E. T. A. Hoffmann



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Capítulo último


Era una noche oscura y sofocante. Se oía el respirar de la naturaleza, y como serpientes de fuego cruzaban los relámpagos el horizonte lejano. Toda la zona del jardín del conde estaba totalmente invadida por el maravilloso olor del cirio florecido. Ebrio de amor y de anhelante deseo estaba Eugenio ante la puerta de la verja; al fin apareció Fermino, abrió y le introdujo en el invernadero, débilmente iluminado, donde le escondió en un rincón oscuro. No pasó mucho tiempo sin que apareciera la condesa Gabriela, acompañada de Fermino y el jardinero. Se pusieron al lado del floreciente Cactus grandiflorus y el jardinero habló prolijamente acerca de la planta maravillosa y del trabajo que se tomaba para cuidarla. Por fin, Fermino pudo llevarse al jardinero.

Gabriela estaba como sumergida en dulces sueños, suspiró profundamente y dijo en voz baja: «¡Si yo pudiera vivir o morir como estas flores! ¡Eugenio!»

Entonces el joven salió de su escondite y se arrojó a los pies de la condesa.

Ésta lanzó un grito de terror y quiso huir. Pero la desesperación y la furia del amor hizo que el joven la abrazase, y también ella le abrazó con sus brazos de lirio, sin una palabra..., ni un ruido..., ¡sólo besos ardientes!

Se oyeron pasos, la condesa estrechó con fuerza al joven contra su pecho:

—¡Sé libre..., sé mío..., tú o la muerte! —musitó, y, apartando con suavidad al joven, huyó por el jardín.

Fermino encontró al amigo como inconsciente, ciego de felicidad.

—¿No te lo había dicho? —dijo Fermino cuando por fin Eugenio despertó—. ¿No te lo había dicho? ¿Se puede ser amado con más intensidad y más ardientemente que tú lo eres? Sin embargo, después de estos instantes del entusiasmo, del éxtasis del amor, tengo que cuidarme de tus necesidades terrenales. Aunque a los enamorados parece bastarles el goce amoroso, permíteme que antes de que se haga de día, y te vayas de aquí, tomes un refrigerio.

Eugenio siguió mecánicamente a su amigo, como en sueños, que le condujo al cuartito donde la otra vez le encontró ocupado con sus operaciones químicas. Saboreó algunos de los alimentos bien sazonados que le sirvieron, y le supo todavía mejor el ardiente vino que le procuró Fermino. Gabriela, sólo Gabriela, como es de suponer, fue el tema de la conversación que ambos sostuvieron, Fermino y Eugenio. Todas las esperanzas de la más dulce felicidad amorosa ardieron en el pecho del joven.

Amanecía y Eugenio se levantó para irse. Fermino le acompañó hasta la puerta de la verja. Al despedirse, Fermino le dijo:

—Acuérdate, amigo mío, de las palabras de Gabriela: «Sé libre, sé mío», y toma una decisión que te conduzca a tu objetivo. Obra rápido. Pues pasado mañana, al romper el alba, partimos.

Al decir esto, Fermino cerró la puerta de la entrada y se alejó por un sendero.

Medio muerto, apenas si pudo moverse del sitio. ¡Irse, irse, y él no poder seguirlos! Aniquiladas todas sus esperanzas por este repentino golpe, echó a correr con la muerte en el corazón. Su sangre hervía en sus venas cada vez más impetuosamente; cuando regresó a su casa las paredes parecía que se le venían encima. Tuvo que bajar al jardín. Contempló la bella y floreciente Datura fastuosa, sobre cuyas flores cada mañana la profesora tenía la costumbre de inclinarse para oler su aroma balsámico. De pronto le acometieron los pensamientos del Infierno; Satanás se apoderó de él, cogió la pequeña redoma que Fermino Valies le había dado y que llevaba consigo, y volviendo el rostro espolvoreó el cáliz de la Datura fastuosa. Tuvo la sensación de que todo a su alrededor ardía con un fuego brillante y abrasador; lanzó lejos de sí la redoma y echó a correr, y corrió tanto, hasta que cayó agotado en el bosque cercano. Su estado se asemejaba al de un sueño confuso. Entonces habló en él la voz del Malo: «¿Qué deseas, qué quieres? ¡Ya has hecho todo, he aquí tu triunfo! ¡Eres libre! Vete con ella, vete a gozar lo que has ganado y cuyo precio es tu salvación, porque tuya es la inefable delicia de la vida!».

