De la muerte de Herodes a la primera revuelta judía



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De la muerte de Herodes a la primera revuelta judía
La muerte de Herodes desató las pasiones y frustraciones acumuladas por el pueblo que había sido mantenido en calma forzada. Mientras Herodes estaba en su lecho de muerte, dos hombres piadosos y sus seguidores quitaron el águila dorada que Herodes había erigido a la entrada del templo y la hicieron pedazos. Inmediatamente después de la muerte de Herodes estallaron revueltas en Jerusalem, Galilea y Transjordania (Perea). Los líderes de las revueltas tenían distintos fines. Unos simplemente mostrar su odio a un régimen temido; otros aprovecharse de un periodo de caos y desorden; y otros soñaban con sacudirse el yugo romano y convertirse en reyes.
Las revueltas ilustran el trasfondo del gobierno herodiano. Los altos impuestos y gastos extravagantes de Herodes causaron, o al menos aceleraron, el empobrecimiento de amplios sectores de la población. Un claro signo de miseria social fue la aparición de bandoleros, hombres sin tierra que asolaban el territorio en grupos que eran estimados por el paisanaje como héroes u odiados como villanos. El bandidaje había surgido ya antes, décadas después de la conquista de Pompeyo en el 63 a.C. Aunque el propio Pompeyo había respetado el Templo y las propiedades de los judíos, no lo hicieron los gobernadores que dejó, Gabinius y Craso. Éstos se dedicaron al robo y al pillaje, y Craso llegó a saquear el Templo. Tal vez como resultado de esas depredaciones Galilea estuvo prácticamente dominada por bandidos. En 46/7 a.C. Herodes suprimió a los bandidos. Unos años más tarde resurgieron, y Herodes los volvió a suprimir. El bandolerismo surgió después de la muerte de Herodes y llegó a su máximo grado desde el 44 d.C. hasta la víspera de la rebelión judía contra Roma en el 66 d.C. El empobrecimiento del país y su consiguiente desmembramiento social fueron un desgraciado legado de Herodes el Grande.
La historia de los judíos desde la muerte de Herodes el 4 a.C. hasta el comienzo en el 66 d.C. de la primera revuelta judía es un tanto inconexa. Josefo presenta la historia del primer siglo de nuestra era en forma de poco importantes episodios, con el declive de las relaciones romano-judías como único nexo.
Las relaciones romano-judías
Durante la primera mitad del primer siglo de nuestra era, los romanos usaron reyes vasallos para gobernar aquellas áreas de su imperio oriental que, como Judea, no estaban ni urbanizadas ni altamente "helenizadas" pero que tenían vigorosas culturas locales. La administración a través de un rey vasallo, un aristócrata nativo que podía entender las peculiares maneras de la población, era preferible a un gobierno romano directo. Así, a través del Asia menor oriental, norte de Siria y Palestina, dinastías nativas gobernaban sus territorios de acuerdo con los deseos de los romanos. De acuerdo con esta política, a la muerte de Herodes su reino fue dividido entre tres de sus hijos. Antipas recibió Galilea y Perea; Filipo, los altos del Golán y otros puntos más al este; Arquelao se convirtió en rey de la parte más extensa e importante del reino de Herodes, Judea. El año 6 d.C., sin embargo, los romanos depusieron a Arquelao por su mal gobierno y Judea, junto con Idumea, Samaria y gran parte de la costa mediterránea, fue anexionada a la provincia de Siria. Luego Judea fue administrada por funcionarios del servicio romano civil llamados prefectos o (después del 44 d.C.) procuradores. El resto del país permaneció en manos de Antipas y Filipo otros treinta años, pero luego pasó a ser el dominio del nieto de Herodes, Agripa I. En el 41 d.C. Agripa recibió del emperador Claudio el reinado sobre Judea también, reinando a partir de entonces sobre un reino casi tan grande como el del propio Herodes. Pero Agripa I murió tres años más tarde, el 44 d.C. Después de su muerte, todas las porciones judías del país fueron gobernadas por procuradores romanos. Durante unos pocos años, de mitad de siglo hasta el final de la primera revuelta judía en el 70 d.C., se dió al hijo de Agripa, Agripa II, una pequeña parte de la Galilea, pero el cambio general de la política romana era evidente. Al comienzo del s. I d.C. el país estaba gobernado por reyes vasallos, como Herodes y sus hijos. A mitad de siglo estaba gobernada por procuradores romanos (con excepción del pequeño reino de Agripa II). Este cambio se percibe igualmente en el resto del oriente romano.
