E. T. A. Hoffmann



Descargar 2.85 Mb.
Página45/64
Fecha de conversión28.10.2018
Tamaño2.85 Mb.
1   ...   41   42   43   44   45   46   47   48   ...   64

Mademoiselle de Scudéry


Das Fräulein von Scuderi (1817)

En la calle de Saint Honoré se levantaba la casita en que vivía Magdalena de Scudéry, conocida por sus versos llenos de donaire y por la consideración que mereció de Luis XIV y de la Maintenon.

Ya avanzada la noche —en el otoño de 1680— se oyeron en la puerta recios y vehementes golpes que resonaron en todo el vestíbulo. Bautista, que en el reducido tren de casa de la señorita ejercía a la vez de cocinero, criado y portero, había ido al campo con permiso de su ama para asistir a la boda de una hermana, de manera que la única que velaba en la casa aquella noche era la Martiniére, la camarera de la señorita. Oyó las repetidas llamadas, y se le ocurrió en seguida que, ausente Bautista, quedaba en la casa con la señorita sin auxilio ninguno. Se agolpaban en su mente los casos de violencia, de asalto de morada, los robos y los homicidios que en aquel entonces sufría París, y dio por cierto que algún grupo de perturbadores, enterados de las circunstancias de la casa, era el que alborotaba y esperaban solamente que la puerta se abriera para llevar a cabo algún intento perverso contra su dueña. Temblorosa, atemorizada y maldiciendo a Bautista, a su hermana y a la boda, se quedó quieta en su habitación, mientras continuaban resonando los golpes dados a la puerta, y en medio de ellos le pareció oír llamar una voz:—¡Abrid! ¡Os lo pido por Cristo! ¡Abrid!—. Con creciente temor se apresuró la Martiniére a coger el candelabro, con la vela encendida y se precipitó al vestíbulo. La voz del que llamaba se hizo más inteligible: — ¡Por el amor de Cristo, abridme! —Es evidente que un bandolero no habla de este modo —pensó la Martiniére—. Es tal vez una persona que busca refugio en la casa de mi señorita, a quien sabe inclinada a hacer buenas obras. Pero seamos precavidas—. Abrió una ventana y preguntó al que estaba abajo quién era el que en plena noche se atrevía a llamar tan ruidosamente, despertando a todos; hizo las preguntas ahuecando la voz y dándole el tono más varonil posible. Al resplandor de los rayos de la Luna, que rasgaban ahora unas nubes obscuras, descubrió la presencia de una figura alta, envuelta en una capa de color gris claro, y con el ala del sombrero al nivel de los ojos. —¡Bautista, Claudio, Pedro! —empezó a llamar la Martiniére, para que el que estaba abajo se enterara—. ¡Levantaos y ved al mentecato que va a hundirnos la puerta! —. Pero el de abajo respondió con una voz blanda, casi suplicante:

—¡Ay, Martiniére, amada señora, bien la conozco, por más que se esmere en fingir otra voz. Sé que Bautista está en el campo y que ha quedado sola en la casa con la señorita. No tema nada. Ábrame confiadamente. He de hablar con su señorita sin perder un minuto.

—¿Pero, se figura —replicó la camarera— que va a darle audiencia sin más ni más, en plena noche? Usted ignora que está durmiendo hace rato y que por nada la despertaré del primer sueño, que es el más dulce, y el que tanto necesita a su edad.

