El argumento por la ignorancia: argumento ad ignorantiam



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Falacias

Una falacia es un error de razonamiento. Hay muchas formas en las que puede equivocarse el razonamiento, muchos tipos de errores que se pueden cometer en un argumento. Cada falacia, como usamos aquí el término, es un tipo de argumento incorrecto. En lógica, se acostumbra reservar el término "falacia" para los argumentos que, aun cuando sean incorrectos, resultan persuasivos de manera psicológica. Algunos argumentos son incorrectos en forma tan obvia que no pueden convencer ni engañar a nadie. Pero las falacias son peligrosas porque la mayoría de nosotros llegamos alguna vez a ser engañados por ellas. Por tanto, definimos una falacia como un tipo de argumento que puede parecer correcto pero que demuestra, luego de examinarlo, que no lo es. Es conveniente estudiar estos argumentos erróneos porque se puede evitar más eficazmente caer en las trampas que tienden una vez que se conocen. Estar prevenido es estar bien armado contra esas trampas.


Falacias de atinencia

Cuando un argumento descansa en premisas que no son pertinentes para su conclusión y, por lo tanto, no pueden establecer de manera apropiada su verdad, la falacia cometida es de atinencia. "lnatinencia" quizás describe mejor el problema, pero las premisas con frecuencia son psicológicamente atinentes para la conclusión, y esto explica la aparente corrección y persuasión.


El argumento por la ignorancia: argumento ad ignorantiam

Es el error que se comete cuando se argumenta que una proposición es verdadera sobre la base de que no se ha probado su falsedad o, a la inversa, de que es falsa porque no se ha probado su verdad. Al reflexionar un poco, podemos percatarnos de que existen muchas proposiciones falsas cuya falsedad aún no se ha probado y de que existen muchas proposiciones verdaderas cuya verdad no se ha demostrado; así, nuestra ignorancia sobre cómo probar o refutar una proposición no establece su verdad ni su falsedad. Esta apelación falaz a la ignorancia aparece en forma más común en la investigación científica mal entendida -donde consideran de modo equivocado como falsas las proposiciones cuya verdad no puede establecerse- al igual que en el mundo de la seudociencia, donde las proposiciones acerca de los fenómenos psíquicos y otros similares se consideran falazmente verdaderas porque su falsedad no ha sido establecida concluyentemente.

Quienes se oponen tenazmente a un cambio radical, con frecuencia están tentados a argumentar en su contra sobre la base de que no se ha probado todavía que el cambio es conveniente o seguro. Tal prueba, por regla general, es imposible de construir a priori y a lo que apela la objeción es a la ignorancia mezclada con el temor. Tal apelación toma con mucha frecuencia la forma de preguntas retóricas que sugieren, pero no afirman de manera directa, que los cambios propuestos conllevan peligros desconocidos. Por ejemplo, cuando se comenzó a considerar en los años setenta la posibilidad de desarrollar una tecnología para cortar y recombinar el DNA (lo que se llama "ingeniería genética"), algunas personas que buscaban prohibir ese tipo de investigaciones apelaron a nuestra ignorancia acerca de sus consecuencias a largo plazo. Un crítico, formulando su apelación ad ignorantiam en un lenguaje altamente emotivo, escribió en una carta a Science:
“Si se permite al Doctor Frankestein producir sus monstruos biológicos . . .

¿cómo podernos estar seguros de lo que sucederá alguna vez que las pequeñas

bestias escapen de su laboratorio?”
La apelación inapropiada a la autoridad: argumento ad verecundiam

Cuando intentamos resolver un problema o cuestión complicada, es del todo razonable orientarse por el juicio de un experto reconocido que haya estudiado con cuidado la materia. Cuando argumentamos que una conclusión determinada es correcta sobre la base de que un experto ha arribado a esa opinión, no cometemos una falacia. De hecho, tal recurso a la autoridad es necesario para la mayoría de nosotros en casi todos los ámbitos. Por supuesto, el juicio de un experto no es una prueba conclusiva. Los expertos con frecuencia están en desacuerdo y aun cuando estén de acuerdo pueden equivocarse, pero una opinión experta seguramente es una forma razonable de apoyar una conclusión.

