E. T. A. Hoffmann



Descargar 2.85 Mb.
Página53/64
Fecha de conversión28.10.2018
Tamaño2.85 Mb.
1   ...   49   50   51   52   53   54   55   56   ...   64

Salvator y Antonio quedaron convencidos de que el sujeto apostado en la casa de Pitichinaccio había cumplido su cometido. Fuera de algunas manchas azuladas, Capuzzi no había recibido contusión alguna de aquella caída tan terrible al parecer.

Antonio aplicó el vendaje al pie derecho, de forma que no se podía mover, y luego lo envolvió en paños mojados en agua helada para combatir la inflamación, de modo que Capuzzi tiritaba como si tuviera el frío de la fiebre.

—Mi buen Signor Antonio —suspiraba el viejo— dígame, ¿qué me sucede? ¿Es que voy a morir?

—Tranquilícese usted —repuso Antonio— tranquilícese usted, Signor Pasquale, ya que ha resistido la primera cura con firmeza y sin desmayar, el peligro ha pasado; sin embargo, su estado requiere mayores cuidados, el cirujano no puede perderle a usted de vista un solo instante.

—¡Ay, Antonio! —gimió el viejo— ¡bien sabe usted cuánto le quiero y cuánto aprecio su talento! ¡No me abandone usted! Déme su mano. ¿No es verdad, mi querido hijo, que no me abandonará usted?

—Aunque ya no soy cirujano y he renunciado para siempre a este oficio odioso, sin embargo, sólo por usted, Signor Pasquale, haré una excepción y me encargaré de su cura, sólo con la condición de que usted me devolverá su confianza y su amistad. Fue usted muy duro conmigo.

—¡Calle! —susurró el viejo— ¡calle, no hable de eso, amigo Antonio!

—Su sobrina —siguió diciendo Antonio—, al ver que no vuelve a casa, estará muy angustiada. Usted se encuentra ya en disposición y con fuerzas bastantes, así es que, en cuanto amanezca, le trasladaremos a su casa. Allí volveré a ajustarle las vendas, le prepararé la cama donde vaya a reposar y le diré a su sobrina todo lo que debe hacer para procurar su completa curación.

El viejo lanzó un profundo suspiro, cerró los ojos y permaneció durante algunos instantes callado. Luego, alargando la mano a Antonio, le atrajo hacia sí y le dijo en voz baja:

—¿No es verdad, mi buen señor, que todo lo de Marianna fue una broma, una graciosa ocurrencia, una de tantas que se les ocurren a los jóvenes?

—¡No piense usted, no piense usted ya en ello —respondió Antonio—, Signor Pasquale! Es cierto que su sobrina me llamó la atención; pero ahora tengo otras cosas en la cabeza, y con franqueza le confieso que usted ha cortado en seco mis locas pretensiones. Creí estar enamorado de su Marianna, y realmente sólo veía en ella el bello modelo de mi Magdalena. ¡De ahí que en cuanto hube terminado mi cuadro, me resultó indiferente!

—Antonio —exclamó el viejo— Antonio, ¡que el cielo te bendiga! Eres mi consuelo, mi vida, mi alivio. ¡Como sé que no ama usted a Marianna, ahora se me ha quitado todo el dolor!

—En verdad, Signor Pasquale, en verdad que si no conociese a usted como un sujeto grave y sensato, como conviene a sus años, creería que está locamente enamorado de su sobrina de dieciséis años.

El anciano volvió a cerrar los ojos, y gimió y se lamentó, quejándose de que aumentaban sus malditos dolores.

Comenzó a amanecer y la luz de la mañana penetró por la ventana. Antonio dijo al viejo que ya era hora de llevarle a su casa a la calle Ripetta. El Signor Pasquale contestó con un profundo suspiro quejumbroso. Salvator y Antonio le levantaron de la cama, envolviéndole con una ancha capa que trajo la señora Caterina que había pertenecido a su esposo. Pero el viejo les pidió por todos los santos de la corte celestial que le quitaran los paños empapados en agua helada que le habían puesto sobre su pobre cabeza calva, y que le volviesen a poner su peluca y su sombrero con plumas. También le suplicó a Antonio que le arreglase los bigotes para que Marianna no se asustase al verle.

Delante de la casa aguardaban dos portadores con una litera. La señora Caterina, siempre sermoneando al viejo y ensartando refranes, bajó una serie de mantas, en las que envolvieron al viejo, que fue llevado a su casa, escoltado por Salvator y Antonio.

En cuanto Marianna vio a su tío en aquel lastimero estado, lanzó penetrantes gritos y derramaron sus ojos un torrente de lágrimas; y sin reparar en su amado, que venía acompañándole, cogió las manos del anciano, se las besó, deplorando la espantosa desgracia que le había acontecido. Tal era la profunda compasión que la buena niña sentía por el viejo que la atormentaba y la perseguía con su locura amorosa. Pero en el mismo instante se manifestó la verdadera naturaleza femenina, porque bastó una sola mirada significativa de Salvator para hacérselo comprender todo a las mil maravillas. Entonces fue cuando lanzó una furtiva mirada al dichoso Antonio, al tiempo que se ruborizaba, y no puede ponderarse la sonrisa seductora, victoriosa y llena de malicia que asomó por entre sus lágrimas.

Lo cierto es que Salvator encontró a la joven más encantadora y maravillosamente hermosa de lo que se había imaginado, incluso en el cuadro de la Magdalena, y mientras estaba casi celoso de la dicha de Antonio, comprendió la necesidad, costase lo que costase, de arrancar a la pobre Marianna de manos del maldito Capuzzi.

El Signor Pasquale, al verse tan tiernamente recibido por su bella sobrina, olvidó sus dolores. Sonrióse ligeramente, mordióse los labios haciendo temblar los bigotes, y lanzó suspiros y maullidos, no de dolor, sino de puro amor.

Antonio arregló la cama artísticamente, y después de haber acostado en ella a Capuzzi, le apretó de nuevo las vendas en torno al pie izquierdo, de modo que el viejo tuvo que permanecer acostado como un muñeco de madera. Salvator se retiró, dejando a los amantes entregados a su felicidad.

El viejo estaba sepultado en un montón de almohadas, y por añadidura Antonio le había rodeado la cabeza con un paño empapado en agua, de modo que no podía oir nada en absoluto de los cuchicheos de los dos amantes, que por primera vez se confiaron el secreto de sus corazones y se juraron con lágrimas y tiernos besos una eterna fidelidad. El viejo no podía ni sospechar lo que sucedía junto a él, pues Marianna le preguntaba a cada minuto cómo se hallaba y hasta le dejó que se llevase a la boca su pequeña mano blanca.

Hacia el mediodía Antonio salió con el pretexto de ir a buscar algunas medicinas para el viejo, pero realmente para pensar en los medios de agravar la situación del paciente y deliberar con Salvator lo que debían hacer.



Nueva intriga tramada por Salvator Rosa y Antonio Scacciati contra el Signor Pasquale y sus compañeros, y lo que se relata a continuación.

A la mañana siguiente volvió Antonio a presentarse en casa de Salvator, furioso y entristecido.

—¿Qué tal va todo? —preguntó Salvator— ¿Por qué está tan apesadumbrado? ¿Qué le sucede a usted ahora que tiene la felicidad de poder estar todo el día junto a su amada, verla, besarla y abrazarla?

—¡Ay, Salvator —contestó Antonio—, se acabó mi felicidad, el demonio me persigue! Ha sido descubierta nuestra astucia y de nuevo nos encontramos en guerra abierta con el maldito Capuzzi.

—¡Tanto mejor —dijo Salvator—, tanto mejor! Pero, dígame, Antonio, ¿qué ha sucedido?

—Figúrese usted —comenzó a decir Antonio— figúrese usted, Salvator, que ayer, al regresar a la calle Ripetta, después de haber estado ausente no más de dos horas, al volver con las medicinas vi al viejo completamente vestido a la puerta de su casa. Detrás de él estaba el Doctor Pirámide y el maldito esbirro, y entre sus piernas algo disforme, con vestido multicolor, que me pareció ser aquel pequeño aborto de Pitichinaccio.

En cuanto el viejo me vio, empezó por amenazarme con el puño, blasfemando e injuriándome y diciendo que me rompería los huesos si por casualidad volviese a pasar por delante de su puerta.

—¡Váyase al diablo, infame barbero! —exclamó— usted ha creído poder engañarme con sus trapacerías y mentiras, como si fuera usted Satanás en persona ha perseguido a la pobre e inocente Marianna, tratando de enredarla en sus diabólicas redes! ¡Pero, espere un poco ¡Antes gastaré hasta mi último ducado para evitar que se salga con la suya! Y su digno patrón, el Signor Salvator, el asesino, el ladrón, escapado de la horca, que vaya a reunirse con su capitán Massaniello. ¡Yo lo haré desterrar de Roma, sin que me cueste nada!

De esta suerte desbarraba el viejo, y como el condenado esbirro, instigado por el Doctor Pirámide, se disponía a lanzarse contra mí, y viendo que el pueblo curioso comenzaba a arremolinarse en torno, ¿qué otra cosa pude hacer sino abandonar el campo velozmente? En mi desesperación no pude venir a verle, por miedo a que se burlase de mis desconsoladas quejas. ¡Ya veo que ahora apenas puede contener la risa!

En cuanto Antonio se calló, Salvator soltó la carcajada.

—¡Ahora —exclamó— es cuando empieza a ser graciosa la cosa! Voy a explicarle a usted, mi querido Antonio, con todo pormenor, todo lo que pasó en casa de Capuzzi, cuando usted se fue. Apenas acababa usted de salir de la casa, cuando el Signor Splendiano Accoramboni, sólo Dios sabe cómo, al enterarse de que su amigo del alma Capuzzi se había roto aquella misma noche la pierna derecha, compareció allí escoltado con toda pompa por un cirujano.

Al ver el vendaje y el extraño tratamiento del Signor Pasquale, sospecharon algo. El cirujano le quitó las vendas y descubrió lo que nosotros sabíamos mejor que otro alguno, es decir, que el pie izquierdo del digno Capuzzi no estaba dislocado ni roto, ni siquiera el menor huesecito. Lo que sucedió después es fácil de adivinar.

—Pero —dijo Antonio muy sorprendido— dígame, querido maestro, dígame de qué modo puede usted saber tan de fijo todo lo que pasa en casa de Capuzzi.

—Ya os he dicho —respondió Salvator— que en la vivienda de Capuzzi, y precisamente en el mismo piso, vive una conocida de la señora Caterina. Esta señora es viuda de un mercader de vinos y tiene una hija, la cual visita a menudo a mi pequeña Margarita. Las jóvenes tienen un especial instinto que las hace buscar sus iguales, y pronto Rosa —que así se llama la hija de la viuda— y Margarita descubrieron una rendija abierta para dar aire a una alacena, que da a un aposento obscuro cercano a la alcoba de Marianna. Marianna se dio cuenta de los rumores y cuchicheos de las dos jóvenes y de la rendija, así que pronto encontraron el remedio y la vía para poderse comunicar a sus anchas. Cuando el viejo duerme la siesta, ellas aprovechan el rato charlando.

Ya se habrá dado usted cuenta de que Margarita es la preferida de la señora Caterina y mía, y que no es tan reservada y fina como su hermana Anna, sino al contrario, alegre, divertida y charlatana. Sin decirle nada acerca de vuestro amor, le he dicho que se entere de todo lo que sucede en casa de Capuzzi por medio de Marianna. Cumple muy bien su cometido y si me he reído de las penas de usted es porque puedo consolarle, y para demostrarle que estamos en una situación inmejorable. Tengo que contarle a usted una infinidad de excelentes noticias.

—Salvator —exclamó Antonio, brillándole los ojos— ¡qué esperanzas me da usted! ¡Bendita sea la rendija de la alacena! Voy a escribir a Marianna... Margarita se encargará de la carta...

—¡Nada de eso, Antonio —interrumpió Salvator— nada de eso! Margarita va a sernos muy útil, sin necesidad de ser mensajera de su amor. Además, la casualidad, que a veces es maligna, podría hacer caer sus billetes en manos del viejo, lo que traería malas consecuencias para la pobre Marianna, que en este momento está a punto de tener al viejo enamorado bajo sus pies.

Atienda bien lo que voy a decirle que sucederá. La acogida que Marianna le hizo al viejo cuando le trajeron a su casa le ha trastornado por completo. Está convencido de que Marianna ya no le ama a usted, cree que ella le ha cedido por lo menos la mitad de su corazón, de modo que ahora se trata de conquistar su otra mitad.

Marianna desde que ha probado vuestros besos es tres veces más experta, astuta y prudente. No sólo ha convencido al viejo de que no ha tenido parte alguna en la faena que le hemos hecho, sino que condena nuestra conducta y desprecia totalmente cualquier intriga que urdiésemos para llegar a ella.

El viejo se ha precipitado demasiado y en el colmo del entusiasmo juró satisfacer el primer deseo de su adorada Marianna. A propósito de esto, Marianna únicamente ha pedido a su zio carissimo que la lleve al teatro del Signor Formica de la Porta del Popolo.

Al oir esto, el viejo se ha quedado un poco desconcertado; ha tenido largos conciliábulos varias veces con el Doctor Pirámide y con Pitichinaccio; finalmente ambos, el Signor Pasquale y el Doctor Splendiano, han decidido llevar a Marianna a este teatro. Pitichinaccio tiene que ir vestido de mujer, a lo que ha consentido, a condición de que el Signor Pasquale le regale, además de un traje de terciopelo, una peluca, y después del espectáculo le lleven a casa en brazos, un rato él y otro rato el Doctor Pirámide. Puestos de acuerdo, mañana el precioso terceto junto con la hermosa Marianna se dirigirán al teatro del Signor Formica de la Porta del Popolo.

Al llegar a este punto es necesario explicar qué era el Teatro de la Porta del Popolo y quién era el Signor Formica.

Muy tristes quedaban los vecinos de Roma, principalmente en la temporada de Carnaval, cuando los impresarii de los teatros no acertaban a elegir sus representaciones, cuando el primer tenor o el primer bajo del Teatro de la Argentina había perdido la voz por el camino o el Primo Uomo da Donna del Teatro Valle estaba en cama a consecuencia de un resfriado, en una palabra, cuando su principal diversión, que los romanos esperaban encontrar, faltaba, el Giovedi grasso, perdidas ya todas las esperanzas.

Precisamente a consecuencia de un Carnaval así de triste —apenas era pasada la Cuaresma— un tal Nicolo Musso abrió un teatro frente a la Porta del Popolo, en el que prometió que no se representarían más que bufonadas improvisadas. El anuncio estaba redactado con maña y talento, lo que hizo que los romanos estuviesen predispuestos a la empresa de Musso, pues, no obstante su pasión por las representaciones dramáticas, aceptaban toda clase de alimento, por inferior que éste fuese.

La disposición del teatro, o, mejor dicho, la pequeña barraca, no daba muy buena idea de que la condición del empresario fuese espléndida. No había orquesta ni palcos. En lugar de éstos se había construido al fondo una galería en la que brillaban las armas de la casa de Colonna, señal de que el Conte Colonna había tomado bajo su protección a Musso y a su teatro. El tablado estaba rodeado de tapices colgados que, según las necesidades de la escena, representaban bosques, salas, calles: éste era todo el escenario.

Añádase a esto que los espectadores debían contentarse con estar sentados en incómodos taburetes de madera, de tal modo que algún espectador al entrar criticase al Signor Musso, que llamaba Teatro a una miserable barraca.

Pero apenas los dos primeros actores que entraron en la escena pronunciaron las primeras palabras, el público prestó atención y ésta fue creciendo a medida que avanzaba la pieza, convirtiéndose la atención en aplauso, el aplauso en admiración y la admiración en enormes entusiasmos, que se manifestaban en risas, aplausos y numerosos bravos.

En efecto, no podía verse cosa más perfecta que las improvisadas representaciones de Nicolo Musso, en las que brillaba la gracia, la agudeza y la verdad en satirizar tan agudamente la locura de aquella época. Todos los actores representaban su papel de una manera incomparable; sin embargo, Pasquarello era quien más atraía los aplausos, por su mímica incomparable, por el talento en imitar las voces, los andares y el gesto de las personas conocidas, con su inagotable vivacidad y por la originalidad de sus creaciones.

El actor que representaba al papel de Pasquarello y que se llamaba Signor Formica estaba dotado de un talento excepcional y con frecuencia su voz y sus movimientos tenían algo tan extraño que los espectadores se morían de risa o sentían un escalofrío de terror. A su lado otro actor representaba el papel del Doctor Graziano, cuya voz y modo de gesticular y decir las cosas más divertidas era incomparable. Este Doctor Graziano lo representaba un viejo bolonés llamado María Agli.

Al poco tiempo de empezar las representaciones, acudían ya al pequeño teatro de Musso todas las personas más cultas de Roma, y todas hablaban del Signor Formica, y tanto fuera como dentro del mismo teatro se oían sin cesar estas palabras:

—¡Oh, Formica!... ¡Formica benedetto!... ¡Oh, Formicissimo!

Se consideraba a Formica como una aparición sobrenatural, y más de una vieja que había estado a punto de reventar de risa, si alguno osaba hacer la menor observación acerca del arte de Formica, de pronto se ponía seria y decía solemnemente:

—¡Scherza coi fanti è lascia star i santi!

Y esto era a causa de que el Signor Formica fuera del teatro era un misterio impenetrable. Nadie le veía en ningún sitio y por más indagaciones que se hicieron, todas fueron infructuosas. Nicolo Musso guardaba el más estricto secreto acerca del Signor Formica.

Éste era el Teatro que con tanto empeño deseaba ver Marianna.

—Iremos a atacar de frente al enemigo —dijo Salvator—, su regreso del teatro a la ciudad será la ocasión más propicia.

Comunicó a Antonio un plan que era muy aventurado y audaz, pero Antonio lo recibió con alegría porque esperaba arrancar a su Marianna del indigno Capuzzi. Además le agradaba sobre todo que Salvator diera una buena lección al Doctor Pirámide.

Venida ya la noche, Salvator y Antonio tomaron sus guitarras y se dirigieron a la calle Ripetta, con intención de poner rabioso al viejo Capuzzi y de dar una serenata a la hermosa Marianna. Salvator tocaba y cantaba maravillosamente y Antonio tenía una voz de tenor por lo menos igual a la del mismo Odoardo Ceccarelli.

Salió el Signor Pasquale al balcón injuriando a los cantantes para que se callasen; los vecinos, que se habían asomado a las ventanas atraídos por las bellas canciones, le gritaron que ya que tanto mortificaba él sus oídos con sus infernales cantilenas, les dejara ahora gozar de aquella buena música y que él se tapase los oídos si no quería oir los cánticos.

Así el Signor Pasquale, para martirio suyo, tuvo que soportar que Salvator y Antonio se pasaran casi toda la noche cantando canciones que ora tenían las más dulces palabras de amor, ora ridiculizaban la locura del viejo enamorado. Pudieron distinguir claramente a Marianna asomada a la ventana y al Signor Pasquale que le suplicaba amablemente, pero inútilmente, que no se expusiera a la humedad de la noche.

A la noche siguiente vióse caminar hacia la Porta del Popolo a la más lucida compañía que hasta entonces saliera de la calle Ripetta. Todos los ojos estaban fijos en ellos y se preguntaban si el Carnaval había dejado restos de máscaras. El Signor Pasquale Capuzzi vestía un rico traje español, acuchillado, de vistosos colores, y colocada en su sombrero puntiagudo llevaba una enorme y fina pluma. Caminando con sus zapatos puntiagudos, como si fuera pisando huevos, llevaba del brazo a la bella Marianna, que sólo dejaba ver su hermoso talle, pues cubría su cara un espeso velo. Junto a ella marchaba el Doctor Splendiano Accoramboni con su gran peluca que le cubría media espalda, de suerte que de lejos parecía una gigantesca cabeza andando sobre dos piernecitas de enano. Detrás de Marianna, medio arrastrándose, seguía el pequeño monstruo Pitichinaccio, con un vestido rojo de mujer y toda la cabeza cubierta de flores de la manera más ridícula.

Aquella noche el Signor Formica se excedió a sí mismo, y por primera vez cantó algunas canciones imitando, al mismo tiempo que el gesto, la voz de muchos cantores conocidos. El Signor Pasquale Capuzzi sintió que renacía en su interior la afición al teatro, que había llegado a rayar en locura en su juventud, besó repetidas veces la mano de Marianna, jurando que no pasaría una sola noche sin que fuesen al teatro de Nicolo Musso. Ensalzó hasta las nubes al Signor Formica y rivalizó con sus estrepitosos aplausos con todos los demás.

El Signor Splendiano no se mostraba tan entusiasmado y no dejaba de aconsejar a Marianna y a Capuzzi que moderasen sus risas. Nombró de corrida más de veinte enfermedades que podían resultar de tanta carcajada, pero Marianna y Capuzzi ni siquiera le escuchaban.

Pitichinaccio, en cambio, se sentía muy desgraciado. Se había tenido que sentar detrás del Doctor Pirámide, que le impedía ver con su enorme pelucón. No veía absolutamente nada del escenario, ni de los actores, y para colmo de males no dejó de ser atormentado por dos malignas señoras colocadas junto a él, que le llamaban hechicera y hermosa Signora, y le preguntaban si a pesar de ser tan joven, ya estaba casada, y si tenía hijos, quienes seguramente serían unas encantadoras criaturas, etc., etc.... Al pobre Pitichinaccio le caían gotas de sudor frío por la frente y gemía y lloraba maldiciendo continuamente su miserable existencia.

Cuando terminó la representación, esperó el Signor Pasquale a que hubiesen salido todos los espectadores.

Apagóse la última luz, en la que el señor Splendiano encendió una pequeña antorcha, cuando Capuzzi con sus dignos amigos y Marianna emprendieron el camino de regreso lentamente y con precaución. Pitichinaccio lloraba y gritaba, de modo que Capuzzi, a su pesar, tuvo que tomarle en brazos, mientras daba el derecho a Marianna. El Doctor Splendiano iba delante con su pequeña antorcha, que alumbraba tan mezquinamente que sólo servía para demostrar más la lobreguez de la noche.

Todavía estaban algo distantes de la Porta del Popolo cuando, de pronto, se les echaron encima varias figuras embozadas en grandes capas. En aquel mismo instante la antorcha que llevaba el Doctor en la mano cayó al suelo y se apagó. Capuzzi y el Doctor se quedaron mudos. De repente se esparció una claridad rojiza en torno a los embozados y cuatro rostros pálidos como la muerte contemplaron al Doctor Pirámide con ojos privados ya de movimiento.

—¡Ay de ti, ay de ti, ay de ti, Splendiano Accoramboni!

Así gritaron con voz sorda y sepulcral los espantosos fantasmas; luego uno gimió y dijo:

—¿Me conoces, me conoces, Splendiano? ¡Soy Cordier, el pintor francés que enterraste la semana pasada, y me llevaste a la tumba con tus medicinas!

Luego, el segundo dijo:

—¿Me conoces, Splendiano? Soy Küfher, el pintor alemán, al que envenenaste con tus drogas infernales.

Luego el tercero dijo:

—¿Me conoces, Splendiano? Soy Liers, el flamenco, a quien asesinaste con tus píldoras y engañaste a su hermano llevándote los cuadros.

Luego el cuarto exclamó:

—¿Me conoces, Splendiano? Soy Ghigo, el pintor napolitano al que mataste con tus polvos.

Y a continuación los cuatro dijeron:

—¡Ay de ti, ay de ti! ¡Splendiano Accorambonií ¡Maldito Doctor Pirámide! Tienes que descender a la tierra con nosotros. ¡Vamos, vamos, marcha! ¡Ale, ale!

Y diciendo esto se precipitaron todos a la vez sobre el pobre Doctor, levantándole en brazos, llevándoselo como un torbellino. A pesar del terror que experimentó el Signor Pasquale al ver que se llevaban de aquella suerte a su amigo Accoramboni, demostró un extraordinario valor. Pitichinaccio, con su guirnalda de flores, había escondido la cabeza dentro de la capa de Capuzzi y se había asido con tanta fuerza a su cuello que ningún esfuerzo era suficiente para hacerle soltar la presa.

—Vuelve en ti —decía Capuzzi a Marianna cuando hubieron desaparecido los fantasmas y el Doctor Pirámide—. ¡Vuelve en ti, ven conmigo, mi dulce y tierna palomita! Mi buen amigo Splendiano ha desaparecido. Que el buen médico San Bernardo, a quien debieron tantas almas su eterna salvación, le asista y se compadezca de él.

Cuando estos pintores vengativos, a los que ha enviado a la Pirámide de Cestio, le retuerzan el cuello, ¿quién cantará ahora el bajo en mis canciones?, y además, el sinvergüenza de Pitichinaccio me aprieta de tal modo la garganta que, sin contar con el susto que me ha causado el rapto de Splendiano, me siento incapaz de entonar una nota limpia y clara hasta dentro de seis semanas. ¡No te asustes, tú, Marianna mía! ¡Dulce esperanza mía! ¡Todo ha pasado ya!



Compartir con tus amigos:
1   ...   49   50   51   52   53   54   55   56   ...   64


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal