E. T. A. Hoffmann



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VII


Al cabo de unas semanas de prueba, maese Martín había notado en Reinhold una aptitud poco común en el arte de medir y calcular con ayuda del compás y la escuadra, pero en cambio le veía poco dispuesto para el trabajo de taller, en el cual, en cambio, Federico se demostró infatigable. Ambos eran igualmente recomendables por su buena conducta, y de sol a sol hacían del trabajo un embeleso bordado de alegres canciones, de las cuales Reinhold tenía un rico repertorio. Cuando Federico, mirando de soslayo a Rosa, ponía en la voz un acento melancólico, Reinhold rompía a cantar un estribillo malicioso —«¡ Ni un tonel es un laúd, ni un laúd es un tonel!»—. Y el viejo Martín, que no veía en ello mala intención, permanecía algunas veces un rato con el martillo en alto, sin descargar el golpe en la duela, y reía con su risa de hombre obeso. Pero la gentil Rosa, que comprendía algo más, sabía inventar mil y un pretextos para rondar por el taller.

Un día, maese Martín entró en su taller del Portal de las Damas con ademán compungido. Sus dos oficiales predilectos estaban ajustando un barril. Se paró con los brazos cruzados delante de uno de ellos.

—Mis buenos amigos —les dijo—, estoy satisfecho de vuestro comportamiento y de vuestra labor, y así y todo muy preocupado. Me escriben que las vendimias del Rin superarán este año todos los resultados obtenidos hasta la fecha; un famoso astrólogo ha presagiado la aparición de un cometa, cuyo calor está llamado a promover una fertilidad prodigiosa; los frutos de la vid se verán centuplicados; y el admirable meteoro no volverá a aparecer hasta pasados otros tres siglos. Imaginad la enormidad de trabajo de taller que esto representa. Para comenzar, el venerable obispo de Bamberg, el más fino catador de Alemania, me encomienda la construcción de un inmenso tonel. Solos, no podremos con tanto encargo como nos viene encima; por esto me veo precisado a tomar otro oficial que sea diestro, activo y celoso como vosotros mismos. Líbreme Dios de contratar a nadie de quien no tenga los mejores informes. ¡El tiempo apremia! ¿Qué vamos a hacer para quedar bien servidos? ¿Vosotros, no conoceríais algún otro oficial? Dondequiera que se encontrase le mandaríamos a venir, y en cuanto al jornal no me duelen prendas.

Apenas había terminado de decir estas palabras, se abrió ruidosamente la puerta del taller y compareció un joven de aventajada estatura, decidido y bizarro, que gritó con voz estentórea: —¡Hola! ¿Es éste el taller de maese Martín?

—Éste es —respondió el maestro andando unos pasos al encuentro del forastero—. Pero, no es para entrar en él, mozo, a manera de un diablo dispuesto a arremeter contra todo y voceando de esta manera. Éste no es modo de entrar en las casas.

—¡Ah, ahí —repuso el joven—. ¿Sería usted acaso maese Martín en persona? Vientre hinchado, triple sotabarda, unos ojos que echan llamas y una nariz cubierta de granos... Exactamente como me lo han descrito. ¡Maese Martín le saludo con veneración!

—¿Y qué diablo pretende usted de maese Martín? —le preguntó el tonelero, de mala gana.

—Soy oficial tonelero de cierto mérito —repuso el joven— y ando en busca de trabajo.

Retrocedió unos pasos el tonelero, sorprendido al ver que un mozo de tan buen talante se presentaba precisamente cuando le era necesario. Le miró de pies a cabeza, y viéndole sano y vigoroso se apresuró a pedirle certificados de los maestros bajo cuyas órdenes hubiera trabajado.

—No los tengo ahora —replicó el joven— pero los pediré y creo que se los podré dar dentro de unos días. Interinamente espero que bastará que empeñe mi palabra de hombre honrado y de buen operario—. Y sin dar tiempo al maestro a hilvanar una respuesta, el nuevo oficial, dirigiéndose a un extremo del taller, dejó en el ángulo el sombrero y el saco de viaje, se puso en mangas de camisa, y ciñó su delantal de trabajo exclamando de un talante decidido: —¡Vaya, maese Martin! ¿Con qué empezamos?

Sorprendido de esta entrada en funciones que parecía excluir hasta la posibilidad de una negativa, el tonelero reflexionó breve rato, y dirigiéndose de nuevo al forastero le dijo: —Ya que tanta confianza tiene en sí mismo, compañero, dé pruebas de su aptitud ahora mismo. Empuñe la doladera y acabe de pulirme sobre este banco los aros para afirmar este barril.

El recién llegado se puso a la obra y pronto hubo ya terminado la pieza que era como la prueba del examen.

—¿Qué le parece a usted, maestro? —dijo con su jovialidad característica—. ¿Duda todavía de mis capacidades? Pero veamos un poco las herramientas de que se sirven por aquí—. Y lo removió todo, examinando cada objeto con ojos de hombre entendido. —Maestro —exclamaba de vez en cuando—, hágame el favor de ese martillo... ¿No es más bien un juguete de sus chicos? Y esta doladera diminuta, ¿será para uso de aprendices?—. Con mano vigorosa, hizo dar vueltas a un enorme martillo, del que Reinhold no hubiera podido servirse y que Federico levantaba con dificultad, y con no menos soltura se entretuvo en juegos malabares con la doladera de maese Martín. Por remate de proezas hizo bailar un par de grandes toneles con la misma facilidad que si jugara con unos chirimbolos, y luego, cogiendo con ambas manos una duela maciza que la garlopa no había adelgazado todavía, exclamó: —Es de buena madera de roble, pero quebradiza como el vidrio—. Y pasando de las palabras a la obra, rompió la duela contra el canto de una piedra de afilar.

—¡Por las reliquias de San Sebaldo, basta ya de pruebas, compañero! —exclamó maese Martín—. No fuera caso que, dejándole hacer, me rompiera los fondos de este tonel de dos cargas y que destroza todo el taller. ¡Capaz sería de hundir la casa! ¡No pretenderá usted que vaya a pedir a guisa de doladera, la espalda de Rolando, el paladín, que se conserva en la Casa de la Villa de Nuremberg!

—¿Y por qué no si eso hubiera de complacerle?— respondió el joven, dirigiendo al tonelero una mirada llena de fuego; pero pronto bajó los ojos, y prosiguió, con voz más apacible: —Mi única idea ha sido, querido maestro, que tal vez pudiera necesitar para sus trabajos de mayor envergadura un obrero vigoroso; pero quizá pensará usted que he pasado los límites de lo permitido. Le ruego que me lo perdone y que me permita quedarme en su casa a trabajar con todo el rigor que quiera usted exigirme.

El tonelero Martín iba de sorpresa en sorpresa. La transición apacible del joven oficial le causaba una sensación indefinible. Los rasgos y los ademanes de aquel hombre eran trasunto de un alma honrada, que no dejaba lugar a dudas. Había en su fisonomía un parecido con la de alguien que en su pasado conoció y veneró, sin que el recuerdo llegara a concentrarse. Accedió por fin al ruego del joven, con la única condición de que respondieran de él los maestros en cuyos talleres había aprendido el oficio.

Mientras se estaba arreglando este asunto, Reinhold y Federico terminaban su barril y comenzaban a ponerle los aros. Para animarse al trabajo entonaron un Lied de Adán Puschmann. Pero Conrado, tal era el nombre del nuevo compañero, les increpó:

—¿Qué galimatías es ese? ¡Diríase un millón de ratones que invaden el taller! Si pretendéis cantar que al menos sea de manera que el canto estimule al trabajo. Voy a daros el ejemplo de lo que debiera ser—. Y con voz de trueno se puso a aullar una canción de cazadores que terminaba en gritos inarticulados que remedaban a la perfección ora los ladridos de una jauría que se lanza tras la pieza ora las exclamaciones de los cazadores, y con tal vigor que la casa trepidaba.

Maese Martín se tapaba las orejas, y los chicos de la señora Marta, la viuda de Valentín, abandonaban sus juegos y corrían a guarecerse debajo de un montón de viruta, y Rosa, que acertaba a entrar en la casa, temió una desgracia al oír aquellos gritos inauditos, cuya causa ignoraba. En cuanto Conrado se dio cuenta de la presencia de la hija del maestro cesó de cantar, y acercándose a ella con la más noble actitud y el acento más amable, le dijo:

—¡Oh, mi encanto, qué claridad celeste ha iluminado esta pobre cabaña de obreros al entrar usted en ella! A saber que estaba usted tan cerca me hubiera abstenido de herir sus oídos con mi canción salvaje. Y vosotros —prosiguió, dirigiéndose a Martín y a los dos compañeros— ¿no creéis que debemos imponer un momento de silencio a los martillos mientras esta joven querida permanece entre nosotros? Aquí no cabe más que la dulzura de su voz, y no deberíamos soñar en otra ocupación que la de atender a sus más mínimos deseos y obedecerlos humildemente.

Reinhold y Federico cambiaron unas miradas, que eran testimonio de cómo les descontentaba el requiebro. En cuanto a maese Martín soltó una de sus acostumbradas carcajadas y respondió: —¡Pardiez, Conrado! Me parece usted el pájaro más singular que jamás haya metido la pata en mi casa. Entra usted dispuesto a hacerlo polvo todo bajo su pie de gigante mal criado; a continuación nos vuelve locos con sus aullidos, y para colmo de locuras se dirige a Rosa como a una princesa, con el ademán y con el lenguaje de un gran señor. Creo que mejor que mi taller, le convendría una celda en el manicomio.

—Su hija querida —respondió Conrado sin que aquel reproche algo vivo pareciera hacerle mella—, su amada Rosa es, bien puedo decírselo, la criatura más graciosa y más noble del universo; quiera el cielo que no sea insensible a los homenajes del más galante heredero de alcurnia que un día u otro pondrá a sus plantas su amor y sus blasones.

Maese Martín se contenía con ambas manos los costados para no estallar, pero, a despecho de sus esfuerzos una risa homérica se apoderó de él, y se removía como un endemoniado sobre su banco de trabajo. Al recobrar la palabra, exclamó: —Sin reparos, compañero, dedique a mi Rosa los nombres más preciosos que pueda imaginar; no seré yo quien lo impida, antes al contrario; pero lo que le recomiendo es que no deje holgar el martillo, que el trabajo apremia y la galantería debe ceder el paso.

La alusión llegó al alma de Conrado, que respondió con fingida frialdad: —Tiene razón—. Y volvió a su labor.

Rosa se había sentado cerca de su padre, encima de un barril que Reinhold acababa de pasar por la doladera para hacerlo más elegante, y que Federico se había apresurado a acercar a la joven. El maestro rogó a sus dos oficiales predilectos que cantaran para Rosa la canción que tan rudamente había interrumpido Conrado; éste permaneció mudo, sin prestar atención a otra cosa que a su trabajo.

Una vez terminado el canto, el tonelero tomó nuevamente la palabra: —El cielo os ha dotado de talento, compañeros; no sabéis hasta qué punto llega mi pasión por el canto. Antaño tomé muy en serio la profesión de maestro cantor, pero en pago de mis esfuerzos únicamente coseché pullas de toda ley, porque unas veces falseaba las claves o el compás, y otras, si bien cantaba afinadamente por casualidad, mezclaba unas con otras las melodías. Me satisface ver que lo hacéis mejor que vuestro patrono, y será para mí un gusto oír elogiar a los oficiales de Tobías Martín que han logrado un éxito en lo que para él ha sido un fracaso. El próximo domingo los maestros dan un concierto en la iglesia de Santa Catalina, ambos podríais tomar parte en él y hacer un papel de lucimiento, ya que una parte de la sesión se consagra a los cantores forasteros que tengan a bien cantar delante de una concurrencia selecta. Así, pues, mi señor Conrado —prosiguió maese Martín— si le es grato obsequiar a los oyentes con aquella canción salvaje, puede darse este gusto.

—¿A qué hacer burla de mí, querido maestro?— respondió Conrado, sin levantar los ojos— Cada cosa en su sazón; he aquí por qué he resuelto tumbarme sobre el césped aquel día, mientras dure la reunión de los maestros cantores.

Lo que el tonelero había previsto se cumplió. Reinhold subió a la tarima y cantó varias veces a satisfacción de todos. Y cuando llegó la vez de Federico, éste paseó por la asamblea una ancha mirada velada de melancolía, que llegó al corazón de Rosa, y con la voz graciosamente modulada entonó una canción de Enrique Frauenlob, que mereció nutridos aplausos, ya que los entendidos reconocieron unánimemente que el joven forastero les superaba a todos.

Al atardecer, cuando tocaba a su fin el concierto, maese Martín, transportado por el buen éxito de sus oficiales predilectos, les permitió acompañarle, al lado de su hija, a una pradera de las que ciñen la ciudad. Rosa andaba ágil y retozona entre los dos jóvenes; Federico, enorgullecido por los elogios que delante de ella le habían prodigado los maestros cantores, se permitió susurrar al oído dulces palabras, cuya intención amorosa no dejaba lugar a dudas, si bien ella hacía como si lo ignorara y se ocupaba, al parecer, de Reinhold, quien llevó la audacia o la desenvoltura hasta apoderarse como por azar de aquel brazo, el más lindo y bien torneado que haya existido jamás en un cuerpo femenino. Una vez en la pradera, término del paseo, se reunieron con otros grupos juveniles que hallaban diversión en un sinfín de juegos y de ejercicios en que el vigor físico decidía la victoria. El tonelero Martín, no menos curioso que los demás, se abrió paso a codazos para ver más de cerca al feliz vencedor, objeto de los interminables vítores de la concurrencia. Éste no era otro que Conrado, que se llevaba todos los trofeos en la carrera y en la lucha, y se demostraba el más certero entre los tiradores. En aquel mismo momento Conrado, elevando la voz, retaba a un combate a espada a los más hábiles de sus rivales. A todos venció Conrado, que de este modo se llevó todos los honores de la jornada.

Iba el sol a su ocaso y las llamas rosadas del crepúsculo se extendían en el horizonte como una barrera de oro. El tonelero, Rosa y los dos artesanos se habían sentado cerca del chorro de una fuente que regalaba al césped frescor y fertilidad. Reinhold se había puesto a relatar múltiples recuerdos de la brillante Italia, en tanto que Federico estaba pendiente de las miradas de Rosa, en silencioso recogimiento. Conrado había venido con el paso tardo del hombre que vacila y que recela algo.

—Vaya, Conrado, acérquese de una vez —le había gritado maese Martín—. Ha sido para usted una tarde de éxitos francos y halagüeños. Mi parabién. Me satisface ver distinguirse en todo a mis oficiales. Aquí tiene usted sitio: ¡Acérquese!

Lejos de sentirse halagado por esta cordialidad, Conrado dejó caer sobre su patrón una mirada orgullosa y displicente.

—No es a usted a quien buscaba, y puede creer que no necesitaría permiso para sentarme a su lado si se me ocurriera. He vencido hoy a todos los que han querido competir conmigo, y ahora quiero suplicar a su hermosa hija que me otorgue como premio de mi victoria el ramo perfumado que adorna su pecho—. Y al decirlo puso humildemente la rodilla en el suelo delante de Rosa y la cubrió de una mirada ardiente—. Bella Rosa —le dijo luego— no me niegue este favor tan sencillo, pero precioso para mí.

La hija de maese Martín no pudo negarse a un ruego tan cortés. —Es muy justo —le dijo— que un caballero de sus méritos obtenga algún recuerdo de la dama de sus pensamientos. Para usted es el ramo, pero ¡mire cómo se han marchitado ya las flores!

