E. T. A. Hoffmann



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IV


El jardín del conde Ángelo Mora —Deleite de Eugenio y dolor de Margarita —La amistad peligrosa

Cuando un ser atormentado por sentimientos contradictorios se encuentra de mal humor, se encierra en sí mismo. Eso le sucedía a Eugenio, que, al encontrarse ante el café, en lugar de entrar, instintivamente se alejó, corriendo en busca del aire libre.

Sucedió que se encontró ante la verja de un jardín, del que brotaban aromas balsámicos. Cuando miró dentro se quedó parado, profundamente sorprendido. Parecían tener un encanto especial los árboles y las plantas de las zonas más variadas y lejanas, que ostentaban sus formas lujuriosas y colores extraños en la más pintoresca variedad, tal como deberían brotar en su suelo natal. En los amplios senderos, que recorrían el bosque mágico, crecía una vegetación exótica, arbustos de los que Eugenio sólo sabía el nombre, conforme a los dibujos, e incluso flores que, cultivadas en su invernadero, contemplaba aquí en tal cantidad y perfección que nunca hubiera podido suponer. Desde el sendero central pudo contemplar una gran plazoleta, en cuyo centro había una fuente de mármol con un tritón que lanzaba rayos de cristal a lo alto. Pavos reales mostrábanse ufanos, y los faisanes se bañaban en el fuego del atardecer.

No lejos de la puerta de la verja de entrada florecía una Datura fastuosa (el bello estramonio) con sus soberbias y grandes flores aromáticas, en forma de bocina, en tan hermoso esplendor que Eugenio, avergonzándose, pensó en el aspecto mezquino que tenía esta misma planta en su jardín, y eso que era la planta favorita de la profesora.

Disipado su mal humor, pensó Eugenio: «¡Ah! ¡Si mi buena madre pudiera tener una Datura así en el jardín!». Traídos por la brisa del atardecer, resonaron los dulces acordes de un instrumento desconocido que se oían entre la lejana vegetación mágica; resplandecientes brotaron los maravillosos y celestes tonos de una voz femenina. Era una de esas melodías que sólo pueden brotar de lo más hondo del pecho, obra del entusiasmo del amor nacido en el Sur, era una romanza española que cantaba la desconocida.

El joven se vio sorprendido por un inefable y dulce dolor y una tristeza intensísima, y por el fuego de un anhelo ardiente; la embriaguez de los sentidos le transportó a un mundo mágico de ensoñaciones y presentimientos. Había caído de rodillas y tenía la cabeza apoyada contra los barrotes de la verja.

Los pasos que se acercaron a la puerta de la verja le asustaron, y se alejó precipitadamente, para no ser sorprendido por extraños en el estado en que se encontraba.

A pesar de que ya había anochecido, Eugenio vio, al llegar a su casa, que Margarita todavía estaba en el jardín cuidando las plantas. Sin mirarle, le dijo en voz baja, tímidamente:

—Buenas noches, señor Eugenio.

—¿Qué te sucede? —exclamó Eugenio, pues le chocó la extraña ansiedad de que daba muestras la joven—. ¿Qué te sucede, Margarita? ¡Mírame!

Margarita le miró, pero en aquel mismo instante le cayeron dos claras lágrimas de los ojos.

—¿Qué te sucede, querida Margarita? —repitió Eugenio, cogiendo la mano de Margarita, pero al hacer esto, pareció como si un dolor repentino traspasase a la muchacha. Todos sus miembros temblaron, el pecho se agitó y prorrumpió en fuertes sollozos. Un extraño sentimiento, como de compasión, traspasó al joven.

—Por Dios —dijo Eugenio con dolorosa conmiseración—, por el Cielo, ¿qué tienes? ¿Qué te sucede, querida Margarita? Estás enferma, muy enferma. ¡Ven, siéntate, confíame todo!

Al decir esto, Eugenio llevó a la joven a un banco del jardín y volvió a repetirle, estrechándole la mano:

—¡Confíame todo, mi querida Margarita!

Como el amanecer rosado del alba, se extendió una encantadora sonrisa, a través de las lágrimas de la joven. Suspiró profundamente, pareció que su dolor desaparecía para dar paso a un sentimiento de indescriptible placer, de dulce tristeza.

