De fidel a raúL



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4.- El significado de los “cambios”
El bueno de Giovanni Tomasi di Lampedusa secundado por su inefable “gatopardismo” no lo habría hecho mejor puesto que en Cuba algo tenía que cambiar para que todo siguiera siendo más o menos igual o significativamente parecido a nivel de la élite de poder. Y tanto es así que la arquitectura básica del régimen y sus principales rasgos de distinción, salvo uno, continúan siendo exactamente los mismos que hasta el momento del repliegue siempre relativo de Fidel Castro. En líneas generales, puede decirse que el modelo cubano levantado y sostenido por la élite de poder a la largo de las décadas se ha configurado en torno a los ejes que acto seguido intentaremos reseñar sintéticamente.

En primer lugar, Cuba se ha constituído como una sociedad fuertemente estatizada y organizada económicamente en torno a la planificación central. De ello deriva una naturaleza clasista atípica y un específico régimen de privilegios, sin el predominio de una burguesía clásica pero con el ejercicio de la función dominante en manos de una tecnoburocracia claramente consolidada y en la cual las Fuerzas Armadas cumplen un papel central. En este marco, el Partido único, monopólico y de “vanguardia” conformó, en su incestuosa y simbiótica relación con el Estado, el contexto de reclutamiento y formación de la nueva clase dominante. La completa subordinación de los trabajadores a los planes estatales a través del control inconsulto de los volúmenes salariales, de su marginación real en el trazado de los objetivos productivos y del verticalismo en la gestión de conjunto de la economía le asignan al país el carácter de un capitalismo de Estado55; no sólo monopolista sino también salvaje. El capitalismo mixto, mientras tanto, se ha extendido y diversificado desde los años 90, fundamentalmente a partir de la inversión extranjera; una vigorosa franja de la economía cubana cuyos excedentes se han distribuido entre empresas transnacionales y el Estado pero cuyas consecuencias sociales han escapado de las rídiculas operaciones de monitoreo, de fiscalización y de ingeniería practicadas por la élite dirigente.

En segundo término, Cuba ha cifrado las concreciones “socialistas” de su proyecto en una vocación distributista de pretensión igualitaria, con el Estado como agencia monopólica y excluyente. Fue y es la nueva clase dominante a través del Estado la que marcó y marca los objetivos correspondientes y obtuvo, en la consecución de los mismos, algunos logros reconocibles en el terreno de la salud, la educación, el “pleno empleo” y la seguridad social, hoy en franco retroceso. Sin embargo, esos logros fueron posibles, en su momento y en los niveles efectivos de realización, gracias a las ventajas comerciales y subsidios con que contó Cuba procedentes del bloque soviético y muy especialmente de la propia Unión Soviética y entró en una irrefrenable crisis de financiación una vez desaparecidos los mismos. Por otra parte, siempre fue inocultable que el “igualitarismo” quedaba constreñido a la administración y a las decisiones del Estado, agotando en ese marco sus posibilidades e impidiendo la visualización de las diferencias sociales que generaba su despliegue.

Por último, el aspecto más perdurable y más cuidado por la dirección histórica ha sido la afirmación de la sociedad cubana como un Estado independiente y “soberano”; capaz de resistir tenazmente los intentos de recuperación de su proyecto “nacional” por parte de las estrategias de corte “imperial” y que, en ese plano, ha procurado respaldarse en aquellos países que mínimamente se orientaran hacia ese objetivo. En los hechos, el elemento más fuertemente distintivo del proyecto de transformaciones de la sociedad cubana ha sido de factura nacionalista y ello ha estado por encima -en la jerarquía de opciones de su conducción- de cualquier otra línea de acción de corto, mediano o largo plazo. Es este aspecto en particular el que dio vida y sustentación a la lógica de plaza sitiada y país en guerra y el que ofreció la justificación ideológica más funcional a un régimen de controles y disciplinamientos que se ejerció con carácter permanente sobre su propia población y transformó en enemigos reales o potenciales a todos aquellos que mostraran algún tipo de indisposición crítica respecto a las directivas del gobierno.


Estos elementos del modelo fueron recibiendo formas institucionales a lo largo del recorrido histórico, cristalizaron finalmente en la Constitución de 1976 y no parece existir hoy disposición alguna en lo que atañe a su revisión. Los mismos, en su formulación estilizada y purgada de su desenvolvimiento real, constituyeron el soporte ideológico del régimen y los contenidos básicos de su discurso de emisión pública. Este discurso, apoyado a su vez en una construcción salvífica respecto al futuro de Cuba en el final de los tiempos y en una concepción evolucionista de la historia en la que ya casi nadie cree, pretendió encubrir las presencias no deseadas y los procesos reales. Así quedaron enmascarados múltiples y escandalosos procesos de depuración, selección y concentración de poder que confluyeron y acabaron confirmando un régimen de naturaleza caudillista, cuya lógica se fundó permanentemente en la exaltación de la gesta guerrillera, en su decodificación personalizada y, concomitantemente, en la apropiación de los réditos que ésta habría de legitimar: un régimen fundado en la exclusión y en la postergación sine die de cualquier forma de participación real que fuera más allá de los simulacros rituales. El sustrato material de convivencia y las realidades cotidianas quedaron sepultados e impronunciables debajo de una epopeya mítica incapaz de reconocer y menos admitir crítica alguna de la concentración de los mecanismos de expresión y decisión, de la centralización estatal, del patriarcalismo, del exclusivismo partidario, de las persecuciones, de la identificación de la “masa” con el “líder”, del autoritarismo, del paternalismo, del disciplinamiento, del fetichismo caudillista, de la coacción,56 de las influencias unilaterales perpetuas, de la represión, etc.; rasgos todos que, sin importar demasiado cuan crueles o cuan tenues puedan ser, son políticas anti-socialistas por definición.

Tal como hemos ido puntuándolo, el modelo nunca funcionó realmente de acuerdo a su versión estilizada y a su formulación discursiva sino que fue consistentemente adulterado distanciando sus concreciones efectivas de los objetivos propuestos hasta un punto en que hoy no está en condiciones de presentar algo que se parezca a una construcción socialista; salvo que se piense que el socialismo consiste en que la sociedad toda se hunde al unísono. Pero, además, se ha llegado a un punto en que su agotamiento se vuelve evidente incluso para sus sostenedores: ¿de qué otro modo interpretar los cambios “estructurales y de conceptos” a que convocó Raúl Castro, entre otros reconocimientos de abstracción inferior pero similar contundencia? ¿de qué otra manera concebir la pérdida de credibilidad y de confianza que se ha extendido ya no sólo en cada uno de los intersticios de la sociedad cubana sino incluso entre los sectores más lúcidos de la propia élite dirigente? Hoy se ha hecho más claro que nunca que la planificación estatal centralizada ha sido un fracaso -incluyendo forzadamente dentro del concepto la sucesión de disparatadas ocurrencias económicas del “comandante”-; que el igualitarismo nunca fue tal y que sus despojos sobrevivientes son echados por la borda por la propia conducción histórica; y, por último, que las veleidades autárquicas no se correspondieron antes con el subsidio soviético ni se corresponden ahora con el clamor perfectamente audible por la inversión extranjera, el turismo y el envío de remesas como postreras tablas de salvación.