Judea, por otra parte, fue gobernada por prefectos romanos desde el 6 d.C. De los seis o siete prefectos romanos que gobernaron Judea tras la destitución de Arquelao, la mayoría son para nosotros simples nombres. Incluso Josefo tiene poco que decir de ellos. La excepción es el prefecto romano Poncio Pilato (26 a 36 d.C.), que recibe un tratamiento negativo no sólo en los Evangelios, sino también en Filón y en Josefo. Según los evangelios Pilato masacró a un grupo de galileos (Lucas 13,1) y suprimió brutalmente una rebelión (Marcos 15,7), además de la crucifixión de Jesús. Según Filón, Pilato introdujo en el anterior palacio de Herodes en Jerusalem algunos escudos dorados inscritos con el nombre del emperador Tiberio. Los judíos protestaron enérgicamente, porque sentían que cualquier objeto asociado con el culto al emperador, por no mencionar al propio emperador, era idolátrico y ofensivo para la religión judía. Los anteriores gobernadores romanos habían respetado las sensibilidades judías en esta materia, pero Pilato no lo hizo. Después de haberle sido solicitado por los judíos, el propio emperador ordenó a Pilato quitar los escudos de Jerusalem y depositarlos en el templo de Augusto en Cesarea, una ciudad mixta judeo-pagana. Josefo narra un incidente similar, o tal vez una versión del mismo incidente, de una importación de estandartes militares a Jerusalem. El pueblo protestó ruidosamente, diciendo que preferían morir antes que ver la ley ancestral violada. Pilato dió marcha atrás y ordenó quitar las imágenes. Por último Pilato fue destituido cuando los judíos se quejaron lo bastantes a sus superiores.
Cuando un procurador como Pilato era corrupto o brutal, los judíos podían apelar al gobernador de Siria e incluso al emperador para quitar al malhechor. Pero cuando el propio emperador era responsable de acciones perjudiciales contra la comunidad judía, ésta no tenía a quien volverse. Este fue el dilema a que se vieron abocados los judíos de Israel y los de Alejandría durante el reinado del emperador Calígula (37-41 d.C.)
Los romanos se dieron cuenta de que el judaísmo no era como las otras numerosas religiones nativas del imperio. Los judíos rehusaban dar culto a ningún dios que no fuera el suyo, rehusaban reconocer el derecho del emperador a los honores divinos, rehusaban tolerar imágenes en lugares y edificios públicos, y se negaban a hacer cualquier tipo de trabajo cada séptimo día. Sabedores de esas peculiaridades, los romanos permitían a los ciudadanos judíos abstenerse de participar en ceremonias paganas; permitían a los sacerdotes del templo de Jerusalem ofrecer sacrificios de parte del emperador, y no "al" emperador; acuñar monedas en Judea sin imágenes, aunque muchas de las monedas que circulaban en el país estaban acuñadas en otras partes y llevaban imágenes; eximir a los judíos del servicio militar y asegurar que no serían llamados a juicio en sábado ni perderían ningún beneficio oficial como resultado de su observancia del sábado. En muchas ciudades de Oriente, los romanos autorizaron a los judíos a crear politeumata, comunidades étnicas autónomas, que proporcionaban a los judíos la oportunidad de autogobierno de sus asuntos comunitarios.
Los disturbios de Alejandría
El emperador loco Calígula y su legado en Egipto abolieron, o trataron de abolir, esos derechos y privilegios. Los disturbios estallaron primero en Alejandría, "griegos" (es decir, la población greco-parlante de la ciudad, muchos de los cuales no eran en absoluto griegos) contra judíos. Qué o quién los promovió no está claro. Lo que parece es que la causa última fue el peculliar y ambiguo status de los judíos de la ciudad. Por un lado, los alejandrinos se resentían de la politeuma judía y la consideraban un menoscabo del prestigio y autonomía de su propia ciudad. Por otro lado, los judíos consideraban que ser miembros de su propio poliutema les confería los mismos derechos y privilegios que tenían los ciudadanos de Alejandría. El resultado de esos conflictos fue sangriento y destructivo. Apoyados por el gobernador romano de Egipto, los griegos atacaron a los judíos, saquearon propiedades judías, profanaron o destruyeron sinagogas judías y encerraron a los judíos en un gueto. Los judíos no se quedaron pasivos en esos acontecimientos, y resistieron tanto militar como diplomáticamente. El judío más distinguido de la ciudad, el filósofo Filón, encabezó una delegación ante el emperador para defender la causa judía.
