El Estado miente deliberadamente…



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PRIMERA EVIDENCIA: En condiciones económicas normales, la competencia intercapitalista determina que los distintos capitalistas asociados se comporten, como si el mercado fuera una cofradía práctica entre ellos, donde todas sus empresas respectivas ganan aunque unas más que otras, según la masa de capital invertido en el común negocio de explotar trabajo ajeno, con medios de producción de diversa eficacia técnica que hace a la distinta productividad y, por tanto, a la obtención de una mayor o menor ganancia relativa. Pero en tiempos de crisis todos los capitalistas dejan de ganar y la competencia se traslada de la producción a la especulación, donde lo que unos ganan otros lo pierden. Y el caso es que una de las formas para especular en circunstancias económicas críticas para fines gananciales, es la fabricación y venta de armamentos cuyo costo social recae sobre los presupuestos estatales de cada país beligerante, mientras que la oferta es de casi exclusiva función del sector capitalista privado.  

SEGUNDA EVIDENCIA: como es sabido, el armamento moderno incorpora el más alto, oneroso, destructivo y mortal coeficiente de adelanto tecnológico. Por lo tanto, su fabricación y oferta sólo está al alcance de unas pocas grandes empresas de alta centralización de la propiedad sobre medios técnicos de última generación, en manos de relativamente pocos sujetos asociados, dueños de una enorme magnitud de capital comprometido con tal finalidad ganancial.  

TERCERA EVIDENCIA: la mayor fuente de financiación de los presupuestos estatales en cada país, proviene de la imposición interna al consumo y patrimonio de la mayoría absoluta poblacional de condición asalariada. 

CONCLUSIÓN: cuando las crisis del capitalismo son tan profundas y prolongadas, hasta el extremo de que la burguesía en su conjunto necesita la guerra entre sus distintas fracciones nacionales para superarlas, ocurre que mientras una parte de los asalariados en la retaguardia de los países beligerantes, contribuyen con su trabajo y sus impuestos a enriquecer a esta mafia criminal acaudalada fabricante de armas y demás pertrechos bélicos, al mismo tiempo sus padres, hijos, hermanos o primos en paro, son reclutados para ir a morir en el frente de guerra luchando por "la patria". Esto que ha venido sucediendo desde los principios del capitalismo y ha vuelto a repetirse por enésima vez —ahora mismo en Libia, Siria, Yemen, Irak, Sudan del Sur, Nigeria, Niger, Chad, Camerún y Burundi—, no dejará de prolongarse mientras los pagadores en todo este tinglado permanezcamos divididos, comportándonos sumisamente con nuestras clases dominantes nacionales, es decir, sacrificando nuestros propios intereses históricos como clase social explotada y oprimida —absolutamente mayoritaria—, para los fines de que la minoría de los capitalistas puedan seguir enriqueciéndose a expensas nuestras.  

El proceso que gestó el origen de Siria como país, se remonta a la desintegración del Imperio otomano durante la Primera guerra mundial en 1916, cuando la gran burguesía europea de Francia y Gran Bretaña e Irlanda en esa contienda, se repartieron aquél territorio según el acuerdo de Sykes-Picot que trazó los límites de ese nuevo país con El Líbano, ambos bajo el protectorado colonial de Francia. Luego, desde su independencia en 1945 tras la Segunda Guerra Mundial, el pueblo llano de Siria debió soportar una serie de golpes y contragolpes militares entre distintas fracciones de su clase burguesa nacional dominante. Hasta que desde 1970 la familia de los Asad —de religión alauita y etnia chií—, lograron hacerse con el poder hasta hoy en un Estado nacional cuya mayoría de habitantes es de la rama sunnita.  

Bajo tales condiciones, el hecho de que una minoría social explotadora haya podido prevalecer políticamente hasta cierto punto sobre sus mayorías explotadas, sólo se pudo explicar por el progreso económico coyuntural en la industria del petróleo, que permitió al Presidente Bashar Al Asad en ese país, haber podido disponer de los ingresos obtenidos vendiendo tal insumo de petróleo crudo extraído de los pozos abiertos en su territorio, cuya magnitud permitió momentáneamente exceder a las necesidades de su consumo interno, para ser así exportado al extranjero. Situación que sólo se logró sostener hasta que tales excedentes comenzaron a disminuir en 1995, al mismo tiempo que su consumo interno aumentaba, por el hecho de que en ese intervalo de tiempo, su población pasó de los 5 millones de habitantes en 1963, a 28,3 millones en 2.013. Así las cosas, a partir de 2008 y en medio de la sequía de 2006 que en ese territorio se prolongó hasta 2011, el gobierno sirio se vio forzado por las circunstancias a subvencionar el consumo de diesel derivado del petróleo y, para ello, debió aumentar el gasto de sus presupuestos estatales en torno a los 1.500 millones de dólares anuales por ese concepto, al mismo tiempo que disminuían los ingresos provenientes de la exportación de petróleo crudo. Y el caso que nos ocupa es, que ese mismo año de 2008 en medio de la profunda recesión económica mundial que todavía se prolonga, el gobierno sirio incapaz de seguir solventando ese subsidio, comenzó a reducirlo provocando un incremento en los precios del diesel —que mueve a los motores para la irrigación de los campos de cultivo—, lo cual afectó seriamente a la producción agrícola y, consecuentemente, aumentó el precio de los alimentos, degradando el nivel de vida de la población con más bajos ingresos.

Como producto de esta crisis económico-social, muchos campesinos y pequeños agricultores que así perdieron su sustento económico, fueron forzados de tal modo a desplazarse desde zonas del noreste y el sur del país hacia las grandes ciudades como Hama, Homs o Damasco, asentándose en los suburbios y barrios periféricos precarizados, donde se generó espontáneamente un ambiente ideal para el estallido de un conflicto, que fue rápidamente aprovechado por potencias regionales y mundiales. Tal fue el cúmulo de causas económicas que dieron pábulo a la rebelión política en Siria, durante la llamada “primavera árabe” en 2011 y que todavía se prolonga.

Tal como sucedió en Túnez, la revuelta en Siria comenzó el 17 de febrero de 2011 con una discusión en el “mercado viejo” de Hama entre un policía y un vendedor, cuando éste fue vejado por el agente y cientos de personas se pusieron de su lado, lanzando gritos contra la corrupción y los abusos de poder por parte del gobierno hereditario de la familia Asad. Tal fue el punto de partida de una cadena de protestas populares, desde que al día siguiente la policía matara al menos a tres manifestantes en la ciudad de Deraa cercana a Jordania. Y el viernes 19 atacó lanzando bombas de gases lacrimógenos contra la multitud que acudió en manifestación a los funerales de las tres víctimas. Entre los días 15 y 30 de marzo ese año, miles de personas se manifestaron en las principales ciudades Sirias queriendo que fueran reivindicativas y pacíficas, pero han sido violentamente reprimidas por el régimen.  

En abril se formaron los llamados “comités locales de protestas” por parte de los grupos de oposición al gobierno. El miércoles 7 y jueves 8 de julio, los embajadores de Estados Unidos y Francia en Damasco, visitaron la ciudad siria de Hama, centro de las principales protestas, en una clara intención provocadora de desafío al presidente Bashar al Assad. Y el sábado 9 estos mismos sujetos participaron en una manifestación, donde se pudo saber que ambos países de la cadena imperialista —junto con las dictaduras árabes teocráticas del Golfo Pérsico—, habían financiado con 2.000 millones de dólares a grupos armados de oposición y resistencia al gobierno sirio. O sea, que estos dos embajadores no exigían una mayor democracia en Siria —tal como pretendieron hacer creer los medios de difusión interesados—, sino la imposición de un gobierno Islámico que, según lo denunciara el masónico y no menos corrupto Presidente ruso Vladimir Putin, esa proposición fue patrocinada por más de 40 países, entre ellos varios del G20. Y a fines de ese año, los distintos comités locales de protesta pasaron a formar parte del ya existente Consejo Nacional Sirio desde 2005, refundado en Estambul el 23 de agosto de 2011. Tras estos sucesos, numerosas ciudades sirias fueron testigos de las mayores manifestaciones de apoyo al gobierno de Bashar Al Asad en toda la historia del país.  

