variedad de patrones de interacción diádicos posibles. Así, incluso en las familias en las que las relaciones parento-filiales se habían caracterizado por la comunicación, el apoyo y el afecto mutuo comenzarán a aparecer una mayor variedad de interacciones que oscilarán entre el afecto y la hostilidad o el conflicto (Holmbeck y Hill, 1991; Paikoff y Brooks-Gunn, 1991). El sistema familiar entrará en una fase de transición que hará posible el surgimiento de nuevos patrones relacionales que se irán estabilizando gradualmente hasta el momento en que el sistema llegue a un nuevo estado atractor que le dará una mayor estabilidad (Van Geert, 1994). Por lo tanto, parece evidente que durante la adolescencia temprana muchas familias atravesarán una fase de mayor inestabilidad y conflictividad en las relaciones entre padres e hijos. Estos conflictos se originarán fundamentalmente por la discrepancia entre las distintas necesidades u objetivos que se plantean padres y adolescentes ( Eccles Midgley, Wigfield, Buchanan, Reuman, Flanagan, y Maciver, 1993; Granic, Dishion y Hollestein, 2003). Más adelante volveremos a hacer hincapié en este aspecto.
2. Contexto socio-cultural y relaciones familiares durante la adolescencia
Todos lo cambios en el adolescente y en sus padres, ayudan a entender mejor la alteración en las relaciones familiares que suele producirse con la llegada de la adolescencia, sin embargo, el cuadro estaría incompleto si no analizáramos las condiciones sociales, culturales y económicas imperantes en el contexto en el que estos cambios tiene lugar. Los factores contextuales juegan un papel fundamental por su influencia sobre la familia y el individuo, y resulta difícil llegar a entender el significado y las causas de las dificultades propias de la adolescencia sin tener en cuenta el contexto socio-histórico en el que los jóvenes de principios del XXI realizan su transición hacia la etapa adulta (Mortimer y Larson, 2002). En un mundo caracterizado por la globalización, los movimientos migratorios, los cambios sociales y demográficos, y el uso de nuevas tecnologías, resulta bastante improbable que nuestros adolescentes y sus familias no vean afectadas sus trayectorias vitales por estas transformaciones sociales (Oliva, en prensa).

Por una parte, los medios de comunicación han jugado un papel fundamental en la difusión de una imagen conflictiva de la adolescencia, ya que los noticias que aparecen en prensa, radio y televisión suelen establecer una asociación estrecha entre adolescencia o juventud y el crimen, la violencia y el consumo de drogas (Casco, 2003; Dorfman y Schiraldi, 2001). Esta imagen estereotipada divulgada por los medios ha contribuido a crear actitudes de miedo y de rechazo hacia este grupo de edad, generando un intenso prejuicio que condiciona las relaciones entre adultos y jóvenes, y puede aumentar la conflictividad intergeneracional, especialmente en la familia y la escuela. Además, se observa que chicos y chicas pasan más tiempo en contacto con medios de comunicación y nuevas tecnologías. El consumo de televisión, videojuegos, internet, chats, revistas para adolescentes se ha generalizado en nuestro país (Martín y Velarde, 2001; Rodríguez, Megías, Calvo, Sánchez y Navarro, 2002), lo que ha llevado a un aumento de la preocupación social por la influencia que estos medios y tecnologías pueden ejercer sobre el desarrollo adolescente, atribuyéndosele por lo general un papel negativo. Así, a la televisión se le atribuye una responsabilidad directa en la promoción del consumo de tabaco y alcohol, la actividad sexual precoz, y los roles de género muy estereotipados. Películas y videojuegos compiten por el primer lugar como instigadores de las conductas violentas y agresivas, mientras que la imagen ideal del cuerpo femenino difundida por las revistas para adolescentes sería responsable de muchos trastornos en la alimentación y problemas de autoestima. Tal vez convenga desdramatizar y ser más exigentes a la hora de considerar probables influencias negativas sobre el desarrollo durante la infancia y adolescencia, ya que la evidencia empírica no siempre apoya esta idea, y algunos estudios han encontrado efectos positivos sobre el desarrollo adolescente derivados del uso de videojuegos (Phillips, Rolls, Rouse y Griffith, 1995; Durkin y Barber, 2001) o de la exposición a programas televisivos (Mares, 1996). Igualmente, el uso de Internet puede tener una influencia positiva sobre el bienestar psicológico, al permitir la comunicación con otros jóvenes o adultos que pueden proporcionar apoyo emocional, lo que puede ser de mucha importancia para aquellos chicos y chicas que se encuentran marginados o que forman parte de alguna minoría social (Hellenga, 2002). No obstante, lo que parece indudable es que han aumentando sustantivamente las influencias a las que están expuestos los adolescentes, y ya no se limitan a los clásicos contextos de familia, escuela e iguales. Esto supone más tarea para los padres, que no deben limitarse a controlar las amistades de sus hijos, sino que también deben supervisar programas de televisión, uso de internet, videojuegos y revistas.

