¨doce cartas sobre dios¨



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¨DOCE CARTAS SOBRE DIOS¨

DAVID FERNÁNDEZ DÁVALOS, SJ.

NOTA INTRODUCTORIA

A LA SEGUNDA EDICICIÓN

 

Aunque Alo es una persona de carne y hueso, y fue gracias a su amistad y sus preguntas que concebí la idea de escribir este pequeño libro, el interlocutor detrás de su nombre y, por tanto, el destinatario de estas páginas es alguien hecho con la sicología y las inquietudes de muchas de mis amistades, de mis compañeros y compañeras del Centro de Derechos Humanos M. A. Pro, de MATRACA y del ITESO, de mi familia y de algunos hermanos jesuitas estudiantes. Es, entonces, a una persona mezcla de colegas, amigos y familiares, a quien intento responder en estas páginas. Con cada uno de ellos y ellas he aprendido a vivir la vida. Son ellas y ellos los que me han hecho cuestionarme con sus preguntas, inquietarme con sus incertidumbres y esperanzarme con sus anhelos. A todos y todas van dedicadas estas reflexiones, estos audaces intentos por balbucear lo inefable y, ultimadamente, por dar razón de la propia fe.



Esta segunda edición, en particular, incorpora algunas pocas reflexiones adicionales, nacidas de comentarios, objeciones o preguntas que me han formulado los lectores y lectoras de la versión primera de este libro.

A cada uno de los que he mencionado agradezco su cercanía y amistad. A quienes han leído y recomendado estas cartas, les expreso mi reconocimiento por haberse hecho cómplices de esta causa, compañeros de camino. Expreso particularmente mi gratitud a Miguel Romero Pérez, S.J. por su generoso apoyo en la corrección de la obra.

México, D.F. Primavera de 2005

UNA INVITACIÓN

Carta primera

 

Querido Alo:



Quizá te resulte extraño que te escriba sin motivo alguno. No hay razón para que te sorprendas. Entre nosotros ha florecido una amistad inesperada y profunda, igual como brotan los ojos de agua en medio del monte. Los arroyos, y sólo ellos, saben dónde nacer. Como decía el viejo Cortázar: nadie escoge el auto que vendrá a arrollarlo a uno, ni elige el momento en que un chubasco le empapará hasta los huesos. La amistad y el amor son así: nacen al amparo de la gratuidad, son don, regalo; por eso, frente a ellos, no queda más que agradecer. No cabe, entonces, la extrañeza; acaso merece la pena experimentar la humildad.

La lectura del libro que me regalaste, aquel de “ Conversaciones con Dios” , me ha inquietado hondamente y ha provocado el que quiera conversar contigo a propósito de Dios. No soy tan pretencioso como el autor de ese libro. Yo no hablo con Dios como él lo hace: no tengo teléfono rojo. Sin embargo lo siento, lo experimento constantemente, a veces converso con Él-Ella, pero Él-Ella no responde de la misma manera en que yo le hablo, su lenguaje es otro. Y a veces permanece callado. Casi siempre, por cierto. ¿No sabes, acaso que Dios se revela también en el silencio, en Su silencio?

Así que deseo entablar contigo una serie de conversaciones a propósito de Dios, de la religión, de la espiritualidad. Pienso darle forma de cartas dirigidas a ti, si no te importa; o a alguien que lleve otro nombre, pero que seas tú. Pienso recoger en ellas algunas de las experiencias que he vivido y que me han enseñado algo sobre Dios y sobre el ser humano, sobre mí mismo también, y sobre el amor. ¿Qué te parece? ¿Puedo irte enviando de cuando en cuando lo que vaya escribiendo para que lo comentes, me contradigas, me preguntes? Si me contestas que prefieres que no, no hay problema. De todos modos escribiré pensando en ti, en las preguntas que me has hecho alguna vez, en tus aspiraciones espirituales. Me hace falta explicarme más qué soy, qué quiero, por qué. Quizá deseo responderme las preguntas que se planteaba Gioconda Belli, poeta nicaragüense, luego de batallar por años en la vida: quién soy, qué quiero y qué precio estoy dispuesto a pagar por conseguirlo. Tres preguntas de las cuales tener la respuesta es el signo más alto de madurez humana.

No es fácil comenzar. Lo imaginarás. Hablar en directo de Dios es demasiado audaz, es pretencioso –como dije. O quizás es ingenuo. (En realidad, son las dos caras de la misma moneda, porque, como sabes, la ignorancia es audaz). A Dios lo conocemos por testimonios recibidos de la humanidad en su sabiduría acumulada, por su acción en la naturaleza y en la historia, por su presencia en los otros seres humanos, y por la experiencia espiritual vivida íntimamente por cada uno de nosotros. Pero, afortunadamente, Dios es mucho más de lo que podemos imaginar o decir de Él-Ella, es el absolutamente Otro, la absolutamente Otra, el inmanipulable, el que no puede deducirse racionalmente. Es el que nos sale constantemente al paso con sorpresas inimaginadas, que nos maravilla con su diversidad. Al menos así es el Dios de Jesús, el Dios en el que creo.

¿Cómo no, si mi fe está puesta en el Dios crucificado? Es decir, en el Dios vulnerable hasta el extremo, que puede ser afectado por las pasiones, por el amor, por el dolor, por el fracaso. ¡Escándalo para los creyentes!, decía san Pablo. Si eso no es estar mucho más allá de nuestras deducciones lógicas, de nuestros razonamientos filosóficos, de nuestros preconcebidos sobre Dios, entonces no sé qué pueda serlo.

Ayer, justamente cuando pensaba en la idea de escribirte, caía en la cuenta de que personalmente yo recibí primero información sobre Dios por tradición familiar, oral. Probablemente aquello de lo que tú careciste en la infancia -según me has platicado-, y que te creó una necesidad, un vacío interior que has tratado de ir llenando poco a poco, en una búsqueda casi febril. Y es que todo ser humano tiene necesidad de experimentar y de conocer de la trascendencia. Tenemos como un agujero entre pecho y espalda que sólo puede ser llenado por lo que existe más allá de lo que percibimos, que sólo puede ser satisfecho por Dios mismo.

Más adelante, con los años, conocí un poco más sobre Dios por medio de las doctrinas oficiales de mi Iglesia, por predicados heredados de generación en generación. Pero finalmente -y esto es lo importante- pude experimentarlo por mí mismo, por propia experiencia –inefable-, que ha tenido que ver con las experiencias que he vivido de unidad de lo real, de amor y de perdón.

¿Cómo comenzar, entonces, mi querido Alo?

Quizá una anécdota pueda ayudarme un poco a explicar más ampliamente lo que, en el fondo, te quiero decir. También me ayudará a hacer explícita la actitud con la que quiero escribir mis cartas. Pero esto será en la próxima entrega, si me lo permites.

Por lo pronto aguardo con ansia una respuesta.



A DIOS LO EXPERIMENTAMOS TODOS

Carta segunda

 

Mi querido Alo:



Gracias por tu entusiasmo y por tu anuencia a mantener nuestra conversación sobre Dios. Tienes razón, por lo demás, cuando dices que, finalmente, toda fuente de inspiración surge del corazón humano. ¡Si es ahí donde Dios habla más íntimamente!

Pero en mi pasada carta te prometí una anécdota que me permitiera explicar más ampliamente cómo enfoco la materia del que será probablemente un largo intercambio epistolar. Se refiere a mis tiempos de “maestrillo”, cuando, en medio de mi formación como religioso, fui a trabajar de tiempo completo con comunidades campesinas e indígenas en el sur de la Huasteca. Sucedió en la comunidad otomí de Ayotuxtla, en el municipio de Texcatepec.

Te doy todos estos datos para hacerte notar, de entrada, que las experiencias espirituales no son intemporales ni etéreas, sino históricamente determinadas, en tiempos y lugares precisos, mediadas por acontecimientos humanos.

Basta, pues, de introducción y vamos con la historia.

Cuando desperté esa mañana, estaba, sorpresivamente, en medio de una reunión de ancianos. Hablaban en lengua ñam-ñú. Se notaba que trataban asuntos importantes para la comunidad. Eran, apenas, poco menos de las seis de la mañana. Todos, atentos, alrededor del lecho en el que me encontraba. Mi sentimiento fue, entonces, de absoluto desconcierto.

La noche anterior me había dormido, solo, sobre un petate, en el centro de la estancia de la casa del Presidente de Bienes Comunales de Ayotuxtla. Las paredes del jacalón eran de otate, el piso de tierra, el techo de lámina de cartón. El fogón resplandecía en una esquina del cuarto, junto a la puerta, y llenaba el ambiente de humo.

