E. T. A. Hoffmann



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II


El punto de vista de un joven mundano —La maldición del ridículo.—Desafío a causa de la novia —Ausencia de música nocturna y celebración de la boda —Mimosa púdica

Eugenio estaba justamente ocupado en cortar algunas hierbas cuando entró Severo, el único amigo con el que tenía trato. Cuando Severo vio a Eugenio abismado en su trabajo, se plantó ante él y soltó una imponente carcajada. Lo mismo habría hecho otro cualquiera que hubiera sido menos sensible a las rarezas que el jovial y divertido Severo.

La vieja profesora, con toda su buena intención, había puesto a la disposición del novio el guardarropa del pobre profesor, y le había manifestado que le gustaría mucho que Eugenio hiciese uso de los buenos y cómodos trajes, aunque no saliese a la calle con estas ropas pasadas de moda.

Hallábase Eugenio vestido con la amplia y gruesa bata del profesor, sembrada de flores de diferentes formas y colores, y con un gorro en la cabeza en cuyo frente estaba bordado un florido Lilium bulbiferum (azucena de fuego), y con su carita juvenil, vestido de máscara parecía un príncipe encantado.

—Dios te proteja y te ayude —exclamó Severo cuando dejó de reír—, me parece como si hubiese fantasmas y el bueno del profesor, salido de su tumba, se pasease entre sus flores como un arbusto de flores raras. Dime, Eugenio, ¿cómo has llegado a esta mascarada?

Eugenio afirmó que no veía nada raro en su aspecto. La profesora en sus relaciones actuales, le permitía utilizar las batas del difunto profesor que eran más cómodas y que estaban hechas de unas telas tan buenas que era ya difícil encontrar algo igual. Todas las flores y las hierbas estaban copiadas minuciosamente del natural, y aún más en el legado del profesor había algunos gorros rarísimos que podían servir perfectamente como Herbarium vivum. Éstos sólo los utilizaría con muchísimo respeto en algunas festividades especiales. La misma bata que llevaba era extraordinariamente rara y bella, porque el difunto profesor con su propia mano y con tinta fija había puesto el nombre al lado de cada flor y de cada hierba, como podía comprobar Severo, mirando de cerca la bata y el gorro, de forma que aquella bata podía servir a los discípulos curiosos incluso de magnífico estudio.

Severo cogió con la mano el gorro que Eugenio le ofrecía y comprobó que había una lista de nombres, escritos con fina escritura, por ejemplo: Lilium bulbiferum, Pitcarnia angustifolia, Cynoglossum omphalodes, Daphne mezereum, Gloxinia maculata y otros... Severo estuvo a punto de prorrumpir en carcajadas, pero de repente se puso muy serio, miró a su amigo fijamente a los ojos y le dijo:

—¡Eugenio! ¿Es posible? No, es imposible, no puede ser más que un estúpido rumor y una burla, que te desacredita a ti y a la profesora. Ríete, Eugenio, ríete a carcajadas, ¡dicen que te vas a casar con la vieja!

Eugenio se asustó un poco, luego, entornando los ojos, afirmó que era verdad lo que decían.

—Así que el destino —exclamó Severo— me ha traído muy oportunamente para arrancarte del abismo de perdición a cuyo borde te encuentras. Dime de qué locura incurable estás poseído para entregarte en la mejor edad de tu vida por un puñado de dinero.

Según solía sucederle a Severo, en esta ocasión fue exaltándose a medida que hablaba atropelladamente hasta terminar profiriendo maldiciones contra la profesora..., contra Eugenio, y hasta comenzaba a proferir groseros juramentos estudiantiles, cuando Eugenio, con gran trabajo, logró tranquilizarlo, hacerle callar y hasta que le escuchase. Pues precisamente el fogoso acaloramiento de Severo había permitido reponerse a Eugenio. Le expuso, tranquilamente, con toda claridad, la naturaleza de sus relaciones, no ocultó cómo se había desarrollado la conversación, y finalmente terminó preguntándole si realmente creía que la unión con la profesora iba a arruinar su felicidad.

—¡Pobre amigo mío —dijo Severo, que ya se había tranquilizado—, pobre amigo, en qué red de equívocos te has metido! Quizá logre desenredar los nudos y librarte de los lazos, y entonces apreciarás el valor de la libertad. ¡Debes irte de aquí!

—¡Nunca! —exclamó Eugenio—. Mi decisión es firme. Eres un ser mundano que, desgraciadamente, no comprendes y que pones en duda la bondad y la fidelidad del amor maternal con el que la más noble de todas las mujeres quiere guiarme a través de la vida, a mí, eterno niño, que soy como un menor.