Pero a mediados de 2014 y ya en plena guerra civil, irrumpió en territorio sirio el llamado Estado Islámico, que con el respaldo de EE.UU. pudo proyectar sus incursiones bélicas en Siria, desde la parte del territorio Irakí conquistado tras la destitución y asesinato de Sadam Hussein el 30 de diciembre de 2006. Estos acontecimientos se han enmarcado en el juego de intereses económicos opuestos, entre rusos, chinos e iraníes, por un lado, y estadounidenses, franceses, alemanes, turcos, israelíes y saudíes por otro. Todos ellos sin excepción de acuerdo con el régimen de Bachar al Asad, en que a ninguno les interesa una Siria próspera, libre, democrática y plural, sino que cada fracción de esas clases burguesas dominantes procuran que ese conflicto se salde —si fuera posible exclusivamente— en favor de sus propios intereses. Nada más. Y en esto han coincidido también con los yihadistas. Pero no con la inmensa mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de Siria, que salieron a las calles de ese país en la primavera de 2011 no precisamente para defender a ningún gobierno, sino para exigir sus derechos reclamando en Siria el fin del Estado policial y la corrupción institucionalizada. Unas lacras que es lo que tienen de común todos los empresarios y gobiernos de cualquier país sin excepción en el mundo entero. Tal es la contradicción que la humanidad debe resolver necesariamente, pero que para tal propósito la clase asalariada sigue tardando en poner manos a la obra.  

¿Cuál es el significado que oficialmente suele atribuirse con sentido peyorativo a la palabra extremismo? Toda idea o comportamiento que tiende a desplazar una determinada realidad hacia la izquierda o la derecha, respecto del centro político vigente, universalmente consagrado por la burguesía para los fines de mantener la estabilidad del sistema capitalista. El pasado 13 de diciembre, la familia de los Asad en Siria pudo recuperar finalmente el control total del territorio que había venido ejerciendo desde 1970 en la parte oriental de Alepo, momentáneamente ocupada hasta ese día por los milicianos rebeldes armados. Pero ayer mismo, 30 de diciembre, fue cuando el patriarca de esa familia salió diciendo que: <extremismo>>. ¿Hubiera podido hacerlo él con sus fuerzas armadas sin recibir el apoyo militar que le ha venido brindando su amigo, Vladimir Putin, ese que preside los destinos de Rusia supuestamente ubicado en el centro político dominante bajo el vigente sistema capitalista de su país? ¡No!  

¿Qué tiene que ver, pues, toda esta movida, con el mal entendido y manoseado concepto político de extremismo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Porque toda guerra que acabe determinando un cambio de dueño territorial en nada compromete ni puede afectar a la estabilidad del sistema vigente, a no ser que bajo las presentes circunstancias se trate de un enfrentamiento entre potencias nucleares, que podrían acabar con todo rastro de vida humana en la Tierra. O sea, que si las fuerzas insurgentes en Siria, usando armamento convencional hubieran desplazado del poder a la familia de los Asad, las mayorías asalariadas de ese país seguirían igual de sometidas —o más, si cabe— a las circunstancias que, como hemos venido insistiendo en demostrar, una y otra vez, no dependen de la voluntad de nadie y serán cada vez más dolorosas de soportar.  

Lo único que puede afectar al sistema sin más consecuencias nocivas para la especie humana, es que los explotados del Mundo lleguemos a comprender la insensatez de seguir dividiendo nuestra voluntad política entre las distintas fracciones de la burguesía que se agrupan en partidos políticos, y decidir unirnos a escala nacional e internacional en torno a los principios revolucionarios, para dar al traste con toda esta porquería de una vez por todas. Lenin sostenía que la lógica del oportunismo político está en la alianza entre clases opresoras y oprimidas al margen de los principios políticos que hacen a los intereses históricos de los explotados. Unos principios e intereses contrarios a la dinámica belicista desplegada por los nacionalismos burgueses europeos, que amenazaban con desatar la guerra internacional y que, contra tal amenaza, dichos principios fueron ratificados en los congresos obreros de Copenhague (1910) y Basilea (1912), donde la guerra fue considerada como un producto del enfrentamiento entre los estados capitalistas que se debía impedir, y si a pesar de todo estallaba se acordó frenarla con la huelga general y la movilización revolucionaria.  

Pero inmediatamente después de iniciada la I Guerra Mundial en agosto de 1914, la mayoría de los partidos socialistas en el continente se sometieron a las ambiciosas exigencias de sus respectivas burguesías nacionales y abandonaron aquellos postulados pacifistas revolucionarios, para ponerse al lado de sus gobiernos de turno en lo que se llamó “la unión sagrada contra los enemigos de la nación”. En esos momentos Lenin veía que los “socialistas” europeos de su tiempo propugnaban la "unidad" sin principios con la pequeñoburguesía al interior de los partidos obreros en sus respectivos países, precisamente para dividir y debilitar las luchas del movimiento asalariado en su conjunto. Desde entonces los socialdemócratas en todos los países jamás abandonaron esta predisposición claudicante frente a sus propias burguesías nacionales. Tal como acaba de proceder en España la dirección del PSOE al margen de la opinión de sus afiliados, decidiendo burocráticamente abstenerse durante la segunda sesión parlamentaria de investidura, que permitió al corrupto y reaccionario Partido Popular seguir a cargo del gobierno. 

El 02 de diciembre de 1914 durante la segunda sesión del parlamento alemán (Reichstag), Karl Liebknecht no sólo votó contra el Presupuesto de Guerra siendo el único que lo hizo, sino que también presentó un documento donde fundamentó su voto, cuya lectura en el recinto fue desautorizada por el Presidente de la cámara y tampoco fue incluido en el informe de sesiones, pretextando que provocaría llamadas al orden. El texto fue posteriormente remitido por el propio Liebknecht a la prensa alemana, pero ningún periódico lo publicó. Finalmente, la versión completa de su protesta se conoció en Suiza publicada por el periódico Berner Tagewacht”:

Tal como así lo pusiera negro sobre blanco el marxista consecuente Liebknetch, aquella fue una guerra de rapiña genocida, de cuyo resultado casi nunca antes el mapa de Europa se había visto tan alterado. Los Imperios alemán, austro-húngaro, ruso y otomano dejaron de existir. El Tratado de Saint-Germain-en-Laye aprobado el 10 de septiembre de 1919, estableció la República de Austria formada por la mayoría de las regiones de habla alemana sustraídas al Estado de los Habsburgo. El Imperio Austríaco cedió tierras de la corona a Estados sucesores desde hacía muy poco establecidos, como Checoslovaquia, Polonia y el Reino de los eslovenos, croatas, serbios y bosnios, a cuyo conjunto resultante de un proceso que acabó con la dictadura de Alejandro I se le llamó Yugoslavia en 1929.

La otra parte de la Monarquía austrohúngara, Hungría, también se convirtió en un Estado independiente. Pero en virtud de los términos del Tratado de Trianon acordado en noviembre de 1920, debió cederle Transilvania a Rumania; Eslovaquia y Rutenia transcarpática a la recientemente formada Checoslovaquia; y otras tierras de la corona húngara a la futura Yugoslavia. El Imperio Otomano firmó el Tratado de Sèvres el 10 de agosto de 1920, que puso fin a las hostilidades con las Potencias Aliadas; pero poco después comenzó la Guerra de la Independencia Turca. La nueva República de Turquía, establecida como consecuencia, firmó el Tratado de Lausana en 1923, que invalidó al de Sèvres y dividió efectivamente al antiguo Imperio Otomano.

En enero de 1918, el presidente estadounidense Woodrow Wilson había escrito una lista de objetivos propuestos para la guerra, a los que llamó los "Catorce puntos". Ocho de estos puntos trataban específicamente sobre acuerdos territoriales y políticos relacionados con la victoria de las Potencias de la Entente, incluyendo la idea de la autodeterminación nacional de las poblaciones étnicas de Europa. El resto de estos principios se concentró en “evitar la guerra en el futuro”, y en el último proponía que una Liga de Naciones arbitrara futuras contiendas internacionales. Wilson esperaba que su propuesta diera lugar a una paz justa y duradera, una "paz sin victoria" a fin de terminar la "guerra para poner fin a todas las guerras". Pero ya sabemos que 21 años después todos estos aparentes propósitos se quedaron en papel mojado.

Cuando los líderes alemanes firmaron el armisticio, muchos de ellos creían que los Catorce Puntos formarían la base del futuro tratado de paz, pero cuando los jefes de gobierno de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Italia se reunieron en París para discutir los términos del tratado, el contingente europeo de los "Cuatro Grandes" tenía otros planes. Como consideraban que Alemania había sido el principal instigador del conflicto, las Potencias Aliadas europeas finalmente impusieron en el tratado, obligaciones particularmente estrictas sobre la derrotada Alemania.



El Tratado firmado en Versalles e impuesto a los perdedores por las potencias triunfantes en la guerra, fue presentado 7 de mayo de 1919 a los derrotados líderes alemanes para que lo firmaran, forzándoles a que su país cediera territorios a Bélgica (Cantones del Este), a Checoslovaquia (distrito de Hultschin) y a Polonia (Poznan, Prusia Occidental y la Alta Silesia). Alsacia y Lorena, anexadas por Alemania en 1871 después de la Guerra Franco-Prusiana, volvieron a ser territorio francés. Todas las colonias alemanas de ultramar se convirtieron en Mandatos de la Liga de Naciones, y la ciudad de Danzig, con mayoría étnica alemana, se convirtió en una ciudad libre. El tratado exigía la desmilitarización y ocupación por los aliados de la región del Rin, con un estatus especial para el Saarland —territorio seriamente devastado por los bombarderos— bajo control francés. Y el futuro de las áreas del norte de Schleswig en la frontera entre Dinamarca y Alemania y partes de Alta Silesia, se determinó mediante plebiscitos. El número de muertos y desaparecidos en esa contienda ascendió aproximadamente a los ocho millones y medio de personas. Ninguna de ellas altos mandos de los ejércitos en pugna. Como en los tiempos del beligerante Imperio romano en cada expedición militar de conquista, cuando los “libres” combatientes subalternos se despedían de su imperial majestad al grito de: “Ave César, los que vamos a morir te saludan”:

1 Esta deuda fue una de las claves de los fuertes procesos de hiperinflación y la crisis de la Gran Depresión, así como la subida al poder del nazismo>>. (https://es.wikipedia.org/wiki/Consecuencias_econ%C3%-B3micas_de_la_Lenin_Guerra_Mundial#Destrucci.C3.B3n_del_tejido_productivo_europeo.2C_expansi.C3.B3n_del_estadounidense). 

Los costes directos de esa guerra se han valorado en unos 300.000 millones de dólares que sobrepasaron unas seis veces y media la deuda de los Estados europeos entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX, cuya financiación resultó imposible de solventar.

Y durante la Segunda Guerra mundial, las víctimas de fallecidos y desaparecidos se ha estimado que fluctuó entre los 55 y 60 millones de personas. La diferencia respecto de los muertos en la Primera guerra se explica por la mayor eficacia del poder destructivo y criminal contenido en los medios bélicos fabricados durante el período comprendido entre ambos conflictos:

< la deportación y reclusión en campos de concentración, a lo que se añadió la desprotección de los millones de refugiados y desplazados, sometidos a hambrunas y a los rigores del clima>>. (https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:V%C3%ADctimas_de_la_Segunda_Guerra_Mundial).

El cálculo se ha visto dificultado por el ocultamiento y cambio de algunas cifras; por ejemplo, Stalin reconoció en 1945 que la URSS tuvo 7 millones de muertos (en la actualidad los cálculos van de 17 a 37 millones de muertos). China, el segundo país con más muertos, tiene problemas para calcular sus pérdidas porque en esos tiempos sufría una guerra civil, de modo que éstas se estiman entre 8 y 30 millones2. Alemania fue el tercer país más afectado, con cifras entre 4,5 y 10 millones de pérdidas3 (1,5 millones de civiles por bombardeos aliados)4. Polonia fue el cuarto país con más muertos, entre 3 y 6 millones incluyendo la población judía muerta en el llamado “Holocausto”. Además hay varias cifras que no han sido incluidas porque se omitieron deliberadamente al conocimiento de la historia, como la hambruna que la guerra provocó en Bengala y mató de 2 a 4 millones de indios5. El cálculo total entre muertos y desaparecidos más alto, habla de hasta 100 millones de muertos6. Japón tuvo 1,2 millones de soldados y un millón de civiles muertos, además de 1,4 millones desaparecidos7. (https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:V%C3%).


Y en cuanto a los refugiados como consecuencia de las recientes guerras durante los últimos cinco años en países como Afganistán, Siria, Somalia, Eritrea, Sudán del Sur, R. D. del Congo, R. Sudafricana, Yemen, Ucrania, Myanmar, México (contra el narcotráfico) y Colombia, según ha informado el Alto Comisionado de las Naciones Unidas (ACNUR), han sobrepasado los 65 millones, la mitad de ellos niños.


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