Mientras estaba en Roma, Filón supo de otro asalto, aún más serio, al judaísmo por parte del estado romano. Furioso porque los judíos se negaban a darle honores divinos, Caligula ordenó al gobernador de Siria que erigiese una colosal estatua del emperador en el templo de Jerusalem. Tampoco está clara la conexión, si la hubiera, entre los disturbios anti-judíos de Alejandría y el asalto de Calígula al Templo, sobre todo porque no hay certidumbre en la cronología relativa de esas series de acontecimientos. Lo cierto es que los derechos de los judíos de Alejandría y la santidad del Templo fueron amenazadas más o menos simultáneamente.
El gobernador romano de Siria, Publio Petronio, dándose cuenta de que la ejecución de la orden de Calígula no podría ser llevada a cabo sin disturbios y sin una gran pérdida de vidas, trató de posponerla. En una carta a Calígula, Petronio argumenta que el asunto debía posponerse porque inferferiría con la cosecha; en una segunda carta, le pide al emperador directamente que rescinda esa orden. Mientras tanto, Agripa II, que era amigo del emperador, convenció al emperador de no seguir adelante con su petición. Calígula así lo hizo, pero cuando recibió la segunda carta de Petronio se enfureció al ver que aquél no tenía intención de cumplir la orden imperial. En respuesta, Calígula ordenó a Petronio que se suicidase, pero Petronio recibió la carta después de la noticia de que Calígula había sido asesinado. Esto terminó con los potenciales problemas en Israel. Los disturbios en Alejandría fueron apaciguados por Claudio, quien ordenó que tanto griegos como judíos volveran a su anterior statu quo: los judíos mantendrían su poliutema, pero no deberían pedir más derechos y privilegios.
Tal vez uno de los aspectos más significativos de estos incidentes es que los judíos nunca consideraron la rebelión contra el imperio. Los judios de Alejandría tomaron las armas para defenderse de los griegos y a su pesar, al menos eso es lo que nos dice Filón de Alejandría. Los judíos dirigían sus luchas contra sus enemigos, pero no contra el emperador o el imperio romano. En Israel, cuando se supo que Calígula quería erigir su estatua en el templo, los judíos se reunieron ante Petronio y declararon en masa que tendrían que matarlos a todos antes que permitir la profanación del templo. Pero no amenazaron con rebelarse, sino que hicieron resistencia pasiva. Petronio era un hombre de conciencia y ética, y aquellas demostraciones masivas le persuadieron de no llevar a cabo el encargo imperial. Pero incluso un gobernador con menos principios, como Pilato, quitó los escudos de Jerusalem tras la protesta de los judíos de que preferían ser muertos que permitir las imágenes en el Templo. En ninguno de los casos aparecen bandoleros o revolucionarios en estas manifestaciones.
Agripa I
A pesar del éxito de esa política de resistencia pasiva, los años posteriores a Calígula vieron crecer la resistencia violenta al dominio romano. La locura de Calígula parece haber suscitado la duda en los beneficios del gobierno de Roma, y que la única manera de asegurar la seguridad y santidad del templo era expulsar a los romanos del país y deponer a cuantos judíos les apoyaban activamente.
El proceso pudo haberse abortado si Agripa I hubiera reinado más tiempo, como su abuelo Herodes, pero sólo reinó tres años (41-44 d.C.). A pesar de su corto reinado, fue un rey popular. Tanto Josefo como la literatura rabínica sólo tienen buenas cosas que decir acerca de él. En algunos aspectos se parecía a su abuelo: era un hábil y competente político. Financió juegos paganos en Cesarea e hizo grandes regalos a Beirut, una ciudad también pagana. Pero, al contrario que a Herodes, no fue criticado por esas donaciones. Fue cuidadoso en la observancia de las leyes judías en las áreas de su dominio. En la esfera política trató de alcanzar un modesto grado de independencia de Roma. Incluso empezó la construcción de una nueva muralla en Jerusalem por su lado norte. Si la hubiera completado, dice Josefo, la ciudad hubiera sido inexpugnable durante la revuelta que estalló en el 66 d.C.
Si hubiera reinado Agripa largo tiempo, tal vez los elementos desafectos de Judea se hubieran conformado de nuevo a una dominación foránea. Pero a la muerte de Agripa el 44 d.C. Judea volvió a ser gobernada por procuradores romanos. Ya no hubo más una autoridad judía que, aun bajo supervisión de Roma, pudiera satisfacer las aspiraciones nacionales judías.
Además los procuradores posteriores al 44 d.C. fueron incompetentes e insensibles, como poco. Un país que incluso ante el asalto de Calígula a sus sentimientos religiosos se había mantenido en paz, estalló en rebeliones veinte años después del gobierno de los procuradores romanos que siguieron a Agripa I. Josefo narra una larga cadena de incidentes menores, disturbios, asesinatos y saqueos que eran preludio de la gran revuelta. Los participantes en esos incidentes tal vez no se daban cuenta de que estaban preparando el camino de la guerra. Sin embargo, varios elementos de la población estaban expresando su descontento con la situación, y los procuradores romanos estaban usando el poder de sus cargos para enriquecerse.