La falacia ad verecundiam ocurre cuando se hace una apelación a personas que no tienen credenciales legítimas de autoridad en la materia en discusión. Así, en una discusión sobre moralidad, una apelación a las opiniones de Darwin, autoridad indiscutible en biología, sería falaz, como lo sería la apelación a las opiniones de un gran artista, como Picasso, para elucidar un asunto económico. Pero se debe tener cuidado en determinar qué autoridad es razonable para dirimir un determinado asunto y cuál se debe rechazar. Mientras que Picasso no es un economista, su juicio puede tener cierto peso cuando se discute el valor económico de una obra de arte, y el papel de la biología en las cuestiones morales puede hacer que, en algún momento, la autoridad de Darwin en esos asuntos sea pertinente.

Los ejemplos más flagrantes de apelaciones erróneas a la autoridad aparecen en los "testimonios" publicitarios. Se nos anima a manejar un automóvil de determinada marca porque un famoso golfista o jugador de tenis afirma su superioridad; se nos dice que debemos beber cierto refresco porque alguna estrella de cine o jugador de futbol muestra su entusiasmo por él. Siempre que la verdad de una proposición se afirma sobre la base de la autoridad de una persona que no tiene especial competencia en esa esfera, se comete la falacia de apelación equivocada a la autoridad.


Pregunta compleja

De todas las falacias que se utilizan en el razonamiento cotidiano, una de las más comunes es la de formular una pregunta de tal forma que se presupone la verdad de alguna conclusión implícita en esa pregunta; es probable que la pregunta misma sea retórica y no busque genuinamente una respuesta. Pero al formular con seriedad la pregunta, muchas veces se logra de modo falaz el propósito de quien interroga.

Alguien puede preguntar, por ejemplo, respecto a un incremento propuesto sobre el impuesto predial "¿qué puede esperarse de la mayoría de los votantes, quienes son arrendatarios y no propietarios y, por tanto, no tienen que pagar el impuesto, si la carga fiscal sobre los demás se hace aún más pesada?" Tales preguntas, que aparecen a menudo en las editoriales de los periódicos o en los programas televisivos de opinión, buscan lograr la aceptación de la verdad de ciertas proposiciones - que un nuevo impuesto predial es injusto, o que los arrendatarios no resienten los efectos de ese impuesto- sin tener que presentar razones para afirmar o defender esas supuestas verdades. La pregunta compleja es, quizás, el recurso más socorrido del llamado "periodismo amarillista ". Su presencia resulta sospechosa siempre que es acompañada de un tajante "sí" o "no".

En su forma más explícita ocurre en un diálogo en el que una de las partes plantea una cuestión que es compleja, una segunda parte la responde y la primera parte extrae entonces una inferencia falaz basada en la respuesta. Por ejemplo:


ABOGADO: Los datos parecen indicar que sus ventas se incrementaron como resultado de la publicidad tendenciosa. ¿No es así?

TESTIGO: ¡No!

ABOGADO: Pero usted admite, entonces, que su publicidad es tendenciosa. ¿Cuánto tiempo ha estado incurriendo en ese tipo de prácticas?
Es más común, sin embargo, que la falacia tome la forma menos explícita y más truculenta en la cual un solo hablante, o escritor, plantea deliberadamente la pregunta compleja, la responde él mismo y luego

extrae la inferencia falaz.




Argumento ad hominem

La frase "ad hominem "se traduce como "contra el hombre ". Nombra un ataque falaz dirigido no contra la conclusión que uno desea negar, sino contra la persona que la afirma o defiende. Esta falacia tiene dos formas principales, porque hay dos maneras diferentes en las cuales se puede dirigir el ataque.


A. El argumento ad hominem abusivo

En las disputas violentas o contenciosas es muy común menospreciar el carácter de los interlocutores, negar su inteligencia o racionalidad, cuestionar su integridad y así sucesivamente. Pero el carácter personal de un individuo es lógicamente irrelevante para la verdad o falsedad de lo que dice la persona, o para la corrección o incorrección del argumento que sostiene esa persona. Sostener que las propuestas son malas o falsas porque las proponen los "radicales" (de izquierda o de derecha) es un ejemplo típico de la falacia ad hominem abusiva.

Las premisas abusivas son irrelevantes -pero muchas veces pueden persuadir por medio del proceso psicológico de transferencia. Ahí donde se puede evocar una actitud de desaprobación sobre una persona, el campo de la desaprobación emocional se puede extender lo suficiente para incluir el desacuerdo con las afirmaciones que la persona hace.