—Soy tonta —musitó en voz baja, con los ojos cerrados—, soy muy simple, ¡y todo es pura imaginación, pura imaginación! Aunque, para decir verdad —exclamó en voz más alta, saltándosele nuevamente las lágrimas—, es cierto, ¡es cierto!...

—Tranquilízate —dijo Eugenio trastornado—, tranquilízate, querida Margarita, cuéntame todo lo malo que te ha sucedido, y que te ha alterado de un modo tan tremendo.

Por fin, Margarita habló. Refirió que en ausencia de Eugenio, un hombre desconocido había entrado de pronto en el jardín por la puerta que se le había olvidado cerrar, y muy solícito había preguntado por él. El hombre tenía algo raro en todo su aspecto, y miraba con ojos tan ardientes y extraños que sintió un frío helador por todo su cuerpo, y tuvo tal miedo y espanto que apenas pudo moverse. Luego el hombre se expresó con palabras tan raras, pues no parecía que hablara alemán, que apenas pudo entenderle, preguntó por esto, por aquello, y luego preguntó..., y aquí Margarita, súbitamente, se calló y las mejillas se le pusieron como azucenas de fuego. Como Eugenio insistiese para que contase todo, ella refirió que el extranjero le preguntó si le gustaba Eugenio. Con toda su alma ella respondió:

—¡Oh, sí! ¡Muchísimo!

El extranjero se aproximó mucho a ella y la traspasó con una mirada odiosa, de forma que tuvo que cerrar los ojos. ¡Y más aún! Con gran descaro y desvergüenza le dio unos golpecitos en las mejillas, que le ardían de miedo y angustia, diciéndole:

—Hermosa pequeña envidiosa, sé buena, pórtate bien —y se había reído tan maliciosamente que el corazón empezó a palpitarle.

En aquel momento la señora profesora se asomó a la ventana y el extranjero le preguntó si era la señora esposa del señor Eugenio, y como ella respondiese que era su madre, él gritó burlonamente:

—¡Eh! ¡Qué bella mujer! ¿Estás celosa, pequeña? —Y volvió a reírse maliciosamente y con picardía, como no había visto jamás a ningún hombre reírse, y después de haber mirado fijamente a la señora profesora, se alejó rápidamente del jardín.

—Pero —dijo entonces Eugenio— en todo esto, querida Margarita, no veo nada para que te entristezcas de un modo tan tremendo.

—¡Oh, Dios mío! —interrumpió Margarita—. ¡Oh, Dios del Cielo!, cuántas veces me ha dicho la madre que el diablo vaga por el mundo en figura humana, que siembra hierbas malas entre los trigales, y que deja culebras venenosas. ¡Oh, Dios mío! El extranjero era el diablo en persona, él...

Margarita se detuvo, Eugenio se había dado cuenta de que el forastero que había sorprendido a Margarita en el jardín no podía ser otro que el español Fermino Valies, y entendía muy bien lo que Margarita quería decir.

No poco sorprendido, preguntó tímidamente si era verdad que desde hacía algún tiempo él había cambiado.

Entonces Margarita desahogó todo lo que tenía encerrado en su pecho. Le dijo al joven que ahora, cuando estaba en casa se mostraba triste, reservado, perezoso y que a veces tenía un aspecto tan serio y tan triste que apenas se atrevía a hablarle. Que ya no le daba lecciones por las tardes, que era lo que a ella le gustaba más en el mundo. Que ya no sentía alegría cuando estaba entre sus hermosas plantas y flores... ¡ Ay!, y que ayer no había echado ni siquiera una mirada a las maravillosas balsaminas florecientes, que ella sola cuidaba tan bien, y en fin que ya no era el mismo buen... Un torrente de lágrimas ahogó a Margarita.

—¡Tranquilízate, déjate de imaginaciones, encantadora niña! —Nada más pronunció Eugenio estas palabras, su mirada se detuvo en Margarita, que se había levantado del banco en el que estaba sentada, y, de pronto, como si se hubiese disipado la niebla mágica que le cegaba, se dio cuenta por vez primera de que ya no era niña, sino una joven de dieciséis años, en la plenitud de su gracia y con el atractivo de una maravillosa juventud. Se sorprendió extrañado y no supo continuar. Por fin, recobrándose, dijo en voz baja:

—Tranquilízate, mi buena Margarita, todo cambiará —y se fue del jardín escaleras arriba. Aunque el dolor de Margarita hubiese despertado en él cierto aborrecimiento contra el forastero, sin embargo continuaba su enfado con la profesora, a la que consideraba culpable de la pena y el disgusto de Margarita.

Cuando entró en el cuarto de la profesora y ésta trató de hablarle, la interrumpió, haciéndole reproches muy fuertes, le dijo que había metido en la cabeza de la joven muchas tonterías acerca de su amigo el español Fermino Valies, al que no conocía, y pensaba no conocer jamás, ya que la medida del juicio de una vieja mujer de profesor era muy pequeña para poder medir la grandeza de algunas figuras.

—¡Qué lejos ha llegado! —gritó la profesora, con tono doloroso, elevando los ojos al cielo, mientras cruzaba las manos.

—No sé —dijo Eugenio—, no sé lo que pensáis, pero yo no he ido tan lejos como para pactar con el diablo.

—¡Sí! —exclamó la profesora, elevando la voz—. ¡Sí! ¡Estás en las garras del demonio, Eugenio! El Malo se ha apoderado de ti, y extiende sus garras para precipitarte en la sima de la eterna condenación. ¡Eugenio! Apartaos del demonio y de sus obras, es vuestra madre quien os lo pide, os juro que...

Con amargura, Eugenio interrumpió a la profesora:

—¿Tengo yo, acaso, que enterrarme entre estos muros? ¿Tengo yo que sacrificar la poderosa vida de la juventud, viviendo sin amigos? ¿Acaso son obra del diablo los inocentes placeres que ofrece el mundo?

—No —exclamó la profesora, palideciendo, al tiempo que se desplomaba sobre una silla—. No, no, pero...

En aquel instante entró Margarita y preguntó a la profesora y a Eugenio si querían la comida, que estaba dispuesta.

Se sentaron a la mesa en silencio, hostiles, sin proferir una palabra, absortos en los pensamientos contrarios que les embargaban...

A la mañana siguiente recibió Eugenio un billete de Fermino Valies, cuyo contenido decía:

«Ayer estuvo usted ante la verja de nuestro jardín. ¿Por qué no entró usted? No nos dio tiempo de verle, para invitarle a entrar. ¿No le parece que es como un pequeño Edén para un botánico? Hoy al anochecer le esperamos ante la misma verja.

»Su amigo sincero,

Fermino Valies».

Según noticias de la cocinera, el billete lo había traído un hombre horrible, negro del todo, al parecer un criado moro del conde.

Eugenio sintió que su corazón palpitaba sólo de pensar que iba a entrar en el Paraíso de tan mágico encanto. Creyó oír los tonos celestes que brotaban del follaje y su pecho palpitó apasionadamente de deseo. Se disipó su mal humor y transformóse en júbilo. Al sentarse a la mesa contó dónde había estado, y refirió cómo el jardín del banquero Overdeen, que poseía ahora el conde Ángelo Mora, había cambiado por completo, transformándose en un jardín botánico verdaderamente maravilloso. Haciendo gala de su bondad, esa misma tarde su amigo Fermino Valies iba a dejarle entrar, y allí iba a tener ocasión de ver la Naturaleza de verdad, pues hasta ahora sólo la conocía por descripciones y dibujos. Habló detenidamente de aquellos árboles y plantas de zonas tan alejadas y exóticas, dijo los nombres, y mostró su asombro porque hubieran podido aclimatarse aquí, lejos de su clima natal.

Luego habló de los árboles, de los arbustos, de las plantas, y aseguró que todo lo que había en este jardín era extremadamente raro y singular, pues, por ejemplo, él nunca en su vida había visto una Datura fastuosa como la que florecía en el jardín. El conde, sin duda, debía de tener algún secreto poder mágico, pues no se comprendía cómo en tan poco tiempo desde que el conde había llegado hubiera podido conseguirlo. Luego refirióse al tono celestial de aquella voz femenina, que resonaba entre las frondas y agotó todas las descripciones del placer que había sentido.

Eugenio notó, en medio de su alegría y de su deleite, que él solo hablaba, y que la profesora y Margarita permanecían calladas y reservadas.

Cuando la comida terminó, la profesora, levantándose de su silla, dijo muy seria y resignada:

—¡Hijo mío, os encontráis en una situación muy peligrosa y amenazadora! El jardín, que describís con tanto entusiasmo, y cuyas maravillas atribuís a los poderes mágicos del desconocido conde, desde hace muchos años tiene la misma apariencia y aspecto extraño —pues reconozco que lo es—, y es obra de un jardinero, gran artista extranjero, que estuvo a las órdenes de Overdeen. Estuve allí un par de veces con mi querido Helms que consideraba todo muy artístico, pero sentía encogérsele el corazón cuando contemplaba la violencia a que había sido sometida la Naturaleza, mezclando lo exótico con plantas diferentes, en una mezcla contradictoria.

Eugenio contaba los minutos: por fin, se fue el sol y pudo ponerse en camino.

—¡La puerta de la perdición está abierta, y el servidor está dispuesto a recibir a la víctima! —gritó la profesora iracunda, dando muestras de dolor. Eugenio aseguró que volvería sano y salvo del lugar de perdición.

—El hombre que había traído el billete del extranjero era completamente negro y horrible —dijo Margarita.

—Puede ser que sea el mismo Lucifer —dijo Eugenio, sonriendo—, o ¿quién sabe si un ayuda de cámara suyo? Margarita, Margarita, ¿todavía te dan miedo los deshollinadores?

Margarita bajó los párpados ruborizándose, y Eugenio se alejó rápidamente.

Eugenio apenas salía del asombro que le producía el esplendor y la magnificencia botánica que había en el jardín del conde Ángelo Mora.

—¿No es verdad —dijo por fin Fermino Valies—, no es verdad, Eugenio, que existen tesoros que tú no conocías? Aquí todo es distinto del jardín del profesor.

Hemos de hacer notar que el lazo estrecho que unía a los amigos les llevó a usar el tú fraternal.

—¡Oh —dijo Eugenio—, no me hables del mezquino y pobre lugar donde vegetan miserablemente plantas enfermizas!... ¡Oh, qué hermosura, estas plantas..., estas flores!... ¡Poder quedarme aquí, vivir aquí!

Fermino dijo que si Eugenio quería conocer al conde Ángelo Mora, lo que de muy buena gana le facilitaría él, aquel deseo suyo sería satisfecho, siempre que pudiera apartarse lejos de la profesora, por lo menos el tiempo que el conde permaneciese allí.

—Claro —añadió Fermino con un tonillo burlón—, claro que esto no es posible. ¿Cómo será posible que un recién casado como tú, amigo mío, que todavía goza la felicidad del amor, pueda perder un instante de estos placeres?... Hoy he visto a tu esposa. En verdad que para su edad es una mujercita agradable y tersa. Es asombroso cuánto tiempo arde la antorcha del amor en el corazón de algunas mujeres. Dime, ¿qué tal te encuentras cuando te abraza tu Sara, tu Ninon? Ya sabes qué imaginación tan ardiente tenemos los españoles, así es que no puedo pensar en tu matrimonio sin inflamarme. ¿No estás celoso?

La aguda y mortal flecha del ridículo se clavó en el pecho del joven. Se acordó de las advertencias de Severo, y se dio cuenta de que si hablaba de sus relaciones con la profesora volvería a ser objeto de las burlas del español. Con todo, vio de nuevo, en su interior de joven inexperto, que un sueño engañoso y falso le había robado la vida. Permaneció en silencio, aunque el rojo ardiente que cubría su semblante mostró al español el efecto de sus palabras.

—Aquí se está muy bien —prosiguió Fermino Valies, sin esperar respuesta de su amigo—, aquí se está magníficamente, es cierto, pero no digas que tu jardín es triste y aburrido. Precisamente ayer vi en tu jardín algo que supera las plantas, los árboles y las flores del mundo entero. Ya te puedes suponer que me refiero a ese ángel de jovencita que vive contigo. ¿Qué edad tiene la pequeña?

—Dieciséis años —balbuceó Eugenio.

—¡Dieciséis años! —repitió Fermino—. ¡Dieciséis años! Hoy en día la mejor edad. En realidad, cuando vi a la muchacha, se me aclaró todo, querido señor Eugenio. Verdaderamente vuestro hogar es idílico, todo en paz y en gracia de Dios, la buena mujer está contenta cuando el hombrecito tiene buen humor... ¿Así es que dieciséis años? ¿Y la muchacha todavía es inocente?

Toda su sangre le hirvió ante la pregunta desvergonzada del español.

—Un ultraje infame —dijo muy furioso al español—, una mancha que no puede ensuciar la inocencia tan inmaculada como el cielo que nos contempla.

—¡Bueno, bueno! —dijo Fermino echando al joven una mirada maliciosa—. ¡Bueno, bueno, no te enojes, mi joven amigo! El espejo más claro y transparente también refleja muy vivamente las imágenes de la vida y estas imágenes..., pero noto que no te gusta que hablen de la pequeña, así es que me callo.

Cierto es que se reflejaba en el semblante de Eugenio la molestia que todo esto le causaba. Sí, le resultaba muy desagradable este Fermino, y desde lo más íntimo de su ser algo le decía que Margarita había adivinado, y tenía razón, cuando decía que Fermino se le había aparecido como un ente satánico.

En el mismo instante oyéronse melodiosos acordes que resonaban entre el follaje, y se oyó aquella voz que el día anterior había enardecido el pecho del joven con deliciosa y dulce tristeza.

—¡Oh, Dios del Cielo! —dijo el joven, permaneciendo como paralizado.

—¿Qué sucede? —dijo Fermino, pero Eugenio no respondió, sino que oyó el cántico, perdidamente absorto en el delicioso placer que le producía. Fermino le contempló con una mirada que trataba de penetrar en su interior. Cuando, por fin, los cánticos acabaron, Eugenio suspiró profundamente y como si toda la dulce tristeza de su pecho oprimido quisiera salir, brotaron las lágrimas de sus ojos.

—¡Parece —dijo Fermino sonriendo— que el cántico te ha conmovido mucho!

—¿De dónde vienen estos tonos celestiales? —exclamó Eugenio entusiasmado—. Ningún pecho mortal puede albergarlos.

—Es verdad —exclamó Fermino—, es cierto. Es la condesa Gabriela, la hija de mi señor, que conforme a la costumbre de su país, canta romanzas, acompañándose de la guitarra, y se pasea por las alamedas del jardín.

De improviso apareció la condesa Gabriela con la guitarra al brazo, de entre el oscuro follaje, de modo que, súbitamente, se encontró ante la vista de Eugenio.

Hay que decir que la condesa Gabriela era bella. Su opulenta figura, la triunfal y fogosa mirada de sus grandes ojos negros, la gracia atractiva de su ser, el timbre sonoro de su voz de plata, todo denotaba que había nacido bajo el cielo alegre del Sur. Tales encantos bien podían ser peligrosos, pero más peligroso aún resultaba para el inexperto joven aquella indescriptible expresión que tenía en su semblante y en todo su ser, y que expresaba el abrasador fuego del amor que ardía en su seno. A tal expresión añádase el arte secreto de escoger vestido, de adornarse, que tenía la apasionada mujer y que daba por resultado un todo armónico, y dejaba traslucir los encantos fascinadores.

Si en este sentido la condesa Gabriela era la misma diosa del amor, hay que confesar que su aparición causó la impresión de un rayo a Eugenio, excitadísimo de antemano por sus cánticos.

Fermino presentó el joven a la condesa como un nuevo amigo, que entendía y hablaba perfectamente el español, y, por añadidura, que era un perfecto botánico, por lo que aquel jardín le proporcionaría un gran placer.

Eugenio balbuceó algunas palabras incomprensibles, en tanto que la condesa y Fermino cambiaban miradas significativas entre sí. Gabriela miró fijamente al joven, que estuvo a punto de caer desmayado.

La condesa dio su guitarra a Fermino y se colgó del brazo del joven, mientras le decía graciosamente que también ella sabía un poco de botánica, y que era algo entendida acerca de algunas plantas, y luego añadió que Eugenio debía volver a recorrer el jardín.

Temblando de dulce ansiedad se paseó el joven con la condesa, y su pecho poco a poco fue liberándose de la opresión, cuando la condesa le preguntó acerca de aquella extraña planta, y él pudo oírle dando sus explicaciones científicas. Sentía el aliento de la condesa que le rozaba la mejilla; el eléctrico ardor que recorría su cuerpo le henchía de un placer indecible. No desconocía, en medio de su entusiasmo, que súbitamente se había transformado en otro ser.

Cada vez más espesos y negros eran los velos con los que la noche cubría el bosque y la floresta. Fermino recordó que era la hora de ir a buscar al conde a sus habitaciones. Eugenio fuera de sí, con gran vehemencia, llevó la mano de la condesa a sus labios y echó a correr, como llevado por el viento, embargado su pecho por un sentimiento de felicidad que jamás había sentido.



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