El Cometa Halley



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Isaac Asimov

El Cometa Halley

Quisiera agradecer a Sandra Kitt su colaboración en materia

de investigación gráfica y a Thomas A. Lesser, Allen Seltzer

y Larry Brown la ayuda que les prestaron en esa tarea.

Para Richard Winslow,

Que insistió en que escribiera este libro.

1. EL MIEDO A LOS COMETAS

Los cometas se han parecido siempre a las personas asustadas.

En primer lugar, no parecen seguir las normas. Los demás

cuerpos celestes -las estrellas, el Sol, la Luna, los planetas-

se mueven de una manera regular y ordenada.

Las estrellas son particularmente puntuales, ya que todas

dan vueltas en el cielo con un movimiento uniforme y regular

que no cambia. Y mientras se mueven, la posición relativa

que tienen entre sí tampoco varia.

El Sol y la Luna no son tan uniformes. A medida que discurre

el año, la altura que alcanza el Sol al mediodía es mayor

o menor, y la Luna cambia de forma noche a noche. Los

planetas cambian de velocidad y hasta de dirección a medida

que pasa el tiempo. Estos cambios, sin embargo, son constantes.

Pueden calcularse y se puede predecir la posición que

tendrán en el futuro estos cuerpos celestes.

No ocurre lo mismo con los cometas. Un cometa oscuro

aparece en el cielo sin avisar. Durante un tiempo irá aumentando

su brillo gradualmente, luego irá oscureciéndose y al final desaparecerá. Puede ocurrir que no aparezca otro cometa durante cincuenta años o más, o bien puede aparecer al año siguiente. Los antiguos astrónomos, que sabían calcular el movimiento de los demás objetos del cielo, se sentían impotentes respecto de los cometas. Eran incapaces de decir cuándo aparecería uno, en qué parte del cielo lo haría y durante cuánto tiempo sería visible.

Esto era importante porque los antiguos creían que se podía predecir el futuro por la posición del Sol, la Luna y los demás planetas respecto del telón de fondo de las estrellas.

La forma de estas posiciones cambiaba noche a noche y de año en año, y se creía que esto componía un código que los sabios podían interpretar y descifrar para aviso de los seres humanos. (Esta creencia, totalmente falsa por cierto, se llamó «astrología» y todavía influye en muchas personas supersticiosas.)

Los cometas, puesto que aparecían de la manera más inesperada, se interpretaban como advertencia de que iba a ocurrir algo desacostumbrado. Para la mayoría, «algo desacostumbrado» equivale a desastre, de modo que la vista de un cometa provocaba espanto.

A esto contribuía la forma de los cometas. El Sol es un disco resplandeciente. La Luna tiene varias formas, pero la mitad como mínimo de su perímetro es siempre un semicírculo.

Los demás cuerpos son puntos luminosos. Un cometa, sin embargo, es un disco luminoso de niebla que por un lado se prolonga en una tenue y ligera curva de bruma, semejante a una cola larga o a una cabellera que ondease al viento. «Peludo» o «cabelludo» se dice en griego kométes, y de aquí, a través del latín, es de donde procede nuestra palabra «cometa».

En la Antigüedad, una forma de manifestar dolor por una desgracia era que las mujeres se soltasen el pelo: de este modo daban a entender que estaban demasiado apenadas para cuidarse de él. Entonces era fácil identificar a un cometa con una mujer gritando y quejándose, con el pelo ondeando al viento. ¿Y qué otra cosa podía significar su aparición, sino que se avecinaba un desastre, palabra que etimológicamente significa «tener mala estrella»?

Una vez que se creyó que los cometas eran signos de desastre, se imaginó que la cola tenía la forma de una espada y que el disco neblinoso era una cabeza cortada. Los autores competían entre sí por dar las descripciones más fantasiosas y así aumentaban el miedo a los cometas.