Era la tercera vez que iba a esa comunidad, en la sierra norte de Veracruz, a fin de atender el problema de los asesinatos de que estaban siendo víctimas los indios otomíes de la región, a manos de un terrateniente mestizo. La tarde previa habíamos tenido una asamblea comunitaria para analizar posibles medidas de defensa y acordar la estrategia que debíamos seguir. Había sido una reunión muy concurrida, pero poco participada. La gente hablaba poco. Tenía miedo. Me escucharon, pero no resolvieron nada.

Un poco desilusionado, pero comprendiendo la situación, me había alojado luego en la casa de la mayor autoridad formal de la comunidad. Muy tarde, por la noche, había logrado conciliar el sueño. Y ahora estaba justo en el centro de una reunión de la que no comprendía nada.

Intenté ponerme de pie, pero el Presidente de Bienes Comunales me dijo que no me preocupara, que siguiera durmiendo, que todavía era muy temprano. Y, efectivamente, afuera apenas clareaba.

Me mantuve quieto entonces. Ellos siguieron discutiendo. A veces hablaba uno detrás de otro, pero a veces todos al mismo tiempo. Eran ocho ancianos. El más joven era el Presidente que me alojaba.

Luego de varios minutos, una media hora, tal vez, el Presidente de Bienes Comunales me comunicó lo que habían acordado:

- El Consejo de ancianos dice que eres un hombre bueno, que estás arriesgando la vida y que, por eso, podemos confiar en ti. Además tú también nos tienes confianza: no te has levantado de la cama, y nosotros somos más que tú.

No lo podía creer. Habían estado observándome hacía rato ya, mientras yo dormía. Y habían hablado de mí. Y este grupo era la verdadera autoridad comunitaria, no los que el gobierno tenía como tales.

- También acordamos –continuó diciendo mi anfitrión- que sí nos vamos a sumar al Comité de Defensa Campesina que nos estás proponiendo. Los de Tzicatlán ya nos dijeron que ellos también están de acuerdo.

¡De manera que durante la noche habían caminado una hora de ida y otra de regreso para ir a consultar con los ñu-hu de la comunidad vecina!

- Por último –dijo lentamente el Presidente-, queremos darte a conocer a nuestros Dioses-de-antigua para que nos entiendas y nos comprendas.

Probablemente el que hablaba leyó una interrogación en mi rostro, porque de inmediato añadió:

- Ellos están en una cueva no lejos de aquí, en la montaña. Nadie fuera de la comunidad los conoce. Vas a ser la primera “gente-de-razón” que les presentemos.

Yo estaba estupefacto y agradecido. Los indios no sólo me recibían, sino que me abrían su corazón, lo que de más profundo y valioso tenían, su identidad misma, su herencia, su razón de ser.

Entonces comprendí que el indio no es como lo pintan. Además de indigno, me sentí estúpido; pero sobre todo, me sentí apreciado, inmerecidamente querido y, por eso, agradecido. Sobre todo agradecido, sí.

Desde entonces entiendo que cuando los indígenas se refieren a los mestizos como “gente-de-razón”, no están diciendo que ellos, los indios, no la tengan, ni que se sienten inferiores por haber hecho un lugar en sí mismos al desprecio del colonizador. Lo que están diciendo, en cambio, es que por ser sólo “gente-de-razón”, por utilizar sólo la razón, nosotros no entendemos muchas cosas que ellos sí comprenden: cosas de la vida, de la naturaleza, de la humanidad.

Una parte de mi corazón –lo sabes- tiene, desde ese momento, rostro de indio.

Y es que, en realidad, mi querido Alo, nuestras creencias sobre Dios forman parte de nuestra identidad más honda como personas; nos estructuran cabalmente como sujetos. Son, sin duda, parte de la cultura en la que nacemos, crecemos y nos desarrollamos. Y la cultura, como sabes, es indiscernible del modo de ser de un individuo. Los seres humanos somos seres históricos, no abstractos, es decir, conformados por nuestra circunstancia. No somos, como decía Ortega y Gasset, “yo y mi circunstancia”, sino que el “yo” en sí mismo, contiene dentro de si sus propias circunstancias: su historia, su cultura, su fe, su religión, su economía, y una infinidad de condicionamientos adicionales. Un individuo no puede ser tal individuo al margen de su cultura; un indio sucumbe en su existencia si se le priva de su identidad cultural. Por eso, cuando los filósofos se han preguntado si el ser humano es intrínsecamente bueno o malo, no se han podido poner de acuerdo, o la discusión se atora: no hay un intrínseco humano abstracto, libre de condicionamientos o de circunstancia. Por supuesto que no somos mero condicionamiento, ni sólo historia y circunstancia. Nuestro yo, en todo caso, es histórico, susceptible de abrazar el bien y el mal, o mejor, dicho en palabras de san Agustín: simul iustus et peccator , simultáneamente justos y pecadores. No a veces justos y a veces pecadores, sino al mismo tiempo, en la misma acción.

Pero, en fin, este no es el tema para este momento y me estoy alejando de lo que quería comentar contigo a propósito de la anécdota de Ayotuxtla.

Nuestra primera noción de Dios, entonces, es aprendida, recibida como herencia cultural, primeramente de manera verbal, a través de la familia. Suele ser el papá o la mamá quienes ponen a los hijos a orar o meditar delante de alguna imagen o de una dirección geográfica -como en el Islam-, y les hablan de Alá, de Dios, de Jesucristo o de Buda. O en los cultos a los antepasados, como sucede en China o en Japón, los ponen delante de las imágenes u objetos que los representan, para hablar de lo que en Occidente llamamos alma o espíritu.

Más tarde viene la instrucción formal, poca o mucha, pero suele existir. En ella la información recibida sobre Dios es mayoritariamente doctrinal. Claro que en lo recibido a través de la familia está presente la doctrina, pero siempre mezclada con creencias populares, con relatos míticos, con fábulas al alcance de los niños. Pero, en cualquier caso, la doctrina es secundaria. Con la instrucción formal, en cambio, la doctrina es lo central, es trasmitir el conocimiento acumulado por una cultura particular sobre la idea o la experiencia de Dios, heredada de generación en generación, y sancionada oficialmente por alguna autoridad a la que la cultura en cuestión le ha asignado ese poder. Esta herencia por lo general se encuentra escrita, y constituye la referencia básica, indiscutible e indiscutida, sobre religión en esa cultura. También está contenida en ritos o en prácticas religiosas que transmiten conocimiento y experiencia acumulada culturalmente.

Esta formación doctrinal, como te digo, está casi siempre presente. A veces es muy escasa o muy elemental, pero existe. Recuerdo la anécdota, por ejemplo, de nuestro Maestro de Novicios que le decía a un compañero que quería hacerse sacerdote, pero era muy ignorante en asuntos de religión: “Si tu mamá hubiera sabido que ibas a entrar a una orden religiosa, te hubiera mandado al catecismo”. Claro, era sarcasmo, pero ilustra que el camino de entrada al conocimiento formal de una religión es la formación doctrinal básica.

La fuente más importante, sin embargo, de conocimiento de Dios, no es lo recibido cultural u oficialmente, sino la propia experiencia que de Él-Ella se pueda tener en la propia vida. Pero esto se verifica más tarde, al menos de manera refleja, comprendida como tal, como experiencia religiosa de Dios. Lo heredado como cultura desnuda o como doctrina oficial, ha de ponerse a prueba, verificarse o desmentirse, a través de la experiencia vital propia. Esta experiencia, por su índole misma, es personal, intransferible, aunque no exclusivamente de manera aislada, sino también en comunidad, como parte de un grupo humano particular. Los pueblos indios, como los otomíes de Ayotuxtla, no entienden, por ejemplo, una experiencia de Dios al margen de la comunidad; y en eso se distinguen muy claramente de religiones individualistas, como ciertas corrientes protestantes o algunas religiones orientales.

La experiencia de Dios siempre ocurre. Es ineludible. Sucede, ocurre, acontece, de muy diversas maneras y por muy diferentes conductos. Pero sucede que la gente da cuenta de esa experiencia desde sus propios marcos culturales y desde sus propias creencias declaradas. Es decir, un ateo puede vivir y de hecho vive la experiencia de Dios, pero le va a llamar de distinto modo que un creyente: dirá que se trata de una experiencia estética, o de un sentimiento de compasión y solidaridad, o de una alegría profunda e incontrolable; un budista hablará quizá de avances en el camino del Tao o bien del Nirvana; y un católico ilustrado probablemente se referirá a su experiencia como visión extática, y así con todos los seres humanos.

La experiencia personal de Dios, con todo, es muy difícil de transmitir. La palabra “inefable” fue inventada precisamente para dar cuenta de esa dificultad. Para hablar de la experiencia religiosa se procede, entonces, por aproximaciones sucesivas, a través del uso de metáforas, de relatos, de parábolas; también se acude a la doctrina heredada para describir lo acontecido. No en balde para hablar de Dios, de su Padre, Jesucristo acude a las parábolas: el Dios experimentado por Él sólo puede ser transmitido de esa manera. Y al transmitir la experiencia, también transmite información, conocimiento de Dios, su propio conocimiento de Dios.

Recuerdo, por ejemplo, una vez, en nuestra casa de Puente Grande, Jalisco, que yo miraba unos tordos saltar de rama en rama en un enorme laurel de la india que se encuentra en el centro de un hermoso jardín. Súbitamente intuí –porque no puedo decir que haya comprendido- que las aves no sabían que estaban saltando en el mismo árbol. Quizá pensaban –por decirlo de alguna manera- que brincaban de un árbol a otro. Como si de un rayo se tratara, fui atravesado entonces por la certeza experiencial de que así acontecía con nosotros en la vida: que saltábamos de un lado a otro, cambiábamos constantemente de sitio, sin percatarnos de que en realidad siempre estábamos en Dios, sostenidos por Él-Ella como si fuera ese gran árbol en el centro del jardín. Dios nos abraza, nos envuelve cotidianamente, y no caemos en la cuenta de ello; la vida nos aturde y nos hace ciegos a nuestra presencia en Él-Ella, que lo abarca todo. Luego de esta revelación, experimenté una enorme paz y un gozo inmenso que sólo podía provenir de haber hecho transparente la presencia de Dios delante, atrás, en medio, debajo de mí. Experimenté entonces, a Dios como unidad de lo real, como principio y fin último de todo lo existente. Algo difícil de comunicar.

Por esto, la poesía y la experiencia religiosa son buenas amigas. El pueblo de Israel consignaba en salmos y poemas la experiencia que iba teniendo de Yahvé-Dios. ¿Recuerdas el Cantar de los Cantares en la Biblia? Esa hermosísima pieza de literatura pretende dar fe de la experiencia de la trascendencia vivida en una relación de amor en la pareja. Y aunque luego se le han dado distintas interpretaciones teológicas, el hecho es que ese libro trata de cómo se aman un hombre y una mujer abrazados por el Dios de la historia.

Y es que, por cierto, generalmente a Dios se le experimenta en la relación humana, con los demás y con uno mismo. En muchas otras ocasiones lo he experimentado como Papá-Mamá, como consuelo, como perdón, como amor incondicional, como misterio.

De esto, mi querido Alo, van a tratar las cartas que he comenzado a enviarte. No de doctrina, ni de mera información erudita, sino de experiencias en las que Dios se me ha hecho presente. Pero, como dije ya, para poder explicarlas, a veces recurriré, como lo he hecho a lo largo de mi vida, a la doctrina, a la experiencia acumulada de la humanidad, a los textos que atribuimos a otras revelaciones de Dios a otras personas, a pueblos enteros, a iglesias.

No quiero arrogarme, ni por asomo, la verdad sobre Dios. Lejos de mí tal pretensión. Creo firmemente que la revelación plena de Dios se da en Jesucristo. Esa es mi fe, y ya lo he confesado de entrada. Pero Dios se muestra a toda la humanidad, de diversas maneras, en distintas circunstancias, en distintos moldes culturales, porque la Revelación es un regalo de Dios a todos los seres humanos. No sólo a unos cuantos privilegiados. Por esto, también me ayuda abrir nuestra conversación con la anécdota de los indios de Ayotuxtla: porque sé que también en sus “Dioses de antigua”, en sus más profundos sentimientos y experiencias religiosas, Dios se les ha revelado. Acudir a ellos, conocerlos, apreciarlos, puede, en todo caso, hacernos descubrir nuevos aspectos de Dios, presentes desde siempre en la revelación cristiana, pero que nos han quedado oscuros o menos evidentes desde nuestra mirada occidental.

