E. T. A. Hoffmann



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Marianna le aseguró que ya estaba repuesta de su terror y únicamente pidió a Capuzzi que le dejase andar sola, para que él con más libertad pudiese desembarazarse del incómodo enano. Pero el Signor Pasquale apretó aún más el brazo de la joven, decidido a no soltarla por nada del mundo, ni a dejarle dar un paso sola, en tan profunda oscuridad.

En el mismo momento en que el Signor Pasquale, ya algo tranquilizado, se disponía a continuar su camino, vio levantarse a su lado como brotados de lo más profundo de la tierra cuatro espantosos diablos cubiertos con cortas capas rojas, que le miraban con ojos centelleantes silbando y aullando horriblemente.

—¡Eh, eh!... ¡Pasquale Capuzzi! ¡Viejo loco! ¡viejo enamorado! Somos tus camaradas, somos los diablos del amor, y venimos para llevarte al infierno, a las llamas del infierno junto a tu compañero Pitichinaccio!

Gritando de esta suerte, los demonios se lanzaron sobre el viejo Capuzzi, que cayó al suelo junto a Pitichinaccio, dando ambos unos bramidos y unos chillidos tan penetrantes como lo hubiera hecho una cuadrilla de asnos apaleados.

Marianna se había soltado con fuerza de los brazos del viejo y se había apartado a un lado. Entonces, uno de los cuatro diablos se fue hacia ella y abrazándola cariñosamente le dijo con voz dulce y amorosa:

—¡Ah, Marianna!... ¡Marianna mía! ¡Por fin ya lo hemos logrado! ¡Mis compañeros se llevarán al viejo lejos de aquí, para que nosotros podamos huir!

—¡Mi Antonio! —dijo en voz baja, suspirando, Marianna.

Pero de repente viose alumbrada la escena por unas antorchas y Antonio recibió un golpe en el hombro. A la velocidad del rayo se volvió, empuñó la espada y se arrojó contra el individuo que se disponía a herirle con su daga. Vio, al mismo tiempo, como sus tres amigos se defendían contra un gran número de esbirros.

Logró poner en fuga a su adversario y luego acudió en ayuda de sus amigos. Por muy valerosos que fuesen, la lucha, sin embargo, era desigual; los esbirros, indudablemente, hubieran ganado a no ser porque, de repente, dos hombres gritando se pusieron del lado de los jóvenes, derribando uno de ellos al esbirro que más cerca de Antonio peleaba. En pocos instantes la pelea quedó decidida en contra de los esbirros. Algunos de éstos que no estaban gravemente heridos huyeron, echando a correr gritando hacia la Porta del Popolo.

Salvator Rosa (pues no era otro quien auxilió a Antonio y derribó al esbirro) quería dirigirse inmediatamente hacia la ciudad en persecución de los esbirros, en compañía de Antonio y de los jóvenes pintores, enmascarados como diablos.

Pero María Agli, que le había acompañado y que, a pesar de su avanzada edad, había mostrado mucho valor en la lucha, observó que esto no era prudente, ya que, conocedores del asunto, los soldados de la guardia de la Porta del Popolo les arrestarían a todos. Así es que se fueron a casa de Nicolo Musso, quien les recibió con alegría en su pequeña y modesta casa, no muy distante del teatro.

Los pintores se quitaron sus máscaras de diablo y sus capas pintadas de fósforo, y Antonio que, a excepción del golpe inofensivo que había recibido en el brazo, no tenía herida alguna, hizo gala de sus habilidades quirúrgicas, vendando a Salvator, a Agli y a sus jóvenes compañeros, pues todos tenían heridas, aunque sin peligro alguno.

Este golpe de mano preparado con tanta audacia habría tenido buen éxito si Salvator y Antonio no se hubiesen olvidado de una persona que lo echó todo a perder. Michele, antes bravo y ahora esbirro, que habitaba en el bajo de la casa de Capuzzi y en cierto modo hacia las veces de su criado, por orden del viejo lo había estado siguiendo hasta el teatro, pero a cierta distancia porque a Capuzzi le daba vergüenza que le vieran en compañía del zarrapastroso. Michele, que no tenía miedo ni de la muerte ni del diablo, dándose cuenta de que algo raro había, echó a correr hacia la Porta del Popolo y, dada la alarma, volvió con todos los esbirros que halló reunidos, justamente en el momento en que los falsos diablos atacaban al pobre Capuzzi y se disponían a llevárselo, así como habían hecho con el Doctor Pirámide los primeros fantasmas.

No obstante el ardor del combate, uno de los jóvenes había reparado que un sujeto, con Marianna en brazos, había llegado a la puerta de la ciudad, y que el Signor Pasquale echó a correr con increíble rapidez, como si tuviera azogue en las piernas. Con la luz de las antorchas también había distinguido un bulto pegado a su cuello, que no podía ser otro que el desgraciado Pitichinaccio.

Al día siguiente fue hallado el Doctor Splendiano junto a la Pirámide de Cestio, acurrucado y hundido en su peluca, como si fuera un blando y mullido nido. Cuando le despertaron hablaba sin sentido y fue muy difícil convencerle de que se hallaba aún en este mundo y precisamente en Roma, y cuando finalmente fue conducido a su casa, dio gracias a la Virgen y a todos los santos por haberle salvado, arrojó por la ventana todas sus tinturas, esencias, ungüentos y polvos, y quemó sus recetas, prometiéndose a sí mismo curar a sus pacientes solamente con imposición de manos y fricciones, como en otros tiempos un famoso médico, que también era santo, y cuyo nombre no recuerdo, lo había hecho con gran éxito. Porque los pacientes se morían tranquilamente como los pacientes de los otros doctores y ya antes de morir veían el cielo abierto y todo lo que el santo les decía que debían ver.

—¡Yo no sé —dijo al otro día Antonio a Salvator—, yo no sé qué coraje es el mío desde que ha corrido mi sangre! ¡Muerte y condenación para el infame Capuzzi!... ¿Sabe usted Salvator que estoy resuelto a entrar a la fuerza en casa de Capuzzi? ¡Golpearé al viejo y, si se resiste, raptaré a Marianna!

—¡Magnífica idea! —exclamó Salvator riéndose— ¡Magnífica idea! ¡Muy bien pensado! Estoy seguro de que ya habrá usted pensado en el medio de transportar a su Marianna por los aires hasta la Plaza de España, a fin de evitar que le prendan y ahorquen antes de llegar a aquel sitio... No, mi querido Antonio, no hay nada que hacer con la violencia, pues ya puede usted pensar que el Signor Pasquale está alerta, dispuesto a rechazar cualquier agresión. Además de que nuestra aventura ha causado ya mucho ruido, y las carcajadas que ha hecho soltar nuestro modo de tratar al Doctor Splendiano y a Capuzzi han puesto en guardia a la población despertándola de su plácido sueño, y ahora van a acecharnos con todos los pobres medios de que pueden disponer. De la astucia hemos empezado a valemos. No, Antonio, sigamos empleando la astucia para lograr la fuerza. Con arte e con inganno se vive mezzo l'anno, con inganno e con arte si vive l'altra parte. Así lo dice la Signora Caterina y tiene razón.

Realmente me dan ganas de reírme cuando pienso que nos hemos comportado como jóvenes irreflexivos, cosa que me apesadumbra mucho, porque al fin tengo más edad que usted. Dígame, Antonio, si nuestro golpe hubiera tenido éxito y usted hubiera podido realmente raptar a su Marianna, dígame, ¿adonde hubiera huido, dónde la hubiera tenido escondida, cómo habría hecho para desposarse apresuradamente, de manera que el viejo no hubiera podido estorbarlo?

¡Dentro de pocos días podrá usted raptar a su Marianna!; Nicolo Musso y Formica lo saben todo y con ellos he combinado un plan que no podrá fallarnos. ¡El Signor Formica le ayudará!

—¿El Signor Formica? —contestó Antonio con indiferencia y casi con desdén—. ¿El Signor Formica? ¿De qué me puede servir a mí este farsante?

—¡Oh, oh! —exclamó Salvator— le ruego que tenga usted respeto para el Signor Formica. ¿Acaso no sabe usted que Formica es una especie de mago que posee la ciencia de los más maravillosos secretos? ¡Repito que el Signor Formica nos ayudará! También el viejo María Agli y el excelente Doctor Graziano Bolognese están metidos en nuestro complot y tienen un papel muy importante. En el teatro Musso, Antonio, es donde raptará usted a su Marianna.

—Salvator —dijo Antonio—, usted me entretiene con engañosas esperanzas. Usted dice que el Signor Pasquale está prevenido contra todo ataque abierto. ¿Cómo será posible que después de lo que le ha pasado se decida de nuevo a aparecer en el teatro de Musso?