Cuando aparecía un cometa se tomaba nota del año y luego se describían los acontecimientos terribles que ocurrían poco después. Esto se consideraba una «prueba» de que los cometas anunciaban catástrofes. Como es lógico, había acontecimientos terribles todos los años, apareciesen cometas o no, de manera que allí no había pruebas de nada.

Típico hombre de la antigüedad, el romano Plinio el Viejo describió los

cometas como armas sobrenaturales: piedras, discos, espadas y puñales.

Por ejemplo, en 44 a. de C. se detectó la presencia de un cometa y esto se relacionó posteriormente con el asesinato de Julio César, que había ocurrido el mismo año. También en 11 a. de C. se vio un cometa y se creyó que tenía algo que ver con la muerte de Marco Agripa, un general romano favorito del emperador Augusto, acaecida un año antes. Otro cometa

que se vio en 837 d. de C. se creyó que había anunciado la muerte del emperador Luis el Piadoso, acontecida tres años después.

El cometa Halley recorre el cielo de Jerusalén en 66 d. de C., según una

profecía que auguraba la toma de la ciudad por los romanos, hecho que aconteció efectivamente cuatro años después.

No siempre anunciaban la muerte de grandes dirigentes.

A veces se relacionaban con la guerra. De un cometa visto en 66 d. de C. se dijo después que había anunciado la toma de Jerusalén por los romanos en 70. Otro cometa, en 1066, se creyó que estaba en relación con la conquista de Inglaterra por Guillermo el Conquistador, acaecida poco después, en aquel mismo año. Y otro, visto en 1456, se consideró una crítica celestial a la caída de Constantinopla ante los turcos (1453).

Como se puede suponer, cualquier cometa visto en cualquier época puede considerarse signo de catástrofe con sólo consultar en los libros de historia lo ocurrido unos años antes y después. Tampoco parecía advertirse que los cometas podían significar lo mismo cosas buenas que cosas malas. La

conquista de Inglaterra fue un buen acontecimiento para los normandos y la caída de Constantinopla fue otro tanto para los turcos.

En los siglos anteriores a la invención del telescopio se registró la aparición de unos 900 cometas, fueron extrañamente abundantes entre 1400 y 1600. En estos dos siglos se detectó aproximadamente una veintena de cometas muy brillantes y, como era de esperar, fue una época particularmente

turbulenta. Los turcos se apoderaron de todo el sureste de Europa y en cierto momento llegaron a penetrar hasta Viena, a la que pusieron sitio. La reforma protestante partió en dos la cristiandad y se dio comienzo a un círculo vicioso de «guerras de religión». Todos aquellos cometas tuvieron

que parecer muy sintomáticos a los habitantes de la Europa occidental.

Había, como es lógico, una minoría que luchaba contra aquel miedo a los cometas, argumentando que nada tenían que ver con los sucesos de la Tierra, y que no eran más que fenómenos naturales. Estas opiniones no tuvieron la menor influencia, sin embargo cada vez que aparecía un nuevo cometa levantaba oleadas de libros que contaban los horrores que ellos predecían; estas opiniones se aceptaban tanto más cuanto que eran novelescas y morbosas.

A consecuencia de ello ningún europeo se dedicó a observar los cometas científicamente durante la Antigüedad y la Edad Media. La única reacción que suscitaban era de horror y expectativa de algún desastre.

2. LA RUTA DE LOS COMETAS

Por fin, en 1472, un astrónomo enfocó un cometa como un fenómeno astronómico y lo contempló con calma. El astrónomo era un alemán llamado Juan Müller (1436-1476), más conocido por Regiomontano, sobrenombre tomado de la traducción latina de Kanigsberg («monte del rey»), su ciudad natal. Regiomontano y un discípulo suyo observaban el cometa de vez en cuando y anotaban su posición respecto de las

estrellas. Esto les permitió trazar una línea imaginaria en el cielo que señalaba la ruta del cometa (es curioso que a nadie se le ocurriese hacerlo antes).

ASCENSIÓN RECTA

DECLINACIÓN

Ruta del cometa Halley en 1985-86 por entre las constelaciones, tal como podrá verla el observador que se sitúe de cara al sur. Los observadores situados al norte de Nueva Cork, Chicago y San Francisco no podrán verlo por debajo de -40º de declinación.

Cuando apareció otro cometa en 1531 (hubo otros dos en 1532, y otros tres más tarde, en 1533, 1538 Y 1539 respectivamente), había ya astrónomos que se permitieron el lujo científico de observarlos con imparcialidad. Uno era italiano,

Jerónimo Fracastoro (1483-1553). Observó el cometa de 1531 y los cuatro que le siguieron, y en 1538 publicó un libro en que afirmó que la cola de los cometas apuntaba en dirección opuesta al Sol.

El astrónomo alemán Pedro Apiano, que observó las diversas posiciones

del cometa de 1531, fue el primero en publicar un dibujo científico de la

cola del cometa apuntando siempre en dirección contraria al Sol.

Un astrónomo alemán, Pedro Apiano (1501-1552), estudió también estos cometas y, sin tener noticia de la obra de Fracastoro, publicó en 1540 un libro en que llegaba a las mismas conclusiones. En este libro Apiano dio a conocer el

primer dibujo científico de un cometa y en él señalaba la posición de la cola respecto del Sol.

Por primera vez, los cometas no parecían estar totalmente al margen de las leyes. Por lo menos la cola parecía obedecer una norma sencilla. Los cometas comenzaban a aproximarse a los objetos astronómicos corrientes.

Pero ¿lo eran?

El filósofo griego Aristóteles (384-322 a. de C.) no había pensado lo mismo. Creía que todos los cuerpos celestes se movían alrededor de la Tierra según una trayectoria constante y predecible. Puesto que los cometas eran impredecibles,

apareciendo y desapareciendo de la manera más inesperada, supuso que no podían contarse entre los cuerpos celestes.

Por ello pensó que tenían que ser masas que ardían lentamente en la atmósfera superior; que se encendían de vez en cuando, ardían durante unas semanas o unos meses y luego, poco a poco, se extinguían.

Como según este punto de vista los cometas formaban parte de la atmósfera, tenían que estar más cerca de la Tierra que los cuerpos celestes que se encuentran fuera de la atmósfera. Tenían que estar más cerca de la Tierra incluso

que la Luna, que los griegos suponían (correctamente) más próxima a nosotros que los demás cuerpos celestes.

Era tal el prestigio de Aristóteles y el rigor de su pensamiento que sus opiniones seguían aceptándose dos mil años después de su muerte.

Hasta que en 1577 apareció otro cometa y lo observó un astrónomo danés, Tycho Brahe (1546-1601), que pensó que podía determinar la distancia a que se encontraba el cometa.

La distancia de los objetos que se encuentran en el cielo se puede calcular por el principio de que los objetos cercanos parecen cambiar de posición respecto de un fondo lejano cuando se les observa desde sitios distintos. Así, si ponemos

un dedo ante la cara y cerramos un ojo, vemos el dedo en determinada posición respecto de los objetos situados al fondo.

Si mantenemos el dedo inmóvil y cerramos el otro ojo (y no nos olvidamos de abrir el anterior), nos dará la sensación de que el dedo se ha desplazado respecto de los objetos del fondo.

Cuanto más alejemos el dedo del ojo, menor será la distancia abarcada por este movimiento aparente. Por la diferencia entre ambas posiciones relativas (que en astronomía se llama «paralaje») podremos pues calcular la distancia.

Así, si observamos la Luna desde sitios distintos (por ejemplo, Roma y Londres), parecerá que cambia de posición respecto de las estrellas, que están mucho más lejos. Averiguando la distancia entre los puntos de observación se podrá utilizar la paralaje de la Luna para calcular la distancia a que se encuentra.

Esto es lo que Tycho (a quien suele llamarse por su nombre de pila) quiso hacer con el cometa de 1577. Anotó su posición respecto de las estrellas noche tras noche y comparó sus datos con las posiciones registradas por astrónomos de

otros lugares. Tycho no vio ninguna paralaje apreciable. Ello significaba que el cometa tenía que estar a una distancia equivalente, como mínimo, a cuatro veces la de la Luna. De estar más cerca, habría habido una paralaje lo bastante apreciable para consignarse.

Tras aquello no hubo ya duda de que los cometas eran cuerpos astronómico s, igual que los planetas.

Mientras tanto, en 1543, un astrónomo polaco, Nicolás Copérnico (1473-1543), había publicado un libro en que decía que el Sol y los planetas no orbitaban alrededor de la Tierra como Aristóteles y otros filósofos griegos habían creído. Por el contrario, según Copérnico, era más fácil entender el movimiento

de los planetas en el cielo si se consideraba que orbitaban alrededor del Sol. La Tierra era un planeta más y también ella, con su inseparable Luna, orbitaba alrededor del Sol. A partir de entonces pudimos hablar de «sistema» solar.

En 1609, un astrónomo alemán, Juan Kepler (1571- 1630), que había sido ayudante de Tycho durante los últimos años de la vida de éste, expuso que los planetas, incluida la Tierra, daban vueltas alrededor del Sol según órbitas que

dibujaban sendas elipses, uno de cuyos focos era el Sol. (Una elipse es una especie de circunferencia aplastada. y cuenta con dos focos, uno a cada lado del centro. Cuanto más aplastada es la elipse, se dice que es más «excéntrica»; es decir, los focos están más separados y por tanto más próximos a los extremos de la elipse más distantes entre sí.)

Las órbitas planetarias no son muy excéntricas, de modo que los focos no están muy alejados del centro, lo que significa que el Sol no está muy lejos del centro de la órbita respectiva.

El Gran Cometa de 1577.

Su observación permitió a Tycho Brahe determinar científicamente que los cometas son cuerpos astronómicos y no presagios sobrenaturales.

No tardó en plantearse el problema de si los cometas se movían alrededor del Sol como los planetas y, si era así, qué clase de órbita seguían. Aun basándose en observaciones ocasionales, parecía estar claro que la órbita de un cometa

no tenía mucho en común con la órbita de un planeta.

Kepler había observado un cometa en 1607 y se le antojó que se movía en línea recta. Sugirió que los cometas venían de una distancia muy grande, recorrían el sistema solar y volvían a irse por donde habían venido. Daba la sensación de

que, una vez que estaban lo bastante cerca para verse, aumentaban en brillo hasta que nos alcanzaban, y que luego iban oscureciéndose, hasta que al final desaparecían, cuando la distancia impedía seguir observándolos.

Trayectorias elíptica y parabólica de los cometas cuando giran alrededor

del Sol. Un cometa que tenga trayectoria elíptica volverá periódicamente;

el que tenga trayectoria parabólica se internará en el espacio exterior

y no volverá a verse.

No obstante, en 1609, el mismo año en que Kepler elaboraba su esquema de órbitas elípticas, el científico italiano Galileo Galilei (1564-1642), a quien también se le suele llamar sólo por el nombre de pila, construyó un telescopio sencillo y

lo dirigió al cielo. Por fin los seres humanos podían ver cosas en el cielo con mayor claridad, con mayor luz y con mayor detalle que a simple vista.

No tardaron todos los astrónomos europeos en tener un telescopio para uso propio; el cometa que apareció en 1618 fue el primero en ser visto por medio de un telescopio. El observador, un astrónomo suizo llamado Johann Cysat (1586-

1657), coincidió con Kepler en que los cometas se movían en línea recta.

No todos estaban de acuerdo. Un científico italiano, Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679), estudió con cuidado la cambiante posición de un cometa que apareció en el cielo en 1665. Le pareció que la trayectoria que seguía era absurda si se partía de la base de que el cometa viajaba en línea recta.