Por supuesto hay muchas variaciones en las pautas del abuso ad hominem. Algunas veces, el oponente es acusado de ser ateo o comunista. Otras, se condena una conclusión tan sólo porque es compartida por las personas que supuestamente son viciosas o de un carácter perverso.

Como el argumento ad hominem abusivo comúnmente toma la forma de atacar la fuente o génesis de la posición opuesta -la cual por supuesto no es relevante para su verdad- se llama a veces la "falacia genética”.
B. El argumento a d hominem circunstancial

Esta variante de la falacia ad hominem se basa en la irrelevancia que existe entre las creencias que se defienden y las circunstancias de sus defensores. Un oponente debe aceptar (o rechazar) alguna conclusión, se argumenta falazmente, tan sólo debido a su empleo, nacionalidad o a otras circunstancias.

Un candidato político, se puede alegar, debe apoyar una determinada política puesto que es la que explícitamente defiende la plataforma de su partido. Tal argumento es irrelevante para la verdad de la proposición que se discute -simplemente presiona la aceptación de ella por parte de algún individuo debido a las peculiares circunstancias de este último, a su situación o convicciones. Las circunstancias del oponente no son el punto a discutir cuando se argumenta seriamente. Por ello, las premisas no tienen ninguna pertinencia. Llamar la atención sobre esas circunstancias puede resultar psicológicamente efectivo al ganar el asentimiento para la conclusión que se defiende frente al oponente, pero no importa qué tan persuasivo pueda ser, este argumento es, en esencia, una falacia.

Las circunstancias del oponente se usan con frecuencia, en forma falaz, como si fueran las razones suficientes para rechazar la conclusión que sostienen - como cuando se argumenta, sin pertinencia con respecto a la verdad de la conclusión, que su juicio está dictado por su situación.

El primer uso del argumento ad hominem circunstancial acusa particularmente al adversario de incurrir en una inconsistencia - entre sus creencias o entre lo que dice y hace - lo cual viene a ser un tipo de abuso o reproche. El segundo uso de los ataques ad hominem circunstanciales acusa al adversario de estar tan influido por sus prejuicios que sus razones alegadas son meras racionalizaciones o conclusiones dictadas en realidad por el interés propio. Y esto es ciertamente una forma de abuso. Este tipo de argumento ad hominem se llama con frecuencia "envenenar la fuente", por razones obvias.
Accidente y accidente inverso

Estas dos falacias surgen como resultado del uso descuidado o deliberadamente engañoso de generalizaciones. En la discusión moral y política, y en la mayoría de los asuntos de importancia en la vida pública, confiamos en enunciados generales acerca de cómo son las cosas o cómo se comporta en general la gente. Pero aun cuando los enunciados generales sean del todo verosímiles, debemos tener cuidado de no aplicarlos en una forma demasiado rígida a casos particulares. Las circunstancias alteran los casos, una generalización que es verdadera puede no aplicarse a un caso dado, por buenas razones que tienen que ver con las circunstancias especiales o accidentales del caso. Cuando aplicamos una generalización a casos individuales, de manera impropia, cometemos la falacia de accidente. Cuando lo hacemos a la inversa, sea por falta de cuidado o con intención, y aplicamos un principio que es verdadero en un caso particular como si lo fuera en general, cometemos la falacia de accidente inverso.

La falacia de accidente es un genuino y serio obstáculo para todos aquellos que tratan de decidir en torno a asuntos específicos y complejos apelando de manera mecánica a las reglas generales.

Cometemos la falacia de accidente cuando pasamos rápida o descuidadamente de una generalización a un caso particular; el accidente inverso es la falacia que cometemos cuando vamos demasiado rápido hacia una generalización.


Causa falsa

Cualquier razonamiento que descansa en tratar como causa de un fenómeno algo que en realidad no es su causa incurre en un serio error; en latín, este error suele llamarse la falacia de non causa pro causa, aquí simplemente le llamaremos la falacia de causa falsa. La variedad muy común, y con frecuencia la más engañosa de esta falacia, es el error de concluir que un evento es causado por otro simplemente porque sigue al primero. Sabemos, por supuesto, que la mera sucesión temporal no establece una conexión causal, podemos ser engañados.

