E. T. A. Hoffmann



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Argenson que vio el fracaso de la «Cámara Ardiente», se presentó ante el Rey para proponerle la creación de un tribunal que con más amplias atribuciones siguiera el rastro de los delincuentes y les castigara. El Rey, persuadido de que ya eran amplios en demasía los poderes otorgados a la «Cámara Ardiente» y conmovido por el horror de las innumerables ejecuciones llevadas a cabo bajo la influencia de La Regnie, se desentendió del plan. Se escogió otro medio para interesar al Rey. En las estancias de la Maintenon, donde el Rey solía pasar las tardes y algunas veces trabajaba rodeado de los ministros hasta muy avanzada la noche, le fue entregada una poesía en nombre de los galanes amenazados, en la que se lamentaban de que al intentar poner en práctica lo que dicta la galantería, haciendo presente a la amada de unos regalos obligados, corrieran el riesgo de pagarlo con la vida. Es honor y placer dar la sangre por la amada en la lucha entre caballeros, pero una cosa muy distinta es verse expuesto a la acometida solapada del asesino, contra la cual no hay armas que valgan. Que Luis, estrella polar de todo amor y galanía, se dignara con su luz rasgar la noche obscura y desenmascarar el negro misterio que se amparaba en ella. El divino héroe que había derribado a sus enemigos no se negaría ahora a desnudar el acero resplandeciente, y nuevo Hércules contra la hidra de Lerna, nuevo Teseo en lucha con el Minotauro, vencería al monstruo temible que devoraba tal placer amoroso y teñía siniestramente toda alegría convirtiéndola en pena profunda y en luto sin consuelo. Si bien se trataba de un asunto muy serio, no escaseaban en la poesía presentada a Luis XIV las galas narrativas al describir el camino del enamorado hacía la amada, y cómo el miedo mata en germen el placer de la más bella aventura galante. Además de la gracia particular de los giros, el final se desplegaba en ampuloso panegírico en honor de Luis XIV. Todo esto era infalible para que el monarca leyera con visible complacencia la poesía. Sin quitar los ojos del papel, se volvió del lado donde estaba la Maintenon, leyó una vez más en voz alta, y le preguntó luego con la sonrisa en los labios, qué opinaba de los deseos de los arriesgados amantes. La Maintenon, fiel a su seriedad, y tiñéndose como siempre de un cierto tono pacato, opinaba que tales devaneos y aventuras no eran dignos de particular salvaguardia, sin que eso obstara a que los abominables delincuentes fueran merecedores de medidas especiales con vistas a su total desaparición. No quedó contento el Rey con esta ambigua respuesta; dobló el papel, y se disponía a entrar en el cuarto inmediato, donde trabajaba el secretario de Estado, cuando volvió al azar la mirada hacia Mademoiselle de Scudéry, que se había sentado en una butaca no lejos de la Maintenon. A ella se dirigió el Rey, dejando asomar de nuevo en su boca y mejillas la sonrisa que se había apagado, y desplegando de nuevo el manuscrito, dijo en un tono de voz suave: —La Marquesa parece ignorar las galanterías de nuestros enamorados y esquiva la respuesta. Pero usted, señorita, ¿qué opina de esta súplica poética?—. La Scudéry se levantó respetuosamente y mientras un pasajero rubor, como púrpura vespertina, cubría sus mejillas de ordinario pálidas, dijo con una leve inclinación y bajando los ojos:

Un amant qui craint les voleurs
n'est point digne d'amour.

El Rey, sorprendido del espíritu caballeresco de estas breves palabras, que echaban al suelo todo aquel poema, exclamó con resolución: —¡Por San Dionisio, que tiene razón, señorita! No dictaré ninguna disposición ciega que caiga sobre los inocentes como sobre los culpables para proteger la cobardía. Que Argenson y La Regnie hagan lo suyo.

* * *

Todos los horrores de la época parecían hablar por boca de la Martiniére cuando, a la mañana siguiente, narraba con vivos colores a su señorita lo que había acontecido aquella noche y ponía en sus manos, temblorosa y vacilante, el cofrecito misterioso. Tanto ella como Bautista, el cual, desde un rincón, muy pálido, desfogaba sus temores y su encogimiento atormentando al gorro de noche entre los dedos, encarecieron a la señorita que, por toda la corte celestial, no abriera el cofrecillo, a no ser con todas las precauciones debidas. La Scudéry, sospesando y observando en la mano el enigmático presente, dijo sonriendo: —¡Veis fantasmas los dos! Los malvados asesinos que corren por ahí fuera y que, como decís vosotros mismos, espían el interior de las casas, saben tan bien como yo y como vosotros que no soy una mujer rica, que no hay en mi casa tesoro ninguno por el que valga la pena matar. Si de mi vida se trata, ¿qué puede importarle a nadie la muerte de una persona de setenta y tres años que nunca ha perseguido a nadie, a no ser a los picaros y agitadores que ella misma creó en sus novelas? ¡Una persona que compone versos mediocres, incapaces de despertar la envidia, y que no dejará en el mundo otro bien que el ajuar de una vieja soltera que visita la corte de tarde en tarde, y un par de docenas de libros bien encuadernados con sus entalladuras doradas! Y tú, Martiniére, ya puedes cargar la mano en la descripción del intruso, que yo no creeré nunca que viniera con malos fines.



—Entonces...

La Martiniére había dado tres pasos atrás y Bautista caía casi de rodillas, con un ¡ay! ahogado, al tiempo que la señorita apretaba un botón de acero y que la tapa del cofrecito se levantaba ruidosamente. ¡Y cuál no sería la sorpresa de la Scudéry! Centelleaban dentro del cofrecito dos brazaletes de oro con rica pedrería y una gargantilla. Sacó el aderezo del cofrecito, y mientras ponderaba la admirable labor de la gargantilla, la Martiniére ojeaba los ricos brazaletes y no se cansaba de decir que ni la misma Montespán poseía joyas semejantes. —¿Pero qué significa esto? ¿A qué viene?— decía Mademoiselle de Secudéry. Inmediatamente se dio cuenta de una hojita de papel en el fondo del cofrecillo, que seguramente descifraría el enigma. Dirigió al cielo sus ojos y se dejó caer casi desvanecida en el sillón. La Martiniére y Bautista corrieron asustados a socorrerla.

—¡Qué ignominia! —exclamaba ella con una voz que el llanto ahogaba—. ¡Qué vergüenza! ¡Que tenga que ocurrirme esto a mi edad! ¿Es que cometí el pecado de obrar con tanta ligereza como si fuera una chiquilla irreflexiva? ¿Es posible, Dios mío, que unas palabras dichas medio en broma hagan caer en la sospecha de un pacto nefando a la que ha sido fiel a la virtud y a sus creencias desde la infancia?—. Apretándose los ojos con el pañuelo sollozaba y gemía de tal manera que la Martiniére y Bautista, desconcertados, no sabían cómo consolar en aquel trance a su buena ama.

La Martiniére había recogido del suelo la hojita, cuyo texto era éste:



«Un amant qui craint les voleurs
n'est point digne d'amour.


Vuestro espíritu agudo, señora, ha salvado de una fiera persecución a los que, usando del derecho del más fuerte, nos apoderamos de unos tesoros destinados a ser ignominiosamente disipados. Aceptad, por favor, en prueba de nuestro agradecimiento, estas joyas. Son lo más valioso que de mucho tiempo acá hemos podido obtener, y si bien sois merecedora, honorable dama, de joyas mucho más preciosas, os las ofrecemos suplicando que nos otorguéis vuestra amistad y un amable recuerdo.

Los Invisibles»

—¿Cómo es posible —exclamó Mademoiselle de Scudéry, ya medio recobrado el ánimo— llevar a tal punto la desfachatez y la provocación?—. Un sol esplendoroso animaba el rosa subido de las cortinas de seda de la ventana, y teñía de rojo las luces de los brillantes puestos al lado del cofrecillo abierto. La dama se cubrió la cara horrorizada para evitar la vista de aquel aderezo quizá húmedo de la sangre de las víctimas, y ordenó a la Martiniére que lo retirara. Ésta metió en el cofrecillo los brazaletes y la gargantilla, y después de cerrarlo pensó que lo más acertado sería entregar aquellas joyas al jefe de Seguridad y exponerle puntualmente la escena de la angustiosa aparición del joven, y cómo le hizo llegar a manos el cofrecillo.

Mademoiselle de Scudéry se puso en pie y empezó a andar lentamente por la habitación, coordinando las ideas para resolver el asunto. Mandó luego a Bautista que fuera por una silla de manos, y a la Martiniére que la vistiera. Estaba decidida a visitar sin perder tiempo a la marquesa de Maintenon, que a tales horas sabía ella que estaba sola en sus habitaciones, y salió llevando el cofrecillo que contenía las joyas.

La Marquesa no pudo disimular su pasmo al ver tan pálida, descompuesta y con paso alterado a la que, a pesar de su edad, era la encarnación del aplomo, el donaire y la amabilidad. —Dígame por Dios, ¿qué sucede? —fueron sus primeras palabras a la dama, que, angustiada, fuera de sí, lograba apenas tenerse en pie. La hizo sentar la Marquesa, y por fin, dueña otra vez de su voz, refirió la Scudéry qué consecuencias había tenido la insana agudeza con que se le ocurrió corresponder a la súplica de los arriesgados amantes. Cuando la Marquesa se hubo enterado punto por punto del suceso, dio su opinión: Mademoiselle de Scudéry se había dejado impresionar excesivamente por la singularidad del caso. El oprobio de una ralea semejante no podía nunca caer sobre un ánimo sano y noble. Formulado este juicio pidió a la dama que le permitiera ver las joyas. Le dio Scudéry el cofrecillo abierto, y la Marquesa no pudo reprimir, al verlas, una exclamación de admiración. Sacó del cofrecillo la gargantilla y los brazaletes y acercándose a la ventana se recreaba en ver jugar en ellas la luz del día, o poniéndolas más cerca de los ojos no se cansaba de alabar la preciosa labor del orfebre en sus más finos detalles.

—¿No cree usted, señorita —dijo, volviéndose de pronto a la dama—, que estos brazaletes y esta gargantilla sólo es capaz de labrarlos Rene Cardillac?—. Era entonces Rene Cardillac el orfebre parisino que sabía más de su oficio, a la vez que uno de los hombres más ingeniosos y la criatura más singular de su tiempo. De talla más bien pequeña, ancho de espaldas y fuerte de músculos, pasaba de los cincuenta años, pero su fuerza y agilidad eran las de un joven. De aquel vigor que bien podríamos llamar excepcional daban también señal su pelo rojizo, naturalmente rizado y su rostro enjuto. Si no hubiera sido conocido en todo París como hombre desinteresado y sin doblez, siempre pronto a prestar ayuda, la singular expresión de sus ojos verdes, pequeños y hundidos, pudiera haberle hecho sospechoso de astucia y malquerencia. Como queda dicho, era Cardillac en su oficio el más hábil, no solamente en París, sino tal vez entre todos sus contemporáneos. Conocedor a fondo de la naturaleza de las piedras preciosas, sabía tratarlas y combinarlas de manera que una gema que había parecido insignificante resultaba magnífica al salir del taller de Cardillac. Recibía los encargos con manifiesto entusiasmo, y eran ventajosos sus precios hasta lo inverosímil si consideramos lo valioso de su trabajo. Una vez encargada la joya, no tenía punto de reposo y se le veía trabajar de día y buena parte de la noche en su taller. Algunas veces, ya terminada casi la labor, le desagradaba la forma, le entraban dudas acerca de la disposición de los materiales, o a propósito de un detalle insignificante, y hallaba motivo en ello para echar en el crisol todo lo labrado y fundirlo de nuevo. Así cada joya se convertía en la más depurada obra maestra, que dejaba pasmado al cliente. Pero era difícil obtener la entrega; recurría a cien pretextos para hacer esperar una semana tras otra, un mes tras otro, al que había dado el encargo, y en esta situación de nada servía ofrecerle el doble de lo pactado. Cuando al fin no tenía más remedio que ceder a la presión del cliente y entregar la alhaja, no podía reprimir las señales exteriores de la más honda aflicción y aun de la cólera que hervía en su ánimo. Si por acaso la obra era excepcional, y su coste subía a millares por lo rico de la pedrería o por el refinamiento en el labrado del oro, era capaz de correr de un lado a otro como un demente, maldiciendo su trabajo y todo lo que le rodeaba; pero bastaba que alguien fuera a su encuentro gritando:

—¡Por Dios, Rene Cardillac, no se negará a hacer una gargantilla para mi prometida; algo no visto! —o bien: —Necesito unas pulseras... —y Cardillac se detenía, le brillaban los ojillos y preguntaba, frotándose las manos: —Vamos a ver—. El cliente señalaba una cajita: —Tengo aquí unas piedras, nada de particular, pero en sus manos...—. Cardillac no le daba tiempo de terminar la frase, le quitaba la cajita de las manos, sacaba la pedrería que, realmente, no valía mucho, la exponía a la luz y exclamaba entusiasmado: —¿A eso llama cosa ordinaria? ¡De ninguna manera! Déjelo en mis manos. ¡Qué preciosidad! Y si no le viene de un puñado de luises, voy a añadir un par de piedrecitas que le alegrarán los ojos como la luz del mismo Sol—. A usted le confío todo, maestro Rene —decía el cliente— y pago lo que me pida por su labor—. Sin hacer distinción entre un ciudadano del común o un señor de la corte, maese Rene le echaba los brazos al cuello sin rodeos, le estrujaba, en un abrazo, se declaraba dichoso y prometía tener a punto su obra dentro de ocho días; precipitábase luego en su taller, y se ponía al trabajo con verdadera furia, y a los ocho días la obra de arte estaba terminada. Pero he aquí que al comparecer el que la había encargado, gozoso y dispuesto a pagar la joya al precio fijado, nunca muy caro, y llevársela, Cardillac se manifestaba disgustado y le trataba rudamente, casi provocativo. —Recuerde, maestro, que mañana es mi boda—. ¿Y qué me importa a mí su boda? Vuelva dentro de un par de semanas—. Pero, ¿no está aquí la joya? La pago y he de llevármela—. Pues yo le dijo que no la doy por terminada a mi gusto y no puedo entregársela hoy—.

Y yo le digo que si no me la da hoy mismo, a pesar de que estoy dispuesto a pagarle el doble de lo concertado, no debe extrañarle que acuda a Argenson para que le mande sus esbirros—. ¡Así le atormente Satanás con un centenar de tenazas candentes, y cargue sobre la gargantilla tres quintales para que se ahogue la novia!—.

Y con semejantes amenazas Cardillac hundía la joya en la faltriquera del novio, le agarraba por un brazo y le echaba con tal ímpetu que le hacía rodar escalera abajo, y reía luego con una risa diabólica al ver por la ventana al pobre joven que salía a la calle cojeando y sangrando por la nariz.

Otra cosa incomprensible era que no pocas veces, en medio del entusiasmo de un nuevo encargo, miraba de pronto al cliente, dando muestras de auténtica excitación, conjurándole entre sollozos y ruegos conmovedores, y en nombre de la Virgen y de todos los santos, a que le permitiera abandonar la labor encomendada. Algunas personas muy bien vistas en la corte, y merecedoras de la pública consideración, habían ofrecido en vano elevadas sumas para poseer siquiera la más sencilla muestra del talento de Cardillac. Éste, alguna vez, se postraba a las plantas del Rey y le suplicaba que le permitiera negarse a la petición. Con la misma actitud evitaba un encargo cualquiera que le llegara de la Maintenon, y con muestras de abominación y de terror soslayó el encargo de la misma consistente en una sortija adornada con los emblemas del arte, que destinaba a Racine.

—Apostaría —dijo la Maintenon— a que si mando llamar a Cardillac para averiguar a quién fue destinado el aderezo, saldrá con una excusa cualquiera para no comparecer. Tal vez tema un encargo y no esté dispuesto a trabajar para mí. Sin embargo de algún tiempo acá parece haberse enmendado de su extravagancia y su testarudez; oigo decir que trabaja con más ahínco que nunca y que entrega la labor sin demora, aunque disgustado y sin mirar la cara—. La Scudéry, a quien interesaba también mucho que aquellas joyas pasaran a manos de su dueño legítimo, opinó que era acertado llamar inmediatamente a aquel hombre raro, diciéndole que no se trataba de un encargo, sino para que diera su juicio sobre unas joyas. Dando curso a la idea, la Marquesa mandó buscar a Cardillac, y como si éste estuviera ya en camino, a los pocos momentos entraba en la estancia.

Al notar la presencia de la Scudéry dio muestras de confusión, y como hombre a quien lo inesperado sorprende y olvida las conveniencias sociales, se inclinó profundamente delante de la honorable dama, y no se le ocurrió hasta después saludar a la Marquesa. Ésta, señalando el cofrecillo, que resplandecía encima de la mesa cubierta de un tapete verde obscuro, le preguntó si aquellas joyas eran obra suya. Cardillac las miró apenas, y mientras fijaba sus ojos en la Marquesa se apresuró a colocar en el cofrecillo las pulseras y la gargantilla y lo apartó luego impetuoso. En verdad —dijo, mientras resbalaba por su cara rubicunda una sonrisa de rencor—, es preciso reconocer muy mal el trabajo de Rene Cardillac para creer que algún otro orfebre sea capaz de labrar joyas como éstas. ¡Claro que son obra mía! —Entonces —prosiguió la Marquesa— digo, ¿a quién iban destinadas? —A mí solo —repuso Cardillac—. Podrá parecer raro —continuó, mientras las dos damas le miraban asombradas, la Marquesa recelosa, y angustiada Mademoiselle de Scudéry—, podrá parecerle raro, señora marquesa, pero así es. Seleccioné mis mejores piedras únicamente por amor a la belleza de la obra y trabajé lleno de gozo con más cuidado que nunca. Hace poco tiempo que el aderezo desapareció de mi taller de un modo incomprensible—. Demos gracias a Dios— exclamó la de Scudéry, brillando en sus ojos la alegría; y levantándose del sillón con la prontitud y la agilidad de una muchacha, se acercó a Cardillac y le puso las manos sobre los hombros—. Maestro Rene —le dijo—, recobre lo que le pertenece y le fue robado por unos malvados—. Y a continuación le describió todo lo sucedido con aquellas joyas. Cardillac oyó el relato con los ojos bajos, sin una frase, limitándose a monosílabos de exclamación, ora con los brazos en la espalda, ora acariciándose la barbilla y las mejillas.

Cuando la Scudéry dio por terminado el relato, luchando con los pensamientos que había despertado en él, sin que diera con la solución, Cardillac se frotó la frente, suspiró, se pasó la palma de la mano por los ojos como para retener las lágrimas, y cogiendo el cofrecillo que la dama le presentaba, puso lentamente una rodilla en el suelo y dijo: —A usted, noble y digna dama, destinó la suerte este aderezo. Ahora me doy cuenta de que al labrarlo pensaba en usted, que trabajaba para usted. No se niegue a aceptar y a llevar esas joyas como lo mejor que ha salido de mis manos de mucho tiempo acá—. Ea, maestro Rene —exclamó la de Scudéry, ya en tono de broma—. ¿Sienta bien a mi avanzada edad adornarme con piedras preciosas? ¡Cómo pudo ocurrírsele obsequiarme con un aderezo tan costoso! ¡Vaya, vaya, maestro! Si fuera yo hermosa como la marquesa de Fontanges y persona rica no lo rehusaría; pero no sientan estas pompas a unos brazos marchitos, no ese brillante aderezo a una garganta tapada—. Entre tanto Cardillac se había puesto en pie y hablaba como fuera de sí, con los ojos extraviados, y forzando a la Scudéry a tomar el cofrecillo: —Sea bondadosa conmigo, señorita, y acepte las joyas. Usted no sabe qué profunda veneración profeso a su virtud y a sus relevantes méritos! Acepte mi modesto regalo como muestra del anhelo que me mueve a probarle mi respeto—. La marquesa de Maintenon, venciendo las vacilaciones de la señorita Scudéry, tomó el cofrecillo de las manos de Cardillac.

—¡Por Dios, señorita! No hace usted más que hablar de lo avanzado de su edad. ¿Qué tienen que ver los años y su peso con nosotras: usted y yo? ¿No procede usted por ventura como una joven fácil al rubor, que de buena gana alargaría la mano para tomar la dulce fruta que le ofrecen si las manos y los dedos pudieran ignorarlo? No desdeñe la ofrenda que le hace el experto maestro Rene, y que otros mil no pueden obtener con todo el oro y todas las súplicas.

La Maintenon consiguió que Mademoiselle de Scudéry se hiciera cargo del cofrecillo. Cardillac se postró una vez más, y besó la orla del vestido y las manos de la Scudéry, gimiendo, suspirando y llorando. Dio un salto, y salió precipitadamente, como loco, dando con las sillas y la mesa, haciendo vibrar a su paso las porcelanas y los cristales. —Por Dios, ¿qué le sucede al buen hombre? —exclamó Mademoiselle de Scudéry al ver una escena tan chocante. Pero la Marquesa soltó una risa clara—. Es evidente, señorita —dijo—, que el maestro Rene está locamente enamorado de usted y, como es de protocolo en la galantería, comienza a poner sitio a su corazón con ricos presentes—. Y forzando la broma pidió a su amiga que no se mostrara cruel con el desesperado amante; y ésta, dando suelta al buen humor que había despertado halló motivo para extenderse en un sinfín de agudas ocurrencias. Pretendió que, si las cosas llegaban a tal punto, se daría por vencida y no tendría más remedio que dar al mundo el inaudito ejemplo de una novia de setenta y tres años, de abolengo irreprochable, que se casa con un orfebre. La Maintenon se declaraba dispuesta a ser ella quien trenzara la corona de la novia, y la aleccionara sobre los deberes de una ama hacendosa.

Como Mademoiselle de Scudéry se levantara para despedirse de la Marquesa, dejando ahora las bromas, dijo muy seria al coger el cofrecillo: —Le aseguro, señora marquesa, que no me adornaré nunca con esas joyas. Sean cuales fueren las circunstancias, es una realidad el hecho de que estuvieron en manos de aquellos malhechores diabólicos, que atrevidos como el mismo demonio, roban y asedian tal vez en alianza con él. Me horroriza la sangre que parece brillar en esas joyas deslumbrantes. Además, he de confesar que la conducta de Cardillac tiene para mí una ambigüedad rara y angustiosa. Me parece sospechoso. No puedo evitar el presentimiento siniestro de que detrás de todo eso se esconde un secreto terrible y abominable, y cuando repaso los hechos escena por escena me pierdo buscándolo en vano, y no acierto a ver cómo sea posible que acto tan perverso tenga relación con el honrado maestro Rene, que es modelo de buenos y religiosos cuidados. En fin, no me atreveré, como he dicho, a ponerme estas joyas.

La Marquesa la trató de escrupulosa en extremo; pero al pedirle su amiga que, profundizando en la conciencia, respondiera sinceramente qué haría ella en un caso semejante, respondió la Marquesa, formal y convencida: —Antes que ponerme esas joyas las echaría al Sena.

El caso del maestro Rene dio el tema a la de Scudéry para unos versos llenos de gracia que leyó al Rey en la velada siguiente, en las habitaciones de la Maintenon. A costa de maese Rene, y venciendo el escalofrío del terror, supo pintar con vivos colores en aquella poesía el cuadro regocijante de la setentona novia del orfebre. Baste decir que el Rey no cesaba de reír, juraba que Boileau-Despreaux había sido superado y que la poesía de Mademoiselle de Scudéry era la más chispeante de cuantas jamás se hubieran escrito.

Habían pasado unos meses cuando quiso el azar que la Scudéry atravesara el Pont-Neuf en el coche de cristales de la duquesa de Montansier. El estilo de los graciosos coches de cristales era todavía una novedad, tanto que, al aparecer por las calles uno de ellos, los transeúntes se arremolinaban a su alrededor. Así sucedió con los mirones del Pont-Neuf, que rodearon el coche en que iba la Scudéry, haciendo difícil el trote de los caballos. De pronto, la dama oyó injurias y blasfemias y se dio cuenta de que un hombre se abría paso bruscamente repartiendo codazos y puñadas hasta llegar a la portezuela del coche, que abrió con impetuosa decisión. Echó un papel en el regazo de la dama, y repartiendo de nuevo golpes y empujones, y no sin recibirlos a su vez, desapareció lo mismo que había venido. La Martiniére, que acompañaba a su dueña, dio un grito de espanto al ver al hombre en la portezuela, y cayó desvanecida contra el respaldo del asiento. En vano tiró la dama del cordón para llamar la atención del cochero, el cual fustigó como un endemoniado los caballos, que se encabritaban con la espuma en la boca, y por fin hacían retumbar el puente en un trote nervioso. La Scudéry sacó el frasquito de las sales en socorro de la camarera, que acabó abriendo los ojos, y con el cuerpo tembloroso y crispados los brazos, asiéndose a los de su ama, murmuraba, reflejando en su pálido rostro el temor y la angustia: — ¡Virgen santa!, ¿qué pretendería ese hombre siniestro? ¡Era él! ¡Sí, el mismo que en aquella noche de espanto le entregó el cofrecillo! —. La dama calmó a su pobre camarera, diciéndole que no había sucedido nada malo, y que lo que importaba ahora era saber lo que contenía el papel. Lo desplegó y el texto era como sigue:



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