E. T. A. Hoffmann



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Meditabunda, con la mirada puesta en el suelo, sintiéndose obligada a obedecer a un más alto poder que le confiaba la confesión de un secreto terrible, y como prisionera de los lazos mágicos en los cuales había caído, se decidió de pronto, y dijo dignamente: —Dios me concederá el tino y la firmeza que necesito... Traed a Brusson. Estoy decidida a hablar con él.

Como tiempo atrás al presentársele Brusson con el cofrecillo, se oyó llamar a la puerta de la casa de Mademoiselle de Scudéry. Abrió Bautista, ya enterado de aquella visita nocturna. La dama se estremeció al oír los pasos leves y el sordo rumor que le permitieron colegir que los guardias que habían traído a Brusson se repartían por los corredores de la casa.

Por fin se entreabrió la puerta del cuarto. Entró Desgrais y detrás de él Oliverio Brusson. No llevaba grilletes ni ataduras, y vestía correctamente. —Este es Oliverio Brusson, señora — dijo Desgrais inclinándose respetuosamente y salió de la habitación. Brusson se arrodilló delante de la dama, y levantó ambas manos en actitud suplicante. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Pálida y sin articular una palabra, le miraba la dama y en las facciones y el dolor, resplandecía una expresión pura de lealtad y sinceridad de ánimo. Cuanto más detenía la mirada en el rostro de Brusson, más vivamente evocaba la dama el recuerdo borroso de alguna persona muy querida, y olvidaba toda sospecha de que el que estaba de rodillas delante de ella pudiera ser el asesino de Cardillac. —Bien, Brusson. Dígame lo que sea —le pidió en un tono de la más piadosa benevolencia. Sin levantarse, suspiró él en lo más hondo de sus tristezas, dijo luego: — ¡Noble y venerable señora! ¿Tan totalmente se ha borrado de su alma mi recuerdo?—. Observándole con más empeño, la Scudéry le respondió que, en efecto, descubría en sus rasgos un parecido con alguna persona amada, y que únicamente a este parecido debía agradecer que ella hubiera vencido la repulsión por el criminal y le escuchara con calma en aquellos momentos. Brusson, herido por estas palabras, se puso rápidamente en pie, y mirando sombríamente al suelo, retrocedió un paso y dijo con voz velada: —

¿Ha olvidado usted completamente a Ana Guiot y a su hijo Oliverio, el niño que tantas veces meció sobre las rodillas? —¡Dios todopoderoso! —exclamó Mademoiselle de Scudéry cubriéndose la cara con ambas manos y echando atrás la cabeza sobre el sillón. Motivos tenía para sentirse turbada. Ana Guiot, hija de un hombre de la clase media venido a menos, se había criado en casa de la Scudéry, la cual le había prodigado cuidados maternales. Ya mayor, tuvo un pretendiente llamado Claudio Brusson. Era el joven un experto relojero, que se ganaba holgadamente la vida en París, y Ana sintió por él un afecto sincero que mereció la aprobación franca de la que la cuidó de niña. Supo entenderse la joven pareja y vivían felices en la calma doméstica, felicidad que vino a afirmar todavía más el nacimiento de un muchacho precioso, vivo retrato de su madre.

Mademoiselle de Scudéry hizo del pequeño Oliverio un ídolo y horas, hasta días enteros, se lo quitaba a la madre para acariciarle y cuidarle, de tal manera que el pequeño se acostumbró a ella con quien se encontraba tan bien como con su propia madre. Habían pasado tres años del nacimiento cuando la envidia profesional de sus colegas determinó que el trabajo del buen relojero decreciera cada día más, y llegó a un punto que apenas le producía para alimentarse él y los suyos. Le entró la nostalgia de su bella Ginebra natal, y la familia salió para aquella ciudad sin hacer caso del incondicional apoyo que la Scudéry les garantizaba. Ana escribió todavía un par de cartas a la que tantos cuidados le había prodigado, y luego vino el silencio, lo que hizo suponer a Mademoiselle de Scudéry que tal vez las dichas del hogar de Brusson habían borrado el recuerdo de tiempos pasados.

Veintitrés años se cumplían ahora desde que Brusson había salido de París.

—¡Qué horror! —exclamó la dama, ya recobrado el ánimo. —¿Eres tú, Oliverio? ¡El hijo de mi Ana!...—. Dueño de sí mismo, tranquilamente, Oliverio respondió:



—¡Claro está, señora mía, que no podía imaginar usted nunca que aquel niño que usted acariciaba como la más tierna de las madres, aquel niño a quien mecía y regalaba con golosinas prodigándole los nombres más cariñosos, tendría que verse, una vez llegado a la juventud, en presencia de usted, acusado de un crimen horrible! No soy irreprochable; la «Cámara Ardiente» podría acusarme legalmente de algún delito, pero, tan cierto como he de morir bien con Dios, aunque fuera a manos del verdugo, ni yo maté al desdichado Cardillac, ni tuve parte en su muerte—. Al decir esas palabras Oliverio experimentaba una conmoción como si la tierra se hundiera a sus pies. Silenciosamente, Mademoiselle de Scudéry le señaló un sillón, sobre el cual, con gesto cansado, se sentó Oliverio.

Y dijo: —No me ha faltado tiempo para prepararme a esta entrevista, que considero como el último favor del cielo que se reconcilia conmigo, y captar toda la calma y la presencia de espíritu necesarias para narrarle la historia de mi terrible, de mi inaudita desgracia. Otórgueme la piedad de escucharme tranquilamente, por mucho que el descubrimiento de un secreto, que seguramente no pudo sospechar, la sorprenda y llegue a horrorizarla... ¡Ojalá mi pobre padre no hubiera salido nunca de París! En mi recuerdo borroso de Ginebra veo a mis padres y me veo a mí en el llanto, oigo sus lamentaciones, y me doy muy bien cuenta de cómo más tarde viví los azares de nuestra miseria. Mi padre se vio burlado en todas sus esperanzas. Apesadumbrado, murió al punto en que había logrado verme como aprendiz en un taller de orfebrería. Mi madre hablaba mucho de usted en aquel entonces y estaba dispuesta a referirle todas sus cuitas, pero le faltó el ánimo como suele suceder a los que viven en la indigencia. La falsa vergüenza, que tantas veces roe el alma de los desheredados, le impidió dar curso a su propósito. Pocos meses después de la muerte de mi padre murió también ella. —¡Mi pobre Ana! —exclamó la de Scudéry dominada por el pesar! —¡Doy gracias a Dios de que no haya de presenciar la muerte de su hijo querido a manos del verdugo, cubierto de ignominia!—. Estas palabras las dijo Oliverio en voz muy clara y fijando en la altura los ojos extraviados. Afuera se oyeron rumores de inquietud y pasos en diversas direcciones—. ¡Oh, oh! —dijo Oliverio con una sonrisa amarga—. ¡Desgrais despierta a su gente como si yo pudiera escapar de aquí!... Prosigamos. Mi maestro me trataba con severidad, sin tener en cuenta que yo trabajaba como ninguno y mi labor acabó por superar la suya. Sucedió un día, que un cliente vino a nuestro taller para adquirir un aderezo. Yo estaba trabajando en una gargantilla preciosa y el cliente, con rostro amable, golpeándome la espalda y resiguiendo con la mirada mi trabajo, me dijo: —Amigo, es una labor excelente. En realidad, no sé quién pudiera mejorarla a no ser Rene Cardillac, que es sin duda alguna el mejor orfebre del mundo. Junto a él tendrías que trabajar; te recibiría con palmas en su taller, porque sólo tú puedes ponerte a su lado y únicamente de él puedes todavía aprender algo—. Estas afirmaciones no cayeron en saco roto. Yo no aguanté más en Ginebra: parecía que me empujaban hacia fuera. Logré desentenderme de mi amo y llegué a París. Rene Cardillac me recibió fríamente, casi diría con rudeza. Yo insistí hasta lograr que me confiara un encargo de poca monta; era una sortija. Cuando le presenté la obra fijó en los míos sus ojos pequeños y centelleantes, como si quisiera penetrar en mis intenciones más profundas. —Eres un oficial listo, bien dispuesto— me dijo—. Te pagaré bien; confío en que quedarás contento de mí—. Y Cardillac hizo honor a su promesa. Pasé un tiempo cerca de él sin haber visto a Madelon, que estaba en el campo según creo, en casa de una tía de Cardillac. Volvió al fin. ¡Poder eterno del cielo qué cambio se hizo en mí al ver su figura angelical! ¿Ha existido nunca un ser que haya amado como yo?... Y ahora... ¡Oh, Madelon!—. Cortó sus palabras la pesadumbre, y tapándose la cara con ambas manos, prosiguió una vez vencidos los sollozos:

