E. T. A. Hoffmann



Descargar 2.85 Mb.
Página52/64
Fecha de conversión28.10.2018
Tamaño2.85 Mb.
1   ...   48   49   50   51   52   53   54   55   ...   64

Un día subo tranquilo a casa de mi parroquiano, llamo, entro, abren... y sale a mi encuentro una joven... ¡un ángel de luz!... ¡Ya conocéis a mi Magdalena... era ella! Me quedé parado, como clavado en el suelo. ¡No se preocupe Salvator! No diré ningún ¡Oh! y ¡Ay! Diré únicamente que nada más ver aquella maravillosa criatura me sentí abrasado del amor más vivo y apasionado. El viejo, sonriéndose, me dijo que la joven era hija de su hermano Pedro, muerto en Senigaglia, que se llamaba Marianna, y que no tenía madre ni hermanos; en calidad de tío y de tutor él la había recogido en su casa. Ya puede usted suponer que desde aquel día la casa de Capuzzi fue para mí un paraíso. Sin embargo, a pesar de haberme valido de mil medios, jamás logré ver a solas un instante a Marianna. Pero sus miradas y algunos suspiros ahogados y algún apretón de manos no me dejaron dudar de mi dicha.

El viejo penetró mi secreto, lo que no era difícil. Me dijo que no le gustaba nada mi conducta respecto a su sobrina y me preguntó qué deseaba. Le confesé francamente que amaba a Marianna con toda mi alma, y que mi mayor dicha sería unirme a ella. Dicho esto, Capuzzi me miró de arriba a abajo, soltó una irónica carcajada y declaró que jamás hubiera creído que tan altas miras cupieran en la cabeza de un pobre rapabarbas.

La cólera estuvo a punto de ahogarme y le dije que ya sabía quien era yo, no un pobre rapabarbas, sino un hábil cirujano y que, además, en el arte de la pintura era un discípulo fiel del gran Aníbal Caracci y del incomparable Guido Reni. El infame Capuzzi me contestó con otra carcajada más fuerte, diciendo con abominable falsete:

—Oiga, mi buen rapabarbas, mi diestro Signor Cirujano, mi maravilloso Aníbal Caracci, mi dorado Guido Reni, ¡salga usted de aquí por todos los diablos y que no le vuelva a ver más poner aquí los pies!

En diciendo esto, el viejo loco, rompedor de piernas, me agarró con intención de abrir la puerta y arrojarme escaleras abajo. ¡No! Esto era demasiado. Furioso, cogí a mi vez al viejo loco y le tiré al suelo, donde empezó a patalear; corrí escaleras abajo y atravesé la puerta, que quedó definitivamente cerrada para mí.

En ese estado estaban las cosas cuando usted llegó a Roma y cuando el cielo hizo que el buen padre Bonifacio me condujese a su presencia. Ahora, desde que, merced a su habilidad, he sido admitido en la Academia de San Luca, lo que en vano había ambicionado hasta ahora, desde que la ciudad de Roma me llena de elogios y honores, me he dirigido al viejo tutor y he aparecido de repente en su cuarto como un espectro amenazador. Tal fue el efecto que produjo en él, que retrocedió al verme, pálido como un difunto, y, temblando en todos sus miembros, fue a esconderse detrás de una gran mesa.

Con acento firme y sereno, le dije que yo no era un rapabarbas, y un cirujano, sino un pintor célebre y académico de San Luca, de nombre Antonio Scacciatti, a quien, sin duda, no negaría la mano de su sobrina Marianna. Tendría que haber visto la rabia que se apoderó del viejo. Aullaba y se retorcía los brazos como si estuviera poseído del diablo; gritaba que yo atentaba contra su vida, que era un asesino sin escrúpulos, que le había robado a su Marianna copiándola en un cuadro, que ahora para desesperación y suplicio se mostraba a las miradas profanas y ávidas de todo el mundo, ... su Marianna, ...su vida, ...su esperanza... Pero que tuviera buen cuidado porque pondría fuego a mi casa para quemarme junto a mi cuadro.

Luego se puso a vociferar con gran violencia, gritando:

—¡Fuego! ¡Asesino! ¡Ladrones! ¡Socorro!

Me apresuré a salir corriendo de la casa. El viejo loco Capuzzi está perdidamente enamorado de su sobrina, la persigue, y no cesará hasta lograr la dispensa para forzarla a contraer el enlace monstruoso. Toda esperanza está perdida.