—¡Soy libre, es mía! —gritó Eugenio en voz alta, levantándose del suelo y echando a correr al jardín del conde Ángelo Mora.

Era el mediodía y encontró la puerta de la verja cerrada, y nadie acudió a su llamada.

Tenía que verla, y cogerla en sus brazos, y gozar toda su inmensa felicidad, el precio de su adquirida libertad. La fuerza de las circunstancias le dio destreza suficiente para trepar por los altos muros. El jardín estaba en un silencio de muerte, y los senderos estaban solitarios. De pronto le pareció a Eugenio oír un susurro en el pabellón, al que se acercaba.

«¡Si fuera ella!» La dulce ansiedad del deseo más ardiente le ofuscaba el pensamiento. Deslizóse y fue acercándose, y miró por la puerta de cristales y vio a Gabriela, en nefando amor, en brazos de Fermino.

Rabioso, como un animal salvaje herido de muerte, embistió contra la puerta, que se rompió en pedazos, y en el mismo instante se desmayó sobrecogido por un desvanecimiento, y cayó al suelo sobre el umbral de piedra del pabellón.

«¡Echa a ese loco de ahí!», oyó resonar en sus oídos; sintió que le cogían en volandas y le sacaban por la puerta, que resonó al cerrarse. Se agarró convulsivamente a la puerta, profiriendo juramentos y maldiciones contra Fermino, contra Gabriela. Luego se oyeron risas en la lejanía y le pareció oír una voz: «¡Datura fastuosa!».

Los dientes le castañetearon y Eugenio repitió: «¡Datura fastuosa!», y súbitamente un rayo de esperanza entró en su alma. Se levantó precipitadamente, corrió a toda prisa en dirección a la ciudad para llegar a su casa. Por las escaleras se encontró a Margarita, que se asustó al ver el aspecto espantoso en que venía. Los cristales rotos le habían cortado la cara, la sangre le caía por la frente, por lo que tenía la vista nublada y la expresión de la más tremenda excitación, que dominaba todo su ser. La infeliz niña no fue capaz de proferir palabra cuando Eugenio cogió su mano y con voz colérica preguntó:

—¿Ha estado la madre en el jardín...? Margarita —dijo una vez más, con angustia mortal— Margarita, ten compasión de mí, habla, dime, ¿ha estado la madre en el jardín?

—¡Ay —repuso Margarita—, por fin! ¡Ay, querido señor Eugenio..., la madre..., no ha estado en el jardín. Cuando iba a ir se sintió mal. Se encontró tan enferma que permaneció arriba y se echó en la cama.

—¡Loado sea Dios —gritó Eugenio, cayendo de rodillas y elevando las manos—, Dios alabado, que tienes piedad con los condenados!

—Pero —dijo Margarita—, pero, querido Eugenio, ¿qué cosa tan espantosa te ha sucedido? —Sin responder, bajó Eugenio al jardín, y, lleno de furia y rabia, arrancó la planta de la tierra y esparció las flores por el suelo.

Encontró a la profesora dulcemente adormecida. «¡No —se dijo a sí mismo—, no, el poder infernal está roto, el arte de Satanás nada puede contra esta santa!» Luego salió de su habitación y el mismo agotamiento le calmó.

Pero al punto se le apareció la imagen espantosa de aquella mentira infernal, que le conducía a una perdición irremediable. No de otro modo creyó poder expiar su infamia, sino con la muerte voluntaria. Pero antes descargaría su furia, su furia terrible.