Otro cambio relevante es el inicio cada vez más precoz y la terminación más tardía de la adolescencia. No sólo se ha adelantado de forma sensible la edad en la que se inicia la pubertad, sino que, además, muchos comportamientos que hasta hace poco eran propios de jóvenes y adolescentes -inicio de relaciones de pareja, conductas consumistas o uso de nuevas tecnologías- están comenzando a ser frecuentes en la niñez tardía. Las relaciones familiares pueden verse afectadas por este cambio en el calendario con que tienen lugar una serie de comportamientos. La mayoría de los padres de adolescentes van a considerar demasiado precoz la edad con la que sus hijos e hijas pretenden iniciarse en comportamientos como salir con miembros de otro sexo, mantener relaciones sexuales, permanecer en la calle hasta altas horas de la noche, ir a discotecas o beber alcohol. Como han encontrado algunos estudios (Casco, 2003; Collins, 1997; Dekovic, Noom y Meeus, 1997) las expectativas de padres y de niños y adolescentes con respecto a los comportamientos apropiados durante estos años no van a coincidir, lo que contribuirá a aumentar la conflictividad en el entorno familiar. En un principio, los padres van a resistir la presión de sus hijos no cediendo a sus deseos de una mayor autonomía, incluso en algunos casos podrán aumentar las restricciones, haciendo más frecuentes los enfrentamientos, aunque, más adelante irán flexibilizando su postura y se irán normalizando las relaciones familiares (Laursen, Coy y Collins, 1998; Parra y Oliva, 2002)

Por otra parte, están teniendo lugar importantes cambios en la estructura de la familia con el surgimiento de nuevas situaciones que pueden resultar más complicadas. El número de separaciones y divorcios ha ido aumentando durante los últimos años, al igual que el número de hijos nacidos fuera del matrimonio, lo que ha supuesto que sean cada vez más frecuentes las familias monoparentales y reconstituidas (Iglesias, 1998). Estas nuevas situaciones familiares pueden suponer una mayor complicación a la hora de ejercer los roles paterno y materno, y en algunas ocasiones pueden surgir conflictos importantes durante la adolescencia. Por ejemplo, la reconstitución familiar, cuando tiene lugar en el momento en el que el chico o chica está atravesando el proceso de desvinculación emocional, puede resultar especialmente difícil, haciendo muy complicadas las relaciones entre el adolescente y la nueva pareja de su progenitor (Buchanan, Maccoby y Dombusch, 1996; Hetherington, Henderson, Reiss, Anderson, y Bray, 1999). Con respecto a la ausencia de la figura paterna en un hogar monoparental, los datos son menos concluyentes, aunque algunos estudios encuentran que esta ausencia puede suponer un déficit en control y supervisión, y una falta de modelos masculinos que contribuya al surgimiento de comportamientos antisociales (Amato y Keith, 1991; Dornbusch, Carlsmith, Bushwall, Ritter, Hastorf, y Gross, 1985; McLeod, Kruttschnitt y Dornfield, 1994). Es de esperar que estas nuevas situaciones puedan generar un mayor estrés familiar que haga más necesario el apoyo externo a unos padres que pueden encontrarse desorientados.



Diana Baumrind (1991) ha destacado también los cambios en la familia derivados de las conquistas de los movimientos de liberación de la mujer, que aunque han supuesto un claro avance social, también han podido tener unos efectos secundarios negativos sobre el desarrollo y ajuste adolescente. Así, la incorporación femenina al mundo laboral ha supuesto una menor presencia de la mujer en el hogar en su papel tradicional de dispensadora de apoyo y supervisión. Además, el aumento de sus compromisos profesionales también ha conllevado una diversificación de intereses y quizá un menor compromiso con la crianza. Una mayor implicación paterna, con un reparto más equitativo de las tareas parentales, podría compensar esta menor presencia materna, sin embargo, parece que aún estamos lejos de alcanzar una situación de igualdad entre géneros en el reparto de las tareas relacionadas con la educación y la crianza de los hijos (Menéndez, 1998).
Finalmente, hay que considerar que una importante característica de nuestra sociedad es la rapidez vertiginosa con la que se producen los cambios. Los valores, los estilos de vida, las modas, la tecnología, todo resulta tan efímero que en un periodo de 30-40 años, que suele ser el que separa a una generación de otra, se han producido tantas innovaciones que cuesta trabajo reconocer el mundo en que vivimos. La época en que la generación que actualmente tiene en torno a los 40 años vivió su adolescencia tiene poco que ver con la actual, y muchas de las cosas que fueron importantes para ellos tienen poco valor para sus hijos, lo que puede suponer un aumento de la brecha o distancia generacional, con el consiguiente deterioro de la comunicación e incremento de los conflictos entre padres e hijos. Por otra parte, no hay que olvidar que una de las tareas que debe afrontar el adolescente tiene que ver con la adquisición de una identidad personal, que hace referencia al compromiso con una serie de valores ideológicos y religiosos, y con un proyecto de futuro en el plano personal y profesional (Erikson, 1968). Esta tarea no se ve facilitada por tanta mudanza, y puede llevar a muchos jóvenes a la incertidumbre, la indecisión permanente, la alienación o la renuncia al compromiso personal. Contrariamente a lo que podría parecer a primera vista, esta no es una época fácil para hacerse adulto. Al contrario, la sociedad occidental actual es mucho más complicada que cualquier cultura tradicional que ofrece un abanico de opciones muy reducido, y en la que se mantienen a lo largo de generaciones los mismos valores, las mismas tradiciones y los mismos estilos de vida (Benedict,1934).

3. Comunicación y conflicto parento-filial
Ya se ha comentado en las páginas anteriores cómo existen razones suficientes para justificar los cambios en las relaciones familiares durante la adolescencia. Los datos de las muchas investigaciones realizadas hasta la fecha vienen a apoyar esta idea, y aunque las relaciones familiares no tienen porque sufrir un deterioro generalizado, la mayoría de las familias, incluso aquellas que habían tenido unas relaciones armónicas durante la niñez, van a atravesar durante la adolescencia temprana una época de un cierto desajuste y de una mayor conflictividad (Holmbeck y Hill, 1991; Laursen, Coy y Collins, 1998; Parra y Oliva, 2002).

La comunicación entre padres e hijos suele deteriorarse en algún momento entre la infancia y la adolescencia, con algunos cambios claros en los patrones de interacción: pasan menos tiempo juntos, las interrupciones a los padres y, sobre todo, a las madres son más frecuentes, y la comunicación se hace más difícil (Barnes y Olson, 1985; Steinberg, 1981). Un aspecto que merece la pena destacar es el referido a la diferente percepción que padres e hijos tienen de la dinámica familiar. Así, cuando se pregunta a unos y otros sobre la comunicación en el entorno familiar, chicos y chicas afirman tener una comunicación con sus progenitores peor de lo que estos últimos indican (Barnes y Olson, 1985; Hartos y Power, 2000; Megías, Elzo, Megías, Méndez., Navarro y Rodríguez., 2002). Tal vez estas diferencias sean debidas en parte a la influencia de la deseabilidad social, que llevaría a madres y padres a declarar unas relaciones más positivas con sus hijos de lo que realmente son. En el caso de sus hijos esta deseabilidad actuaría en el sentido contrario, ya que la necesidad de reafirmar su autonomía les llevaría a exagerar la conflictividad de sus relaciones familiares (Hartos y Power, 2000).

En cuanto a los temas sobre los que suelen versar los intercambios parento-filiales, el empleo del tiempo libre y las normas y regulaciones familiares ocupan los primeros lugares, mientras que otros temas como política, religión, sexualidad y drogas son infrecuentes (Megías et al., 2002; Miller, 2002; Parra y Oliva, 2002; Rosental y Feldman, 1999). El género parece influir sobre los patrones de comunicación familiar, ya que algunos estudios encuentran que las chicas tienen una comunicación más frecuente con sus padres que los chicos (Noller y Bagi, 1985; Youniss y Smollar, 1985), aunque existen otros trabajos que no hallan estas diferencias (Jackson, Bijstra, Oostra, y Bosma, 1998). Más concluyentes resultan los datos referidos a la influencia del género del progenitor, ya que existe un apoyo generalizado a la idea que tanto chicos como chicas se comunican de una forma más frecuente e íntima con sus madres, probablemente por su mayor disponibilidad, y porque son percibidas como más abiertas y comprensivas (Jackson et al., 1998; Megías et al., 2002; Miller, 2002; Noller y Callan, 1990; Parra y Oliva, 2002).

Los estudios centrados en los conflictos parento-filiales son abundantes, ya que desde que a principios del siglo XX Stanley Hall hiciera referencia las tumultuosas relaciones entre padres e hijos durante la adolescencia, han sido muchos los investigadores que han puesto a prueba esta idea. Esta abundancia de datos nos permiten extraer algunas conclusiones sobre la existencia de conflictos intergeneracionales durante la adolescencia. La primera conclusión se refiere al aumento de la conflictividad durante la adolescencia temprana (Collins, 1992; Holmbeck y Hill, 1991; Laursen, Coy y Collins, 1998), aunque algunos autores han señalado la importancia que tiene en el surgimiento de estos conflictos el momento en que se producen los cambios puberales o timing puberal. Según estos autores, el conflicto sería más frecuente solo en aquellas familias en las que chicos y chicas experimentan los cambios puberales en un momento no esperado, bien por ser demasiado pronto o demasiado tarde (Laursen y Collins, 1994). Menos acuerdo hay en relación con la trayectoria que siguen los conflictos a lo largo de los años adolescentes. A menudo, este cambio ha sido descrito siguiendo una trayectoria en forma de U invertida, con un aumento de los conflictos entre la adolescencia inicial y media y una posterior disminución (Montemayor, 1983; Paikoff y Brook-Gunn, 1991). Sin embargo, Laursen Coy y Collins (1998) en un meta-análisis realizado sobre 53 investigaciones encuentran un decremento lineal a lo largo de la adolescencia en la frecuencia de conflictos. A pesar de esta tendencia decreciente, algunos nuevos temas pueden emerger como fuente de conflictos en la adolescencia media y tardía, como sería el caso de las discusiones relacionadas con la elección profesional (Bosma, Jackson, Zusling, Zani, Cicognani, Xerri, Honess y Charman, 1996). Por otro lado, al igual que ocurría con la comunicación familiar, los padres suelen mostrar una visión más optimista de la conflictividad parento-filial, ya que chicos y chicas perciben un mayor número de conflictos que sus progenitores (Laursen, Coy y Collins, 1998; Noller y Callan, 1988; Parra, Sánchez-Queija y Oliva, 2002; Smetana, 1989).

En cuanto a las diferencias de género, existe un claro consenso entre investigadores en señalar que tanto chicos como chicas tienen más discusiones y riñas con sus madres, probablemente porque en la mayoría de los casos, los adolescentes tienen una mayor contacto con ellas (Laursen, Coy y Collins, 1998; Megías et al., 2002; Motrico, Fuentes y Bersabé, 2001; Parra y Oliva, 2002). Por lo tanto, parece evidente que la comunicación entre madres y sus hijos adolescentes es más frecuente e íntima, pero también está teñida de una mayor conflictividad.

Aunque a la hora de estudiar la conflictividad familiar el parámetro considerado por la mayoría de los estudios es la frecuencia de las discusiones entre padres e hijos, cada vez son más los trabajos que también tienen en cuenta la intensidad emocional con la que son percibidos los conflictos. El meta-análisis realizado por Laursen, Coy y Collins (1998) señala un aumento en la intensidad emocional con la que se viven las riñas entre la adolescencia inicial y media, y de forma paralela a la maduración puberal, con un ligero descenso hacia el final de la adolescencia. Esta trayectoria es la que indica la percepción de los adolescentes, aunque cuando se tiene en cuenta el punto de vista de los progenitores las emociones negativas asociadas a las discusiones no son más intensas en la adolescencia media que en la inicial, ya que no se observan cambios significativos.

Con respecto a los temas que provocan discusiones y riñas familiares, investigaciones realizadas tanto en nuestro país como en el extranjero apuntan que los conflictos más frecuentes suelen estar relacionados con asuntos cotidianos como la hora de llegar a casa, la forma de vestir o el tiempo dedicado a los estudios (Montemayor, 1983; Noller, 1994; Parra y Oliva, 2002; Weston y Millard, 1992). Temas como sexualidad, política, religión o drogas no suelen aparecer con frecuencia en las discusiones entre padres e hijos, aunque cuando aparecen generan conflictos más intensos (Parra y Oliva, 2002). Además, no se observan cambios significativos a lo largo de la adolescencia, ya que los temas de las discusiones son prácticamente los mismos en los distintos tramos de edad (Smetana, 1989).

El hecho de que las discusiones estén centradas en asuntos cotidianos y mundanos podría sugerir que se trata de conflictos de poca importancia que no tendrán una repercusión negativa sobre el estado emocional de padres o hijos, ni sobre la calidad de sus relaciones. Sin embargo, no es necesario que se produzcan acontecimientos catastróficos para que se genere un elevado nivel de estrés en un sujeto, ya que suele ser el efecto acumulativo de pequeños sucesos lo que más frecuentemente suele desbordar las estrategias de afrontamiento del individuo, generando una gran tensión emocional (Musitu, Buelga, Lila y Cava, 2001). Por lo tanto, aunque estas “pequeñas” discusiones entre padres e hijos no conlleven un deterioro irreversible de la relación, tendrán un efecto acumulativo sobre el estado emocional de los progenitores, que son quienes suelen verse más afectados por la conflictividad parento-filial. El estereotipo de un individuo abrumado después de una discusión familiar es más aplicable al padre o la madre que a su hijo adolescente, que suele recuperarse más rápidamente tras la discusión. Este diferente impacto emocional puede obedecer al distinto significado que tiene el conflicto para unos y otros. Mientras que los padres pueden vivirlo como una pérdida de poder, para el adolescente será una forma de ir ganando autonomía (Steinberg y Steinberg, 1994; Steinberg, 2001).

No obstante, muchas de las frustraciones relacionadas con el conflicto están más asociadas con la forma de solucionarlo que con su frecuencia o temática. Desafortunadamente, muchas de las discusiones suelen resolverse no mediante el acuerdo y el compromiso, sino por la sumisión de una de las partes, o por la evitación o el abandono de la discusión, lo que no contribuirá ni a la mejora de la relación entre padres e hijos ni a la adquisición de habilidades de resolución de conflictos (Laursen y Collins, 1994; Steinberg y Silk, 2002). Cuando se resuelven bien, los conflictos tendrán una influencia positiva, ya que pueden actuar como catalizadores que contribuyen a facilitar un reajuste en las relaciones familiares. Las discusiones y conflictos harán ver a los padres que su hijo o hija está cambiando, que tiene nuevas necesidades, y que requiere un trato diferente al que recibía durante la niñez. Sin el aliciente que supone la búsqueda de una situación familiar menos conflictiva muchos padres tendrían la inercia de mantener el mismo estilo parental, evitando introducir modificaciones en la relación con su hijo adolescente.

Como se ha señalado en este apartado, durante la adolescencia de los hijos e hijas aumentan las dificultades en el hogar y se produce un incremento de la conflictividad con los progenitores. Sin embargo, se deben recalcar dos ideas importantes. Por un lado, que las relaciones familiares en este momento, más que por grandes conflictos van estar protagonizadas por las riñas y discusiones leves (Steinberg y Silk, 2002). Y por otro, que en las relaciones existe gran continuidad, siendo las familias que presentaban más conflictos en años previos las que seguirán siendo más problemáticas durante la adolescencia (Conger y Ge, 1999).


4. Influencias familiares sobre el ajuste y desarrollo adolescente: los enfoques dimensional y tipológico, las ideas de los padres y las influencias genéticas.
En el capítulo cuatro se presentó una revisión de diferentes estudios que ponen de manifiesto la relación existente entre el contexto familiar y el desarrollo cognitivo y socio-emocional durante la infancia. Puede afirmarse que la enorme cantidad de datos disponibles deja pocas dudas sobre el papel principal que juega la familia en el desarrollo infantil. Sin embargo, existen razones para pensar que a partir de la pubertad la familia pierde algún peso como contexto de socialización y, por lo tanto, su capacidad de influencia es menor. Por una parte, el hecho de que en la adolescencia se haya completado una importante parte del desarrollo, unido a la mayor plasticidad del ser humano durante los primeros años de su vida, sería un argumento a favor de una menor importancia de las influencias familiares a partir de la pubertad. Por otro lado, en la medida en que chicos y chicas van ganando autonomía pasan más tiempo con el grupo de iguales que se convierte en un contexto de socialización muy influyente (Larson y Richards, 1994). Así, según algunos autores, los adolescentes tenderán a cambiar su principal fuente de apoyo social, que pasará de estar situada en la propia familia a desplazarse al grupo de amigos (Savin-Williams y Berndt, 1990; Degirmencioglu, Urber, Tolson y Richard, 1998).

Este hecho ha llevado a algunos autores (Harris, 1998) a considerar que mientras que los iguales constituyen una potente fuente de influencia, la familia representa un contexto de socialización muy débil y su incidencia sobre el desarrollo adolescente sería escasamente significativa. Harris ha afirmado que la estrecha relación que muchos autores han encontrado entre el estilo y prácticas parentales y el ajuste adolescente se debería fundamentalmente a la transmisión genética. Además, sugirió que lo que muchos investigadores habían considerado efectos de los padres sobre el adolescente, en realidad eran efectos en sentido contrario. Es decir, no se trataría de que un trato afectuoso por parte de sus padres generara un mejor ajuste emocional en el chico o chica, sino que por el contrario, un adolescente más ajustado provocaría un acercamiento y un trato más cariñoso y menos coercitivo por parte de sus progenitores. Los argumentos utilizados por Harris han sido fuertemente contestados (Collins, Maccoby, Steinberg, Hetherington, y Bornstein, 2000), tanto en lo referente a la importancia de las influencias genéticas, como en lo relativo al sentido de las influencias padres-adolescente. En relación con este segundo aspecto, debe señalarse que es cierto que una parte muy importante de los estudios que han analizado la relación entre los estilos parentales y el ajuste o desarrollo adolescente son correlacionales y, por lo tanto, no aportan información sobre el sentido de las influencias. Sin embargo, tanto los estudios longitudinales, que evalúan el estilo parental y el desarrollo infantil o adolescente en distintos momentos evolutivos, como los diseños basados en alguna intervención que persigue modificar las prácticas educativas paternas, aportan suficiente evidencia sobre la influencia de las prácticas parentales sobre el ajuste adolescente (Collins et al., 2000; Steinberg y Silk, 2002).

A la hora de analizar las influencias familiares sobre el desarrollo adolescente son muy diversas las variables que los investigadores han tenido en cuenta, aunque la mayor parte de los estudios llevados a cabo han estado centrados en el análisis de la influencia de las prácticas o estilos parentales, conceptos que han sido diferenciados por algunos autores (Darling y Steinberg, 1993). Así, mientras que el estilo paterno hace referencia al clima emocional que impregna la relación padre-hijo, las prácticas paternas serían los intentos específicos que llevarían a cabo los padres para socializar a sus hijos. Para estos autores la distinción tendría una especial relevancia, ya que una práctica educativa concreta podría tener efectos diferentes en función del clima emocional en el que ocurriera. De hecho, Steinberg y colaboradores (Steinberg, Lamborn, Dornbusch y Darling, 1992) señalan el caso de la implicación paterna en asuntos escolares de los adolescentes, cuyos posibles efectos positivos dependen de si ocurren en el marco de un estilo democrático o autoritario.

Entre las diferentes aproximaciones utilizadas en la investigación que analiza las relación entre el estilo parental y el ajuste adolescente, Steinberg y Silk (2002) han diferenciado entre el enfoque dimensional, que considera la influencia sobre el desarrollo de variables concretas del estilo, y el enfoque tipológico, que tiene en cuenta la relación entre estas dimensiones para clasificar a los padres según su estilo educativo en padres democráticos, permisivos, autoritarios e indiferentes (Baumrind, 1968; Maccoby y Martin, 1983). Como tendremos ocasión de comprobar, ambos enfoques están muy relacionados, ya que las dimensiones que los investigadores con más frecuencia han puesto en relación con el ajuste adolescente son precisamente aquellas que sirven para construir las tipologías de estilos parentales: el afecto o comunicación, y el control o monitorización del comportamiento adolescente. A continuación se presenta una breve revisión de la literatura empírica centrada en las influencias familiares sobre el desarrollo adolescente. Si en el capítulo cuatro, se diferenciaba entre desarrollo cognitivo y socio-emocional, en esta ocasión la escasez de estudios centrados en los aspectos cognitivos desaconsejan mantener aquella diferenciación en la presentación de los datos de investigación.




El enfoque dimensional: El afecto: Sin duda, se trata de la dimensión del estilo parental que muestra una relación más clara y menos controvertida con el desarrollo adolescente. Si durante los años de la infancia el cariño y el apoyo parental eran fundamentales, a partir de la pubertad, especialmente durante la primera adolescencia, su importancia va a ser igual o superior (Baumrind, 1991). A pesar de que durante estos años muchos chicos rechazan las manifestaciones de cariño por parte de sus padres, en un intento de mostrarse a sí mismos y a los demás su grado de autonomía y madurez, lo cierto es que el adolescente va a seguir necesitando unos padres cercanos y afectuosos que le brinden su apoyo en muchos de los momentos difíciles que tendrán que atravesar, y que mantengan una fluida comunicación con él. En términos generales, podemos decir que los chicos y chicas que dicen tener una relación más cálida y afectuosa con sus padres suelen mostrar un mejor ajuste o desarrollo psicosocial, incluyendo confianza en sí mismos (Steinberg y Silverberg, 1986), competencia conductual y académica (Maccoby y Martin, 1983; Steinberg, Lamborn, Dornbusch y Darling, 1992; Steinberg, Lamborn, Darling, Mounts y Dornbusch, 1994), autoestima y bienestar psicológico (Noller y Callan, 1991; Oliva, Parra y Sánchez, 2002), menos síntomas depresivos (Allen, Hauser, Eickholt, Bell y O’Connor, 1994) y menos problemas comportamentales (Conger, Ge, Elder, Lorenz y Simons, 1994; Ge, Best, Conger y Simons., 1996; Jessor y Jessor, 1977). Además, cuando el afecto impregna las relaciones parento-filiales es más probable que los hijos se muestren receptivos a los intentos socializadores por parte de sus padres y no se rebelen ante sus estrategias de control (Darling y Steinberg, 1993).

En cambio, la falta de cohesión y la existencia de conflictos, tanto en la relación marital como en las relaciones padres-hijo, aparecen fuertemente relacionadas con problemas de ajuste interno en el adolescente como depresión o tentativas de suicidio (Barber, Olsen y Shagle, 1994; Feldman, Fisher y Seitel, 1997). En relación con las consecuencias de los conflictos, hay que señalar que sus efectos negativos sobre el desarrollo van a aparecer sólo cuando estos tienen lugar en un contexto familiar caracterizado por los intercambios hostiles y la falta de afecto, ya que, como ya hemos comentado, cuando el conflicto tiene lugar en el marco de unas buenas relaciones familiares puede facilitar el desarrollo de la asertividad, las habilidades de resolución de conflictos o la adopción de perspectivas (Smetana, Yau y Hanson, 1991; Steinberg y Silk, 2002).



El control o monitorización: Se trata de otra dimensión fundamental del estilo parental que ha generado una importante cantidad de investigación. Si en el caso del afecto parecía existir un claro acuerdo entre investigadores con respecto a su importancia para el desarrollo adolescente, cuando se trata del control se encuentra una mayor controversia, probablemente por la mayor complejidad que encierra este concepto. Por una parte, se comprueba que bajo lo etiqueta de control suelen incluirse aspectos o dimensiones diferentes de la relación entre padres y adolescente (Steinberg, 1990). Así, puede hablarse de control para hacer referencia al establecimiento de límites (actividades no permitidas, horarios, etc.), a la exigencia de responsabilidades, y a la aplicación de sanciones por su incumplimiento. Otro aspecto del control sería la vigilancia o supervisión directa, en la que los padres observan el comportamiento de sus hijos para intervenir ante cualquier tipo de infracción o mala conducta. El hecho de que los adolescentes pasen una gran parte del tiempo fuera de su casa, o recluidos en su cuarto (Larson et al., 1996) hace que la supervisión directa sea muy improbable a partir de la pubertad. Por último, se podría hablar de monitorización para referirse al conocimiento que los padres tienen de las actividades que realizan sus hijos, los lugares a los que van, y las relaciones o amistades que sostienen (Jacobson y Crockett, 2000). Con la excepción de la supervisión, por el motivo ya señalado, la mayoría de escalas o instrumentos empleados para evaluar el control parental no suelen diferencian entre control y monitorización, e incluyen cuestiones referidas a ambos aspectos, que suelen agruparse en una puntuación global.

Las razones que justificarían la importancia del control para el desarrollo y ajuste del adolescente tienen que ver por un lado con la estructura que proporciona, y que poco a poco sería interiorizada por el adolescente, y por otro, con que los esfuerzos de seguimiento y monitorización serían necesarios para mantener a chicos y chicas alejados de las amistades conflictivas y de los problemas de conducta. En este sentido, son numerosos los datos procedentes de la investigación que relacionan una mayor monitorización parental con un mejor ajuste escolar (Brown, Lamborn, Mounts y Steinberg, 1993; Crouter, MacDermid, McHale y Perry-Jenkins, 1990; Dornbusch, Ritter, Leiderman, Roberts y Fraleigh, 1987; Linver y Silverberg, 1997), menos actividades antisociales y delictivas (Barber, 1996; Jacobson y Crockett, 2000; Sampson y Laub, 1994), y una iniciación sexual menos precoz (Ensminger, 1990). Aunque algunos estudios también han encontrado relación entre el control y el ajuste interno o emocional del adolescente (Barber et al, 1994; Olsen y Shagle, 1994), parece claro que la falta de control o monitorización parental está más relacionada con los problemas comportamentales que con los emocionales, que dependerían más del afecto y la comunicación familiar (Linver y Silverberg, 1995).

La evidencia sobre la importancia del control parental para el ajuste adolescente es importante, sin embargo habría que realizar algunas precisiones. Por una parte, hay que señalar que el grado de control y la forma de ejercerlo son aspectos importantes que pueden tener un efecto moderador. Así, cuando el control es excesivo, o se ejerce de una forma muy coercitiva y se imponen límites muy restrictivos, puede generar rebeldía y problemas conductuales (Steinberg y Silk, 2002). También es importante considerar el efecto moderador de la edad o el género del adolescente sobre las consecuencias de la monitorización. Con respecto al género, los pocos estudios que tienen en cuenta esta variable, nos ofrecen unos resultados contradictorios, ya que mientras que en algunos casos encuentran que el seguimiento parental de las actividades del adolescente es más importante entre chicos que entre chicas, (Crouter et al., 1990; Weintraub y Gold, 1991), otros encuentran lo contrario (Galambos y Maggs, 1991). Algo más de acuerdo existe con respecto al efecto moderador de la edad, ya que algunos estudios apuntan a una mayor importancia de la monitorización parental en la adolescencia media que en la inicial (Foxcraft, 1994; Weintraub y Gold, 1991). El hecho de que durante la adolescencia vayan aumentando las oportunidades para participar en actividades problemáticas, unido a la disminución de la supervisión parental directa, podría hacer que la monitorización o conocimiento por parte de los padres de las actividades y relaciones de sus hijos adquiriese una mayor importancia para el ajuste adolescente durante los años intermedios (Jacobson y Crockett, 2000). También es razonable pensar en un efecto moderador de algunas variables del contexto familiar como es el estatus laboral materno. Así, como algunos investigadores han encontrado, la monitorización es más eficaz para evitar los problemas comportamentales del adolescente en aquellas familias en las que ambos progenitores trabajan fuera de casa, y por lo tanto, la madre puede ejercer una menor supervisión o vigilancia directa (Crouter et al., 1990; Jacobson y Crockett, 2000).

A pesar de la abrumadora cantidad de datos que relacionan la monitorización parental con la ausencia de problemas comportamentales, no han faltado autores que pongan en entredicho su importancia para el ajuste adolescente. Así, Kerr, Stattin, Biesecker y Ferrer-Wreder (2003) apuntan que esta importancia se basa en dos ideas que suelen asumirse sin ninguna evidencia. La primera es la de que si los padres tienen información sobre lo que hacen sus hijos es como consecuencia de la monitorización y seguimiento que realizan. Así, algunos de los instrumentos que pretender evaluar el grado de monitorización parental incluyen muchas preguntas referidas al conocimiento que los padres tienen acerca de actividades, lugares y amistades de sus hijos (Lamborn, Mounts, Steinberg y Dornbush, 1991). La segunda idea asumida sin pruebas es que si los padres tienen esta información serán conscientes de si sus hijos cometen infracciones de normas o mantienen relaciones peligrosas, por lo que podrán intervenir para evitar mayores problemas. Sin embargo, las investigaciones realizadas por estos autores (Kerr y Stattin, 2000; Stattin y Kerr, 2000) sugieren que los padres obtienen la mayor parte de los conocimientos sobre sus hijos a través de la auto-revelación. Es decir, son los chicos y chicas quienes voluntariamente proporcionan a sus padres esta información, mientras que los esfuerzos directos de sus padres están muy débilmente relacionados con la información que tienen. Además, las estrategias de los progenitores para controlar el comportamiento adolescente, así como los esfuerzos activos de obtener información no están relacionados con un mejor ajuste, incluso muestran una relación positiva con algunos indicadores de un pobre ajuste. Al mismo tiempo, eran los chicos que contaban voluntariamente a sus padres sus actividades y relaciones, más que aquellos que eran controlados directamente por sus padres, quienes se mostraban más ajustados. Según estos autores (Kerr et al., 2003), la relación que muchos estudios encuentran entre el conocimiento que los padres tienen de las actividades de sus hijos y su grado de ajuste comportamental no obedecería al hecho de que la monitorización parental impida el surgimiento de comportamientos inadecuados. Más bien, sería debida al hecho de que la información que poseen los progenitores procede de la auto-revelación de sus hijos, y son los adolescentes más ajustados y con menos problemas conductuales quienes tienden a contar más cosas a sus padres



La concesión o fomento de autonomía: Si las dos dimensiones anteriores son ya clásicas en la investigación sobre prácticas parentales y desarrollo infantil, existe una tercera dimensión que adquiere una especial relevancia durante la adolescencia. Se trata de aquellas prácticas o actividades que van encaminadas a que el chico o chica adquiera y desarrolle una mayor autonomía y capacidad para pensar y tomar decisiones por sí mismo. Existe suficiente apoyo empírico sobre la importancia de esta dimensión de la relación parento-filial, ya que aquellos padres que estimulan a su hijo para que piense de forma independiente y tenga sus propias opiniones, a través de preguntas, explicaciones y tolerancia ante las decisiones y opiniones que no concuerdan con las suyas, tienen hijos más individualizados y con una mejor salud mental y competencia social (Allen et al., 1994; Hodges, Finnegan y Perry, 1996). Además, los intercambios verbales frecuentes entre estos padres y sus hijos servirán para estimular su desarrollo cognitivo y su habilidad para la adopción de perspectivas (Krevans y Gibbs, 1996) e influirán positivamente sobre su rendimiento académico (Kurdek y Fine, 1994). Sin embargo, aquellos padres que no aceptan la individualidad de sus hijos, que suelen reaccionar de forma negativa ante sus muestras de pensamiento independiente, limitando y constriñendo su desarrollo personal, van a tener hijos con más síntomas de ansiedad y depresión, más dificultades en el logro de la identidad personal y menor competencia social (Rueter y Conger, 1998). En muchas ocasiones estos padres utilizan estrategias de control psicológico, como descalificaciones, inducción de culpa, o manifestaciones de aceptación y afecto sólo de forma contigente al comportamiento del adolescente que ellos consideran apropiado. Este control emocional sería bien distinto a lo que podríamos definir como control conductual, que incluiría el establecimiento de límites y las estrategias de monitorización comentadas en el punto anterior. Si este control conductual ha aparecido asociado a un mejor ajuste externo, el control psicológico está relacionado con problemas emocionales (Barber, 1996; Barber et al., 1994; Garber, Robinson y Valentiner, 1997) y conductuales (Conger, Conger y Scaramella, 1997).

Aunque muchos investigadores han considerado que el fomento de la autonomía y el control psicológico serían los polos opuestos de la misma dimensión, recientemente algunos autores (Barber, Bean y Erickson, 2001; Silk, Morris, Kanaya y Steinberg, 2003) han puesto en entredicho esta consideración. Así, si como ya hemos comentado, la promoción o concesión de autonomía se refleja en la estimulación parental de la expresión y toma de decisiones independiente del adolescente, la ausencia de esta variable no implica necesariamente la presencia de control psicológico. Los padres pueden puntuar bajo en promoción de autonomía sin ser controladores, y a su vez, pueden controlar mucho psicológicamente a la vez que conceden libertad y autonomía a sus hijos, aunque, obviamente, será más frecuente encontrar una asociación negativa entre ambas variables. Existen algunos datos empíricos que apoyan la diferenciación entre estos constructos, ya que mientras que el control psicológico aparece asociado a los problemas emocionales y depresivos, la promoción de autonomía se relaciona con medidas de desarrollo positivo y con menos problemas conductuales durante la adolescencia (Hauser, Houlihan, Powers, Jacobson, Noam, Weiss-Perry, Follansbee, y Book, 1991; Silk et al., 2003).


El enfoque tipológico: el enfoque al que acabamos de hacer referencia, no estaría completo si no dedicáramos algunas líneas a su complementario, el enfoque tipológico. Este enfoque nos permite tener una visión más completa del clima familiar y de su influencia sobre el bienestar adolescente al manejar simultáneamente diferentes dimensiones, y permitir así una panorámica más clara de la relación entre padres e hijos. Probablemente, el enfoque tipológico más tradicional es el que ha considerado a los progenitores en función de su estilo educativo. A pesar de los algo más de 40 años que ya tiene esta clasificación (Baumrind, 1968; Maccoby y Martín, 1983), debemos señalar que a nuestro juicio sigue gozando de bastante buena salud, ya que lejos de considerarse “cerrada”, sigue generando investigaciones que profundizan en el constructo y analizan en mayor profundidad los efectos que estos estilos tienen sobre el desarrollo y el ajuste de niños, niñas y adolescentes. Conviene recordar en este momento que el estilo educativo no parte simplemente de la combinación de diferentes dimensiones de la conducta parental, sino que, como hemos señalado en el punto anterior, es un clima emocional, una constelación de actitudes que le son comunicadas al adolescente a través de aspectos indirectos como el tono de voz o el lenguaje no verbal (Darling y Steinberg, 1993), y que influyen en cómo las prácticas concretas son vividas por el chico y la chica.

Las investigaciones que han analizado la relación entre los estilos educativos y el ajuste adolescente han mostrado en los últimos años con bastante contundencia que el estilo democrático es el que favorece en mayor medida el desarrollo de chicos y chicas. Los hijos de padres democráticos presentan niveles más altos de autoestima y de desarrollo moral, manifiestan un mayor interés hacia la escuela, un mejor rendimiento académico y una mayor motivación (Dornbush, Ritter, Leiderman, Roberts y Fraleigh, 1987; Ginsburg y Bronstein, 1993; Glasgow, Dornbush, Troyer, Steinberg y Ritter, 1997; Lamborn et al., 1991; Pelegrina, García y Casanova, 2002), consumen sustancias como alcohol o drogas con menor frecuencia, son menos conformistas ante la presión negativa del grupo de iguales, y presentan menos problemas de conducta (Aunola, Stattin y Nurmi 2000; Darling y Steinberg, 1993; Lamborn, et al., 1991; Parra, 2001; Pelegrina, García y Casanova, 2002; Steinberg, et al., 1992). Por el contrario, los adolescentes que han crecido en un ambiente indiferente tienden a presentar toda una gama de problemas emocionales y conductuales, debido por un lado a que han carecido de un ambiente cálido y afectuoso, y por otro, a que no han tenido ningún tipo de guía ni control para su comportamiento. En niveles intermedios aparecen los adolescentes hijos de padres y madres autoritarios y permisivos; mientras que las principales dificultades de los primeros se sitúan a nivel interno, con poca confianza en ellos mismos y síntomas depresivos, los problemas de conducta son las manifestaciones desajustadas más destacables de los segundos.



Como se ha comentado, el estilo democrático es el que reporta más beneficios para el desarrollo de chicos y chicas. Los padres que manifiestan este estilo, además de ser cálidos y afectuosos con sus hijos y de supervisar y guiar su conducta, apoyan la autonomía adolescente, aceptando y animando la creciente independencia del joven, algo especialmente importante durante la segunda década de la vida. De hecho, y siguiendo a Steinberg y Silk (2002), tres son los motivos por los que el estilo democrático fomenta el bienestar adolescente: en primer lugar el adecuado balance que establece entre control y autonomía del joven; en segundo lugar los intercambios comunicativos que promueven tanto el desarrollo intelectual en concreto, como la competencia psicosocial más general; y por último, la calidez y afecto del estilo que facilita los intentos de socialización de los progenitores haciendo que sus hijos e hijas sean más receptivos a ellos.

Si se presta atención a la literatura existente sobre la evolución del estilo educativo en función de la edad, hay que señalar que aunque algunos estudios apuntan a que el estilo de madres y padres y su influencia sobre el ajuste adolescente cambia a lo largo de los años (Johnson, Shulman y Collins, 1991; Smollar y Youniss, 1989), no existen aún datos concluyentes. En cualquier caso, no sería extraño pensar que las prácticas que más favorecen el desarrollo y el ajuste no sean las mismas al inicio que en los últimos años de la adolescencia. Por otro lado, la cuestión de si chicos y chicas tienen diferentes percepciones del estilo educativo de sus progenitores tampoco ha sido respondida de forma concluyente. Mientras que algunos trabajos no encuentran diferencias de género en la percepción del estilo educativo parental (Smetana, 1995), otras investigaciones sí encuentran discrepancias entre chicos y chicas, señalando por ejemplo que entre las chicas es más frecuente el estilo autoritario, sintiéndose más controladas por sus madres y padres que sus compañeros varones (Baumrind, 1991; Dornbush et al., 1987; Parra 2001; Shek, 2000).



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