E. T. A. Hoffmann



Descargar 2.85 Mb.
Página50/64
Fecha de conversión28.10.2018
Tamaño2.85 Mb.
1   ...   46   47   48   49   50   51   52   53   ...   64

Signor Formica


Signor Formica (1819)

El famoso pintor Salvator Rosa llega a Roma y es atacado por una grave enfermedad. Lo que le sucedió durante la enfermedad.

Por lo general suele hablarse muy mal de las personas célebres, bien lo merezcan o no, y eso es lo que le sucedió al excelente pintor Salvator Rosa, cuyos cuadros llenos de vida, ¡oh querido lector!, te habrían complacido siempre que los hubieras visto.

Al extenderse la fama de Salvator por Nápoles, Roma, Toscana y toda Italia, todos los pintores trataron de imitar su estilo para gustar al público, pero al mismo tiempo no faltaron individuos que sembraron toda clase de malignos rumores para ensombrecer su gloria y fama de artista. Aseguraban que Salvator en una época anterior de su vida había pertenecido a una banda de ladrones y que de este infame trato procedían las salvajes y siniestras figuras, fantásticamente trajeadas, de sus cuadros, así como los sombríos y desérticos lugares, las selve salvagge, como diría Dante, donde solía refugiarse, que reproducía en sus paisajes. Pero el principal crimen que se le imputaba era el haber formado parte de la sangrienta conspiración de Massaniello. Contábase lo sucedido con todo lujo de detalles.

Aniello Falcone, el pintor de batallas, uno de los mejores maestros de Salvator, entró en ira y deseo desenfrenado de venganza al haberle matado los soldados españoles a un pariente suyo. No le costó mucho reunir una partida de jóvenes resueltos, la mayor parte pintores, a los que dio armas y el nombre de Compañía de la Muerte. En efecto, esta pandilla justificó su nombre esparciendo el horror y la devastación, recorriendo el día entero la ciudad de Nápoles y matando sin compasión a cuantos españoles encontraba, y ¡aún más! penetraban en los lugares sagrados y asesinaban sin compasión a los infelices contrarios que con miedo mortal buscaban allí asilo.

Durante la noche reuníanse en casa de su jefe, el sanguinario y enloquecido Massaniello, a quien pintaban a la rojiza luz de las antorchas, de modo que en muy poco tiempo circularon por Nápoles y sus alrededores centenares de estos retratos.

Decíase que Salvator Rosa había tomado parte en estas escenas sangrientas, y no menos sediento de muertes durante el día que aplicado al trabajo durante la noche. Es cierto lo que dice de él un célebre crítico de arte, creo que Taillason. Dice que en sus obras está impreso el carácter de un orgullo salvaje, de una extraña energía de pensamiento y de ejecución. La Naturaleza no se le presenta verde y amena, con campos floridos, bosquecillos olorosos y arroyos murmuradores, sino horrible y agreste, rocas gigantescas amontonadas, orillas del mar peligrosas y escarpadas, y selvas tenebrosas e intransitables; no es el suave murmullo de las hojas ni el soplo del viento vespertino, no, lo que se oye, sino el rugido del huracán, y el estrépito de la catarata.

Cuando se contemplan los desiertos que pinta y los seres de extraño y salvaje aspecto que bien solos o en grupo vagan por ellos, vuelven a asaltarnos de nuevo los estremecedores pensamientos. Aquí se cometió un horrible asesinato, nos decimos, allí fue arrojado por aquel precipicio su cadáver ensangrentado, y muchas más cosas. Puede que todo esto sea verdad, y que Taillason esté en lo cierto cuando afirma que el Platón de Salvator y hasta el mismo San Juan en el desierto anunciando el nacimiento del Salvador del mundo semejan a unos salteadores; aun dando esto por cierto, como digo, no se podría juzgar al maestro por sus obras y deducir que por haber pintado tan vivamente lo terrible y lo salvaje tuviese también que ser él un desalmado y un bárbaro.

