De fidel a raúL



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5.- Por una alternativa anti-capitalista
Intentemos darnos, antes del final, una síntesis razonable de la situación. En tal sentido, la pregunta clave apunta a determinar si en la Cuba de los últimos años han habido o no cambios relevantes y si éstos justifican o no nuestra afirmación inicial de que nos encontramos frente a un punto de inflexión. ¿Cómo se compatibiliza este supuesto con el “gatopardismo” de que también hemos hablado? Al respecto, parece claro que los movimientos habidos al interior de la élite de poder como consecuencia de la enfermedad de Fidel Castro y su posterior abandono de los cargos estatales no representan otra cosa que una reacción “sistémica” de preservación, conservación y estabilidad. La élite de poder se galvanizó, se pertrechó y adquirió solidez cerrando filas gradualmente en torno a Raúl Castro, su envejecido círculo de confianza y las Fuerzas Armadas, quedando por verse todavía si el acompañamiento de las alicaídas estructuras partidarias habrá de estar signado por el entusiasmo, por la resignación o por el abandono liso y llano. Mientras tanto, el modelo sostenido por la élite de poder no presenta variación alguna respecto al que ya se consolidara como tal en los años 60, aunque parece claro que el mismo habrá de incluir ahora más fuertemente nuevos estímulos a la inversión capitalista extranjera y relaciones comerciales más fluidas con el resto del mundo y también, al menos tendencialmente, con los Estados Unidos; siguiendo en esto, en el reducido menú de ofertas disponibles, el sendero chino o el vietnamita. No hay, a nivel de la élite de poder, indicio alguno que permita especular, aunque sea muy vagamente, con la pérdida del rol central del Estado, con la quiebra del monopolio partidario o con una ampliación significativa de las libertades de la gente: los cambios ofrecidos como prenda de buena voluntad y como rasgo distintivo de la nueva administración “raulista” no son más que ridiculeces y nimiedades; no tratándose más que de “libertades” de consumo otorgadas para cumplir con el objetivo de brindar una imagen distinta, intentar la recuperación de las confianzas perdidas y, sobre todo, realizar uno de los acostumbrados rastrillajes sociales en procura de las divisas existentes en manos de la gente. Nada de cambios significativos, pues, sino “gatopardismo” puro y duro. Y, sin embargo, hay sí un cambio a nivel de la élite de poder aunque sea completamente ajeno a su voluntad; un cambio esencial y que todavía no lo ha dado todo de sí: la remisión parcial y relativa de la figura de Fidel Castro le resta al régimen el único elemento carismático y “seductor” del que disponía, su “encanto” postrero y “convincente”, su nexo inevitable no con la realidad sino con los “paraísos” por venir. Y -¡vaya coincidencia!- eso ocurre en el momento en que el agotamiento del modelo se ha hecho más que evidente y ya nadie está en condiciones de defender lo indefendible y de presentar el descalabro de la sociedad cubana como un jalón más de “dignidad” en el camino de la “soberanía” y el “socialismo”.