Si se observan determinados efectos climatológicos siempre que se realizan determinadas pruebas nucleares, alguien puede argumentar, falazmente, que las pruebas son la causa de tales fenómenos. En las creencias primitivas el error suele ser flagrante; rechazaremos como absurdo el reclamo de que tocar el tambor es la causa de la aparición del sol luego de un eclipse, pese a la evidencia de que cuantas veces se ha tocado el tambor durante un eclipse el sol ha vuelto a aparecer. Esta variedad de la falacia de causa falsa se llama comúnmente la falacia de post hoc ergo propter hoc (después de, por tanto, a causa de) - y si bien es un error fácil de detectar en muchas circunstancias, a veces hasta los mejores científicos o estadistas pueden ser engañados por esta falacia.
Petición de principio: petitio principii

Esta falacia consiste en suponer la verdad de lo que uno quiere probar. A veces, caemos en este error cuando, al establecer nuestra conclusión, buscamos premisas que la oculten. Por supuesto, la conclusión misma, expresada en otro lenguaje, ciertamente nos hará caer en la trampa. Por lo tanto, parecería que no se debe agrupar esta falacia junto con las demás falacias de atinencia, puesto que aquí el error no radica en que las premisas sean inatinentes respecto a la conclusión. No son inatinentes, puesto que prueban la conclusión, pero lo hacen de manera trivial. Un argumento de petición de principio siempre es válido, pero lo es trivialmente.

Quienes incurren en este error no se dan cuenta de que han supuesto aquello que deben probar. Ese hecho se puede obscurecer mediante sinónimos confundentes, o por una cadena de argumentos. Cada petición de principio es un argumento circular, pero el círculo que se ha construido puede pasar inadvertido, sea grande o pequeño.

En ocasiones, mentes muy poderosas han sido atrapadas por esta falacia, tal como lo ilustra un tema sumamente controvertido en la historia de la filosofía. Los lógicos han tratado de establecer durante mucho tiempo la confiabilidad de los procedimientos inductivos, estableciendo la verdad de lo que se ha llamado el "principio de inducción". Este es el principio de que las leyes de la naturaleza se comportarán mañana igual que se han comportado hasta hoy, que básicamente la naturaleza es en esencia uniforme y que, por tanto, podemos confiar en nuestra experiencia pasada como guía para el futuro. "El futuro será esencialmente como el pasado" es el reclamo en cuestión, pero si bien nunca dudaríamos de él en la vida cotidiana, resulta muy difícil de probar. Sin embargo, algunos pensadores han afirmado que ellos pueden probar ese principio mostrando que, cuando en el pasado hemos aplicado el principio de inducción, hemos conseguido con éxito nuestros objetivos. Preguntan luego: ¿Por qué debemos concluir que el futuro será como el pasado? Porque siempre ha sido como el pasado.

Pero, como señaló David Hume, este argumento es una petición de principio. Porque el punto en discusión es si la naturaleza se continuará comportando regularmente; que esto ha s u cedido así en el pasado no implica que lo mismo s u cederá en el futuro, ¡a menos que uno suponga el principio que se está cuestionando: que el futuro será como el pasado! Y, así, Hume acepta que en el pasado el futuro ha sido como el pasado, lo cual plantea la mencionada cuestión de cómo sabemos que los futuros serán como los pasados futuros. Por supuesto, puede ser así, pero no debemos suponer que así será en lugar de demostrarlo.
Las apelaciones a la emoción, la piedad y la fuerza: Argumentos ad populum, ad mísericordiam y ad baculum

Estas tres falacias, aunque muy comunes, son lo bastante falaces para requerir aquí sólo una breve explicación. En cada caso, las premisas no son por completo relevantes a la conclusión, pero se eligen en forma deliberada como instrumentos con los cuales manipular las creencias del oyente o lector.



El argumento ad populum, la apelación a la emoción, es el recurso favorito de los propagandistas o demagogos. Es falaz porque reemplaza la laboriosa tarea de presentar evidencia y argumentos racionales con el lenguaje expresivo y otros recursos calculados para excitar el entusiasmo, la ira o el odio. Los discursos die Adolfo Hitler, que llevaron a su audiencia alemana a un estado de éxtasis patriótico, se pueden tomar como un ejemplo clásico. El amor al país es una emoción honorable, el uso de ese amor para manipular a la audiencia es intelectualmente censurable.

