E. T. A. Hoffmann



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VI


Cuando Federico despertó al día siguiente, no viendo en su lecho de heno al compañero, creyó que había emprendido solo el camino, cuando de pronto se le presentó Reinhold con el saco a la espalda y vestido de otro modo que la víspera. No lucía ya la flotante pluma en el sombrero, ni la daga corta y ancha en el cinto, y vestía una casaca de burgués, de corte muy ordinario. —¿Qué, no te parezco ahora un buen y franco artesano, tal como yo quiero ser? —le dijo—. Me parece que para un enamorado has dormido muy a pierna suelta. El sol ha hecho ya una buena carrera. ¡Arriba, muchacho, ánimo y buenas piernas!

Absorto en sus planes, Federico respondió apenas a las palabras de Reinhold, electrizado por una alegría singular, que no paraba de hablar, arrojando al aire su sombrero y haciendo cabriolas como un loco. Ya fuera de la aldea, la melancolía de Federico se fue acentuando hasta que el muchacho, deteniendo el paso, exclamó: —De buena gana dejaría de andar. La tristeza me oprime a no poder más. Déjame descansar un poco a la sombra de estos árboles—. Y al decirlo se dejó caer sobre el musgo como aniquilado. Reinhold se sentó también y volvió al tema del día antes—. Anoche —dijo—debí causarte extrañeza. Al hablarme de tu amor y de tus temores para el porvenir, sentía una agitación que a mí mismo no me explicaba; bullía mi cerebro y peligraba de enloquecer, si al encontrarte, como por milagro, tu canción no me hubiera calmado y consolado. Esta mañana me he levantado gozoso y con buenos ánimos; se han disipado los fantasmas, y he recobrado la calma y la serenidad de espíritu. Olvidado de todo lo demás, no veo sino la feliz casualidad que determinó nuestro encuentro, y me propongo ser fiel a la simpatía que experimenté por ti desde el primer momento. La amistad es un don del cielo y sus frutos no tienen precio. Y voy a contarte, a propósito de eso, una historia conmovedora que viví en Italia, en la época de mis estancias en aquel país. Escucha bien. Aconteció que un noble príncipe, amante de las artes y esclarecido protector del verdadero talento, había ofrecido un premio considerable a la mejor ejecución en pintura de un tema muy interesante, pero cuyos detalles estaban erizados de dificultades. Dos artistas jóvenes, unidos por una leal amistad, que habitaban y trabajaban en común, se presentaron al concurso. Para tentar el éxito reunieron sus mejores dotes en imaginación y en conocimientos prácticos. El mayor, que era el más hábil para el dibujo y la composición, hizo el boceto en un abrir y cerrar de ojos. Ante esa prueba de un espíritu dotado para la creación, el más joven se sintió descorazonado y hubiera tirado los pinceles si su amigo no le hubiera animado con enérgicos consejos. Cuando empezaba a pintar la tela, el más joven se desquitó desde el primer día con la finura de la pincelada y la ciencia del colorido, que llevaba tan lejos como pudiera exigirse al más experto artista. De esta asociación de dos talentos resultó que el más joven de los dos amigos presentó al concurso un cuadro de exquisita perfección de línea, mientras el otro, por su parte, logró una maravilla de ejecución como nunca había realizado. Terminadas las dos obras, los dos artistas se abrazaron felicitándose a porfía por el buen éxito que mutuamente se prometían. Él más joven se llevó el premio. —¿Cómo puedo aceptar yo el laurel de oro? —exclamaba—. ¿Qué sería de mi obra personal sin los consejos y los retoques de mi amigo?—. Pero el mayor le respondía: —¿No me has ayudado tú con los más atinados consejos? En cada una de nuestras obras hemos reunido lo que poseíamos entre los dos de experiencia y de imaginación para llegar a un éxito común. El triunfo de uno de nosotros no es de ninguna manera una derrota para el otro. La gloria cubre siempre a dos amigos como nosotros con un mismo laurel. ¿Y no crees, Federico, que el pintor tenía razón? ¿Podrán nunca los celos tener acceso a las almas honradas?

— ¡Claro que no! —exclamó Federico.—. Por eso nuestra amistad nació en el mismo momento que nos reunió, y dentro de algunos días nos ocuparemos en los mismos trabajos y en una misma ciudad. ¿Quién sabe si a no tardar rivalizaremos, cuidando cada uno de fabricar, lo mejor que pueda, sin fuego, un magnífico tonel de dos cargas para ganar la categoría de maestro? Que Dios guarde de la rastrera envidia a aquel de los dos que obtenga el menor número de votos.

— ¡Cómo! ¿Envidia? —replicó Reinhold, con alegre vivacidad—. Sólo pido que cada uno de nosotros preste ayuda a su compañero. Te advierto que en lo tocante a dibujo, conocimiento de las medidas y cálculo de la capacidad, hallarás en mí las más positivas instrucciones; además por lo que atañe a la elección de la calidad de la madera, descansa en mí; yo te guiaré en tu trabajo con verdadero celo, y no por el hecho de haber comunicado a un amigo los secretos de mi arte temeré que mi obra pueda resultar menos perfecta.

