E. T. A. Hoffmann



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V


La imagen del sueño —El regalo fatídico de Fermino —Consuelo y esperanza

Fácil es comprender que la agitación en que se encontraba Eugenio no le dejase dormir. Como al fin, al romper el alba, conciliase el sueño, que realmente más que dormir podría llamarse estado de ensoñación, entre la vigilia y el sueño, tuvo la visión de aquella novia que volvió a aparecérsele ornada con el deslumbrante esplendor y gracia de otros tiempos, cuando la vio en sueños, aunque esta vez la lucha interna de nuevo se libró en su interior con más fuerza.

—¿Cómo es posible —dijo la aparición con voz dulce— que te alejes de mí? ¿Crees que has perdido la felicidad del amor? ¡Mírame! El aroma de las rosas y los mirtos floridos adornan la cámara nupcial. ¡Ven, amado mío, mi dulce novio! ¡Ven a mi pecho!

Confusamente, como una brisa ligera, aparecieron los rasgos de Margarita a través del sueño, pero cuando se acercó, con los brazos abiertos para abrazar a la joven, vio que era la condesa Gabriela.

En la furia de su amor ardiente y apasionado, Eugenio quiso abrazar aquella visión celestial, pero se sintió paralizado, de modo que permaneció completamente quieto y la visión fue palideciendo, mientras exhalaba suspiros de desesperación y angustia. Del interior del joven brotó un grito de espanto.

«¡Señor Eugenio, señor Eugenio, levántese! ¡Está usted soñando una pesadilla!», así gritaba una voz. Eugenio salió del estado de ensoñación y el sol le dio en el semblante. Era la muchacha que le llamaba y le decía que el señor extranjero, el español, había estado en casa, había hablado con la señora profesora, que estaba ahora en el jardín; por cierto, muy preocupada por el sueño tan grande de Eugenio, que le hacía suponer que se hallaba enfermo. El café ya estaba preparado en el jardín.

Eugenio se vistió apresuradamente y descendió, tratando de calmar la excitación en que le había sumido el sueño fatal.

No poco asombrado se quedó Eugenio cuando vio a la profesora en el jardín inclinada sobre una espléndida Datura fastuosa y aspirando el dulce aroma de las grandes flores trompetiformes.

—¡Eh! —exclamó al ver a Eugenio—. ¡Dormilón! ¿Sabéis que vuestro amigo ha estado aquí para hablaros? Bueno, a fin de cuentas he sido injusta con el extranjero, dando crédito a mis suposiciones. Piensa, querido Eugenio, que ha traído del jardín del conde esta Datura fastuosa, sólo porque os ha oído decir que me gustan mucho estas flores. Así es que en aquel Paraíso os habéis acordado de vuestra madre, ¡querido Eugenio! ¡Tenemos que cuidar mucho a esta bella Datura!

Eugenio no sabía qué pensar acerca de la conducta de Fermino. Estuvo a punto de pensar que Fermino, con la obsequiosidad que demostraba, había querido desagraviarle por la burla inmerecida que se había permitido acerca de sus relaciones.

La profesora le dijo que el extranjero le había vuelto a invitar a que hoy visitase su jardín. La gran afabilidad que aquel día mostró hacia él la profesora obró como un bálsamo saludable sobre el desconcertado joven. Le pareció que el sentimiento que experimentaba por la condesa era de una especie tal que no tenía nada que ver con las relaciones comunes de la vida. No podía llamarle amor a este sentimiento, pues no tenía nada que ver con los goces terrenos; diose cuenta de que este sentimiento se le había desvelado a través de los sutiles pensamientos que causaban delicia a sus sentidos, no obstante haber sido otra la que se lo había revelado en aquel sueño fatal.

Así que, lo que nunca había sucedido, se mostró alegre y contento, y la vieja estuvo muy ajena a todo, sin darse cuenta de la extraña agitación que expresaba esta alegría. Sólo Margarita, la niña que adivinaba todo, se dio cuenta de que el señor Eugenio se había transformado en otro cuando la profesora dijo que otra vez era el mismo.

—¡Ay! —dijo la pequeña—, no es el mismo de antes, y si está tan amable es para que no le preguntemos lo que desea ocultar.

Eugenio encontró a su amigo en la habitación del invernadero donde estaban las plantas, ocupado en filtrar diversos líquidos, con los que llenaba redomas.

—Trabajo —exclamó al ver al joven—, trabajo en lo tuyo, aunque de modo diferente, como tú no has hecho nunca.

Luego le explicó que sabía unas secretas preparaciones de sustancias que beneficiaban el crecimiento y la belleza de los árboles, de las plantas y de los arbustos, lo que explicaba que en su jardín todo creciese y prosperase fantásticamente. Luego abrió Fermino un pequeño cajón, en el que Eugenio vio una gran cantidad de redomas y de pequeñas cajitas.

—Aquí —dijo Fermino— puedes ver una colección de raros secretos, cuya acción te parecerá fabulosa.

»Bien sea un jugo, bien unos polvos, mezclados en agua o con tierra, pueden hacer que florezcan con mayor hermosura y belleza las plantas y las flores.

»Por ejemplo —continuó Fermino—, deja que echemos un par de gotas de este jugo en el agua de tu regadera, con la que riegas la Rosa centifolia, y te quedarás asombrado cuando veas la magnificencia con que se despliegan los capullos. Aún tiene un efecto más maravilloso la acción de estos polvos que parecen polen. Derramados en el cáliz de una flor, se mezclan con el polen y aumentan el aroma, sin cambiar su naturaleza. En muchas flores, por ejemplo, en la Datura fastuosa, es recomendable el uso de estos polvos, aunque hay que utilizarlos con especial precaución. Una pizca de estos polvos, la cantidad que está disuelta en esta redoma, bastaría para causar la muerte instantánea al hombre más fornido, con la apariencia de un ataque de nervios, de manera que no se podría pensar en huella alguna de envenenamiento. Tomad, Eugenio, os regalo estos polvos misteriosos. Los ensayos que hagáis con ellos no serán un fracaso, pero tened cuidado y pensad lo que os he dicho del poder mortal de estos coloreados y olorosos polvitos, en apariencia inofensivos.

Al tiempo que decía esto, Fermino le dio a Eugenio una pequeña redoma azul que guardó distraídamente, pensando en la condesa Gabriela en su jardín. Baste decir que la condesa, una mujer llena de amor y de sensualidad, dominaba el arte de la más exquisita coquetería que dispensa el anhelo de goce, y sabe despertar y mantener la sed continua del deseo que no se satisface, de tal modo que su conducta inflamó al joven en ardiente ansiedad amorosa. Únicamente le parecían vida las horas en que veía a Gabriela, y su casa le parecía una prisión odiosa y oscura, así como la profesora un espíritu malvado y perverso que le tenía encadenado.

No se daba cuenta de la furia silenciosa y profunda que consumía a la profesora, ni las lágrimas que derramaba Margarita cuando entraba sin dignarse echar una mirada y no daba respuesta a una palabra amistosa...

Así pasaron algunas semanas, y Fermino una mañana se hizo anunciar en casa de Eugenio. Había algo en todo su ser que denotaba que sucedía algo anormal.

Después de algunas palabras indiferentes, miró al joven fijamente en los ojos, y le habló con un tono extraño y seco:

—Eugenio, tú amas a la condesa y todos tus deseos y esfuerzos tienden a poseerla.

—¡Desgraciado! —gritó Eugenio fuera de sí—. ¡Desgraciado, con la mano que tocas mi pecho estás dando muerte y aniquilando mi Paraíso! ¿Qué digo? ¡No, sacas al iluso del sueño enloquecedor! Amo a Gabriela, la amo como ningún hombre la ha amado, pero este amor me conduce a la perdición.

—No te comprendo —dijo Fermino con frialdad.

—¡Tú posees —continuó Eugenio—, tú posees algo! Ah, el pobre mendigo tiene que mendigar la más bella piedra preciosa del rico Perú! ¡Un infeliz como yo, que se encuentra en la más desdichada situación de una vida errada, que nada posee, si no es el ardiente anhelo y una inconsolable desesperación, y tú..., tú..., Gabriela!

—Yo —prosiguió Fermino— no sé, Eugenio, si tus miserables relaciones son las que te hacen tan apocado. Un corazón que ama debe ser valeroso y audaz, y atreverse a lo más alto.

—No despiertes —interrumpió Eugenio al amigo—, no despiertes mentidas esperanzas, que puedan aumentar mi desgracia.

—¡Hum! —repuso Fermino—. No sé si se pueden llamar mentidas esperanzas o desgracia terrible cuando uno es correspondido con la mayor intensidad con que es capaz de abstraerse de amor un pecho de mujer.

Eugenio se levantó precipitadamente.

—¡Quieto! —exclamó Fermino—. Desahógate con toda clase de exclamaciones cuando haya terminado de hablar y me haya ido, pero ahora escúchame.

—Es seguro —continuó Fermino— que la condesa Gabriela te ama, y, ciertamente, con el fuego abrasador que arde en el pecho de una española. Vive solamente para ti, y todo su ser te pertenece. Así que no eres un pobre mendigo, ni tampoco un ser perdido a lo largo de una vida errada en medio de la desgracia; no, eres inmensamente rico en el amor de Gabriela, estás ante las puertas de un Edén resplandeciente que se te abre. No creas que tu estado impedirá la unión con la condesa. Hay ciertas relaciones que el orgulloso conde español, aun debido a su alto estado, ve con muy buenos ojos, de modo que le gustaría mucho tenerte como yerno.

»Yo, querido Eugenio, declararía estas relaciones, y ahora te diré algo para librarte de las comidillas secretas, pero mejor es que me calle. Tanto más cuanto que hoy un nubarrón negro y amenazador se cierne sobre el cielo de tu amor. Puedes imaginarte que yo he callado celosamente tus relaciones a la condesa, y me resulta inexplicable cómo la condesa ha podido enterarse de que estás casado, y además con una mujer de más de sesenta años. Ha desahogado su corazón conmigo y está deshecha por la desesperación y el dolor. Tan pronto maldice el momento en que te vio por vez primera y te maldice a ti, tan pronto te da los nombres más cariñosos y confiesa lo ilusorio de su amor. No quiere verte más, ha dicho que...

—¡Dios santo! —gritó Eugenio—. ¿Hay acaso una muerte más cruel?

—Eso ha dicho —prosiguió Fermino sonriendo maliciosamente—, eso ha decidido en los primeros instantes de sus celos. Pero, como de costumbre, hoy verás a la condesa Gabriela a medianoche. A esa hora se abren las flores de los cirios en nuestro invernadero que, como tú sabes, empiezan a marchitarse cuando sale el sol. Así como el conde no puede soportar el aroma penetrante de estas flores, en cambio a la condesa Gabriela le encantan, o mejor dicho: el temperamento de Gabriela que se inclina a lo fantástico, cree ver en la maravilla de esta planta el misterio del amor y de la muerte, ya que durante la noche el rápido florecimiento alcanza su plenitud y al mismo tiempo tiene lugar su rápido marchitarse. La condesa da rienda suelta a su profundo dolor, a su desesperación en el invernadero, donde voy a esconderte. ¡Piensa en los medios de liberarte de tus cadenas, y de escaparte de esta cárcel! ¡Te dejo entregado a tu amor y a tu buena estrella! ¡Tú me das más compasión que la condesa, y por eso trataré con todas mis fuerzas de conducirte a la felicidad!

Apenas Fermino dejó al joven, entró la profesora.

—Eugenio —dijo con la seriedad profunda y grave de una matrona—. Eugenio, esto no puede seguir así entre nosotros.

Un pensamiento iluminó como un rayo la mente del joven, haciéndole ver que los lazos no eran eternos y que el fundamento de una separación judicial radicaba en la diferencia de años.

—¡Sí —gritó triunfante en su burla—, sí, señora profesora, tenéis razón, no puede seguir así entre nosotros! Maldita sea una relación nacida de una locura absurda, y que me arrastra a la perdición. ¡Separación, divorcio!

La profesora palideció como una muerta, y las lágrimas brotaron de sus ojos.

—¿Cómo —dijo con voz temblorosa— es posible que a mí, que te he aconsejado cuando abandonaste la paz de tu alma para arrojarte en el torbellino del mundo, a mí, a tu madre, quieras entregarme a las burlas y al ridículo de los malos? ¡No! Eugenio, no debes, ¡no puedes hacer esto! ¡Satanás te ha cegado! ¡Vete! Hasta aquí hemos llegado: que desprecies y quieras separarte de la madre que te ha cuidado y ha velado por ti, cuando únicamente ella buscaba tu bienestar permanente. ¡Ay, Eugenio, ningún juez mortal podrá separarnos! ¡En cambio, bien podrá suceder que pronto el Padre Eterno me llame de este valle de lágrimas y dolor! Cuando descanse en la tumba, olvidada del hijo, entonces goza de tu libertad y de la felicidad que te proporcionen los engaños de este mundo mortal.

Un torrente de lágrimas ahogó la voz de la profesora, que se alejó secándose los ojos con el pañuelo.

No estaba tan empedernido el corazón del joven que no le traspasase el dolor mortal de la profesora. Diose cuenta de que cada paso hacia la separación le causaría un dolor capaz de causarle la muerte, y que a costa de esto no puede lograrse la libertad. Se resignaría, perecería. «¡Gabriela!», exclamó una voz en su interior, y volvió a renovarse su rabia profunda contra la vieja, haciendo eco en su alma.




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