—Yo no lo creo así —dijo Salvator riéndose—. Creo, más bien, que sus cosas van por buen camino. Marianna le ama a usted; de eso está convencido y ya no se trata más que de robársela al viejo y loco Pasquale Capuzzi. Para esto me digo: ¿qué no harán dos jóvenes como nosotros, emprendedores y diestros? ¡Animo, Antonio! En vez de gemir y lamentarse, enfermo de amor, y desmayarse, vale más ponerse a pensar activamente en la salvación de Marianna. Ya verá usted, Antonio, como nos la vamos a llevar en las mismas narices del viejo majadero. ¡No hay locura que no se deba hacer para semejantes empresas! Pero al mismo tiempo voy a tomar informes de Pasquale Capuzzi y de su modo de vida. No debe usted dejarse ver, así es que permanezca en su casa y venga a verme mañana muy temprano para combinar el plan del primer ataque.

Mientras decía esto, Salvator limpiaba los pinceles, luego echóse su capa y se apresuró hacia el Corso, mientras que Antonio, muy consolado y con un suave rayo de esperanza en el pecho, regresó hacia su casa tal como se lo había aconsejado Salvator.



El Signor Pasquale Capuzzi hace su aparición en la habitación de Salvator Rosa. Lo que sucedió entonces. Diestra operación de Rosa y Scacciati conduce a buen fin.

Antonio se asombró no poco cuando al otro día por la mañana Salvator le describió minuciosamente el género de vida de Capuzzi, que ya había investigado.

—La pobre Marianna —dijo Salvator— se ve ahora horriblemente atormentada por este viejo loco. Él suspira y hace de enamorado el día entero, y, lo que es peor, para ganar su corazón, le canta todas las arias imaginables de amor, que él ha compuesto o supone haber compuesto. Además de esto, está locamente celoso, hasta tal punto que no permite que la pobre niña sea servida por una criada por temor de las intrigas amorosas a que podría prestarse la sirvienta. En vez de ella se le presenta todas las mañanas y todas las tardes un pequeño monstruo horrible, de ojos hundidos y mejillas marchitas y pálidas, que desempeña el papel de sirvienta ante la encantadora Marianna, y este fantasma no es otro que el enano Pitichinaccio, que se ve obligado para este menester a vestirse de mujer. Si Capuzzi sale, cierra cuidadosamente todas las puertas y además manda hacer guardia a un maldito mozo, que en otro tiempo fue un bravo, alistado entre los esbirros, y que ahora vive en el sótano de la casa de Capuzzi. Entrar en la vivienda, por ahora me parece imposible, pero, sin embargo, querido Antonio, le prometo a usted que mañana por la noche se introducirá usted en el cuarto de Capuzzi y podrá ver a su Marianna, aunque esta vez será en presencia de Capuzzi...

—¿Qué dice usted? —exclamó Antonio entusiasmado—, ¿qué dice usted, Salvator, que mañana por la noche veré realizarse lo que ahora me parece imposible?

—Calma —continuó diciendo Salvator—, calma, Antonio, meditemos con sosiego los medios de ejecutar el plan que he trazado. En primer lugar es preciso que sepa usted que estoy en relación directa con el Signor Pasquale Capuzzi, sin haberlo sabido antes. Aquella miserable espineta que está allí tirada en aquel rincón pertenece al viejo, y por ella debo pagarle el exorbitante precio de diez ducados.

Cuando empecé a curarme, deseé oír música, que es mi diversión y consuelo favorito, y le pedí a mi anfitriona que me procurase un instrumento como esta espineta. La señora Caterina me dijo que en la calle de Ripetta vivía un viejo caballero que deseaba vender una hermosa espineta. Me enviaron el instrumento. No me informé ni del precio ni del dueño. Sólo ayer por la mañana me enteré por casualidad de que ésta era del señor Pasquale Capuzzi. La señora Caterina se había dirigido a un conocido que vive en casa de Capuzzi y en el mismo piso, ¡por lo que podéis deducir de dónde me han venido todas estas buenas noticias!

—¡Muy bien! —exclamó Antonio—, ya tenemos abierto el camino, su anfitriona...

—Me imagino —le interrumpió Salvator,— lo que va a decir, Antonio; cree que la señora Caterina le dará paso para ver a su Marianna. Pero no es así, la señora Caterina es muy habladora e incapaz de guardar el menor secreto, y en nuestro asunto no nos sirve.