Por lo general, quien más habla de la espada es quien peor la maneja; quien concibe en su interior la atrocidad de las más sanguinarias maldades y las describe con la pluma y el pincel, paleta en mano, con total veracidad, es incapaz de ejecutarlas. ¡Basta ya! No doy el más mínimo crédito a todos los rumores que nos presentan al buen Salvator como un bandido y asesino sin escrúpulos, y deseo, querido lector, que participes de mis sentimientos. De no ser así temo que desconfiarías de todo lo que voy a contarte del maestro, porque el Salvator de mi relación debe parecerte un hombre en la plenitud de su vida ardiente y entusiasta, al tiempo que dotado de un carácter franco y generoso, capaz de dominar la amarga ironía que en todos los hombres dotados de profundo talento inspira la clara contemplación de la vida. Por lo demás, es bien sabido que Salvator era tan buen poeta y músico como pintor. Su genio interior se manifestaba así resplandeciente.

Vuelvo a decir que no creo que Salvator tomase parte en las atrocidades sangrientas de Massaniello; creo, por el contrario, que el horror de aquella época espantosa le hiciera huir de Nápoles a Roma, a donde llegó fugitivo al tiempo que acababa de ser derribado Massaniello.

Vestido de manera vulgar, con una pequeña bolsa con un par de cequíes en su faltriquera, entró sigilosamente por la puerta, nada más hacerse de noche. Sin saber de qué manera, encontróse en la plaza de Navona, donde en una época más feliz había vivido en una casa cerca del palacio Pamfili. Inquieto y desasosegado, levantó la vista hacia las grandes ventanas que brillaban y refulgían como espejos a los rayos de la luna.

—¡Ah! —exclamó tristemente— ¡cuántos lienzos tendré que pintar para poder poner mi taller allá arriba!

De repente se quedó como paralizado y se sintió decaído y desarmado enteramente, como jamás lo había estado.

—¿Podré, por ventura —murmuró entre dientes y dejándose caer en los escalones de piedra del palacio—, podré vender suficientes lienzos pintados al gusto de los necios?... Hum, me parece que he llegado al cabo.

El viento frío y cortante de la noche soplaba por las calles. Salvator sintió la necesidad de buscarse un cobijo. Levantóse penosamente y fue tambaleándose hacia el Corso, y dobló hacia la calle Bergognona. Allí se detuvo delante de una casita que tenía dos ventanas amplias, y en la que vivía una pobre viuda con sus dos hijas. Ésta misma le había hospedado por poco dinero la primera vez que vino a Roma, desconocido y sin fama, y en esta viuda pensó nuevamente para encontrar alojamiento conforme a las escasas posibilidades con las que se encontraba en aquel momento.

Llamó, pues, confiado, a la puerta, repitiendo varias veces su nombre. Finalmente, oyó como la vieja penosamente despertaba de su sueño. Arrastróse renqueando hacia la ventana y empezó a regañar al bribón que la inquietaba en medio de la noche, diciendo que su casa no era un mesón y cosas por el estilo. Hubo muchas preguntas y respuestas, hasta que reconoció por la voz a su antiguo huésped, y cuando Salvator le explicó quejumbrosamente cómo había huido de Nápoles y que no encontraba alojamiento en Roma, entonces exclamó la vieja:

—¡Ah, por Cristo y todos los santos de la corte celestial! ¿Es usted, Signor Salvator? ¡Muy bien! ¡El cuarto que usted ocupaba arriba y que da al patio aún está desocupado y la vieja higuera ha llegado ya con las ramas y hojas hasta la ventana, de modo que podrá usted sentarse y trabajar como si estuviera en un hermoso y fresco pabellón! Cuánto se alegrarán de verle mis hijas, Signor Salvator. ¿Sabe usted que Margarita está muy alta y guapa? ¡Ahora ya no podrá mecerla en sus rodillas! Y su gatita hace tres semanas que murió por haberse tragado una espina. En verdad que el sepulcro es nuestra herencia. A propósito, ¿se acuerda usted de la vecina gorda, de aquella que se reía tanto y a la que a menudo pintaba usted en caricatura? Pues ha de saber que se ha casado con aquel joven, el Signor Luigi. Bueno ¡nozze e magistrati seno da Dio destinati! El matrimonio viene del cielo, según digo yo.

—Pero Signora Caterina —dijo Salvator interrumpiendo a la vieja— por todos los santos, déjeme usted entrar y luego me contará lo de la higuera, lo de sus hijas, lo de la gata y lo de la vecina gorda. ¡Estoy muerto de frío y de cansancio!