Pero hay otro espacio de cambio real y que se encuentra completamente por fuera de los devaneos e intrigas de la élite de poder y ése es el espacio de la sociedad cubana propiamente dicha. Es allí donde se combinan caóticamente todo tipo de indisciplinas, de cuestionamientos y de protestas. El régimen parece haber perdido toda credibilidad en segmentos cada vez más dilatados de la sociedad cubana y ya no es capaz de convocar ni euforias ni expectativas y ni tan siquiera tolerancias, no quedándole otro recurso que conformarse con las oquedades de las cada vez más inoperantes organizaciones “de masas”, con el puntual cumplimiento funcional de su red represiva y con las pasividades y los miedos que todavía es capaz de convocar. Pero lentamente han ido ensanchándose fisuras de todo tipo y es por esos resquicios que hoy comienza a expresarse el policromático “partido” del descontento. Hoy, el discurso oficial no tiene más alternativa que coexistir con palabras plurales y difusas que, con diversos grados de audacia y de penetración crítica, ponen en jaque su indisputable monopolio. No hay todavía organizaciones de la sociedad cubana que puedan reputarse como expresivas de ese generalizado descontento pero existen sí los fermentos a partir de los cuales procesar prácticas de rechazo de profundidad variable y más o menos bien definidas; incluso admitiendo lo intermitentes que éstas puedan ser y la debilidad que todavía las aqueja. Es a este nivel donde está procesándose más fuertemente la sensación del desbarajuste en que ha desembocado el proceso de construcción “socialista” y la convicción cada vez más fuerte de que la parálisis y la inercia no conducen a otra parte que al agravamiento de la situación. Es precisamente en el entretejido de estos emergentes con la finalización del ciclo caudillista que se constituye el punto de inflexión del proceso de cambios de la sociedad cubana: ese conjunto de interrogantes y desafíos que la élite de poder ya no está en condiciones de responder y enfrentar. Punto de inflexión, entonces, no deseado por la élite de poder, imprevisible y fuera de su control; casualmente en el momento en que el régimen político se ve obligado a dejar por el camino algunas de sus virtualidades represivas e ignora cualquier otra orientación que no se corresponda con la de su propia sobrevivencia.


Sin embargo, el hecho de que podamos hablar de un punto de inflexión no significa que estemos en condiciones de prever los recorridos que se derivarían del mismo sino que el punto tal debe ser interpretado como una encrucijada en la que no parece haber un camino de predominio seguro. ¿Cuáles serían, pues, los caminos más razonablemente posibles? Muy esquemáticamente, puede decirse que hay sólo tres direcciones de reconocible aunque dispar factibilidad: la salida que finalmente pueda pergeñar la actual élite de poder, la restauración “pre-castrista”67 y el empuje socialista propiamente dicho.

La primera dirección es la que se está transitando en este preciso instante: una carrera contra reloj que especula con los tiempos cada vez más apremiados de la sociedad cubana y todo lo cifra en una restauración capitalista incompleta y bajo supervisión estatal al estilo chino o vietnamita: opción ésta que no parece contar en el corto plazo con auspicios capaces de financiar las necesidades inmediatas y para cuya satisfacción sería preciso acceder a cifras del orden de las decenas de miles de millones de dólares.68 ¿Qué excedentes debería tener a disposición la élite de poder nada más que para recuperar niveles decorosos de sustentabilidad alimentaria? ¿con cuánto dinero tendría que contar ya mismo una economía estatal capitalista, sólo para poner en las mesas de los cubanos las cantidades indispensables de leche, carne, verduras y arroz y sin hacer mención del resto de las necesidades básicas? ¿cómo puede lograrlo sin repercusiones sociales más importantes que las que ya se han producido un país que importa cuatro veces más de lo que exporta y en el que su exportación más redituable consiste precisamente en trabajadores calificados en el área de la salud y la educación? En definitiva, esta primera dirección no tiene un margen considerable de maniobra y está jugada a estirar los plazos con inyecciones provenientes del turismo y del envío de remesas además de hacerlo en la hipotética capacidad de gerenciamiento de las Fuerzas Armadas.

La segunda dirección espera su turno agazapada en las sombras y no tanto. La alternativa restauracionista confía en el agotamiento de los plazos, en la desesperación y en una implosión al mejor estilo soviético; con la importante diferencia de que ahora Boris Yeltsin tal vez tenga que ser un militar. En efecto: por mucho que se lo niegue, no puede haber duda alguna en cuanto a que hay conspiraciones militares y que las mismas muy probablemente tengan vínculos más o menos estrechos con la flor y nata del exilio capitalista cubano; y allí están para probarlo o al menos para abonar las sospechas hasta notorios generales de brigada de las Fuerzas Armadas actualmente residentes en Miami.69 Es bastante razonable suponer que esas vinculaciones estén muy próximas a una masa crítica que les permita contar con verdadera capacidad operativa, aunque el problema mayor siempre estará situado en torno al hallazgo del grupo de altos oficiales “libres de culpa” y capaces por lo tanto de encabezar un proceso creíble de “restauración democrática”. Mientras tanto, esta opción continúa afanosamente empantanada a la espera de su Raúl Isaías Baduel o a que una conjunción astral favorable de biología y cansancio le ofrezca mejores oportunidades que las que hoy por hoy se le pueden dar.

La tercera dirección es bien distinta y de hecho es la única que nos interesa. Ahora, inevitablemente los protagonismos deben ser radical y drásticamente desplazados; una opción de signo revolucionario, socialista y libertario nada puede esperar de aliados estatales foráneos o locales y nada tiene para ofrecer en el toma y daca de las concesiones recíprocas. Sólo puede confiar en la gente misma: en sus posibilidades, en sus impulsos y en sus deseos. A esto habremos de dedicar el resto de nuestro trabajo.


No tiene mucho sentido cuestionarse ahora si la conducción del proceso cubano albergó o no en algún momento un genuino proyecto socialista y tampoco sopesar si el influjo y el contagio revolucionarios ejercidos sobre los movimientos de cambio en América Latina tuvieron un saldo positivo o a la postre fueron de signo contrario: a nuestros actuales efectos bien puede aceptarse sin mengua alguna de nuestras convicciones que efectivamente se albergó en la dirigencia histórica una intencionalidad socialista y que su aliento revolucionario contribuyó decisivamente a la saludable radicalización de las “izquierdas” del continente en aquellos lejanos años 60. Pero el problema es que estamos extraordinariamente distanciados de esas circunstancias y lo que sí resulta de particular importancia remarcar en este preciso instante es que ya en aquellos momentos primerizos el proceso contenía en germen las constantes de su propio estancamiento y de su inevitable frustración: obsesión por las prohibiciones y por el establecimiento de un disciplinamiento policíaco; militarismo; caudillismo; control y absorción de la sociedad por el Estado; desprecio por la pluralidad de organizaciones y de ideas; inconfundible talante represivo, etc.70 Y, por supuesto, la misma importancia tiene constatar que tales rasgos, sistemáticamente justificados por la mentalidad de “plaza sitiada” que tan funcional ha sido al régimen político, acabaron adquiriendo un carácter estructural y permanente y se prolongaron sin modificación alguna hasta nuestros días. Pero lo que resulta absolutamente decisivo es concluir que, si estas improntas están en la raíz de cualquier explicación razonable sobre el estancamiento y la frustración de la construcción socialista y la irradiación revolucionaria, la recuperación de ambas sólo puede estar vinculada al meticuloso desguace de las mismas. En definitiva, la discusión de fondo a librar en estos días en el caso cubano consiste en saber cuánto ha sobrevivido -no en el gobierno sino en sus raíces sociales profundas- de la vieja intencionalidad socialista y del viejo aliento revolucionario hasta el punto de canalizar la una y el otro en el marco de un modelo sustancialmente distinto y fundado enteramente sobre otras bases.71 Se trata, ni más ni menos, que de un nuevo punto de partida y de un replanteo radical que haga definitivamente a un lado aquellos lastres que, lejos de ser una contribución en el trabajoso proceso de construcción socialista, han demostrado sobradamente su condición de obstáculos insalvables en esa dirección. Se trata, para decirlo más claramente, de un movimiento fundacional que ahora no puede adquirir sus impulsos básicos en otro lugar que no sea ese nexo inseparable existente entre el problema del socialismo y el problema de la libertad; precisamente ese nexo que la conducción histórica cubana ha querido eludir obstinadamente desde los albores mismos de su peripecia.

Sin embargo, ese movimiento fundacional está exigido de reconocer desde sus comienzos todas y cada una de las dificultades del caso. Y la primera dificultad que se nos presenta es que el mismo no cuenta a punto de partida con actores organizados reconocibles sino que, por el contrario, continúa estando exhaustivamente asfixiado por una densa malla de obligaciones e interdicciones, de disciplinamientos y controles que inhiben hasta su propia presentación. A pesar de este obstáculo, sí es posible establecer dónde no están los actores del caso y es claro que no están ni entre la estructura dominante del PCC ni en ninguno de los sinuosos recorridos de la burocracia estatal ni en los altos cargos de las fuerzas armadas ni en la cómoda y variopinta clientela de eso que alguna vez se conoció como “planificación centralizada”; y, por supuesto, tampoco en filas de esa derecha troglodita que sólo afila sus armas pensando en el regreso sin gloria a la Cuba del pasado. En el primer caso, no se trata de optar más que por el desangramiento paulatino y progresivo conducido por una “vanguardia” que ya no sabe a dónde dirigirse ni cómo hacerlo mientras que, en el segundo, no estaríamos frente a otra cosa que al clásico “sálvese quien pueda” propio del desmantelamiento previsible de los últimos restos del Estado benefactor cubano; al menos en el supuesto de que se siguieran puntualmente las recetas del neoliberalismo tout court que ya se aplicaron en Europa Oriental. Los actores del movimiento fundacional, pues, tendrán que ser buscados y encontrados, definitivamente, en otro lugar.



El problema mayúsculo que enfrenta esta línea de razonamiento es que el tejido social cubano ha sido largamente desgarrado y hasta sustituído por el Estado hasta el punto de que no existen experiencias recientes de acción colectiva autónoma más o menos relevante, cualquiera sea el orden de acontecimientos que se considere. Las llamadas organizaciones “de masas” hace décadas que no son otra cosa que apéndices del Estado y el sedimento amorfo de políticas de cooptación cuyos comienzos se remontan al año 1959. En un panorama tan poco auspicioso bien puede decirse que no hay sujetos sociales que apriorísticamente puedan reputarse como agentes de cambio en un sentido socialista y libertario. Incluso, aunque sí pueden listarse largamente las víctimas sociales del modelo y allí quedaría subsumida la enorme mayoría de la población, siempre quedarían escindidas dichas categorías entre quienes se consideran de ese modo y todos aquellos que todavía no han roto con la retórica de la “dignidad anti-imperialista” y/o con quienes siguen mostrando un gesto de conformidad con los últimos jirones del asistencialismo estatal. Y, por cierto, tampoco hay protagonismos propiamente políticos sobre los cuales pueda recaer el peso de un perserverante antagonismo claramente anti-capitalista. Es así que -pensando siempre sobre la base de las relaciones de dominación y de quienes se sitúan a uno y otro lado de la línea divisoria; pensando además en la diversidad de déficits sociales y en sus damnificados- la decisión de recorrer un camino socialista y libertario depende como pocas veces antes de las representaciones teórico-ideológicas y de los proyectos y deseos que se derivan de éstos y depende también, quizás en tanto único punto de apoyo y de partida, de esa constelación de prácticas de protesta y rebeldía que hoy mismo están comenzando a asomar sus narices, a despojarse de sus dudas y a fortalecer su musculatura alternativa. Es ese magma caótico en el que se confunden los bloggers y los bibliotecarios independientes, los trabajadores que ya no toleran nuevas cargas impositivas, los receptores de remesas que no aceptan más que el Estado se apropie de un porcentaje de las mismas que supera con creces las comisiones bancarias de casi cualquier país del mundo, los que no reciben remesas y no pueden esperar que el gobierno las sustituya, los que intentan pagar con pesos cubanos en los comercios de pesos convertibles, los músicos y artistas plásticos que quieren expresarse como les venga en gana, los estudiantes que han dejado de suscribirse a una enseñanza panfletaria, los “mecaniqueros” que buscan “resolver” a su manera las privaciones del día, la semana y el mes, los que habitan viviendas ruinosas, los discriminados de cualquier tipo, los presos por “peligrosidad social” y lo que nos quede por nombrar. Es en esa red de micro-resistencias, pues, que radica el único fermento de virtualidades socialistas y libertarias.
En principio no parece gran cosa y seguramente estamos ahora frente al proyecto que corre con desventaja logística frente a las dos restantes alternativas. Sin embargo, si es cierto que entre la gente cubana todavía bulle una efervescencia de signo socialista por mucho que el gobierno se haya empeñado en domesticarla y abatirla, también será cierto que estamos en presencia del proyecto de mayor potencialidad. Y la clave de bóveda de todo el asunto no consiste en otra cosa que en delinear un horizonte autogestionario. En efecto: si, tal como lo hemos ejemplificado abundantemente, el Estado cubano acentúa su crisis de representación y legitimación y no puede cumplir ya con sus funciones instrumentales ni simbólicas; si, además, las dos variantes capitalistas en oferta no tienen capacidad inmediata de satisfacer las expectativas de la gente; entonces la única opción razonable consiste en confiar en la gente misma para que de una vez por todas tome el futuro en sus propias manos y se haga cargo sin mediatizaciones ni cortapisas de sus intransferibles asuntos. Por añadidura, los reclamos autogestionarios parecen haber ido ganando cuerpo en los últimos tiempos, aun con ciertas timideces y mediatizaciones, en sectores del propio PCC; lo cual les da una cobertura política de la cual carecían en tiempos ya idos, cuando sencillamente se los asimilaba con la experiencia yugoslava y se veía en los mismos el caballo de Troya de la restauración capitalista.72. En este campo, no hay duda que la visión más elaborada radica en el conjunto de artículos al respecto de Pedro Campos Santos y en sus “Propuestas Programáticas” presentadas como insumo de discusión al próximo Congreso del PCC. Pero, desde nuestro punto de vista, ésta no es más que una concepción a mitad de camino que requiere más de una anotación crítica a las cuales convendrá pasar ahora mismo; aun cuando, sin perjuicio de ellas, el cansancio de Campos ha hecho que en el correr del tiempo fuera dando elementos implícitos de reconocimiento acerca de la debilidad o de las inconsecuencias de su posición.

Para empezar, corresponde señalar que Campos tiene de la autogestión una perspectiva acotada y sus propias denominaciones tienden a presentarla como un dispositivo administrativo más eficiente, aun cuando intuya, correctamente, que el mismo debe extenderse a todas las áreas del quehacer social: “La Autogestión Empresarial Obrera y Social, para triunfar definitivamente, debe no sólo extenderse a todas las ramas de la economía y a todas las esferas de la producción material, sino también a todo el resto de la vida de la sociedad” (subrayado nuestro). Y es precisamente esa perspectiva acotada la que le lleva a sostener que la autogestión “fortalece” al socialismo; sin llegar a reconocer, por ende, que en realidad no hay socialismo sin autogestión y que no es ésa la trama de relaciones de convivencia en la cual el propio Campos piensa y escribe.73 Es así que se dirige ingenuamente a una urdimbre institucional en la cual todavía confía, creyendo que un mero diálogo más o menos racional y cristalino alcanza y sobra para allanar los caminos autogestionarios: “El XIII Congreso de la CTC en 1973 marcó pautas para el 1er. Congreso del PCC, los Poderes Populares y la Constitución Socialista de 1976. Al XIX Congreso toca impulsar esta Nueva Fase de la Autogestión Empresarial Obrera y Social. Por su honestidad, sagacidad, lealtad al pueblo y la confianza que éste le profesa, Fidel ya la encabeza con sus denuncias y acciones contra la corrupción. El Partido, la CTC y demás organizaciones políticas y de masas deben secundar esta nueva etapa de profundización revolucionaria” (subrayados nuestros). Nótese, por lo pronto, que Campos nos habla de una “nueva fase” como si realmente hubiera existido una fase anterior y que además está convencido que Fidel Castro está una vez más al frente de la misma.74

Seguramente es por eso que Campos considera que el proceso cubano realizó ya con éxito su propio ensayo autogestionario a principios de los años 60; ensayo que, como no podía ser de otra manera, también estuvo inspirado en las consabidas genialidades del “comandante en jefe”: “La respuesta: el sistema de cooperativas cañeras, que comenzó a organizarse a principios de 1960 a iniciativa del Jefe de la Revolución, fundado oficialmente por él en junio de 1960 en el teatro de la CTC, el cual se estructuró sobre la base de las tierras nacionalizadas a los latifundios cañeros extranjeros, principalmente, en 1959 y funcionó hasta principios de 1962. Por la importancia de la caña para nuestra primera industria nacional y toda la economía del país, en el discurso inaugural, el líder cubano llamó a este sistema la ‘columna vertebral de la Revolución’. La sabia Historia, una vez más, le daría la razón”. Aunque, claro, luego nos quedemos sin saber si, como es de costumbre y protocolo en Cuba, la historia también le dio la razón a Fidel en el momento de sustituir aquellas cooperativas por la rigurosa aplicación del sistema presupuestario.75 Limitaciones discursivas éstas que quedarán de manifiesto más francamente en el segundo artículo de Campos sobre el tema: “Desde luego que hay otros factores naturales y organizativos que incidieron en aquellos resultados, no sólo en la producción de caña, que también tuvieron que ver con esa disminución de la producción azucarera, pero oficialmente nada se dijo entonces, ni nunca, de los efectos concretos provocados en la producción por la eliminación de las cooperativas cañeras y la integración de aquellas tierras a los complejos agrícolas industriales, que implicaron el desplazamiento de las formas autogestionadas naturales surgidas al principio de la Revolución por las primeras versiones del Cálculo Económico y el nuevo Sistema Presupuestario altamente centralizados ambos” (subrayado nuestro).76

Lo que Campos no llega a apreciar es que “nada se dijo entonces” porque el régimen del cual él forma parte se sustenta en el monopolio de la verdad por un aparato partidario excluyente y por una configuración caudillista a la que no le quedó nada por absorber ni punto sobre el cual pontificar; un régimen que sólo reconoce y “rectifica” sus errores cuando puede imputarlos más allá de las responsabilidades de sus primeras figuras y que sólo rinde cuentas en teatrales puestas en escena cuando ello puede hacerse a gusto y conveniencia de su perpetuación. La propuesta de Campos, en definitiva, se agota en un contrasentido: la autogestión desde arriba; algo que no puede significar otra cosa que su puntual y meticulosa negación. Por el contrario, un movimiento autogestionario real no puede ser resuelto e impuesto por un Congreso del Partido Único sino que sólo es pensable si nace desde las entrañas mismas de la sociedad cubana y no como un manotón de ahogado para salir del paso sino como una convicción raigal en torno a la emergencia de relaciones de convivencia entre hombres y mujeres libres, iguales y solidarios.

No se trata aquí de reclamar exclusividades ni tampoco de juzgar intenciones pero sí de asumir con la necesaria pertinencia teórica la trama de relaciones de dominación del Estado cubano que está en el origen mismo de su abortada revolución. ¿Cómo disuadir de sus equivocaciones primigenias a una conducción histórica que no ha hecho otra cosa que justificarlas año a año, mes a mes, semana a semana y día a día durante 5 largas décadas? ¿cómo transformar de un momento para otro el principal obstáculo de fondo en un facilitador del proceso autogestionario? No hay ni puede haber en esto operaciones fantásticas y una vez más habrá que repetir lo tantas veces dicho:



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