—Madelon me miraba con buenos ojos. Entraba a menudo en el taller y yo adivinaba su afecto. Por mucho que el padre vigilara, nuestros furtivos apretones de mano eras señales de un pacto que Cardillac parecía ignorar. Mi intención era captarme ante todo su favor, llegar a la maestría en mi oficio y pedir entonces la mano de Madelon. Una mañana, al ir a ponerme a mi labor, Cardillac se enfrentó conmigo, luciéndole en los ojos sombríos la cólera y el desprecio: —Ya no necesito de tu arte —comenzó—. Sal de la casa ahora mismo y que no te vea nunca más. ¡No te debo explicaciones, pero has de saber que está puesta demasiado alta la dulce fruta que pretendes alcanzar, pobre arrapiezo!—. Quise hablar, pero él me cogió con mano dura y me obligó a pasar la puerta de un empujón, dando con mi cuerpo en el suelo, e hiriéndome en la cabeza y en un brazo.



Abandoné la casa furioso, con el alma desgarrada, hasta que en un suburbio lejano de París, el de Saint Martín, encontré a un conocido que me acogió en su buhardilla. Pero no hallaba reposo. Salía de noche y me escurría, rondando la casa de Cardillac, forjándome la idea de que Madelon oiría no sé cómo mis quejas y suspiros y que encontraría manera de asomarse a la ventana para hablarme en secreto. En mi cerebro se cruzaban los más desesperados planes, de cuya realización esperaba convencerla. Junto a la casa de Cardillac, en la calle Nicaise, se levanta una pared alta con una hornacina y una estatua medio destruida, empotrada en ella. Junto a esta estatua me encontraba yo una noche, mirando hacia arriba, acechando las ventanas de la casa que dan al patio que la pared encierra. De pronto, me doy cuenta de que hay luz encendida en el taller de Cardillac. Son las doce de la noche. Cardillac no solía velar nunca a esta hora; se acostaba puntualmente a las nueve. Siento los latidos de mi corazón. Presiento algún mal, pero tengo la esperanza de poder entrar. Desaparece la luz. Me arrimo a la estatua dentro de la hornacina. De pronto doy un salto atemorizado, porque he sentido que la estatua se mueve como si tuviera vida. Al reflejo pálido de la noche me doy cuenta de que la piedra gira lentamente sobre su base, y detrás de ella se escurre una obscura forma humana, que empieza a andar calle abajo con paso ligero. Me acerco de un brinco a la escultura. Vuelve a estar en su sitio de antes, formando parte de la pared. Instintivamente, como impelido por una fuerza interior, voy siguiendo las pisadas del que se aleja. Al pasar bajo una capillita de la Virgen, aquella forma humana vuelve la cabeza, y el reflejo de la luz de la lámpara se proyecta sobre su rostro. Es Cardillac. No sabría describir el miedo, el horror, ni el irresistible hechizo que me empuja hacia su figura espectral de sonámbulo. No tengo por tal al maestro, sin contar con que no estamos en luna llena, época en que semejante hechizo suele privar del sueño. Desaparece por fin Cardillac en las sombras, pero al oír un carraspeo breve, que no puede ser más que el suyo, conozco que ha entrado en un determinado soportal. ¿Qué significa todo eso? ¿Qué designio le mueve? —me pregunto, lleno de estupor, mientras me oculto a favor de la sombra de las casas. Al cabo de un rato veo acercarse a un hombre que anda canturreando, tocado de un flamante penacho y con tintineantes espuelas en los tacones. Como el tigre sobre su presa se precipita Cardillac desde su rincón encima del hombre, que se desploma instantáneamente con el estertor de la muerte en la garganta. Salto, dando un alarido de terror hasta donde está Cardillac. —¿Qué es esto, maestro? —gritó yo—. ¡Maldito! —ruge Cardillac. Y echa a correr y desaparece con la rapidez del rayo. Sin tino, andando a duras penas, me acerco al que está tendido en el suelo y me arrodillo junto a él, por si hay esperanza de salvarle; pero todo indicio de vida ha desaparecido. Sobrecogido de mortal terror, apenas me he dado cuenta de que la «Maréchaussée» me rodea. Alguien da voces: —¡Ea, muchacho!, ¿qué estás haciendo? ¡Otro que ha caído!... ¿Senas tú también de la pandilla?... ¡Anda! ¡Anda!...—. Mientras se cruzan esas exclamaciones, me sujetan y yo casi no acierto a balbucear que está lejos de mí cometer un acto semejante, y que me dejen en paz. Uno de los de la ronda me acerca a la cara la linterna y dice soltando la risa: —¡Pero si es Oliverio Brusson, el que trabaja con el honrado maestro Cardillac...! ¡Cómo va a matar hombres por esas calles!... ¡Vaya ocurrencia! ¿Es propio de asesinos lamentarse sobre el cadáver y entretenerse para dejarse prender?... ¿Cómo ha sido, mozo?... Cuenta sin temor— Y cumplí lo que me pedían—. Muy cerca de mí —dije—saltó un hombre encima del que allí está tendido, le dio el golpe mortal y al oír mis gritos emprendió la fuga, rápido como el rayo. Y yo me inclinaba ahora sobre el caído por si había esperanzas de salvarle—. No hijo, mío— dice uno de los que han levantado el cuerpo. La herida, como de ordinario, es una puñalada al corazón—. ¡Demonio! —dice otro—. Lo mismo que el caso de anteayer. Llegamos tarde—. Y se alejaron llevándose el cadáver.

No sabría explicar mis sensaciones; era como el despertar de un sueño fatídico, o como si fuera a salir del sueño para asombrarme de la fantasmagoría... ¡Cardillac, el padre de mi Madelon, un malvado asesino!... Sin fuerzas caí sobre las gradas de un soportal. Alboreaba. Un sombrero de oficial ornado de un penacho precioso, yacía sobre el pavimento. El delito sangriento de Cardillac cometido a mi vista, en el sitio que ahora ocupaba yo, medio echado en el suelo, me parecía evidente, claro, como la nueva luz de la mañana. Y huí de aquel sitio, horrorizado.

Vuelto a mi buhardilla, aturdido, como demente, oigo abrir la puerta. Es Rene Cardillac. —En nombre de Cristo ¿qué quiere de mí —le grité. Sin dar importancia a mi actitud ni a mis palabras, anda unos pasos hacia mí, con una sonrisa reposada y afable que acrecienta mi íntima repulsión. Coge un taburete medio roto y se sienta a mi lado. Yo no tengo ánimos ni para incorporarme en la yacija sobre la cual me he dejado caer. —Ea, Oliverio —comienza—, ¿cómo te va?... ¡Pobre muchacho!... Me precipité torpemente cuando te mandé salir de mi casa. Te echo de menos muchas veces. Precisamente estos días voy a ponerme a un trabajo que no podré realizar sin tu ayuda. ¿Qué me dices de venir a trabajar de nuevo en mi taller? ¡Callas! Sí; bien lo sé. Te ofendí. Quise darte a entender que estaba airado contigo a propósito de tus ambiciones respecto a mi Madelon. Pero luego ha madurado en mí la idea y estoy convencido de que con tu destreza, tu laboriosidad y tu lealtad, no puedo desear en el mundo mejor yerno que tú. Ven, pues, conmigo y procura merecer como esposa a Madelon.

Las palabras de Cardillac me desgarraban el corazón y su maldad me hacía temblar. No acerté a formular una respuesta. —¿Titubeas? —prosiguió él en un tono áspero, mientras me perforaba con sus ojillos centelleantes—, ¿titubeas?... No te digo que sea hoy mismo; tal vez tienes otras cosas que te ocupen. Tal vez... una visita a Desgrais. ¿O quizá quieres ser presentado a Argenson o a La Regnie? Cuidado, muchacho, que las garras que pretendes echar contra otros no te prendan a ti mismo y te despedacen.

