El material ofrecido para elaborar la composición de texto histórico titulada "los inicios del movimiento obrero: anarquismo y socialismo" es un documento informativo



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COMPOSICIÓN DE TEXTO HISTÓRICO de Mª Ángeles Sola Aguilera 2º A

El material dado para elaborar la composición de texto histórico titulada "LOS INICIOS DEL MOVIMIENTO OBRERO: ANARQUISMO Y SOCIALISMO" es un documento narrativo de origen historiográfico y de contenido social que ha sido extraído del documento "Historia política de Cataluña en el siglo XIX".


El texto gira en torno al incendio de la fábrica Bonaplata en Barcelona, hecho acontecido en 1835 como protesta por parte de los obreros al ver que eran sustituidos por las máquinas. Pero estas manifestaciones hunden sus raíces en 1832 cuando se incorpora a las fábricas el vapor, iniciándose la mecanización. Las máquinas dejaron a obreros sin trabajo, lo que implicó que el primer movimiento obrero se inclinara por la destrucción de maquinaria (ludismo), esto aparece en el texto cuando se señala que los agitadores incendiaron la fábrica.

Las primeras manifestaciones del movimiento obrero español se pueden situar en 1836 durante la Regencia de Mª Cristina, coincidiendo con el año en que tuvo lugar la Sargentada de la Granja y en que se produjo la Desamortización de Mendizábal, producidas por la disolución de los gremios que deja a los trabajadores sin protección legal. De esta forma, al amparo de la iglesia surgieron las Sociedades de Socorros Mutuos donde los trabajadores pagaban una cuota destinada a ayudar a los obreros despedidos, enfermos...

Sin embargo, no fue hasta 1854, en pleno Bienio Liberal, cuando los trabajadores separaron su movilización e intereses de los patrones. Se sucedieron las protestas contra la generalización de hiladoras y tejedoras mecánicas (selfactinas), y los disturbios llevaron a frecuentes choques en la calle contra las tropas, sobretodo en Barcelona. Antes de esta fecha la mayoría de los obreros no comprendía contra quién se enfrentaban, de ahí que en el texto se mencione que la multitud armada iba con una bandera negra y no se nombren insignias ni gritos que expliquen lo que se pedía en esas reivindicaciones.

Dos líderes obreros, Juan Alsina y Joaquín Molar, fueron enviados a Madrid para exponer sus quejas a los diputados. Se presentaron con un escrito respaldado por 33000 firmas procedentes de todo el país. Pedían el reconocimiento del derecho de asociación, la reducción de la jornada a diez horas y el mantenimiento de los salarios y el derecho de negociación colectiva; también solicitaban el establecimiento de tribunales paritarios donde hubiera igual número de trabajadores que de patronos para dirimir los conflictos. Pero el proyecto de Ley del Trabajo que aprobaron las Cortes era mucho más pobre y defendía en la práctica los intereses patronales.

El resultado del Bienio fue demostrar a los trabajadores que el Partido Progresista defendía los intereses de los patronos.

En la Revolución de 1868, final del gobierno isabelino, fue decisiva la participación de los trabajadores industriales. En el documento dado se muestra que no son los trabajadores directamente quienes se levantan ya que dice "una multitud de marineros y gitanos" y más adelante se puede leer "este atentado no fue cometido por los autores de la revolución, sino por un reducido número de hombres que eran instigados por los malvados que miraban con malos ojos aquel avance de la industria".

Coincidiendo también con la Regencia de Mª Cristina, al igual que las primeras manifestaciones del movimiento obrero español, aparecen en España los primeros brotes del Socialismo Utópico: un socialismo apenas crítico con la emergente sociedad capitalista, que cree que ciencia y progreso junto con la solidaridad pondrían fin a todos los problemas.