Con la calma apagada y sorda que precede a las tormentas desencadenadas, y que acostumbran a desatar las decisiones más espantosas, salió, se compró un par de pistolas, pólvora y plomo, cargó las armas, se las metió en el bolsillo y se encaminó al jardín del conde Ángelo Mora.

La puerta de la verja estaba abierta. Eugenio no vio que estaba rodeada de policías, intentó entrar y le cogieron.

—¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer? —dijo Severo, pues era él el que había cogido a su amigo.

—¿Llevo la marca de Caín en la frente? —dijo Eugenio con el tono seco y de renuncia y desesperación—, ¿crees tú que esquivo el camino de la muerte? —Severo cogió al amigo del brazo y se alejó, diciéndole:

—No me preguntes, querido Eugenio, cómo sé todo. Me he enterado de que te han hecho caer con artes infernales en los más peligrosos lazos, sé que una mentira satánica te ha enloquecido y que te quieres vengar del infame pícaro. Pero tu venganza llega muy tarde. Precisamente los dos, el presunto conde Ángelo Mora, con su amable ayudante, el que fue en otro tiempo monje español Fermino Valies, han sido detenidos, y ya están en camino hacia la corte de Madrid. En la fingida hija del conde se ha reconocido a una bailarina italiana que se encontraba, el último carnaval, en el teatro de San Benedetto, en Venecia.

Severo dejó a su amigo unos instantes para que se tranquilizase, y ejerció sobre él el dominio que ejercen estos serenos temperamentos. Al oír las suaves amonestaciones que le decían que la herencia mortal del hombre consiste en no poder resistir, a veces, a las malas tentaciones, y que a veces el Cielo salva de manera maravillosa, y que en esta salvación puede hallarse la expiación y el consuelo, despertóse, en medio de la desesperación, la conciencia aletargada del joven. Un torrente de lágrimas brotó de sus ojos. Dejó que Severo le quitase las pistolas de los bolsillos y que disparase al aire.

La profesora permanecía enferma en el lecho. Sonrió suavemente a ambos amigos y luego le dijo a Eugenio:

—No me engañaron mis presentimientos. El Señor, que todo lo ilumina, te ha librado del Infierno. ¡Todo te lo perdono, querido Eugenio, te lo perdono!..., pero Dios del Cielo, ¿puedo yo hablar de perdón, si yo misma debo acusarme...? ¡ Ay!, todavía a mi edad, debo reconocer que el hombre mortal está ligado a lo terreno con lazos de los que no puede desprenderse.

»¡Sí, Eugenio, es una infamia absurda no hacer caso a las exigencias de la vida, tal como brotan de la naturaleza de nuestra existencia, y creer por soberbia que somos superiores! ¡Tú no, Eugenio, sino yo, soy culpable y tengo que expiarlo, y llevar con resignación la burla de los malos! ¡Eres libre, Eugenio!

Pero el joven se arrodilló ante la cama, desgarrado por el arrepentimiento más amargo y juró, mientras besaba la mano de la profesora, cubriéndola de besos y lágrimas, que nunca se separaría de la madre, y que en la santa paz de aquella casa esperaba encontrar el perdón de sus pecados.

—Sois mi hijo —dijo la profesora con una suave sonrisa celestial—, ¡pronto, lo siento así, pronto daréis gracias al Cielo!

Es de notar que el religioso español le había tendido los mismos lazos a Severo, y así como el infeliz Eugenio había caído en ellos, Severo, que era más listo y razonable, había sabido librarse muy bien. Afortunadamente una casualidad favorable hizo que Severo recibiese noticias de la Corte acerca del presunto Ángelo Mora y su acompañante. Ambos, el conde y Fermino, no eran sino emisarios secretos de la Orden de los jesuitas, y conocido es el principio de esta Compañía111, procurarse agentes y simpatizantes en el mundo entero. Eugenio, al principio, había llamado la atención del religioso, debido a su conocimiento de la lengua española. Cuando el jesuita, tras una amistad más íntima, se dio cuenta de que podía manejar al infeliz e inexperto joven, que mantenía unas relaciones tan forzadas y contradictorias, consideró que era el más conveniente para formarlo conforme a los fines de la Compañía. Es bien sabido que la Compañía se vale de extrañas mixtificaciones para lograr adictos; nada ata más que el crimen, y, por tanto, pensaba, con razón, hacerse dueño del joven, despertando en él con fuerza la pasión del amor, dormida en su pecho, que le conduciría a una acción infame.