— ¡Ah, querido Reinhold! —le interrumpió Federico— ¿a qué viene hablar en estos momentos de obra maestra y de rivalidades? ¿Acaso ha llegado la hora de disputarnos la bella Rosa?... ¡En mi pobre cerebro van revueltas las ideas!

—¿Pero, quién ha hablado de Rosa? —dijo Reinhold, soltando una carcajada—. Creo que estás soñando con los ojos abiertos. ¡Ea! Prosigamos adelante, que no hemos llegado todavía al término de nuestro camino.

Federico y su amigo volvieron a emprender la marcha. Pararon en la primera posada que hallaron en uno de los barrios extremos de la ciudad. —Y ahora, ¿a quién ofrezco mis brazos? —dijo Reinhold—. A no ser que tú me hagas el favor de presentarme a maese Martín. Porque yo no tengo conocidos en la ciudad.

—¡Buena idea! —respondió Federico, faltándole tiempo para demostrar su gratitud—. Iremos los dos a hablar con él. A tu lado no sentiré tanto el miedo y no me turbaré como si fuera solo.

Después de acicalarse, salieron ambos de la posada, dispuestos a hacer una visita a maese Martín. Era domingo, y precisamente el día señalado por el rico tonelero para celebrar con un banquete la categoría gremial a la que le habían elevado. Eran poco más o menos las doce cuando nuestros dos jóvenes andantes entraban en su casa, donde tintineaban los vasos y las vajillas, y alegraban el aire las ocurrencias de los convidados.

Mal momento para visitas —exclamó Federico—. Al contrario —observó Reinhold—. En medio del júbilo que excita el vino generoso, los hombres son más tratables. Apostaría cualquier cosa a que maese Martín va a recibirnos muy bien—. Y efectivamente, el tonelero, al cual se habían anunciado, salió a recibirlos, sintiendo al parecer los efectos del vino en el andar, y con las mejillas rubicundas, y reconoció inmediatamente a Federico. —¿Eres tú, buen muchacho? —exclamó—. ¡Bien, bien!... ¿Has aprendido ya la noble profesión de tonelero? Recuerdo que ese loco del señor Holzschuer, cuando yo le hablaba de ti, pretendía que habías nacido para cincelar figuras y balaustres como los tenemos aquí en la iglesia de San Sebaldo y en Augsburgo, en casa de Fugger. A mí ninguno de esos cuentos me causaba sensación, y te felicito por haber tomado la decisión más sana. ¡Mil veces bien venido! —. Y al decir esto le dio un estrecho abrazo. El pobre Federico recobró el ánimo con esas muestras de afecto del tonelero, y se apresuró a aprovechar la ocasión para solicitar su admisión, y también la de su compañero en los talleres del maestro. —Una vez más celebro vuestra llegada —insistió el tonelero— ya que actualmente llueven encargos y los buenos operarios son raros. Descargaos de los sacos de viaje y acompañadme. El convite toca a su fin, pero algo queda y Rosa se encargará de trataros lo mejor que sepa—. Y entraron los tres en el comedor.

Rodeaban la mesa los venerables maestros del gremio de toneleros, en plena animación, bajo la presidencia del digno consejero Paumgartner. Estaban ya en los postres y borboteaba en tornasoles de oro el vino del Rin servido en grandes vasos. La conversación y las risas formaban un alegre coro que hacía retemblar los vidrios; pero al aparecer maese Martín entre los dos compañeros, que presentó a los concurrentes, todas las miradas fueron a ellos, y se hizo el silencio como por encanto. Reinhold paseaba a su alrededor una mirada segura, pero Federico con los ojos bajos, parecía turbado. El tonelero les colocó al cabo de la mesa, y aquel sitio, el más humilde un momento antes, se convirtió en envidiable lugar de preferencia al sentarse la linda Rosa entre los dos nuevos convidados, a los que cuidó de ofrecer los mejores vinos y los más delicados platos.

Al lado de aquella graciosa criatura, Federico lograba apenas contener su emoción, y con los ojos fijos en el plato lleno, porque no le era posible probar bocado, decía mentalmente un sinfín de cosas tiernas a la amada. Reinhold era muy distinto; vividor, seguro de sí mismo, sabía apreciar todas las gentilezas de la niña. Rosa no podía defenderse de un íntimo placer al oírle detallar los incidentes de sus viajes; le parecía ver surgir en formas reales las anécdotas que contaba de su vida. Instintivamente su corazón se dejaba seducir por el encanto de aquel carácter excéntrico, y no tenía ni fuerza para retirar la mano que Reinhold había cogido varias veces, apretándola de un modo muy significativo.