Será Saint-Simón el primero de los socialistas utópicos que ejerce su influencia en España. La primera conexión vendrá a través de Cádiz, cuna de La Gloriosa, con Joaquín Abreu quien estaba exiliado en Francia, en Cádiz fue donde aparecieron los primeros ecos de estas doctrinas en forma de cartas firmadas por "Un proletario" en el periódico liberal de Algeciras El grito de Carteya. Ya de regreso a España formó diversos grupos que insistían en la crítica a la sociedad capitalista, pedían una mejor distribución de los beneficios, mayor desarrollo de la agricultura y de la industria y una organización de la sociedad en falanges donde las diversas personas así agrupadas deberían lograr la armonía de todas las clases. Así Manuel Sagrario de Veloy propone la creación de un falansterio o poblado en Tempul, un territorio casi desértico a 44 kilómetros de Jerez.

El fracaso del movimiento revolucionario francés de 1848 no impide la aparición de partidos republicanos cuya represión no logró romper el objetivo antimonárquico y difusión de las ideas democráticas y federalistas.

En los años posteriores a la Revolución del 68, la ideología republicana federal defendió un programa centrado en la exigencia de un régimen republicano, la descentralización del Estado y un reformismo social que implicase una mejora de las condiciones laborales. Pero la falta de respaldo político, condujo a importantes sectores del obrerismo hacia ideologías tales como el anarquismo y el socialismo.

La Primera Internacional con sede en Londres y dirigida esencialmente por Marx y Engels empezó a ser conocida en España a partir del viaje de Fanelli, un miembro de la A.I.T. enviado por Bakunin con el objetivo de organizar la Internacional de la Democracia Socialista. Fanelli estableció dos secciones, en Madrid y Barcelona. El Centro Federal de Sociedades Obreras de Barcelona, formaba el grupo más sólido de todo el país. Su secretario general asistió al Congreso de la Internacional en Basilea donde contactó con Bakunin y reafirmó su apoyo a las tesis anarquistas.

Fanelli, que era miembro de la anarquista Alianza Internacional de la Democracia Socialista, difundió los ideales bakunistas como si fuesen los de la A.I.T. Así los primeros afiliados españoles a la AIT pensaron que el programa de la Alianza que se basaba en la supresión del Estado, la colectivizac ión, el apoliticismo, etc eran los principios generales de la Primera Internacional, fenómeno que ayudó a la expansión y arraigo de las ideas anarquistas entre el proletariado catalán y los jornaleros andaluces.

En junio de 1870 se celebró en Barcelona el I Congreso de la Sección española de la Internacional. El Congreso reguló la organización de secciones y federaciones de oficios, y aprobó el empleo de la huelga como medio de acción y necesidad de preparar al obrero para la revolución social. También se acordó, aunque con fuertes reticencias de los sectores más sindicalistas, el carácter apolítico del movimiento. Igualmente estableció un Consejo Federal en Madrid, y la mayoría catalana impuso la orientación anarquista, de no colaboración ni alianza con las fuerzas políticas burguesas.

En la primavera de 1871, ya bajo el reinado de Amadeo de Saboya, y cuando los trabajadores españoles preparaban su segundo Congreso el triunfo de la Comuna de París, en España se tradujo en una serie de medidas represivas contra la AIT. Se prohibieron las reuniones y las huelgas, se cerró La Federación y fueron detenidos varios líderes de la Sección española, mientras el Consejo Federal se instalaba en Lisboa. En difíciles condiciones se celebró la conferencia de Valencia, en la que apenas un puñado de delegados ratificó una línea claramente inclinada hacia el anarquismo.

La política represiva del gobierno de Sagasti, llevó a que las cortes declararan ilegal a la AIT. No obstante, la impugnación de la fiscalía ante el Tribunal Supremo, por considerar que la norma no era constitucional, impidió su aplicación inmediata.

Por otra parte, en diciembre de 1871 había llegado a la capital el dirigente de la Intenacional Paul Lafargue, partidario y yerno de Marx. Entró en contacto con el núcleo madrileño, cuyos principales miembros, Anselmo Lorenzo, Francisco Mora, José Mesa y Pablo Iglesias, aceptaron sus tesis, más favorables a las posiciones marxistas. Tras el Congreso de Zaragoza, los líderes marxistas madrileños fueron expulsados, y un mes más tarde fundaron la Nueva Federación Madrileña, que pronto se convirtió en la sección española del ala marxista de la A.I.T., con la Emancipación como órgano de prensa, desarrollando una amplia campaña a favor de la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera. Meses después la escisión en la Internacional se consumaba en el Congreso de la Haya. El núcleo marxista escindido fue minoritario debido a que la mayoría de las organizaciones integradas en la A.I.T. mantuvieron su primitiva orientación bakuninista, pero, a su vez fue antecesor directo del partido socialista español.

Al comenzar en 1873 la IIª Internacional, la facción española contaba con más de 25 000 afiliados, un tercio de los cuales pertenecían a las federaciones catalanas.

La proclamación de la República provocó una oleada de manifestaciones y huelgas que forzaron a unos empresarios atemorizados a hacer concesiones importantes en horarios laborales y salarios. Una vez más, Barcelona actuó como punto de lanza del movimiento reivindicativo ya que puede decirse que el primer movimiento obrero tuvo lugar en esa misma ciudad con el incendio que trata el documento. En Andalucía las movilizaciones se tradujeron en ocupaciones de tierras y en asaltos indiscriminados, aunque en la mayor parte de los casos los jornaleros actuaron al margen de las consignas de la A.I.T. Pero los sucesos más graves se produjeron a partir del 7 de julio en Alcoy, donde los obreros hicieron una huelga general en reivindicación de menor duración de la jornada y alzas salariales. El alcalde, la Guardia Civil y tropas enviadas por el gobierno se enfrentaron a los huelguistas.

Simultáneamente, estalló la sublevación cantonal. Fue, un movimiento de los republicanos federales radicales que no contó con el respaldo de los dirigentes de la A.I.T. Sin embargo, muchos obreros internacionalistas participaron activamente en la insurrección, especialmente en Sevilla, Málaga y Valencia, e incluso la encabezaron, como en Sanlúcar de Barrameda. Tras haber sofocado la insurrección, el gobierno de Serrano decretó, el 10 de enero de 1874, la disolución de la Internacional. Para entonces, la mayoría de los dirigentes, tanto de la A.I.T. como de la Nueva Federación socialista madrileña, había pasado a la clandestinidad.

En conjunto, el Sexenio significó una etapa de clara toma de conciencia política y organizativa para el movimiento obrero español.

Con la llegada de la Restauración, las organizaciones obreras conocieron una dura represión y se vieron abocadas a la clandestinidad.

Aunque la implantación del anarquismo era notable en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía, tanto en las fábricas como en el campo, las divisiones internas, la escasa organización y la represión policial hicieron que a finales de los años ochenta los obreros y campesinos anarquistas se inclinaran por un activismo predominantemente sindical y reivindicativo, mientras los más radicales optaban por la “acción directa”, es decir, la huelga violenta o el atentado, organizando grupos autónomos revolucionarios con el objeto de atentar contra los pilares básicos del capitalismo: el Estado, la burguesía y la Iglesia.

Durante la etapa 1893-97 se dieron las mayores actuaciones de violencia social: atentados contra personajes claves de la vida política de la Restauración (Cánovas o Martínez Campos), bomba en el Liceo de Barcelona, entidad representativa de la sociedad burguesa, o contra la procesión del Corpus, símbolo de la liturgia popular eclesiástica. Los atentados fueron seguidos de una gran represión, y provocaron una espiral de violencia basada en una dinámica de acción/represión/acción.

Ello provocó la división del anarquismo entre los partidarios de continuar con la acción directa, y aquéllos que propugnaban una acción de masas, además sirvió para etiquetar de violento a todo el anarquismo, convertido en terror de las clases medias, y contribuyó a agudizar el enfrentamiento de clases en las regiones en que, como Cataluña o Andalucía, el movimiento libertario era más fuerte.