A finales del 66 a.C., después de que Gesio Floro (que sería el último de los procuradores) hubiera cogido dinero de las arcas del templo (por impuestos atrasados según él), estalló una violenta revuelta que llevó a la masacre de la guarnición romana de Jerusalem. El gobernador de Siria intervino, pero incluso él fracasó en restaurar la paz. Fue obligado a abandonar Jerusalem, sufriendo una seria derrota. Los judíos de Judea se habían rebelado contra el imperio romano.
Pero hay que hacer balance de la situación y composición social del momento en lo que se refiere al judaísmo antes de proseguir con la exposición de la primera revuelta judía.
Desde el periodo helenistico, ioudaios significaba no sólo el habitante o nativo del distrito de Judea, o miembro de la tribu de Judá, sino algo parecido a la acepción actual de la palabra judío, alguien cuya forma de vida y religión fue llamada Ioudaismos.
Ese judaísmo era un fenómeno de varias facetas, en modo alguno monolítico. Ante todo, el judaísmo era la creencia en el Dios de Moisés, que creó el mundo, y que escogió a los judíos para ser su pueblo especial y que premiaba o castigaba a su pueblo de acuerdo con su lealtad hacia Él. El judaísmo era también la práctica de las leyes y rituales que Moisés había encargado en nombre de Dios, muy especialmente las leyes de circuncisión, sábados y alimentos prohibidos. Los judíos debatían vigorosamente entre sí el preciso significado de sus creencias y prácticas, pero en líneas generales todos, o casi todos, estaban de acuerdo.

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La ascensión de Calígula tuvo una inesperada consecuencia para los judíos en la persona del nieto de Herodes, Agripa. Era hijo de Alexander, el hijo de Herodes ejecutado por éste en el 7 a.C. Agripa había pasado la mayor parte de su vida en Roma con la esperanza de que algún día el emperador le diese un reino. En esa línea había gastado su fortuna en presentes y fiestas. Reducido a la pobreza regresó a Judea, pero sus acreedores le siguieron.
No viendo solución a sus problemas Agripa decidió suicidarse. Su mujer se las arregló para detenerle, y escribió a su hermana Herodías pidiendo ayuda. Herodias persuadió a Antipas para que le diera trabajo a Agripa como inspector de mercados en Tiberíades pero se peleó con el tetrarca y tuvo que marcharse. Se unió a la corte del gobernador de Siria pero fue encontrado culpable de soborno y destituído.
Desesperado Agripa tomó prestado más dinero y volvió a Roma. Allí fue bien recibido por Tiberio, pero le alcanzaron las noticias de sus enormes deudas. Para resolverlas tomó prestado más dinero. Según iban los acreedores exigiendo el pago de su deuda iba endeudándose más. Las deudas de Agripa fueron astronómicas, pero su suerte iba cambiando. Se había convertido en un buen amigo de Calígula, en el que puso todas sus esperanzas. Estaba seguro de que Calígula le recompensaría cuando se convirtiera en emperador. En su entusiasmo Agripa tal vez dejó ver que andaba detrás de matar a Tiberio. Su indiscreción le costó ir a prisión, donde permaneció seis meses.
Cuando Calígula ascendió al trono hizo a Agripa rey del antiguo dominio de Filipo. Agripa tenía entonces 47 años y permaneció en Roma hasta el verano del 38 d.C. antes de tomar posesión de su reino. En su vuelta a casa recaló en Alejandría.
Durante muchos años había habido hostitlidad entre judíos y griegos en Alejandría. La insistencia de Calígula en ser adorado en todo el imperio había dado a los griegos de Alejandría la excusa que necesitaban, y acusaron a los judíos de deslealtad. El propio Agripa fue abucheado mientras la comunidad judía era sometida a todo tipo de degradación. El gobernador de la provincia quitó la ciudadanía a los judíos. Estatuas del emperador fueron colocadas en las sinagogas y los judíos que protestaban fueron azotados o asesinados. Agripa consiguió hacer llegar una carta al emperador que dió órdenes de arrestar al gobernador. El orden fue restaurado, pero eso era sólo el principio.
Cuando Agripa llegó a Palestina fue derecho a Jerusalem. Al salir de prisión a la muerte de Tiberio Calígula había recompensado a Agripa con una cadena de oro del mismo peso que la de hierro que había llevado en prisión. Agripa colgó la cadena de oro en el tesoro del Templo en recuerdo de sus pasados problemas. Su abuelo había tratado de reinar sobre gentiles y judíos, pero Agripa era de origen hasmoneo y trató de reinar como un judío.
Calígula le había dado el título de rey, lo que fastidió enormemente a Herodías porque su marido tenía el título menor de tetrarca, y no podía soportar que Agripa tuviera un rango superior a Antipas. Así que empezó a presionarle para que fuera a Roma a pedir el mismo título para él. Al principio Antipas se resistió, pero al final ella consiguió convencerle. Antipas se embarcó hacia Roma para defender su pretensión. El imprevisible Calígula no sólo no le hizo caso sino que destituyó a Antipas. Hay que decir en favor de Herodías que aunque le fue permitido retirarse a su estado privado ella escogió permanecer al lado de su marido. Como insulto final la tetrarquía de Antipas fue puesta bajo Agripa.
En Judea la situación se había vuelto explosiva. Agripa estaba aún en Roma cuando Calígula fue asesinado, y tuvo un importante papel en el establecimiento de Claudio como nuevo emperador. En recompensa Claudio le otorgó todo el dominio de Herodes el Grande. Después de 45 años la zona estaba de nuevo reunida. Las noticias de la muerte de Calígula fueron recibidas con júbilo por los judíos. Claudio envió cartas a todas las comunidades judías restaurando sus derechos. Una carta especial fue enviada a Alejandría, donde tanto habían sufrido.
Desde los tiempos de Herodes los suburbios de Jerusalem habían crecido hacia el norte de la ciudad. Los romanos habían ampliado el suministro de agua y ello hizo posible el aumento de la población. Agripa decidió rodear esa nueva ciudad con una muralla. Sus operaciones constructivas fueron conocidas por el gobernador de Siria quien informó a su vez al emperador. Siempre preocupado por una revuelta judía, Claudio ordenó a Agripa que parase la construcción. La muralla quedó a medio construir durante 25 años.
Los judíos veían a Agripa como un rey suave y justo. Fue cuidadoso en la observancia estricta de la ley de Moisés y apoyó a los fariseos. Se interesó por los asuntos judíos incluso fuera de su dominio. Pero su reino sólo duró tres años. Se había convertido en costumbre para cada nuevo gobernante cambiar al sumo sacerdote, y Agripa lo hizo tres veces.
Una mañana al amanecer Agripa entró en el teatro de Cesarea vestido con ropas bordadas completamente en plata. Los rayos del sol espejearon en sus vestidos de manera que parecía que tenía un aura. Sus aduladores griotaron proclamándole dios. El rey no les contradijo. Cinco días más tarde estaba muerto. Judíos y cristianos estuvieron convencidos de que su muerte era un castigo divino.
Cuando Agripa murió en el 44 d.C. los judios hicieron duelo y los gentiles le injuriaron. Había favorecido al judaísmo farisaico y era inevitable que entrase en conflicto con la comunidad cristiana.
Agripa dejó un sólo hijo, llamado también Agripa, que tenía 16 años. Claudio pensó que era demasiado joven para gobernar y devolvió el país al gobierno directo de Roma. Por primera vez Galilea estaba bajo un gobernador romano, y desde entonces los gobernadores llevaban el título de procurador y no de prefecto.
Bajo los procuradores romanos
El primer procurador fue Cuspius Fadus que llegó más tarde en el mismo año 44 d.C. Su gobierno y el de su sucesor, Tiberius Alexander, un judío no religioso de Alejandría, fueron nefastos.
Por orden del emperador, Fadus trató de tener de nuevo el control de las vestimentas sacerdotales para dar a los romanos un arma de presión sobre los sacerdotes. Los judíos protestaron y se les permitió enviar una delegación a Roma. El joven Agripa presentó la petición a Claudio y el emperador rescindió la orden.
El retorno de los romanos hizo revivir la popularidad de los celotas. La inclusión de los indómitos galileos en la provincia romana debió incrementar la tensión, que se vió agravada por una hambruna. Otro problema constante para los romanos era el Mesías. Cuando aparecía alguno el procurador seguía el procedimiento habitual de enviarlo al calvario. El "liberador" era capturado y crucificado. Por lo que a los romanos concernía, se había evitado otra revuelta.
Josefo recoge que Tiberius Alexander crucificó a Santiago y Simón, hijos de Judas el Galileo que había fundado el movimiento celota.
La situación empeoró con un incidente durante la procuraduría de Cumanus en el 48 d.C., causado por un acto estúpido pero típico de un soldado auxiliar romano. Era Pascua y la plataforma del Templo estaba llena de peregrinos. Como era habitual la guarnición romana de la fortaleza Antonia había bajado a los pórticos para prevenir disturbios. Uno de los soldados, expresando tal vez la opinión de sus compañeros, se levantó la túnica y presentó el trasero desnudo a la multitud tirándose un sonoro pedo. El efecto fue devastador. La multitud se volvió hacia los soldados y comenzó a apedrearlos. Cumanus envió refuerzos. En la estampida fueron miles los pisoteados y muertos.
Esto llevó a protestas e incidentes menores. Un soldado se ofuscó y quemó un rollo sagrado. Cumanus trató de salvar la situación ejecutando al soldado, pero los problemas continuaban.
Algunos galileos fueron asesinados al pasar por Samaria. Cumanus fue informado del incidente pero lo ignoró. Cuando las noticias llegaron a Jerusalem, la gente estalló contra los samaritanos, y liderados por dos celotas invadieron Samaria.
Cumanus salió de Cesarea con su caballería sebastena y cayó sobre la multitud invasora. Muchos de ellos fueron muertos o capturados. Mientras tanto los samaritanos habían enviado una delegación a Cuadratus, el gobernador de Siria. Los judíos también apelaron a él, alegando que Cumanus había sido comprado por los samaritanos. Cuadratus llevó a cabo una cuidosa investigación que le convenció de que los judíos estaban preparando una revuelta. Ordenó la crucifixión de todos los prisioneros judíos y decapitó a otros cinco que habían estado envueltos en el indicidente. Los líderes judíos y samaritanos, junto con Cumanus, fueron enviados a Roma para exponer su caso ante el emperador. Una vez más Agripa intercedió por los judíos. Claudio consideró probablemente que los judíos habían pagado ya bastante su crimen y los dejó ir. Tres de los líderes samaritanos fueron ejecutados y Cumanus destituído.
Hacia el 50 d.C. le fue dado su reino a Agripa, que ya tenía 22 años. En el 53 d.C. Claudio le trasladó al más amplio dominio de su tío Filipo al nordeste del mar de Galilea.
Claudio reemplazó a Cumanus con Antonio Félix. La elección parece extraña, porque Félix era uno de sus ex-esclavos. Ello no quería decir que careciese de la educación y talento necesarios para administrar una provincia; muchos de los esclavos tenían mejor formación que sus amos. Pero lo raro es que se le diera a Félix Judea. Era el primer liberto en tener ese puesto. Su administración fue un desastre constante.
En 54 d.C. murió Claudio, y le sucedió Nerón. El nuevo emperador confirmó a Félix en su puesto e incrementó el dominio del joven Agripa dándole el control sobre ciertas ciudades en Perea y Galilea incluyendo la antigua capital de Antipas, Tiberíades.
El mal gobierno de Félix favoreció el incremento del poder de los celotas que ganaban predicamento entre el pueblo. Félix se preocupó por esa creciente popularidad y arregló un encuentro con su líder Eleazar. A pesar de las promesas de seguridad Félix envió a Roma a Eleazar y sus compañeros para un juicio. Desprovistos de su líderes Félix hizo una campaña contra los celotas y sus simpatizantes. Cientos o tal vez miles fueron crucificados o hechos prisioneros. Mucha gente inocente sufrió el mismo destino que sólo sirvió para aumentar el sentimiento anti-romano y la influencia de los celotas supervivientes.
La campaña de Félix llevó a la clandestinidad a los celotas, pero su esfuerzo fue continuado por los sicarios, que eran más fanáticos aún que los celotas. En realidad eran un escuadrón de la muerte. Se llamaban sicarios por las cortas dagas curvas (siccae) que llevaban escondidas bajo la ropa. Durante las fiestas se mezclaban con la mutlitud y asesinaban a los que eran sospechosos de simpatía por los romanos. Su víctima más notable fue el sumo sacerdote Yonatan.
Naturalmente la tensión reinante produjo un aluvión de mesías. Félix se ocupó de ellos por el procedimiento normal romano de enviar a la caballería. El más famoso de esos mesías fue un judío egipcio que llevó a sus seguidores al monte de los Olivos pretendiendo que Dios derribaría las murallas de Jerusalem y le daría la ciudad. Se quedó con la palabra en la boca cuando cayó sobre ellos la infantería pesada de Félix respaldados por la población de Jerusalem. La mayoría de los seguidores del egipcio murieron, pero él consiguió escapar.
Poco después de esto Pablo parece haber estado involucrado en un disturbio en la plataforma del Templo y fue arrestado por la guarnición romana de la Antonio. El centurión al mando creyó que Pablo era el egipcio. La historia en Hechos de los Apóstoles cuenta cómo Pablo estuvo a punto de ser azotado cuando declaró que era ciudadano romano. Entonces fue despachado a Cesarea para juicio ante el gobernador.
El fracaso de los mesías llevó a sus seguidores a apoyar a los celotas. Los sumos sacerdotes se habían convertido en meras marionetas de Roma. Eran completamente corruptos y comenzaron a reducir los diezmos de los sacerdotes ordinarios. Como resultado, los más pobres de los sacerdotes se morían de hambre, lo que llevó a muchos de ellos al campo celota.
El nuevo espíritu nacionalista alcanzó incluso a Cesarea. Estallaron luchas entre los judíos y los elementos sirios de la ciudad. Los judíos eran minoría pero alegaban superioridad porque Herodes había fundado la ciudad. Lo que significa que probablemente los judíos querían imponer la ley judía sobre la población pagana. Félix cortó los disturbios enviando una delegación de ambas partes a Roma dejando al emperador que arreglara las cosas.
Por si fuera poco Félix había irritado a los judíos por su matrimonio con Drusila, la hermana de Agripa. Ella estaba casada con el rey de Emesa pero Félix la persuadió para que dejase al rey y se casara con él. No fue el abandono del rey de Emesa lo que irritó a los judíos, sino el hecho de que Félix fuera incircunciso.
Hacia el 60 d.C. Félix fue reemplazado por Festus. Poco después de la llegada de Festus a Palestina volvieron de Roma las delegaciones de judíos y sirios de Cesarea. El emperador había fallado a favor de los sirios, y los judíos que habían pretendido tomar el control de la ciudad habían perdido incluso la igualdad.
No se sabe gran cosa del gobierno de Festus. La crisis económica que había empezado treinta años antes había ido empeorando, lo que agravó la situación política. Los asesinatos de los sicarios continuaban y había otro mesías con las habituales pretensiones y que también fue masacrado junto con sus seguidores por las fuerzas romanas. En los Hechos de los Apóstoles se nos cuenta cómo poco después de la llegada de Festus Pablo fue llevado ante él; había estado prisionero en Cesarea dos años. Entonces ejercitó su derecho de ciudadano romano y en consecuencia fue enviado a Roma a juicio.
El gobierno de Festus sólo duró un par de años, y murió en su puesto. Hubo un lapso de unos cuantos meses entre la muerte de Fetus y la llegada del nuevo gobernador, y Ananus aprovechó la oportunidad para destruir a sus enemigos. Entre ellos estaba la comunidad cristiana de Jerusalem. Por orden suya Santiago, el hermano de Jesús, junto con otros incorformistas fueron atrapados y lapidados. Se elevaron quejas a Agripa, que depuso rápidamente a Ananus.
Las acciones de Ananus eran sintomáticas de su tiempo. La ley y el orden estaban rotos. La situación no mejoró por la llegada de otro gobernador, Albinus. Era débil y apaciguador. Todas las partes se dieron cuenta de que podía ser comprado. Los sicarios y los celotas florecieron durante su mandato.
Cuando los sacerdotes pobres se quejaban de que no les daban sus diezmos, eran azotados. Agripa trató de arreglar las cosas cambiando otra vez al sumo sacerdote. Nombró a un tal Jeshua ben Damneus pero pronto cambió de opinión y lo reemplazó por otro Jeshua, ben Gamaliel esta vez. Pero el primer Jeshua no aceptó su cese y los dos, respaldados por mercenarios, libraron enconadas batallas en las calles de Jerusalem. Al final Agripa desautorizó a los dos y le dió el puesto a Matías.
La catástrofe final se avecinaba pero nadie parecía darse cuenta, salvo otro Jeshua, ben Ananías. Llegó a Jerusalem en otoño del 62 y comenzó a profetizar desastres sobre la ciudad.
Mientras tanto en Roma la posición de la comunidad judía había mejorado desde los tiempos de Tiberio. Muchas aristócratas habían caído bajo la influencia judía, incluyendo a Popea, la esposa de Nerón. Una comunidad cristiana considerable había crecido también allí. El romano de a pie miraba a ambos grupos con desconfianza y disgusto.
El 64 d.C. parte de Roma fue destruida por el fuego. Miles de personas quedaron sin casa. En su angustia el pueblo empezó a señalar a Nerón. Eran bien conocidos sus planes constructivos y el fuego le vino bien para clarear lo que le estorbaba. Nerón miró alrededor en busca de un chivo expiatorio. Tanto judíos como cristianos no eran gratos y no sería difícil desviar las iras del pueblo en su dirección. La adhesión de Popea a los judíos salvó a éstos, y los que pagaron el pato fueron los cristianos. Muchos fueron arrojados a las fieras en el Circo Máximo y otros ardieron como antorchas en los jardines imperiales.
En Judea las predicciones de Jeshua ben Ananias continuaron. Día y noche gritaba por las calles. Cuando rehusó callarse fue llevado ante el Sanedrín y azotado. Pero persistió. Le llevaron ante el gobernador que le preguntó quién era y de dónde venía, a lo que no contestó. El gobernador le soltó declarándole loco. Pero siguió gritando por la ciudad "¡Ay de Jerusalem!"
Con Albinus la ley y el orden se terminaron de derrumbar. Nerón trató de corregir las cosas enviando a un autoritario, Gesio Floro, un "colgador y azotador" que creía poder dominar la más ligera rebelión con la mayor severidad. Cuando Cestius Gallus, el gobernador de Siria, vino a Jerusalem por la Pascua, los judíos le pidieron que aliviara su miseria. Pero Gallus no hizo nada.
La hostilidad entre los judíos y los sirios de Cesarea estalló de nuevo, esta vez con motivo de una parcela lindera de la sinagoga donde los sirios querían hacer talleres. Cuando los judíos promovieron disturbios Florus metió en prisión a sus líderes.
En Jerusalem había malestar pero no disturbios. Floro tomó dinero del tesoro del Templo alegando que se necesitaba para trabajos públicos. Nadie le creyó. Hubo mucha crítica, y algunos jóvenes de pasearon con cestos regogiendo monedas "para el pobre Floro". Irritado el gobernador fue a Jerusalem con sus fuerzas.
Al llegar a Jerusalem Floro plantó su tribunal frente al palacio y pidió la entrega de los que le habían insultado. Cuando los judíos rehusaron lanzó a sus tropas. En la estampida muchos fueron pisoteados y otros muertos por los soldados. Otros fueron capturados, azotados y crucificados.
Al día siguiente hubo una manifestación fuera de la ciudad, al otro lado del palacio. Dos cohortes romanas llegaban desde Cesarea. Se les había advertido que estuvieran preparados para disturbios. Comenzaron a agredir a los manifestantes. La multitud era enorme y los soldados debieron pensar que si era atacados en campo abierto serían sobrepasados. Así que trataron de forzar su camino a través de la puerta y atravesar la ciudad hacia la Antonia. En las estrechas calles de Jerusalem los soldados fueron atacados por la iracunda multitud. Imprudentemente Floro ordenó a las tropas del palacio que limpiasen las calles. Eso fue el colmo y estalló la violencia. Los jóvenes se subieron a los tejados y tiraron piedras a los soldados, que no pudieron hacer nada y se retiraron al palacio.
Las multitudes se volvieron entonces a la Antonia, temiendo que la guarnición tratase de ocupar la plataforma del Templo. Encontrando a los soldados aún en la fortaleza, derribaron los pórticos aislando así a la guarnición del área del Templo.
Floro se preocupó. Sabía que si había una revuelta a gran escala se vería aislado en Jerusalem. Llamó a los sacerdotes y les ofreció marcharse a Cesarea dejando sólo una cohorte en Jeruslem. Los sacerdotes aceptaron, con la única condición de que no fuera la misma cohorte que había atacado al pueblo.
Ambas partes escribieron a Cestius Gallus, el gobernador de Siria, quien envió a un tribuno a investigar. En su camino hacia Jerusalem el tribuno encontró a Agripa que venía del extranjero y le dijo lo que estaba pasando en la ciudad. Entraron juntos en Jerusalem, y la multitud dió la bienvenida al joven rey. Pero cuando se dieron cuenta de que trataba de contemporizar y buscar la reconciliación entre ambas partes le echaron de la ciudad.
Los celotas sintieron que había llegado su momento. Asaltaron Masada y degollaron a su guarnición. En Jerusalem tomaron el control sobre los sacerdotes y suspendieron el diario sacrificio por el emperador, en un gesto final de desafío.
Josefo narra una larga cadena de incidentes menores, disturbios, asesinatos y saqueos que eran preludio de la gran revuelta. Los participantes en esos incidentes tal vez no se daban cuenta de que estaban preparando el camino de la guerra. Sin embargo, varios elementos de la población estaban expresando su descontento con la situación, y los procuradores romanos estaban usando el poder de sus cargos para enriquecerse.
A finales del 66 a.C., después de que Gesio Floro (que sería el último de los procuradores) hubiera cogido dinero de las arcas del templo (por impuestos atrasados según él), estalló una violenta revuelta que llevó a la masacre de la guarnición romana de Jerusalem. El gobernador de Siria intervino, pero incluso él fracasó en restaurar la paz. Fue obligado a abandonar Jerusalem, sufriendo una seria derrota. Los judíos de Judea se habían rebelado contra el imperio romano.

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