Poco después de todo lo sucedido, la profesora fue sintiéndose cada vez peor. Igual que el difunto Helms, al tiempo que los árboles y las plantas se despojaban de sus hojas, fue adormeciéndose suavemente en los brazos de Margarita y de Eugenio. Mas he aquí que al ir a enterrar a la profesora, se le vino a la mente a Eugenio el pensamiento de su malvada y odiosa acción. Sin embargo, aunque la acción hubiera quedado sin efecto, Eugenio se acusó de ser el matador de su madre, y sintió que su interior se desgarraba por las furias del Infierno. Sólo su fiel amigo, Severo, pudo finalmente librarle de la desesperación. Consumido por la pena, permaneció encerrado en su habitación, sin ver a nadie, y apenas sin probar más bocado que lo necesario para evitar la consunción.

De este modo pasaron un par de semanas, hasta que un día Margarita entró vestida de viaje, y con voz temblorosa dijo:

—¡Vengo a despedirme, querido señor Eugenio! Los parientes que tengo en la pequeña ciudad a tres millas de aquí volverán a recibirme. Que le vaya... —No pudo terminar.

Del pecho del joven brotó un dolor inmenso, al tiempo que brillaba súbitamente la llama del más puro amor.

—Margarita —exclamó—, Margarita, si me dejas me muero de dolor y de remordimientos. ¡Margarita..., sé mía!

¡Ah!, con qué felicidad el corazón de Margarita le había amado sin saberlo. Medio desvanecida por un dulce temor, por un placer celestial, la muchacha se apoyó en el pecho del joven.



Severo entró y dijo serio y solemne: —Eugenio, has encontrado el ángel de luz que devolverá la paz a tu alma, y desde ahora serás feliz para siempre.

1 Hoy actual Kaliningrado, enclave ruso entre Polonia y Lituania, anexionado tras la II Guerra Mundial.

2 Los jardines de los baños de Linke, en la orilla derecha del Elba, eran uno de los sitios más frecuentados por los habitantes de Dresde.

3 Se le llamaba el niño de la suerte al que le tocaba el haba que solían tener las tortas de Reyes que se comían el 6 de enero. El agraciado era nombrado rey y elegía una reina y un reino, etc.

4 Kümmeltürke, el estudiante que no salía de los alrededores de su pueblo y no vivía independiente.

5 Das Donauweibchen, una ópera llamada también Saalnixe, comicorromántica, de F. Kauer, letra de K. F. Hensler.

6 En la ciudad nueva; antes, un jardín particular, y público en tiempos de Hoffmann.

7 Grupo de casas con jardín y anejos, en la parte vieja de la ciudad.

8 Christoph Friedrich Nicolai (1733-1811), en su obra Beispiel einer Erscheinung mehrerer Phantasmen, 1799.

9 Karl Heinrich Graun (1701 -1775), cantante de ópera, nombrado maestro de capilla en Berlín después del advenimiento de Federico el Grande. Compuso numerosas obras, llegando a alcanzar gran renombre en las de música religiosa.

10 Conradi era el nombre de un tabernero muy conocido en Dresde, que después estuvo en la Seestrasse.

11 En la ciudad vieja, no lejos del mercado antiguo.

12 Antiguamente se fabricaban pelucas con pelos finísimos de cristal.

13 Pintores flamencos los dos: Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669) y Pieter Brueghel (1564-1638), llamado «Brueghel del Infierno» por las escenas que pintara.

14 Bhagavad-Gita, el Amor Santo, o el Amor de la Divinidad, es el título de una poesía filosoficorreligiosa hindú inspirada en un episodio de la gran epopeya Mahabharata.