—No es tan difícil como usted piensa lograr que el viejo vuelva al teatro. Mucho más difícil será lograr que no se haga acompañar de sus acompañantes. Pero sea lo que sea, usted lo que debe hacer ahora, Antonio, es prepararse para huir de Roma en el momento propicio. Irá usted a Florencia, donde ya le precederá su fama de artista, y para que su llegada no se vea sin recursos ni protectores, yo me ocuparé de todo. Descansaremos ahora algunos días y luego veremos lo que habremos de hacer. ¡Espere un poco, Antonio, tenga esperanza! ¡Formica nos ayudará!



Nuevo ataque contra el Signor Pasquale. Antonio Scacciati lleva a cabo felizmente su empresa en el Teatro de Nicolo Musso y huye a Florencia.

El Signor Pasquale sabía muy bien quién le había preparado la trampa en la que habían caído él y el pobre Doctor Pirámide ante la Porta del Popolo y es fácil imaginarse cuan furioso estaba contra Antonio y contra Salvator Rosa, a quien, como era en realidad, miraba como al cabecilla de aquella trama.

Se afanaba en consolar a la pobre Marianna, que se había puesto enferma, no del susto como ella decía, sino del pesar, porque el condenado Michele y los esbirros la habían arrancado de los brazos de su Antonio. Sin embargo, Margarita le traía continuamente noticias de su enamorado y ponía toda su esperanza en el emprendedor Salvator. Con impaciencia esperaba de un día a otro que sucediese algún acontecimiento imprevisto y su enojo recaía enteramente sobre el viejo, quien se sentía discriminado y pusilánime, no obstante su loca pasión y el diabólico amor que ocultaba en su pecho.

Así que cuando Marianna, agotados ya todos los medios de martirizarle que estaban en su mano, permitía que con sus secos labios llegase a besarle la blanca mano, el viejo juraba en el exceso de su dicha que no se cansaría de cubrir de ardientes besos los zapatos del Papa, hasta que le concediese la dispensa necesaria para contraer matrimonio con su sobrina, el compendio de toda la gracia y la belleza.

Marianna evitaba sacarle de esta ilusión, puesto que la confianza en que le dejaba apoyaba sus esperanzas, y creía que sería más fácil escapar cuanto más seguro estuviera él de poseerla con lazos indisolubles.

Había ya pasado algún tiempo cuando, un día, a eso de las doce, Michele subió las escaleras apresuradamente y anunció al Signor Pasquale que un caballero que estaba abajo, y al que no había abierto la puerta a pesar de sus muchos golpes, deseaba hablar con el Signor Pasquale Capuzzi, pues sabía que habitaba en aquella casa.

—¡Por todos los santos de la corte celestial! —gritó el viejo encolerizado— ¿no sabes, imbécil, que no recibo a ningún desconocido en mi casa?

—¡Este caballero —dijo Michele— habla muy finamente y tiene muy buenos modales, y se llama Nicolo Musso!

—Nicolo Musso —dijo Capuzzi para sus adentros—, Nicolo Musso, el del Teatro de la Porta del Popolo, ¿qué querrá de mí?

En diciendo esto, cerró con precaución todas las puertas y bajó la escalera con Michele para hablar con Nicolo abajo, en la calle, delante de la casa.

—Mi buen Signor Pasquale— dijo Nicolo inclinándose ante él—, ¡cuánto me alegra que se haya usted dignado a saludarme! ¡Cuántas gracias debo darle! Desde que los romanos le vieron en mi teatro, usted, cuyo gusto y talento son tan conocidos, usted, que es tenido como modelo de sabios virtuosos de la música, se dobló mi fama y mis ingresos. ¡Me dolió muchísimo cuando supe de unos infames malvados atacaron a usted y a sus compañeros al regresar a casa! ¡Por todos los santos de la corte celestial, le ruego que esta infamia, que ha suscitado la reprobación general, no le inspire ningún rencor contra mí y mi teatro! ¡No me prive usted de sus visitas!

—Mi buen Signor Nicolo —repuso el viejo sonriendo—, tenga usted la seguridad de que ningún teatro me ha complacido tanto como el suyo. ¡Vuestro Formica, vuestro Agli son dos actores incomparables! ¡Pero piense usted en el miedo que ha estado a punto de causar la muerte de mi amigo el Signor Splendiano Accoramboni, e incluso a mí mismo! Sin embargo, no es de su teatro de lo que yo me quejo, sino del camino que a él lleva. Si usted lo pone en la Plaza del Popolo o en la calle Babuina o en la calle Ripetta, no faltaré una sola noche, pero ante la Porta del Popolo ningún poder humano me hará pasar la noche.

Nicolo suspiraba como si estuviera afectado por el más vivo pesar.

—Esto es muy duro para mí —dijo— quizá más duro de lo que usted puede imaginar, Signor Pasquale. ¡Ay! ¡En usted es en quien he fundado todas mis esperanzas y venía a implorar su ayuda!

—¿Mi ayuda? —preguntó el viejo, asombrado—. ¿Mi ayuda, Signor Nicolo? ¿En qué puedo ayudarle?

—Mi buen Signor Pasquale —repuso Nicolo, llevándose el pañuelo a los ojos, como si se secase las lágrimas—, usted habrá observado que mis actores mezclan en las representaciones algunas arias en sus papeles. Yo había pensado, para darles más importancia, tomar una orquesta y finalmente formar una especie de ópera, a pesar de la prohibición. Usted, Signor Capuzzi, es el mejor compositor que tenemos en Italia y sólo por la increíble ligereza de los romanos, por envidia y por la perfidia de los demás maestros, es posible que en los teatros se representen obras que no sean las de usted y yo venía a suplicarle de rodillas, Signor Pasquale, que me concediese usted sus inmortales obras para ejecutarlas lo mejor posible en mi modesto teatro.

—¡Oh, mi buen Signor Nicolo! —dijo el viejo con el rostro radiante—, ¿por qué hemos de estar hablando en medio de la calle? Tómese usted la molestia de subir algunos escalones un poco altos. Entremos en mi habitación.

Apenas llegado Nicolo al aposento, el viejo sacó un paquete polvoriento de papeles con notas, lo deshizo, tomó su guitarra y empezó a dar los más espantosos aullidos, que él llamaba cantar. Nicolo gesticulaba frenéticamente, suspiraba..., gemía..., y gritaba a cada paso:

—¡Bravo!... ¡bravissimo!... ¡benedittissimo Capuzzi!..., hasta que cayó al suelo como movido por un delirio fascinador, y se abrazó con tanta furia a las rodillas del viejo, que éste dio un brinco exclamando con acento del más agudo dolor:

—¡Por todos los santos de la corte celestial! ¡Déjeme usted, Signor Nicolo, que me va usted a matar!

—¡No —exclamó Nicolo—, no! Signor Pasquale, no me levantaré si antes no me cede usted esta divina composición que acaba usted de cantar, para que Formica mañana pueda cantarla en mi teatro.

—Es usted un hombre de gusto —dijo Pasquale gimiendo—, un hombre de juicio. ¿A quién mejor que usted podría confiar yo mis arias? Lléveselas usted todas... pero ¡suélteme usted! ¡Lo que siento es que no podré escuchar mis divinas obras maestras! ¡Suélteme usted, Signor Nicolo!

—¡No —contestó Nicolo, siempre de rodillas y teniendo fuertemente abrazadas las descarnadas canillas del viejo—, no, Signor Pasquale, no le soltaré a usted hasta que me prometa venir mañana a mi teatro! ¿Teme usted, acaso, un nuevo ataque? ¿Ignora usted que los romanos, después de haber oído sus arias, le llevarán a su casa en triunfo y con antorchas encendidas? ¡Y en el caso de que esto no sucediera, yo mismo y mis fieles compañeros nos encargaríamos de escoltarle hasta su casa!

—¿Usted mismo —preguntó Pasquale— me escoltaría con sus compañeros? ¿Cuántos son entre todos?

—Unas diez personas estarán a sus órdenes, Signor Pasquale. ¡Decídase usted, escuche mis súplicas!

—¡Formica —decía entre sí Pasquale— tiene una voz muy buena! ¡Cómo ejecutaría mis arias!

—Decídase usted —volvió a decir Nicolo, apretando de nuevo las piernas del viejo.

—¿Me promete usted —preguntó el viejo— que no tendré obstáculo alguno para volver a mi casa?

—¡Empeño en ello mi honor y mi vida! —contestó Nicolo dando otro apretón más fuerte a sus piernas.

—¡Basta! —gritó el viejo—. Iré pasado mañana a su teatro.

Entonces Nicolo se levantó brincando de alegría y abrazó de tal modo al viejo que suspiraba y jadeaba como si se ahogase.