—Escucha —dijo Severo—, Eugenio, ¿de modo que tú mismo te consideras un menor? A veces, verdaderamente lo eres, y esto me da la experiencia de la superioridad que me conceden los años, ya que soy un poco mayor que tú. No consideres que es pedantería precipitada, si te digo que desde tu punto de vista no puedes ver completamente claro en este asunto. No creas que albergo la menor animosidad hacia la infeliz profesora, pero no solamente va contra tu felicidad, sino contra ella misma, debido a su gran error. Es cierto, según se afirma, que las mujeres lo pueden todo, a excepción de poder ponerse en la situación de otro. Lo que ellas mismas sienten les sirve de norma para todos los temperamentos, y la configuración de sus ideas les parece el prototipo de cómo deben juzgar y discriminar lo que se encierra en el interior de los demás. Todo lo que conozco de la vieja profesora, tanto de su persona como de sus actos, me dice que no es capaz de pasión, que es mujer flemática, lo que conserva muy jóvenes tanto a las muchachas como a las mujeres mayores, pues en verdad, para la edad que tiene, ella se conserva muy tersa y muy bien.

»Como el viejo Helms era también la calma en persona, sabemos que conforme a sus costumbres ordenadas y sencillas, ambos tenían un carácter bondadosísimo, y que el matrimonio era una pareja feliz y tranquila, pues el esposo nunca ponía peros a la sopa y la esposa no mandaba fregar el estudio a hora inoportuna. Este eterno andante del dueto matrimonial cree la profesora que podrá proseguirlo contigo, apaciblemente, pues considera que tú tienes la flema suficiente para no entrar en el mundo de golpe con un alegro. Si todo sigue lo mismo dentro de la bata botánica, en calma y en silencio, en resumidas cuentas dará lo mismo quien esté dentro: el profesor Helms o el joven estudiante Eugenio. No hay duda alguna de que la vieja te cuidará, te mimará, y hasta me atrevo a asegurar que seré el primer invitado a tomar contigo una taza de moka, de las que prepara la buena mujer, y que verá con buenos ojos que fume contigo una pipa del más fino Varina que ella misma habrá preparado y que yo te encienda el tabaco sacado de los trozos selectos que el difunto había picado él mismo y preparado. Pero ¿y cuando en medio de esta calma, que a mí por lo menos me parece el yermo del más desesperante y desconsolador vacío, y cuando en medio de esta calma, de repente irrumpa el torrente de la vida?

—¿Quieres decir —interrumpió Eugenio a su amigo— cuando sucedan desgracias, enfermedades?

—Quiero decir —continuó Severo— cuando a través del cristal de esta ventana miren un par de ojos y el fuego de sus rayos derrita la costra que cubre tu interior y el volcán estalle en medio de llamas abrasadoras.

—No te entiendo —gritó Eugenio.

—Y entonces —continuó Severo, sin hacer caso a Eugenio—ninguna bata botánica podrá protegerte de sus rayos, pues caerá en pedazos de tu cuerpo, aunque sea de amianto. Y, es más, prescindiendo de lo que pueda suceder a causa de esta unión absurda, recaerá sobre ti la peor de todas las maldiciones, la maldición que destroza y mata hasta las más pequeñas flores de la vida, la maldición del ridículo.

El semblante de Severo se contrajo, surcado de arrugas irónicas, y ya tenía en la punta de la lengua una palabra ingeniosa, cuando la profesora con aire amable y bondadoso, y el respetable porte de una noble matrona, entró en la habitación, y con pocas palabras que brotaban cordiales de su interior bondadoso, llena de afabilidad, saludó al amigo de su Eugenio. La ironía desapareció como por ensalmo y la burlesca chanza, y, en un instante, Severo tuvo la sensación de que en la vida existían seres y relaciones apenas presentidas por el vulgo.

Digamos entre nosotros que la profesora, para empezar, tenía la costumbre de saludar a todos con gran amabilidad, y que su espíritu en verdad era bondadoso y fiel, a la manera de las matronas de Alberto Durero, pues la profesora tenía una gran semejanza con estas matronas.

Así que Severo se tragó la palabra ingeniosa que tenía en la punta de la lengua, y no volvió a tener deseos de burlarse cuando la profesora le invitó, ya que era la hora del atardecer, a tomar el café con Eugenio y a fumarse una pipa.