15 Un instituto de Humanidades de Dresde.

16 Loco.

17 Fuera de aquí, Satanás.

18 Operetas de Wenzel Müller, letra de Perinet (1793 y 1794).

19 Con la firma y el sello del príncipe.

20 El Augustusbrücke de Dresde tiene una cruz de piedra en el quinto arco, que el 31 de marzo de 1845 fue derribado por una crecida.

21 El protagonista de un libro cabalístico, Le comte de Gabalis, ou Entretiens sur les sciences secrètes, par N. de Montfaucon, abbé de Villars, publicado en París en 1670, en Amsterdam en 1715 y en Londres en 1742.

Swedenborg, teósofo (1688-1772) que aseguraba haber tenido visiones y revelaciones de los espíritus y fue el fundador de un nacionalismo fantástico.



22 Restaurante en el antiguo jardín zoológico de Berlín.

23 Federica Augusta Coradina Bethmann (1766-1815), una de las actrices más notables de Alemania, que trabajó en Berlín desde 1788 y llegó a ser la preferida del público.

24 Der geschlossene Handelsstaat, la obra de Juan G. Fichte que apareció en Tubinga en el año de 1800.

25 Fanchon, das Leiermädchen, de la obra francesa de Kotzebue y Himmel (1804), muy en boga en tiempos.

26 Una de las cinco obras maestras del caballero Cristoph Willibald Gluck (1714-1787), escrita en 1774.

27 Ariosto: Orlando furioso.

28 Reino del llanto. En la Divina Comedia, de Dante, descripción del infierno.

29 Noche y día sin descanso. El aria conocida.

30 ¡Qué alegría!

31 No esperes si no me matas.

32 Que atrae a los animales pequeños dejándolos inmovilizados con la mirada.

33 ¡Qué espectáculo, oh dioses, se presenta a mi vista!

34 Tu nido de engaños.

35 Habla como un libro.

36 Mientras tengan vino. Principio del aria tan conocida del champagne.

37 Ariosto: Orlando furioso.

38 Uno de los Serapionsbruder.

39 La mesa está ya preparada.

40 Deja, amor mío, aún un año para que mi corazón se serene.

41 Quizá algún día el Cielo tenga lástima de mí.

42 No me llames ídolo mío.

43 En árabe, algo así como el reino de las hadas.

44 Julia, es Julia Marc.

45 Berger, Ludwig Berger (1777-1839), el maestro de Mendelssohn.

46 Mieris, Franz von Mieris el Viejo (1635-1681).

47 Octaviano, Kaiser Octavianus, pieza de Ludwig Tieck del año 1804.

48 Thiermann, nombre del propietario del almacén de vinos y productos italianos situado en la Jägersstrasse 56.

49 Eilfer, el famoso vino del año 1811, tantas veces mencionado en la literatura alemana.

50 Enrique, el príncipe Enrique, en la segunda parte de Enrique IV de Shakespeare. Acto II, escena 2.

51 La descripción de este personaje corresponde exactamente al grabado de la portada da la primera edición de Peter Sehlemihl, y que era en realidad un retrato de Adalbert von Chamisso.

52 Boucher. Los hermanos Boucher eran dueños de un invernadero y florería en la Lehmgasse 11 (actualmente Blumenstrasse).

53 Enolen (no Ensler) era un profesor de la Academia de Ciencias que proyectaba fantasmagorías y exponía aparatos mecánicos en la Franzósische Strasse 42.

54 Philipp era Philipp Veit (1893-1877) hijastro de Friedrich Schlegel, por el matrimonio con éste de su madre Dorotea. En 1814 pintó el cuadro de la princesa de Prusia.

55 "La extraña historia de Peter Schlemihl", transmitida por Adalbert von Chamisso y publicada por Friedrich Barón de la Motte Fouqué. Nüremberg, J. L. Schrag, 1814.

56 Peter Schlemihl había adquirido, sin saberlo, las botas de siete leguas, y, para poder disminuir la velocidad de su paso, calzaba sobre ellas un par de chinelas.

57 Mathie era el propietario de la posada donde Hoffmann se hospedó en Berlín en septiembre de 1814.

58 Raskal es el criado de Peter Schlemihl que lo traiciona y se casa con su novia.

59 La historia del reflejo perdido fue concluida el 6 de enero de 1815.

60 Dapertutto. Su significado es por todas partes.

61 La redoma de Dapertutto contenía seguramente ácido prúsico o cianhídrico. La ingestión de una mínima dosis de este líquido (inferior a una onza) provoca los efectos descriptos. Hora, "Archiv für mediz. Erfahr.", 1813, mayo-dic., pág. 10. (Nota del autor).

62 En algunas traducciones bajo el título “La puerta tapiada”

63 En algunas traducciones bajo el título “Antonia canta”

64 Los Amati de Cremona eran unos constructores de violines famosos en el siglo XVII.

65 Ariosto: Orlando furioso.

66 Giuseppe Tartini (1692-1770), violinista italiano, notable autor de la Sonata del diablo.

67 Nicolo Pucitta, compositor italiano cuya primera ópera se representó en 1802.

68 Marcus Antonio Portugal «Portogallo» (1762-1830), el famoso y prolífico compositor portugués.

69 Leonardo Leo (1694-1746), compositor que supo dar una expresión muy inspirada a sus himnos.

70 Giambattista Martini (1706-1784), llamado generalmente Padre Martini, notable historiador musical y maestro del contrapunto.

71 Antiguamente se fabricaban pelucas de hilos finísimos de cristal.

72 Thorn, ciudad del antiguo reino de Prusia célebre por sus alajús (Pfefferkuchen), unos bollos hechos con una pasta de almendras, nueces, pan rallado y tostado, miel y especia, que tienen un olor y un sabor muy marcados.

73 Escaramuza y Pantalón eran máscaras cómicas de la antigua comedia italiana.

74 Quizá sea en recuerdo de la triste historia del emir Fakr-Eddin, conocido con el nombre de Facardinb, que fue víctima de los celos del sultán Amurat IV, en el siglo XVII.

75 El relato fue escrito a fines de 1817. Hoffmann mismo señala la fuente: Johann Friedrich Le Bret, "Staatsgeschichte der Republik Venedig" (1773) donde aparece la historia de Marino Falieri. Hoffman trabaja sobre los elementos dados y les convierte en acción y personajes. Si bien al comienzo expone detalladamente la situación política a fin de lograr el clima buscado, a medida que el relato avanza utiliza los hechos históricos como resortes para motivar situaciones necesarias al decurso del relato. Sobre el fondo histórico, Hoffmann se maneja con libertad en las distintas situaciones: así, por ejemplo, en el modo como Bodoeri convence al dux para que se case con Annunziata, y en el parentesco que establece con Bertuccio Nenolo, derivado de lo anterior. Antonio y Margareta, así como también su relación con Annunziata y el dux, son creación de Hoffmann. Hay pues dos acciones que se ligan- una de base histórica cuyos protagonistas son el dux Marino Falieri y su esposa; y otra ficticia: la de Antonio y Margareta. A lo largo del relato ambas acciones se ligan gradualmente hasta confluir en el final.

76 Kolbe, Carl Wilhelm Kolbe (1757-1837), discípulo de Chodowiecki. Desde 1735, miembro de la Academia de Artes de Berlín. El cuadro a que se hace mención ha sido conservado.

77 Acertijo de Turandot, tomado de la obra homónima de Carlo Gozzi, autor dramático veneciano (1720-1806), precursor del teatro romántico. Esa obra fue traducida al alemán por Schiller, y más tarde dio asunto a óperas de Weber, Busoni y Puccini.

78 Signoria. Consejo que había ido adquiriendo cada vez mayor poder, y que actuaba junto al dux.

79 San Nicoló. Puerto ubicado al sur de Venecia.

80 Rialto. El puente más importante de Venecia, centro de la parte más antigua de la ciudad.

81 Dandulo, Andrea Dandolo (Hoffmann sigue a Le Bret en la ortografía), fue dux de Venecia entre 1342-1354.

82 Inocencio. Es Inocencio IV (1352-1354).

83 Procuradores. Eran los nueve funcionarios principales en el estado de Venecia. El Proveditore era uno de ellos.

84 Morbassan, general de las fuerzas del Emir de Jonia.

85 Cuando Hoffmann habla de la Signoria, se refiere en general a la nobleza.

86 San Clemente. Isla situada al sur de Venecia.

87 Bucentoro. Lujosa embarcación del Estado de Venecia, en la que el dux efectuaba cada año, en el Día de la Ascensión, la ceremonia de su boda simbólica con el mar.

88 Zecca. Sitio junto a la Piazzeta, a orillas de la laguna, donde más tarde se construyó la vieja moneda.

89 Fontego. Fondaco dei Tedeschi, en las proximidades del Rialto, casa de comercio que desde el siglo XIII fue asignada a los comerciantes alemanes.

90 San Sebastián. Frente a la isla Giudecca, al sudoeste de Venecia.

91 Se trata de las dos columnas de granito traídas de Oriente en 1180, que están en la Piazzeta. Hoffmann toma este dato casi literalmente de Le Bret.

92 El Gran Consejo. Institución creada a fines del siglo XII, a partir del Consejo de los Sabios, que detentaba en Venecia el máximo poder.

93 Luis el Grande, de Hungría (1342-1382). En 1381 obligó a los venecianos a pagarle tributo. Según Le Bret, los genoveses lo habían incitado en sus pretensiones sobre Dalmacia.

94 San Giorgio Maggiore no está en la Giudecca sino en una isla vecina.

95 Este detalle, como así también otros rasgos de Marino Felieri, están tomados de Le Bret, que señala asimismo el carácter apasionado e irascible del dux. Pero sobre la base de esos datos, Hoffmann elabora un personaje notable en el que se da con efectiva naturalidad y trazos de humor la oposición entre esa pasión interior y la debilidad de la vejez.

96 Pisani. La derrota de Pisan¡, que aquí se menciona al pasar, es objeto de un extenso desarrollo por parte de Le Bret, pero a Hoffmann sólo le interesa, como otros tantos detalles históricos, para motivar algún hecho relevante para su relato. Así, en este caso, la derrota de Pisani justifica el insomnio del dux y consecuentemente el descubrimiento de Steno en las habitaciones del palacio ducal.

97 Giovedi Grasso. El jueves anterior al martes de Carnaval.

98 Vecchio Pantalone. Personaje de la comedia del arte: el viejo enamorado a quien burlan amantes más jóvenes.

99 Quarantie. El Colegio o Consejo de los Cuarenta, tribunal supremo de la justicia civil.

100 Pedro II Urseolus. Dux entre 991-1009, fundador del poderío naval de Venecia.

101 Fontegaro. Encargado del Fontego.

102 Anton Dalbirger. El nombre de este personaje ficticio fue adaptado por Hoffmann sobre la base de un Antonius Dalebinder, alemán mencionado por Le Bret como uno de los primero hombres que Bertuccio Nenolo incorpora a la conjura.

103 Consejo de los Diez. Tribunal supremo para delitos políticos, así llamado por los diez senadores que lo constituían, aparte del dux y seis consejeros.

104 Escalera de los gigantes. Fue construida recién a fines del siglo XV. Anacronismo que también figura en Le Bret.

105 La traducción literal del título sería: “Maese Martín el tonelero y su socio

106 En algunas traducciones bajo el título "El espectro enamorado"

107 Paul Scarron (1610-1660), escritor satírico francés; destacan, entre sus obras, la comedia "Typhon" " y "La novela cómica". Pasó la mayor parte de su vida con dolencias reumáticas.

108 Por el nombre de Arrière-ban se conoce en Francia el llamamiento de los nobles a la guerra.

109 Sic en el original.

110 Sic en el original.

111 Estos párrafos y los siguientes corresponden a la leyenda negra que por esta época había en torno a la Compañía de Jesús.


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