El modelo ha fracasado pero no ha cambiado; y no ha cambiado porque el sustrato material, orgánico, institucional y costumbrista en el que se ha apoyado desde los años 60 continúa tan imperturbable como en el momento mismo de su consolidación. La lógica de funcionamiento del modelo ha establecido de una vez y para siempre que el mismo depende enteramente de la existencia de una relación incestuosa y simbiótica entre el Estado y el Partido único con su correspondiente trama de organizaciones vasallas y de respaldo: las Fuerzas Armadas, la prensa monopólica, la Seguridad del Estado, los frentes “de masas”, las serviciales telarañas burocráticas, etc. En esta trama, el carácter persistentemente militarista del régimen acabó por asignarle un papel de mayor relevancia a las Fuerzas Armadas, quizás hasta el punto de sustituir parcialmente en sus protagonismos al Partido mismo, aunque sin llegar al oprobioso nivel de relevarlo en la vital función de legitimación ideológica. Lo cierto es que en ese estrecho espacio de relaciones se ha cristalizado una reducida élite de generales y funcionarios partidarios que fungen como la encarnación misma del proyecto “socialista” y en tanto la garantía excluyente de su continuidad: una élite siempre opacada por la presencia avasallante del caudillo y que hoy se enfrenta temblorosa y sin ideas a la asunción de una responsabilidad “gerencial” y colectiva que nunca antes se le permitió ejercer a plenitud. La herencia tiene un peso insoportable por cuanto el caudillo representó no sólo las incuestionables voces de mando y las orientaciones inapelables de todos los momentos sino incluso -mucho más allá de esas prerrogativas esencial y reconociblemente militares- un régimen de producción de verdad acerca del pasado y del futuro, del bien y del mal, de lo justo y de lo inicuo, de la belleza y la fealdad, de la virtud y del pecado, de lo digno y de lo “gusano”, de lo patriótico y de lo apátrida, de lo “revolucionario” y de cuanto se le opuso, se le opone y se le opondrá ayer, ahora, mañana y siempre.
Tratándose como se trata, entonces, de un régimen político altamente dependiente de su tótem tribal, no tiene nada de extraño que un capítulo fundamental de su deriva gire en torno a la persona de Fidel Castro; “comandante en jefe” por méritos guerrilleros propios y per saecula saeculorum. Fidel pareció estar muerto sin sepultura allá por el 11 de enero de 2009 y pocos se atrevieron a extrañarlo demasiado intensamente de labios para afuera. Para ese entonces, ya había abandonado sus Reflexiones desde un tiempo atrás y tampoco mostraba mayor interés en responder de cuerpo presente ante la visita de mandatarios extranjeros como Rafael Correa de Ecuador y Martín Torrijos de Panamá. Coronando esa situación, ese día, en uno de sus periódicos informes médicos, un emocionado Hugo Chávez dejaba constancia de lo siguiente: “Sabemos que el Fidel aquel que recorría calles y pueblos con su estampa de guerrero, con su uniforme, y abrazando a la gente, no volverá”. Para rematar diciendo: “Quedará en el recuerdo. Porque Fidel va a vivir, como está vivo, y vivirá siempre, más allá de la vida física. Y debe vivir, él lo sabe, años”. Aquello pareció un poético epitafio producto de la proverbial incontinencia de Hugo Chávez, quien quizás no pudo privarse de ofrecerle al mundo una primicia de ese tenor. Pero lo que probablemente Chávez no tuvo en cuenta en ese momento fue la decisión de la conducción política cubana respecto a la inmortalidad de su figura consular y así tuvo que desdecirse casi súbitamente y anunciar entre nuevos redobles que Fidel estaba “vivito y coleando”.

La situación se mantuvo en stand by durante unos días hasta que el snobismo y la novelería de Cristina Fernández de Kirchner puso las cosas en su lugar o fuera de él. Usando y abusando de sus prerrogativas de dama, según las explicaciones oficiales en circulación, insistió en mantener una entrevista con la historia, así fuera con la momia de Tutankhamón: si los visitantes del Museo del Louvre suelen fotografiarse junto a la Victoria de Samotracia, ella no podía dejar de incorporar a su patrimonio de souvenirs una ilustración gráfica de su encuentro con un Fidel Castro redivivo. Fidel,57 en un majestuoso rapto de galantería, aceptó sin hesitar el rendez-vous que le proponía la extravagante amazona y abandonó su obligado ostracismo interno. Hubo algunas dudas y contradicciones respecto a la duración del encuentro, pero lo cierto es que el mismo ocurrió “oficialmente” y fue sucedido de elogios mutuos, además de hacerlo por una fotografía que dejó mucho que desear en cuanto a su calidad técnica pero en la cual Fidel apareció algo encogido y sin embargo con mayor kilaje y apostura facial que en su anterior comparecencia ante los flashes. Y, como de damas se trataba, si Fidel se había reunido con Cristina Fernández también debía hacerlo con Michelle Bachelet. Las cosas se complicaron algo en este caso puesto que el “redactor en jefe” cometió la inmediata imprudencia de sostener por escrito que ya le había hecho saber a la presidenta chilena de su toma de partido a favor del país altiplánico en el contencioso Chile-Bolivia; algo que, según se dijo a modo de excusa, no sería demasiado importante en boca de quien no ocupa ningún cargo en la estructura del Estado cubano sino que apenas si es el primer secretario y el líder indisputable del único partido político de actuación legal por esos lares. Michelle Bachelet se curó en salud declarando que ya le había hecho saber de su disgusto al presidente real de los cubanos y todo quedó en una tormenta pasajera y sin consecuencias demasiado visibles puesto que los problemas entre Chile y Bolivia ya los resolverían exclusivamente esos dos países por sí mismos mientras que Fidel -para mayor desconsuelo de su vasta grey de adoradores incondicionales y compungidos- no habría de ser invitado a integrar ningún tribunal arbitral que ulteriormente pudiera pronunciarse sobre el diferendo.

Pero la romería de visitantes presidenciales no se detendría allí sino que, acto seguido, haría su aparición en escena el guatemalteco Álvaro Colom, portando en este caso, como impar homenaje al ilustre convaleciente, la máxima distinción otorgada por su país: la Orden del Quetzal en el grado de Gran Collar. El mundo contuvo la respiración, quizás aguardando ahora que el “comandante” en persona, actuando en relación de coherencia con sus antecedentes, le recomendara a Colom que se metiera la Orden en aquellas partes anatómicas normalmente vedadas a los rayos solares. Pero, afortunadamente, nada de eso ocurrió: Fidel se limitó a agradecer la distinción recibida por Raúl en tanto apoderado suyo al tiempo que éste aclaraba que su hermano no podía estar haciendo sociabilidad con cualquiera que se allegara por La Habana y que ese privilegio era una exclusiva prerrogativa de las presidentas.

El problema fue que, en ese preciso momento, a Chávez se le ocurrió asomarse por sorpresa en las tierras de su padre putativo y, en este caso tan especial, para no ser menos ni tampoco igual que las damas, las entrevistas con la historia tuvieron que ser dos en lugar de una. Casi nadie puede saber a ciencia cierta ni dónde se habló, ni cómo se habló ni de qué se habló pero sí era claro que la coartada vigente hasta pocos días antes se desplomaba a vista y paciencia de los innumerables seguidores del culebrón. Y, si ahora Fidel estaba disponible también para los masculinos ocupantes de máximos cargos ejecutivos en los países hermanos, ¿qué nueva razón podría esgrimirse para no aceptar que también mantuvieran amenas pláticas con el longevo guerrillero los presidentes de República Dominicana y de Honduras? Todo pareció caminar viento en popa con Leonel Fernández pero no dejó de plantearse algún módico altercado de coordinación con Manuel Zelaya. Tanto es así que, mientras Fidel afirmaba que no podía inventar tiempo alguno para encontrarse con el hondureño,58 éste sostenía que el Gran Jefe se había dignado a retratarse ¡nada menos que con su sombrero!59 Sin embargo, todo se arregló con presteza digna de mejor causa y también Zelaya tuvo el honor de verse ensalzado por la siguiente “reflexión” de Fidel, que se encargó de ubicar por las nubes y más allá de ellas su inteligencia, su don de gentes y hasta la ubicuidad de encontrarse en Managua, siendo casi un niño, en el preciso instante en que el Profeta pronunciaba una de sus inigualables homilías. A todo esto, la comedia no podía dejar de mostrar su faceta bíblica y, puesto que nadie habría creído en una nueva multiplicación de los panes y los peces, Hugo Chávez, en tanto inefable locutor de estas historias, nos había presentado antes a Fidel Castro paseando por Jaimanitas; algo de lo cual él, y solamente él, tenía el privilegio y la exclusividad de atesorar en los correspondientes testimonios gráficos que nadie más en el mundo habría de poseer. No obstante, no se privó de calificar el paseo de “milagro” ni de aseverar que la gente “lloraba al verlo”, incluso prescindiendo de ese hecho sumamente menor según el cual el manto sagrado es sustituído en este caso por un equipo deportivo marca Addidas.60

Pero el acontecimiento político más importante no sería ninguno de estos anodinos movimientos en el tablero de ajedrez sino que el mismo estaría constituido por el pronunciamiento de Fidel en torno a los cambios ministeriales acontecidos a principios de marzo. La comunicación oficial fue lacónica y poco le faltó para parecerse a un memo gerencial, aunque entre los desplazados se encontraran nada menos que Carlos Lage y Felipe Pérez Roque; dos ex estrellas del firmamento “fidelista” y del más íntimo círculo aúlico del “comandante en jefe” que quizás nunca imaginaron que también a ellos habría de llegarles el turno de la defenestración. Pero la celestial divinidad no podía dejar de poner en la instancia su sello personal y así fue que transformó tales cambios en una lapidación: “La miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno. El enemigo externo se llenó de ilusiones con ellos.” Unos pocos renglones antes había dejado en claro que los cambios le fueron consultados y que nadie debía interpretarlos como una sustitución de los “hombres de Fidel” por los “hombres de Raúl”. Y, como quien no quiere la cosa y sin decir “agua va”, dedicó el tramo restante de su “reflexión” al mucho más importante Clásico de Pelota, haciéndose responsable directo de cualquier fracaso eventual en el mismo;61 fracaso que luego, en uno de sus habituales gestos de magnanimidad, se encargó de distribuir entre el cuerpo técnico, la cúpula directriz del deporte beisbolero y también, si cabe, en una vasta y difusa estructura que ha sido incapaz de incorporar la ciencia materialista del pitcheo de que han hecho gala japoneses y coreanos.62 Cabe añadir, como elemento novedoso, que este último giro de la “comandancia” produjo un extendido estupor entre los “amigos de Cuba” dispersos por doquier y así fue que en los días subsiguientes pudimos encontrarnos con urgidas señales de humo enviadas a La Habana por articulistas de lealtad irreprochable y sin fisuras como Narciso Isa Conde, Pascual Serrano, Carlo Frabetti o Miguel Urbano Rodrigues.63 Tal vez hasta los “amigos” más fieles estén intentando decirle a la conducción política cubana que el juego tiene sus límites y que ni ellos mismos saben ya qué comunicarle a sus espacios más próximos de irradiación.

Este culebrón, claro está, es indescifrable; entre otras cosas porque el secreto en Cuba es un deporte de Estado y, además, porque los servicios de inteligencia y contra-inteligencia casi nunca en estos casos dejan de depositar en un lado y en el otro sus propias semillas de confusión y de desconcertante incoherencia. Sin embargo, los elementos externos a estas intrigas palaciegas sí son perfectamente comprensibles. Por lo pronto, es obvio que ni el “secretismo” vocacional ni la Seguridad del Estado pueden hacer absolutamente nada con una economía en ruinas, con el descreimiento de la gente y con la ineficiencia burocrática: frente a estas cosas, el sempiterno formato bélico de plantear los problemas y la paranoia omnipresente no son más que un obstáculo y mal pueden constituirse en clave explicativa y en razonable curso de acción. Y es precisamente ahí donde están los problemas más acuciantes e inmediatamente visibles del régimen político cubano; es precisamente ahí donde el Estado y sus pugnas de poder se han revelado rotundamente inoperantes.

El planteo gubernamental del problema parte de la base de que la resolución del mismo reclama la reincorporación plena de Cuba por lo menos al sistema interestatal americano, la posibilidad de mantener relaciones comerciales normales con el resto del mundo y la generación de atractivos apetecibles para un nuevo brote de inversión extranjera; nada de lo cual es ajeno a un replanteo de las relaciones con los mismísimos Estados Unidos. El espaldarazo más fuerte a estas pretensiones ya había sido logrado en el mes de diciembre de 2008, en el encuentro habido en la brasilera Costa de Sauípe; ocasión en la cual Cuba fue admitida como miembro del Grupo de Río. Ése y no otro es el origen del posterior desfile de visitas presidenciales a Cuba en los primeros meses del 2009: en el código Morse de la diplomacia, si los presidentes de Ecuador, Panamá, Argentina, Chile, Guatemala, Venezuela, Dominicana y Honduras visitan Cuba en ese orden, eso quiere decir que quien habrá de discutir el asunto con los Estados Unidos tiene que ser Brasil; incluso aunque Lula se haya abstenido discretamente de participar en el desfile y nadie, ni siquiera Chávez, haya tenido el privilegio de ver a Fidel fotografiado como porta-estandarte de una scola do samba. Porque, en definitiva, el trasfondo de todo esto no es más que la afirmación de Brasil como global player y como líder regional; un país capaz por sí mismo de asumir la representación de sus “hermanos menores” y de poner en orden los asuntos latinoamericanos sin que los Estados Unidos puedan reclamar prioridad alguna sobre el punto.

Todo marchaba a las mil maravillas en este plano y Cuba pudo anotarse, en el terreno de las relaciones internacionales, algunos logros diplomáticos que eran impensables hasta poco tiempo atrás.64 El problema adicional, sin embargo, es que el Estado cubano y su Partido Único carecen de otra legitimación que no sea aquella, proveniente de la Sierra Maestra y de su épica fundacional, que procede de la biografía y del destino de su “comandante en jefe”. Dicen los entendidos que Raúl se ha caracterizado por ser un adalid de la institucionalidad como dique de contención de esa historia de ocurrencias, arbitrariedades y caprichos sin frenos que caracterizó a su hermano mayor; pero el drama del régimen político cubano consiste en que ya no hay demasiado tiempo ni ideas disponibles para darle carácter formal y estatutario a un estrepitoso fracaso y tampoco se puede tener a mano, como sucedió durante los últimos 50 años, el carisma opiáceo del interminable conductor. Ante ese callejón sin salida, muy a pesar de los esfuerzos de Brasil puntualmente secundados por el resto de los países latinoamericanos, la conducción histórica ha optado por el ridículo y no se le ocurrió nada mejor que acentuar la militarización de los círculos de poder y llevar hasta el límite su promedio de edad, transformándose además en un gobierno mediúmnico comunicado con el más allá y cuya legitimación adquiere ya un carácter espectral; incluso aunque el espectro, según declaraciones recientes, nade en una piscina privada, se dedique a estudiar a Darwin, salga a caminar por el barrio y se presente de cuerpo entero en un kiosko de periódicos a conseguir el Granma nuestro de cada día. Y, por supuesto, mientras dure el sainete, nunca faltarán presidentes latinoamericanos dispuestos a intercambiar dulzuras con Fidel, tomarse fotografías que engalanarán los álbumes familiares y, de paso, intentar presentar al interior de sus países una imagen “progre” que contenga al menos algunos de los flancos de ataque de sus adversarios de izquierda más desprevenidos.65 Aunque, claro, todo esto no esté produciendo otra cosa que el desgaste de la imperecedera imagen del espectro;66 ya sea porque sus últimas apariciones constituyen dislates propios ya porque se trata del desvencijado ingenio de los ventrílocuos de turno.



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