Borelli comprendió que un cometa se podía acercar al sistema solar en un sentido que se parecía mucho a la línea recta, pero que esta línea se curvaba a medida que el cometa se aproximaba al Sol. La línea giraba alrededor del Sol y el

cometa se marchaba entonces en lo que se iba convirtiendo gradualmente en una línea recta. En pocas palabras, el movimiento del cometa no era como el de una I, sino como el de una U, con el Sol situado dentro y cerca del fondo de la U.

A esta órbita en forma de U se le denomina «parábola». En todas las ocasiones, fuese su itinerario una I o una U, el cometa recorría el sistema solar una sola vez, procedente de una distancia infinita, tras lo que se alejaba a una distancia infinita.

La idea de «distancia infinita» era incómoda, sin embargo.

Algunos científicos pensaron que a lo mejor los cometas seguían órbitas que eran elipses muy planas y alargadas. En tal caso, el otro extremo de la elipse estaría tan lejos que el cometa se mantendría invisible en esta parte de la órbita durante muchos años. Y sólo sería visible cuando se acercase al extremo de la elipse más cercano al Sol. Dicho extremo cercano tendría forma de U, ya que el extremo de una elipse muy alargada se parece mucho formalmente a una parábola.

Las cámaras electrónicas acopladas al telescopio de 5 m de Monte Palomar, California, fueron las primeras en localizarlo, el 20 de octubre de 1982, mientras seguía normalmente su trayecto de vuelta. Tras girar alrededor del Sol se acercará a 63 millones de kilómetros de la Tierra, camino de su afelio.

La diferencia entre una verdadera parábola y una elipse muy alargada estriba en que un cometa que siguiera una órbita parabólica no volvería nunca, mientras que aquel que siguiera una órbita elíptica acabaría por reaparecer aunque

tardase en hacerlo los años que fueran. El primero en sugerir que los cometas podían volver periódicamente porque se movían según órbitas elípticas muy alargadas fue el científico alemán Otto von Guericke (1602-1686).

La sugerencia era interesante, pero al principio pareció inútil. Según todos los indicios no había forma de calcular la órbita de un cometa para predecir cuándo iba a volver. Mientras los movimientos cometarios no fuesen tan predecibles como los planetarios, no se aceptaría a los cometas como verdaderos miembros del sistema solar.

En 1687, un año después de morir Guericke, el científico inglés Isaac Newton (1642-1727) publicó un libro en que fundó la ley de la gravitación universal. Por primera vez supieron los astrónomos las leyes que definían con gran precisión

el itinerario que los cuerpos astronómicos debían seguir en las proximidades de otros cuerpos.

Según las leyes de Newton, un cometa podía viajar alrededor del Sol con una órbita elíptica muy alargada o con una órbita parabólica. Y se puede apreciar la diferencia entre una y otra calculando la distancia a que está un cometa del

Sol, y averiguando su velocidad a dicha distancia. Si el movimiento es bastante lento, la órbita debe ser una elipse y no una parábola, en cuyo caso el cometa debe volver algún día.

El astrónomo inglés Edmund Halley (1656-1742) era buen amigo de Newton. En 1682 observó la presencia de un cometa brillante en el cielo y se puso a calcular su órbita. No era empresa fácil y de hecho Halley trabajó en ello durante

muchos años.

Para que sus resultados fuesen de lo más exacto recogió todos los datos cometarios que encontró y estudió la cambiante posición estelar de dos docenas de cometas de que ya habían dado cuenta anteriores astrónomos. Gracias a

ello, no pudo por menos de advertir que el cometa de 1607, que Kepler había observado escrupulosamente, había recorrido el mismo segmento estelar que el cometa de 1682, estudiado por Halley. En realidad, el cometa de 1531, que

por Halley. En realidad, el cometa de 1531, que habían observado Fracastoro Y Apiano, había recorrido también aquella parte del cielo, al igual que el cometa de 1456, estudiado por Regiomontano.