En aquel mismo instante apareció Marianna. El Signor Pasquale intentó hacerla volver atrás lanzándole una mirada furiosa, pero ella, haciendo como si no le hubiera visto, se dirigió directamente a Musso, y le dijo como enojada:

—En vano, Signor Nicolo, pretende usted atraer a su teatro a mi querido tío. Ya se ha olvidado usted del infame atentado que llevaron a cabo aquellos desvergonzados que intentaron raptarme, y que estuvo a punto de costarle la vida a mi tío y a su digno amigo Splendiano y hasta a mí misma. Jamás consentiré que se exponga de nuevo a tal peligro. Deje usted de insistir, Signor Nicolo. ¿No es verdad, queridísimo tío? Usted se quedará tranquilamente en casa, sin volver a arrostrar los peligros nocturnos, ni las emboscadas de los traidores de la Porta del Popolo.

El Signor Pasquale se quedó como si le hubiera herido un rayo. Contempló a su sobrina de hito en hito, hasta que por fin con melosas palabras le fue explicando con todos los miramientos posibles que el Signor Nicolo se obligaba a tomar las medidas necesarias para evitar el menor peligro al regreso.

—Yo insisto en lo dicho —dijo Marianna— y ruego a usted, querido tío, que no vaya al teatro de la Porta del Popolo. Perdone usted, Signor Nicolo, no hablaría así en vuestra presencia, pero tengo un negro presentimiento. Ya sé que usted es amigo de Salvator Rosa, y también de Antonio Scacciati; ¿quién me dice que no está usted de acuerdo con nuestros enemigos y engaña a mi tío, quien estoy segura que no visitará el teatro sin mí, para hacerle caer desprevenido en alguna otra emboscada?

—¡Qué sospecha! —exclamó Nicolo con enojo—. ¡Qué horrible sospecha, Signora! ¿Tan mal piensa usted de mí? ¿Tengo tan mala fama, que me cree usted capaz de tan negra traición? Pero si en realidad piensa usted así y desconfía del auxilio que le prometo, hágase usted escoltar por Michele, que es el que le salvó de las manos de los ladrones. Michele, acompañado de algunos esbirros, podrá esperarle fuera del teatro, porque seguramente no querrá usted que llene mi sala con ellos.

Marianna miró fijamente a los ojos de Nicolo y luego dijo seria y solemne:

—¿Qué está usted diciendo? ¿Que Michele y los esbirros nos acompañen? Ahora bien veo que sus intenciones son buenas y que mis sospechas eran infundadas. ¡Perdone usted mis palabras irreflexivas! ¡No puedo remediar sentir miedo y temor por mi querido tío y aún vuelvo a rogarle que no se exponga dando un paso tan peligroso!

El Signor Pasquale había escuchado todo el discurso con una extraña expresión que demostraba claramente su lucha interior. Al llegar a este momento no pudo contenerse más y se arrojó a los pies de su bella sobrina, y cogiéndole las manos se las llenó de besos y, derramando copiosas lágrimas, exclamó fuera de sí, lleno de alegría:

—¡Divina, adorable Marianna, ahora se elevan las llamas que devoran mi corazón! ¡Este temor, esta angustia, es la prueba y la confesión más dulce de que me amas!

Y continuó suplicándole para que desterrase todo temor y fuese con él a oir cantar en el teatro la más hermosa obra musical que jamás hubiera compuesto el más divino compositor.

Nicolo, por su parte, no cesó de suplicarle hasta que Marianna se confesó vencida y prometió que, dejando todo temor, acompañaría a su querido tío al Teatro de la Porta del Popolo. El Signor Pasquale estaba encantado, parecía estar en la gloria. Estaba convencido de que Marianna le amaba; esperaba oir cantar en un teatro su música y coger los laureles que durante tanto tiempo había ansiado. ¡Por fin iba a ver cumplidos sus más dulces sueños! Ahora quería tener por testigos de su resplandeciente éxito a sus fieles amigos, o sea, que el Signor Splendiano y el pequeño Pitichinaccio fuesen con él al teatro como la primera vez.

Además de su rapto por los espectros, el Doctor Splendiano, dormido en la Pirámide de Cestio, sumergido en su peluca, había tenido un sinfín de lúgubres visiones. De repente, todos los muertos del cementerio habían resucitado extendiendo los brazos hacia él, maldiciendo en voz alta todos los polvos y esencias, cuya funesta influencia les atormentaba aún en la tumba.

A consecuencia de estas impresiones, aunque no podía negar que había sido víctima de la violencia de algunos bribones, el Signor Splendiano seguía estando melancólico y, aunque apenas era inclinado a las supersticiones, ahora veía fantasmas por todas partes y estaba atormentado por negros presentimientos y malos sueños.

Pitichinaccio estaba convencido de que eran verdaderos diablos, que habían salido de las llamas del infierno, los que le habían agredido a él y al Signor Pasquale y lanzaba horribles gritos al recordar aquella horrorosa noche. Eran vanas todas las protestas del Signor Pasquale, que afirmaba que no eran otros sino Antonio Scacciati y Salvator Rosa, disfrazados con máscaras de diablo, porque Pitichinaccio, llorando a lágrima viva, juraba que, a pesar de su susto, había reconocido la voz y el ser del diablo Fanfarell, que le había pinchado en el vientre, en el que se veían aún manchas azuladas y moradas a fuerza de pellizcos.

Ha de imaginarse el trabajo que le costó al Signor Pasquale convencer a ambos, al Doctor Pirámide y a Pitichinaccio, para que volvieran a acompañarlo. Splendiano se decidió el primero en cuanto logró que un monje de San Bernardo le diese un saquito lleno de almizcle bendito, cuyo olor no podían resistir ni los muertos ni los diablos, y con el cual se creía armado contra todas las tentaciones y ataques.

Pitichinaccio no pudo resistir a la promesa de recibir una caja de pasas, con la condición de que le dejaría el Signor Pasquale vestirse su nuevo traje de abate, en vez de traje de mujer, que, según él, era lo único que había atraído a los demonios. Iba, pues, a suceder lo que más temía Salvator, quien aseguraba que no podría llevarse el plan a efecto mientras el Signor Pasquale y Marianna no fuesen solos al Teatro de Nicolo, sin sus fieles acompañantes.

Ambos, Antonio y Salvator, verdaderamente se devanaban los sesos tratando de encontrar el modo de separar a Splendiano y Pitichinaccio del Signor Pasquale; pero ya no tenían tiempo para preparar ningún golpe de mano, porque la representación del Teatro de Nicolo debía efectuarse la noche del día siguiente. Pero el cielo, que, evidentemente, se sirve de los instrumentos más extraños para castigar a los locos, intervino en favor de los dos enamorados, y se valió para esto mismo de Michele, cuyo aturdimiento logró lo que Salvator y Antonio no hubieran podido lograr.

Aquella misma noche, en la calle Ripetta y frente a la casa del Signor Pasquale, se oyeron de repente unos gritos lastimeros y tal cantidad de lamentos, juramentos e injurias que todos los vecinos se despertaron sobresaltados y algunos esbirros que venían de perseguir a un asesino que se había refugiado en la Plaza de España, creyendo ser otro asesinato, acudieron presurosos con antorchas.

Al llegar al lugar donde suponían que se había cometido el crimen, se encontraron al desgraciado Pitichinaccio en el suelo y a Michele apaleando al Doctor Pirámide, al tiempo que el Signor Pasquale, furioso, atacaba espada en mano a Michele.

En torno se veían varios fragmentos de guitarra.

Muchas personas se interpusieron, impidiendo el paso, tratando de evitar que actuase el viejo, que de otro modo hubiera traspasado a Michele de parte a parte. Michele, a la luz de las antorchas, se quedó helado, con los ojos asombrados, al ver quién era, como la estampa viva de la furia, sin razón alguna. Luego, lanzó, por fin, un aullido espantoso y, arrancándose los cabellos, pidió gracia y misericordia.

Ninguno de los dos, ni el Doctor Pirámide ni el viejo, habían recibido graves heridas, pero ambos estaban tan magullados que no se podían menear, viéndose precisados a trasladarles a su casa.

El Signor Pasquale fue causa de esta desgracia. Ya sabemos que Salvator y Antonio habían dado a Marianna una hermosa serenata; pero había olvidado decir que, para desesperación del viejo celoso, ésta se repetía todas las noches.

El Signor Pasquale, cuyo enojo contra los cantores trataban de contener los vecinos, hizo la tontería de dirigirse a las autoridades, a fin de que prohibiese a los dos jóvenes cantar en la calle Ripetta. La autoridad le dijo que jamás se había oído decir en Roma que se hubiese impedido a cualquiera cantar y tocar la guitarra en cualquier lugar que fuese, por lo que semejante petición no era razonable. Entonces el Signor Pasquale decidió terminar este asunto y prometió a Michele una buena cantidad de monedas si el primer día que volviesen apaleaba a los cantores.