En este punto mi ánimo sublevado no puede menos que desahogarse de pronto en palabras, y replico que aquellos que tengan algo común con los nombres que acaba de pronunciar, a causa de las atrocidades que hayan cometido, se entiendan con ellos. Yo no tengo nada que ver con eso. Y Cardillac prosigue: —Hablando con propiedad, Oliverio, el trabajar en mi taller te honrará. Soy reputado el más famoso orfebre de la época, y considerado en todas partes, tanto por mis dotes artísticas como por mi lealtad e intachable conducta. Cuenta que cualquier calumnia contra mí caería de rechazo sobre la cabeza del calumniador. Y por lo que se refiere a Madelon, puedo asegurarte que a ella sola debes agradecer mi condescendencia. Te ama con una vehemencia que no hubiera sospechado en un ser delicado como es ella. No bien saliste de mi casa se echó a mis pies, abrazó mis rodillas y me confesó entre lágrimas que no podía vivir sin ti. Yo pensé que todo era imaginación, como suele suceder a las muchachas inexpertas que darían la vida por la primera cara simpática que les mira sonriendo. Pero en mi Madelon es una realidad. Languidecía, estaba enferma, y si yo quería disuadirla de sus quimeras no hacía más que repetir tu nombre. ¿Qué tenía yo que hacer si no quería dejarla en la desesperación? Ayer noche le dije que le daba mi consentimiento y que te llamaría hoy. En una noche parece haber florecido como una rosa y te espera transportada de amor.

Que el eterno poder celestial me perdone, pero ni yo mismo podría decir cómo me encontré de ponto en casa de Cardillac, en presencia de Madelon, que sollozaba, y estrechándome en sus brazos repetía mi nombre y hacía protestas de su afecto, mientras yo, en el colmo del embeleso, juraba por la Virgen y todos los santos no separarme de ella nunca más.



Conmovido al recuerdo de este momento decisivo, Oliverio se vio obligado a hacer una pausa. Mademoiselle de Scudéry, horrorizada por la criminalidad de un hombre que ella había considerado hasta entonces como encarnación de la virtud y la honradez, exclamó: —¡Qué espanto! ¡Así, pues, Rene Cardillac formaba parte de la pandilla de asesinos y ladrones que hace de la ciudad una madriguera inmunda! —No se hable de pandilla, señorita —dijo Oliverio—. No existe tal pandilla. Era Cardillac, él solo, quien escogía las víctimas y caía encima de ellas con una asiduidad malvada. A esta circunstancia, la de no tener compañeros, es debida la impunidad con que logró llevar a cabo sus fechorías, y la dificultad en seguir una pista... Pero, permita que acabe y sabrá los secretos del que fue a la vez el más malvado y el más desdichado de los hombres... Desde aquel día, cualquiera puede imaginar la situación en que me hallaba respecto a mi maestro. El paso estaba dado y no era posible retroceder. A menudo me parecía ser cómplice de los asesinatos de Cardillac, y únicamente el amor de Madelon me hacía olvidar la íntima congoja que me torturaba. En mis horas de trabajo en el taller, al lado del viejo, no podía mirarle a la cara, y casi no pronunciaba ni una palabra en presencia de aquel hombre abominable, que de día parecía poseer todas las virtudes de un padre cariñoso y de un buen ciudadano, y se envolvía en los velos de la noche para llevar a cabo sus crímenes; Madelon, la criatura piadosa, limpia de conciencia como un ángel, le profesaba una verdadera devoción. Me sentía traspasado el corazón al pensar que cuando el malvado fuera descubierto, ella, despertada a la realidad, sufriría la más cruel desesperación, víctima inocente de las infernales astucias de su padre, y esto bastaba para hacerme enmudecer aunque para ello tuviera que sufrir la pena que merecía el criminal.

Si bien me enteraba de los sucesos por las conversaciones de la gente, el móvil de los delitos de Cardillac y el modo de realizarlos eran para mí un enigma. La solución no se hizo esperar. Un día noté en Cardillac, que generalmente y excitando mi repugnancia solía bromear y reír mientras trabajaba, una seriedad y un retraimiento que empañaban su ordinario buen humor. De pronto echó a un lado la joya en la que estaba trabajando con tal violencia que las perlas rodaron sobre la mesa, se puso en pie y me habló con vehemencia: —Oliverio— me dijo—, entre nosotros dos las cosas no pueden quedar así; la posición es insostenible. Lo que escapó a la fina astucia de Desgrais y de sus esbirros, el azar lo ha puesto en tus manos. Me has visto en mis actividades nocturnas, a las que mi nefasto destino me empuja, sin que yo pueda resistir. Y también a ti la mala estrella te impulsó a seguir mis pasos, te escondió en las sombras y dio a tus pisadas una tal ligereza silenciosa, que yo mismo, que en la noche más obscura veo tan bien como si tuviera ojos de tigre y percibo el menor ruido, incluso el volar de un mosquito, no me di cuenta de tu presencia aquella noche. Tu mala estrella te ha hecho volver a mi lado. En tu situación ya no puedes traicionarme. Has de saberlo todo—. ¡Nunca seré tu compañero, hipócrita, malvado! —. Estas palabras estuve a punto de replicarle, lleno de ira y repugnancia, pero la misma indignación que en mí promovían sus palabras me agarrotaba la garganta, y un sonido inarticulado fue mi sola contestación. Cardillac volvió a sentarse en su sitio de trabajo; se secó el sudor de la frente, y como si le conmoviera un recuerdo del pasado, comenzó: —Hay sabios que dan gran importancia a las raras impresiones a que están sujetas las mujeres encinta, y hablan del asombroso influjo de esas impresiones vivas e involuntarias en el que va a nacer. De mi madre me contaron una singular historia. En el primer mes del embarazo de que yo debía nacer contemplaba junto con otras mujeres una brillante fiesta cortesana que se dio en el Trianon. Se le fueron los ojos hacia un caballero vestido a la española, con una joya radiante colgada del cuello. Como fascinada por el brillo de la alhaja, mi madre no acertaba a quitar de ella la mirada. Todo su ser codiciaba aquella piedra irisada que le parecía un bien más que terrenal. Ya unos años antes, siendo mi madre todavía soltera, aquel caballero había puesto sitio a su virtud, pero fue rechazado con horror. Mi madre le reconoció, pero esta vez le pareció que el resplandor de la pedrería convertía al caballero en un ser de la más elevada naturaleza y un compendio de toda hermosura. Diose cuenta el caballero de las miradas de fuego de mi madre, y figurándose que esta vez sería más afortunado que antaño, buscó la ocasión de alternar con ella y logró apartarla de los conocidos y llevarla a un sitio desierto, y allí por la fuerza, la estrechó vehementemente entre sus brazos. Entretanto mi madre se había apoderado de la joya que el caballero llevaba colgada sobre el pecho, pero en el mismo instante, el caballero, arrastrando a mi madre en la caída, se desplomó exánime. Probó en vano mi madre de desprenderse de los brazos crispados del cadáver, que fijaba en ella los ojos que ya no veían, y al reclamo de sus agudos gritos acudieron los paseantes y la arrancaron de los brazos del pérfido caballero. Esas impresiones postraron a mi madre en el lecho. Se temió por su vida y por la mía; pero se restableció y el parto fue lo feliz que cabía esperar. Pero los terrores de aquel momento aciago recayeron sobre mí. Había asomado mi mala estrella y sus destellos prendieron en mi ser, poseído desde el vientre de mi madre de una de las pasiones más insanas. Ya en la niñez estimaba por encima de todo los diamantes y el oro. Esta inclinación fue considerada como un capricho de niño, pero pronto se manifestó con mayor trascendencia y de niño aun robaba oro o joyas donde las viera al alcance de la mano. Distinguía instintivamente, como el más experto, lo que era falso y lo que era de ley. Mi codicia innata tuvo que doblegarse bajo los castigos severos de mi padre. Escogí la profesión de orfebre para poder vivir en medio de los objetos de oro y las piedras preciosas. Sólo esto me atraía. Trabajaba con pasión y fui pronto el primero en el oficio. Siguió a éste un período, en el cual mi pasión innata, tanto tiempo sofocada, surgió en todo su vigor, devorándolo todo. Apenas había terminado y entregado una obra, caía en una inquietud, que se cebaba en mi sueño, en mi salud y en el goce de vivir. Día y noche la persona para la cual había trabajado se presentaba ante mis ojos, adornada con mis joyas y una voz susurraba a mis oídos: —Esta joya es tuya. Tómala, recóbrala... ¿De qué le sirven a un muerto los diamantes? Me di por fin a las artes del robo. Tenía entrada en la mansión de los poderosos y no tardé en sacar provecho de cada oportunidad; no había cerradura que resistiera a mi ingeniosidad y pronto volvía a ser mía la joya salida de mis manos... Pero no se calmaba con esto el desasosiego. Aquella misma voz fatal se dejaba oír, provocándome: — ¡Ah! ¡Ah!... ¡Un muerto luce tu joya!—. Un odio inexplicable se proyectaba de mí hacia aquellos para quienes había labrado una joya. Sí. Se agitaba en el fondo de mis entrañas un furor homicida contra ellos que me hacía temblar a mí mismo... En medio de estas circunstancias, compré la casa donde vivo. Cerramos tratos con el propietario en este mismo cuarto, y para celebrarlo descorchamos una botella sentados en esta misma habitación. Ya muy avanzada la noche, a punto de despedirme, el vendedor me habló en estos términos: —Maestro Rene, es hora de que le ponga en el secreto de un detalle de esta casa—. Acercándose a un armario empotrado en la pared, empujó la tabla del fondo, penetró en un cuarto, y se agachó para levantar una trampa. De allí, bajando por una escalerilla estrecha y empinada, llegamos frente a una portezuela, que el dueño abrió, y salimos al patio. Empujó entonces un hierro que había en un punto determinado de la pared y una parte de ésta giró inmediatamente sobre sí misma, dejando un hueco a través del cual un cuerpo humano podía escurrirse cómodamente hasta la calle. —Oliverio —me dijo en aquel punto el maestro—, cuando quieras te enseñaré esta obra de ingenio, que seguramente idearon los frailes del convento que antiguamente hubo aquí para entrar y salir secretamente. Se trata de una plancha de madera revocada por fuera, a la cual se adapta una columna estatuaria también de madera, pero que imita la piedra, y el conjunto gira sobre unos goznes ocultos.

No sé qué siniestras ideas me embargaron a la vista de aquella instalación, como premeditada para ocultar unos hechos que eran todavía un misterio para mí. Había entregado, no hacía mucho tiempo, un aderezo precioso a un caballero de la corte, aderezo que yo sabía que iba destinado a una bailarina de la Ópera. Me sentía atormentado, por doquiera me acompañaba el espectro de la muerte, y Satán murmuraba algo a mi oído. Volví a entrar en la casa y sudando de angustia me revolvía en la cama; imaginaba al caballero que en posesión de la joya, iba a ofrecérsela a la bailarina. Salté furiosamente de la casa, me embocé en la capa y bajé por la escalerilla secreta, atravesé el muro que sale a la calle Nicaise... Veo acercarse aquel caballero... Es él... Le salto encima; él da un grito, pero, agarrándole fuerte por la espalda, le hundo el puñal en el corazón... ¡La joya es mía!... Consumado el hecho experimenté un descanso, una satisfacción como nunca hubiera sentido. El espectro había desaparecido y callaba la voz de Satán. ¡Ahora sabía lo que mi mala estrella exigía de mí, y me era forzoso ceder o perecer!... ¿Comprendes ahora mi proceder y mi ansia, Oliverio? No porque me vea arrastrado a hacer lo inevitable debes creer que haya renunciado a los sentimientos de piedad, de compasión, que están en la naturaleza del hombre. Tú sabes la violencia que he de hacerme para entregar un trabajo y cómo me niego a trabajar para aquellos cuya muerte no quiero. Pero como si el espectro que me acongoja exigiera sangre, he de usar el puñal contra el poseedor de la joya, y ésta vuelve a mis manos.

Una vez terminado este largo relato de su vida, maese Cardillac me llevó al sótano y me brindó el espectáculo de la colección de sus joyas, ante las cuales desmerecerían las del mismo Rey. Cada alhaja llevaba su etiqueta, en la cual constaba el nombre del que hizo el encargo y en qué fecha había sido recobrada por medio del homicidio, hurto o robo. —El día de tu boda, Oliverio —me dijo a continuación— prestarás juramento puesta la mano sobre la imagen de Cristo crucificado de que a mi muerte toda esta riqueza será aniquilada, convertida en polvo, por los medios que a su hora te daré a conocer. No quiero que ninguna criatura humana, y menos aún Madelon y tú, entre en posesión de lo que fue adquirido por medio del crimen.

Preso en el laberinto de los delitos, roído por el amor y la repugnancia, por el gozo y el horror, se me podía comparar en aquellos momentos al condenado a quien un ángel llama hacia arriba con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que Satán le tiene fuertemente asido entre las garras candentes, convirtiéndose así la amorosa sonrisa del ángel, reflejo de la bienaventuranza, en la más cruel de sus torturas. Pensé en la huida, en el homicidio... ¡Pero, Madelon!... Censúreme, noble dama, condene mi flaqueza, mi incapacidad para vencer la pasión que me atenaza a la delincuencia. ¿No voy a pagarlo con una muerte afrentosa?

Un día volvió Cardillac a su casa de un humor excepcionalmente alegre. Acarició a su hija, me dedicó las más amables sonrisas, bebió durante la comida una botella de vino añejo, lujo que únicamente se permitía en las festividades o celebraciones, y no cesaba de cantar o de reír. Su hija nos había dejado solos, y me disponía yo a entrar en el taller, pero Cardillac se opuso: — ¡Quita, muchacho! No se hable hoy de trabajo y bebamos un sorbo más a la salud de la dama que descuella entre todas las de París por sus bondades—. Después de chocar los vasos y él vaciar el suyo, me dijo: —Dime, Oliverio, ¿no te gustan estos versos?

Un amant qui craint les voleurs
n'est point digne d'amour.

Y me contó lo que en las habitaciones de la Maintenon había sucedido entre usted y el Rey, y aseguró también que a nadie había venerado tanto como a usted y que las altas virtudes que la adornaban eran capaces de eclipsar su mala estrella, de tal modo que, aun viéndola lucir una de sus joyas, el espectro maligno, sugeridor de pensamientos delictivos, no podría ya nada en él. —Oye, Oliverio —me dijo— la decisión que he tomado. Me comprometí hace mucho tiempo a labrar y engastar las piedras de mi colección para unos brazaletes y una gargantilla destinados a Enriqueta de Inglaterra. Es una de mis labores más perfectas y me desgarraba el corazón pensar que me había de separar de mi obra predilecta.



No dudo de que estás enterado de la desgraciada muerte de esa princesa, asesinada. La alhaja quedó en mis manos y quiero ofrecerla como prueba de respeto y gratitud, en nombre de la perseguida banda, a Mademoiselle de Scudéry. Así presento al mismo tiempo la prueba elocuente de su triunfo a Mademoiselle de Scudéry, y avergüenzo a Desgrais y a los que le asisten... Y serás tú quien le llevarás este regalo—. Al pronunciar Cardillac el nombre de usted, señorita, me pareció que se descorrían unos velos negros y aparecía el cuadro feliz y ricamente colorido de mi infancia. Sentía el alma bañada de consuelo y veía un rayo de esperanza que ahuyentaba los espíritus de las tinieblas. Cardillac debió darse cuenta de la impresión que me habían causado sus palabras y debió interpretarlo a su manera. —Mi plan parece ser de tu agrado —me dijo—. Puedo asegurarte que en lo más hondo de mi alma se levanta una voz muy distinta de la que exige víctimas y convierte a uno en animal de presa nunca satisfecho. ¡Cuántas veces me he extrañado de mí mismo! Un miedo íntimo, el temor de un algo realmente espantoso, cuyos escalofríos llegan a un pasado remoto, me sobrecoge con violencia. Entonces me parece como si lo que mi mala estrella lleva a cabo no pudiera tenérsele en cuenta a mi alma inmortal, que no participa en ello. En un estado de ánimo semejante decidí labrar una preciosa corona engastada de diamantes para la Virgen de la iglesia de San Eustaquio; pero cada vez que me ponía a la obra me asaltaba con más fuerza aquel temor incomprensible. Ahora me parece como si hiciera devotamente la ofrenda a la misma virtud, a la misma santidad, pidiéndole su poderosa intercesión, en la persona de Mademoiselle de Scudéry, a la que ofrezco la joya de mayor belleza que haya labrado en toda mi vida.

Una vez enterado del orden doméstico de usted, me instruyó Cardillac de la hora y de la forma en que debía poner en sus manos el aderezo, que encerró en un rico cofrecillo. Yo me sentía lleno de dicha, ya que el cielo me señalaba, por mediación del criminal Cardillac, el camino para salvarme del infierno en que estaba sufriendo una horrible tortura. Contra el parecer de Cardillac, me proponía presentarme a usted, decidido a echarme a sus pies en calidad de hijo de Ana Brusson, y de pupilo de usted cuando niño, y descubrirle todo lo sucedido. Estaba seguro de que, conmovida por la desdicha inconmensurable de la inocente Madelon, guardaría usted el secreto. Su espíritu clarividente hallaría seguramente medios más eficaces, que yo no acertaba a concretar, para salvar a Madelon y salvarme a mí, desviando la maldad de Cardillac. De esto estaba yo seguro en lo más hondo de mi conciencia, con una convicción comparable a la fe en el consolador socorro de la Virgen Santísima. Bien sabe usted, señora, que aquella noche mi propósito fracasó. No perdí la esperanza de ser más afortunado otra vez. En esto cayó Cardillac en un descorazonamiento absoluto. Se escurría de un lado a otro, turbado, con la mirada perdida en el vacío. Murmuraba; sus manos inquietas parecían luchar para deshacerse de alguna fuerza contraria, y su espíritu parecía torturado por contradictorios pensamientos. Le vi una mañana entera en ese estado; por fin se sentó a la mesa de trabajo, se levantó al poco rato con enfado, se acercó a la ventana y como si hablara con el espacio dijo con voz grave y sombría: — ¡Quisiera que Enriqueta de Inglaterra hubiera lucido mis joyas!—. Estas palabras me aterrorizaron, conociendo que su espíritu errabundo era solicitado una vez más por el espectro abominable del crimen y que la voz de Satán volvía a hablarle al oído. Y vi la vida de usted amenazada. Sólo podría salvarse en el caso de que Cardillac recobrara las joyas. Crecía a cada instante el peligro. Entonces salí a encontrarla a usted en el Pont-Neuf, me acerqué a su coche y le eché por la ventanilla la carta, conjurándola a que devolviera sin demora a Cardillac el aderezo. Usted no compareció, y creció mi temor hasta la desesperación, cuando al día siguiente Cardillac estuvo hablando sin cesar de aquellas joyas preciosas que le habían obsesionado durante la noche. No hay duda de que se refería a las que estaban en manos de usted, y me pareció seguro que meditaba algún crimen para la noche inmediata. Mi deber era salvarla a usted, a toda costa. Cuando, después de la oración de la noche, el maestro se encerró como de costumbre, bajé por una ventana al patio, me escurrí a través de la parte movediza del murallón y me aposté no muy lejos, en el sitio más sombrío. No tardó en aparecer Cardillac, escurriéndose a lo largo de la calle, y yo seguí sus huellas. Iba en dirección a la calle de Saint Honoré... Yo sentía latir mi corazón. De pronto noté que Cardillac había desaparecido. Decidí apostarme a la puerta de su casa. Como otro día, cuando la casualidad me hizo espectador del asesinato cometido por Cardillac, veo ahora acercarse canturreando a un oficial, que pasa cerca, sin darse cuenta de mi presencia. Pero, en el mismo instante, una figura negra de un salto se echa encima de él. Es Cardillac. Intento evitar el crimen, dando voces, al tiempo que me acerco a ellos y me doy cuenta de que no es el oficial sino Cardillac quien yace en la agonía. El oficial suelta el puñal, desenvaina la espada y se acerca a mí pronto a la lucha, creyéndome cómplice de Cardillac, pero no tarda en convencerse de que, sin hacerle caso, estoy examinando al herido, que tiene todavía un último aliento de vida. Después de apoderarme del puñal, me cargo el cuerpo a la espalda y con dificultad lo llevo hasta el taller, por el corredor secreto. Lo restante ya lo conoce usted, noble señora, y de todo ello puede deducir que mi único delito consiste en no haber delatado al padre de Madelon a los tribunales, dando así fin a sus fechorías... Estoy limpio de todo crimen sangriento y no hay tortura que fuera capaz de hacerme declarar los delitos de Cardillac. No quiero que, a despecho de la voluntad eterna que ha ocultado a la hija los hechos sangrientos del padre, sean éstos vengados revolviendo un cadáver que yace bajo tierra. No. Que la amada de mi alma me llore como caído sin culpa y el tiempo aliviará su pena; ¡pero esta pena sería invencible si ella llegara a enterarse de los actos abominables de un padre tan amado!

Calló Oliverio y brotó de sus ojos un torrente de lágrimas. Postrado delante de la Scudéry, le suplicó: —Estoy seguro de que reconoce usted mi inocencia. Tenga piedad de mí, y dígame ahora qué es de Madelon—. La dama llamó a la Martiniére y al poco rato Madelon corría hacia Oliverio y le echaba los brazos al cuello—. Estoy segura de que todo va bien, me lo dice el verte aquí, ya sabía yo que la más noble de las damas te salvaría—. No se cansaba Madelon de repetir estas palabras, y Oliverio olvidaba su desgracia y se sentía libre y venturoso, ajeno a todo lo que antes le amenazaba. Era conmovedor oírles contar lo que habían padecido el uno por el otro. Y volvían a abrazarse y lloraban del prodigio de verse de nuevo reunidos.

Si Mademoiselle de Scudéry no hubiera tenido ya antes el convencimiento de la inculpabilidad de Oliverio, se hubiera convencido ahora, al contemplarles en la bienaventuranza, unidas las almas, olvidando el mundo que les rodeaba, sus lástimas y sus penas inenarrables. — ¡No! —se decía—. Únicamente un corazón limpio es capaz de una felicidad tal en el olvido—. Los rayos del alba se quebraban en la ventana. Desgrais dio unos golpecitos a la puerta de la habitación para recordar a Brusson que era tiempo de que saliera con él, ya que a una hora más avanzada se expondrían a la pública curiosidad. Y los enamorados tuvieron que separarse.

Los presentimientos funestos que embargaban el ánimo de Mademoiselle de Scudéry desde la primera entrada de Oliverio en su morada, ahora tomaban cuerpo en forma pavorosa. Veía inocente al hijo de su querida Ana, y así y todo envuelto en un asunto a consecuencia del cual no era de pensar que pudiera salvarse de una muerte infamante. Y ella rendía homenaje al heroísmo del joven, que se resignaba a morir bajo el peso de delitos ajenos antes que descubrir un secreto cuya revelación acarrearía la muerte de su adorada. En todo el reino de lo posible no halló ningún medio para substraer el pobre muchacho al severo tribunal. Tenía conciencia así y todo de que no debía ahorrar ningún sacrificio para evitar la injusticia que clamaba al cielo y estaba a punto de cumplirse. Imaginaba soluciones, planes, que rayaban en la quimera, y los desechaba luego con la misma prontitud con que los había concebido, y cada vez más se desvanecían las últimas sombras de esperanza. Pero la infantil confianza incondicional de Madelon, que la hacía hablar como una iluminada del amado que sería declarado inocente dentro de poco, y la abrazaría como esposa, renovaba la fe de Mademoiselle de Scudéry. Para hacer algo positivo escribió una extensa carta a La Regnie, en la que le decía que Oliverio Brusson le había manifestado de un modo que no dejaba lugar a dudas su completa inocencia en la muerte de Cardillac, y que únicamente la decisión heroica de que su secreto fuera enterrado con él le impedía confesar al tribunal lo que no solamente le libraría de la sospecha de que había asesinado a Cardillac, sino también de que perteneciera a la odiosa banda de criminales.

Mademoiselle de Scudéry había puesto en juego todo su caudal de pasión ardiente y de aguda elocuencia para ablandar el duro corazón de La Regnie, quien al cabo de pocas horas respondía a la carta con otra en la que le decía cómo se alegraba de que Oliverio Brusson se hubiera justificado plenamente cerca de su noble protectora. En cuanto a lo que se refería a la heroica decisión de llevarse a la tumba un secreto relacionado con el hecho en cuestión, lamentaba que la «Cámara Ardiente» no pudiera hacer honor a este silencio y antes bien procuraría romperlo con los medios más enérgicos. Así, pues, confiaba en que dentro del plazo de tres días estaría en posesión de dicho secreto, que aclararía los raros sucesos.

Mademoiselle de Scudéry no ignoraba lo que quería significar el terrible La Regnie al mencionar aquellos medios que quebrantarían el heroísmo de Brusson. Ya no cabía duda de que la tortura se celebraría en el desdichado. La Scudéry llegó, en medio de ansias mortales, a la decisión de que para dar tiempo al tiempo lo mejor era consultar a un abogado. A la sazón el más famoso de París era Pierre Arnaud d'Andilly. Sus profundos conocimientos y su perspectiva corrían parejas con su nobleza y su moral. Mademoiselle de Scudéry se dirigió a él y le expuso todo lo que era posible sin vulnerar el secreto de Brusson, creyendo que D'Andilly se interesaría por el inocente; pero vio defraudada su esperanza del modo más áspero. D'Andilly la había escuchado del principio al fin con mucha calma, y luego había dicho, con la sonrisa en los labios, plagiando a Boileau: Le vrai peut quelquejois n'étre pas vraisemblable.



Quiso demostrar a la Scudéry que las más sorprendentes razones de sospecha contra Brusson abonaban el proceder de La Regnie, quien, lejos de merecer el dictado de cruel y precipitado se portaba con perfecta legalidad; más todavía, no podía obrar de otra manera sin faltar a los deberes de un juez. Y él mismo, D'Andilly, no se arriesgaba, ni con la más brillante defensa, a salvar de la tortura al sospechoso. Esto únicamente era posible al mismo Brusson, ya confesando sinceramente toda la verdad, ya al menos por medio del detallado informe de las circunstancias que rodeaban al asesinato de Cardillac. Sólo después de esto habría ocasión de intervenir favorablemente. —Me postraré a los pies del Rey —dijo la de Scudéry—. Imploraré su perdón—. Estaba fuera de sí y el llanto medio ahogaba sus palabras—. No lo haga —dijo el abogado—. ¡Por Dios no dé este paso, señora! Ahorre este desesperado recurso, pues si fracasara habría usted perdido para siempre el favor del Rey. Éste no indultará nunca a un reo de este tipo. Sería exponerse al más amargo reproche del pueblo. Queda la posibilidad de que Brusson halle manera de hacer olvidar la sospecha, sea descubriendo el secreto, sea en otra forma. Entonces se podría recurrir a la benevolencia real, porque el Rey podría justificar una clemencia razonable. De grado o por fuerza, Mademoiselle de Scudéry hubo de aceptar la opinión del experto D'Andilly. Cavilando entre penas y preguntándose en nombre de la Virgen y de los santos qué debía hacer para salvar al desdichado Oliverio, la encontró la noche en su habitación, cuando entró la Martiniére anunciando al conde de Miossens, coronel de la Guardia Real, que deseaba hablarle con urgencia.

—Perdone, señorita —dijo el visitante inclinándose con dignidad militar— si vengo a molestarla tan a destiempo. Nosotros, los soldados, somos así. Con unas pocas palabras me haré perdonar. Es Oliverio Brusson quien me delega—. La Scudéry, en la expectación de lo que le quedaba por saber, exclamó anhelante: — ¡Oliverio Brusson, el más desdichado de los hombres! ¿Qué tiene usted que ver con él? —Ya sabía yo— dijo Miossens, sin dejar de sonreír— que el nombre de su protegido lograría que usted prestara oído a lo que vengo a decirle. No hay nadie que no esté convencido de la culpabilidad de Brusson. Usted señora, naturalmente, no participa de esta convicción y defiende la opinión contraria, la cual no tiene más apoyo que la protesta misma del acusado. Mi caso es muy distinto. Nadie puede estar enterado como yo de la inocencia de Brusson respecto a la muerte de Cardillac. —¡Hable, hable pronto! —gritó la de Scudéry con la luz de la esperanza en los ojos—. Soy yo —dijo Miossens recalcando sus palabras—, yo mismo, quien derribó al viejo orfebre en la calle de Saint Honoré—. ¡Válgame los santos!, ¿usted? ¿Ha dicho que usted mismo? —exclamó la dama—. Y yo le aseguro, señora —prosiguió Miossens—, que estoy orgulloso de mi acto. Sepa que era Cardillac el malvado, el hipócrita bellaco, que al amparo de la noche asesinaba y robaba sin que nadie pudiera cazarle. Ni yo mismo sabría explicar cómo se despertó en mí la íntima sospecha contra el viejo villano cuando, mostrando una rara inquietud, me entregó el aderezo que le había encargado y quiso saber a quién lo destinaba, y luego sonsacó astutamente a mi ayuda de cámara a qué hora solía yo hacer mis visitas a una determinada dama... De tiempo acá me había llamado la atención que las desdichadas víctimas de la más repugnante codicia presentaban todas una herida igual. Esto me llevó a la convicción de que al criminal le era familiar el golpe instantáneo y mortal de necesidad, y que contaba con ello. Si le fallaba el golpe, la lucha pasaba a ser de igual a igual, y esto me movió a precaverme en una forma tan sencilla que no comprendo cómo no se les ocurriera antes a otros que, como yo, se hubieran salvado del golpe. Me procuré una cota que me cubría el busto por debajo de la ropa, una coraza de acero. Cardillac me sorprendió por la espalda y me sujetó con una fuerza de titán; pero su bien dirigido puñal resbaló esta vez en el acero y en el mismo instante yo le clavé el puñal de que iba provisto. —¿Y guardó silencio? ¿No denunció el caso a los tribunales? —Permítame, señorita, que le haga notar— dijo Miossens— que semejante denuncia, si no me perdía inmediatamente, me hubiera enredado en el más abominable de los procesos. ¿Imagina usted que La Regnie, que husmea en todas partes el delito, me hubiera creído al acusar yo de criminal a Cardillac, considerado como modelo de probidad y de virtudes? ¿Qué hubiera sido de mí si la espada de la justicia se hubiese vuelto contra mi buena intención? —¡Imposible! —exclamó la de Scudéry—. ¡Una persona de su linaje, de su cargo!... —¡Ah! —prosiguió Miossens—, acordémonos del mariscal de Luxemburgo, a quien el capricho de hacerse echar el horóscopo por Le Sage le hizo sospechoso de ser envenenador y le llevó a la Bastilla. ¡No, por San Dionisio! No fío ni una hora de libertad ni la punta de mi oreja al fogoso La Regnie, el cual de buena gana nos degollaría a todos—. Pero, en cambio —le interrumpió Mademoiselle de Scudéry—, empujáis hacia el cadalso al inocente Brusson—. Inocente... —replicó Miossens— ¿llama usted inocente, al compañero del malvado Cardillac? ¿Al que le secundaba en sus fechorías? ¿Al que ha merecido la muerte cien veces? ¡Ah, no! Le aseguro mi noble señora, que su sangre no correrá injustamente. Si ahora le descubro las verdaderas circunstancias del caso es suponiendo que usted, sin ponerme en las manos de la «Cámara Ardiente», sabrá de un modo u otra sacar provecho de mi revelación en favor de su protegido.

Encantada la de Scudéry al ver tan decisivamente confirmado su convencimiento de la inocencia de Brusson, no tuvo reparo en confesar al Conde que ya conocía los crímenes de Cardillac, y todo lo sucedido, y a la vez instarle a que fuera con ella a hacer una visita a D'Andilly, a quien se proponía, bajo juramento de discreción, confesar toda la verdad. D'Andilly aconsejaría lo que convenía hacer.

Una vez la Scudéry hubo narrado los hechos a D'Andilly, éste quiso enterarse de los más insignificantes detalles. Muy en particular preguntó al conde Miossens si fue Cardillac quien le atacó y si podría reconocer a Oliverio Brusson como al que se llevó a cuestas el herido. —Además de haber reconocido muy bien al orfebre a la luz de la luna, respondió Miossens, he visto también el puñal que hirió a Cardillac y que La Regnie tiene en su poder. Es el mío; se distingue por el fino labrado de la cruz. El joven se hallaba solamente a un paso, de modo que pude precisar cada uno de sus rasgos, pues había perdido el sombrero. En fin le reconocería al punto si le viera.

D'Andilly callaba con la mirada fija en el pavimento. Luego dijo: —Si seguimos los procedimientos legales es evidente que Brusson no podrá escapar de las manos del verdugo. Por respeto a Madelon no quiere delatar a su padre como asesino. Y más vale que no declare, porque aun suponiendo que llegara a probarlo revelando el sitio de la salida secreta, y aunque el tesoro de joyas volviera a las manos que las pagaron, esto mismo le llevaría a la muerte por complicidad. Y sucedería lo mismo si el conde Miossens explicara a los jueces el suceso en que pereció el orfebre.



El conde Miossens —opino— debe dirigirse a la «Conciergerie», pide una entrevista con Oliverio Brusson y reconoce en él a la persona que se llevó el cuerpo de Cardillac. Va luego a encontrar a La Regnie, y le expone: —En la calle de Saint Honoré vi a un hombre que caía al suelo herido de muerte violenta. Yo estaba en pie muy cerca del cadáver cuando otro hombre acudió de pronto, se inclinó y cargó sobre su espalda el cuerpo, al ver que todavía estaba vivo. He reconocido aquel hombre en Oliverio Brusson—. El relato da lugar a un nuevo interrogatorio a Brusson, y a una entrevista con Miossens. Resumiendo, se aplazan las torturas, y siguen las indagaciones. Es la hora oportuna para presentarse al Rey. A la clarividencia de usted, señora, a su agudeza de espíritu queda confiada la realización de esta parte del programa. Yo estimo que sería oportuno descubrir al Rey todo el secreto. La declaración del conde Miossens vendría a reforzar las de Oliverio Brusson. Las investigaciones privadas en la casa de Cardillac no serían tampoco estériles. No una sentencia, sino una decisión del mismo Rey, dictada por una voz interior, ha de constituir la base para que donde el juez debe castigar dicte el fallo la clemencia.

Siguió puntualmente Miossens lo que D'Andilly había aconsejado y sucedió en realidad lo que éste preveía. Ahora llegaba el momento de acudir al Rey, y éste era el punto más difícil, ya que el monarca sentía contra Brusson tal repugnancia, que le consideraba el ladrón y asesino abominable que tanto tiempo tuvo en la angustia a todo París, y en cuanto se le recordaba aquel ruidoso proceso, su cólera no tenía límites. La Maintenon, fiel a su principio de no hablar al Rey de cosas desagradables, se negó a toda mediación, de modo que el destino de Oliverio quedó en manos de Mademoiselle de Scudéry. Tras largas meditaciones ésta tomó una decisión. Se puso un vestido de seda negro, se adornó con el rico aderezo labrado por Cardillac, se cubrió con un velo igualmente negro y así se presentó en las habitaciones de la Maintenon, precisamente a la hora en que el Rey solía estar allí. La noble figura de la dama, a quien todos honraban, era de una majestad que no podía menos que despertar profundo respeto aun entre el público distraído, acostumbrado a frecuentar antesalas. Todos le abrieron paso, y el mismo Rey se levantó admirado y se acercó a ella. Las luces de los ricos diamantes de la gargantilla y de los brazaletes parecían deslumbrarle. — ¡Virgen santa! —exclamó—. ¡Éstas deben ser las joyas de Cardillac! —. Y, dirigiéndose luego a la Maintenon, añadió con una sonrisa amable: —Vea, señora marquesa, lo bien que le sienta a nuestra hermosa novia el luto por su prometido—. Señor, replicó la Scudéry, como si siguiera la broma—. No le sentaría a una novia apenada un atavío tan brillante. No; nada tengo que ver con el orfebre y no me acordaría más de él, a no ser porque vuelve y vuelve a mi mente la visión horrible de su cuerpo muerto a mano airada—. ¿Cómo?... ¿Vio usted al pobre diablo asesinado?—. En pocas palabras la Scudéry describió, sin mencionar para nada a Brusson, cómo la casualidad la había llevado frente a la casa de Cardillac, precisamente a poco de haber sido descubierto el atentado. Habló del dolor loco de Madelon, de la profunda impresión que le produjo la actitud de aquella criatura angelical y cómo salvó a la desdichada de las manos de Desgrais, entre los alaridos de aprobación de la gente. Pintó a lo vivo y con creciente pasión las escenas con La Regnie, con Desgrais, con el mismo Brusson. Transportado por el vigor vital que ardía en la descripción de la Scudéry, el Rey no se acordaba ya de que el tema en cuestión era el odioso proceso del abominable Brusson, y sin contestar palabra alguna sólo desahogaba en exclamaciones entrecortadas su íntima emoción. Y antes de que tuviera tiempo de reflexionar sobre lo inaudito que acababa de escuchar, incapaz de poner en orden las ideas, la Scudéry se había echado ya a sus pies implorando clemencia para Oliverio. — ¡En qué raro asunto se ha metido, señorita! — exclamó el Rey, invitándola a que se sentara—. ¡No salgo de mi sorpresa! ¡Qué horrible historia! ¿Quién puede demostrar la verdad de este espantoso relato de Brusson?... —¿No bastan —prorrumpió la Scudéry— el relato de Miossens, las indagaciones en la casa de Cardillac, y el íntimo convencimiento y la pureza de alma de Madelon, que han suscitado igual virtud en el desdichado Brusson?—. El Rey, que iba a contestar, volvió la cabeza al oír un ruido en la puerta. Louvois, que trabajaba en la sala inmediata, le miró intrigado. El Rey se levantó y siguiendo a Louvois salió de la habitación. La Scudéry y la marquesa de Maintenon consideraron peligrosa esta interrupción porque el Rey podía haber sido sorprendido y se guardaría de caer por segunda vez en la trampa. Pero al cabo de unos minutos compareció de nuevo el Rey, paseó nerviosamente por la sala, y con los brazos cruzados a la espalda se puso delante de la dama y dijo en voz baja, sin mirarla: —Quisiera ver a Madelon—.. Señor —respondió la de Scudéry—, ¡con qué gracia colmáis a la pobre criatura! Dichosa acudirá a postrarse a vuestros pies—. Y con estas palabras, tan ágil cuanto sus envaradas faldas le permitían, se asomó a la puerta para anunciar que el Rey se dignaba recibir a Madelon Cardillac. Presintiendo esta gracia, Mademoiselle de Scudéry había venido con Madelon, que esperaba al lado de la camarera de la Marquesa, con un breve memorial en las manos dictado por D'Andilly. Al poco rato estaba a los pies del Rey. El miedo y la consternación, el tímido respeto, el amor y la pena nacían bullir la sangre en todas las venas de la desdichada y sus mejillas se teñían de púrpura. Como perlas rodaban las lágrimas desde sus sedosas pestañas hasta su pecho terso como los lirios. Ante la imponderable belleza de aquella criatura angelical, el Rey parecía asombrado. La levantó con delicadeza y luego hizo un movimiento como si fuera a besar la mano que tenía entre las suyas. Se apartó y contempló a la graciosa criatura, cuya mirada brillante de lágrimas delataba la más profunda emoción. —¿No tiene un parecido sorprendente con La Valliére esta muchacha? —susurró la Maintenon al oído de Mademoiselle de Scudéry—. El Rey saborea dulces recuerdos. Ha ganado usted la partida—. Por mucho que la Maintenon procurara hablar en voz baja, el Rey pareció haberla oído; la sangre le había subido a la cara, su mirada era vaga, y una vez leída la súplica que Madelon le presentaba dijo en tono benévolo: —Quiero creer que tú, amable criatura, estás convencida de la inculpabilidad de tu amado, pero no desoigamos lo que opina sobre este punto la «Cámara Ardiente»—. Y con un leve movimiento de la mano despidió a la que se deshacía en lágrimas. Mademoiselle de Scudéry se dio cuenta con zozobra de que el recuerdo de La Valliére había hecho mella en su juicio, por insignificante que aquel nombre pareciera de pronto en labios de la Maintenon. ¿Sacrificaría en aras de la belleza, o bien le sucedía lo que al despertado bruscamente de un sueño, al ver desvanecidas las formas mágicas que creyó reales? Tal vez no veía ahora a su La Valliére, sino a Sor Luisa de la Misericordia, el nombre nostálgico que ésta llevaba en el convento de carmelitas. Lo único que quedaba a su alcance era esperar con calma las decisiones del Rey.

Entretanto se había hecho pública la declaración del conde Miossens ante la «Cámara Ardiente». Como la gente es propensa a dejarse llevar con facilidad de un extremo a otro, el mismo a quien maldecían como al más temible de los criminales, y al que amenazaban con despedazar antes que llegara al cadalso, era ahora considerado como una víctima inocente de una bárbara justicia. Los vecinos no se acordaban hasta ahora de su conducta virtuosa, de su gran amor a Madelon, de su fidelidad y de su abnegación total para con el viejo orfebre. Agrupábanse con frecuencia al pie del palacio de La Regnie, dando voces: —¡Devuélvenos a Oliverio Brusson! ¡Es inocente!—. Y apedreaban las ventanas, obligando a La Regnie a buscar el amparo de la «Maréchaussée» para que le librara de las iras del pueblo.

Pasaron días sin que la Scudéry tuviera la menor noticia del proceso. Acudió desesperada a la Maintenon, que le dijo que el Rey guardaba silencio sobre el asunto y que no era aconsejable recordárselo. Al preguntar la Maintenon, con una sonrisa singular a la Scudéry qué se había hecho de la Villiére, la dama se convenció de que en lo más íntimo de la orgullosa mujer se agitaba un enojo por determinadas circunstancias que pudieran transportar al sentimental monarca a un terreno en el cual ella no dominaba. No podría contar, pues, con la Maintenon.

Finalmente, con la ayuda de D'Andilly, logró sacar en claro que el Rey había tenido una larga entrevista privada con el conde Miossens y también que, poco después, Bontems, el ayuda de cámara en quien el Rey tenía mayor confianza y en cuyas manos ponía importantes encargos, había estado en la «Conciergerie» para hablar con Brusson y, finalmente, que el mismo Bontems, en compañía de otras personas, había entrado en la casa de Cardillac y permanecido en ella largo rato. Claudio Patru, inquilino del piso bajo, aseguraba que durante toda aquella noche oyó rumores, y que seguramente Oliverio estaba entre los reunidos, pues había reconocido perfectamente su voz. Era evidente que el mismo Rey había ordenado unas investigaciones para coordinar las circunstancias del asunto, pero resultaba incomprensible la tardanza de la decisión. La Regnie procuraría por todos los medios no soltar la presa que tenía entre los dientes, y esta disposición echaba a perder en germen toda esperanza.

Había pasado alrededor de un mes cuando la Maintenon mandó citar a Mademoiselle Scudéry, anunciándole que el Rey deseaba verla en sus habitaciones.

La dama sentía hasta la garganta los latidos del corazón, y sabía que iba a decidirse la suerte de Oliverio. Así se lo comunicó a Madelon, que rezaba fervorosamente a la Virgen y a los santos para que se dignaran despertar en el Rey el convencimiento de la inocencia de Oliverio.

Pero el Rey parecía haber olvidado el asunto y, como tantas veces, se entretenía en animados diálogos con la Maintenon y Mademoiselle de Scudéry, y no soltaba siquiera una palabra que hiciera referencia al pobre Brusson. Por fin, compareció Bontems, se acercó al Rey y le comunicó algo en voz tan baja que las dos damas no se enteraron de nada. La Scudéry estaba inquieta. El Rey se levantó, se acercó a ella y brillándole los ojos le habló así: —La felicito, señorita; su protegido, Oliverio Brusson, está en libertad.

Derramando lágrimas, incapaz de formular una frase, Mademoiselle de Scudéry quiso echarse a los pies del Rey, que se lo impidió. —¡Vaya, vaya, señorita! Haría usted buen papel como abogado y me gustaría que patrocinara usted mis pleitos. Por San Dionisio, que nadie en la Tierra resistiría a su elocuencia. Pero —prosiguió con mayor seriedad— ¿quién no saldría sano y salvo de cualquiera acusación ante la «Cámara Ardiente» o ante todos los tribunales del mundo si lo tomase bajo su amparo la virtud personificada?—. Por fin Mademoiselle de Scudéry recobró el habla y se prodigó en ardientes protestas de gratitud. El Rey la interrumpió para advertirle que en su propia casa la estaba esperando un agradecimiento mayor todavía que el que pudiera exigirle él, ya que seguramente en aquellos momentos el feliz Oliverio estaba abrazando ya a su Madelon. —Bontems —concluyó el Rey— le dará mil luises, que en mi nombre entregará usted a la muchacha como dote. Que su Brusson, que no merece tanta felicidad, se case con ella; pero luego que abandonen París. Ésta es mi voluntad.

* * *

La Martiniére salió a recibir a su ama con apresurados pasos, y detrás de ella Bautista, radiantes de gozo los dos, y dando voces de júbilo: —¡Aquí está! ¡Libre! ¡Qué buena pareja!—. Oliverio y Madelon se echaron a los pies de Mademoiselle de Scudéry—. Me decía el corazón que usted, y sólo usted, podía salvar a mi novio —exclamaba Madelon—. La fe en usted, madre mía, estuvo siempre arraigada en mi alma, a pesar de todo— exclamaba Oliverio; y ambos besaban las manos a la dignísima dama derramando cálidas lágrimas. Y volvían a los abrazos y hacían protestas de que el gozo más que terrenal de aquellos momentos les compensaba de las penas indecibles de los días pasados, y juraron no separarse nunca el uno del otro hasta que les llegara la muerte.



Al cabo de pocos días se celebró su unión ante el altar. Aun cuando la voluntad del Rey no hubiera sido ésta, Oliverio había pensado abandonar París, donde todo le recordaba la época horrible de las fechorías de Cardillac y donde una casualidad cualquiera podía revelar el secreto, ahora en poder de varias personas, y malignamente destruir para siempre la felicidad de su vida. Inmediatamente después de la boda salieron para Ginebra, acompañados de las bendiciones de la Scudéry. Allí, ricamente instalado con el dote de Madelon, y poseedor Oliverio de una rara destreza en su oficio, así como de las virtudes que hacen el buen ciudadano, su vida transcurrió felizmente y sin angustias. Vio cumplidas las esperanzas que su padre había visto frustradas, hasta que la muerte le alcanzó.

Al cabo de un año de haber salido Brusson de París, apareció una declaración pública, firmada por Harlay de Chauvelon, arzobispo de París, y por el abogado del Parlamento, Pierre Arnaud d'Andilly. Explicaba su contenido cómo un pecador arrepentido, bajo secreto de confesión, entregaba a la Iglesia un rico tesoro de joyas robadas. Todos aquellos que hasta el fin del año 1680, y señaladamente por medio de asalto criminal en la vía pública, hubieran sido desposeídos de alguna joya, debían presentarse en el despacho de D'Andilly, y en el caso de que la descripción que hicieran del objeto que les había sido robado coincidiera exactamente con la alhaja recobrada, y si no cabía duda respecto a la legitimidad de la reclamación, le sería devuelta. Muchos que figuraban en la lista de Cardillac no como asesinados, sino aturdidos únicamente por la agresión del alucinado orfebre, se presentaron un día tras otro al abogado del Parlamento, y no sin sorpresa recobraron las joyas que les habían sido robadas. El resto pasó al tesoro de la iglesia de San Eustaquio.




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