Entretanto, instado por su amigo, Federico acabó por beber un vaso entero de vino del Rin. El calor de este líquido le subió a la cabeza y le soltó la lengua; animáronse sus venas y la sangre corría con más rapidez. — ¡Dios mío, qué feliz me siento! ¡Qué bienestar inefable! —. La hija de maese Martin no pudo contener una sonrisa maliciosa—. Rosa —prosiguió Federico— ¿sería atrevido creer que se ha acordado de mí alguna vez? —¿Cómo podía olvidarle? —respondió la joven—. Recuerdo los días de mi infancia, cuando le agradaba jugar conmigo, y he conservado cuidadosamente el cestillo de hilo de plata que me dio una vez por Nochebuena.

—¡Amada Rosa! —exclamó Federico, olvidado de todo lo demás. Sus ojos ardían, y sentía oprimido el pecho—. Esperaba su vuelta con impaciencia —prosiguió Rosa—. Pero, lo que no sé imaginar ni comprender es cómo, habiendo ejecutado ya entonces obras tan acabadas, bajo la tutela de maese Holzschuer, haya podido abandonar la carrera de artista y transformarse en un simple oficial tonelero.

— ¡Pero si lo hice por usted! —le interrumpió Federico con entusiasmo—. Únicamente por usted me he sacrificado!—. Apenas lo había dicho se sonrojó y se turbó como si hubiera soltado una afirmación extemporánea. Realmente había algo de imprudencia en el fondo de esta confesión a quemarropa. Ruborizada a su vez, Rosa que lo había comprendido muy bien bajó los ojos, y no se la oyó más hasta que una feliz coincidencia vino a sacarla de aquella embarazosa situación. El señor Paumgartner, golpeando la mesa de roble con su cuchillo para que cesaran las conversaciones, anunciaba que maese Vollard, el más notable de los maestros cantores de la ciudad, iba a entonar una canción.

El aludido se levantó al punto, tosió, escupió, se sonó, se pavoneó, y con voz llena y sonora atacó un canto nacional compuesto por Hans Vogelgesang. Todos los comensales se sentían electrizados y el mismo Federico recobró el aplomo propio de la juventud. Luego que maese Vollrad hubo cantado diversas piezas, invitó a los concurrentes a que a su vez quisieran cantar. Reinhold fue por su mandolina, y después de unos suaves acordes se desplegó en este Lied:

«¿Dónde está la fuentecilla que da el buen vino? En las sombras de un tonel. De allí salen las ondas de oro que se transforman en el vino que rebulle en nuestros vasos. ¿Quién ha creado el precioso envase de amables chorros áureos? El arte del tonelero es su creador. ¡El tonelero se regocija al beber su vino, y son los compañeros del tonelero el vino generoso y el amor casto y puro!»

Vivos aplausos cubrieron la voz del que cantaba, pero en todo el auditorio nadie parecía gozar como maese Martín; sin hacer caso del comentario lleno de celos de Vollrad, empeñado en sostener que el método de Reinhold participaba de las imperfecciones de Hans Müller, llenó el mayor de los vasos que había en la mesa y levantándolo exclamó:

—¡Acércate, buen compañero y alegre maestro cantor; bebe un trago en el vaso de maese Martín! —Reinhold obedeció y al volver a su sitio instó en voz baja a Federico para que diera a conocer también sus méritos, cantando lo que el día anterior le había cantado. —¡Vete al diablo! —murmuró Federico, con un ademán de impaciencia. Sin hacerle caso, Reinhold se levantó y anunció en voz alta: —Venerables maestros y señores, aquí está mi querido amigo Federico, que domina mejor que yo un repertorio de baladas y canciones con las que os regalaría, si no fuera que el polvo del camino que acabamos de hacer le ha puesto algo ronco. Será, pues, si lo permiten, para la próxima reunión—. A estas palabras colmaron de atenciones y cumplidos a Federico, y algunos hubo entre aquella buena gente que pretendían, aún sin haberle oído, que su voz estaba muy por encima de los méritos de su amigo Reinhold. Maese Vollrad, después de embuchar un enorme vaso de vino, pretendió que el método de Reinhold se parecía demasiado al insulso género italiano y que el de Federico, en cambio, era fiel al tipo nacional alemán. En cuanto a maese Martín, se había hundido en su sillón, con la cabeza echada atrás, según su hábito, y golpeándose mesuradamente la barriga con los dedos exclamó: —Señores míos, verdaderamente ahí tenemos a mis oficiales, los alegres compañeros de mesa y de trabajo de maese Tobías Martín, el tonelero más afamado de Nuremberg.

Los asistentes no hallaron nada que rectificar a esta declaración, y después de ahogar en el fondo de sus vasos lo poco que les quedaba de razonamientos y de equilibrio en las piernas, se separaron con paso vacilante para dirigirse cuanto antes a la cama. A Federico y a Renhold maese Martin les cedió en su casa un cuartito de muy buen ver.



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