E. T. A. Hoffmann



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Cuadros fantásticos
a la manera de Callot


Fantasiestücke in Callots Manier (1815)

El caldero de oro


Der goldene Topf;
in Mährchen aus der neuen Zeit (1813)

Un cuento de hadas moderno


Primera Velada


La desgracia del estudiante Anselmo.—De la pipa del pasante Paulmann y las serpientes verdes

El día de la Ascensión, a las tres, penetraba un joven en la ciudad de Dresde por la Puerta Negra, metiéndose, sin advertirlo, en un cesto de manzanas y de bollos que vendía una vieja, de modo que toda la mercancía salió rodando y los chiquillos de la calle se apresuraron a apoderarse del botín que tan generosamente les proporcionaba aquel señor. Ante el griterío que armó la vieja, abandonaron las comadres sus puestos de bollos y aguardiente, rodearon al joven y lo llenaron de soeces insultos; tanto, que el infeliz, mudo de vergüenza y de susto, sólo pensó en entregar su no muy bien provisto bolsillo a la vieja, que lo cogió ávidamente, haciéndolo desaparecer. Entonces se abrió el círculo; pero cuando el joven salió huyendo, la vieja le gritó: «¡Corre..., corre..., hijo de Satanás, que pronto te verás preso en el cristal!...». La voz chillona y agria de la mujer tenía algo de horrible; los paseantes se quedaron parados en silencio y la risa de todos desapareció. El estudiante Anselmo —que este era nuestro joven—, aunque no comprendía el sentido de las palabras de la vieja, se sintió sobrecogido por un involuntario estremecimiento, y apresuró más y más el paso para escapar a la curiosidad de las gentes. Conforme se abría camino entre la multitud, oía murmurar: «¡Pobre muchacho!... ¡La maldita vieja!...».



Las enigmáticas palabras de la vieja dieron a la risible aventura un sentido extrañamente trágico, y todo el mundo se fijó en el hasta aquel momento desconocido joven. Las doncellas comentaban su rostro simpático, cuya expresión realzaba el rubor de la irritación interior, y la estatura extraordinaria del individuo, desgalichado y vestido con descuido. Su levita gris estaba tan mal cortada como si el sastre que la hiciera no tuviese ni la más remota idea de la moda moderna, y sus pantalones, de satén negro, le daban cierto estilo magistral, al que contribuían su prestancia y su apostura. Cuando el estudiante hubo llegado al extremo de la avenida que conduce a los baños de Linke2, casi le faltaba el resuello. Necesitaba acortar el paso; pero apenas levantaba la vista del suelo, veía los bollos y las manzanas, y las miradas amables de las muchachas que encontraba le parecían el reflejo de las risas de la Puerta Negra. Llegó a la puerta de los Baños; una fila de caballeros bien vestidos penetraba en ellos. Se oían en el interior los ecos de una música de viento y el bullicio de la multitud se hacía cada vez mayor. Las lágrimas acudieron a los ojos del pobre estudiante Anselmo, pues además de que la Ascensión siempre fue para él una fiesta de familia, hubiera deseado penetrar en el paraíso de Linke para tomar una taza de café con ron y una botella de cerveza, y aún le habría sobrado dinero. Pero el maldito tropezón con el cesto de manzanas le costó todo lo que llevaba consigo. No había que pensar en el café, ni en la cerveza, ni en la música, ni en la contemplación de las muchachas bonitas... Pasó de largo por la puerta de los Baños, y por fin fue a refugiarse en el paseo a orillas del Elba, que estaba solitario. Bajo un saúco que sobresalía de una tapia halló una sombra amable; se sentó tranquilamente y sacó una pipa que le había regalado su amigo el pasante Paulmann. Ante su vista, jugueteaban las ondas doradas del Elba, detrás de las cuales se levantaban las torres esbeltas de Dresde en el fondo polvoriento del cielo, que cubría las verdes praderas floridas y los verdes bosques; y en la profunda oscuridad se erguían las dentadas montañas, nuncios del país de Bohemia. Mirando fijamente ante sí, el estudiante Anselmo sopló en el aire las nubes de humo, y su mal humor se expresó en alta voz, diciendo: «¡La verdad es que he nacido con mal sino! Que no haya sido nunca el niño de la suerte3, que jamás acierte a pares o nones, que si se me cae el pan con manteca siempre sea del lado de la grasa..., de estas penas no quiero hablar; pero ¿no es un hado funesto que cuando me he decidido a ser estudiante tenga que ser siempre un kümmeltürke?4. Si estreno un traje, es seguro que el primer día me caerá una mancha o me engancharé en el primer clavo con que tropiece. Si saludo a una dama o a un consejero, no será sin que se me caiga el sombrero o resbale en el suelo y me dé un golpe, provocando la risa de los presentes. ¿He llegado al colegio alguna vez a tiempo? ¿De qué me ha servido salir de casa con media hora de anticipación y colocarme delante de la puerta, con el libro en la mano, pensando penetrar al primer toque de campana, si el demonio me dejaba caer sobre la cabeza una jofaina o me hacía atropellar por uno que salía, metiéndome en un laberinto y echándolo todo a perder? ¡Ay, ay! ¿Dónde estáis, sueños de felicidad, que yo, orgulloso, pensaba podrían conducirme a secretario particular? Mi mala estrella me ha indispuesto con mis más valiosos protectores. Yo sé que el consejero íntimo al que vengo recomendado no puede aguantar los cabellos recortados; con gran trabajo colocó el peluquero una coleta en mi coronilla, pero a la primera reverencia se me cayó el desdichado adorno, y un perrillo juguetón que caracoleaba alrededor mío lo llevó muy contento a su amo. Asustado, me eché encima de él sobre la mesa de trabajo en que estaba almorzando el consejero, di al traste con las tazas, los platos, el tintero..., la salvadera, que se rompieron, ensuciando los papeles de tinta y de chocolate. "¡Es usted el demonio!", exclamó furioso el consejero, y me arrojó de su presencia. ¿De qué me sirve que el pasante Paulmann me haya ofrecido una plaza de escribiente, si mi mala sombra me sigue a todas partes? Lo mismo que hoy... Quería yo celebrar el día de la Ascensión en debida forma. Hubiera podido, como los demás mortales, entrar en los Baños y gritar: "¡Una botella de cerveza..., de la mejor!... ". Podía haber permanecido allí dentro hasta muy tarde, rodeado de muchachas bonitas y elegantes. Estoy seguro de que el alma me habría vuelto al cuerpo, que hubiera sido otro hombre, y hasta si me hubiesen preguntado "¿Es muy tarde?" o "¿Qué tocan?", me habría levantado ligero, sin tirar el vaso ni el banco, y adelantándome unos pasos, hubiera dicho: "Esta es la obertura de Donauweibchen5, o "Acaban de dar las seis". ¿Podía alguien haberlo tomado a mal? No, me parece a mí; las muchachas me hubieran mirado riendo burlonas, como suelen hacer, si se me hubiese ocurrido demostrar que yo también entendía algo de la vida y sabía conducirme con las damas. Pero el demonio me lanzó contra el maldito cesto de manzanas, y ahora tengo que arreglármelas solo con mi pipa».

Aquí el estudiante Anselmo vio interrumpido su monólogo por un ruido inesperado que salía de la hierba que le rodeaba, extendiéndose luego a las ramas del saúco que sombreaba su cabeza. Parecía unas veces el viento de la noche que movía las hojas; otras, el bullicioso rumor de pajarillos en las ramas que agitasen inquietos las alas. Luego comenzó a tintinear como si en las ramas colgasen campanillas de cristal. Anselmo escuchaba y escuchaba; de pronto le pareció que el murmullo y el tintineo se convertían en palabras que decían: «A través... o derecho..., entre las ramas..., entre las flores..., rodemos; culebremos, enredemos..., hermanita...; hermanita, da vueltas a media luz..., de prisa, de prisa..., arriba, abajo...; el sol de la tarde nos envía sus rayos...; el viento crepuscular refresca..., agita el rocío; las flores cantan...; movamos las lengüecillas con las flores y las ramas...; las estrellas brillan... arriba, abajo, aquí, acullá...; rodemos, culebremos, enredemos, hermanita».

Y así continuó una charla incongruente. El estudiante Anselmo pensó: «Este es el viento crepuscular, que hoy me hace comprender sus palabras». Pero en el mismo momento sintió sobre su cabeza como tres notas de campanillas de cristal. Miró hacia arriba y vio tres serpientes de un verde dorado enredadas entre las ramas y que alargaban sus cabezas para recibir el sol poniente. Comenzaron de nuevo a oírse las palabras sin sentido, y las serpientes se deslizaban y se revolvían entre las ramas y las hojas, y al moverse con rapidez, parecía que el saúco estaba inundado de esmeraldas que brillaban entre sus hojas oscuras. «Es el sol poniente que juguetea en el saúco», pensó Anselmo. Pero volvió a oír las campanillas, y vio que una de las serpientes dirigía la cabeza hacia él. Sintió como una conmoción eléctrica y comenzó a temblar interiormente... Miró hacia arriba y observó un par de ojos azul oscuro que se fijaban intensamente en él, sintiéndose entonces acometido de una sensación desconocida de felicidad y de dolor profundo que parecía querer hacerle saltar el corazón. Y mientras, lleno de ardientes deseos, contemplaba los divinos ojos, resonó más fuerte, en armoniosos acordes, el ruido de las campanillas de cristal, y las centelleantes esmeraldas subían y bajaban y le rodeaban de mil llamitas, jugueteando alrededor suyo con hilillos de oro. El saúco se movió y dijo: «Esta es mi sombra, mi aroma te embalsama; pero no me comprendes. Aroma es mi lenguaje cuando el amor lo inspira». El vientecillo sopló suave y dijo: «Arrullo tu sueño; pero no me comprendes. Céfiro es mi lenguaje cuando el amor lo inspira». Los rayos de sol rompieron las nubes, y la luz dijo: «Te inundo de oro abrasador; pero no me comprendes. Fuego es mi lenguaje cuando el amor lo inspira».

Y cuanto más embebido en la mirada de los ojos deliciosos, más ardientes fueron su anhelo y su deseo. Todo se conmovió como si lo despertase una vida alegre; las flores, los brotes le embalsamaban con su aroma, que asemejaba el cántico maravilloso de millares de flautas, que arrastraba el eco por las doradas nubes crepusculares. Cuando desapareció tras los montes el último rayo de sol y la noche tendió su manto sobre la tierra, una voz ronca y lejana exclamó: «¿Qué significa ese ruido y ese murmullo allá arriba? ¡Viva, viva! ¿Quién me busca en el rayo tras los montes? Basta de ruido, basta de cánticos. ¡Viva, viva! Por los matorrales y por las praderas..., por las praderas y por los arroyos... ¡Viva, viva! Abajo, abajo...».

La voz desapareció como el eco de un trueno lejano; pero las campanillas de cristal se rompieron en una disonancia cortante. Todo quedó en silencio, y Anselmo vio a las tres serpientes que se arrastraban, estremeciéndose, por la hierba hacia el río, y se precipitaron en el Elba, desapareciendo entre sus ondas, y en el sitio preciso se elevó un fuego crepitante que desapareció luego, poco a poco, en dirección de la ciudad.



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