Quienes confían en los argumentos ad populum se pueden hallar con frecuencia en las agencias de publicidad, donde el uso de esa falacia ha sido elevado casi al estado de un arte. Se hacen reiterados intentos para asociar algún producto con cosas que previsiblemente han de ser aprobadas por nosotros o serán capaces de excitarnos en forma considerable. El cereal del desayuno se asocia con la juventud, el atlético vigor y la salud desbordante; el whiskey con el lujo y el éxito y la cerveza con las aventuras; el automóvil se vende asociándolo con el romance, la riqueza y el sexo. Se trae a colación todo dispositivo que apela a la vista, el oído y el gusto: los hombres que usan tal o cual producto son de ojos claros, de complexión robusta y de porte distinguido; las mujeres son delgadas, bien vestidas o casi desvestidas. Como bien sabemos, muchas veces los anunciantes venden sueños e ilusiones de grandeza. Tan inteligentes y persistentes son estos artistas contemporáneos del engaño que todos nosotros somos influidos pese a nuestra decisión de resistir. De una o de otra manera, estos recursos penetran en nuestra conciencia y hasta en nuestro subconsciente, manipulándonos para lograr ciertos propósitos mediante incansables apelaciones a las emociones de todos tipos. Por supuesto, la mera asociación del producto y la emoción no es, por sí misma, un argumento -pero comúnmente hay implícito un argumento ad populum en esa apelación. Cuando los anunciantes formulan sus pretensiones acerca de su producto, destinadas a ganar nuestra aprobación emocional, y cuando sugieren que debemos hacer una determinada compra por que el producto en cuestión es "nuevo" o "sexy" o "exitoso", o está asociado con la riqueza o el poder, la pretensión implícita es que esta conclusión que se sigue de dichas premisas es por completo falaz. El uso extendido de ciertos productos no demuestra que sean satisfactorios, la popularidad de una determinada política pública no demuestra su corrección; el hecho de que una gran cantidad de personas acepte una determinada opinión no prueba que sea verdadera.



El argumento ad misericordiam, la apelación a la piedad, se puede ver como un caso especial de la apelación a la emoción, en la cual el altruismo y la piedad de la audiencia son las emociones especiales a las que se apela.

Hay muchas formas de apelar a la piedad, de tocar las fibras emotivas de la audiencia y se puede utilizar virtualmente cualquiera de ellas.



El argumento ad baculum, la apelación a la fuerza para producir la aceptación de una determinada conclusión, parece al principio ser tan obvio que no necesita discusión en absoluto. El uso o la amenaza de los métodos de "mano dura" para someter a los oponentes parece ser el último recurso -un expediente útil cuando la evidencia o los métodos racionales han fallado. "El poder hace la fuerza" es un principio poco sutil.

Pero, de hecho, hay ocasiones en que los argumentos ad baculum se emplean con notable sutileza. Quien argumenta puede no amenazar directamente sino en forma velada o sus palabras pueden contener una disimulada amenaza calculada para ganar el asentimiento (o el apoyo por lo menos) de aquellos a quienes se dirige. Mientras que la prensa atacaba fuertemente a Edward Meese, el procurador general de la administración Reagan, por conductas inapropiadas, e l vocero de la Casa Blanca, Howard Baker decía (de acuerdo con la nota publicada por el Washington Post):


El Presidente seguirá teniendo confianza en el procurador general, lo

mismo que yo, y ustedes también deben tenerla porque trabajamos para el

Presidente y porque así han de ser las cosas. Y si cualquier persona tiene un

punto de vista diferente, o una ambición o motivación distintas, puede

decírmelo, pues tendremos que discutir seriamente su posición”
Conclusión inatinente: ignoratio elenchi

La falacia de ignoratio elenchi se comete cuando un argumento que permite establecer una conclusión en particular se dirige a probar una conclusión diferente. Las premisas "equivocan el punto" -el razonamiento parece verosímil en sí mismo y, sin embargo, el argumento es erróneo como defensa de la conclusión en disputa.

Los argumentos que se presentan en la esfera de la legislación social con frecuencia cometen esa falacia; un programa de un tipo particular, creado para lograr algún objetivo más extenso que es ampliamente compartido, se apoya en premisas que dan razón de ese fin más extenso, pero que no dicen nada pertinente acerca del programa específico que se halla en consideración. A veces, esto es deliberado, a veces es resultado del apasionado interés por lograr el objetivo más extenso, que obnubila a algunos defensores de la propuesta más específica con respecto a la inatinencia de sus premisas.

La cuestión real es ¿Esta medida en particular promoverá un mayor bienestar y será más eficiente que sus alternativas? Pasar por alto tales preguntas, obscureciendo el punto a discusión con atractivas generalizaciones acerca de un fin más amplio o diferente implica cometer la falacia de ignoratio elenchi. Se comete la falacia de ignoratio elenchi cuando la conclusión que se establece es diferente de la que se debería probar.




Falacias de ambigüedad

A veces, los argumentos fracasan porque su formulación contiene palabras o frases ambiguas, cuyos significados cambian en el curso del argumento, produciendo así una falacia. Estas son las falacias de ambigüedad -sofismas se les dice a veces- y si bien algunas de ellas suelen ser crudas y fácilmente detectables, otras resultan sutiles y peligrosas.


Equívoco

La mayoría de las palabras tienen más de un significado literal y en gran parte de los casos no tenemos dificultad en distinguir en cuál sentido se usan, al apelar al contexto y a la capacidad para interpretar lo que escuchamos o leemos. A veces, los distintos significados de una palabra o frase se confunden -accidental o deliberadamente- y en tal caso, decimos que una palabra se usa equívocamente. Si lo hacemos en el contexto de un argumento, cometemos la falacia de equivocación. A veces, la equivocación es obvia, absurda y se usa para hacer algún chiste.


"¿A quién pasaste en el camino?", le preguntó el rey al mensajero.

"A nadie", dijo el mensajero.

"Muy bien", dijo el rey, "esta joven dama también lo vio. Así que Nadie

camina más despacio que tú".
Aquí, la equivocación es más sutil y compleja de lo que podría parecer a primera vista. El primer uso de la palabra "nadie" (que significa ninguna persona) ha sido reemplazado en el segundo uso con un nombre propio: "Nadie". Luego se vuelve a usar el nombre, pero como si tuviera una propiedad -no haber sido pasado en el camino- derivada del primer uso de la palabra. La extraña conclusión se extrae ahora usando el nombre con el significado de "ninguna persona".

Hay un tipo particular de equivocación que merece una mención especial. Tiene que ver con los términos "relativos" que poseen distintos significados en contextos diferentes. Por ejemplo, la palabra "alto" es una palabra relativa; un hombre alto y un edificio alto se encuentran en categorías muy distintas. Un hombre alto es una persona de mayor estatura que el promedio de sus semejantes, un edificio alto es un edificio más alto que la mayoría de los edificios. Ciertas formas de argumentar que son válidas para los términos no relativos resultan falaces cuando se reemplazan por términos relativos. El argumento "un elefante es un animal; por lo tanto, un elefante gris es un animal gris" e s perfectamente válido. La palabra "gris" no es un término relativo. Pero el argumento "un elefante es un animal, por lo tanto, un elefante pequeño es un animal pequeño" es ridículo. El punto aquí es que "pequeño" es un término relativo, un elefante pequeño es un animal muy grande. Es una falacia de equívoco que radica en el término relativo "pequeño". Sin embargo, no siempre son obvias las equivocaciones derivadas de los términos relativos. La palabra "bueno" es un término relativo y, con frecuencia, motiva equívocos cuando se argumenta, por ejemplo, que tal persona es un buen general y, por tanto, que será un buen presidente, o que alguien será un buen maestro porque ha sido un buen estudiante.


Anfibología

La falacia de anfibología ocurre cuando se argumenta a partir de premisas cuyas formulaciones son ambiguas a causa de su construcción gramatical. Un enunciado es anfibológico cuando su significado está indeterminado debido a la forma en que se combinan sus palabras. Un enunciado anfibológico puede ser verdadero bajo una interpretación y falso bajo otra. Cuando se enuncia en las premisas bajo la interpretación que lo hace verdadero y se extrae una conclusión donde se recurre a la interpretación que lo hace falso, se comete la falacia de anfibología.

