El valor del patrimonio



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EL VALOR DEL PATRIMONIO:


ENTRE LO TANGIBLE Y LO INTANGIBLE
Lic. Nelly Decarolis

Presidente ICOFOM LAM - Vicepresidente ICOFOM

  1. CONCEPTOS GENERALES

En cada ser humano palpita la necesidad de transmitir a sus descendientes la cultura heredada: modos de vida, historias, costumbres, convicciones, tradiciones, mitos y creencias, huellas... Lo material y lo inmaterial; la totalidad de un patrimonio tangible e intangible.


La ética de la transmisión de la memoria se inscribe en lo más profundo de cada ser, que sitúa su trayectoria individual en función de lo que le ha sido transmitido. Es el imperativo de reconocerse; es el sentido de pertenencia. Es la identidad. Y es aquí donde podemos ver con toda claridad que cultura, identidad, memoria y patrimonio constituyen fenómenos profundamente interrelacionados e indispensables para el desarrollo de la conciencia social de los individuos.
En primer lugar nos preguntamos: ¿cómo definir lo que es cultura? Sucede que mientras más se intenta explicar su naturaleza, el concepto se vuelve más cambiante y más resistente a una clara y completa definición. Es innegable que el fenómeno cultural está presente en todo el quehacer humano y que incluye las formas de relación de los individuos entre sí y de los individuos con la naturaleza.
Tanto humanistas como científicos han utilizado a menudo el término cultura desde la perspectiva de sus propios ámbitos de estudio y han llamado equivocadamente cultura y civilización al conjunto de los modos de vivir y de pensar cultivados, que son producto de la formación y del perfeccionamiento.
La adopción dogmática de cualquiera de estas posiciones resulta parcial. La posición humanística identifica a la cultura con la idea de erudición. La científica lleva a pensar en culturas superiores e inferiores, según sus respectivos grados de civilización, concepto hoy totalmente perimido. La cultura no debe identificarse con criterios de valoración donde lo culto es sinónimo de ilustración intelectual, mientras que lo opuesto es el refugio del ‘oscurantismo’.
Antropólogos, psicólogos, filósofos, historiadores, entre otros muchos pensadores acostumbrados a manejar este concepto, nos dan hoy elementos de juicio que permiten definir lo que en realidad es cultura:


  • Cultura es la forma de vivir de una sociedad a partir de los elementos que comparten sus miembros y transmiten a sus descendientes a través de las tradiciones comunes, de la herencia cultural y social.




  • Cultura es la enseñanza de pautas culturales de generación en generación de acuerdo al status que le toque ocupar a cada uno de los individuos.




  • Cultura es también la modificación de lo recibido y la proyección hacia el futuro de los anhelos del grupo social.

Si seguimos analizando a distintos pensadores, llegamos a la conclusión que la cultura es la totalización de las actividades del hombre, mucho más allá de lo estrictamente biológico.


Como dice el escritor mexicano Carlos Fuentes: “...la cultura es un concepto global que incluye y define el tipo de relaciones económicas, políticas, personales y espirituales de toda una sociedad”.

Así entendida, la cultura se extiende a todas las esferas de la actividad humana, al terreno de la organización de la vida social y a toda la creación intelectual y estética. Es un elemento de identidad cultural de un grupo social que condiciona su interrelación entre pasado-presente y futuro, inseparable del contexto espacio-tiempo de toda sociedad determinada.


Este concepto de identidad tiene múltiples facetas: es un compuesto de identidades variables y se manifiesta en un sentimiento de pertenencia y de conciencia común; en el reconocimiento de un pasado, de un presente y tal vez de un futuro también comunes; en la percepción de las diferencias y en su relación con el contexto.
Por su parte, Umberto Eco, en su Tratado de Semiótica General, nos dice que si aceptamos el término cultura en su sentido antropológico correcto, encontramos inmediatamente tres fenómenos culturales elementales que se repiten en todas las culturas:


  1. la producción y el uso de objetos que transforman la relación hombre-naturaleza;




  1. las relaciones de parentesco como núcleo primario de las relaciones sociales institucionalizadas;




  1. el intercambio de bienes económicos.

Estos fenómenos constitutivos de cualquier cultura demuestran, junto con la aparición del lenguaje verbal articulado, que la cultura es un fenómeno de comunicación y que la humanidad y la sociedad existen sólo cuando se han establecido relaciones de significación y procesos de comunicación. Y para demostralo, da el ejemplo de la piedra cascanueces:


Si un ser humano utiliza una piedra para cascar una nuez, todavía no se puede hablar de cultura.

Sólo podemos decir que se ha producido un fenómeno cultural cuando un ser pensante ha establecido esa nueva función de la piedra, denominándola “piedra que sirve para cascar nueces” Ese ser pensante está ahora en condiciones de reconocer la misma piedra u otra similar. Esta es una relación semiótica.


El primer uso de la piedra no constituye ni instituye cultura. En cambio, es cultura establecer la forma cómo se puede repetir la función y transmitir o comunicar esa información. En el momento en que se produce comunicación entre dos hombres, es evidente que podrán observarse signos verbales que el emisor comunica al destinatario y que expresan, mediante un nombre, el objeto. Por ejemplo la piedra y sus posibles funciones: el objeto cultural ha pasado a ser el contenido de una posible comunicación verbal (como cascanueces o como arma, por ejemplo) Por lo tanto, una vez que se ha conceptualizado el posible uso del objeto, en este caso la piedra, éste se convierte o pasa a ser el signo concreto o el significante de su uso virtual.
Vivir es comunicar y en cada dominio de la cultura los hombres intercambian signos según determinados códigos que se constituyen en lenguajes. La lengua es un importante sistema de signos que expresan ideas. Su uso y aplicación facilitan la comprensión de los significados de los fenómenos visuales y nos enseñan de qué manera la mente procesa las imágenes para facilitar su captación. Por medio de toda una red de representaciones codificadas y de signos, envolvemos, filtramos y al mismo tiempo dominamos la realidad que nos rodea.
La semiótica, entendida como el intercambio de la producción y circulación de signos en el seno de la cultura, converge con las ciencias de la información y de la comunicación. Según Eco, la cultura, en su conjunto, se puede comprender mejor si se la aborda incluyendo también un punto de vista semiótico, aunque esto no quiere decir que la cultura sea en su totalidad comunicación y significación.

En resumen, quiere decir que tanto los objetos tangibles como los comportamientos y los valores (lo intangible) obedecen en gran parte a leyes semióticas y sus significados son conceptos que forman unidades culturales que se convierten finalmente en los contenidos de la comunicación.


Lo que es indiscutible es que signo y símbolo son característicos del ser humano. Así, por ejemplo, podemos inferir la presencia del fuego por el humo; la caída de la lluvia por un charco; el paso de un animal en la playa por una huella en la arena; el origen cultural de alguien que gesticula, porque sus gestos tienen claras connotaciones y sus comportamientos están cargados de significado, aún cuando quien los emita no sea consciente de ello.
Por el significado socializado de los diferentes gestos podemos reconocer siempre a quien gesticula como un italiano, un hebreo, un anglosajón, casi de igual forma que es posible reconocer que alguien habla en alemán o en chino, aunque no se conozca ninguna de esas lenguas.
En cambio, cuando nos referimos a la esencia de las cosas, ya no dependemos sólo de las circunstancias externas, dependemos de los valores que se atribuyen a los objetos materiales o tangibles. El lenguaje, el mito, la magia, la religión, el arte, la música, la danza, los cánticos, las tradiciones y leyendas y muchas cosas más conforman los diversos hilos que tejen la complicada urdimbre de lo intangible, esa red simbólica que va más allá de la esfera de la vida práctica y concreta del hombre.
La conexión que existe entre símbolo y objeto es algo natural y no convencional. El objeto material, tangible, físico, se envuelve en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en sonidos, en símbolos míticos, en ritos mágicos o religiosos, de tal manera que no se lo puede llegar a conocer verderamente si no es a través de ellos.
Cabe recordar las reflexiones del filósofo alemán Ernst Cassirer, muerto en 1945, quien en su obra cumbre sobre las formas simbólicas llega a la conclusión que el hombre es un animal simbólico al que llama ‘homo symbolicus’.
El estudio del origen de la función simbólica es para Cassirer una filosofía del lenguaje y más aún, una filosofía de la cultura o de las formas culturales que abarca todas las manifestaciones del espíritu humano y considera que “....las formas de la vida cultural, en toda su riqueza y diversidad, son formas simbólicas [...] y todo el progreso de la cultura está basado en el pensamiento simbólico del hombre”. Ya Baudelaire, en su célebre soneto de ‘Les Correspondances’ había dicho que el hombre vive en un ‘bosque de símbolos’.
Cassirer ejemplifica diciendo que “... podemos empeñarnos en ver ‘La Escuela de Atenas’ (la gran obra de Rafael que se encuentra en el Vaticano) solamente como un lienzo cubierto de manchas de color, ordenadas de un modo formal en el espacio, pero con esa única contemplación de la forma, la obra de arte se reducirá a un objeto más entre otros muchos. La diferencia que la hace única sólo se establecerá en el instante en que nos adentremos en la ‘representación’ del cuadro, en su simbolismo, en su ‘interpretación’ y nos entreguemos puramente a la captación de sus características de intangibilidad”. Estos dos momentos fundamentales, combinados y entrelazados, dan como resultado la totalidad del objeto cultural.
En síntesis, podemos decir que la expresión de cada cultura, es decir la expresión de cada fenómeno cultural, se realiza a través de los objetos, que son la conjunción de lo material y de la derivación imprevisible de sus significados y de sus conexiones simbólicas.
Los objetos, en su conjunto, constituyen una riqueza colectiva que abarca las expresiones más dignas de aprecio de los aportes de la memoria de los pueblos a la cultura universal. Son nuestro patrimonio cultural, tangible e intangible cuya preservación y difusión es una función social que nos debe mantener unidos más allá de todas las diferencias. Los bienes que lo integran se convierten así en bienes patrimoniales debido a la función social que cumplen como elementos de identidad cultural, condicionados siempre por el lugar que les otorga la sociedad dentro de su escala de valores.
El Dr. Ivo Maroevic -museólogo contemporáneo oriundo de Croacia, investigador, catedrático y autor de un interesante Tratado de Museología- considera que lo museal y la musealidad designan el valor inmaterial que se asigna al objeto en función de las cualidades intangibles que lo hacen digno de integrar las colecciones del museo y a la vez le otorgan la propiedad de captar y documentar el mundo real para convertirlo en otra realidad diferente, en un proceso que le permite vivir dentro del contexto museológico.
Así musealizado, el objeto es símbolo de una persona, situación o momento en el tiempo y en un espacio dados. Su naturaleza testimonial y documental está en relación directa con el significado de su mensaje simbólico.
Maroevic llama musealia al conjunto de los objetos de museo y considera que la museología está llamada a investigar y descubrir la suma de sus significados y comunicar a la sociedad las diversas lecturas de esa significación donde concurren ‘lo tangible’ y ‘lo intangible’.

Existen tres dimensiones para que un objeto sea pasible de integrar las colecciones de un museo, convirtiéndose así en objeto museal:




  1. la dimensión de su existencia física, material, tangible;

2. la dimensión que cobra el objeto, abstraido de su propio contexto, perdida su funcionalidad y colocado dentro del contexto del museo;

3. la dimensión que le otorga la interpretación y valoración personal de quien lo contempla.
Vemos así, que no sólo el contenido objetivo sino una actitud subjetiva y una función del entendimiento conforman los rasgos que distinguen al objeto museal.
Cabe destacar que la memoria contenida y guardada en el mundo de los objetos museales, está estructurada por una combinación de datos culturales tales como el contexto físico (paisaje, medio ambiente), los condicionantes sociales, las circunstancias históricas y la variada información que los acompaña y califica, con todas sus connotaciones y asociaciones.
Al reconstruir el pasado, la memoria de evocación rehace la trayectoria que el hombre empleó milenios en recorrer: ese pasado sobre el que nos informan los mayores contando sus recuerdos y los de sus ancestros, mostrando aquellos objetos que se supone han tenido relación con los antepasados, repitiendo relatos, anécdotas, historias...
“Es el pasado familiar, que se conoce en lo esencial gracias a la transmisión oral, organizado en torno a acontecimientos o personajes memorables, cuyos hechos y gestas resucitan durante largas veladas o ceremonias diversas [...] Es algo que va más allá del individuo, lo arraiga en el ayer, lo prolonga hacia el mañana y hace visible la cadena generacional, relacionándola con la cronología pública y con la historia de una nación. Es el pasado latente que resurge y acapara la atención en momentos críticos y solemnes.” (Krzysztof Pomian en “El Orden del Tiempo”)
Si bien en el discurso y en la práctica internacionales la noción de patrimonio se ha limitado durante mucho tiempo a lo que es tangible, son los significados los que patentizan lo que representa un determinado lugar: lo que indica, lo que evoca, lo que expresa, sus cualidades simbólicas, su memoria, en suma sus características de intangibilidad.
Las conexiones simbólicas que existen entre la gente, los lugares y los objetos incluyen los valores sociales o espirituales como las responsabilidades culturales. Los espacios de significación cultural cobran vida merced a la conjunción de lo tangible y lo intangible; enriquecen la existencia de los pueblos, proporcionan un profundo sentido de unión con las comunidades y recuperan una memoria que revela valores estéticos, históricos, científicos, sociales y espirituales.Urge formar a los individuos en aquellas disciplinas que les permitan interpretar con conocimiento de causa el simbolismo que subyace en sus propias culturas y en su propio pasado.



  1. EL SIMBOLISMO DEL LENGUAJE

Los seres humanos, como miembros de un grupo social, se comunican entre sí, sustentando sus mensajes en un sistema verbal de símbolos convencionales propios de cada pueblo o nación o bien común a varios de ellos: la lengua, gracias a la cual el ser humano puede manifestar, evaluar, analizar y razonar sobre todo lo que lo rodea; interpretar en forma simbólica y luego clasificar o codificar la información.


Absolutamente todo puede ser nombrado. El poder de la palabra es infinito y su fuerza, tremenda, hasta el punto que se dice que el hombre aprendió a hablar al mismo tiempo que comenzó a producir artefactos.
Esta facultad le permite comunicarse con los demás a través de sonidos articulados a los que otorga significados o bien por medio de signos gráficos que transcriben los sonidos de la lengua hablada. También en el silencio de su mente, cuando reflexiona y luego comunica conceptos sobre los grandes interrogantes de la vida: lo real, lo emocional, lo intelectual, la verdad, el imaginario, la justicia, el vínculo colectivo, la vida y la muerte, lo bello, lo ético...
Patrimonio del ser humano, el lenguaje es un complejo sistema capaz de expresar en su totalidad la actitud de una comunidad hacia su cultura. Manifiesta pensamientos e ideas, emociones y sentimientos: “...junto al lenguaje conceptual existe un lenguaje emotivo; junto al científico el de la imaginación poética”. Constituye una etapa necesaria en el camino del conocimiento. Es el medio sin el cual no puede nacer ni desarrollarse el saber en torno de las cosas. El simbolismo del lenguaje abre nuevas etapas de la vida psíquico-espiritual de los seres humanos, dando paso a una vida con “significados”.
La diversidad lingüística es un valioso capital de la humanidad, ya que la lengua sirve como poderoso vehículo de identificación de cada grupo social. El grado de complejidad de una lengua es a menudo proporcional al orgullo nacional de un pueblo. Tal es el caso del vasco, el finés, el húngaro, el turco y el catalán, entre otros. Algunas lenguas, sumamente complejas, sobreviven tan sólo porque sus hablantes se aferran a ellas como símbolos de identidad. Las lenguas exigen un trabajo de interpretación debido a su polisemia, que es la capacidad que tienen las palabras de poseer más de un significado cuando se las considera en contextos diversos.

La hermenéutica posmoderna se ha propuesto delimitar e interpretar el lenguaje, y la museología actual debe poner especial énfasis en el manejo de los contextos, aplicando un discernimiento que facilite la utilización de un lenguaje expositivo correcto, que permita establecer una verdadera diálectica entre la obra de arte y sus interpretaciones, entre la exposición y su público, para que trasciendan sus propias condiciones de producción y se abra a una serie ilimitada de lecturas situadas en diferentes contextos socioculturales.

Finalmente se puede decir que el legado de la lengua como forma de comunicación de lo intangible cobra inusitada importancia en determinados hechos u ocasiones. Al respecto, en su libro “El espejo enterrado”, Carlos Fuentes relata una anécdota de la vida de la Malinche, quien fuera intérprete y compañera de Hernán Cortés. Ella fue la madre del hijo del conquistador. Simbólicamente, del primer mestizo, del primer niño de sangre española e indígena. Y cuenta la leyenda que la Malinche parió hablando esa nueva lengua que aprendió de Cortés, la lengua de la rebelión y de la esperanza, de la vida y de la muerte, que con el correr del tiempo habría de convertirse en lazo de unión entre indígenas y europeos.



  1. EL SIMBOLISMO DE MITOS Y LEYENDAS, MAGIA Y RELIGIÓN


Nos dice Mircea Eliade -eminente historiador de las religiones- que “...cuanto en un principio el hombre crea y sale de sus manos está rodeado de un misterio inescrutable y que cuando, inicialmente, atribuye un origen a sus propias obras, éste no puede ser otro que un origen mítico. [...] Estos mitos culturales cruzan la mitología de todos los tiempos en todos los pueblos. [...] El mito es una realidad cultural extremadamente compleja, que puede abordarse e interpretarse desde perspectivas múltiples y complementarias. [...] Cuenta una historia sagrada, relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, en el tiempo fabuloso de los comienzos...” 1


El mito es la primera tentativa del hombre por responder los interrogantes acerca del mundo y se refiere siempre a realidades, no es una fábula como la leyenda. El mito cosmogónico (la creación del cosmos) es verdadero porque la existencia del Mundo está allí para probarlo. El mito del origen de la muerte también lo es, puesto que la mortalidad del hombre lo prueba, y así sucesivamente podríamos citar múltiples ejemplos.
La principal función del mito es revelar modelos de ritos relacionados con actividades humanas significativas: la alimentación, el matrimonio, el trabajo, la educación, el arte, la sabiduría... Es necesario situar al mito en su contexto socio-religioso original para poder captar los modos de conducta e incluso las actividades profanas del individuo que encuentra sus modelos en las gestas sobrenaturales de los seres míticos. Tan sólo en Grecia el mito inspiró y guió la poesía épica, la tragedia, la comedia y las artes plásticas.
Los antropólogos modernos consideran al mito como una forma de conocimiento que complementa la racionalidad de los temas de la vida. No lo consideran de ninguna manera una proyección fantástica de la realidad, sino una revelación de su sentido más profundo, ya que cada época va forjando sus propios mitos. Descubrir la presencia del mito en ámbitos no míticos de la experiencia y el pensamiento, nos permite comprender mejor al hombre y a la obra producto de su creatividad que ha trascendido en el tiempo.
El mito es una realidad -nos dice Eliade- y hay que contar con esa realidad no sólo como imagen del pasado, sino también como técnica del hombre moderno utilizada para percibir lo eterno, como sucede -por ejemplo- con el Mito del Fin del Mundo, que es un fenómeno cultural muy significativo. Ya el hombre de las sociedades arcaicas se caracterizaba por armar escenarios mítico-rituales de la regeneración anual del mundo, donde lo esencial no era el hecho del fin, sino la certidumbre de un nuevo comienzo en una recreación cíclica del mito de los orígenes.
Es evidente que este nuevo comienzo remite al conocimiento del origen de cada cosa y esa posibilidad de volver hacia atrás simboliza la recuperación del pasado, de la memoria. Una de esas posibilidades de retorno al ayer que se vincula directamente con la herencia cultural es la rememoración progresiva, minuciosa y exhaustiva de los acontecimientos personales, sociales e históricos.
En el pensamiento mítico, la memoria es considerada el conocimiento por excelencia, y el hecho de recordar evocando atribuye al individuo grandes poderes. Conocer los mitos y la historia ejemplar representa aprender el secreto del origen de las cosas, lo que equivale a adquirir sobre ellas un poder mágico-religioso que permite dominarlas a voluntad.
Es importante tener en cuenta que en las sociedades en las que el mito está aún vivo, como por ejemplo entre los Pawnee en Estados Unidos, los indígenas distinguen cuidadosamente los mitos, que llaman ‘historias verdaderas’, de las fábulas o leyendas que llaman ‘historias falsas’. El mito los coloca frente a lo sagrado y lo sobrenatural; las ‘historias falsas’ frente a un contenido profano.

El mito constituye el sincretismo entre la religión primitiva y la sabiduría práctica, como es el caso del mito de la enfermedad y del remedio, que implica el canto ritual de la curación mágica al mismo tiempo que se aplican hierbas de corte netamente medicinal.


Hay que tener en cuenta que este entrelazamiento entre mito y magia fue la primera escuela por donde tuvo que pasar el hombre para lograr confianza en sus propias fuerzas y sentirse capaz de controlar las de la naturaleza. Y fue el lenguaje el que le permitió dar nombre y describir aquellos objetos con poderes mágicos. Dar nombre al objeto significó incluirlo en un cierto concepto de clase, acto íntimamente ligado a un proceso inicial de clasificación.
Lo espiritual y lo sagrado, valores intangibles por definición, están siempre relacionados con las fuerzas sobrenaturales o con la divinidad. Son nociones ambivalentes que evolucionan según las culturas y han constituido por siglos la fuente de nuestros conocimientos y de nuestra memoria. Todo esto es transmitido por la tradición oral, por los usos y costumbres, por la música, los cantos y las danzas, por las narraciones que han podido ser recogidas, por los vestigios arqueológicos y por los objetos etnográficos que se conservan en los museos del mundo.
Hoy es posible conocer gran parte del universo y el comportamiento míticos gracias a los museos. Pero, no obstante, los objetos que conforman las colecciones permanecen mudos para aquellos que se detienen tan sólo a contemplar sus características formales, exóticas y tangibles; para aquellos que no han sabido captar su mensaje espiritual, la fuerza de esa intangibilidad que los hace significar y constituirse en símbolos de culturas que conservan la sabiduría iniciática de los albores de la humanidad.
En el pasaje de la religiosidad mítica a la religión dogmática se ha procurado contener e institucionalizar los hechos considerados eternos. La religión -expresión simbólica de los supremos ideales morales y espirituales del individuo- ha cumplido desde un principio una doble función teórico-práctica. A través de creencias y ritos que se refieren a lo sagrado, a los medios de entrar en relación con los poderes sobrenaturales y con las tradiciones, da respuesta a las preguntas sobre el origen del mundo y de la sociedad humana. Su mensaje cobra vida materializado en significativos lugares de culto, importantes obras de arte arquitectónicas y litúrgicas que integran cualitativa y cuantitativamente un importante segmento de los monumentos y objetos culturales que se encuentran hoy dispersos en el mundo.

4. EL SIMBOLISMO DE LOS VALORES ESTÉTICOS

Los valores estéticos constituyen la respuesta al conocimiento del entorno y de los atributos particulares, naturales y culturales, que allí se encuentran. Pueden estar referidos a elementos visuales como no-visuales y abarcar respuestas emocionales o cualquier otro factor que posea un fuerte impacto en el pensamiento humano, en sus sentimientos y actitudes”. (AHC 1994b) 2


Toda obra de arte es una creación y el principio de creación es el mismo en todas las artes, a pesar de que las cosas creadas difieran entre sí. Los materiales son reales, pero los elementos artísticos son intangibles. Las formas artísticas son más complejas que el resto de las configuraciones simbólicas. Su simbolismo las eleva por encima de la personalidad del artista. Ya sea pintura, escultura, poema, novela, arquitectura o composición musical, el arte auténtico es abstracto, conceptual y está condicionado por el medio.

La creatividad es patrimonio de ricos y pobres, de las mayorías y las minorías, de los alfabetizados y los analfabetos y las artes son la forma de creatividad más fácilmente reconocible. Ofrecen a cada individuo la posibilidad de comunicar su realidad y su propia visión del mundo.



El arte es un descubrimiento y una intensificación de la realidad. Cuando el hombre está absorto en la contemplación de una gran obra de arte, no siente una separación entre su mundo subjetivo y el objetivo, entre lo tangible y lo intangible, sólo siente la abstracción en la contemplación.

Toda obra de arte expresa una concepción de la vida: emoción, realidad interior. Es un producto social impredecible, condicionado por el medio y por una complicada red de premisas socioculturales y económicas. El hombre está inmerso en la realidad y es esa realidad la que expresa cuando crea una obra de arte. Las ideas se simbolizan en las cosas y sobre la base de un ser concreto se construye un concepto abstracto. El secreto de la expresión artística reside en el juego de infinitas posibilidades que existen entre el hombre y una realidad que está compuesta por objetos reales o sensibles -producto de su elaboración racional- e ideales o metafísicos, a los que accede sólo por deducción o por intuición. Los sentidos nos acercan a la obra, pero es el espíritu el que proporciona el verdadero goce estético.





  1. CONCLUSIÓN

El patrimonio integral, cultural y natural, es un recurso material y espiritual que provee una crónica del desarrollo histórico. Juega un importante papel en la vida moderna y debería ser accesible al gran público tanto física e intelectual como emotivamente.


Los programas para la protección y la conservación de los atributos físicos y los aspectos intangibles de las expresiones culturales contemporáneas, en su más amplia acepción, deberían facilitar la comprensión y apreciación de su significado de manera accesible y equitativa.
Hoy el mundo atraviesa profundas transformaciones que afectan particularmente al patrimonio cultural intangible allí donde se encuentre. Sus características son menos conocidas y por ende más vulnerables, por lo cual, los organismos internacionales deberían ampliar su campo de acción para que reciba una protección semejante a la que se otorga a los exponentes del patrimonio tangible: los grandes museos, los monumentos, los sitios...
Asimismo, es necesario ocuparse no sólo de las manifestaciones intangibles ya sedimentadas como la música, la literatura y las artes, sino también de espacios menos transitados, como el lenguaje y el mito, las religiones, las artesanías, los usos y costumbres, las tradiciones y leyendas, a fin de posibilitar la expansión de la creatividad social y personal.
Durante las últimas décadas se han realizado en todo el mundo numerosos foros relacionados con la problemática del patrimonio mueble e inmueble en su relación con los valores intangibles, buscando desarrollar una mayor comprensión del tema. Sin embargo, no han sido suficientes. Será necesario continuar ampliando las definiciones existentes y los métodos científicos utilizados para que se pueda reflejar la diversidad de significados y las necesidades de conservación de nuestra herencia cultural inmaterial.
En 1979 fue redactada en Australia, en una reunión internacional del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), la Carta de Burra, documento clave para la conservación del patrimonio de dicho país. Esta carta, revisada regularmente, identifica los adelantos llevados a cabo en relación con la comprensión y la valoración del significado social de los lugares patrimoniales y la necesidad de involucrar a la comunidad en sus procesos.
La última revisión, que data de 1999, incluyó los valores intangibles entre sus principios de conservación y sus directivas. Esta revisión de la Carta reconoce que los valores intangibles constituyen un aspecto integral del significado del patrimonio. También reconoce -en un paso inédito- que dichos valores no son estáticos, sino parte de una conexión cultural viva entre el pasado y el futuro y que se modifican a lo largo del tiempo.
Se afianza así día a día la voluntad de rescatar al hombre y su memoria a través del conocimiento y buen uso de su patrimonio tangible e intangible, albergado y conservado en museos, monumentos y sitios culturales y naturales que testimonian la unidad de la familia humana más allá de sus diferencias.

Nelly Decarolis



La Plata, 8 de noviembre de 2002

1 Eliade, Mircea. Mito y Realidad. Editorial Labor S.A. Colombia, 1994.

2 INTERNATIONAL COUNCIL ON MONUMENTS AND SITES: “The tangible and the intangible: the obligation and the desire to remember” in Zimbawe 2002. ICOMOS News. First Edition 2000.





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