Entre ceja y ceja



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ENTRE CEJA Y CEJA ORIGINAL

Don Fernando Subirachs i Bassols era un industrial catalán, o tal vez no quede bien esto de catalán, no sé exactamente cómo explicarlo. A ver. Don Fernando Subirachs i Bassols era un industrial que vivía y trabajaba en Cataluña atendiendo un taller bastante grande que almacenaba en su seno todo lo relacionado con la producción del automóvil, prestando especial atención al mundo de las motocicletas que era algo que le obsesionaba.

Me han encargado que intente reflejar por aquí lo que ha sido su biografía, pero me encuentro algo indeciso para exponer de una manera coherente todo lo relacionado con su propia identidad. En Cataluña este es un tema que en ocasiones se mide con lupa, y en el caso de mi personaje tengo bastante complicado en qué situación encuadrarlo. Lo voy a intentar empezando por hacer una descripción generalizada de cuáles son los orígenes del señor Subirachs, a ver si así consigo salir de dudas.

Don Fernando Subirachs i Bassols tiene un negocio en Catalunya, concretamente en Barcelona, por tanto trabaja en Cataluña, tiene apellidos muy catalanes, de hecho su sangre también es catalana, pero resulta que él no es catalán.

Nació el mismo día de Navidad del año 1939 cuando España ya llevaba cinco meses de paz, es decir, que se había acabado aquella lóbrega Guerra Civil que estuvo matando a españoles contra españoles y que el día 1 de abril de este estoico año se dijo que había finalizado.

Don Fernando era hijo de don Tomás Subirachs Riudecases natural de Barcelona, pero que por esas circunstancias de la vida fue enviado a hacer su servicio militar a Cáceres en la misma Extremadura allá por el mes de enero de 1936. Estando allí le pilló esta tenebrosa guerra, y también estando allí, conoció a una muchacha catalana que estaba haciendo funciones de limpieza en uno de esos asilos que el Auxilio Social había creado para atender a los numerosos hijos o huérfanos de tantísima persona muerta en combate o simplemente ejecutada. Esta muchacha catalana que casi parecía una presidiaria, no pertenecía a la Sección Femenina de Falange española que eran los adalides que atendían esos centros, se llamaba Carmen Bassols Claramunt y era natural también de Barcelona.

Carmen o Carmeta como la llamaban en su casa, estaba también en Cáceres, pero en su caso no era haciendo el servicio militar. Todo respondía a que cuando empezó la maldita guerra civil se encontraba con sus padres en Badajoz haciendo una ligera escala, para desplazarse hasta Lisboa con la intención de pasar unos días con unos tíos que vivían en Portugal desde hacia bastantes años. La coincidencia, la casualidad o lo que fuere, quiso que esos días de aposento en Badajoz coincidieran cuando las tropas franquistas al inicio de la guerra tomaran una capital que se había mostrado leal a la República, y no solo ganaran la contienda, sino que además impusieron un salvaje correctivo que se llevó por delante la vida de miles de pacenses y también a los padres de Carmeta que eran catalanes pero que estaban por allí camino de Portugal. Nunca más se supo de sus padres, en este caso los abuelos de Fernando Subirachs i Bassols que es de quien voy a hablar.

De una forma o de otra los padres de Fernando Subirachs que se llaman Tomás y Carmeta se conocen en Cáceres, se enamoran y se casan. Hacen lo que cualquier pareja y llega a este mundo don Fernando Subirachs i Bassols en la misma Cáceres, pues ahí están sus padres por todas estas razones que voy mentando. Poco tiempo después también nació su hermana, que se llama Maribel y que también nació en Cáceres, porque sus padres aunque son de origen catalán, de momento no se pueden mover de donde están, pues a Tomás le comunican que terminada la Guerra Civil todavía le quedan por delante tres años más de servicio militar, aparte de que en esos años un viaje desde Cáceres a Barcelona era más complicado de lo que parecía. Eran los tiempos en los que Franco andaba con lo de la caza al rojo, y también grupos de guerrilleros todavía defensores de la República y tildados como maquis, pululaban por las montañas y disparaban al menor indicio de perplejidad. Como también te podía confundir la Guardia Civil que ante un barrunto de titubeo podía disparan antes de preguntar. Lo cierto es que desplazarse de Cáceres a Barcelona en esos tiempos de la posguerra era harto peligroso, y pretender aventurarte por conocer de la suerte de tus familiares, más sin tener noticias de nadie, te obligaba a vaticinar por los resultados más deplorables.

De esta manera tan singular los padres de don Fernando Subirachs i Bassols, pese a ser catalanes de pura cepa, de los de siempre, de los que provenían de estirpes que no habían conocido más logo que el catalán, se quedaron a vivir en Cáceres donde además se habituaron y se encontraban muy a gusto. Fue producto de la casualidad que un día ya entrado el año 1951, cuando Fernando tenía once años, que no tenía los doce pues no los hacía hasta navidad, llegara un mensaje de Barcelona que atestiguaba que el hermano de Tomás, el tío de don Fernando, que era don Joan Subirachs, no solo seguía con vida sino que además continuaba regentado el taller que en su momento instaurará en Barcelona don Tomás Subirachs, en este caso el abuelo de don Fernando.

De esta manera tan sublimar llegaba a Barcelona don Fernando Subirachs y su hermana Maribel, que en compañía de sus padres volvían a la tierra que los vio nacer y que por tanta circunstancia maléfica los tenían separados de ella. Pero estaba claro que los que llegaban a la tierra que los vio nacer eran sus padres, no el mismo Fernando o su hermana Maribel, que lo que estaban haciendo era alejarse de la tierra que también los vio nacer, que en este caso era Cáceres en el corazón de Extremadura.

Si tenemos en cuenta que Fernando y su hermana Maribel no volvían a su tierra, pero si eran portadores de sangre de esa tierra, a partir de aquí se establece el dilema de que me cueste tanto poder definir con todo este cambalache que provocan los problemas de identidad dentro de la misma España, el paralelismo real de mis interlocutores. Este es el embarazo que voy intentando pergeñar.

Pero de momento voy a seguir con la historia de mi personaje, pues está revestida de una serie de curiosidades que considero es interesante ir reseñando.

Don Fernando Subirachs i Bassols cumplió doce años en las navidades de 1951. Para entonces ya hacía cinco meses que estaba establecido en Barcelona. Como de la casa de sus abuelos no quedaba nada, pues los bombardeos de la guerra se encargaron de destrozarla sin dejar el más mínimo vestigio para que quedara siquiera testimonio de ella, se habían instalado en la casa de su tío Joan, que era un piso muy grande que estaba muy cerca de la plaza de toros la Monumental de Barcelona por allí la avenida de la Gran Vía con la calle de Carlos I. Su tío revestía de una posición social bastante bien acomodada, por tanto no sufrieron ningún problema de acoplamiento ya desde el primer día. Su padre don Tomás como era buen mecánico, enseguida se incorporó en el taller que regentaba su hermano Joan, y su madre Carmeta seguía en su ocupación de diseñar y puntear paños y otros menesteres relacionados con el campo del bordado y el encaje. Fernando con su hermana iban a un colegio que no estaba tampoco nada lejos de su casa.

Con los años Fernando estudió la carrera de ingeniería en la Escuela Industrial de Barcelona, y pronto se incorporó a las tareas mecánicas que se ejercitaban en el taller de su tío, o también se su padre pues entre hermanos quedaba todo.

Una tarde cuando ya estaba en su tercer año de carrera, al salir de la Escuela Industrial en la misma calle Urgell de Barcelona se oyó un ruido seco pero contundente. Una motocicleta se había estrellado contra un árbol y por allí andaba bien dolorido el motorista mientras la moto quedaba echa un asco. Rápidamente un revuelo de mirones y expertos hizo corro a tan lamentable esparcimiento.


  • Menudo trompazo. No se ha roto la crisma porque Dios no ha querido – se oía por ahí decir.

  • Pues sangrar bien que sangra – se decía también.

  • Yo de vosotros me apartaría no vaya a ser que explote el motor – apuntaba un espabilado.

  • Cómo va a explotar el motor, pero tú en qué país vives. No lo ves que está ahí enterito.

  • Este motor qué debe llevar, igual cuatro cilindros – le comentaba un compañero a Fernando.

  • Que va hombre, esto es un motor de dos cilindros y de dos tiempos. Es un bicilíndrico de esos que llaman. No hay espacio ahí dentro para cuatro cilindros. Y aquí se ve bien, pues se ha desencajado. No hay sitio para más. Además que yo sepa, no hay motos con motor de cuatro cilindros.

La moto había quedado bien desguazada. El golpe tuvo que ser de un gran impacto. El engranaje se había quedado ensortijado en la rueda de atrás y el chasis también estaba bien afectado. Era una imagen dantesca difícil de concretar. El pequeño motor se había desencajado de su sitio y todo era un revulsivo de piezas y piececillas esparcidas por doquier.

Por su parte el motorista yacía en el suelo. Habían intentado ponerle de pie pero no había manera, le dolía con furia la pierna. Sangraba bastante por el mentón izquierdo. Se oyó una sirena y llegó la guardia urbana que se dispuso enseguida a ir apartando a la gente y atender al herido. Poco tardó en sonar otra sirena. Llegaba una ambulancia.

Esta imagen de una moto prácticamente destrozada con todas sus piezas cabrioleando alrededor de un calamitoso accidente, fue tal vez el origen de que Fernando tuviera a partir de ese día, una especial predilección por ir conociendo mejor ese mundo que empezaba a despuntar como interesante y que englobaba el espacio de las motocicletas.

Todo esto estaba ocurriendo en esos años sesenta donde España se estaba resarciendo cada vez mejor de la penuria económica que venía padeciendo tras la Guerra Civil, y existía una pasión desmesurada por el automóvil. Eran los años en que despuntaba una Seat vendiendo en cantidades imponentes los populares Seiscientos, y donde otras empresas no tan afortunadas y evidentemente menos favorecidas, intentaban también exponer sus modelos. Marcas como el Biscúter, Kapi, Topolino, Eucort por citar algunas de españolas, ofrecían unos modelos de automóvil revestidos de los materiales más extravagantes y los tamaños más controvertidos. Cochecitos de las dimensiones más chiquitinas intentaban hacer gala de competencia con una exitosa Seat, que deambulaba con su Seiscientos haciendo celebración de un coche también pequeño, pero diseñado para toda la familia haciendo acoplo de todas las comodidades que se pudieran insertar en tan agraciado espacio.



Y pululaban también empresas extranjeras como la Renault francesa que entregaba un 4x4 revestido de ciertas prebendas o un Dauphine que se definía como el coche de las viudas. Y sin olvidar un modelo de nueva creación al que denominaban como Renault 4, popularmente conocido como el Cuatro Latas, que solapaba de unas prestaciones que le permitían competir con cierta holgura contra ese popular Seiscientos que tanto se vendía. Lo mismo hacía la Citröen también francesa, que estaba fabricando en la localidad gallega de Vigo el simpático Dos Caballos. Todo era un maremágnum de liberación y pelotera que tenían en el automóvil aventuradas sus más honoríficas tentativas. Ese síndrome placentero de sentir un aura de libertad y poderío simplemente conduciendo un coche, era estría alienable de la que todo español quería participar.

  • Papá, papá, hemos visto un accidente tremendo de una erre eme hache casi en la misma puerta de la facultad. Se ha estrellado contra un árbol, ha quedado totalmente destrozada y el motorista aun no sé si logrará salir con vida – le explicaba Fernando a su padre don Tomás al que increpaba algo nervioso en la puerta del taller.

  • A ver hijo – le decía pacientemente su padre – Si me explicas que es eso de erre eme hache, igual termino de entender de qué me estás hablando.

  • Es la marca de una moto papá. Se ha estrellado contra un árbol al lado de la Escuela y me he estado allí un buen rato contemplando todas las piezas desparramadas.

  • Vale, ahora ya me voy situando. Has visto un accidente con una moto que se debe de llamar así, y bueno, ¿qué más?.

  • Pues solo eso papá, que me ha gustado ver todas las piezas que componen el chasis de una moto. Mucho más sencillo que el de un coche pero también con sus encantos.

  • No tengo ni idea de los encantos que puede tener una moto, y mucho menos su mecánica. Ni conozco tampoco ninguna marca de moto, que ahora me entero que tengan algún nombre, ni sé ni me interesa el tipo de motor que puedan tener. Tú sabes que yo llevo toda mi vida tocando motores pero siempre voy a lo práctico, el automóvil, que además es lo que se estropea y nos permite labrar nuestras propias arrobas, pero de motos nada de nada. No te diré que se va viendo alguna por ahí, pero lo que manda es el coche, sino mira como tenemos de repleto el taller de obedientes que urgen cura rápida.

  • Ya lo sé papá. Pero a mí me ha gustado todo ese juego de ficción que tiene una moto. Si no es por este accidente igual ni me hubiera fijado, pero al tener todas las piezas tan cerca, me he puesto a hacer mis propias cabalas de dónde podría ir insertada cada una, y eso es lo que te estoy contando.

  • Ya te entiendo hijo, pero tú sigue estudiando que lo llevas muy bien, y dedica tu atención al automóvil, que ya ves que es lo que nos da de comer.

  • Está bien papá.

Posiblemente tuviera algo de razón su padre en el sentido estricto de que en España por la razón que fuere, el campo del motociclismo se había ido desarrollando con escasa holgura y evidentemente con ningún interés comercial. Prueba de ello es que ni en la misma Guerra Civil española se utilizó prácticamente para nada este singular vehículo, algo que si había ocurrido en Europa durante las dos guerras mundiales en las que empresas ya dedicadas a la fabricación de motocicletas dispusieron al ejército de tan indiviso medio de transporte, además con una incidencia ciertamente relevante.

También en esos años postrimeros al final de su carrera, Fernando iba observando cómo cada vez se iba extendiendo más el uso de la motocicleta que era incluso utilizado por las mismas entes del gobierno, principalmente en puestos de montaña por donde circulaban aquellos abominables inspectores de abastecimientos que se dedicaban a controlar el estraperlo o cualquier tipo de especulación que se produjera por las tierras agrícolas de los pueblos de las comarcas catalanes. Bien es cierto que estos vehículos iban provistos de un sidecar y esto les daba un contexto un tanto más automovilístico, pero no por ello tuvieran que aguantar permanentemente las continuas inclemencias del tiempo, eso sin contar como iban digiriendo el polvo que regalaban aquellas carreteras y caminos rurales. Por tanto la población puesta a elegir apostaba por el automóvil, y la motocicleta seguía siempre guareciendo en un segundo plano.

En el caso concreto del accidente que había visto Fernando, se trataba de una motocicleta RMH. La historia de esta marca partía desde Valencia donde un comerciante llamado Rafael Mira se dedicaba a la venta de equipamientos para automóviles e instrumentos agrícolas. Pero al mismo tiempo, a partir de principios de los años sesenta aprovechaba para ofrecer y vender también un ingenio del motociclismo que hacía unos años se estaba fabricando en Elche, Alicante.

Esta inspiración de Alicante se trataba de un modelo de motocicleta que respondía por la marca Setter y cuya historia no es excesivamente complicada de relatar. Todo provenía de un señor de Alcoy que se llamaba Miguel Santonja Santonja que se había establecido en Elche para dedicarse a la venta y reparación de bicicletas, pero era tanto la demanda que le instaba porque dispusiera de bicicletas que pudieran funcionar sin pedales, que al final se pone a equipar desde el año 1951 a las bicicletas con un motor auxiliar por transmisión de un rodillo, que las pudiera hacer funcionar sin tener que pedalear. Para ello se diseña él mismo un motor de pequeña cilindrada y lo va incorporando a las mismas bicicletas exteriorizando un chasis más reforzado y presentando ya un ciclomotor. Con la tontería empieza a fabricar y se hace con unos cuantos operarios. Estos ciclomotores a los que pone la marca de su propio apellido, es decir Santonja, se empiezan a vender y despiertan el interés del comerciante valenciano Rafael Mira para ofrecerlos también desde su propio negocio. La marca Santonja por la razón que fuere cambio su nombre y a partir de finales de los cincuenta o tal vez ya principios de los sesenta, pasaron a llamarse Setter, posiblemente porque el señor Santonja tuviera uno de estos canes, y era esa la marca que comercializaba don Rafael Mira desde su negocio valenciano.

Porque finalmente Rafael Mira llega a un acuerdo con Santonja para vender sus motos Setter con marca propia, y es entonces cuando se pone a distribuir sus propias motocicletas con el nombre de RMH, que corresponde a sus iniciales con la H de sus hijos. Es decir, son las motocicletas Rafael Mira e Hijos que salen al mercado como RMH.

Prepara a partir de 1963 un modelo que define como RMH A, con una cilindrada de 122 c.c. de la que consigue poner a la venta un total de quinientas ochenta y cinco unidades, pasando después a fabricar el modelo RMH M2 con una cilindrada superior, en este caso de 197 c.c. del que lanza al mercado ciento ochenta y nueve ejemplares. Es precisamente con una moto modelo RMH A con la que aquel motorista accidentado que presenció Fernando Subirachs, se había dado el gran tastarazo. Estas motos eran fáciles de distinguir, pues revestían el chasis de un color rojo que llamaba la atención.



  • Me está gustando esto de las motos – le comentaba Fernando a un compañero de facultad que se llamaba Ginés Llompart.

  • Hombre, no es lo que más vende, pero es verdad que cada vez se ven más. Es un vehículo incómodo pues ya ves, en caso de accidente el chasis eres tú. Eso sin contar cuando llueve, hace frío o en fin que cualquier cosa que vuele por el aire te puede dar una sacudida en la cara.

  • Visto así, incómoda sí que lo es, pero aun así yo creo que como ocupa tan poco espacio se irá poco a poco imponiendo sobre todo en las ciudades. No sé, es como antiguamente ir en un carro o ir en un caballo. El caballo te daba esa sensación de libertad que es lo que ahora te ofrece llevar una moto. Todo tiene su parte buena y su parte mala.

  • No te digo que no, pero dedicarse a la mecánica de la moto para cuatro que hay, yo creo que es perder el tiempo.

  • Puede ser verdad, pero mi familia regenta un taller bastante grande y allí se arreglan todo tipo de coches, pero si entra una moto, igual yo si que le meto mano. No sé, me han hecho gracia los componentes de que dispone una moto. Un motor sencillo de dos tiempos no tiene porque ser nada complicado arreglarlo.

  • Y más tú que estarás más que acostumbrado a los cuatro cilindros.

  • Pues por eso. Tiene que estar gracioso esto de desmontar un motor de una moto, tan chiquitín y compuesto de eso, dos cilindros haciendo una uve en torno a un cigüeñal. Esto yo casi lo veo más compacto que un motor con los cilindros en línea.

  • Hombre más compacto tampoco, porque en una moto no dejan de ir al aire, en un coche va todo resguardado en un bloque de acero.

  • Ya, pero bueno, un motor es siempre un motor, más grande, más pequeño, pero a lo suyo, quemar combustible y provocar el movimiento. Te lo cuento así porque cada vez me llama más la atención la mecánica de una motocicleta. Además todo, desde el motor hasta la correa de engranajes, el carburador, el mismo depósito de gasolina, los platinos, el delco, todo. Ver todo esto en tan poco espacio, me ha gustado.

  • Tú mismo. Si te dedicas a la moto igual no te comes un torrado, pero claro, tú tienes la ventaja de que en tu taller también estáis siempre con los coches.

  • Pues por eso.

Cada vez le apetecía más a Fernando dedicarse a las motos. Enseguida se encontró con la negativa de su padre que no había manera de que compartiera para nada esa ofuscación motera. Las peloteras sobre este tema se sucederían constantemente. Fernando ante la postura sectaria de su padre, habló del tema con su tío Joan.

  • Tío, este año acabo ingeniería y me gustaría consultarte una cosa.

  • Lo que tú quieras Fernando, sabes que estamos todos muy contentos por lo mucho que has estudiado y lo bien que lo llevas todo. Tú padre está encantado viendo cómo te defiendes con los motores y en fin, con todo. Como siempre me gusta recordarte que tú abuelo estaría orgulloso de ti.

  • Gracias tío, todo es porque me encuentro a gusto en esta connivencia. Debo llevar en la sangre esta pasión por los motores – le enviaba una cándida sonrisa.

  • De eso ya puedes estar seguro, y yo que me alegro. Dime ¿Qué me querías consultar?.

  • Pues mira tío, ahora no sé bien cómo explicártelo – la verdad es que le estaba costando explicarse – es que no sé como decírtelo. A ver, resulta que tú sabes que a mí me gustan bastante las motos ¿Verdad?.

  • Sí – asentía su tío Joan.

  • Pues eso, te quería preguntar, a ver cómo te lo digo. Te quería pedir si yo podría disponer aquí dentro del taller de un pequeño espacio por si eso, por si alguna vez viniera aquí a reparar alguna moto. – por fin salió.

  • Hombre, pues no te diré que no. Mucho espacio tampoco es que lo haya, no porque esto sea pequeño, pero sí porque ya lo ves, siempre tenemos el taller lleno de coches. Si entra una moto, eso nunca lo había pensado para que te voy a engañar. Pero una moto tampoco es que ocupe mucho espacio, si consideras que no vas a entorpecer el resto de la faena, porque no.

  • Uy, gracias tío – se levantó de un sopetón y abrazó a su tío.

  • De todas formas – le comentaba su tío sorprendido– no entiendo cómo te ha costado tanto preguntarme esto.

  • Es por mi padre tío Joan. No quiere ni oír hablar de las motos. Es como si les tuviera una ojeriza que no sé de dónde le puede salir.

  • Bueno, esto de alguna manera puede ser normal. Tu padre de toda su vida que se ha dedicado a los motores de automóvil. No hay prácticamente ninguna marca de vehículo que él no haya trasteado. Sin embargo nunca se ha ocupado de ninguna moto. Primero porque nunca ninguna ha pasado por aquí, y después también porque como es algo insignificante, pues a tu padre ni le interesa.

  • Pero tío un motor siempre es un motor, sea de un coche, sea de una moto, qué más da.

  • Ya. Pero eso lo puedes decir tú que para eso has clavado los codos estudiando mecánica y has sabido sacar provecho de lo que te han enseñado tus estudios. Pero has de tener en cuenta que a tu padre no le dio la gana de estudiar, por eso se ha pasado toda su vida restregando motores. Que es un gran mecánico, esa es la verdad, eso no lo vamos a poner en duda, pero no le saques de sus dominios. Si pretendes ahora hablarle de lo que tú estás estudiando, ya lo sacas de sus espacios, y a partir de ahí se va a negar a entenderte. No te va a escuchar aunque tengas razón. No sé si terminas de entender lo que pretendo explicarte.

  • Te entiendo muy bien tío – en esos momentos en que Fernando estaba tan contento con la aceptación de su tío, cómo no iba a entenderle.

  • Tú te preparas a tu gusto un rincón con las herramientas que creas te serán necesarias si algún día entra en el taller alguna moto. Lo puedes hacer allí mismo, justo debajo de aquella ventana – le señalaba un rincón trasero de aquel taller que recibía la iluminación de una ventana. – Y si algún día entra una moto, pues tú manos a la obra. No creo que sea un trabajo muy rentable, eso también lo tienes que tener en cuenta. Pero si te sirve para aumentar tu aprendizaje, por mi encantado. Eso sí, no abandones nunca la faena habitual del taller, pues ya sabes que es de donde sacamos la mantuca.


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