E. T. A. Hoffmann



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III

El vino de Hochheim centelleaba en las facetas del cristal de Bohemia, y los tres personajes sintieron pronto correr por sus venas una renovada vitalidad, y se pusieron a contar sin escrúpulo historietas intencionadas, hasta tal punto que el busto de maese Martín, sacudido por ruidosas carcajadas, flotaba de acá para allá por encima de su enorme vientre, y que el consejero Paumgartner sentía desarrugar su rostro apergaminado.

Pronto volvió a entrar Rosa con una limpia y elegante canastilla de mimbre, de la que sacó unos manteles blancos como la nieve, puso la mesa en un santiamén y no tardó en aparecer una apetitosa cena. Ni Paumgartner ni Spangenberg lograban apartar los ojos de la admirable joven, la cual les invitó con la más dulce voz a compartir con su padre los manjares que ella en persona había guisado. Maese Martín, hundido en el sillón y con las manos juntas sobre el abdomen, la contemplaba con el orgullo de un padre idolátrico.

Cuando Rosa se disponía a retirarse discretamente, el viejo Spangenberg se levantó de su asiento con la prontitud de un joven, y cogiendo a la joven por el talle exclamó con los ojos empañados en lágrimas:

—¡Ángel querido, criatura celestial!—. La besó dos o tres veces en la frente y volvió a acomodarse en su asiento, abismado en nostálgicas reflexiones.

Paumgartner propuso vaciar un vaso en honor de Rosa. —Le digo, maestro —exclamó—, y seguramente el digno señor Spangenberg comparte mi opinión, que el cielo le ha concedido un bien imponderable en esta hija, que yo imagino a no tardar esposa de algún alto personaje, ciñendo una diadema de perlas, y llevada en una bella carroza ornada de ilustres blasones.

—No comprendo, señores —respondió maese Martín—, cómo insisten ustedes tanto en hablar de algo que a mí, que soy parte interesada, no me preocupa poco ni mucho. Rosa no ha cumplido aún los dieciocho años, y a esta edad una joven no debe pensar en dejar a su padre por un marido; cuando llegue el día, Dios sabe lo que le espera. Pero, de una cosa puedo responder, y es que ni noble ni hombre del común, aunque amontonara las mayores riquezas, tendrá el menor derecho a la mano de mi hija si antes no ha dado pruebas de la mayor pericia en la misma profesión que yo honro y cultivo desde hace medio siglo. Sólo le pediré, después de ello, que logre captarse el amor de mi hija, cuya inclinación no pretenderé forzar nunca.

Spangenberg y el Consejero miraban a maese Martín con los ojos encandilados. —Así, pues —dijo uno de los dos, después de una pausa—, ¿su hija queda condenada a no unirse más que con un artesano tonelero?

— ¡Así lo quiera Dios! —afirmó maese Martín.

—Pero —insistió Spangenberg—, si un maestro en otra profesión, o bien un artista de reconocido mérito, le pedía su mano, y si ella le amaba, ¿qué decidiría usted?

—Joven, diría al petimetre —replicó el maestro hundiéndose más en su sillón—, enséñeme usted ante todo, como obra de examen, un hermoso tonel de dos cargas como el que en mis mocedades fabriqué con estas manos. Y si no se veía con arrestos para satisfacer a un deseo tan legítimo, no diré que le echase de mala manera de mi casa, pero sí le rogaría con todos los miramientos que no pusiera nunca más los pies en ella.

—No obstante —replicó Spangenberg—, si el enamorado le respondía humildemente que no está en sus manos ofrecerle una labor semejante, pero en cambio son obra suya los planos que han servido para la construcción de la casa magnífica que se levanta altivamente en la esquina de la Plaza del Mercado, no creo que una obra semejante le desmereciera de la mejor de cualquier otra profesión.

—Por Dios, mi digno huésped —exclamó el tonelero—, no se afane tanto para convertirme a unas ideas que no tienen por ahora ninguna utilidad, y a las cuales daría bien poco crédito llegado el momento. Quiero que el marido de mi hija ejerza mi misma profesión, y que la honre como yo la he honrado, porque sostengo que es la mejor de las profesiones. No todo consiste en poner el cerco a un tonel, sino también en saber acondicionar y mejorar los vinos que guarda. Para hacer un tonel según las reglas conviene calcular y medir atinadamente su cabida, y se necesita asimismo habilidad manual para juntar y afirmar sólidamente las duelas. Soy el más feliz de los mortales cuando oigo de cabo a cabo de una jornada los clip-clap, clip-clap del martillo de mis alegres oficiales. Y luego, terminada la construcción, en el acto de pulir el tonel, de darle elegancia, cuando ya sólo falta ponerle mi marca, no he de negar que estoy orgulloso de mi trabajo, como debe estar gozoso Dios de la creación. Ha hablado usted antes de la profesión de arquitecto; pero, cuando la casa está edificada, el primer palurdo que dormía encima de sus doblones puede adquirirla, asentarse en ella, y de lo alto de sus balcones burlarse del artista que pasa a pie por la calle. ¿Y qué le diremos al palurdo? Mientras que en nuestro oficio damos morada a la más generosa, la más noble de las criaturas. ¡Viva el vino y vivan los toneles! No sé ver nada superior.

—¡Aprobado! —dijo Spangenberg, vaciando su vaso—. Pero todos estos argumentos tan bellos y bien expuestos no bastan a demostrar que mi error sea tan grande, ni que usted tenga razón en absoluto. Supongamos que un hombre de raza ilustre, de principesca nobleza, se acerque para pedirle en matrimonio a Rosa... Hay horas en la vida, maese Martín, en que los cerebros más obstinados reflexionan dos veces antes de dejar escapar ciertas ocasiones que no vuelven a presentarse tan fácilmente.

—Pues, bien —exclamó secamente el tonelero, levantándose a medias, con el cuello erguido y la mirada encendida—, diría al gaznápiro de ilustre raza y de principesca nobleza: Caballero, si fuera usted constructor de toneles podríamos hablar, pero...

—Pero —le interrumpió el rico hidalgo, que no se conformaba con perder el hilo de su idea— ¿si cualquier día algún joven y brillante gentilhombre se acercara a usted, rodeado de todo el esplendor que su riqueza y su categoría pueden dar de sí, insistiendo en hacer su mujer de la niña...

—Le cerraría en las narices puertas y ventanas, triplicaría las cerraduras y le diría por el ojo de la llave: Llame a otra puerta, arrogante señor. No florecen para usted las rosas de mi jardín. No dudo de que mi bodega y mis ducados son muy a su gusto, y usted quisiera, a más de eso, hacer a mi hija el honor de llevársela. ¡Llame usted a otra puerta, galán...!

Estas palabras hicieron subir el rubor a la frente del viejo hidalgo. De codos sobre la mesa, pareció reflexionar unos instantes, y añadió luego en voz baja y caídos los párpados, con un asomo de emoción mal reprimida: —Maese Martín, en sus asuntos es usted difícil de convencer. Pero oigamos todavía su última palabra. Supongamos que el joven caballero de quien acabo de hablar fuera mi propio hijo, y que yo le acompañara ante usted para que formulase su petición. ¿También nos daría con la puerta en las narices y creería que nos atrae el cebo de su bodega y ducados?

—No permita Dios que tenga nunca de usted una idea semejante, mi digno señor —replicó el tonelero—. Les recibiría como ustedes merecen, y me pondría a las órdenes de tan respetables visitantes. En cuanto a mi hija, se lo repito... Pero, ¿a qué perder tiempo, díganme, en semejantes problemas? Hemos olvidado el vino en discusiones que no tienen nada que ver ni con el momento ni con nuestros años. Les ruego que dejemos a un lado los yernos imaginarios y el porvenir de Rosa, y bebamos a la salud del hijo de usted, que es, según dicen, el mocito más elegante de Nuremberg.

Los dos interlocutores chocaron sus vasos con el del consejero Paumgartner, que desde hacía rato les había estado escuchando en silencio, y dijo Spangenberg, algo cohibido: —No vaya usted a creer maese Martín, que lo que acabamos de hablar deba ser tomado en serio; por mi parte no pasa de pura chanza, ya que, como usted comprenderá, mi hijo, a menos que enloqueciera de amor por alguna muchacha, ni puede ni debe elegir esposa que no sea de entre las más nobles familias. No era necesario acalorarse tanto en demostrar que a Rosa no le convendría, ni replicarme con tanta aspereza.

—Lo mismo digo yo —replicó vivamente el maestro tonelero—. Yo también bromeaba; en cuanto a la aspereza que usted me reprocha, no ha habido tal, y si me he mostrado demasiado orgulloso, le ruego que me lo perdone en atención a mi posición. Es el orgullo profesional. No hallaría usted en toda la comarca un tonelero de mi categoría, que profesa su oficio sin charlatanismo y sin preocuparse de las críticas. Y la mejor garantía de mis aptitudes es el contenido de esta botella que acabamos de vaciar, y que estoy dispuesto a hacer cambiar por otra llena.

Spangenberg le dejó sin respuesta. Parecía molesto, o engolfado en un íntimo ensueño. El docto consejero Paumgartner intentó desviar la conversación. Pero como suele suceder después de una exaltada preocupación, los espíritus tensos en demasía se relajaron de pronto. De improviso, el anciano Spangenberg se levantó de la mesa, llamó a sus criados y salió de la casa sin un adiós y sin hablar de volver a ella algún día.




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