Compró Michele, enseguida, un formidable garrote, y todas las noches se ponía de guardia detrás de la puerta. Pero aconteció que Salvator y Antonio juzgaron conveniente suspender sus serenatas en la calle Ripetta durante los días anteriores al golpe que preparaban, para que el viejo se tranquilizara. Marianna había dicho inocentemente que, aunque odiase a Antonio y a Salvator, había escuchado complacida las serenatas, porque no había nada más hermoso que la música que se eleva hacia el cielo durante la noche.

El Signor Pasquale, recordando estas palabras, en el colmo de la galantería, como enamorado caballero, proyectó sorprender a su adorada con una serenata, compuesta por él mismo, que ensayó con sumo cuidado con sus dos íntimos amigos.

Así pues, en la misma noche del día en que esperaba celebrar en el Teatro Nicolo Musso su mayor triunfo, salió a hurtadillas y fue en busca de sus compañeros, que ya estaban prevenidos. Pero, apenas habían sonado las primeras notas de las guitarras, que Michele, a quien no había informado el Signor Pasquale, muy contento de poder ganar la suma prometida, salió de su escondite y empezó a apalear, sin compasión, a los músicos, de lo que se siguió lo que ya sabemos.

Que ni el Signor Splendiano ni Pitichinaccio, que estaban en el lecho cubiertos de vendajes, pudieron acompañar al Signor Pasquale al Teatro de Nicolo, está fuera de dudas. Sin embargo, el Signor Pasquale, por su parte, no quiso renunciar a la satisfacción de oir su partitura, a pesar de que también le dolían algo los hombros y la espalda, a causa de los palos recibidos.

—Ahora que la casualidad —dijo Salvator a Antonio— ha quitado el obstáculo que considerábamos insuperable, sólo falta que se aproveche usted con habilidad del momento favorable para raptar a su Marianna del Teatro de Nicolo. Todo le saldrá tan bien que desde ahora le doy la enhorabuena como novio de la hermosa sobrina de Capuzzi, que pronto será su esposa. ¡Le deseo que sea feliz, aunque siento un involuntario estremecimiento cuando pienso en su matrimonio!

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Antonio sorprendido.

—Llámelo usted quimera —contestó Salvator— y locas preocupaciones, o como quiera llamarlo, Antonio, no importa. Yo amo, sin duda, a las mujeres, pero incluso aquella de la que estuviese enamorado hasta la locura, aquella por la que yo diera mi vida y todo lo que poseo, me haría estremecer si pensase que me había de unir con ella por medio del matrimonio.

La inescrutable naturaleza de las mujeres se burla de todas nuestras armas... Aquella que creíamos que se nos había entregado en cuerpo y alma con completa abnegación es la primera en engañarnos, y con frecuencia los más dulces besos destilan el más mortal veneno.

—¿Y mi Marianna? —preguntó Antonio, turbado.

—Perdóneme, Antonio —prosiguió Salvator— pero ¡hasta su Marianna, que es la personificación de la dulzura y de la gracia, me ha demostrado qué peligrosa es la misteriosa naturaleza de la mujer! Recuerde usted el comportamiento de esta niña inocente e inexperta cuando llevamos a su casa al tío, supuestamente herido, y cómo a una sola mirada mía comprendió todo y representó su papel, como usted mismo me dijo, con gran maestría. ¡Y todo esto fue poco en comparación con lo que sucedió en la visita que Musso hizo al viejo! La más fina astucia, la más impenetrable ficción, en una palabra, toda la imaginable destreza de una mujer del gran mundo no igualaría el artificio de que la joven Marianna hizo uso para engañar al viejo.

No podía obrar ella más astutamente para allanar las dificultades que debíamos superar para el logro de nuestra empresa.

En la lucha en que estamos con este loco de atar... todo artificio es permitido... ¡así pues, querido Antonio, no se atormente usted con mis quiméricas imaginaciones, sea usted muy feliz con Marianna!

Si un monje cualquiera hubiera acompañado al signor Pasquale, cuando éste se puso en marcha con su sobrina para ir al Teatro de Nicolo Musso, todo el mundo hubiera pensado que la extraña pareja era llevada al patíbulo, pues abría la marcha Michelle, de aspecto feroz, armado hasta los dientes, y le seguían el Signor Pasquale y Marianna, con veinte esbirros más.

Nicolo recibió al viejo con su dama a la entrada del Teatro con toda solemnidad, y enseguida los condujo a los asientos de preferencia que les habían reservado, muy cerca del escenario.

El Signor Pasquale se sintió muy halagado por este honor que le hacían y miró con orgullo a su alrededor, y aumentó más su placer y contento cuando advirtió que todos los sitios próximos a Marianna estaban ocupados únicamente por mujeres. Detrás de las decoraciones de la escena había un par de violines y un contrabajo que estaban afinando; el corazón del viejo latía lleno de ansiedad y se estremeció hasta la médula de los huesos, herido como por una descarga eléctrica, cuando repentinamente resonó el estribillo de su aria.

Se adelantó Formica en traje de Pasquarello, y cantó..., ¡cantó, con la misma voz y las mismas contorsiones que Capuzzi, la más detestable de todas las arias!... El teatro pronto resonó con las estrepitosas risotadas de los espectadores delirantes, que exclamaban:

—¡Ah, Pasquale Capuzzi!... ¡Compositor, virtuoso celebérrimo ¡bravo!... ¡bravíssimo!

El viejo, que no se daba cuenta de que las risas eran burlonas, estaba en el mayor grado de su alegría.

Concluida el aria, se pidió silencio; a continuación el Doctor Graziano, esta vez presentado por el mismo Nicolo Musso, entró en escena tapándose los oídos y gritando a Pasquarello que se callase de una vez y dejase de gritar y dar aquellos alaridos.

El Doctor preguntó a Pasquarello dónde había aprendido aquel modo de cantar y quién le había enseñado aquella detestable aria.

Pasquarello respondió que no comprendía cómo el Doctor podía hablar así, suponía que a él le sucedía lo mismo que a los romanos, que no tenían el menor gusto por la música y desconocían los más raros talentos; que el aria era del mayor virtuoso y que él tenía la suerte de estar a su servicio y que al mismo tiempo recibía lecciones de canto y música.

Entonces Graziano, tratando de adivinar, fue nombrando uno tras otro a todos los virtuosos y compositores célebres, pero a cada nombre Pasquarello sacudía con desdén la cabeza.

Finalmente Pasquarello dijo que el Doctor manifestaba su ignorancia, puesto que ni siquiera conocía al más ilustre compositor contemporáneo. Éste no era sino el Signor Pasquale Capuzzi, quien le había hecho el honor de tomarlo a su servicio. ¿No veía acaso que Pasquarello podía ser amigo y servidor del Signor Pasquale?

Entonces el Doctor Graziano, soltando la carcajada, dijo que cómo era posible que Pasquarello dejase de servirle a él, al Doctor Graziano, que le daba buen sueldo y buena comida y además hacía la vista gorda por algún quattrino que le faltaba, para irse a servir a casa del más loco de todos los locos que jamás hubiese comido macarrones, en casa de aquella máscara de carnaval de todos los colores que deambulaba por las calles como un gallo mojado después de la lluvia, en casa de aquel tonto que presumía de sabio, de aquel miserable avaro, de aquel viejo pusilánime enamorado, cuyos desagradables rebuznos, a los que daba el nombre de canto, apestaban la calle Ripetta, etc., etc.. Muy enojado, Pasquarello contestó que sólo la envidia hablaba por boca del Doctor, pero que él hablaba con el corazón en la mano (col cuore in mano), que el Doctor ni siquiera era el hombre capaz de juzgar al Signor Pasquale Capuzzi di Senegaglia —que hablaba con el corazón en la mano— y que el Doctor era poseedor de todas las ridiculeces que había atribuido al excelente Signor Pasquale, y que hablaba con el corazón en la mano. Que él mismo había visto con frecuencia que más de seiscientas personas se habían reído del Doctor Graziano a carcajada limpia, etc., etc..

Finalmente Pasquarello hizo un extenso panegírico de su nuevo señor, el Signor Pasquale, atribuyéndole todas las virtudes imaginables, y acabó con la descripción de su persona, al que describió como modelo de gracia y amabilidad.

—¡Bendito seas, Formica! —decía el Signor Capuzzi para sus adentros—. ¡Bendito seas, Formica, que te has propuesto hacer completo mi triunfo echando en cara a los romanos toda su envidia e ingratitud y enseñándoles claramente quién soy yo!

—Ved aquí a mi amo en persona —exclamó en aquel momento Pasquarello—, y se vio entrar al Signor Pasquale Capuzzi, en cuerpo y alma, semejante hasta en los movimientos, semblante, andares y vestimenta, al Signor Capuzzi, que estaba sentado en el patio, de modo que éste mismo, sobrecogido de terror, soltó la mano de Marianna, y se la pasó por la nariz y por la peluca, como para persuadirse de que no soñaba o veía doble, sino para asegurarse de que verdaderamente se encontraba en el Teatro de Nicolo Musso y si debía creer en semejante milagro.

El Capuzzi del teatro abrazó al Doctor Graziano con gran afabilidad y le preguntó cómo se encontraba. El Doctor repuso que tenía buen apetito, que su sueño era tranquilo, para servirlo (per servirlo), pero que su bolsa estaba vacía. Precisamente el día anterior, en honor de su amada, se había gastado los últimos ducados en comprarse un par de medias de color rosa, y justo ahora iba a ir a casa de un banquero para ver si le podía prestar treinta ducados.

—Pero, ¿cómo hacéis eso —dijo entonces Capuzzi— pasando delante de vuestro mejor amigo, sin decirle ni una palabra? ¡Aquí tenéis, mi buen señor, aquí tenéis los cincuenta ducados!

—Pasquale, ¿qué estás haciendo?— dijo a media voz el Capuzzi de la sala.

El Doctor Graziano se puso a hablar de letras de cambio y de intereses, pero el Signor Capuzzi dijo que de un amigo como el Doctor no pretendía nada.

—Pasquale, ¿has perdido la cabeza? —exclamó el Capuzzi de la sala a media voz.

El Doctor Graziano se marchó después de muchos abrazos, muy agradecido. Luego se acercó a Pasquarello, y haciéndole muchas reverencias, elogió al Signor Pasquale hasta las nubes, diciendo que su bolsa padecía la misma enfermedad que la del Doctor Graziano, y le rogó que le curase con aquel mismo maravilloso remedio. ¡El Capuzzi del teatro, echándose a reír, se alegró de que Pasquarello supiera aprovecharse de su buen humor y le arrojó algunos buenos ducados!

—¡Pasquale, estás loco..., poseído del demonio! —gritó Capuzzi desde abajo. Pero le mandaron callar.

Pasquarello elogió doblemente a Capuzzi y llegó a hablar del aria compuesta por Capuzzi, y con la que él, Pasquarello, esperaba encantar a todo el mundo.

Capuzzi, el del teatro, tocó amigablemente por la espalda a Pasquarello y le dijo que a él, que siempre había sido fiel servidor, podía confiarse y decirle la verdad: que nunca había entendido nada del arte de la música y que las canciones de las que hablaba, como todas las demás arias, no las había compuesto, sino que las había robado de las canzone de Frescobaldi y de los motetes de Carissimi.

—¡Mientes, miserable! —gritó Capuzzi, desde la sala, levantándose de su asiento.

Le hicieron callar de nuevo y la señora que estaba sentada a su lado le hizo volver a sentarse.

—Ya es tiempo —continuó diciendo el Capuzzi del teatro— de pensar en otras cosas más importantes. Mañana daré un gran banquete y Pasquarello tendrá que estar muy atento para traer lo necesario.

Luego sacó una lista de los más delicados platos y de los más caros, que fue leyendo en alto; a cada uno Pasquarello fue poniendo precio y a medida que los iba leyendo recibía el dinero.

—¡Pasquale!... ¡Loco! ¡Que no tienes juicio!, ¡Bellaco! ¡Derrochador! —gritaba Capuzzi interrumpiéndoles, y su cólera iba en aumento a medida que iban aumentando también los gastos del extravagante almuerzo.

Concluida la lista, Pasquarello preguntó qué motivo le obligaba al Signor Pasquale. a dar una fiesta tan espléndida.

—Es que mañana —contestó el Capuzzi del teatro—, mañana es el día más feliz de mi vida. Has de saber, mi buen Pasquarello, que celebro la boda de mi querida sobrina Marianna. ¡Le he concedido su mano al apuesto joven, al excelente pintor Antonio Scacciati!

Apenas el Capuzzi del teatro hubo acabado de pronunciar estas palabras, que Capuzzi, fuera de sí, frenético, con rabia infernal reflejada en su enrojecido semblante, se levantó y dirigiendo sus puños contra su sosias, le dijo con voz chillona:

—¡Esto no lo harás, no lo harás, villano Pasquale! ¿Es que pensabas entregar a tu Marianna, perro? ¿La querías lanzar en los brazos de un condenado mendigo?... ¿a la dulce Marianna, a tu vida..., a tu esperanza..., a tu todo? ¡Ah, vete..., vete, loco de atar, vete y no te me acerques! ¡Mira que con estas manos te daré tales golpes que se te quitarán las ganas de comidas y bodas!

Pero Capuzzi, el de la escena, imitando la actividad y el furor de Capuzzi, el de la sala, respondió gritando mucho más, con voz chillona:

—¡Que los diablos te lleven al infierno, maldito Pasquale, loco, viejo tonto enamorado, asno vestido de arlequín, ten cuidado que no te quite la vida para dar fin a las vergonzosas maldades que cobardemente atribuyes al honrado, al bueno y venerable Pasquale Capuzzi!

Luego, en medio de los más horribles juramentos y maldiciones del Capuzzi de la sala, el Capuzzi de la escena empezó a contar una tras otra sus infames acciones.

—¡Prueba siquiera —gritó finalmente el Capuzzi de la escena— prueba siquiera, Pasquale, viejo mono enamorado, a estorbar la dicha de estos dos jóvenes que el cielo ha criado el uno para el otro!

Al mismo tiempo se vio aparecer en el teatro a Marianna y a Antonio abrazados.

Aunque el viejo tenía las piernas muy débiles, la rabia le dio fuerza y agilidad. De un brinco se plantó en la escena y con al espada en la mano se lanzó contra el que creía ser Antonio. Pero sintió que le detenían, cogiéndole por detrás. Un oficial de la guardia pontificia le tenía cogido y le decía severamente:

—¡Tenga usted en cuenta, Signor Pasquale, que está en el Teatro de Nicolo Musso! Sin querer, hoy ha representado usted un papel muy divertido. Aquí ya no encontrará usted ni a Antonio ni a Marianna.

Las dos personas que Capuzzi había tomado por Antonio y Marianna se le habían acercado con los demás, y Capuzzi se encontró delante de unos rostros completamente desconocidos. Se le cayó la espada de las temblorosas manos, suspiró profundamente como si despertara de un profundo sueño, se pasó la mano por la frente y abrió los ojos. Presintiendo todo lo que había pasado, con una voz terrible que hacía temblar las paredes, comenzó a gritar:

—¡Marianna!

Pero ella no podía ya oir su grito, pues Antonio había sabido escoger muy bien el momento en que Pasquale, olvidándose de todo lo que le rodeaba, y aun de sí mismo, regañaba con su sosias; se había acercado a Marianna, y con ella había huido por una puerta lateral, donde le esperaba un vetturino con su coche. Partieron inmediatamente en dirección a Florencia.

—¡Marianna! —volvió a gritar el viejo—. ¡No está! ¡Ha huido! ¡Ese bribón de Antonio me la ha robado! ¡Vamos, corramos! ¡Tened piedad de mi palomita! ¡Ah, qué víbora!

En diciendo esto, el viejo quiso echar a correr. Pero el oficial le retuvo con fuerza y le dijo:

—¿Se refiere usted a aquella hermosa joven que estaba sentada al lado de usted. Si es ésa, hace mucho tiempo que ha desaparecido, mientras discutía usted inútilmente con el actor que tanto se parece a usted. Si no me engaño, ha salido con el joven Antonio Scacciati. No se preocupe, se harán todas las gestiones necesarias para encontrarla y se la devolverá a usted. En cuanto a usted, Signor Pasquale, ¡me veo precisado a arrestarle por el escándalo que ha causado y por el ataque criminal que ha intentado en la persona de este actor!

El Signor Pasquale, pálido como un difunto, e incapaz de pronunciar una sola palabra, fue conducido por los mismos esbirros que debían protegerle contra los espectros y diablos enmascarados, y así fue cómo la misma noche en que esperaba celebrar su triunfo se hizo víctima de la vergüenza y desesperación reservada a los viejos enamorados.



Salvator Rosa deja Roma y se dirige a Florencia. Fin de la historia.

Todo lo de este mundo está sujeto a continuas variaciones y nada es más caprichoso que el sentimiento de los hombres, que gira continuamente como la rueda de la diosa Fortuna. Tal vez se ve hoy muy colmado de honores el que ayer se vio objeto de la más amarga crítica, y mañana se ensalzará hasta las nubes al que hoy se pisotea.

Nadie había en toda Roma que no se burlase del viejo Pasquale Capuzzi, por su sórdida avaricia, por su loco amor, por sus tiránicos celos, y que no desease al mismo tiempo la libertad de su víctima, la pobre Marianna. Pero en el momento en que Antonio logró robar a su amada, todas las burlas y sarcasmos hacia el viejo loco se trocaron en compasión, al verle andar por las calles de Roma cabizbajo y desconsolado. Además, una desgracia no viene nunca sola.

Sucedió, pues, que el Signor Pasquale, después de la fuga de su Marianna, perdió también a sus dos amigos, pues Pitichinaccio se ahogó con una almendra que quiso imprudentemente tragar cuando hacía un gorgorito; y el Doctor Splendiano Accoramboni fue víctima de una falta de ortografía, que recayó sobre él mismo. Los palos que recibió de Michele le sentaron tan mal que fue presa de una gran fiebre. Por este motivo decidió curarse con una medicina que había inventado, para la cual, pidiendo pluma y tintero, escribió la receta, pero por descuido escribió un signo diferente y aumentó indebidamente la dosis de una sustancia venenosa. Apenas hubo tragado la poción cuando cayó sobre la almohada y expiró, demostrando de este modo maravilloso con su propia muerte el gran efecto de la última poción que había preparado.

Como ya hemos dicho, aquellos que al principio se divirtieron a expensas del viejo y habían deseado un buen éxito a las tentativas de Antonio, sentían ahora una profunda compasión por el viejo, y recaía el mayor odio no contra Antonio, sino contra Salvator, a quien miraban, y con mucha razón, como el promotor de aquella empresa.

Los enemigos de Salvator, que siempre eran muchos, no dejaban de atizar el fuego.

—Ved ahí —decían— al criminal cómplice de Masaniello, que toma parte y protege todas las empresas de bandidos; ¡su presencia en Roma un día u otro llegará a ser una amenaza!

Realmente la banda de los envidiosos que se habían conjurado contra Salvator logró frenar su fama. Viéronse salir de su taller muchos cuadros nacidos de su ardiente fantasía, maravillosamente pintados, pero a su vista los supuestos conocedores se alzaban de hombros, diciendo que las montañas eran demasiado azules, que los árboles eran demasiado verdes, o que las figuras eran demasiado largas, o demasiado cortas, criticando todo lo que no tenía tacha, y tratando de disminuir por todos los medios posibles los grandes méritos de Salvator.

Especialmente le perseguían los académicos de San Luca, que no le podían perdonar la intrusión del cirujano, y llegaban al punto de denigrar los deliciosos versos que Salvator escribió durante aquellos días, insinuando que eran producto de vergonzoso plagio y no fruto original.

Por todos estos motivos, Salvator no lograba rodearse de aquel esplendor con el que en otros tiempos había brillado en Roma, y en lugar del soberbio taller al cual venían a visitarle las más grandes personalidades de Roma, permaneció en casa de la señora Caterina, bajo las ramas verdes de su higuera, y justamente esta sencillez muchas veces le consolaba y le daba tranquilidad. Pero la malevolencia y la envidia de sus enemigos atormentaba demasiado a Salvator y sentía como una enfermedad secreta, que procedía de la ira y de la melancolía, que desgastaba sus mejores energías.

En este estado de ánimo ejecutó dos grandes cuadros que pusieron en conmoción a toda la ciudad de Roma. Uno representaba la caducidad de todas las cosas, y en la figura principal, una mujer de ligeras costumbres que llevaba reflejado en el semblante el signo de su condición infame, todos reconocieron a la amante de un cardenal. En el otro cuadro estaba representada la diosa de la Fortuna que distribuía todos sus ricos dones, y su mano derecha derramaba capelos cardenalicios, tiaras episcopales, monedas de oro y cruces de distinción sobre corderos que balaban, asnos que rebuznaban y otros viles animales, mientras que hombres de noble figura, cubiertos de harapos, miraban hacia lo alto en espera de recibir algún don.

Salvator había desahogado su rencor dibujando cabezas de animales que tenían algunos rasgos de algunos personajes eminentes. Puede suponerse cómo aumentó el odio y las persecuciones contra él.

La señora Caterina le avisó con lágrimas en los ojos y le dijo que había reparado que al anochecer gentes sospechosas rondaban la casa y parecían espiar todos sus pasos.

Salvator comprendió que ya era hora de dejar Roma, así es que se despidió con dolor de las únicas personas que quería, de la señora Caterina y de sus encantadoras hijas. Recordando las repetidas invitaciones del Duque de Toscana, se fue a Florencia. Allí fue generosamente recompensado por todas las ofensas que se le habían hecho en Roma y recibió todos los honores y toda la fama que se merecía. Los regalos del Duque y los altos precios que le daban por sus cuadros le pusieron pronto en estado de ocupar una gran casa y de amueblarla con magnificencia.

En ella se reunían en torno a él los poetas y los sabios más célebres de la época; basta recordar que entre ellos estaban Evangelista Toricelli, Valerio Chimantelli, Battista Ricciardi, Andrea Cavalcanti, Pietro Salvati, Filippo Apolloni, Volumnio Bandelli y Francesco Rovai. Ejercitábanse allí el arte y la ciencia unidos en armoniosos lazos, y Salvator Rosa supo dar a sus reuniones un carácter fantástico que animaba y estimulaba los espíritus.

Así, el salón del comedor parecía un bosquecillo encantado, con flores y arbustos perfumados y fuentes murmuradoras, y hasta los alimentos que eran traídos a la mesa por pajes con trajes extraños y originales tenían un aspecto insólito como si vinieran de un lejano país fabuloso. Estas reuniones de poetas y de sabios en casa de Salvator Rosa recibió el nombre de Accademia de'Percossi.

Mientras que Salvator dedicaba su espíritu, de este modo, al arte y a las ciencias, consagraba su afecto a su amigo Antonio Scacciati, que compartía una feliz e independiente vida de artista con la hermosa Marianna. A veces recordaban al viejo y engañado Signor Pasquale y todo lo que había sucedido en el Teatro de Nicolo Musso.

Antonio preguntó a Salvator cómo se las había arreglado para lograr que no sólo Musso, sino el excelente Signor Formica y Agli se hubiesen interesado por su suerte; Salvator dijo que todo era muy natural pues, como Formica había sido su mejor amigo en Roma, había cumplido con mucho gusto en escena todo lo que Salvator le había ido indicando. Por otra parte Antonio le dijo que, no obstante lo que le había hecho reír la escena que de había llevado a lograr su felicidad, deseaba de todo corazón reconciliarse con el Signor Pasquale, renunciando por completo a la dote de Marianna que el viejo conservaba aún, ya que con su arte ganaba suficiente dinero para vivir.

En cuanto a Marianna, no podía contener sus lágrimas al pensar que el hermano de su padre no le perdonaría jamás, ni aun en la hora de su muerte, la partida que le había jugado, y esta idea del odio de Pasquale ensombrecía el esplendor de su felicidad.

Salvator consoló a ambos, a Antonio y a Marianna, diciéndoles que el tiempo arreglaba cosas mucho más difíciles y que la casualidad podía llevar al viejo a una reconciliación con menos riesgo para ellos del que hubieran corrido permaneciendo en Roma o volviendo a esta ciudad.

Ya veremos que al decir esto, Salvator estaba inspirado por un espíritu profético.

Pasado cierto tiempo, un día Antonio apareció en el taller de Salvator, pálido como la muerte y casi sin respirar.

—¡Salvator —exclamó—, Salvator, amigo mío, protector mío!... ¡Estoy perdido si usted no me socorre! Pasquale Capuzzi está aquí y ha logrado una orden de prisión contra mí como raptor de su sobrina.

—Pero —dijo Salvator— ¿qué puede ahora el Signor Pasquale hacer contra ustedes? ¿Acaso su unión no está ya consagrada por la Iglesia?

—¡Ay! —repuso Antonio, desesperado—, ni la bendición de la Iglesia me puede defender. El Cielo sabe por qué medios el viejo ha podido llegar hasta el sobrino del Papa. En una palabra, éste le ha tomado bajo su protección y le ha dado esperanzas de que el Santo Padre anulará el matrimonio de Marianna, y que a él le procurará una dispensa para poderse casar con su sobrina.

—¡Ah —exclamó Salvator—, todo lo comprendo ahora! Seguramente el odio que me tiene el sobrino del Sumo Pontífice es una amenaza para usted. Sepa usted que este altivo y brutal rústico me sirvió de modelo para uno de mis animales del cuadro de la Fortuna. El sabe, como también lo saben todos los romanos, que yo fui el que organizó el rapto de Marianna, y como no puede vengarse de mí, le persigue a usted.

Querido Antonio, aunque no le tuviese a usted por mi más íntimo y mejor amigo, el mal paso en que le he metido bastaría para decidirme en favor de su causa, pero, ¡por Dios Santo, no sé cómo arreglármelas para jugarles una mala pasada a todos sus enemigos!

Mientras decía esto, Salvator, que había seguido pintando, dejó a un lado la paleta y los pinceles y, apartándose del caballete, cruzándose de brazos, empezó a pasear por la estancia, mientras Antonio permanecía absorto, con los ojos fijos en el suelo, hasta que finalmente Salvator se detuvo delante de él, y le dijo sonriendo:

—Escuche, Antonio, yo no puedo hacer nada ahora contra sus poderosos enemigos; pero hay alguien que puede ayudarles y les ayudará. Éste es el Signor Formica.

—¡Ah! —dijo Antonio—, no os burléis de un infeliz que se ve privado de todo socorro.

—¿Ya vuelve usted a desesperarse? —exclamó Salvator de muy buen humor, riéndose a carcajadas—. Ya se lo he dicho, Antonio. ¡El amigo Formica le ayudará en Florencia, tal como le ayudó en Roma! Vuélvase tranquilo a casa, consuele a su Marianna, y espere con confianza el desenlace de todo esto. Espero que se halle usted dispuesto a seguir las instrucciones del Signor Formica, porque precisamente se encuentra aquí.

Antonio se lo prometió con toda su alma, y sintió que renacía de nuevo en su ser la esperanza y la confianza. Sumamente sorprendido quedó el Signor Pasquale cuando recibió una solemne invitación de la Academia de'Percossi.

—¡Ah —exclamó—, se ve que aquí en Florencia aprecian y estiman más los méritos y los datos excepcionales de Pasquale Capuzzi de Senigaglia!

Así pues, la idea del arte y de los honores borró la aversión que hubiera sentido por una reunión a cuyo frente se encontraba Salvator Rosa.

Cepilló más que nunca el suntuoso vestido español, puso una pluma nueva al sombrero puntiagudo, así como también cintas nuevas a los zapatos, y adornado de esta suerte el Signor Pasquale, reluciente como un escarabajo, hizo su aparición en casa de Salvator. La magnificencia de qué se vio circundado, junto con el recibimiento que le hizo Salvator, que vino a su encuentro ricamente vestido, le inspiraron respeto, y, como suele suceder siempre a los espíritus mezquinos, que, primero henchidos de arrogancia, se encorvan y arrastran por el polvo así que sienten una superioridad cualquiera, Pasquale se comportó con humildad y respetuosamente delante de aquel mismo Salvator que tanto se empeñó en Roma en hacer perseguir.

De todas partes recibía atenciones el Signor Pasquale y se le pedía con gran interés que diese su opinión, se le elogiaba por sus méritos y dedicación al arte, de tal modo que se sintió como inspirado y habló juiciosamente como jamás se hubiera podido esperar de él. Si a esto se añade que jamás en su vida se le había ofrecido una comida semejante y que nunca había bebido unos vinos tan exquisitos, no debe maravillarnos que su contento aumentase por momentos, y que olvidase, no sólo los agravios de Roma, sino también el penoso asunto que le traía a Florencia.

Los académicos acostumbraban después de la comida a hacer alguna representación cómica improvisada, así que aquella tarde el dramaturgo Filippo Apolloni propuso a todos aquellos que por lo común tomaban parte en ellas terminar la fiesta con alguna de estas diversiones.

Salvator salió al momento, para hacer todos los preparativos necesarios, y al cabo de muy poco rato las plantas que se encontraban en un extremo del comedor empezaron a moverse, los ramos frondosos se abrieron y apareció un pequeño teatro con algunos sitios para los espectadores.

—¡Por todos los santos de la corte celestial! —exclamó Capuzzi, asustado—. ¿Dónde estoy? ¡Pero si éste es el teatro de Nicolo Musso!

Sin hacer caso de su exclamación, Evangelista Toricelli y Andrea Cavalcanti, sujetos graves y de aspecto serio e imponente, le cogieron del brazo y le condujeron a un asiento muy cerca del escenario, colocándose uno a cada lado.

Apenas se habían acomodado que apareció en escena Formica vestido como Pasquarello.

—¡Maldito Formica! —chilló Pasquale abalanzándose desde su asiento hacia el teatro y amenazando con los puños.

Las severas miradas de Toricelli y de Cavalcanti le impusieron silencio y moderación.

Pasquarello lloraba y se lamentaba, maldiciendo su suerte que no le proporcionaba más que miseria y desgracias, y jurando que ya no sabía cómo hacer para reírse, y asegurando que llegaría a matarse dándose de puñaladas, si no fuese porque no podía resistir la vista de la sangre, o que se arrojaría al Tíber, si le fuese posible dejar de nadar en el agua.

En esto, he aquí que entró el Doctor Graziano y preguntó a Pasquarello la causa de su aflicción. Pasquarello le dijo si no sabía lo que había sucedido en casa de su amo el Signor Pasquale Capuzzi di Senigaglia y si no estaba enterado de que un infame, un malvado, había raptado a su sobrina Marianna.

—¡Ah! —murmuró Capuzzi—, ya lo adivino, Signor Formica. ¡Ahora quiere usted excusarse conmigo! ¡Quiere que le perdone! ¡Veremos, veremos!

El Doctor Graziano le expresó su condolencia y dijo que aquel malvado debía de haber sido muy diestro para escapar a todas las pesquisas de Capuzzi.

—¡Oh, oh! —contestó Pasquarello—, no crea usted, Señor Doctor, que el pícaro de Antonio Scacciati haya podido escapar del Signor Pasquale Capuzzi, que goza de la protección de tantos amigos poderosos; Antonio ha sido arrestado, su matrimonio ha sido anulado y Marianna ya está de nuevo en poder de Capuzzi.

—¿Que ya la tiene? —gritó Capuzzi fuera de sí—, ¿que ya la tiene el buen Pasquale? ¿Ya tiene a su palomita? ¿Está este bandido de Antonio encarcelado? ¡Oh, bendito Signor Formica!

—Toma usted parte muy activa en la representación, Signor Pasquale —dijo Cavalcanti poniéndose muy serio—. Deje usted que hablen los actores y no les interrumpa, pues les distrae.

El Signor Pasquale, avergonzado, volvió a sentarse donde tan bruscamente se había levantado.

El Doctor Graziano preguntó qué más había sucedido.

—Una boda —contestó Pasquarello—, una boda se ha celebrado. Marianna se ha arrepentido de lo que ha hecho, el Signor Pasquale ha obtenido del Sumo Pontífice la tan deseada dispensa y se ha casado con su sobrina.

—¡Sí, sí, —murmuró Pasquale Capuzzi para sus adentros, centelleándole los ojos de placer—, sí, sí, mi querido Formica, se ha casado con la dulce Marianna el felicísimo Pasquale!

Sí, bien sabía él que su palomita le amaba y que sólo Satanás fue quien la sedujo.

—Pues bien —decía el Doctor Graziano—, ya está todo en orden y no hay motivo para afligirse.

Pero Pasquarello volvió a suspirar y sollozar con más fuerza que antes, y finalmente acabó por desmayarse como rendido por un atroz dolor.

El Doctor Graziano corrió de una parte a otra lamentándose de no llevar encima ningún botecito de sales, escudriñó en todos sus bolsillos y sacó, por fin, una castaña asada que puso a Pasquarello debajo de la nariz.

Este volvió en sí, dando fuertes estornudos y les suplicó que perdonasen lo delicado de sus nervios, y luego explicó que Marianna, después de su matrimonio, cayó en una profunda melancolía repitiendo el nombre de Antonio y tratando al viejo con horror y desprecio. El viejo, cegado por su loca pasión y por sus celos, no dejaba de perseguirla con su odioso amor.

Al llegar aquí, Pasquarello contó una infinidad de locuras del Signor Pasquale, que todos le atribuían en Roma. El Signor Capuzzi se movía y removía en su asiento y murmuraba entretanto:

—¡Maldito Formica...! ¡Mientes!... ¿Qué demonio te inspira?

Solo Toricelli y Cavalcanti, que no apartaban los ojos de él, impidieron que estallase su cólera.

Pasquarello concluyó diciendo que la infeliz Marianna había muerto en la flor de la edad, al no poder resistir el profundo dolor y los mil tormentos que le causaba el maldito viejo.

En aquel mismo instante se oyó un De profundis entonado por voces roncas de bajo y aparecieron en escena algunos hombres vestidos con largos trajes negros, llevando un féretro abierto... En éste veíase el cadáver de la bella Marianna envuelto en un sudario blanco. El Signor Pasquale Capuzzi, con el más profundo dolor, le seguía vacilante y, golpeándose el pecho, gritaba con la más profunda desesperación.

—¡Oh, Marianna, Marianna!

Apenas el verdadero Capuzzi reparó en el cadáver de su sobrina, prorrumpió en lastimeros sollozos, y ambos Capuzzi, el de la escena y el de la sala, gritaban y sollozaban dando gritos que desgarraban el corazón.

—¡Oh, Marianna!... ¡Oh, Marianna!... ¡Qué desgraciado soy!... ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!

¡Imaginad lo que sería ver el féretro abierto con el cadáver de la hermosa niña, rodeada de hombres vestidos de luto, la fúnebre salmodia del De profundis, a Pasquarello y al Doctor Graziano con las máscaras cómicas, que expresaban su aflicción con los más ridículos ademanes, y finalmente los dos Capuzzi que sollozaban y se lamentaban desesperados! En realidad todos aquellos que asistían al extravagante espectáculo, aunque estaban presos de una risa irresistible al ver a los extravagantes viejos, no podían remediar sentir un siniestro estremecimiento.

De repente se oscureció el teatro, se oyó el ruido de los truenos y la luz de los relámpagos y desde el fondo del escenario salió una figura pálida, semejante en las facciones a Pedro, el padre de Marianna, hermano de Capuzzi, muerto en Senigaglia.

—¡Maldito Pasquale! —gritó el fantasma con acento espantoso— ¿qué has hecho de mi hija? ¿Qué has hecho de mi hija? ¡Maldito seas! ¡Condenado asesino de mi hija! ¡En el infierno encontrarás tu recompensa!

Al oir estas palabras el Capuzzi de la escena cayó desplomado como herido por un rayo y al mismo tiempo el Capuzzi de la sala cayó también de su asiento desmayado. Las plantas volvieron a cerrarse y desapareció el escenario al tiempo que desaparecían Marianna y Capuzzi y el pavoroso fantasma de Pedro. El Signor Pasquale Capuzzi permaneció sumido en un desmayo tan profundo que costó mucho trabajo hacerle volver en sí.

Finalmente se recobró con un profundo suspiro, extendió delante de sí los brazos como si quisiera rechazar el objeto de su terror, y exclamó con voz sorda:

—¡Pedro, por piedad, déjame!

Luego, derramando un torrente de lágrimas, dijo, mientras sofocaba los sollozos:

—¡Ah, Marianna, mi querida y hermosa Marianna!... ¡Mi Marianna!

—Sea razonable, Signor Pasquale, sea razonable. Solamente ha visto muerta a su sobrina en las tablas. Ella vive, está aquí y dispuesta a pediros perdón por el imprudente paso que ha dado sin reflexionar, movida por su amor y quizá por el proceder poco sensato de usted.

Entonces, desde el fondo de la sala, avanzó Marianna seguida de Antonio Scacciati y se precipitaron a los pies del viejo, al que habían sentado en un sillón. Marianna, con una gracia incomparable, le tomó las manos, lo regó con sus lágrimas ardientes, lo cubrió de besos y pidió perdón por ella y por Antonio, con quien estaba ya casada por la Iglesia.

La cólera encendió de pronto la palidez mortal del rostro del viejo, sus ojos relampaguearon por la rabia y exclamó con voz ahogada:

—¡Ah, maldito!... ¡Serpiente venenosa que, por mi desgracia, he alimentado en mi seno!

En esto, el viejo y grave Toricelli se colocó con dignidad delante de Capuzzi y le dijo que ya acababa de ver en escena qué suerte le esperaba a Capuzzi, privándole de toda esperanza si osaba continuar en sus funestos proyectos respecto a la paz y la felicidad de Marianna y de Antonio. Enseguida le pintó con los más vivos colores la locura de los viejos enamorados que atraen hacia sí las más horribles desgracias que pueden acontecer a hombre alguno, el ser causa de la pérdida del amor que pudiera gozar y ser luego objeto de las flechas mortales que le lanzasen el odio y el desprecio.

Entretanto la bella Marianna exclamaba con una voz que llegaba al corazón:

—¡Oh, mi querido tío, yo le honraré y le querré como a un padre! ¡Me causaría usted la muerte separándome de Antonio!

Y todos los poetas que rodeaban al viejo exclamaron unánimes que era imposible que un hombre dedicado al arte como el Signor Pasquale Capuzzi di Senigaglia, que un artista tan refinado como él no quisiera perdonar, visto que hacía de padre de la más encantadora de todas las mujeres, y no quisiera acoger con alegría como yerno a un gran artista como Antonio Scacciati, honrado y estimado por toda Italia.

Era evidente que el viejo no podía ocultar la lucha que se libraba en su interior. Suspiraba, gemía y se tapaba el rostro con las manos, y mientras Toricelli le dirigía los más persuasivos discursos, Marianna le rogaba con la mayor ternura, mientras el resto de los presentes se deshacían en elogios de Antonio Scacciati, cuyos vestidos resplandecientes y las ricas cadenas que llevaba demostraban que era verdad todo lo que el viejo oía decir acerca de la reputación del artista.

Desapareció, por fin, el último rasgo de enfado del semblante de Capuzzi, levantóse con ojos brillantes y, abrazando a Marianna, exclamó:

—¡Sí, te perdono, hija mía; te perdono también, Antonio! ¡Lejos de mí turbar vuestra felicidad! Tiene usted razón, Signor Toricelli; Formica me ha hecho ver en escena todas las penas y desgracias que me habría ocasionado mi proyecto. ¡Estoy curado, enteramente curado de mi locura!

Pero, ¿dónde está el Signor Formica? ¿Dónde está este médico maravilloso para poderle dar las gracias por mi curación? El terror que me ha sabido inspirar ha cambiado mi alma.

Adelantóse Pasquarello. Antonio lo abrazó, exclamando:

—¡Ah, Signor Formica, a usted le debo la vida, todo! ¡Quítese usted esa máscara, muéstreme su rostro para que ya no sea por más tiempo un misterio para mí!

Pasquarello se quitó el gorro y la máscara complicada que le ocultaba el rostro natural, aunque no impedía la mímica, y en Formica y en Pasquarello reconocieron a Salvator Rosa.

—¡Salvator! —exclamaron sorprendidos Marianna, Antonio y Capuzzi.

—Sí —dijo aquel hombre extraordinario. —Soy Salvator Rosa, a quien los romanos no quisieron reconocer como pintor y como poeta y a quien sin saberlo prodigaron durante todo un año frenéticos aplausos, sin darse cuenta de que el Formica del miserable teatro de Nicolo Musso, que todos los días satirizaba y en voz alta castigaba su mal gusto, fuese el mismo Salvator, de quien no soportaban ni los versos ni los cuadros con las mismas ideas. Sí, Salvator Formica, amigo Antonio, es quien ha venido en su ayuda.

—Salvator —dijo entonces el viejo Capuzzi—, Salvator Rosa, tanto como le he odiado como impar enemigo, también he admirado su arte, pero ahora le quiero como a mi mayor amigo y le ruego que interceda usted por mí.

—Hable usted —repuso Salvator—, hable usted mi buen Signor Pasquale. Dígame en qué puedo servirle, y esté usted seguro de que procuraré por todos los medios cumplir sus deseos.

Entonces volvió a verse en el rostro de Capuzzi la dulce sonrisa que había desaparecido desde el rapto de Marianna. Tomó la mano de Salvator y le dijo al oído:

—Mi querido Signor Salvator, usted tiene mucho poder sobre Antonio, ruéguele en mi nombre que me permita pasar el resto de mis días junto a él y a mi amada hija Marianna, y al mismo tiempo que admita una cuantiosa dote que quiero añadir a los bienes de su madre. Pero con la condición de que no tomará a mal que de cuando en cuando bese su pequeña y blanca mano y... que todos los domingos me arregle los bigotes para ir a misa, pues él sabe hacerlo como nadie.

Apenas pudo Salvator contener la risa al oir al singular viejo; pero, antes de que pudiera responder, Antonio y Marianna abrazaron al viejo y le juraron que no se creerían perdonados hasta que viviesen juntos bajo el mismo techo, para no separarse jamás. Antonio añadió que se encargaba de arreglar su bigote del modo más elegante, no sólo los domingos, sino cada día, lo que acabó de llenar de alegría al viejo.

Entretanto habían preparado una suntuosa cena en la que todos tomaron parte con la mayor alegría.

Al despedirme de ti, querido lector, deseo de todo corazón que al leer la maravillosa historia del Signor Formica hayas sentido el mismo placer y alegría que ahora sienten Salvator y sus amigos.



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