Conrado prendió en su sombrero aquellas flores después de cubrirlas de besos ardientes. El padre no parecía dar importancia a este primer tiento. —Ea —dijo— basta de niñerías, que ya ha anochecido y es hora de que volvamos a casa—. Pasó él delante, Conrado enlazó su brazo al de la joven con una galantería que contrastaba singularmente con las maneras bruscas que le eran habituales, y Reinhold y Federico siguieron en último término con ademán desabrido, teñido de mal humor. Y los paseantes decían al verles: —¡Fíjense, ahí va el acaudalado tonelero Tobías Martín y sus bravos oficiales!

VIII


Desde la aurora del día siguiente, la linda Rosa, sentada a un lado de la ventana de su cuartito, soñaba dulcemente en la tarde anterior. La labor de tapicería se le había caído de las rodillas, sus manos blancas surcadas de azuladas venas se habían juntado como para orar, y su cabeza graciosa se inclinaba sobre su pecho. ¡Quién diría por qué regiones vagaban sus recuerdos! Tal vez le parecía oír resonar las tiernas canciones de Reinhold y de Federico, o prefería acaso imaginar a sus pies el bizarro Conrado que le pedía de rodillas, con la mirada ardiente y la voz acariciadora, el premio de las victorias obtenidas en los juegos del día anterior. Dejaba de balbucear unas notas para susurrar unas sílabas entrecortadas, como de quien sueña.

—¿Quiere usted el ramo? —Un ojo perspicaz hubiera sorprendido en sus mejillas un reflejo de un rosa más subido que de ordinario y debajo de los párpados casi cerrados unos vagos destellos que hacían palpitar sus pestañas de ébano, y hubiera adivinado el secreto de los suspiros que henchían su fino corpiño. Pero, he aquí que la señora Marta, la viuda de Valentín, entró en el cuartito, y Rosa, sobresaltada en el ensueño de sus recuerdos, se apresuró a contarle detalladamente la fiesta de Santa Catalina, y el paseo al atardecer por entre las matas en flor. Al cabo de la importante narración, la señora Marta le dijo, sonriente: —Quiero creer que eres dichosa, mi querida Rosa, de poder elegir entre los tres galanes.

—¡Por Dios! ¿Ha dicho usted tres galanes?

—¿Y por qué no? —insistía Marta—. ¿A qué tantos misterios a propósito de un asunto que salta a la vista? ¿Crees que pasa desapercibido el hecho de que los tres oficiales de maese Martín están prendados de ti con verdadera pasión?

—¡No me hable más de eso! —la interrumpió la joven, con los ojos bañados de llanto.

—Vamos, niña —repuso Marta, estrechando a Rosa en sus brazos—, no me ocultes la verdad. No puede haberte pasado por alto que los tres jóvenes se distraen del trabajo cuando apareces tú, y que sus martillos no dan en el clavo porque ponen en ti la mirada. ¿Acaso no sabemos que una muchacha se da cuenta en seguida de esas cosas? Bien sabes tú que Reinhold y Federico reservan sus más bellas canciones para las horas en que tú te sientas a trabajar al lado de tu padre. ¿Y no has notado tampoco el cambio que se ha obrado en Conrado, antes tan brusco y destemplado en sus modales? Cada mirada tuya hace a un hombre feliz, y a dos celosos. No me dirás que no sea agradable ver enamorados de ti a tres jóvenes, a cual más apuesto. Y si un día te acercaras a mí con miras y me dijeras: Aconséjeme, señora Marta ¿cuál de los tres merece mi mano y mis afectos?, ¿sabes lo que respondería, querida Rosa? Escoge tú misma y harás tu felicidad. Si fuéramos a discutir el mérito, Reinhold me es bastante agradable, Federico también y Conrado igualmente, aunque en cada uno hallaríamos algún defecto. Cuando les veo de la mañana a la noche trabajando con tan buenos ánimos, pienso a pesar mío en mi pobre Valentín y me digo que, si no era más hábil que ellos en el oficio, se entregaba a él más seriamente. Sólo se ocupaba de manejar la doladera o de ajustar según el arte las duelas, mientras que los tres oficiales de maese Martín se me antojan una gente que se ha impuesto voluntariamente una tarea, y que acaricia un plan que yo no veo todavía claramente. Con todo, criatura, si quieres creerme tu preferido sería Federico. Entiendo que es generoso y noble como el oro, y también me parece el más sencillo y el más cercano a nuestro modo de ser en sus maneras, su lenguaje y su línea de conducta. Y además me cautiva el progreso lento, silencioso, de su tímido amor. Hay en él la incertidumbre y el candor de un niño. Se atreve apenas a dirigirte la mirada; se sonroja cuando le hablas. Estas cualidades, querida, valen más que otras que las exceden en brillantez; y he aquí por qué este muchacho me atrae.

Al oír hablar así a la señora Marta, no pudo contener Rosa dos grandes lágrimas que brillaban en sus ojos hacía un rato. Se levantó y se acercó a la ventana para apoyarse en su alféizar.

—Amo a Federico, es cierto— dijo con una graciosa mueca— pero, ¿no es también digno de ser notado Reinhold?

—Tienes razón —exclamó la señora Marta—. Hemos de confesar que de los tres, es el de figura más aventajada. Nunca he visto otros ojos que centelleen como los suyos cuando te miran; pero hay un no sé qué de raro y de afectado en toda su persona que me causa un malestar indefinible. Me digo que un tal oficial hace demasiado honor al taller de maese Martín. Cuando habla diríase que hay música en lo que dice, y cada una de sus palabras te transporta más allá de la vida real; si intentas reflexionar sobre lo que acaba de decir, habrás de confesar que no has comprendido nada. Por lo que a mí atañe, le considero como a un ser de una naturaleza distinta de la nuestra, y hecho, en cierto modo, para vivir dentro de otras leyes. En cuanto a Conrado, el brusco Conrado, es una mezcla de pretensiones y de orgulloso que desdicen del delantal de cuero de un simple artesano. Cada uno de sus gestos es imperativo, como si tuviera el gobierno de la casa; y, efectivamente, desde que está aquí, el mismo maestro ha sentido los efectos de su ascendiente, hasta el punto de doblegar delante de él su voluntad de acero. Si olvidamos lo poco grato de su temple, es por lo demás el mejor de los hombres, y muy leal; llegaría a decir que prefiero su rudeza, su cerrilidad, a la exquisita elegancia de modales de Reinhold. Debe haber servido en la milicia, porque conoce muy bien el manejo de las armas y es capaz de unos ejercicios que no son propios de quien no hubiera sido hasta ahora más que un obscuro obrero... Pero me parece, querida Rosa, que te veo distraída, a cien leguas de lo que estoy diciendo. Vamos a ver. Tú, ¿cuál de los tres preferirías para novio?

—Es mucho preguntar —respondió la joven—. Todo lo que puedo decirle es que a Reinhold no le juzgo como usted hace.

Al oír esto la señora Marta se puso en pie, y moviendo la mano con gesto amable, resumió:

—Basta. Así, pues, será Reinhold el novio. Esto cambia todas mis ideas...

Le ruego —exclamó Rosa, acompañándola hasta el umbral—, le suplico que no haga suposición ninguna sobre lo dicho porque, ¿quién puede asegurar lo que será el mañana? Que la Providencia decida.

Desde hacía unos días una rara actividad animaba el taller del tonelero. Maese Martin se vio obligado, para atender a todos los encargos que iban llegando, a reclutar otros aprendices y jornaleros, y de la aurora a la noche los martillazos levantaban un ruido ensordecedor. Habíase confiado a Reinhold el cálculo de la capacidad del gran tonel encargado por Su Alteza el príncipe obispo de Bamberg. A esta labor de inteligencia y reflexión, Federico y Conrado le habían prestado el auxilio de la fuerza y destreza de sus brazos, y gracias a su celo se logró una ejecución tan perfecta que maese Martín no cabía en sí de gozo. Bajo su inspección los tres compañeros cuidaban de colocar los aros, y los martillos se enarbolaban y caían acompasadamente, mientras el anciano Valentín, el abuelo de los huerfanitos, pulía las duelas y la buena Marta compartía las horas entre las faenas caseras y la vigilancia de los chicos.

Era tal el ruido en el taller, que no habían notado los pasos del señor Holzschuer. El primero en darse cuenta de su entrada fue maese Martín, que se dirigió a él para preguntarle qué deseaba. —Dos cosas —respondió Holzschuer—. Ante todo, ver a mi antiguo alumno Federico, al que encuentro trabajando de lo lindo, y luego rogar a usted, querido maestro, que mande construir para mi bodega un tonel de los más grandes. ¡Toma! Según veo, están terminando uno que me conviene. Diga el precio.

Reinhold que después de un corto descanso volvía a su labor, oyó las palabras del señor Holzschuer, y respondió, poniéndose en lugar del maestro. —Abandone usted esta idea, querido señor; se trata de un encargo del respetable príncipe obispo de Bamberg, y nos lo ha pagado ya—. En verdad, no me es permitido cedérselo —reafirmó maese Martín—. Basta fijarse en lo escogido, en lo acabado de la labor para comprender que el tonel irá a una bodega de príncipe. ¿No se ha fijado usted? No piense más en él, como ya le ha advertido mi compañero. Le prometo para después de la vendimia un tonel que siendo más sencillo le servirá lo mismo.

El viejo Holzschuer, amoscado por los pretextos del maestro Martín, le replicó bruscamente que su dinero valía tanto como el oro del príncipe obispo de Bamberg, y que ya sabría él proveerse en otro sitio y más ventajosamente, de unos toneles no menos bien fabricados. Al tonelero le costaba contener su cólera; forzado a callar en presencia del señor Holzschuer que gozaba en Nuremberg de una gran autoridad, devoró su despecho, y miró alrededor buscando un pretexto cualquiera para desahogarse, cuando Conrado, que no estaba muy atento a la conversación, empezó a darle nuevamente al martillo, para ceñir las duelas con los aros. Volvió la cabeza maese Martín, y golpeando el pavimento con el pie, le increpó:

—¡Animal, estúpido! ¿Estás loco? ¡No comprendes que vas a romper el tonel más fino que haya salido de los talleres de Nuremberg?

—¡Oh! ¡Oh! —dijo Conrado—. Mi maestrillo se incomoda. ¿Y, por qué, si me diera la gana no puedo yo romper el famoso tonel?—. Y volvió a sus violentos martillazos, de manera que, saltando el aro principal por culpa de un golpe descentrado, toda la máquina quedó desajustada.

—¡Pero condenado! —aulló maese Martín, rebosando rabia; y arrebatando de las manos del viejo Valentín una duela que éste estaba puliendo con el cepillo, descargó un rudo golpe sobre la espalda de Conrado, dejándole aturdido; pero después de esta primera impresión relampaguearon los ojos del joven, y rechinando los dientes exclamó con voz ronca

—¡Toma!

Había cogido la doladera más grande que tenían en el taller y la lanzó con todas sus fuerzas contra el maestro. Federico tuvo escasamente tiempo para apartarse, y el acero afilado, cuyo choque hubiera abierto el cráneo del anciano, sólo le alcanzó el brazo. Brotaba sangre de la herida; el tonelero perdió el equilibrio, y dando un tumbo por encima del banco de uno de los aprendices dio con su cuerpo en el suelo.



Todos corrieron para sujetar a Conrado, cuyo furor se había exasperado delante del mal que acababa de hacer. Acrecentadas sus fuerzas por la cólera, se le veía dispuesto a quitarse de delante cualquiera resistencia; enarbolando la doladera ensangrentada iba a descargar un segundo golpe, cuando acudió Rosa, pálida como la muerte, al oír la barahúnda. Su aparición desarmó a Conrado, quien, arrojando lejos de sí la doladera, cruzó los brazos sobre el pecho y permaneció unos momentos inmóvil como una estatua. Después una íntima conmoción le hizo volver en sí, y dando de pronto un aullido desgarrador salió disparado. Nadie le persiguió.

Los que habían sido testigos de la escena ayudaron a ponerse en pie al herido, y reconocieron que, por suerte, la doladera sólo había rozado las carnes. El viejo Holzschuer, refugiado detrás de un montón de tablas, se decidió a reaparecer y soltó una diatriba contra los oficios que ponían en manos de la gente común instrumentos mortíferos, y aconsejó a Federico que abandonara el taller y volviera a su primer oficio, al arte de fundir y cincelar los metales. En cuanto a maese Martín, al volver en sí y ver que había salido del apuro con poco más que el susto, se limitó a lamentarse del perjuicio causado al tonel de Su Alteza el príncipe obispo de Bamberg.

Después del suceso, maese Martín y el señor Holzschuer se fueron en silla de manos, y Federico y Reinhold volvieron a pie a la ciudad. Por el camino, ya casi de noche, oyeron cerca de un seto una voz gemebunda, que les pareció reconocer y un alto espectro se levantó de una zanja, tan bruscamente, que los dos amigos retrocedieron asombrados. Era Conrado quien les salía al paso. Desolado de su acto y de los resultados irreparables que suponía para su porvenir, les dijo: — ¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós! No me veréis más. Sólo os ruego que digáis a Rosa que la amo, y procurad que no maldiga mi memoria. Decidle que guardaré su ramo sobre el corazón toda mi vida. ¡Adiós, adiós, mis buenos camaradas!—. Y desapareció a campo traviesa—. El pobre Conrado no parece mal hombre —dijo Reinhold a su amigo—. Pero hay en él algo raro y misterioso, y su conducta no puede juzgarse según las reglas de la moral ordinaria. Tal vez con el tiempo conoceremos el secreto que nos oculta.

IX


Desde aquella fecha reinaban en el taller de maese Martín el aislamiento y la tristeza. Reinhold había perdido su afición al trabajo y se pasaba horas enteras encerrado en su cuarto; maese Martín llevaba el brazo en cabestrillo y sólo de tarde en tarde abría la boca para maldecir al malvado forastero. Ni Rosa ni la señora Marta con sus chicos se atrevían a permanecer en el taller donde había tenido lugar aquella sangrienta escena. Y así como, al aproximarse el invierno, se oye algunas veces el hacha de un leñador solitario que rompe el silencio de los bosques, ahora se oía de sol a sol el martillo de Federico, que sin ayuda y lentamente iba dando remate al tonel para el obispo de Bamberg.