Escuche usted con atención; cada noche, cuando el eunuco ha concluido su oficio de sirvienta, el Signor Pasquale Capuzzi lo lleva en brazos a su casa, con riesgo de sudar sangre y de que se le rompan las piernas, pues a semejante hora el medroso Pitichinaccio no pondría los pies en el suelo. Así, mientras que...

En aquel instante llamaron a la puerta de Salvator, y con gran asombro de ambos entró el Signor Pasquale Capuzzi, en toda su magnificencia.

No bien miró a Scacciati se quedó paralizado, abrió desmesuradamente los ojos, jadeando como si le faltase la respiración.

Entonces Salvator, apresurándose hacia él, tomándole las dos manos, exclamó:

—¡Oh, mi digno Signor Pasquale, qué honrado se siente con su presencia este miserable taller! ¡Seguramente es su amor al arte lo que le conduce hasta aquí! ¿Querrá usted ver mis obras más recientes, tal vez encargarme alguna? Hable usted, mi buen Signor Pasquale, ¿en qué puedo servirle?

—¡Quisiera hablar con usted —tartamudeó Capuzzi—, mi buen Signor Salvator! Pero a solas, cuando estéis a solas. Permitidme, pues, que me retire y ya volveré en ocasión más oportuna.

—Nada de eso —dijo Salvator deteniéndole con fuerza—. No se irá usted.. No podía usted llegar en mejor ocasión, porque tan insigne partidario del noble arte de la pintura como es usted, un amigo de los artistas distinguidos, tendrá no poca alegría si le presento al primer pintor de nuestra época, Antonio Scacciati, cuyo maravilloso cuadro de la Magdalena a los pies del Salvador ha excitado en toda Roma la admiración y el entusiasmo. Estoy seguro de que usted mismo estará deseando conocer al autor de aquella obra maestra.

Un violento temblor se apoderó del anciano, el estremecimiento de la fiebre le helaba, y lanzaba sus miradas inflamadas de cólera contra el pobre Antonio. Sin embargo, éste se acercó al anciano, le saludó con amabilidad y dijo que se sentía feliz por hallarse en relaciones con el Signor Capuzzi, a cuya protección se encomendaba y cuyos raros conocimientos, tanto en pintura como en música, eran ya conocidos no sólo en Roma sino en toda Italia.

El que Antonio se comportase como si le viera por primera vez y le dirigiese palabras tan lisonjeras tranquilizó inmediatamente al viejo. Hizo un esfuerzo por sonreír, se atusó el bigote cuando Salvator le dejó las manos libres, tartamudeó algunas palabras ininteligibles y se dirigió a Salvator para tratar de la cuestión del pago de los diez escudos de la espineta vendida.

—¡Mi buen señor —respondió Salvator—, luego arreglaremos esta pequeñez! Pero antes permítame que le enseñe este cuadro que acabo de esbozar, y además un vaso de noble vino de Siracusa.

A continuación Salvator puso el esbozo de su cuadro en el caballete, le acercó una silla al anciano y le presentó una copa grande y soberbia en la que lucía el noble vino de Siracusa.

El viejo bebió gustosamente un vaso de buen vino ya que no tenía que pagar por él, y además con la esperanza de cobrar diez ducados por una espineta estropeada y mala; sentado, en fin, ante un cuadro soberbiamente escogido y cuya maravillosa belleza sabía muy bien apreciar, parecía encontrarse muy a gusto. Manifestó su contento con una graciosa sonrisa, medio cerrando sus ojillos, y, acariciándose la barba y el bigote, murmuró:

—¡Delicioso, exquisito! —sin que se pudiese adivinar si lo que le extasiaba era el vino o el cuadro.

Así que Salvator vio al viejo tan contento, le dijo de repente:

—A propósito, mi buen señor, me han dicho que tiene usted una sobrina hermosísima, llamada Marianna, ¿no? Y que todos los jóvenes de Roma se apresuran a ir corriendo a la calle de Ripetta y rivalizan y casi se rompen el cuello a fuerza de tanto mirar a los balcones de su casa, para ver a la bella Marianna y ser objeto de una mirada de sus ojos celestiales.

Al momento desapareció del rostro del viejo la amable sonrisa y la alegría que le había prestado el vino. Con la vista fija, dijo con voz sombría y alterada:

—¡Ahí puede verse la corrupción de esta juventud licenciosa! Sus miradas satánicas se dirigen a las doncellas, infames seductores; ¡le aseguro, mi buen señor, que mi sobrina Marianna es una niña, una tierna niña, apenas separada de su ama!

Salvator habló de otras cosas y el viejo se tranquilizó. Pero en el momento en que sus facciones volvían a denotar calma y cuando ya estaba sosegado e iba ya por segunda vez a llevarse el vaso a sus labios, Salvator dijo:

—Dígame, mi buen Signor, esta sobrina de dieciséis años, la bella Marianna, ¿tiene en efecto, el cabello castaño y la mirada angelical y radiante como la celestial Magdalena de Antonio? Eso dicen todos.

—No lo sé —repuso el viejo con un tono más agrio que antes—, no lo sé, pero dejemos de hablar de mi sobrina. ¿Es que acaso no tenemos otro tema más interesante de conversación en el noble arte con que está trabajado este cuadro?

Sin embargo, Salvator, cada vez que el viejo se disponía a llevarse la copa a los labios, comenzaba a hablarle de la bella Marianna, hasta que finalmente saltó furioso de la silla, tiró la copa sobre la mesa con tanta violencia que, por poco, la rompe, y gritó con voz chillona:

—¡Por el negro e infernal Plutón, por todas las furias, que se me vuelva veneno este vino! ¡Ya, ya veo que está de acuerdo con este bueno de Signor Antonio para burlarse de mí! Pero les va a costar caro. ¡Págueme usted inmediatamente los diez ducados que me debe y quédese con todos los diablos con su camarada el Rapabarbas Antonio!

Salvator le gritó, poseído del mayor furor:

—¿Cómo? ¿Y se atreve usted a tratarme así en mi casa?

¿Yo, tener que pagar diez ducados por esta caja podrida, que los gusanos han roído hasta los huesos, dejándola sin tono alguno? Ni diez ducados, ni cinco..., ni tres..., ni un solo ducado vale su espineta..., ni siquiera un quattrino. ¡Fuera con esta cosa desvencijada!

Y en diciendo esto Salvator daba puntapiés a la espineta, cuyas cuerdas resonaban dando quejidos.

—¡Ah! —rechinó entre dientes Capuzzi— aún hay leyes en Roma, ¡a la cárcel, a la cárcel! Yo le haré meter en lo más lóbrego del calabozo— y como un torbellino trató de salir apresuradamente por la puerta.

Salvator le cogió con ambos brazos, le sentó en un sillón y con voz cariñosa le dijo al oído:

—¡Oh, mi querido Signor Pasquale, ¿no se da usted cuenta de que estoy bromeando? Voy a darle a usted no diez, sino treinta ducados por su espineta.

Y volvió a repetir: "Treinta ducados bien contados", hasta que Capuzzi acabó por decir con voz desfallecida:

—¿Qué está usted diciendo, mi buen señor? ¿Treinta ducados por la espineta y sin repararla?

Entonces Salvator aseguró al viejo que su espineta dentro de una hora valdría treinta o cuarenta ducados y que el Signor Pasquale podría cobrarlos siempre que quisiera.

El viejo lanzó un suspiro y, recobrándose, murmuró:

—¿Treinta ducados..., cuarenta ducados?

Y luego añadió:

—¡Pero que conste que me ha enfadado mucho, Signor Salvator!

—Treinta ducados —repitió Salvator—, treinta ducados, treinta ducados —mientras el viejo permanecía enojado, hasta que el viejo dijo, por fin, satisfecho:

—Mi buen señor, si recibo por mi espineta treinta o cuarenta ducados, ¡todo quedará olvidado y perdonado!

—Sin embargo, antes de cumplir mi promesa —comenzó a decir Salvator—, tengo que imponer a usted una condición, que usted, Signor Pasquale Capuzzi di Senigaglia, podrá fácilmente cumplir. Usted es el mejor compositor de Italia y además el cantor más perfecto que existe. Extasiado oí la gran escena de la ópera de Le nozze di Teti e Peleo, que el infame Francesco Cavalli le robó a usted tan descaradamente, dando el trabajo por suyo. Si mientras me ocupo en recomponer la espineta, se dignase usted cantar el aria, no podría hacer nada que me diese más gusto.

El viejo torció la boca con la expresión de la sonrisa más dulce y dijo, guiñando sus grises ojillos:

—Bien se conoce que usted es un excelente músico, mi buen Signor, pues tenéis gusto y sabéis apreciar mejor el talento que estos desagradecidos romanos. ¡Escuche, escuche usted el aria de las arias!

En diciendo esto, el viejo se puso de puntillas, extendió los brazos, cerró los ojos, pareciéndose a un gallo que va a cantar, y luego se puso a chillar con tal fuerza que las paredes resonaban, de modo que apareció al instante la señora Caterina con sus dos hijas, persuadida de que aquellos horribles gritos anunciaban alguna desgracia...

Asombradas, permanecieron en el umbral viendo al viejo dando gritos, y así formaron el público ante el increíble virtuoso Capuzzi.

Entretanto Salvator había recogido la espineta, le quitó la tapa, tomó la paleta en la mano y con mano segura, dando rápidas pinceladas sobre la tabla de la espineta, pintó la más maravillosa pintura que pueda imaginarse. La idea principal era la escena de la ópera de Cavalli Le nozze di Teti, pero a través de esta escena, con aspecto enteramente fantástico, había una multitud de personajes. Entre ellos estaban Capuzzi, Antonio, Marianna fielmente retratada en el cuadro de Antonio, Salvator, la señora Caterina y sus dos hijas, perfectamente semejantes, sin exceptuar al Doctor Pirámide, y todo estaba tan razonablemente y artísticamente concebido que Antonio se quedó extasiado al ver tanta imaginación y habilidad.

El viejo no se limitó a la escena que Salvator quería escuchar, sino que cantó, o mejor dicho, se desgañitó. Sin cesar, transportado por su frenesí musical, cantaba una endiablada aria tras otra, intercalando espantosos recitativos. Esto debió durar unas dos horas, al cabo de las cuales cayó en un sillón sin aliento y amoratado el rostro. En aquel mismo instante había concluido Salvator su croquis y dado tanta vida a sus figuras que, a cierta distancia, parecía un cuadro del todo acabado.

—¡He cumplido mi palabra, y aquí está la espineta, mi buen Signor Pasquale! —dijo Salvator suavemente al oído del viejo.

Éste volvió en sí, como de un profundo sueño, mirando hacia arriba. Al momento se fijó en la pintada espineta, que tenía justamente enfrente. Abrió los ojos desmesuradamente, como si viera un milagro, se encasquetó el sombrero puntiagudo sobre la peluca, tomó bajo el brazo el palo y dando un salto cogió la espineta, arrancó la tapa de las charnelas, la levantó en alto por encima de su cabeza y echó a correr como un endemoniado, bajó las escaleras de cuatro en cuatro y se fue huyendo de la casa, mientras la señora Caterina y sus dos hijas se reían a carcajada limpia.

—El viejo avaro —dijo Salvator— sabe que no tiene más que llevar la tapa al Conde Colonna o a mi amigo Rossi para recibir a cambio cuarenta ducados o tal vez más.

Los dos pintores, Salvator y Antonio, se pusieron de acuerdo para el plan de ataque que ejecutaron para la noche siguiente. Pronto sabremos lo que emprendieron estos dos campeones y el éxito de su tentativa.

Llegada la noche, el Signor Pasquale, después de haber cerrado con llaves y cerrojo su vivienda, llevó, como de costumbre, al monstruoso eunuco a su casa. El enano maullaba y murmuraba durante todo el camino, quejándose de que a Capuzzi no le bastaba que se volviese tísico, a fuerza de cantar sus arias y de quemarse las manos de tanto cocer macarrones, sino que, además, lo empleaba en un servicio que sólo le valía puntapiés y violentos bofetones que le daba Marianna cada vez que intentaba acercarse a ella.

El viejo le consolaba lo mejor que podía, prometiéndole proveerlo mejor de azúcar, y como el enano no dejaba de quejarse, le dijo que le haría un pequeño traje de abate de un viejo vestido de felpa negra, que más de una vez había mirado con ávidos ojos. El enano exigió, además, una peluca y una espada. Discutiendo acerca de esta última petición llegaron a la calle Bergognona, en la que justamente vivía Pitichinaccio, y cuatro casas más allá estaba la vivienda de Salvator.

El viejo depositó con precaución al enano en el suelo, abrió la puerta y ambos subieron por la tortuosa y estrecha escalera parecida a la de un pobre gallinero. Pero apenas habían llegado a la mitad del primer tramo, que se oyó un estrépito horrible y la voz ronca de un borracho que invocaba a todos los diablos del infierno pidiendo que le indicasen la salida de aquella casa.

Pitichinaccio se pegó a la pared y en nombre de todos los santos suplicó a Capuzzi que siguiera avanzando. Pero, apenas Capuzzi había subido dos escalones, que el hombre que estaba en lo alto de la escalera cayó rodando, y arrastró como un torbellino a Capuzzi, que, atravesando la puerta, fue a parar en medio de la calle. Allí quedaron tendidos, Capuzzi debajo y el borracho encima, como si fuera un saco. Capuzzi gritaba con voz lastimera pidiendo auxilio.

Como pasaran por allí dos hombres, a duras penas pudieron liberar al Signor Pasquale de su peso; cuando lo pusieron de pie, el borracho se alejó tambaleándose y blasfemando.

—¡Jesús, Signor Pasquale!, ¿qué le ha sucedido? ¿Cómo es que sé encuentra en mitad de la calle a estas horas de la noche? ¿Ha sucedido alguna desgracia en vuestra casa?

Éstas eran las preguntas de Antonio y Salvator, pues no eran otros los dos hombres.

—¡Ha llegado mi última hora! —suspiraba Capuzzi—. Este demonio infernal me ha roto todos los miembros, y ni siquiera puedo moverme.

—¡Veamos, veamos! —dijo Antonio palpándole el cuerpo al viejo, y de repente le punzó con tanta fuerza en la pierna derecha que Capuzzi lanzó un grito.

—¡Válgame Dios! —gritó Antonio asustado—. ¡Válgame Dios! Mi buen Signor Pasquale, se ha roto la pierna derecha por el lugar más delicado. Si no se le cura pronto, corre usted peligro de muerte o se quedará inválido para siempre.

Capuzzi dejó oir un desesperado gemido.

—Tranquilícese usted, mi buen señor —le dijo Antonio—, aunque en la actualidad sea pintor, no he olvidado mi antigua profesión de cirujano. Vamos a trasladarle a la vivienda de Salvator y yo le vendaré inmediatamente.

—Mi buen señor Antonio —gemía Capuzzi—, usted me quiere mal, bien lo sé.

—¡Vaya! —le interrumpió Salvator—. Ahora no se trata más de enemistades, está en peligro y eso basta para que el buen Antonio despliegue todos los recursos de su arte para curarle. ¡Eche usted aquí una mano, amigo Antonio!

Entre los dos levantaron al viejo, que gritaba quejándose de los indecibles dolores que le causaba el pie roto, y lo llevaron con sumo cuidado a casa de Salvator.

La señora Caterina dijo que ya había presentido alguna desgracia y que por eso no se había acostado. Cuando vio al viejo y supo lo que le había sucedido, le reprochó su modo de vivir y obrar.

—¡Oh, Signor Pasquale, sé muy bien a quien llevaba usted a su casa! Usted cree que por tener en casa a su sobrina ya se puede usted pasar sin una criada de nuestro sexo, y abusa usted vergonzosamente, injuriando al Padre Eterno, de ese pobre Pitichinaccio, al que viste de camarera. Pero sepa usted que: ogni carne ha il suo osso, cada carne tiene su hueso, cada oveja con su pareja. Si quiere tener una doncella en su casa es preciso que se sirva de mujeres ¡Fate il passo secondo la gamba, conforme el caudal, el gasto! No pida usted a Marianna lo imposible, no la tenga usted encerrada como en una cárcel, asino punto convien che trotti, quien va de viaje, caminar debe; tiene usted una sobrina muy hermosa y debe usted conformar a ella su modo de vivir, o sea hacer lo que ella quiera; pero es usted un hombre testarudo y poco galante y, aún más, está usted enamorado y celoso, a pesar de su edad.

Perdone usted que le haya dicho todo esto, pero: chi ha nel petto fiele, non puo sputar miele, la boca dice lo que rebosa el corazón, habiendo en el pecho hiel, no escupe la boca miel. Si escapa usted de ésta con vida, pues a su edad todo es de temer, habrá sido esto una buena advertencia para que deje a su sobrina en libertad de casarse con el apuesto joven, a quien tengo bien conocido...

Todo esto fue dicho con un torrente de palabras, mientras Salvator y Antonio desnudaban al viejo y lo metían en la cama. Las palabras de la señora Caterina penetraban en su pecho como agudos puñales, y cuando iba a contestar, Antonio le hizo comprender que corría peligro en hablar y que debía apurar el cáliz. Finalmente Salvator envió a la señora Caterina, tal como había indicado Antonio, a buscar agua helada.



Compartir con tus amigos:
1   ...   48   49   50   51   52   53   54   55   ...   64


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal