El tema de este número -"Los sueños de Freud"- nos remite, una vez más, al texto más importante de su primera época: "La interpretación de los sueños"



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EDITORIAL

El tema de este número -“Los sueños de Freud”- nos remite, una vez más, al texto más importante de su primera época: “La interpretación de los sueños”. Comienza considerando al sueño como un cumplimiento de deseo en tanto ahorra trabajo al aparato psíquico y, paralelamente, el inmenso trabajo de elaboración teórica que le imprimió a ese texto logró realizar el ‘sueño de Freud’: que se colocara una placa con la fecha en que pudo develar el misterio de los sueños.

Lo que en él desarrolla y despliega es la descripción de una particular lógica cuya consideración posibilita ‘descubrir’ el inconsciente. Además ideó, inventó un método para ese descubrimiento, método que permite hablar de un inconsciente freudiano, y decimos freudiano porque la poesía por ejemplo o la filosofía pueden, ya por intuición o reflexión, hacer aparecer destellos de eso que llamamos inconsciente, pero a las que le falta el método que distingue al psicoanálisis.

Conocemos el armado que hizo de esa obra cumbre. Los primeros capítulos abundan en ejemplos de análisis de sueños a través de los cuales nos muestra los distintos mecanismos que participan en su formación, para llegar a su célebre capítulo séptimo, donde a lo largo de una introducción, seis secciones y un apéndice construye itinerarios que permiten recorrer ese territorio que va descubriendo.

En la introducción hace el análisis del famoso sueño “Padre ¿no ves que me abrazo?”, para decir que luego de recorridos los caminos que llevan a la interpretación aún falta explicar el sueño como “hecho psíquico”, explicación que resulta imposibilitada ya que explicar significa reconducir a lo conocido y no encuentra ‘algo conocido’ a lo que pueda subordinar los hallazgos que surgen de la interpretación. Plantea entonces la necesidad de estatuir nuevos supuestos Así introduce y anuncia los que irá desarrollando en las siguientes secciones.

La primera –“El olvido de los sueños”- es una magnífica argumentación en la que desarticula todos los eslabones débiles que encuentra en el relato del sueño para reconducirlos a otro terreno donde muestran su luz. Allí plantea que el carácter lagunoso, falseado y nebuloso del sueño debe ser desatendido y considerar el relato del mismo como un “texto sagrado”. Destaca así que el sueño es un texto y, por añadidura, sagrado, esto es, cada detalle del mismo, por ínfimo que parezca es indispensable para la interpretación y aun lo que en el relato aparece como duda debe ser tomado como certeza. Sustituye la oposición exclusiva o…o por la inclusiva y…y. Plantea que lo intrascendente en el contenido manifiesto es lo importante en el contenido latente y a esa particularidad le da el status de un mecanismo que llama “subversión de los valores psíquicos”. Lo que en lo manifiesto aparece como una asociación superficial e insignificante remite a una asociación profunda plena de sentido. Expone numerosos consejos técnicos para el análisis entre los que se destaca el de abandonar las representaciones- meta concientes para entregar el decurso del asociar a las representaciones-meta ocultas. Y culmina con una indicación preciosa que vale destacar: todo lo que el paciente asocia guarda relación con las representaciones-meta ocultas relativas al tratamiento, por lo que infiere que todo lo que cuente, por inofensivo o arbitrario que parezca, tiene que el paciente ver con su estado patológico. La otra representación-meta oculta que subraya, “y de la que no tiene sospecha” es la de la persona de analista (tal vez la referencia metapsicológica más temprana a la transferencia). Y concluye diciendo que “la apreciación plena y la demostración en profundidad de esos dos esclarecimientos (se refiere a las dos representaciones-meta ocultas señaladas) pertenece a la exposición de la técnica psicoanalítica como método terapéutico”.

La segunda sección –“La regresión”- destaca el carácter de cumplimiento de deseo del sueño y subraya dos rasgos propios del mismo: el deseo es figurado como cumplido en el presente, “omitiendo el quizá” y la trasposición del pensamiento en imágenes visuales y dichos. Remite estos caracteres a la regresión para indicar, citando a Fechner, que el escenario del sueño es otro que el de la vigilia. Concluye construyendo el célebre primer esquema de aparato psíquico, con el que apunta a explicar las particularidades que muestra la producción onírica.

La tercera –“Acerca del cumplimiento de deseo”- acentúa el papel del deseo inconsciente como aquel que, trabajando en las sombras, organiza todo el material con que se forma el sueño. De ese material rescata el papel del resto diurno, como ese elemento reciente e insignificante que es tomado por el deseo inconsciente, “el socio capitalista”; describiendo así el hecho de la transferencia intrapsíquica. Es acá donde también construye lo que nombra como primera vivencia de satisfacción, que le da pie para formular dos definiciones del deseo: el deseo como corriente psíquica que partiendo del displacer tiende hacia el placer y el deseo como aquella moción que tiende a investir la imagen mnémica de la vivencia de satisfacción y producir otra vez la percepción misma; esto es, el cumplimiento de deseo.

La cuarta sección –“El despertar por el sueño. La función del sueño. El sueño de angustia”- retoma el tema del cumplimiento de deseo partiendo de la hipótesis que “los desprendimientos de placer y displacer regulan automáticamente el curso de los proceso de investidura”. Este cuidado por el principio de placer que rige al sueño le permite formular su función como guardián del dormir y lo lleva a considerar el sueño de angustia que parece contradecir tal función ya que despierta al soñante. En la página 573 hay un meduloso párrafo en el que da una concepción sobre la naturaleza del desarrollo de afecto. Con él explica que las condiciones para que se produzca el desarrollo de angustia “desbordan enteramente el marco psicológico de la formación del sueño”. Y agrega una frase que puede pasar desapercibida en una lectura rápida por su brevedad, pero, así como una tenue mancha llega a resultar una pista valiosa para la investigación de un crimen, esta ‘tenue mancha’ en su desarrollo teórico es una pista valiosa para a consideración de las neurosis. La frase en cuestión reza así: “La doctrina del sueño de angustia pertenece, como ya lo he dicho repetidas veces, a la psicología de as neurosis” Y Etcheverry incluye una nota al pie: “En 1911 se agregó en esta parte la siguiente frase, que se suprimió a partir de 1925: ‘La angustia en los sueños, permítaseme insistir, es un problema de angustia y no un problema de sueño se separan tajantemente.”. Resulta notable: a lo largo de todo el libro acentúa la identidad de los mecanismos de formación del sueño con los de la neurosis y, con esta breve referencia, señala un punto en el que el sueño y las neurosis se separan tajantemente. Es significativo indicar que el momento en que lo hace es al considerar los afectos en el sueño. Si e sueño es la vía regia para acceder al inconsciente reprimido, parece que acá insinúa otro status de inconsciente para los afectos, sobre todo la angustia y el mismo resulta fundamental para el tratamiento de las neurosis. Si la angustia despierta al soñante es para que siga funcionando la represión. Cuando dice que si soñamos con ladrones, los ladrones son de mentira pero el miedo es de verdad, parece anunciar que en la angustia hay una ‘verdad’ de la neurosis y, si incluimos una referencia que hace en la última sección, se puede decir que la angustia es ‘lo real’ de la neurosis.

La quinta sección –“El proceso primario y el proceso secundario. La represión”- la ocupa con el intento de construir un continente que pueda ordenar y dar coherencia a los resultados hallados en su investigación. Infiere entonces la existencia de dos procesos, el primario y el secundario, describe la dinámica que caracteriza a cada uno y la relación particular e intercambio que se da entre ellos. Postula que entre ambos media la represión y en la página 589-590 hay un notable párrafo en el que describe lo que propone como “modelo y primer ejemplo de la represión psíquica”. Sustenta ese modelo en lo que llama “la contraparte de vivencia primaria de satisfacción, la vivencia de terror frente a algo exterior”. Si bien al hablar de “modelo y primer ejemplo de la represión psíquica” compara éste con la represión, a la vez lo distingue de la misma ¿A qué corresponde este ‘antecesor’ de la represión? Consideramos que esta referencia se articula con lo que subrayamos de la sección anterior sobre los afectos. Culmina planteando que “los dos sistemas psíquicos, la censura de pasaje entre ellos, la inhibición y la superposición de una actividad por la otra, las relaciones de ambos con la conciencia…todo eso pertenece al edificio normal de nuestro instrumento anímico, y el sueño nos indica uno de los caminos que llevan al conocimiento de su estructura”. Piensa así haber dado “el primer paso…en la intelección de la composición de ese instrumento, de todos el más maravilloso y el más lleno de secretos”.

La última sección –“Lo inconsciente y la conciencia. La realidad”- consiste en consideraciones que reformulan los conceptos de conciencia y realidad a partir de incluir las intelecciones logradas sobre los procesos inconscientes.

En los artículos que componen este número podremos ver en ‘acción’ el método, inventado por Freud, para acceder al inconsciente reprimido.

Alberto Loschi

Por el comité editor de La Peste de Tebas





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