Esto es, pues, lo que iremos haciendo, querido Alo, en nuestro intercambio: hablar sobre Dios, desde Dios mismo, revelado a nosotros, sus hijos e hijas, creados a su imagen y semejanza, como dice el libro del Génesis.

Y, por cierto, luego conocí los “dioses de antigua” de la comunidad de Ayotuxtla. Por lealtad a los Ñam-ñu no relato ahora lo que vi ni lo que sucedió entonces. Pero formamos también una organización campesina que todavía existe y ha dado buenos frutos de justicia y bienestar. Los jesuitas seguimos trabajando en ese rumbo del Sur de la Huasteca, y hemos aprendido con los indios que, para ser cristiano, no se necesita ser occidental. También, gracias a Dios, hemos aprendido a ser un poquito más humildes.

Hasta la próxima, querido amigo.



PERO, ¿CUÁL ES EL DIOS VERDADERO?

Carta tercera

 

Mi querido Alo:



Tengo que confesarte que no deja de maravillarme tu deseo de conocer acerca de Dios, o más bien, tu deseo de vivir una experiencia espiritual profunda y de conducir tu vida conforme a los designios de Dios. Esto no era lo usual en otros tiempos. Y no me refiero a hace muchos años, apenas a un par de décadas atrás. Probablemente con la confianza en la razón humana, Dios salía sobrando: la humanidad estaba tan ensoberbecida con sus logros y capacidades que creía poderlo todo, saberlo todo. Pero luego se evidenció el fracaso de la razón instrumental, de los grandes relatos sobre la historia, y el ser humano se descubrió desnudo, frágil, necesitado del espíritu. Nuestra confianza en la mera razón humana nos ha llevado a poner en riesgo la integridad de nuestro mundo, a degradar gravemente el entorno ecológico, a crímenes brutales como Auschwitz, Gulag, Sabra y Chatila o, más recientemente, las matanzas en Ruanda. Como dice algún documento de la Compañía de Jesús: hoy vivimos en un mundo roto, y la esperanza sólo puede estar puesta en revivir y apreciar la dimensión trascendente del ser humano, en retomar el proyecto de Dios para esta historia.

De esta manera, las generaciones más jóvenes –a las que perteneces- han aprendido a desconfiar de las posibilidades meramente humanas y han empezado un nuevo retorno a las fuentes de la espiritualidad. El riesgo ahora es que se desentiendan del mundo para refugiarse en lo espiritual, que el retorno a la idea de Dios sea una huída del compromiso con los demás seres humanos y con la historia.

Pero también está otro riesgo, sin duda más grave, y es el que se utilice una idea determinada de Dios para empujar los propios intereses, una determinada visión del mundo, en un afán de controlar a los demás. El fenómeno, por ejemplo, en el Islam de asociar en ciertos países la política con una concepción sobre Dios, ha producido graves daños, incluso para el mismo Islam.

Lo que te quiero decir, para comenzar esta nuestra tercera misiva, es que, a pesar de lo que te he escuchado decir varias veces, de que finalmente las religiones persiguen el mismo fin y que todas pueden ser complementarias, lo cierto es que el contenido de la idea de Dios, o mejor, de las presuntas experiencias de Dios, no da lo mismo, no es neutral. Me explico un poco más.

Hoy el problema del mundo de la posmodernidad no es el ateísmo; ése fue problema de otros tiempos. Hoy el problema principal, dicho con términos católicos tradicionales –y perdona por ello-, es la idolatría. En el nombre de Dios en la actualidad se avasallan pueblos enteros, tanto en Occidente como en Oriente. Ahí están Bin Laden y Bush como botón de muestra. Pero sin irnos tan lejos, en nuestros países latinoamericanos, por ejemplo, las minorías, en el nombre de Dios defienden sus privilegios. ¡Cuántas veces hemos oído decir que Dios quiere que haya pobres y ricos! Y así, las mayorías se resignan y se someten porque es voluntad de Dios que lo hagan. Al fin, recibirán su recompensa en la otra vida, ¿no es así? Pero también encontramos que muchos pueblos o grupos populares en el nombre de Dios luchan por la liberación colectiva y, a veces, por la revolución. No en balde desde el poder se ha querido desprestigiar y aun acabar con las teologías llamadas “de la liberación”. Las distintas iglesias están también atravesadas por este conflicto: hay sectores eclesiales que, por su idea o experiencia de Dios se quieren poner del lado del pueblo, y otros sectores que, por su idea o experiencia de Dios, reivindican el culto o la ortodoxia desde el poder. De manera que la pregunta crucial de nuestro tiempo, la pregunta que escuece a las generaciones actuales, no es si Dios existe, sino cuál imagen y experiencia de Dios corresponden al Dios verdadero.

Al formular la pregunta, no quiero situarme en el empíreo celeste del conocimiento correcto sobre Dios para juzgar a vivos y muertos, sino solamente plantear que existe una cuestión muy de fondo que requiere ser dilucidada. ¿Todas las experiencias que se presentan como experiencias espirituales son experiencias del Dios creador, del Todopoderoso auténtico? Por esto, con alguna frecuencia encontramos declaraciones o libros enteros de personas que nos hablan del Dios en que no se cree, del Dios del que se es ateo, así como del Dios del que se es efectivamente creyente. Por esto mismo no puedo yo tragarme entera la idea de Dios que propone el libro que me regalaste, porque en algunas de sus consecuencias adivino que contradice a ese Dios que es Papá-Mamá de todos los seres humanos, el Dios revelado por los principales profetas y místicos de la humanidad a lo largo de su historia, en primer lugar por Jesucristo.

Desde esta enorme complejidad, creo que un primer deber se impone frente a las distintas ideas y presuntas experiencias de Dios, y es el mirarlas desde los ojos de quien no tiene nada qué perder porque no tiene interés ninguno a preservar o imponer sobre los demás. Me refiero a observarlas desde los ojos de los más pobres y de los marginados de esta sociedad. Desde esta mirada, mirada desarmada, podremos criticar imágenes rutinarias y caricaturas de Dios, valorar las consecuencias que para ellos, los pobres, tiene una u otra idea sobre Dios, desenmascarar las falsificaciones que de Él-Ella se han hecho para ocultar una voluntad de poder y de control; denunciar los ídolos que la humanidad ha llegado a construir para dominar, marginar y conducir a la muerte a las mayorías.

Creo, entonces, que todavía tienen vigencia -¡y cuánta!- aquellas corrientes epistemológicas que afirman que existen lugares sociales desde donde se puede observar mejor la verdad. Que no es igual observar la ciudad detrás del cristal polarizado de un vehículo de lujo, que desde los ojos de quien día a día lucha por hacerse un lugar en el metro, o de quien camina largas distancias mientras pide limosna. Definitivamente la segunda perspectiva puede acceder mejor a la verdad de la ciudad y de la sociedad.

Y perdona que te proponga este ejemplo más o menos ramplón. Pero encierra una verdad muy honda, por la que diera la vida mi hermano Ignacio Ellacuría y sus compañeros asesinados en El Salvador: que la verdad sobre la historia y la verdad sobre Dios está en los pobres. No en balde Jesús de Nazaret daba gracias a su Padre por haber revelado las cosas fundamentales a los pobres y los humildes, mientras se las ocultaba a los ricos. ¡Palabras altamente subversivas para quienes nos sentimos seguros en la cátedra de la academia o afincados en los poderes de este mundo!

Antes de plantear esto mismo que estoy diciendo, pero ahora de manera positiva, déjame, querido amigo, importunarte con otra experiencia de mi vida, para ejemplificar y extraer de ahí algunas otras enseñanzas. Se trata de la historia de María y de su larga agonía.

Cuando me llamaron, ella estaba en la penumbra, en el fondo de un cuarto estrecho y húmedo, en el que habían podido darle albergue las religiosas. Llevaba ya dos meses en agonía, y no terminaba de morirse. Tenía sida, unos treinta y cinco años, y un hijo de nueve años que la había abandonado hacía ya varios meses. El marido le había contagiado el virus.

Y es que, en realidad, ella no quería morirse.

Los dolores eran atroces. La enfermedad oportunista que la había llevado a ese grado de postración era la tuberculosis. Y entonces ella tosía y tosía, peleaba consigo por atrapar una bocanada de aire, y arrojaba coágulos de una sangre oscura y viscosa. No pesaba ya ni siquiera cuarenta kilos, tan enflaquecida estaba.

Fueron las monjas las que me llamaron.

- No puede morir. Por favor, ayúdala.

No era mi primera unción a los enfermos, pero sí la primera ayuda para una buena muerte.

No olía mal; la ropa de cama estaba limpia, Las monjas de Santa Brígida la atendían lo mejor que podían, sin tener obligación de hacerlo ni recibir retribución alguna por ello.

Me acerqué, le tomé de la mano. La saludé y pregunté si quería confesarse, pero ella ya no podía pronunciar palabra. Le hablé entonces de Papá-Mamá Dios, que sufre junto con nosotros cuando sufrimos, que la estaba esperando en el cielo, y que la quería con un amor incondicional. Pero ella negaba con la cabeza.

Le dije que se serenara, que se dejara ir, así sin más, que le abriera la puerta a la muerte. Le administré luego los santos óleos. Pero ella seguía negando con la cabeza, la cara llena de angustia.

- ¿Qué te preocupa? –le pregunté-. ¿Tienes algún pendiente?

Y entonces asintió.

- ¿Tu marido?

Me dijo que no.

- ¿Tu hijo?

Y una luz asomó por sus pupilas.

- ¿Te preocupa tu hijo?

Asintió con vehemencia.

- Tu hijo está ahorita en el Tutelar –le dije-. Está detenido por un par de meses por un pequeño robo, pero está bien.

Me apretó entonces la mano.

- Sí, María –entendí en ese momento lo que quería-. Nosotros nos vamos a hacer cargo de él cuando salga del Tutelar. Lo vamos a llevar al albergue de Matraca –la institución para la que yo entonces trabajaba- y lo vamos a meter a la escuela.

Volvió a oprimirme la mano. No sabía qué más decirle. Parecía que la respuesta que le ofrecía no era suficiente.

- Yo mismo me voy a hacer cargo de él. Te lo prometo. Veré que esté bien.

Aflojó entonces sus miembros y se desasió de mí. Afirmó con dos inclinaciones de cabeza y sonrió. La paz fue transformando sus facciones.

Volví a hablarle de Dios y de su amor, de lo bien que se está en la casa del Padre. Entonces murió. Exhaló un último suspiro, y pude ver cómo la vida se le iba escapando de a poco, despacito. Y yo comencé a llorar.

Al Gabriel, su hijo, lo recogimos, en efecto, luego que salió del Consejo Tutelar para Menores. Lo inscribí en la primaria y, un buen día, sin aviso alguno, se nos fue lejos.

Varios años más tarde supe que lo habían detenido, otra vez por robo, y que por tener ya edad suficiente, lo habían recluido en la cárcel de Pacho Viejo, cerca de Jalapa. Pero ya no pude hacer nada por él. Nunca pude cumplir cabalmente la promesa hecha a aquella mujer que se negaba a morir hasta dejar encargado a su hijo.

Nadie, hasta hoy, supo de esa promesa hecha. Nadie supo tampoco de lo mal cumplida que fue. En cambio, adquirí fama de saber ayudar a bien morir a la gente. Todavía hoy me llaman para despachar gente al cielo. Y yo me cuido entonces, querido Alo, de hacer ninguna promesa..

El Dios verdadero, amigo mío, es como María, como una madre que no puede quedar en paz, aunque el sufrimiento la consuma, sin estar segura de que sus hijos están bien. Toda otra idea de Dios es falsa, es la idea de un ídolo.

El rostro del Dios verdadero tiene que ver con los pobres y con los que sufren. Ahí hay que buscarlo, desde ahí hay que romper la idolatría. El Dios verdadero procura la vida de quienes la tienen amenazada. Y éste es un primer criterio, indiscutible, de la autenticidad de una religión o de una idea de Dios. No puede ser verdadero un dios que justifica, se alegra, soporta, el abandono y el sufrimiento de sus hijos.

Soy consciente, por cierto, de que esta afirmación plantea serias preguntas sobre el aparente silencio del Dios en el que creo, el Dios de Jesucristo, frente al dolor y la pobreza de muchos. Pero de eso trataremos en otro momento. Por ahora, sólo quería dejar claro, con el ejemplo de María, que no toda experiencia de Dios es auténtica, que no toda idea de espiritualidad es tal y que no todas las religiones son iguales. Que existen criterios desde los cuales podemos discernirlas, y que uno primero, fundamental, es si traen vida “en abundancia” para quienes más lo necesitan. ¿Soy suficientemente claro, Alo?

Espero que sí. Y sobre todo, espero que sigamos nuestra conversación más adelante, porque esto se está poniendo bueno, ¿no?

Un abrazo.




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