La melancolía y el abatimiento se cebaban en el alma del joven. Rosa no ponía los pies en el taller desde que Reinhold, bajo pretexto de enfermedad, permanecía en su habitación, y de esto deducía Federico que era su amigo el preferido de la joven. Anteriormente ya le había parecido observar que reservaba para él sus más graciosas sonrisas y sus mejores palabras. No cabía duda. Llegado el domingo, en vez de aceptar la invitación de maese Martín casi curado de la herida, a un paseo con Rosa por las afueras de la ciudad, salió solo, bajo el peso de todas las congojas de su pensamiento, hacia el collado donde por primera vez había visto a Reinhold. Se tumbó en el césped, y se dio a soñar en las decepciones de su vida. Las esperanzas se habían borrado una tras otra como estrellas errantes, y lloró sobre la pradera cuajada de flores, que se inclinaban bajo el rocío de las lágrimas, como apenadas de su dolor. Y luego, sin que pudiera explicarse cómo, los suspiros que la brisa se llevaba convirtiéronse en palabras y se puso a cantar su pena, como hubiera podido cantar su gozo:

«¿Adonde has huido, estrella de mis esperanzas? ¡Cuan lejos estás de mí! Tu dulce brillo se ha borrado para alegrar otras miradas que te reclamaban. ¡Levantaos, tormentas nocturnas, menos terribles que las de mi corazón! ¡Sembrad a mi alrededor la tristeza y el luto! Mis ojos están anegados de lágrimas y sangra mi pobre corazón. ¿Por qué murmuráis tan tiernamente, olorosos bosques? Nubes de oro, velos del espacio, ¿a qué brillar con alegres destellos? ¡Ay, podréis derramar sobre mi tumba vuestros aromas y vuestras claridades! ¡La tumba es mi última esperanza porque en ella encontraré el sueño apacible de la eternidad! »

La voz de Federico iba reanimándose a medida que cantaba. Sintió en el pecho oprimido algún alivio, y su llanto era menos amargo. El viento de la noche susurraba en el follaje de los tilos jóvenes, los ecos misteriosos que circulan bajo los grandes bosques hacían llegar a su oído unos acentos dulces como palabras de un ser querido, y el horizonte ceñido de brumas de oro y púrpuras parecía instarle a que emprendiera las sendas de un porvenir más risueño. Federico se puso en pie, y volvió a bajar la pendiente bordeada de flores que conducía a la ciudad. Ya más calmado, evocaba otro atardecer en que seguía el mismo camino al lado de Reinhold, haciendo protestas de amistad perdurable. Recordando también la historia que entonces le contó aquél, a propósito de los dos pintores italianos, la expresión de sus ojos cambió como por encanto. Una luz de dolorosa certidumbre bañaba su pasado. Se persuadía de que Reinhold había amado a Rosa, y que fue este amor lo que le había devuelto a Nuremberg, bajo el techo de la casa del tonelero. La narración de la rivalidad amistosa de los dos pintores por obtener el laurel de oro le parecía simbolizar la rivalidad amorosa de la cual Rosa sería el galardón. Las palabras de Reinhold le volvían a la memoria y cobraban un sentido que antes no se le había manifestado. —Entre dos amigos— se dijo a sí mismo— no pueden prosperar ni el rencor ni la envidia. Será, pues, a ti, amigo cordial, a ti mismo a quien acudiré para saber si ha llegado la hora de que renuncie a toda esperanza—. Con estos pensamientos llegó Federico al umbral de la habitación de Reinhold. Pesaba un gran silencio en el espacio que el sol iluminaba con sus alegres rayos. Empujó la puerta, que estaba entornada, y entró, pero apenas había andado dos pasos quedó como clavado en el suelo, inmóvil como una estatua. Rosa, en la plenitud de sus encantos, le apareció magistralmente pintada en un retrato de tamaño natural; el tiento y la paleta apoyados en el caballete daban indicios de un trabajo reciente.

—¡Rosa! ¡Rosa! ¡Dios eterno!—suspiró Federico. En el mismo momento sintió que alguien le ponía la mano en la espalda. Era Reinhold—. ¿Qué opinas de este retrato? —le preguntó cariñosamente, con una sonrisa de felicidad—. ¡Eres un hombre muy superior a mí; eres todo un artista! —respondió Federico, abrazándole—. Ahora lo veo claramente. Tú mereces el premio que yo fui lo bastante loco para intentar disputarte. Porque yo tuve también un bello propósito de artista. Me había encariñado con la idea de fundir una estatuita de plata fina a la divina semejanza de Rosa. Ahora conozco lo insensato de mi orgullo. ¡Eres tú el único afortunado, el creador de la obra maestra! Repara cómo se anima su sonrisa con una vida celeste. ¡Los ángeles deben mirar así! Hemos luchado los dos para obtener lo mismo, pero son tuyos, Reinhold, el triunfo y el amor. A mí no me queda más remedio que abandonar este hogar y esta patria. Conozco que no he de ver nunca más a Rosa; no lo soportaría. ¡Perdóname, amigo! ¡Emprenderé hoy mismo mi triste peregrinación por el mundo, sin llevar conmigo nada más que mi amor y mi pobreza!

Con estas palabras Federico iba a salir, pero Reinhold se lo impidió con amistosa violencia. —Tú no saldrás de aquí —le decía con afectuosa instancia—, porque todo puede resolverse de modo muy distinto de como tú imaginas. No he de ocultarte por más tiempo el secreto de mi vida. Bien ves tú que no he nacido para ser tonelero, y la vista de este cuadro te ofrece la prueba de que no soy de los últimos entre los pintores. En los primeros años de mi juventud recorrí las ciudades de Italia para estudiar las obras de los grandes maestros. Mi talento desarrollado a base de una natural vocación, hizo que progresara rápidamente. Pronto vino a mí la fortuna del brazo de la gloria, y hasta el duque de Florencia me favoreció. En aquella época yo ignoraba todavía lo que ha producido el genio alemán, y hablaba sin conocimiento de causa de la frialdad, del desabrimiento de un Durero o de un Cranach, cuando cierto día un negociante en cuadros me puso delante una tela no muy grande del viejo Alberto: era una Madona, cuyo carácter sublime y cuya acabada ejecución me transportaron. En medio de mi entusiasmo comprendí en seguida que había algo mejor que la gracia amanerada del género italiano, y me decidí a recorrer los talleres de los pintores célebres de Alemania para iniciarme en los secretos de sus creaciones. A mi llegada a Nuremberg el primer objeto que impresionó mis ojos fue Rosa. Me pareció ver en la realidad a la bella Madona de Alberto Durero. Brotaba en mi alma un amor inmenso, como un incendio. Todo lo demás que en el mundo existía se borró de mi pensamiento, y me pareció que el arte, mi ocupación exclusiva hasta entonces, no tenía a partir de aquel momento otra misión que la de reproducir hasta el infinito los rasgos del divino objeto de mi pasión. Busqué los medios para introducirme en la morada de maese Martín. Me resultó de lo más difícil. Las astucias de que ordinariamente se valen los enamorados no hacían al caso. Iba a anunciarme abiertamente cerca de Tobías Martín y a pedirle la mano de su hija, cuando me enteré casualmente de que el honrado artesano había decidido formalmente que sólo aceptaría como yerno al más hábil tonelero de la comarca. No perdí el ánimo ante aquel obstáculo. Partí para Estrasburgo, donde aprendí el penoso oficio, dejando al cuidado de la Providencia la recompensa de mis esfuerzos. De lo restante tienes ya noticia. Una sola cosa me queda por revelarte, y es que no hace mucho, en un acceso de humor feliz, maese Martín me vaticinó que bajo sus auspicios llegaría a ser un famoso tonelero, y que le sería grato verme un día casado con su linda hija, que no me miraba con indiferencia, según él.

— ¡Ah, bien lo veo, es a ti a quien ama! —le interrumpió Federico—. Para ella yo no soy más que un modesto obrero, y en cambio, ha adivinado en ti el artista.

—¡Vaya, querido hermano, estás delirando! —repuso Reinhold—; no tienes en cuenta que Rosa no se ha pronunciado hasta la fecha por ninguno. Sé muy bien que se ha portado conmigo afablemente, pero de esto al amor hay un buen trecho. Prométeme, hermano, que permanecerás aquí otros tres días, en perfecta calma. He dejado a un lado los toneles, pero es que desde que me ocupo de esta pintura, todo lo que me distrae de ella me fastidia, y me siento cada vez menos dispuesto a proseguir en las tareas abrumadoras de un obrero.

Estoy decidido a echar a todos los diablos la doladera y el martillo. Dentro de tres días podré revelarte sinceramente las disposiciones de Rosa. Si me ama, continuarás tu ruta, y verás cómo el tiempo cura todas las penas, aun las que parten el corazón, como vulgarmente se dice—. Y Federico le prometió que esperaría.

Tres días más tarde, al anochecer, Federico volvía lentamente a la ciudad, después de su jornada de trabajo. No sin inquietud evocaba algunas torpezas que le habían valido reprimendas de parte del maestro. Había notado también que éste parecía preocupado, como removido por una íntima tristeza, y había podido entresacar de sus conversaciones los términos «cobarde intriga»..., «bondad mal recompensada». Pero no le había dado a él en particular ninguna explicación, y Federico no sabía qué pensar de ello cuando encontró cerca de los portales de Nuremberg un hombre a caballo. Era Reinhold.— ¡Ah! —exclamó éste—. Llegas a propósito. He de decirte muchas cosas—. Y, poniendo pie a tierra y cogiendo con una mano la brida de su caballo, mientras con la otra estrechaba la de su amigo, echaron a andar por entre los campos. Lo primero de que Federico se dio cuenta fue que Reinhold llevaba el mismo traje que el día de su primer encuentro. El caballo, enjaezado como para una larga ruta, llevaba a la grupa la valija de las ropas. —Considérate feliz, amigo —dijo Reinhold, con una voz de la que se traslucía un no sé qué de rudo y amargo—. Considérate feliz de manejar a tus anchas la garlopa y el martillo. Yo abandono desde estos momentos el reino de los toneles; acabo de despedirme de la bella Rosa y del respetable maestro, su padre...

— ¡Cómo! —exclamó Federico, estremeciéndose como si el rayo hubiera estallado por encima de su cabeza—. ¿Te pones en marcha cuando maese Martín te acepta como yerno y cuando Rosa te ama?

—Una fantasía más de tu cerebro de hombre celoso —dijo Reinhold—. Sólo sé que Rosa me hubiera aceptado por obediencia a su padre o por temor de él, pero el corazón no entiende de imposiciones, y el de Rosa no late por mí. Si así no fuera, yo hubiera llegado a ser tan buen tonelero como cualquier otro: seis días de la semana cepillando, poniendo aros, calculando capacidades, y el séptimo dándome importancia y luciendo las gracias de mi esposa en un banco de la iglesia de Santa Catalina o de San Sebaldo y luego, al caer la tarde, paseando buenamente por el césped en flor.

—No hagas burla —repuso Federico— de las costumbres sencillas y apacibles. La dicha circula sin ostentación dentro de los cauces ordinarios.

—Tienes mil veces razón —replicó Reinhold—, pero no me interrumpas. He hallado la oportunidad de confesar a Rosa mi afecto, y sé que su padre consentiría nuestra unión. Al decírselo he visto asomar lágrimas a sus ojos, y he sentido el temblor de su mano dentro de la mía. Como evitando mi presencia, me ha respondido: —Señor Reinhold, yo obedeceré las órdenes de mi padre—. Me he guardado de hacerle más preguntas, porque una claridad súbita ha iluminado mi alma y he reconocido, afortunadamente, que el amor a la hija del tonelero era un puro sueño de mi entusiasmo. No amaba a Rosa, sino a un ser ideal de que ella me había ofrecido una copia que yo, con pasión de artista, no cesaba de crear de nuevo. He comprendido que estaba enamorado del retrato, de una visión, de una belleza fantástica, y he vislumbrado, con un sentimiento de asqueo de mí mismo, el lastimoso porvenir que me esperaba cuando me habría cargado encima el título de maestro en el oficio y el peso de un hogar doméstico. Lo que yo amaba en la linda Rosa era una imagen celeste, adornada en mi interior de un destello divino, y que mi arte está llamado a vitalizar en las creaciones que sembraré a mi alrededor. El sino del artista es adelantarse al porvenir sin pararse en el camino para coger las flores. ¿Cómo podría yo renunciar a los triunfos del arte y pisotear los laureles que me promete? ¡Salve, tierra de las artes y del genio clásico, oh Roma, que me llamas en la lejanía! ¡Pronto volveré a verte!

Así llegaron los dos amigos a un sitio en que el camino se bifurcaba; Reinhold siguió el de la izquierda. —. ¡Adiós! —dijo a Federico, abrazándole—. Adiós, amigo. Separémonos. ¿Quién sabe si será para siempre?

Reinhold montó en su caballo, lo espoleó, y sin volver la vista atrás dejó a Federico, que permaneció largo rato en aquel sitio clavados los ojos en la carretera desierta, y volvió luego a casa con el corazón oprimido, agitado por sordos presentimientos, sintiendo la semejanza de la separación con la muerte.


X


Al cabo de un tiempo, maese Martín, taciturno, daba la última mano al tonel del obispo de Bamberg. Federico, conmovido por la partida de Reinhold, trabajaba a su lado sin pronunciar una sola palabra. Por fin, el maestro arrojó el martillo, cruzó los brazos y dijo a media voz: —Ya no tenemos a Reinhold; ha seguido el camino de Conrado. Era un pintor como hay pocos, pero tenía la pretensión de burlarme. ¿Quién adivinaría un zorro tal debajo de su aspecto tan franco? El pájaro ha abandonado el nido; que al menos Federico permanezca fiel: vale mucho para el trabajo y no es pretencioso. Quién sabe lo que puede suceder. Si llegaras a ser, muchacho, un hábil maestro en el oficio, y si supieras agradar a mi Rosa... veríamos, veríamos...—. Y al decir esto recogió el martillo y volvió a su tarea. Las palabras del viejo tonelero habían despertado en Federico una cálida emoción que recorría todo su ser, pero al mismo tiempo un indefinible descorazonamiento le quitaba toda esperanza. Rosa que no había puesto los pies en el taller desde hacía muchos días, compareció ahora, con el rostro bañado de una tristeza mal disimulada, con señales de lágrimas recientes. —La causa de su llanto —se dijo Federico— es la partida de Reinhold—. Y esta idea le partía el corazón, y le impedía alimentar esperanzas.

Entretanto el tonel gigante se había terminado, y delante de su obra el tonelero sentía revivir la alegría de antaño. —Sí, hijo mío —dijo a Federico, golpeándole amistosamente la espalda— si logras construir una pieza que se asemeje a ésta, y si agradas a Rosa, serás mi yerno, lo cual no te impedirá practicar el arte del canto y reunir así una excelente doble fama.



Como sea que de todas partes llovían encargos para su taller, maese Martín se vio obligado a reclutar dos nuevos oficiales de probada destreza, pero tocante a la conducta todos ellos eran unos verdaderos perdularios, bebedores y turbulentos en grado máximo. En el taller del tonelero resonaban ahora bromazos y canciones tan groseras que Rosa hubo de abstenerse de volver a él. Federico se sentía aislado. Al verla de paso algunas veces suspiraba, poniendo en la muy amada una mirada de fuego con la que parecía decir: —Ya no es la misma Rosa de los días de Reinhold, tan buena y encantadora—. Pero la joven bajaba los ojos y su rubor parecía contestar: —Señor Federico ¿tiene algo que decirme?—. Eran unos instantes no muy frecuentes en que el pobre joven quedaba sin voz y como petrificado y Rosa desaparecía como el relampagueo sin malicia de ciertas noches de verano que los ojos admiran fugazmente.

Maese Martín no cesaba de instar a Federico para que se dispusiera a preparar la obra que había de lograrle la categoría de maestro. Había seleccionado él mismo la cantidad suficiente de tablones de roble sin venas ni nudos, que contaban más de cinco años al abrigo de la humedad o de la sequedad excesivas. Únicamente el anciano Valentín estaba autorizado para prestar ayuda a Federico. El pobre muchacho, ya hastiado de aquel oficio que le forzaba a codearse con los nuevos compañeros de taller, se desanimaba, le faltaba la seguridad en la empresa, cuyo fracaso disipa todas sus ilusiones de felicidad. Un vago instinto que no podía definir le repetía sin tregua que estaba condenado a sucumbir bajo el peso de su tarea, y de pronto se sentía avergonzado de haberse sometido a una labor manual que repugnaba a las delicadezas de su alma de artista. La desgracia de Reinhold no se borraba de su memoria. Para substraerse a la obsesión dolorosa de sus temores, fingía de vez en cuando una indisposición. Abandonaba el taller y corría a la iglesia de San Sebaldo, donde permanecía entregado horas enteras a la contemplación de las obras maestras del cincel del maestro Pedro Fischer. —¡Dios eterno! —exclamaba—. ¿No es la suma felicidad en la tierra imaginar cosas tales y tener en sí la fuerza de realizarlas?—. Y cuando, al salir de esos éxtasis, la realidad le amarraba a las duelas y los aros del taller del tonelero, cuando pensaba que sería Rosa el premio de un miserable tonel fabricado con más o menos ingeniosidad, sentía arder en su sangre la desesperación y temía perder la cabeza. En sueños le aparecía Reinhold y le ponía delante modelos inimitables, cuya realización hubiera inmortalizado a quien los echara en un molde. En esos maravillosos dibujos el motivo invariable era la figura de Rosa, en el marco de las más preciosas combinaciones de flores y de follaje, que parecían animarse, reverdecer y florecer, y el metal reflejaba como un límpido espejo la imagen de la joven adorada; Federico le tenía los brazos, dándole los nombres más cariñosos, pero cuando creía tenerla al alcance de las manos, el cuadro ficticio se disolvía como una bruma. Al despertar, el pobre Federico detestaba más todavía su triste porvenir de tonelero. Un día se le ocurrió ir a confiar sus cuitas al que fue su maestro, Juan Holzschuer. Encantado de ver de nuevo a su alumno predilecto, puso a disposición de Federico su taller para cincelar una obra de pequeñas dimensiones, para la que Federico venía reuniendo desde hacía tiempo el oro y la plata. Con tal fervor se entregó a la obra, que llegó a abandonar casi por completo el taller del famoso tonelero, y pasaron meses sin que se volviera a hablar de su obra maestra, llamada a rivalizar con el tonel del obispo de Bamberg. Pero amaneció un día, y maese Martín le dio tanta prisa que, quieras que no, tuvo que manejar de nuevo la doladera y el martillo. Ya en marcha la obra, quiso maese Martín examinar lo hecho pero se encendió en cólera a la vista de las piezas. —¿Qué es eso? —exclamaba—. ¡Vaya chapucería, mi pobre Federico! Ni un aprendiz de tres días tallaría la madera de ese modo. ¿Qué diablo te ha movido la mano para echar a perder la mejor madera de roble que yo haya tenido desde hace mucho tiempo? ¿Y es ésta tu obra maestra...?

Federico no soportó los reproches exagerados del maestro. Echando las herramientas al extremo opuesto del taller, exclamó: —Bien, maestro, hemos concluido. ¡No; ni que me fuera la vida, ni que esto significara mi hundimiento en la peor miseria, no trabajaré en ello un día más! Renuncio a esta profesión abominable, para la cual no he nacido. ¡También yo soy artista! También yo amo con pasión, con delirio, a su hija. Por amor me conformaba a pasar por tan odiosa prueba. Ahora veo que he malogrado mi propia dicha y toda esperanza. Esto será mi muerte, pero moriré artista y dejaré algún recuerdo de mi existencia. Ahora mismo volveré a casa de mi digno maestro Juan Holzschuer, a quien en mala hora abandoné.

En los ojos del tonelero se encendieron unas llamas rojas cuando oyó a Federico oponerse con tal viveza a sus planes. —¡Ah!, ¿tú también? —exclamó—. ¿También tú me engañabas? ¡Es mejor que lo confieses, tunante! ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!—. Y, sin darle tiempo de sincerarse, le agarró por las espaldas y le arrojó fuera entre grandes aplausos de oficiales y aprendices que habían sido testigos de la escena. El anciano Valentín, juntando las manos, y con la frente pensativa, dijo a media voz: — ¡Ya me temía yo que en este muchacho había algo por encima de las cualidades de un obrero vulgar!

La señora Marta, tan encariñada con Federico, y los chicos, a quienes solía repartir golosinas, no se consolaban de su partida.


XI


El taller del tonelero parecía más triste que nunca, y los oficiales recién contratados no hacían sino aumentar las preocupaciones del maestro. Obligado a velar por los menores detalles, maese Martín pasaba el día atosigado, y la noche turbado por insomnios crueles.

—¡Ah, Reinhold...! ¡Ah, Federico...! —repetía—. ¿Por qué me habéis engañado de este modo? Yo no exigía más que unos obreros laboriosos y de honesta conducta—. Se le veía agotado, y estuvo a punto varias veces de sacrificar su oficio y resignarse a languidecer hasta perder la vida.

Una noche estaba sentado delante de su casa, engolfado en tristes cavilaciones, cuando vio llegar al señor Paumgartner acompañado de Juan Holzschuer. Adivinó que iban a hablarle de Federico. Paumgartner empezó a deshacerse en loanzas del joven artista, y ambos acabaron encareciendo a cual más las excelentes facultades de Federico, al cual auguraban un brillante porvenir. Rogaron al tonelero que desistiera de sus prejuicios y que no dejara de conceder la mano de su hija a un joven que después de todo era capaz de hacerla dichosa y honrar a su suegro. El tonelero les dejó hablar, y luego se quitó lentamente el gorro de piel y respondió con toda tranquilidad: —Señores míos, su interés por lo que a ese mozo se refiere es tan grande, que bien he de perdonarles algo, siquiera para corresponder a la solicitud con que abogan por él. Pero no puedo, en principio, renunciar a mis designios. En lo que al casamiento atañe, no podrá haber nunca nada de común entre Federico y mi hija.

Como apoyara en cada sílaba al formular estas afirmaciones, Rosa se precipitó en la habitación, pálida, temblorosa, y puso sobre la mesa una botella del famoso vino de Hochheim y tres vasos. —Entonces —repuso el señor Holzschuer— ¿he de dejar que ese pobre Federico se ausente, como en su desesperación ha resuelto? A pesar de todo, vea usted, querido maestro, esta labor de cincel que ha llegado a término en mi taller, delante de mí, y dígame, si se atreve, que no hay en el muchacho la pasta de un gran artista. Es un recuerdo de despedida que le ruega permita que dedique a su hija, si ella lo acepta. Pero ¡fíjese qué finura de trabajo!—. Y el señor Holzschuer sacó del bolsillo una copa de plata deliciosamente labrada, y el tonelero, que se preciaba de ser hombre de buen gusto, se puso a examinarla por todos lados. Era realmente una pequeña obra maestra; la rodeaban ramos de vid y de rosal, y de cada rosa abierta surgía una figurita de ángel, cincelada con gracia perfecta; el fondo interior, chapado de oro, tenía por ornamento otras figuritas semejantes, y cuando se vertía en ella un chorro de vino dorado, los ángeles sonrientes parecían agitarse como para subir a la superficie—. He de reconocer que es una labor exquisita —dijo maese Martín— y me quedo con la copa, supuesto que Federico acepte en buenos ducados el doble de su valor—. Al decir esto llenó la copa y la vació de un sorbo... y he aquí que la puerta se abrió en aquel momento, y Federico, casi desfigurado por el sufrimiento y las lágrimas vertidas, apareció, inmóvil, en el umbral de la sala. Su actitud era la de un reo que se dispone a escuchar el fallo. Fue Rosa quien primero se dio cuenta de su presencia; dio un grito desgarrador y cayó como muerta en sus brazos.

Al tonelero le había resbalado de los dedos la copa, y poniendo en Federico una mirada impertérrita, como si hubiera visto una aparición, dijo, levantándose, con la voz conmovida: —¡Rosa! Dime, Rosa, ¿amas a Federico? —Más que a mi vida —respondió la pobre criatura con la voz quebrada—. Pues bien —dijo el tonelero no sin esfuerzo—, yo te perdono, muchacho... Abraza a tu prometida... ¡Sí, sí, a tu prometida!

Paumgartner y el viejo Holzschuer se miraban estupefactos, y prosiguió el padre en voz alta, pero como si hablara consigo mismo: —¡Dios de los cielos, es así como debía llegar a cumplirse la profecía de la abuela! ¿No tenemos aquí en realidad limpia casita y los ángeles de alas fulgurantes?... ¿Y qué es esta copa sino un tonel en pequeño? Todo se cumple a maravilla, ya que así me es dado consentir sin forzar mi voluntad. ¡Debí haberlo visto antes!

Fulminado por el gozo, Federico tuvo apenas la fuerza de estrechar más fuertemente sobre su corazón a la linda Rosa. —Mi querido maestro —exclamó, ya dueño de sí mismo— ¿será cierto que se digna aceptarme por yerno y me permite ejercer mi arte? —Desde luego —respondió el viejo—. Se ha cumplido en ti la predicción de la abuela. Huelga ya el acabar tu obra de maestría—. No, querido maestro —replicó Federico—. Permitidme que no renuncie a ella. Al contrario; estoy dispuesto a terminar mi tonel de dos cargas, que ofreceré a usted como testimonio de respeto a la profesión que usted hace ilustre y volveré luego a mis crisoles—. Este buen pensamiento te honra —dijo maese Martín con entusiasmo— Termina, pues, tu obra maestra. El día que le des el último martillazo será el de tu boda.

Federico echó el resto en su obra, y el tonel inmenso que salió de sus manos fue el pasmo de todos los maestros del gremio.

El tonelero Martín llegaba al colmo de su júbilo profesional. Se fijó el día de la boda, y la pieza de prueba, colmada de vino generoso y adornada de guirnaldas de flores, fue colocada en el umbral de la casa. Los maestros toneleros, acompañados de sus familiares y conducidos por el digno consejero Paumgartner, y los maestros orfebres se reunieron en brillante cortejo para asistir a la iglesia de San Sebaldo. Al ponerse en marcha, un ruido de herraduras y unos acordes de música llegaban a la casa de maese Martín. Éste, corriendo al balcón, reconoció al señor Enrique de Spangenberg al lado de un joven y brillante caballero, con el acero al cinto y la toca adornada de plumas flotantes y de piedras preciosas. Cabalgaba cerca del joven una dama de belleza admirable, y detrás de esos tres personajes iba un numeroso séquito de criados vestidos de distintos colores. Cesaron de tocar los instrumentos músicos, y el viejo Spangenberg, levantando la cabeza, exclamó: —¡Eh! No es por su bodega que paso por aquí. Es por la boda de su hija. ¿Se dignará recibirme, querido maestro?

Algo confuso por el recuerdo que evocaban estas palabras, maese Martín bajó con toda la presteza que le permitían sus piernas y recibió con grandes saludos a su noble visitante. La hermosa dama y el caballero se apearon de sus caballos y entraron en la casa. Pero, apenas el honrado tonelero hubo puesto los ojos en el joven hidalgo, retrocedió tres pasos, vacilando. —¡Cielos! —exclamó, juntando las manos—. ¡Es Conrado!

—El mismo —dijo el joven, sonriendo—. Soy Conrado, su oficial de otros días. Perdone, querido maestro, cierta herida cuyo recuerdo no se ha borrado de mi corazón. Aquel día hubiera podido matarle, porque me había tratado con rigor—. El tonelero le aseguró que fue una suerte que la doladera no hiciera más que rozarle la carne, y rogó luego a sus huéspedes que entraran en la sala, donde se hallaban reunidas para la ceremonia los novios y sus amistades. La presencia de la bella dama fue saludada con un murmullo de admiración. Todos se dieron cuenta de que era pasmoso su parecido a Rosa: hubiera podido tomárselas por gemelas.

Conrado se acercó muy galante a la hija del tonelero, y le habló con exquisita gracia en estos términos: —Permita, querida joven, que Conrado participe hoy de su felicidad; dígnese decirle que olvida sus bruscos arranques de otros días, y que los perdona como ha hecho su padre—. Y como Rosa no acertara a contestar y maese Martín y los invitados se miraban aturdidos, el señor Spangenberg tomó la palabra para poner fin a la situación: —¿No le parece un sueño? Sí, éste es mi hijo Conrado y ésta su encantadora novia, cuyo nombre es Rosa, el mismo de la linda hija de maese Martín. ¿Recuerda, querido maestro, aquel día en que conversando con usted al lado de una botella del mejor vino añejo, le pregunté si negaría la mano de su Rosa a todos, incluso a mi hijo? Tenía para ello mis razones. Ese casquivano enloquecía por ella, hasta el punto de que me obligó, para no desesperarle, a encargarme yo del asunto. Cuando, con intención de curarle, le describí el recibimiento que usted me había hecho, y le pinté su raro capricho en relación con el que debía ser su yerno, mi Conrado no halló mejor solución que colarse en el taller de usted para ver más de cerca a Rosa con el designio de substraerla el mejor día a su tutela. Tuvo usted la suerte de que un golpe de duela en las espaldas rompiese las alas a aquel amor. Me felicito de ello. Mi hijo, para no ser del todo infiel a su primera inclinación, se ha prendado de una noble heredera que lleva el nombre de Rosa, como la hija de usted, y además tiene con ella un gran parecido.

En este punto la noble joven se acercó a Rosa, le puso un collar de perlas de gran valor, y sacando del seno un saquito de flores marchitas: —Tome usted— le dijo—, éste es el ramo que ofreció usted un día a Conrado y que él ha guardado con cariño. ¿No le molestará a usted que me lo haya dado? Según me dijo es de lo más preciado que poseía—. Las pálidas mejillas de la hija del tonelero se tiñeron de púrpura. —¡Ah, noble dama —dijo a media voz—, es usted la única a quien el joven hidalgo debía amar! Estoy segura de que la conoció antes de pensar en mí. Lo que pudo hacerme merecedora de su atención durante corto tiempo era solamente que mi nombre era el mismo de usted, y que algunos de mis rasgos eran parecidos a los suyos. Era el recuerdo de usted lo que en mí buscaba. Pero, no le guardo rencor.

Al disponerse el cortejo a salir de la casa del tonelero Martín, un apuesto joven que vestía con elegante soltura rico traje de corte italiano, se echó en brazos de Federico: —¡Reinhold! ¡Mi Reinhold! —exclamó el novio, y los dos amigos se abrazaron. Martín y su hija participaban de este gozo—. ¿No te dije —exclamó el artista— que la dicha resurgiría al golpe de tu martillo? Llego a tiempo de compartir contigo el júbilo y te traigo mi regalo de boda.

Comparecieron dos criados, y descubrieron a los ojos maravillados del concurso una pintura magnífica que representaba a maese Martín con Reinhold, Federico y Conrado trabajando en el tonel destinado al príncipe obispo de Bamberg, en el acto de aparecer Rosa en medio de ellos. —He aquí tu obra maestra —dijo Federico con la sonrisa en los labios—. La mía queda abajo, colmada de vino. Pero otra veréis todavía si tenéis paciencia— Me he enterado de todo —repuso Reinhold y te juzgo más dichoso que yo. Sé fiel a tu arte, que se aviene mejor que el mío con la vida sosegada y los hábitos sedentarios de una buena pareja. ¡La dicha, amigo mío, ha de buscarse únicamente por cauces razonables!

En el festín nupcial, Federico se sentó entre las dos Rosas, y frente a él maese Martín, que tenía a sus lados a Conrado y Reinhold. A los postres, el consejero Paumgartner llenó la copa de plata cincelada, obra de Federico, y bebió el primer sorbo en honor de maese Martín y de sus animosos oficiales. Y luego la copa dio la vuelta entre los convidados, que festejaron hasta la aurora los ricos licores de la excelente bodega del maestro entre los maestros toneleros.




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