La otra gran tendencia del movimiento obrero fue la marxista, que ya desde 1870 tenía en Madrid su principal arraigo. Después de la represión de 1874, los socialistas madrileños se reorganizaron en torno al núcleo de los tipógrafos, sector numeroso en Madrid, donde se concentraba la prensa y el mundo editorial, y lógicamente mejor informado de los avatares políticos. Fueron ellos quienes, junto a algunos intelectuales y otros artesanos (un total de 25 personas), fundaron en mayo de 1879, en una taberna de la calle Tetuán, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Una comisión encabezada por Pablo Iglesias y Jaime Vera, redactó el primer programa, los objetivos fundamentales eran la abolición de las clases y la emancipación de los trabajadores, la transformación de la propiedad privada en propiedad colectiva y la conquista del poder político por la clase obrera.

El programa incluía, además, una larga lista de reivindicaciones políticas y de carácter laboral, que pretendía la mejora de las condiciones de vida de los obreros.

A lo largo de los años ochenta el PSOE fue definiendo su programa de clara inspiración marxista. La creación en 1881 del Comité Central permitió completar su organización, al tiempo que ampliaba sus bases. En 1888, cuando ya había agrupaciones socialistas en las principales ciudades del país, se fundó en Barcelona la Unión General de Trabajadores (UGT), un sindicato de inspiración socialista, englobaba a todos los sectores de la producción y se organizaba en secciones de oficios en cada localidad. Para ampliar su base social, el sindicato se declaró no vinculado a la política y el único requisito de admisión era respetar el reglamento y los acuerdos aprobados. Aunque teóricamente la UGT era independiente del partido, de hecho la vinculación entre ambos fue muy estrecha en cuanto a sus dirigentes y a sus propuestas de actuación. La UGT elaboró un programa reivindicativo de mejoras en las condiciones laborales de los obreros y para ello defendió la negociación colectiva entre obreros y patronos así como el recurso a la huelga.

Días después tuvo lugar en Barcelona el Primer Congreso del PSOE. Allí se constituyó ya como organización nacional y adoptó el sistema de Congresos periódicos para definir su línea ideológica y su táctica. Pablo Iglesias era su líder indiscutible. A partir de 1888 se marcará la línea divisoria clara entre el Partido, con objetivos políticos, y el sindicato UGT, cuya función reivindicativa e inmediata era la defensa de los trabajadores en la sociedad capitalista.

Desde aquel año el PSOE comenzó a presentar candidatos a las elecciones, y en las municipales de 1891 por vez primera consiguió concejales en las grandes ciudades. El éxito, que contrarrestaba su escasísima influencia en el campo, sirvió al Partido para catapultarse y presentarse como organización que aspiraba al poder. La guerra de Cuba afianzó más aún su posición: los socialistas se opusieron al servicio militar discriminatorio y denunciaron la guerra como imperialista y antisocial. El hecho de no tener ninguna responsabilidad en el desastre de 1898 sería decisivo para popularizar la imagen del partido y aumentar espectacularmente su afiliación entre 1899 y 1902.

Hacia 1880, las duras condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera y la masiva utilización de trabajo femenina e infantil, así como la creciente presión obrera, empezaron a concienciar a algunos sectores del liberalismo de la conveniencia de racionalizar la moderna sociedad industrial. El gobierno conservador de Cánovas planteó la oportunidad de que el Estado ejerciese una acción compensatoria y tutelase las relaciones económicas y laborales.



Con este objetivo nacerá un incipiente reformismo social cuyas primeras manifestaciones fueron la creación de la Comisión de Reformas Sociales en 1883, con la finalidad de informar sobre la condición obrera, y también la promulgación de una tímida legislación que pretendía una cierta regulación de las condiciones de trabajo. En 1878, se aprobaron leyes de regulación de los trabajos peligrosos para los niños, la creación de asilos para inválidos de trabajo y la construcción de barriadas para obreros. Pero la mayor parte de las leyes reguladoras de las condiciones laborales y de negociación colectiva no vieron la luz hasta las primeras décadas del siglo XX.

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