—Estoy enterado —replicó el que estaba abajo— de que su ama acaba de dejar en estos momentos el manuscrito de su novela llamada «Celia», en el que trabaja tan afanosamente, y que ahora está escribiendo unos versos que se propone leer mañana en el círculo de la marquesa de Maintenon. La conjuro, señora Martiniére, a que tenga compasión y me abra la puerta. Sepa que de ello depende el salvar de la perdición a un desgraciado; que dependen de este momento en que me es preciso hablar con su ama el honor, la libertad y la misma vida de un hombre. Piense que la cólera de su ama pesaría eternamente sobre usted si se enterara de que fue usted la que echó tan sin razón al desgraciado que venía a pedirle asistencia. —Pero —dijo la camarera— ¿por qué venir a hablar de la misericordia de mi señorita a una hora tan intempestiva? Volved mañana por la mañana—. El que abajo esperaba replicó en estos términos: —¿Qué le importan al destino, devastador y pronto como la luz del rayo, el día ni la hora? ¿Es lícito aplazar la misericordia cuando la salvación depende del instante? Déme entrada y nada tema del mísero que, sin amparo, abandonado de todos, perseguido, acosado por un destino singular, viene a mendigar a su señora que le salve del peligro—. Martiniére oyó cómo su interlocutor, al pronunciar estas palabras sollozaba con profunda pena; su acento era el de un joven, que dulcemente se filtraba en el corazón. Y la camarera se sintió tan conmovida, que sin más vacilaciones fue a buscar las llaves.



Apenas hubo abierto, la figura envuelta en su capa gris se precipitó al interior y atravesó el vestíbulo, instando con voz desgarradora a la Martiniére: — ¡Lléveme a su señora! —. Atemorizada, la camarera levantó el candelero, cuyo resplandor se proyectó sobre la cara del joven, lívida como la de un muerto. Presa del terror, la Martiniére estuvo a punto de dar con su cuerpo en el suelo, cuando el forastero abrió la capa y de entre los pliegues del vestido a la altura del pecho sacó un puñal. El hombre la miraba con ojos centelleantes y repetía cada vez con mayor vehemencia: —¡Lléveme a su señorita, le digo!—. La Martiniére vio entonces todo el peligro que corría aquella a quien honraba a la vez como dueña y como segunda madre fiel y abnegada; y esta idea despertó en su ánimo una energía de la que ella misma no se había creído capaz. Cerró rápidamente la puerta de la habitación, que su señora había dejado entreabierta, y poniéndose delante dijo con enérgica decisión—Realmente, su conducta desalmada en este hogar desmiente el tono suplicante con que ahora mismo se lamentaba. Tengo un desengaño al ver que no es usted merecedor de la compasión que en mala hora ha despertado en mí. Ahora mi señorita no puede recibirle y no lo hará. Si no le mueve una intención malvada, la luz del día no debe avergonzarle; por lo tanto, vuelva usted mañana y exponga su demanda. Ahora salga usted de esta casa—. El hombre lanzó un gemido, miró fijamente a la Martiniére con expresión trágica, y echó mano al puñal. En lo más íntimo, la camarera encomendó su alma al Señor, pero permaneció firme mirándole a los ojos y apretó más la espalda contra la puerta que daba acceso a las habitaciones de su ama. —¡Déjeme hablar con su señora, le digo! —insistió el visitante. —Haga lo que quiera —replicó la Martiniére— que yo no abandonaré mi sitio. Puede llevar a cabo el delito que ha empezado, pero encontrará la muerte afrentosa en la plaza de la Gréve, como sus malvados camaradas. —¡Ah! —gritó el joven—. Tenéis razón, la Martiniére: mi aspecto y mis armas son de un ladrón y un asesino. ¡Pero, mis camaradas no han sido juzgados; no lo han sido! —y diciendo esto le centelleaban los ojos, y apretando el puñal se acercó a la pobre mujer, poseída por un miedo mortal. —¡Jesús! exclamó, esperando el golpe fatal. Pero en el mismo instante se oyó en la calle un rumor de armas y herraduras, que anunciaban la proximidad de la ronda montada. —¡La ronda!... ¡La ronda! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la Martiniére. —Mujer perversa, quieres mi perdición... Todo se acabó... Todo... Toma: entrega esto a la señorita, hoy mismo, mañana si quieres —mientras murmuraba esto en voz baja, el intruso había arrebatado el candelero de manos de la camarera, matado la luz y le había puesto en las manos un cofrecito—. ¡Por la salud de tu alma da este cofrecillo a la señorita! —le dijo, y salió corriendo de la casa. La Martiniére se había desplomado; levantóse a duras penas, y anduvo a tientas hacia su aposento, en el que extenuada, incapaz de pronunciar ni una palabra, se dejó caer en un sillón. Oyó luego el ruido de la llave que había dejado en la cerradura de la puerta de la calle. Acababan de cerrarla y se oyeron unos pasos leves e inseguros que se acercaban a la habitación. Inmóvil en un rincón, sin fuerzas para levantarse esperaba lo peor; pero cuál fue su sorpresa cuando al abrirse la puerta, reconoció al resplandor de la lámpara al honrado Bautista. El color de su rostro era cadavérico, parecía completamente desencajado. —Por todos los santos del cielo, señora Martiniére, dígame, ¿qué ha pasado en esta casa? ¡Qué miedo! ¡Qué espanto! No sé lo que fue, pero lo cierto es que algo poderoso me arrancó a mí de la fiesta de la boda. Llego a la calle, pensando: —La señora Martiniére tiene el sueño ligero y me oirá si llamo a la puerta suavemente y me abrirá. Y de pronto veo que se acerca una numerosa patrulla, gente a pie y a caballo, armados hasta los dientes, y me detienen, y no quieren soltarme. Pero, por suerte mía, Desgrais, el teniente de la «Maréchaussée», que bien me conoce, figura entre ellos, y exclama al tiempo que me ponen la linterna bajo las narices: —¡Vaya! ¿Adonde vas a estas horas de la noche, Bautista? Anda a tu casa y guárdala tan bien como puedas. Aquí no estás seguro. Esta misma noche pensamos hacer una buena presa. No puede figurarse, señora Martiniére, cómo me han llegado al corazón estas palabras. Y luego, llego al umbral, y un hombre embozado sale precipitadamente de la casa, en el mismo instante que entraba yo, con un puñal desenvainado en la mano, me empuja y echa a correr... y la puerta de entrada está abierta, con la llave en la cerradura... ¿Qué significa todo eso?