Severo dio gracias al Cielo cuando se vio en la calle, pues la amabilidad de la buena mujer, el encanto especial de la afable señora que se extendía por todo su ser, le había fascinado de tal modo, que incluso vacilaba en sus más íntimas convicciones. Sí, a pesar de sus pronósticos, sabía que Eugenio sería feliz en sus paradójicas relaciones con la vieja, y esto le resultaba insoportable y hasta odioso.

¡Bien! Suele suceder en la vida que un mal presentimiento sobrecoge en el último instante, y esto le sucedió pocos días después, en que la maldición del ridículo, a la que había aludido Severo, hizo su efecto. La extraña situación de novio en que se encontraba Eugenio era de todos conocida, así que cuando a la mañana siguiente entró en el único colegio que solía visitar, todos le miraron con semblante risueño. Aún más, cuando las clases terminaron, los estudiantes formaron doble fila en la calle, y el pobre Eugenio tuvo que pasar por en medio, mientras gritaban: «¡Enhorabuena, señor novio, saluda a tu dulce y encantadora novia! ¡Eh, que resuenen los violines y las flautas, etc., etc.»

A Eugenio se le subió la sangre a la cabeza. Cuando llegó a la calle, le gritó un chico ordinario que estaba en la fila: «Saluda a tu novia, la vieja...», y soltó una palabrota, pero en el mismo instante se despertaron todas las furias de la cólera y la rabia de Eugenio, y con el puño cerrado descargó un puñetazo en el rostro de su contrario, al que derribó al suelo. Éste se rehizo rápidamente y descargó varias veces el grueso bastón contra Eugenio, hasta que el presidente de la Comunidad, dirigiéndose a ellos, gritó, regañándoles:

—¡Alto! ¿Sois, acaso, chicos de la calle que os apaleáis en pleno mercado? ¡Que se vaya al diablo si Eugenio se casa y quién sea la novia! Marcelo ha ultrajado a la novia, en plena calle, en nuestra presencia, de modo tan plebeyo que tiene que lavar la injuria aquí mismo. Y sabe Marcelo lo que tiene que hacer, y si alguien piensa lo contrario que se entienda conmigo.

El presidente cogió a Eugenio del brazo y le acompañó a su casa:

—Eres un chico valiente —dijo a Eugenio—, no podías obrar de otro modo. Pero vives tan callado, tan retirado, que se te tomaría por un ratón. No podrás defenderte en el duelo, te falta valor y tampoco tienes práctica; el fanfarrón de Marcelo es uno de nuestros mejores espadachines, de modo que al tercer asalto te derribará. Esto no puede ser, te propongo sustituirte, y yo defenderé tus cosas, quédate tranquilo. —El presidente dejó a Eugenio, sin recibir respuesta.

—¿Ves? —dijo Severo—. ¿Ves como ya empiezan a cumplirse mis profecías?

—¡Oh!, calla —exclamó Eugenio—, la sangre me hierve en las venas, no me conozco, estoy destrozado. ¡Dios del Cielo! ¿Qué espíritu perverso ha encendido en mi interior esta cólera salvaje? ¡Te digo, Severo, que si hubiera tenido un arma en la mano, habría matado a aquel infeliz en ese instante! ¡Jamás hubiera podido suponer que pudiera darse en la vida una infamia igual!

—Ya empiezan las amargas experiencias.

—Déjate, déjate de sabidurías mundanas. Ya sé que hay huracanes que de pronto estallan y destrozan en un instante lo que con gran trabajo se ha ido construyendo a lo largo de la vida. Me parece como si hubieran destrozado mis más bellas flores y estuvieran muertas a mis pies.

Un estudiante, en nombre de Marcelo, entró para señalar el duelo a la mañana siguiente. Eugenio prometió estar en el lugar determinado a la hora convenida.

—Tú, tú que jamás has tenido un florete en la mano, ¿quieres batirte? —preguntó Severo asombrado; pero Eugenio le aseguró que ningún poder evitaría que él mismo defendiese sus asuntos, como le correspondía, y que el valor y su decisión sustituirían lo que le faltaba de destreza. Severo le hizo ver que en los duelos, según se había visto otras veces, el más valeroso solía ser vencido por el más débil. Eugenio permaneció firme en su decisión, añadiendo que estaba más versado en el florete de lo que podía suponerse.

Severo le estrechó con alegría entre sus brazos y exclamó:

—El presidente tiene razón, eres un valiente, pero no irás a la muerte, yo te secundaré y protegeré mientras pueda.

La palidez de la muerte se extendía por el semblante de Eugenio cuando llegó al lugar del desafío, aunque sus ojos resplandecían con un fuego intenso y abrasador, y en su actitud se transparentaba la firmeza, la calma y la decisión.

No poco se asombró Severo, y hasta el presidente, cuando Eugenio dio muestras de ser un buen espadachín, pues su contendiente no pudo abatirle al primer encuentro. Al segundo encuentro dio una estocada a Marcelo en el pecho que le derribó.

Eugenio debía huir, pero no quiso moverse del lugar, sucediese lo que sucediese. Marcelo, al que tenían por muerto, se recuperó e incorporóse, y cuando el médico dictaminó que sería muy posible que se salvase, Eugenio, en compañía de Severo, abandonó el lugar del desafío y se dirigió a su casa.

—Amigo mío —exclamó Severo—, ayúdame a salir del sueño en que me encuentro, pues me parece soñar cuando te miro. En vez de un Eugenio pacífico, veo ante mis ojos un hombre potente, que esgrime el florete como el experto presidente y que posee la misma seguridad e impasibilidad que él.

—¡Oh, amigo mío! —repuso Eugenio—, quiera el Cielo que tengas razón, ojalá todo sea una pesadilla. Pero no, el torbellino de la vida me ha arrebatado, y quién sabe contra qué escollos me golpearán los oscuros poderes y si quedaré herido de muerte sin poder salvarme en mi Paraíso, que siempre consideré inaccesible a los tenebrosos espíritus indomables.

—Y dime —añadió Severo—, ¿qué son estos tenebrosos espíritus indomables que pueden destruir ese Paraíso, sino los errores que nos hacen aparecer la vida como algo claro y alegre? Eugenio, por lo más sagrado, abandona el propósito que te llevará a la perdición. Me refiero a la maldición del ridículo, que cada vez la sentirás más y más. Eres valiente, decidido, y es de prever que no es imposible que para defender del ridículo tus relaciones con la vieja tengas que volver a batirte por segunda vez, a causa de la novia. Considera que cuanto más valor tengas y más firmeza, más fuerte será la lejía que te arrojen. Todo el brillo de la heroicidad estudiantil palidecerá ante el absoluto filisteísmo con que la vieja novia te adornará.

Eugenio suplicó a Severo que no volviera a hablar más acerca de algo que tenía decidido firmemente, y luego respondió a sus preguntas, diciéndole que su habilidad en la esgrima se la debía al difunto profesor Helms, que era un estudiante a la antigua usanza y conocía los usos y costumbres estudiantiles. Casi todos los días solía practicar la esgrima durante media horita con el viejo, por lo que había conseguido cierta habilidad, sin tocar jamás el suelo.

Eugenio supo por Margarita que la profesora había salido y que no había vuelto al mediodía, sino que regresaría por la noche, ya que tenía muchas cosas que hacer en la ciudad. Esto le extrañó un poco, pues la profesora no acostumbraba a abandonar la casa durante tanto tiempo, por lo cual era inusitada su conducta.

Abismado en la importante obra botánica que tenía más a mano, estaba Eugenio en el cuarto de estudio del profesor Helms, que iba a ser suyo, y había olvidado casi por completo los tremendos acontecimientos de aquella mañana. Acababa de anochecer cuando se detuvo un carruaje delante de la casa, y al punto entró la profesora en la habitación de Eugenio. No poco se asombró cuando vio que venía de la ciudad, adonde solía ir sólo en las grandes festividades. El pesado vestido, con amplios pliegues, de damasco negro, la pequeña cofia antigua, la rica pulsera de perlas, así como los brazaletes, y el resto del atuendo, daban a la figura de la profesora un aspecto soberbio e imponente.

Eugenio dio un salto de la silla y al entrar la inusitada aparición no supo cómo, pero entraron los desgraciados acontecimientos del día, y exclamó dolorosamente, desde lo más profundo de su ser: «¡Dios mío!».

—Ya sé todo —dijo la profesora en tono de fingida calma, con el que trataba de ocultar la profunda agitación de su alma—, sé todo lo que ha sucedido ayer, querido Eugenio; no quiero, no puedo censuraros. También mi Helms tuvo que batirse una vez, cuando era su novia. Me enteré diez años después de casada, y mi Helms era un joven tranquilo, temeroso de Dios, que jamás deseó la muerte a nadie. Pero no puede ser de otro modo, y jamás he podido comprender por qué no puede ser de otro modo. Pero las mujeres no pueden comprender muchas cosas del reverso de la vida porque son mujeres y su honor les impide comprenderlo, aunque se dan cuenta a veces del peligro de los escollos a los que se acerca el hombre, ¡audaz piloto!... ¡Pero aquí se trata de otra cosa!... Ya ha pasado el tiempo del placer de la juventud..., las chillonas imágenes de la vida han palidecido... y ya no se comprende la vida, pues la vejez ya no contempla más que la eterna luz y el puro azul del Cielo, elevándose hacia las nubes, lejos de todo lo terrenal...

»¡Ah! Cuando mi Helms se batió por mí, tenía yo dieciocho años floridos, me decían hermosa y me envidiaban. Y usted..., usted se bate por una matrona, por unas relaciones que el mundo no comprende y que la mezquina incredulidad escarnece. No, no puede ser, de ninguna manera. ¡Le devuelvo su palabra, querido Eugenio! Hemos de separarnos.

—¡Jamás! —gritó Eugenio, echándose a los pies de la profesora, y llevándose sus manos a los labios—. ¿Cómo no voy a verter hasta la última gota de sangre por mi madre? —Y juró a la profesora, mientras derramaba lágrimas ardientes, mantener lo que había prometido, es decir, que la bendición de la Iglesia le convirtiese en un hijo suyo—. ¡Desdichado de mí —exclamó súbitamente—, quizá a estas horas se haya destruido mi esperanza y mi felicidad! Acaso Marcelo esté muerto y yo dentro de unos instantes vaya a la prisión.

—¡Tranquilizaos —dijo la profesora, y una sonrisa encantadora iluminaba el cielo de su rostro—, tranquilizaos, querido hijo mío! Marcelo está fuera de peligro; la estocada, afortunadamente, ha sido superficial y no ha dañado ninguna noble parte. He pasado varias horas con vuestro digno rector. Él ha hablado con el presidente, con los padrinos, y con varios estudiantes que estaban allí presentes. «No es una riña vulgar —dijo el noble anciano—, Eugenio no podrá borrar el ultraje sino así, y Marcelo no podía obrar de otro modo. Hasta ahora no he sabido nada, y saldré al encuentro del menor rumor...»

Eugenio se puso a dar gritos de alegría, y aprovechándose de este momento en que el cielo dispensaba tamaña felicidad al entusiasmado joven, la profesora cedió a las súplicas para que la boda se celebrase lo antes posible.

Cuando llegó la noche, después de haberse celebrado la ceremonia de la boda por la mañana y con el mayor recato, oyóse un murmullo sordo por la calle en que estaba la casa de la profesora, y escucháronse cuchicheos y ruidos. Eran los estudiantes que se habían reunido allí. Echando llamas por los ojos, Eugenio corrió en busca de su florete. La profesora, blanca como el papel, fue incapaz de proferir palabra. Oyóse una voz ordinaria que profería desde la calle: «Si queréis voy a ayudaros en la limpia casita que le habéis preparado al novio, aunque mañana nadie se atreverá a bailar conmigo un baile, si es que se tiene de pie».

Los estudiantes se deslizaron uno tras otro. Eugenio, que miraba a través de la ventana, vio claramente a la luz de las linternas a Marcelo, que hallábase en medio del empedrado, y que no se marchó hasta que el último estudiante abandonó el lugar.

—No sé lo que le sucede a nuestra Margarita —dijo la profesora cuando los dos amigos del viejo Helms, que habían sido testigos del enlace, se hubieron marchado—, no sé por qué llora con una pena tan inconsolable. Quizá crea la pobre niña que no nos vamos a ocupar de ella. ¡No! Mi Margarita será siempre mi querida hijita. —Y al decir esto, la profesora estrechó en sus brazos a Margarita.

—Sí —dijo Eugenio—, Margarita es nuestra encantadora hija, y ya veréis qué bien va a saberse la botánica. —Tras decir esto, la atrajo hacia sí, lo que hasta la fecha nunca había hecho, e imprimió un beso en sus labios. Margarita se desmayó, perdido el conocimiento, en sus brazos.

—¿Qué tienes —exclamó Eugenio—, qué tienes, Margarita? Eres como una Mimosa, que te estremeces en cuanto alguien te toca?

—La pobre niña debe estar enferma, el aire frío y húmedo de la iglesia no le ha sentado bien —dijo la profesora, frotándole las sienes con colonia. Margarita abrió los ojos, exhalando un profundo suspiro, y tuvo la sensación de que súbitamente una espina le había atravesado el corazón. Luego todo pasó...



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