Halley advirtió con sorpresa que entre 1456 y 1531 había un espacio de 75 años; que entre 1531 y 1607 había otro de 76, y que entre 1607 y 1682 había un tercero, en fin, de 75. Y se le ocurrió que los cuatro cometas, el de 1456, el de 1531, el de 1607 y el de 1682 eran en realidad el mismo:

un cometa que seguía una órbita en forma de elipse alargada, tan alargada que el cometa sólo se podía ver en el extremo próximo de la elipse cada 75 o 76 años.

El hallazgo era una auténtica osadía y Halley dudó mucho tiempo si hacerlo público. En 1705, sin embargo, había hecho todos los aburridos cálculos necesarios y había acabado por convencerse de que era así. Publicó una carta de órbitas cometarias distintas y afirmó su convicción de que el cometa de 1682 volvería en 1758.

El cometa Halley pasó por debajo de la Osa Mayor en 1531.

En cierto modo fue una afirmación que tenía su pequeño truco, ya que habría tenido que vivir 102 años para comprobar personalmente si su predicción era verdadera o no. Como es lógico, murió antes, en 1742, dos meses después de su octogésimo quinto cumpleaños.

Pasaje de la primera predicción publicada por Halley, en la que afirmaba que los cometas de 1531, 1607 y 1682 eran el mismo. El texto dice:«… su regreso.

Y, a decir verdad, hay muchas cosas que me inclinan a pensar que el cometa que

Apiano observó en 1531 era el mismo que Kepler y Longomontano describieron con mayor precisión en 1607; y que yo mismo he visto regresar y he observado en 1682. Todos los datos coinciden y nada parece oponerse a esta opinión, al margen de la desigualdad de las revoluciones periódicas.

Desigualdad que no es tan grande que no pueda deberse a causas físicas.

Pues el movimiento de Saturno sufre tal alteración a causa de los demás planetas…»

En 1456, el cometa Halley tenía la cabeza en la constelación de Géminis y la cola se extendía por sobre las constelaciones de Cáncer y el León. Esta cola era tan

larga que abarcaba la tercera parte del cielo.

3. LA VUELTA DEL COMETA HALLEY

La predicción de Halley causó sensación, pero estas cosas no duran eternamente. Al fin y al cabo, lo único que cabía hacer era esperar más de medio siglo para comprobar si, en efecto, el cometa volvía. Muy pocos de los astrónomos del momento podían esperar vivir tanto, por lo que eran conscientes

de que nunca sabrían si la predicción era verdadera o falsa. Y, como es lógico, se pusieron a hacer otras cosas.

Pero al fin llegó 1758, y pasaron los meses, uno tras otro, sin que ningún cometa apareciese en el cielo.

Tampoco es que se esperase que el cometa volviera necesariamente en el momento predicho. A fin de cuentas, entre la respectiva circunvalación del Sol de los cometas de 1531 Y 1607 habían transcurrido 76 años y un mes, mientras

que entre la de los cometas de 1607 y 1682 el intervalo había sido de 74 años y 11 meses. Es decir, una diferencia de un año y dos meses. La cita no tenía por qué ser inexorablemente en 1758. Podía ser en 1759 e incluso en 1760.

Pero ¿por qué tenía que haber tal irregularidad?

Si el cometa y el Sol eran los únicos cuerpos involucrados, el cometa tenía que volver con la puntualidad de un reloj.

Pero lo que ocurría era que el cometa y el Sol no eran los únicos cuerpos involucrados. Mientras el cometa se desplazaba a lo largo de su órbita, podía pasar muy cerca de los dos planetas gigantes, Júpiter y Saturno, que podían exigir a su vez su derecho de peaje gravitacional al cometa, acelerándolo

o retardándolo.

Halley había calculado una órbita para el cometa, pero había espacio para mejorar tales cálculos. Mientras se acercaba la fecha prevista para el regreso, dos astrónomos franceses, Alexis Claude Clairault (1713-1765) y Joseph Jeróme

Lalande (1732-1807), revisaron las cifras de Halley y trazaron la órbita cometaria con mayor exactitud. Tuvieron en cuenta la fuerza de gravedad de Júpiter y Saturno en el momento en que el cometa tenía que rebasarlos. Así averiguaron



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