Las emisiones anfibológicas formaban parte del arsenal de los antiguos oráculos. Creso, el rey de Lidia, fue advertido al consultar el oráculo de Delfos, antes de iniciar la guerra contra el reino de Persia, de que "si Creso va a la guerra contra Ciro, destruirá un poderoso reino". Entusiasmado con esta predicción, que a su entender le auguraba el triunfo sobre el poderoso reino de Persia, atacó y fue destruido por Ciro, el rey de Persia. Desesperado, compareció de nuevo ante el oráculo, cuyos sacerdotes le dijeron que la respuesta había sitio totalmente correcta, al ir a la guerra contra Ciro, Creso había destruido un poderoso reino, ¡el suyo propio!

Los enunciados anfibológicos pueden constituir premisas muy peligrosas de los argumentos. Sin embargo, raramente se encuentran en las discusiones serías.

Las llamadas "frases yuxtapuestas" muchas veces dan lugar a casos de anfibología que ocurren a los editores o redactores que no son suficientemente cuidadosos con las ambigüedades:
Averiadas y maltrechas, un sinnúmero de pequeñas contrariedades acosa las naves naufragadas.”

(Herald Tribune, sección de libros)
¡Esas maltrechas y averiadas pequeñas contrariedades!

- The New Yorker, 8 de noviembre de 1958
Acento

Un argumento puede resultar engañoso y no válido cuando el cambio de significado dentro de él surge a partir de cambios de énfasis en las palabras o en sus partes. Cuando una premisa obtiene su significado de un posible énfasis, pero la conclusión que de ella se obtiene descansa en el significado de las mismas palabras enfatizadas en forma diferente, se comete la falacia de acento.


No debemos hablar mal de nuestros amigos.
Hay por lo menos cinco significados que se pueden atribuir a estas palabras, dependiendo de cuál de ellas sea enfatizada. Cuando se lee la frase sin énfasis alguno, la recomendación parece perfectamente válida. Sin embargo, si a partir de ella se extrae la conclusión de que somos libres de hablar de cualquier persona que no sea nuestra amiga, entonces la conclusión se sigue solamente si la premisa tiene el significado derivado de acentuar la última de sus palabras. Pero cuando se acentúa su última palabra, ya no resulta aceptable como una ley moral, tiene un significado diferente y, de hecho, una premisa diferente. El argumento constituye un caso de falacia de acento. Lo mismo sucede si extraemos la conclusión de que somos libres de actuar mal con los amigos siempre que lo hagamos calladamente.

A veces, el acento se usa deliberadamente para perjudicar seriamente al autor de un determinado libro o documento, insertando (o borrando) las cursivas para cambiar el significado de lo que originalmente fue escrito. O, al hacer con mayor amplitud la falacia de acento, se produce una distorsión citando simplemente un enunciado fuera de su contexto, el que aclara el sentido en el cual debe entenderse, por lo cual el autor original puede, irónicamente, ver invertido el sentido de lo que quería decir.

Con frecuencia, las fotografías e ilustraciones, así como otros recursos gráficos, se usan para confundir al auditorio o a los lectores mediante el acento. Los encabezados sensacionalistas, calificados por palabras en letra más pequeña, suelen publicarse en varios periódicos a fin de sugerir deliberadamente argumentos falaces. Por esta razón, los abogados suelen advertir a sus clientes que lean cuidadosamente las "letras pequeñas" de los contratos legales antes de firmarlos. En la propaganda política, la elección tendenciosa de un encabezado o el uso de una fotografía truculenta, dentro de lo que pretende ser un reporte objetivo, contribuirá a extraer conclusiones que el propagandista en cuestión sabe que son falsas. Un reporte que puede no incurrir propiamente en una mentira descarada, podría distorsionar las cosas en formas deliberadamente manipuladoras o deshonestas.

En la publicidad no son raras esas prácticas. Un precio notablemente bajo muchas veces aparece impreso con grandes letras precedido por "desde" en letras muy pequeñas. Con mucha frecuencia, las maravillosas ofertas de paquetes turísticos llevan un asterisco, que corresponde a una distante nota en la que se explica que la oferta es válida para los vuelos comprados con tres meses de antelación para los días martes posteriores a luna llena y que, además, "aplican restricciones". En ocasiones, algún almacén anuncia artículos costosos de marcas conocidas a un precio sorprendentemente bajo, pero con el cuidado de advertir que disponen de "existencias limitadas". Desde luego, el lector del anuncio llega al almacén y no encuentra al precio deseado el artículo que le interesó, porque "ya se acabó". Por sí mismos, los pasajes acentuados no son estrictamente falaces, incurren en falacias cuando la interpretación de una frase, de acuerdo con su acento, se usa para extraer una conclusión (que se puede obtener el paquete turístico al precio anunciado, por ejemplo) que no es correcta cuando la explicación se toma con el acento debido.


Composición y división

Composición

El término " falacia de composición" se aplica a dos tipos íntimamente relacionados de argumentos inválidos. El primero de ellos se puede describir como el razonamiento que falazmente atribuye las propiedades de las partes de un todo a éste. Un ejemplo particularmente flagrante consistiría en argumentar que, puesto que cada parte de una determinada máquina es ligera en su peso, la máquina, considerada "como un todo", también es ligera. El error resulta manifiesto cuando consideramos que una máquina muy pesada puede consistir de un gran número de partes más ligeras. Uno puede escuchar que se argumenta con toda seriedad que, puesto que cada escena de una determinada obra posee una gran perfección artística, la obra considerada como un todo es artísticamente perfecta. Pero esto es un ejemplo de falacia de composición.

El otro tipo de falacia de composición es exactamente paralelo al que arriba se ha descrito. Aquí, el razonamiento falaz parte de los atributos de los elementos individuales de una colección a los atributos de la colección o totalidad que agrupa a esos elementos. Por ejemplo, sería falaz argumentar que, puesto que un autobús consume más gasolina que un automóvil, por lo tanto, todos los autobuses consumen más gasolina que todos los automóviles. Esta versión de la falacia de composición se basa en una confusión entre el uso "colectivo" y el uso "distributivo" de los términos generales.

Este segundo tipo de falacia de composición se puede definir como la inferencia inválida, según la cual lo que se puede predicar con verdad de un término entendido en su sentido distributivo, también se puede predicar cuando el término se entiende colectivamente. Así, las bombas atómicas arrojadas durante la Segunda Guerra Mundial causaron más daño que las bombas ordinarias -pero solamente en el sentido distributivo. El asunto es exactamente inverso cuando los dos tipos de bomba se consideran colectivamente, porque se han lanzado mucho más bombas convencionales que atómicas a lo largo de la historia. Ignorando esta distinción, podemos caer fácilmente en la falacia de composición.

Aunque son paralelas, estas dos clases de falacias de composición son realmente distintas, debido a la diferencia que existe entre una mera colección de elementos y el todo construido con esos elementos. Así, una simple colección de partes no es una máquina, una mera colección de ladrillos no es una casa ni una pared. Un todo como una máquina, una casa o una pared, contiene esos elementos, pero arreglados de cierta forma. Y puesto que los todos y las colecciones son cosas diferentes, tenemos también que distinguir entre dos tipos diferentes de la falacia de composición, uno de ellos procede inválidamente de las partes a la totalidad y la otra, de los elementos a las colecciones.
División

La falacia de división es la inversa de la falacia de composición. En ella está presente la misma confusión, pero la inferencia procede en dirección opuesta. Como en el caso de la composición, se pueden distinguir dos variantes de la falacia de división. El primer tipo consiste en argumentar falazmente que lo que es verdad de una totalidad también debe ser cierto de cada una de sus partes. Argumentar que, puesto que una determinada corporación es muy importante y el señor Díaz es funcionario de esa corporación, implica que el señor Díaz es muy importante, es incurrir en la falacia de división. La primera variedad de la falacia de división se comete en tal argumento.

El segundo tipo de falacia de división se comete cuando uno argumenta a partir de los atributos de una colección de elementos para concluir algo acerca de los atributos de los elementos mismos. Argumentar que, puesto que los estudiantes de la universidad estudian medicina, derecho, ingeniería, odontología y arquitectura, entonces cada uno de ellos, o todos ellos, estudian todas esas carreras, sería incurrir en el segundo tipo de falacia de división. Es verdad que los estudiantes universitarios, colectivamente, estudian todas esas carreras, pero es falso que, distributivamente, los estudiantes universitarios lo hagan. Ejemplo de la falacia:

Los indios americanos están desapareciendo.



Ese hombre es un indio americano.

Por lo tanto, ese hombre está desapareciendo

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