—¡Oh, que impaciente viene! Chi va piano, va sano, chi va presto, more lesto. Vayamos poco a poco, digo yo. Pero usted está cansado y tiene frío; ¡vamos, rápido las llaves, las llaves!

Pero antes fue preciso que la vieja despertase a sus hijas y luego que lentamente, muy lentamente, encendiese el fuego. Finalmente abrió la puerta al pobre Salvator, que apenas pisó el umbral cayó al suelo desvanecido a causa del cansancio y la enfermedad. Por fortuna, el hijo de la viuda, que vivía en Tívoli, se hallaba aquella noche en su casa, le hicieron dejar su cama al enfermo, y él de muy buena voluntad se la cedió al amigo de la casa.

La vieja quería muchísimo a Salvator, le consideraba, a su parecer, superior a todos los pintores del mundo, y todo lo que hacía le encantaba. Quedó fuera de sí al ver el lamentable estado en que se encontraba e inmediatamente quiso echar a correr al convento próximo en busca de un confesor, para que viniese a conjurar al espíritu maligno, con cirios benditos o con cualquier valioso amuleto. Por el contrario, el hijo dijo que sería mucho mejor encontrar a un buen médico, por lo que se fue corriendo a la plaza de España, donde vivía el famoso Doctor Splendiano Accoramboni, que en cuanto supo que el pintor Salvator Rosa yacía enfermo en la calle Bergognona, se dispuso a trasladarse al punto junto al paciente.

Salvator yacía sin sentido, con fiebre altísima. La vieja había colgado a la cabecera de la cama dos imágenes de santos y oraba con fervor; las hijas, bañadas en llanto, se esforzaban de cuando en cuando en hacer tragar al enfermo algunas gotas refrigerantes de limonada, que ellas mismas habían preparado, mientras que el hijo, sentado a la cabecera, le secaba el sudor frío de la frente. Había ya amanecido cuando se abrió ruidosamente la puerta y entró el célebre Doctor Signor Splendiano Accoramboni.

Si Salvator no hubiese estado enfermo de tanto peligro y la situación no fuese tan dolorosa, creo que las dos mozas, alegres y burlonas como eran, se hubieran echado a reír a carcajadas al ver el extraño aspecto del Doctor, en vez de retirarse tímidas y medrosas en un rincón. Merece la pena que describamos el aspecto del hombrecillo que apareció al amanecer en casa de la Signora Caterina en la calle Bergognona. A despecho de todas las disposiciones para tener una elevada talla, el Doctor Splendiano Accoramboni apenas alcanzaba la estatura de cuatro pies. Sin embargo, en sus años juveniles, la proporción de sus miembros era muy elegante y antes de que su cabeza, algo disforme en su origen, hubiese adquirido un inmenso volumen, debido a sus enormes carrillos y a una doble barba prodigiosa, antes de que su nariz se hubiese ensanchado debido a las repetidas tomas de tabaco de España, y antes de que su barriguita hubiese tomado tan desmedida prominencia, debido al abundante pasto de macarrones, el traje de abate que entonces llevaba le sentaba a las mil maravillas. Podíasele muy bien llamar un hermoso hombrecillo, por lo que las damas romanas le llamaban su "caro puppazetto", su querido muñequito.

Ahora, realmente, todo había pasado, y un pintor alemán, al ver atravesar la plaza de España al Doctor Splendiano Accoramboni, dijo, no sin razón, que parecía como si un mocetón hubiese dejado caer su cabeza sobre el cuerpo de una marioneta de polichinela, quien se veía después obligado a llevarla continuamente, como cosa propia.

Esta particular y menguada figura iba envuelta en una prodigiosa cantidad de damasco de Venecia, cortado en forma de bata, ceñida bajo el pecho con un ancho cinturón de cuero, del cual colgaba un florete de tres varas, y encima de su peluca blanca como la nieve llevaba puesto un birrete alto, que recordaba al obelisco de la plaza de San Pedro. La susodicha peluca, semejante a una madeja enredada, le caía hasta las posaderas, de modo que podía tomársele por el capullo donde se esconde el gusano de seda.

El célebre Splendiano Accoramboni observó primero con sus grandes y resplandecientes anteojos al enfermo Salvator, y luego a la Signora Caterina, a la cual llamó aparte para decirle:

—Aquí yace —dijo en voz baja— el valioso pintor Salvator Rosa, medio moribundo en vuestra casa, Signora Caterina. Dígame usted ¿cuándo ha llegado? ¿Ha traído muchos y hermosos cuadros?