Ya libre del terror, la Martiniére contó a Bautista lo sucedido. Juntos se fueron al vestíbulo y hallaron el candelabro en el suelo, tal como quedó cuando el forastero lo arrojó en su huida. —Me parece clarísimo que se preparaba un robo y quién sabe si el asesinato de nuestra señorita —dijo Bautista—. Según me cuenta usted, el hombre sabía que estaban solas usted y la señorita y que ella estaba todavía escribiendo. Seguramente era uno de los bribones malditos que se introducen en las casas astutamente para informar a los otros de lo que pueda ser útil a sus planes diabólicos. En cuanto al cofrecito, señora Martiniére, entiendo que es conveniente echarlo al Sena, donde el agua sea más profunda. ¿Quién nos responde de que al abrirlo no suceda a nuestra buena señorita algún percance en que le vaya la vida? Dios sabe si caería muerta como sucedió al viejo marqués de Tournay al abrir una carta que le entregara un desconocido.

Después de larga deliberación acordaron aquellos leales servidores contar a Mademoiselle de Scudéry, cuando se levantara, todo lo sucedido y también darle el misterioso cofrecito para que lo abriera con todas las precauciones. Analizadas las circunstancias de la aparición del sospechoso forastero, creyeron que podía andar en el juego algún singular misterio, que ellos no eran quién para juzgar, antes bien estaban obligados a confiar a su ama lo sucedido y dejar que ella descubriera la verdad.

* * *


No carecían de fundamento las sospechas de Bautista. En aquel tiempo París era escenario de las más pavorosas fechorías, y el más diabólico de los descubrimientos venía a facilitar los medios para ejecutarlas.

Glaser, un boticario alemán, el mejor químico de su tiempo, se ocupaba —como es frecuente entre los de su ciencia— en experimentos de alquimia. Se proponía hallar la piedra filosofal. Se asoció con él un italiano llamado Exili. Pero, a éste la alquimia le servía de pretexto: lo que le interesaba y aprendió con celo fue a combinar, cocer y sublimar las materias venenosas que con tan buenas esperanzas manejaba Glaser, y logró al fin la preparación de un veneno sutil, sin olor ni sabor, que podía matar en el acto, o bien matando lentamente no dejaba rastro en el cuerpo humano, y burlaba todo el conocimiento de los médicos, los cuales, no sospechando el veneno, tenían que atribuir la muerte a una causa natural. A pesar de sus precauciones, Exili no pudo evitar el hacerse sospechoso de la venta de venenos, y le llevaron a la Bastilla. Encerraron después en el mismo cuarto al capitán Godin de Sainte-Croix, el cual había vivido largo tiempo con la marquesa de Brinvilliers en relaciones que fueron la vergüenza de la familia, y finalmente, como sea que el marido se mostrara insensible al delito de su esposa, el padre de ésta, Dreux d'Aubray, que ocupaba un cargo importante en París, consiguió separar a la pareja delincuente por medio de un mandato de arresto contra el Capitán. Pasional él, sin carácter, con una piedad ficticia, e inclinado desde joven a toda especie de vicios; envidioso, vengativo hasta la fiereza, nada podía servir mejor al Capitán que el diabólico secreto de Exili, que le daba el poder de aniquilar a sus enemigos. Sainte-Croix se convirtió en el más aplicado discípulo de Exili y no tardó en igualarle; de manera que al salir de la Bastilla se hallaba capacitado para continuar trabajando solo.

La Brinvilliers, una mujer degenerada, se transformó en monstruo por obra de Sainte-Croix. Instigada por él, envenenó a su padre, al que en la vejez prodigaba malvadamente hipócritas cuidados; envenenó luego a sus dos hermanos, y por fin a su hermana. Al padre con ánimo vengativo y a los otros en perspectiva de la rica herencia. La historia de toda una serie de envenenamientos nos da el ejemplo de cómo crímenes de esta clase llegan a ser una pasión irresistible. Sin otra finalidad que la satisfacción de un apetito, como el químico que hace experimentos, las víctimas fueron a menudo personas cuya vida o cuya muerte eran indiferentes al envenenador. La muerte repentina de una serie de pobres asilados en el Hótel-Dieu despertó más tarde la sospecha de que los panes que la Brinvilliers, bajo capa de misericordia, solía repartir allí todas las semanas, encerraban un veneno. Y es cosa probada que contenían veneno los pasteles de pichón que ofrecía a sus invitados. Víctimas de esos diabólicos banquetes perecieron el caballero Du Guet, y otras personas. Sainte-Croix, su asistente La Chaussée y la Brinvilliers lograron envolver largo tiempo bajo impenetrables velos sus escalofriantes delitos. Pero el eterno poder determinó que los delincuentes, por mañas que emplearan, fueran juzgados ya en la tierra.

Eran tan sutiles los venenos que preparaba Sainte-Croix, que si durante su manipulación el polvo —poudre de succession lo llamaban los parisienses— quedaba al descubierto, una sola aspiración bastaba para caer muerto al instante. Contra este riesgo, Sainte-Croix usaba una máscara de delgado cristal durante sus operaciones químicas. Un día se le cayó la máscara cuando se disponía a agitar el polvo transvasado en un frasco, y al aspirarlo se desplomó en una muerte instantánea. No conociéndosele herederos los tribunales se apresuraron a sellar sus bienes. Encerrado en una caja se halló todo el diabólico instrumental de que disponía el malvado Sainte-Croix, y además las cartas de la Brinvilliers, que no dejaban duda acerca de sus delitos. Se refugió ésta en Lieja, bajo el techo de un convento. Allí se presentó un día Desgrais, agente de la «Maréchaussée», bajo el disfraz de sacerdote. Logró entrar en relación con aquel ser horrible, la Brinvilliers le dio cita en un jardín solitario de los alrededores, y apenas apareció, los esbirros de Desgrais la rodearon, y el disfrazado enamorador se transformó de pronto en el agente de la «Maréchaussée», la obligó a subir a un coche que esperaba junto al jardín, y el coche, rodeado de los esbirros, salió directamente hacia París. La Chaussée ya había sido decapitado anteriormente y la Brinvilliers tuvo igual muerte. Después de la ejecución fue quemado su cadáver y aventadas las cenizas.

Los parisinos respiraron. El monstruo que dirigía el arma homicida impunemente contra enemigos o amigos no era ya de este mundo. Pero pronto se descubrió que el ingenio malvado de Sainte-Croix había caído en manos de unos sucesores. Como un invisible fantasma, se introdujo el crimen en los círculos más íntimos como sólo pueden formarlos el parentesco, el amor y la amistad, y escogía rápido y seguro sus desdichadas víctimas. El que hoy gozaba de buena salud, vacilaba al día siguiente, débil y enfermo, y no podía salvarle de la muerte toda la ciencia de los médicos. La riqueza, un cargo ventajoso, una mujer hermosa o tal vez demasiado joven bastaban para que el afortunado fuera perseguido a muerte. La más horrible desconfianza rompía los lazos sagrados. Temblaba el marido ante la esposa, y el padre ante el hijo, y la hermana temía al hermano. Quedaban intactos encima de la mesa el guisado o el vino ofrecidos por el amigo a los amigos, y donde reinaban antes la alegría y el placer, se cruzaban ahora miradas enfurecidas en busca del asesino disimulado. Veíanse padres de familia ansiosos, comprando víveres en sitios apartados, y guisándolos ellos mismos en cualquier bodegón, temerosos de alguna traición diabólica que recelaban en el hogar. Así y todo, resultaban a veces inútiles las más escrupulosas precauciones.

Para encauzar el desorden que ganaba más terreno cada día, el Rey nombró un tribunal especial, exclusivamente destinado a la investigación y al juicio de aquellos misteriosos delitos. Era la llamada «Cámara Ardiente», que celebraba sus sesiones no lejos de la Bastilla, bajo la presidencia de La Regnie. Durante mucho tiempo, por celo que pusieran en el asunto, sus afanes resultaron estériles. Fue reservado a Desgrais el descubrimiento de los más recónditos rincones del crimen. Vivía en el suburbio de Saint Germain una anciana llamada Voisin, dedicada a los conjuros y a la adivinación de la suerte. Asistida por sus compañeros Le Sage y Le Vigouréx, logró meter el miedo en el cuerpo aun a personas que no podríamos llamar débiles ni crédulas. Pero, iba más lejos. Discípula de Exili, como Sainte-Croix, elaboraba al igual que aquél el sutil veneno que no dejaba rastro, prestando apoyo en esta forma a hijos malvados, ávidos del patrimonio o a mujeres destacadas que codiciaban otro esposo más joven. Desgrais penetró en el secreto, la mujer confesó su culpa, y la «Cámara Ardiente» la condenó a la hoguera en la plaza de la Gréve. Se encontró en su domicilio una lista de todas las personas que se habían acogido a sus servicios, y de aquí que no sólo se sucedieran las ejecuciones, sino que crecieran también las graves sospechas acerca de personas de alto rango. Así, corrió la voz de estar en tratos con la diabólica mujer, la duquesa de Bouillon y la condesa de Soissons, cuyos nombres constaban en la lista; y no escapó a igual acusación el mismo Francisco Enrique de Montmorency y Boudebelle, duque de Luxemburgo, par y mariscal del reino. También a éste persiguió la temible «Cámara Ardiente». Se presentó por propia iniciativa para ser arrestado en las prisiones de la Bastilla, donde el odio de Louvois y de la Regnie le tuvo encerrado en una mazmorra de seis pies de ancho. Pasaron meses antes no se puso en claro que el único delito del Duque se limitaba a haberse prestado una vez a que Le Sage hiciera su horóscopo.

No se puede negar que la ciega oficiosidad del presidente La Regnie llevó a alardes de fuerza abusivos y a ciertas atrocidades. El tribunal se convirtió en un instrumento de terror. La más leve sospecha acarreaba severos encarcelamientos, y a menudo era la arbitrariedad la que decidía la condena de un hombre a muerte. El aspecto antipático y el ánimo maligno de La Regnie contribuyeron a que pronto le odiaran aquellos mismos que él debía amparar o vengar. Al ser preguntada en un juicio la duquesa de Bouillon si había visto al diablo, respondió: —¡En este momento me parece verle!

Mientras la sangre de culpables y sospechosos chorreaba en la plaza de la Gréve, y por fin se hacían cada día más raros los envenenamientos, se presentó una desdicha en otra forma que sembró una vez más el pánico. Una banda de criminales parecía haberse propuesto acaparar todas las joyas. La rica alhaja recién comprada desaparecía pronto de modo incomprensible, por bien guardada que estuviera. Pero lo peor era que cualquiera que con ella se adornara no podía salir de noche si no estaba dispuesto a correr el riesgo de que en una encrucijada, o al adentrarse en una calle mal iluminada, le robaran, o tal vez le asesinaran. Los que víctimas de una agresión escapaban con vida aseguraban que habían caído sin sentidos bajo un súbito golpe en la cabeza, y que al volver en sí se había dado cuenta del robo y de que se hallaban en un sitio distinto de aquel en que habían sido agredidos. Las víctimas sin vida que se descubrían casi todas las mañanas en la vía pública o en los interiores presentaban la misma herida; una puñalada en el corazón, de la que el agredido caía sin poder dar un paso más ni pronunciar una sílaba siquiera.

Como si estuvieran conjurados con los espíritus, conocían los bribones el sitio, la hora y las circunstancias con toda precisión. A menudo un desventurado no llegaba a la casa donde le esperaban, y otras veces caía en el mismo umbral de la mansión de la amada, que tropezaba horrorizada horas después con el cadáver ensangrentado.

En vano Argenson, director de Seguridad, ordenaba arrestos bajo la menor sospecha y La Regnie rabiaba en busca de confesiones que le aclararan el asunto. El rastro de los criminales no aparecía. Sólo tenía alguna eficacia la precaución de salir armado hasta los dientes y de hacerse acompañar con luces; así y todo, en algunos casos, mientras el criado era acosado o herido, el señor caía asesinado y las joyas desaparecían.

Es digno de notar que a pesar de las muchas investigaciones en las tiendas de joyería, recorridas barrio por barrio, no se recobrara ni una sola de las alhajas robadas, ni se lograra orientación ninguna.

Llegaba al colmo la cólera de Desgrais al ver que sus astucias no podían nada. El barrio de la ciudad donde él se hallaba parecía estar a salvo, mientras en los restantes el robo y el homicidio estaban al acecho de preciosas víctimas.



Desgrais tuvo la idea genial de multiplicarse en varías figuras; esas varias personificaciones de Desgrais eran tan semejantes en el andar, el ademán, el habla, la figura y el rostro, que ni los mismos esbirros hubieran sabido puntualizar cuál de aquellos Desgrais era el auténtico. Él, entre tanto, con riesgo de la vida se introducía, sin nadie que le acompañara, en las madrigueras más inverosímiles, y seguía de lejos a aquél o al otro de quienes sospechaba que podían llevar una joya. Pero aquél a quien él vigilaba no era atacado. Al parecer los criminales se habían enterado de tales medidas, y Desgrais estaba desesperado.

Una mañana se presentó Desgrais al jefe de Seguridad La Regnie, pálido, descompuesto, fuera de sí. —¿Qué pasa? ¿Qué noticias hay? ¿Están sobre la pista? —le preguntó, sin darle tiempo a hablar— ¡Ah, señor mío! —empieza Desgrais, balbuceando de ira—. ¡Ah, señor mío! Ayer por la noche cerca del Louvre, el marqués de La Fare fue asaltado en mi presencia—. ¡Cielos y tierra! —gritaba gozoso La Regnie—. ¡Ya es nuestro! —Déjeme concluir —le interrumpe Desgrais con una sonrisa amarga—. Permítame que puntualice lo que pasó... Yo, de pie, junto al Louvre... Siento en el pecho las penas del infierno. Y los diablos se burlan de mí... Descubro cerca de mí la figura de un transeúnte; su paso es vacilante, y vuelve la cabeza como para ver si alguien le sigue. No se da cuenta de mi presencia. A la luz de la luna reconozco al marqués de La Fare. No era cosa inesperada verle pasar por allí; yo sabía hacia dónde se escurría... Apenas se ha alejado de mí diez, doce pasos, salta otra figura, como si brotara del suelo, que derriba al Marqués y se precipita inmediatamente sobre el cuerpo tendido. Instintivamente, en medio de la sorpresa del instante, que pone en mis manos la suerte del homicida, doy un grito, intento salir del escondrijo, pero me enredo en la capa y doy en tierra. En éstas, el hombre se ha escabullido en alas del viento y yo porfío, me levanto, corro detrás de él, y en medio de mi carrera doy el toque de alarma... Oigo en la lejanía los silbatos de la ronda al contestarme y pronto se anima el cuadro: tintineo de armas, fragor de herraduras a los cuatro vientos. —¡Aquí! ¡Aquí!... ¡Desgrais!... ¡Desgrais!...— Resuenan las voces por las calles... Y mis ojos no cesan de perseguir al que corre delante de mí a la luz de la luna y que, para despistarme, corre ora en una dirección ora en otra. Al llegar a la calle Nicasie parece que ha perdido fuerzas, y yo templo las mías y redoblo la velocidad... Sólo me aventaja de unos quince pasos. — ¡Ya es suyo! —prorrumpe La Regnie—. Le echa la mano... Llegan los esbirros —grita La Regnie entusiasmado, con los ojos centelleantes, mientras coge el brazo de Desgrais como si fuera el del mismo asesino. —¡Quince pasos! —prosigue Desgrais con la voz velada y el aliento cortado—. A quince pasos de mí brinca aquel hombre, y propiamente desaparece en las sombras como si el muro se abriera de pronto para darle paso y se cerrara de nuevo. —¿Desaparece a través de una pared? ¡Está usted loco! —grita La Regnie, retrocediendo dos pasos—. Puede usted llamarme loco —continúa Desgrais, pasándose la mano por la frente, como para ahuyentar malos pensamientos—. Puede llamarme su señoría desatinado y visionario, pero ha sucedido tal como le cuento. Yo quedo como petrificado al pie de la pared... Pero llega una ronda sin aliento y con ella el marqués de La Fare, que vuelve a estar allí, en pie, con la espada en la mano. Encendemos las antorchas, palpamos la pared en todos sentidos ni un vestigio de puerta o de ventana, ni la menor rendija, sólo un sólido muro de piedra del palacio, que se apoya en el de una casa en la que viven inquilinos, sobre los que no pesa la menor sospecha. Ya ve usted con qué exactitud me han quedado grabados los detalles. Es el mismo diablo el que hace burla de nosotros.

Circuló por todo París la historia de Desgrais. Las cabezas estaban atiborradas de magia, conjuros y pactos con el diablo, encarnados en la anciana Voisin, Le Vigoureux y el tan discutido sacerdote Le Sage. Y como está en nuestra naturaleza, persistente a través de las edades, que la inclinación a lo sobrenatural, a lo prodigioso, llegue a vencer sobre el juicio, se prestó fe nada menos que a la idea de que, tal como lo había dicho Desgrais —por más que lo dijera en el calor de la iracundia— el diablo protegía en realidad a los malvados que le habían vendido sus almas. Como puede suponerse, era bastante lo que bordaban encima de la historia de Desgrais. Se imprimió y divulgó a todo viento la narración, encabezada con un grabado al boj, en el que aparecía una horripilante figura del diablo sumergiéndose en la tierra a los pies del atemorizado Desgrais. No hacía falta más para intimidar a la gente y descorazonar a los esbirros, que salían ahora temblando para sus rondas nocturnas, no sin llevar colgados al cuello unos amuletos, y rociados de agua bendita.



Compartir con tus amigos:
1   ...   41   42   43   44   45   46   47   48   ...   64


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal