En nombre de la fe



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En nombre de la fe

… Como los hombres me habían llamado Dios e

hijo de Dios, mi Padre, no queriendo que fuese en

el día del Juicio un objeto de burla para los demonios,

prefirió que fuese en el mundo un objeto

de afrenta por la muerte de Judas en la cruz… Y

esta afrenta durará hasta la muerte de Mahoma, que

cuando venga al mundo sacará de semejante error

a los que creen en la ley de Dios.

Evangelio de Bernabé
44

Córdoba, 1584

Hernando observaba los trabajos de pintura y remodelación

que se realizaban en la biblioteca de la catedral, una vez

vacía de volúmenes, que la convertirían en la capilla del

Sagrario. El lugar le atraía poderosamente y acudía a él con regularidad.

Salvo pasear a caballo y encerrarse a leer en la gran biblioteca

del palacio del duque de Monterreal, su nueva morada, poco

más tenía que hacer. El duque había arreglado sus problemas con

el conde de Espiel mediante un pacto del que Hernando nunca llegó

a conocer los detalles, y, al estilo de los hidalgos españoles, le

prohibió trabajar asignándole una generosa cantidad mensual que

Hernando ni siquiera sabía cómo gastar. ¡Hubiera sido una afrenta

para la casa de don Alfonso de Córdoba que uno de sus protegidos

se rebajase a desempeñar cualquier tipo de trabajo!

Sin embargo, y pese a la estima en que le tenía el duque, Hernando

quedaba excluido del resto de las actividades sociales en que

se entretenían aquellos ociosos hidalgos. El duque tenía sus propias

tareas y sus obligaciones en la corte, amén de las impuestas por sus

extensos y ricos dominios, que le obligaban a ausentarse de Córdoba

durante largas temporadas. Aunque le hubiese salvado la vida,

Hernando no dejaba de ser un morisco a duras penas tolerado por

la soberbia sociedad cordobesa.

Pero si esto ocurría con los cristianos, algo similar sucedía con

sus hermanos en la fe. La noticia de que había liberado al duque en

la guerra de las Alpujarras y los favores que dicha acción le reportaba

estaban en boca de toda la comunidad. Con la esperanza de que

sus correligionarios acabarían por entender y no dar mayor importancia

a aquel lejano suceso, admitió el amparo del noble, pero cuando

quiso darse cuenta, la historia circulaba por toda Córdoba y los

moriscos se referían a él despectivamente con el odiado nombre que

le había perseguido desde su infancia: el nazareno.

—No quieren aceptar más tu dinero. No desean deberle favores

a un cristiano —le comunicó un día Aisha, cuando él pretendía

entregarle una buena cantidad que debía servir para el rescate de

esclavos.

Además de los dineros destinados a ese menester, Hernando

proporcionaba a su madre el suficiente como para salir adelante sin

estrecheces compartiendo casa con varias familias moriscas. Hernando

fue en busca de Abbas, el único de los antiguos miembros

del consejo que quedaba con vida tras la epidemia de peste que había

azotado la ciudad dos años atrás, provocando cerca de diez mil

muertos, la quinta parte de la población, entre ellos Jalil y el buen

don Julián. Lo encontró en las caballerizas reales.

—¿Por qué no aceptáis mi ayuda? —le preguntó a solas, en la

herrería, tras murmurar un saludo casi ininteligible a su llegada.

Después de recibir la noticia de la muerte de Fátima y de sus hijos,

y de la violenta reacción de Hernando con el herrador, la amistad

entre ambos se había resentido—. Fátima y yo fuimos los primeros

en contribuir para la liberación de esclavos moriscos, y lo hicimos

en mayor medida que los demás miembros de la comunidad,

¿recuerdas?

Durante unos instantes, Abbas desvió su atención de los instrumentos

con que trajinaba sobre una mesa.

—La gente no quiere dádivas del nazareno —le contestó secamente

antes de concentrarse de nuevo en sus quehaceres.

—Precisamente tú más que nadie deberías saber que eso no es

cierto, que no soy cristiano. El duque y yo nos limitamos a unir

nuestras fuerzas para escapar de un corsario renegado que…

—No quiero escuchar tus explicaciones —le interrumpió Abbas

sin dejar de trabajar—. Son muchas las cosas que todos sabemos

que no son ciertas y sin embargo… Todos los moriscos juraron fidelidad

a su rey, por eso están aquí, humillados, porque perdieron

la guerra. Tú también juraste lealtad a la causa y sin embargo ayudaste

a un cristiano. Si pudiste quebrantar ese juramento, ¿por qué

juzgas con tanta dureza a quienes en algún momento no han podido

cumplir con sus promesas?

Tras pronunciar estas palabras, el herrador se irguió frente a él,

imponente. «¿Por qué sigues juzgándome?», preguntaban sus ojos.

«No pude hacer nada por evitar la muerte de tu esposa», parecían

querer decirle.

Hernando se mantuvo en silencio. Posó la mirada en el yunque

donde se daba forma a las herraduras. No era lo mismo: Abbas le

había prometido cuidar de su familia; Abbas le había asegurado que

Ubaid no les molestaría. Abbas… ¡Le había fallado! Y Fátima, Francisco,

Inés y Shamir estaban muertos. ¡Su familia! ¿Acaso existía

perdón para algo así?

—Yo no hice daño a nadie —replicó Hernando.

—¿Ah, no? Devolviste la vida y la libertad a un grande de España.

¿Cómo puedes asegurar que en verdad no dañaste a nadie? El

resultado de las guerras depende de ellos, de todos y cada uno de

ellos: de sus padres y de sus hermanos, de los pactos a los que pueden

llegar si uno de su familia es hecho preso. Esta misma ciudad

santa —continuó Abbas elevando la voz— pudo ser reconquistada

por los cristianos porque un solo noble, uno sólo, don Lorenzo

Suárez Gallinato, convenció al rey Abenhut de que se hallaba apostado

con un gran ejército en Écija, ¡a tan sólo siete leguas de aquí!

Y de que debía dirigirse en ayuda de Valencia en lugar de acudir a

socorrer a Córdoba. —Abbas resopló; Hernando no supo qué decir—.

¡Un solo noble cambió el destino de la capital musulmana de

Occidente! ¿Sigues afirmando que no dañaste a nadie?

Ni siquiera se despidieron.

La recriminación de Abbas persiguió a Hernando durante varios

días. Una y otra vez trató de convencerse de que el corsario Barrax

sólo quería a don Alfonso para obtener un rescate por él. ¡Su liber-

tad no pudo haber influido en el desarrollo de la guerra de las Alpujarras!,

se repetía con insistencia, pero las palabras del herrador no

dejaban de regresar a su mente en los momentos más inoportunos.

Por eso le gustaba visitar la capilla del Sagrario de la catedral, la

antigua biblioteca que tantos recuerdos le traía. Allí lograba el sosiego,

mientras contemplaba cómo Cesare Arbasia, el maestro italiano

contratado por el cabildo, pintaba y decoraba la capilla desde

el suelo hasta la bóveda, incluyendo las paredes y los dobles

arcos. Poco a poco, aquel fondo en tonos ocres y rojos se iba llenando

de ángeles y escudos. La mano del artista alcanzaba hasta el

más pequeño rincón. ¡Hasta los capiteles de las columnas se recubrían

de una capa dorada!

—Dijo el gran maestro Leonardo da Vinci que los creyentes prefieren

ver a Dios en imagen antes que leer un escrito referido a la

divinidad —le explicó uno de aquellos días el italiano—. Esta capilla

se hará a imagen y semejanza de la Sixtina de San Pedro de Roma.

—¿Quién es Leonardo da Vinci?

—Mi maestro.

Hernando y Cesare Arbasia, un hombre de unos cuarenta y

cinco años, serio, nervioso e inteligente, habían trabado amistad. El

pintor se había fijado en aquel morisco, siempre impecablemente

ataviado a la castellana, como era obligado en la corte del duque, en

la tercera ocasión en que lo vio sentado en la capilla, contemplando

su labor durante horas, y ambos habían congeniado con facilidad.

—Poco te importan las imágenes, ¿no es verdad? —le había

preguntado un día—. Nunca te he visto observarlas, ya no con

devoción, sino ni tan siquiera con curiosidad. Te interesas más por

el proceso de pintura.

Así era. Lo que más atraía a Hernando era el método, tan diferente

al que había visto utilizar a los guadamacileros y pintores

cordobeses, que usaba el italiano para pintar la capilla del Sagrario:

el fresco.

El maestro revocaba la parte del muro que deseaba pintar con

una mezcla de cierto espesor hecha con arena gruesa y cal, que

después alisaba a conciencia y enlucía con arena de mármol y más

cal. Sólo podía pintar sobre ella mientras estuviera fresca y húmeda,

por lo que, en ocasiones, cuando veía que el revoco iba a secarse

antes de que pudiera finalizar su tarea, los gritos e imprecaciones en

su lengua materna resonaban por toda la catedral.

Los dos hombres se observaron en silencio durante unos instantes.

El italiano sabía que Hernando era cristiano nuevo e intuía que

continuaba profesando la fe de Mahoma. Al morisco no le preocupó

confesarse a él. Estaba seguro de que Arbasia también escondía

algo: se comportaba como un cristiano, pintaba a Dios, a la Virgen,

a los mártires de Córdoba y a los ángeles; trabajaba para la catedral,

pero algo en sus formas y en sus palabras lo diferenciaba de los

piadosos españoles.

—Yo soy partidario de la lectura —reconoció el morisco—.

Nunca encontraré a Dios en simples imágenes.

—No todas las imágenes son tan simples; muchas de ellas reflejan

aquello que esconden los libros.

Con esa enigmática declaración por parte del maestro dieron

por terminada la conversación ese día.

El palacio del duque de Monterreal estaba en la zona alta del barrio

de Santo Domingo. Su cuerpo principal databa del siglo xiv, la

época en que fue conquistada la ciudad de Córdoba, de cuyo esplendor

califal era testigo un antiguo alminar que destacaba en una

de sus esquinas. La casa constaba de dos pisos de altísimos techos, a

los que se les habían añadido varias edificaciones hasta llegar a conformar

un laberíntico entramado. Poseía dos grandes jardines y diez

patios interiores, que unían unos edificios con otros. Todo el conjunto

ocupaba una inmensa extensión de terreno. Su interior

mostraba las riquezas propias de un noble: una profusión de grandes

muebles, esculturas, tapices y guadamecíes, que no obstante

iban cediendo su lugar, poco a poco, a pinturas al óleo; la plata y el

oro se mostraba en vajillas y cuberterías; el cuero y la seda bordada

aparecían por doquier. El palacio contaba con todos los servicios:

múltiples dormitorios y letrinas, cocina, almacenes y despensas,

capilla, biblioteca, contaduría, caballerizas y vastos salones para fiestas

y recepciones.


En 1584, Hernando tenía treinta años y el duque treinta y nueve.

De su primer matrimonio le sobrevivía un hijo varón de dieciséis

años y del segundo, contraído ocho años atrás con doña Lucía,

noble castellana, dos niñas de seis y cuatro años y el benjamín,

de dos. Salvo Fernando, el primogénito, que había sido enviado a

la corte de Madrid, doña Lucía y sus tres vástagos vivían en el palacio

de Córdoba, y con ellos lo hacían once parientes hidalgos sin

fortuna, de una u otra rama de la familia y de edades diversas, a

quienes don Alfonso de Córdoba, titular del mayorazgo, acogía y

mantenía.

Dentro de aquella variopinta corte que vivía a expensas del

duque, hidalgos orgullosos y arrogantes como aquel que un día

pagó cuatro reales a Hernando para que le señalara quién había

puesto en duda su linaje, también había parientes más lejanos, retraídos

y callados, como don Esteban, un sargento de los tercios

impedido de un brazo, un «pobre vergonzante» al que don Alfonso

llevó a su hogar.

Los «pobres vergonzantes» eran una categoría especial de mendigos.

Se trataba de hombres y mujeres sin recursos, a quienes el

honor impedía tanto trabajar como mendigar públicamente, y que

eran aceptados por la digna sociedad española. ¿Cómo iban a pedir

limosna honorables hombres o mujeres? Se crearon, por tanto,

cofradías para atender a sus necesidades. Investigaban sus orígenes

y su condición y, si realmente se trataba de vergonzantes, los propios

cofrades pedían limosna de casa en casa por ellos para después

entregarles el fruto de las dádivas en privado. En una de sus estancias

en la ciudad, don Alfonso de Córdoba presidió la cofradía y se

enteró de la existencia de su pariente lejano; al día siguiente le ofreció

su hospitalidad.

Hernando volvió al palacio después de pasar la tarde con Arbasia.

Recorrió con desidia la distancia que separaba la catedral del barrio

de Santo Domingo, deteniéndose aquí y allá sin más objetivo

que el de perder tiempo, como si quisiera aplazar el momento de

cruzar el umbral del palacio. Sólo en las raras y escasas ocasiones en

las que el duque recalaba en Córdoba y le pedía que se sentara a su

vera, lograba sentirse a gusto en aquella hermosa y tranquila mansión;

en ausencia de don Alfonso, sin embargo, el trato que recibía

estaba lleno de sutiles humillaciones. Muchas veces se había planteado

la posibilidad de abandonar el palacio, pero se veía incapaz de

adoptar decisión alguna. Las muertes de Fátima y de sus hijos le

habían secado el corazón y mermado la voluntad, dejándole sin

fuerzas para enfrentarse a la vida. Fueron muchas las noches en que

permaneció insomne, aferrado a su recuerdo, y muchas más las

que pasó sumido en pesadillas en las que Ubaid asesinaba a su familia

una y otra vez, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.

Después, poco a poco, esas terribles imágenes que poblaban sus

sueños fueron dejando paso a otros recuerdos más felices que llenaban

su mente mientras dormía: Fátima con su toca blanca, sonriente;

Inés, seria, esperándole en la puerta de su casa, y Francisco,

enfrascado en escribir los números que le dictaba la entrañable voz

de Hamid. Hernando se refugió en esas evocaciones y los días se

convirtieron en jornadas interminables de las que sólo aguardaba su

final, la noche que le permitía reunirse con los suyos aunque fuera

en sueños. El resto poco le importaba: al parecer su lugar no

estaba con los cristianos ni tampoco con los moriscos. No sabía

hacer otra cosa que montar a caballo. Su trabajo en las caballerizas

reales se había acabado después del triste incidente con Azirat; en

ellas ya no le quedaban amigos. ¿Qué futuro le esperaba si abandonaba

el palacio? ¿Regresar a la curtiduría? ¿Enfrentarse al desprecio

de sus hermanos en la fe? En una ocasión, convencido de que

un trabajo le ayudaría a salir de su estado de melancolía, se había

atrevido a insinuar a don Alfonso la posibilidad de trabajar domando

a los caballos, pero la respuesta de éste fue tajante.

—No pretenderás que la gente piense que no soy generoso con

quien me salvó la vida. —Se hallaban en el despacho del duque.

Don Alfonso leía un documento mientras un numeroso grupo de

personas esperaba en la antesala—. ¿Acaso te falta algo aquí? —añadió

sin levantar los ojos del papel—. ¿No eres bien tratado?

¿Cómo decirle al duque que su propia esposa era la primera

que le humillaba? El agradecimiento de don Alfonso de Córdoba

era sincero. Hernando lo sabía, y no percibía en él un ápice de

impostura, pero doña Lucía…

—¿Y bien? —le insistió el noble desde detrás de su escritorio.

—Ha sido una necedad —se retractó Hernando.

Pasara lo que pasase, nunca volvería a la curtiduría, se dijo ese

día, una vez más, cuando llegó a las puertas del palacio. El portero

le hizo esperar un instante de más antes de abrir la puerta. Lo recibió

en silencio, sin la reverencia con que saludaba a los demás hidalgos.

En la entrada, el morisco le entregó su capa.

—Con Dios —le dijo él de todos modos, mientras el hombre

la recogía sin mirarlo.

A sabiendas de que el portero le observaba a sus espaldas, reprimió

un suspiro y se enfrentó a la inmensidad del palacio: en ese

momento, y hasta que no pudiera refugiarse en la soledad de la

biblioteca, se iniciaba un sinfín de pequeñas afrentas. La cena estaba

pronta a ser servida y Hernando vio moverse por el palacio a varios

criados; lo hacían en silencio, presurosos. Más de cien personas

atendían a los duques, a su familia y a cuantos pululaban a su alrededor.

Hernando había tenido que aprender a distinguir a todo aquel

personal. El capellán, el mayordomo, el secretario, el camarero y

la camarera de los duques encabezaban la larga lista. Les seguían

el maestresala, el caballerizo, el contador y el tesorero. Tras ellos el

veedor, el botellero, el repostero de estrados y el repostero de plata;

el comprador, el despensero, el repartidor y el escribano. Las ayas

de los niños y sus profesores. Y por último el resto de los criados,

decenas de ellos: varones en su mayoría; algunos de ellos libres, otros

esclavos, y entre estos últimos varios moriscos. Para terminar, media

docena de niños que actuaban como pajes.

Doña Lucía había dispuesto que Hernando fuera instruido en

los modales cortesanos, principalmente en los de la mesa, una de las

ceremonias más importantes en las que debía distinguirse a los caballeros.

La dama tomó esa decisión tras la primera comida de

Hernando en la larga mesa a la que se sentaban los duques, el capellán

y los once hidalgos. Ese día, los pajes y oficiales de mesa sirvieron

capones y palominos, carnero, cabrito y lechones como

primer plato. Luego, el consabido potaje de los cristianos, cocido

hecho con carne de gallinas, carnero, vaca y legumbres, todo aderezado

con libras de tocino para el caldo. Después, el manjar blanco:

pechugas de gallina cocidas a fuego lento en salsa de azúcar, leche

y harina de arroz, y para terminar, pasteles hojaldrados y fruta.

Hernando, sentado a la derecha del duque, frente al capellán, se

encontró con tenedores, cuchillos y cucharas de plata dorada ordenadamente

dispuestos; platos y tazas, copas y vasos de cristal, saleros,

servilletas y una escudilla con agua que le trajo un paje. Ante la

socarrona mirada de los hidalgos y del capellán, Hernando hizo

ademán de llevársela a los labios para beber cuando, azorado, vio

cómo el duque le guiñaba un ojo antes de lavarse las manos en ella.

Doña Lucía no pensaba tolerar esa falta de modales en su mesa.

Cuando terminaron de comer, el morisco fue llamado a una salita

privada donde le esperaban los duques; don Alfonso sentado en

un sillón, con la vista algo baja, un poco molesto, como si con anterioridad

a la llegada del morisco se hubiera tenido que plegar a

las exigencias de su esposa. Al contrario que el duque, doña Lucía

le esperaba en pie, soberbia, vestida de negro hasta el cuello por el

que asomaban unas delicadas puntillas blancas. Hernando no pudo

evitar compararla con las mujeres musulmanas, recatadas y ocultas

ante los extraños. A diferencia de ellas, y como todas las nobles cristianas,

doña Lucía se mostraba a la gente, aunque, como cualquier

dama recatada, trataba de esconder sus atractivos: se fajaba los pechos

después de apretarlos con unas laminillas de plomo e intentaba

que su tez tuviera un tono macilento, para lo cual ingería con

regularidad tierra arcillosa.

—¡Hernando, no podemos…! —El duque carraspeó; doña

Lucía suspiró y suavizó su tono—. Hernando…, al duque y a mí

nos complacería mucho que te instruyeras en los buenos modales.

Le asignaron al mayor de los parientes que vivían en palacio, un

peripuesto hidalgo llamado Sancho, primo del duque, que aceptó

a regañadientes el encargo. Durante casi un año, don Sancho le

enseñó cómo utilizar la cubertería, cómo comportarse en público

y cómo vestir; incluso se empeñó en tratar de corregir la dicción

del aljamiado de Hernando que, como todos los moriscos, adole-

cía de ciertos defectos fonéticos, entre ellos la tendencia a convertir

las eses en equis y viceversa.

Aguantó estoicamente las clases que cada día le impartía don

Sancho. En esa época, el desánimo de Hernando era tal que ni siquiera

llegaba a plantearse la humillación de ser tratado como un

niño; simplemente obedecía sin pensar, hasta que un día el hidalgo,

alegre, como si aquello le complaciese, le propuso que aprendiera

a danzar.

—Pasos —anunció en voz alta al tiempo que andaba con afectación

por el salón en el que estudiaban—, floretas, saltos, encajes,

campanelas —recitó don Sancho al tiempo que brincaba con

torpeza y trazaba un círculo con un pie—, cabriolas. —Con las cabriolas,

Hernando le dio la espalda y abandonó la estancia en silencio—.

Cuatropeados —escuchó que cantaba el hidalgo en la estancia—,

giradas…


Después de ese día, doña Lucía consideró que el morisco ya

podía convivir con ellos; entendió que difícilmente se vería en la

tesitura de tener que acreditar sus dotes en el arte de la danza y dio

por finalizada su instrucción. Pese a ello, sus nuevos modales no variaron

el rechazo que sufría en palacio cuando don Alfonso no

estaba presente.

La noche del viernes en que Hernando confesó a Arbasia que él no

podía encontrar a Dios en sus imágenes, cenaron en palacio pescado

fresco traído por los playeros del Guadalquivir. En los días de

abstinencia, las conversaciones de los catorce comensales eran bastante

más parcas y serias que cuando degustaban carnes y tocino, y

era sabido que muchos de ellos, entre los que cabía incluir al sacerdote,

acudían después a las cocinas a hacerse con pan, jamón y

morcillas. Durante la cena, Hernando no prestó atención a las palabras

que se cruzaron los hidalgos, el capellán o doña Lucía, que

presidía majestuosamente la larga mesa. Éstos, a su vez, tampoco le

hacían el menor caso.

Deseaba irse a la biblioteca, donde se refugiaba todas las noches

entre los casi tres centenares de libros acumulados por don Alfonso,

y así lo hizo tan pronto la duquesa dio por finalizada la cena. Por

fortuna para él, había quedado excluido de las largas veladas nocturnas

en las que se leían libros en voz alta o se cantaba. Cruzó

diversas estancias y dos patios antes de llegar al que llamaban patio

de la biblioteca, tras el que se hallaba la gran sala de lectura. Llevaba

varios días enfrascado en la lectura de La Araucana, cuya primera

parte había sido publicada quince años antes, pero esa noche no tenía

intención de continuar con aquel interesante libro. Las palabras

que esa tarde había pronunciado Arbasia, citando a Leonardo da



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