E. T. A. Hoffmann



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IV


A maese Martín le dolió verle partir de este modo, y al tiempo que Paumgartner iba también a retirarse le dijo.: —¿Sabe usted que no sé explicarme por qué se ha molestado tanto el señor Enrique de Spangenberg?

—Querido Martín —respondió el Consejero—, es usted el hombre más bueno que conozco; y es natural que tenga apego a lo que le ha procurado honores y bienes de fortuna; pero cuide que este sentimiento no le desvíe alguna que otra vez. Ya esta mañana en la asamblea de los maestros de la corporación ha hablado usted de un modo que puede crearle enemigos. Por independiente que usted sea, ¿qué generosidad hay en rebajar a los otros? Y note también lo que acaba de suceder. No creo que pensara tomar en serio las palabras de Spangenberg, y no obstante, ¡con qué aspereza ha tratado de codiciosos y casi ventajistas a las personas de la nobleza que pudieran pensar en obtener la mano de la hija de usted! ¿No era preferible responderle lo que a la par que más cortés es más verídico, o sea que si él le hiciera una proposición tal vez usted se retractaría de sus cerrados prejuicios? Después de esto la despedida hubiera sido mucho más grata, y no por ello se comprometía usted a nada, ni quedaban vulnerados los que usted llama sus principios.

—Convengo en que he podido equivocarme, querido Consejero —dijo maese Martín—, pero no me negará que ese diablo de hombre me ha obligado a hablar más de la cuenta.

—Además —prosiguió Paumgartner—, ¿qué mosca le ha picado para que se empeñe usted en que ha de ser precisamente un tonelero el que se case con su hija? ¿No es herir las más sagradas leyes de la Providencia el poner condiciones a los más sinceros afectos de una joven? ¿No teme para usted y para su hija los peores resultados?

—Bien veo —respondió el tonelero moviendo la cabeza— que debí decirle la verdad desde el primer momento. ¿Ha creído usted que mi resolución de no aceptar para mi hija más marido que un tonelero se debe a un amor profesional exagerado? No; nada de eso. Hay un motivo oculto. Tome usted asiento, mi querido Paumgartner, y escúcheme mientras bebemos sin prisas el resto de la botella que Spangenberg ha abandonado en un arranque de mal humor.

Paumgartner no entendía nada de las atenciones de que se veía colmado y motivo tenía porque no se avenían con los hábitos del tonelero. Éste sin dejarle tiempo de analizarlo, empezó su relato:

—Otras veces le he contado cómo mi pobre mujer murió al dar a luz a mi Rosa. Vivía con nosotros, si puede llamarse vivir a la existencia que llevaba, una anciana abuela plagada de achaques, y para colmo de sus males paralítica. Un día Rosa dormía en los brazos del ama de leche, en el cuarto de la abuela, y yo contemplaba aquella criatura tan querida, con sombría y muda melancolía, y miraba luego a la pobre paralítica. De pronto, la faz descolorida y arrugada de ésta se tiñe de leve púrpura y ella extiende los brazos, como si acabara de obrarse un milagro, y articula estas palabras: —¡Rosa, mi buena Rosa!—. La nodriza le pone delante la criatura, y figuraos mi sorpresa mezclada de miedoso asombro, al oír que la abuelita entona con voz clara y vibrante una canción a la manera de Hans Berchler, el mesonero del Espíritu de Estrasburgo:

«Tierna criatura de mejillas de rosa, que justifican tu nombre, escucha mi consejo. Deja a un lado el orgullo, no critiques a nadie y guárdate de los deseos vanos. Presta oído a mis palabras si quieres que la flor de la dicha se abra en el camino de tu vida y que Dios te otorgue su bendición.»

Una vez terminada la canción y otras del mismo estilo, la abuela dejó en su cuna a la niña, y acariciándole la cabecita angelical con su mano demacrada y llena de arrugas, murmuró unas palabras que no pude comprender, aunque por la actitud adiviné que estaba rezando. Y volvió a caer en la modorra. Cuando la nodriza salía del cuarto con la niña, la abuelita daba el último suspiro, sin agonía.

— ¡Qué historia más rara! —dijo Paumgartner, una vez maese Martín hubo dado fin a la anécdota—. Pero, explíqueme, se lo ruego, qué relación ve usted entre los cantos de la abuelita y el porvenir de Rosa, a la que usted se empeña en dar por esposa a un tonelero.

—No me dirá usted que no comprenda —exclamó el tonelero— que las virtudes modestas que pidió la abuela a Rosa, no se compaginan más que con un hogar de diestros y honrados trabajadores. La vieja hablaba también en sus canciones de la casita limpia, del aire perfumado y de unos angelitos con alas de fuego. No menos elegante que aquella casita limpia resulta el tonel que un oficial fabrica para lograr el grado de maestro; las ondas perfumadas son los vinos generosos que lo llenan; y cuando rebulle y fermenta el vino, las burbujas que suben del fondo a la superficie ¿no se le figuran a usted los angelitos de alas encarnadas? Créame, aquí está el sentido de las palabras misteriosas que mascullaba la abuela. Y como que me satisface la interpretación, he decidido que Rosa no podrá casarse más que con un tonelero.

—Pero, ¿cree usted que basta interpretar a capricho unas palabras sin importancia, y resistirse en cambio a dejarse guiar por las inspiraciones oportunas de la Providencia? Mejor que nosotros sabe ella lo que puede hacernos felices. Lo más justo y juicioso, en mi opinión, sería dejar que el corazón de su hija diese con el hombre digno de ser su esposo.

— ¡Música celestial! —exclamó maese Martín, dando un puñetazo sobre la mesa—. He dicho, y lo repito, que Rosa está destinada a ser la esposa del mejor tonelero que me sea dado descubrir.

El doctor Paumgartner se sentía movido a la réplica contra la obstinación singular del tonelero, pero tuvo el buen sentido de reprimirse. Al levantarse para salir, le dijo:

—Las horas galopan; dejemos nuestros vasos vacíos y nuestras discusiones, que no lo son menos.

Cuando asomaban a la calle, una mujer joven, acompañada de cinco muchachos, se acercaba. —¡Dios mío! —exclamó Rosa—. ¡Habrá muerto Valentín, y ahí vienen su mujer y los chicos! —¡Cómo! —exclamó maese Martín— ¡Qué espantoso desastre! Era el más hábil de mis oficiales y el más honrado que he conocido. Se lastimó con la doladera hace unos días. La llaga se enconó y probablemente la gangrena y la fiebre se habrán llevado al pobre muchacho en sus mejores años—. Y como la viuda deplorara la amenaza de la miseria que pesaba sobre los chicos, exclamó maese Martín: —Pero, ¿puede usted imaginar que yo les abandone después que su marido ha muerto estando a mi servicio? No, buena mujer; no sucederá así mientras viva maese Martín y le conserve Dios su fortuna. Desde hoy les tengo como de familia. Mañana irá usted a establecerse con los chicos en mi taller, pasado el que llaman Portal de las Damas. Allí les veré todos los días. Será usted como ama de gobierno en lo mío, y yo cuidaré de la instrucción de sus hijos, de manera que lleguen a ser obreros inteligentes y capaces. El padre de usted, que en sus mejores años trabajaba muy bien, vive aún, y aunque hoy sus fuerzas no le permiten trabajar en grande, no dejará de ser útil en algo. Y sean todos ustedes bienvenidos.

Fue tal el gozo de la pobre viuda al oír estas proposiciones, que estuvo a punto de caer sin sentidos de la emoción. Maese Martín le estrechó las manos afectuosamente, mientras los muchachos, a los que Rosa colmaba de caricias, la rodeaban, asiéndose a sus vestidos. El consejero Paumgartner no pudo retener una gran lágrima mientras exclamaba: —Maestro, es usted un hombre único; sea cual sea el humor en que se le halla, no hay manera de enfadarse con usted.

Y se separaron.




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