—¡Ah, mi buen doctor! —contestó la señora Caterina—. Esta misma noche ha llegado el pobre, y por lo que respecta a los cuadros, no sé nada; pero abajo hay una gran caja que Salvator, antes de que perdiera el conocimiento, me ha encomendado. Creo que es un hermoso cuadro, que habrá pintado en Nápoles.

La señora Caterina decía una gran mentira, pero luego sabremos qué motivos tenía para engatusar así al Señor Doctor.

—Bien, bien —dijo el Doctor, sonriendo y acariciándose la barba; luego se acercó al enfermo con toda la gravedad que le permitía su largo florete, que tropezaba de continuo con todas las sillas y mesas del aposento, le tomó la mano y le tentó el pulso, en tanto suspiraba y resoplaba, de modo que contrastaba extrañamente con aquel silencio profundo y religioso que guardaban todos los presentes.

Luego enumeró más de ciento veinte enfermedades con sus nombres latinos y griegos, que Salvator no tenía, y luego recitó otras tantas que hubiera podido tener, y terminó diciendo que no podía pronunciarse acerca de la enfermedad de Salvator hasta que no hubiera pasado cierto tiempo y encontrado los remedios adecuados para su curación. Dicho esto se marchó con la misma gravedad con que había venido, dejando a todos inquietos y asustados.

Ya abajo el Doctor pidió que le enseñasen la caja de Salvator. La señora Caterina le enseñó una en la que había metido algunos abrigos usados de su difunto esposo, así como otros tantos zapatos viejos. El Doctor, dando algunos golpecitos en la caja, dijo con satisfacción:

—¡Ya veremos, ya veremos!

Pasadas algunas horas volvió el médico con un hermoso nombre para la enfermedad de Salvator y algunos grandes frascos llenos, de un olor nauseabundo, ordenando que se lo hiciesen tomar al instante al enfermo. Costó mucho trabajo, pues el enfermo mostraba gran aversión y repugnancia hacia aquella medicina, que parecía estar hecha en el Aqueronte. Pero ya fuese que la enfermedad a la que había dado nombre se hacía verdadera y hubiese llegado a su mayor apogeo o que la poción que le había dado Splendiano obrase con violencia en sus entrañas, lo cierto es que el enfermo de día en día y de hora en hora iba empeorando, y a pesar de que el Doctor Splendiano Accoramboni aseguraba que cuando se apaciguasen todas las funciones vitales él daría a la máquina como a un péndulo de un reloj el impulso del movimiento más activo, lo cierto es que todos dudaban del restablecimiento de Salvator y sospechaban que el Doctor quizás había dado tanta fuerza al péndulo que lo había roto enteramente.

Un día que Salvator, al parecer, no podía ni siquiera menearse, acometido de un fuerte ataque de fiebre, de repente saltó de la cama y apoderándose de los frascos de medicinas los arrojó furioso por la ventana. Al Doctor Splendiano Accoramboni, que precisamente en aquel momento entraba en la casa, le cayeron un par de frascos en la cabeza, que le llenaron abundantemente la peluca, el rostro y la gorguera de un negro contenido. El Doctor entró rápidamente en la casa gritando:

—Sí, el Signor Salvator se ha vuelto loco, está delirando, no hay arte que pueda curarle, dentro de diez minutos se morirá. ¡Dadme el cuadro, señora Caterina, dadme el cuadro, es el escaso pago de mis servicios! ¡Dadme el cuadro, he dicho!

Pero cuando la señora Caterina abrió la caja y el Doctor Splendiano vio los viejos abrigos y los zapatos rotos, empezaron a girar sus ojos como un par de ruedas de fuegos artificiales; rechinó los dientes, pataleó y, mandando a todos los diablos al pobre Salvator, a la viuda y a toda la casa, huyó de la habitación a la velocidad de una bala disparada de un cañón.

Salvator, pasado el paroxismo rabioso de la alta fiebre, cayó de nuevo en un estado semejante a la muerte. La señora Caterina llegó a creer que era llegada su hora, así que se apresuró a ir en busca del padre Bonifacio, para que administrara los sacramentos al moribundo. Cuando el padre Bonifacio vio al enfermo, él, que estaba acostumbrado a conocer las características señales que la cercana muerte imprime en el rostro de los hombres, conoció que ninguno de estos síntomas tenía el desmayado Salvator, y que aún había posibilidades de salvación, que iba a poner inmediatamente en práctica, con la sola condición de que el Doctor Splendiano Accoramboni, con todos sus nombres griegos y frascos infernales, no volviera a poner los pies allí. El buen padre emprendió, pues, buen camino, y pronto veremos que cumplió lo que había prometido.

Salvator despertó de su desmayo y tuvo la sensación de que estaba acostado en un bello y oloroso vergel, puesto que encima de su cabeza se entrelazaban ramas y hojas verdes. Sintió que le invadía una especie de calor vital bienhechor; únicamente tenía como entumecido el brazo izquierdo.

—¿Dónde estoy? —exclamó con débil acento.

Entonces un joven de buen parecer, que estaba de pie junto a su cama y en el que hasta entonces no había reparado, se arrojó de rodillas, y cogiéndole de la mano derecha, se la besó y regó con su llanto, exclamando una y otra vez:

—¡Oh, mi buen señor!... ¡Oh, mi gran maestro!... ¡Todo va bien! ¡Ya está usted a salvo! ¡Ya está curado!

—Pero decidme... —repuso Salvator.

Pero el joven le interrumpió, suplicándole que no se fatigase hablando pues se hallaba sumamente débil y le dijo que él le contaría lo que había sucedido.

—Mire —comenzó a decir el joven— mire usted, mi querido maestro, debía de estar usted muy enfermo cuando llegó de Nápoles, pero su situación no era de peligro de muerte y unos remedios sencillos hubieran curado al momento a su naturaleza vigorosa, a no haber sido por la desgraciada ocurrencia de Carlos, que con la mejor intención del mundo echó a correr a casa del médico más cercano y tuvo usted la desgracia de caer en manos del maldito Doctor Pirámide, que tomó todas las medidas para enterrarle.

—¿Cómo? —exclamó Salvator echándose a reír con todas sus fuerzas a pesar de la debilidad de su estado—. ¿Qué dice usted?... ¿El Doctor Pirámide?... ¡Ja, ja! Aunque mi enfermedad era grave, bien veía a aquel pequeñajo envuelto en damasco, que me condenó a beber aquel infame e infernal brebaje. Llevaba en la cabeza el obelisco de la plaza de San Pedro y seguramente por esto le llamarán el Doctor Pirámide.

—¡Oh, Dios Santo! —dijo el joven riendo también con todas sus fuerzas—. Seguramente el Doctor Splendiano Accoramboni se le habrá presentado con su gorro de dormir, con el cual se le ve brillar todas las mañanas en la ventana de la plaza de España, semejante a un meteoro de mal agüero. Pero no es a causa de su gorro por lo que merece el apelativo de Doctor Pirámide, sino por otra razón muy diferente... El Doctor Splendiano es un gran amante de los cuadros y realmente posee una colección de pinturas muy selecta, que ha logrado de un modo muy simple. Atiende a los pintores enfermos con celo y astucia. Especialmente a los extranjeros, a los que, en cuanto han comido macarrones en demasía o un vaso más de lo conveniente de vino de Siracusa, sabe atraer con sus lazos, les encaja alguna enfermedad a la que da un pomposo nombre y luego los cura.

Como paga por la curación se hace prometer un cuadro, que suele recoger de la herencia del pintor extranjero que ha enterrado ya en la Pirámide de Cestio, ya que sólo algunas naturalezas muy robustas pueden resistir sus poderosos remedios. El Signor Splendiano escoge siempre lo mejor de los cuadros del pintor, y no hay que decir que a veces también se lleva otro. El cementerio contiguo a la Pirámide de Cestio es el campo que siembra y cultiva el Doctor Splendiano Accoramboni, y por eso se llama Doctor Pirámide.

La señora Caterina, con la mejor intención, había hecho creer al Doctor que usted había traído a Roma un cuadro muy hermoso, así es que puede imaginarse con qué celo preparaba sus bebidas.

Por suerte, usted en un acceso de fiebre arrojó los frascos a su cabeza y afortunadamente él le abandonó, y todavía fue una suerte más que la señora Caterina fuese a buscar al Padre Bonifacio, creyendo que estaba usted moribundo, para que le administrara los santos sacramentos. El Padre Bonifacio, que sabe algo de medicina, juzgó atinadamente cuál era su estado y vino a buscarme.

—¿Así que también usted es médico? —preguntó Salvator con voz baja y quejumbrosa.

—No —repuso el joven, cubriéndose de rubor su rostro—, no, mi querido y buen maestro, no soy médico como el Doctor Splendiano Accoramboni, sino un cirujano. Creí morir de terror... y también de alegría cuando el Padre Bonifacio me dijo que Salvator Rosa estaba en cama casi moribundo. Me apresuré a venir aquí, le abrí a usted la vena del brazo izquierdo y se salvó. ¡Le trasladamos a este aposento fresco y ventilado, donde ahora se encuentra! Mire usted en torno suyo, aquí está el caballete que dejó usted al marcharse; allí hay un par de dibujos que la señora Caterina guarda como reliquias. Ya está vencida su enfermedad, gracias a los sencillos medicamentos que le ha preparado el Padre Bonifacio, y gracias a sus buenos cuidados pronto estará repuesto... ¡Y ahora permítame que le bese la mano, esta mano creadora que da vida a los más escondidos secretos de la Naturaleza! Permítame que el pobre Antonio Scacciati demuestre el entusiasmo que desborda de su corazón y dé al cielo ardientes gracias porque le ha permitido salvar la vida al grande, al excelente maestro, al sublime pintor Salvator Rosa.

Nada más decir esto, el joven se postró de rodillas, cogió la mano de Salvator y se la besó, cubriéndola de ardientes lágrimas, como la vez anterior.

—No sé —dijo Salvator tratando trabajosamente de ponerse en pie—, no sé, querido Antonio, qué especial impulso le lleva a demostrarme tanta veneración. Usted, según dice, es un cirujano, y esta profesión parece que se empareja mal con el arte, ¿no es así?

—Cuando se encuentre más repuesto, querido maestro —contestó el joven bajando la vista—, le contaré muchas cosas que ahora abruman mi corazón.

—Hágalo —dijo Salvator— con entera confianza, puede hacerlo porque jamás mirada alguna de hombre me ha hecho tanta impresión como la de usted, ni me pareciese más sincera. Cuanto más le miro, se me hace más evidente que sus rasgos tienen cierta semejanza con los del joven divino... ¡me refiero al Sanzio!

Los ojos de Antonio brillaron centelleantes... y en vano trató de buscar palabras para contestar.

En aquel mismo instante la señora Caterina entró en compañía del Padre Bonifacio, que le presentó a Salvator una bebida perfectamente preparada, que le gustó mucho más al enfermo que el aqueróntico licor del Doctor Pirámide Splendiano Accoramboni.

Antonio Scacciati se ve muy honrado por medio de Salvator Rosa. Confía los motivos de su continua tristeza a Salvator, que le consuela y le promete ayuda.

Sucedió lo que había pronosticado Antonio. Los remedios sencillos y saludables del Padre Bonifacio, los atentos cuidados de la buena señora Caterina y de sus hijas, la suave influencia de la primavera naciente, todo contribuyó a que la naturaleza robusta de Salvator se repusiese, y que pronto estuviese dispuesto a ocuparse de su arte, empezando a diseñar algunos valiosos dibujos que luego trasladaría al lienzo.

Antonio no salió, por decirlo así, del cuarto de Salvator, y miraba muy atento cuando éste esbozaba un cuadro, y más de una vez daba su juicio, mostrando que conocía los secretos del arte.

—Escuche usted, Antonio —le dijo un día Salvator—. Entiende usted tanto de arte, que creo que no se ha contentado sólo con mirar con buen juicio, sino que también habrá manejado el pincel.

—Recuerde —dijo Antonio—, recuerde usted, mi querido maestro, que cuando se reponía de aquel profundo desmayo que le había sobrecogido, le hablé de muchos secretos de mi corazón. ¡Ahora ha llegado el momento de que le confíe todo! Pues bien, a pesar de ser Antonio Scacciati el cirujano que os sangró, sin embargo pertenezco enteramente al arte, al que me quiero dedicar sin reserva, dejando de lado este maldito oficio.



Compartir con tus amigos:
1   ...   46   47   48   49   50   51   52   53   ...   64


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal