De fidel a raúL



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DE FIDEL A RAÚL:

LA CUBA DE LOS POLITI-CASTROS

Cuando la fiesta nacional/ Yo me quedo en la cama igual/Que la música militar/ Nunca me supo levantar./En el mundo pues no hay mayor pecado/Que el de no seguir al abanderado.



George Brassens
El proceso socio-político cubano está atravesando un tramo de su recorrido que bien puede concebirse en tanto inequívoco y ostensible punto de inflexión que algunos ya se han atrevido a calificar en forma tan insólita cuanto “creativa” como transición del socialismo al socialismo.1 Este punto de inflexión, a su vez, no surge de la nada sino que sólo es comprensible si se lo concibe como el resultado de un desarrollo exasperantemente lento pero seguro que se ha dado en los últimos años; un desarrollo en el cual el gobierno ha perdido el control de algunas de sus principales líneas de fuerza y busca, sin perspectiva ni talento, la recomposición de su capacidad de disciplinamiento y de control cuanto la de su extraviada legitimación social.2 Frente a esto, quienes nunca renunciamos a la posibilidad de que el pueblo cubano vea inscribir en su horizonte un proyecto genuinamente socialista y libertario, como parte de una perspectiva revolucionaria internacionalista, no podemos menos que intentar descifrar las claves principales de esta situación y establecer conjeturas mínimas sobre su evolución más probable. Pero no se trata solamente de un análisis aséptico de la eventualmente nueva configuración de poder a nivel de la sociedad y del Estado o de sus eventualmente nuevos dispositivos. Esta labor de interpretación que aquí nos planteamos no está animada por la obtención de una módica satisfacción intelectual sino que es apenas el preámbulo responsable de un posicionamiento anarquista capaz de dialogar con una corriente de ideas y de prácticas similares entre la gente cubana misma. Ése es, en definitiva, el objetivo último pero inmediato de estas líneas y uno de nuestros persistentes bártulos de preocupaciones y de trabajos.
1.- La lenta configuración de una nueva era
Un poco arbitrariamente, puede decirse que la actual situación comienza si no a adquirir un carácter evidente por lo menos sí a despuntar en el lenguaje oficial en ocasión del discurso que pronunciara Fidel Castro en la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005; oportunidad en la cual se celebrara -en uno de los tantos tributos en vida realizados a su biografía- el 60 aniversario de su ingreso a dicha casa de estudios. Allí, para sorpresa de los devotos más cerriles, el inefable “comandante” descerrajó a su auditorio un reconocimiento inesperado: el “socialismo” cubano bien puede ser considerado como reversible y esa eventual reversibilidad no se presentaría como una derrota provocada por los enemigos de fuera sino por la acción o la inacción del propio pueblo cubano; el giro de 180 grados ya no respondería a las conspiraciones externas del enemigo de todas las horas sino a causas y razones inconfundiblemente propias y de las que nadie más podría reclamar una irrefutable autoría. Para decirlo con sus drásticas palabras de aquel momento: "Esta revolución no la pueden destruir ellos, pero sí nuestros defectos y nuestras desigualdades"3; afirmación ésta en la que no queda claro si Fidel Castro está asumiendo plenamente los errores de su absorbente liderazgo y las asimetrías generadas desde siempre en torno a su propia persona o descargando, como ha sido su costumbre, las responsabilidades del caso en los demás.

Aquellas palabras gozaban de un vago pero cierto hermetismo y nadie entendió muy bien de buenas a primeras en qué lugar exacto radicaban las reconvenciones del insustituíble “comandante”. Lo más probable es que en su fuero íntimo, Fidel Castro -que ya por entonces tenía 79 años y un futuro no muy dilatado por delante- estuviera preparando su inevitable ocaso y vaticinando que la ausencia más o menos próxima de sus clarividentes orientaciones provocaría más de un estrago entre sus desamparadas huestes. Precisamente, una de sus ocurrencias de aquellos meses consistió en movilizar a jóvenes trabajadores sociales para atender las gasolineras estatales e intentar frenar así el persistente drenaje de recursos que sus funcionarios regulares no sólo no habían sido capaces de contener sino que se encargaron de abonar en forma militante. Paralelamente, se desarrollaban minuciosas inspecciones en los mercados agrícolas y en los paladares, procurando regular actividades comerciales que el Estado ya no estaba en condiciones de controlar por entero.4 En términos genéricos, cada uno de estos mecanismos de fiscalización remitía a un mismo orden de explicaciones: la “corrupción” se extendía intersticialmente ganando a buena parte de los trabajadores cubanos y muchos de éstos se dedicaban a poner a disposición del “mercado negro” algunos de los bienes y servicios que el Estado les había permitido mantener bajo su custodia circunstancial. Sin embargo, esta aburrida justificación estatal no conseguía ocultar dos explicaciones bastante más razonables: en primer lugar, que la mal llamada “corrupción” no constituía otra cosa que una estrategia de sobrevivencia con miras a paliar por los medios que fuera una insostenible situación de privaciones y de angustias; y, en segundo término, que tal cosa no hacía más que expresar el sentimiento de ajenidad y la pérdida de entusiasmo desarrollados por los trabajadores cubanos respecto a la propiedad estatal tanto como a la gestión burocrática, autoritaria y distante de la misma. En otros términos: todo aquello que hasta entonces se había presentado como una idílica “unidad” del pueblo cubano detrás del incuestionable caudillo y de la “dirección histórica” de la “revolución” -ese lugar mitológico e ilusorio construido alrededor de la patraña fascistoide acerca de la indivisibilidad del Estado- comenzaba a mostrar signos evidentes de escisión y de fisura que ya no era posible ocultar.

Y la sorpresa provocada por aquel discurso de Fidel Castro fue indudablemente mayúscula entre la cada vez más dubitativa red de “amigos de la revolución” desigualmente distribuidos por el ancho mundo. ¿Cómo es eso de que el “socialismo” puede ser reversible y nada menos que en el heroico bastión sobreviviente de la debacle del bloque soviético? ¿Acaso no se trataba de aquella liberación de las fuerzas productivas que marcaba el derrotero de la historia según una ignota y etérea legalidad que sólo las “vanguardias” estaban en condiciones de entender? ¿y cómo podía ser que el vector de la reversibilidad se aposentara casualmente a nivel del trabajo; precisamente la fuerza productiva supuestamente favorecida por ese “salto cualitativo” que conducía inexorablemente al “socialismo”? El descalabro teórico y político producido por tales dilemas sumió a los incondicionales del gobierno cubano en el estupor y en el silencio momentáneos. Las reacciones fueron lentas, se presentaron en formas casi imaginativas pero elusivas y no dejaron de mostrar el desconcierto provocado por las palabras del siempre inspirado e inmarcesible conductor. Por ejemplo, el habitualmente locuaz Heinz Dieterich -cuidadoso del exótico posicionamiento que se ha dado, consistente en saber siempre un poco más que los protagonistas y estar un paso delante de los mismos- se tomó su tiempo para digerir el caso y recién hace su infaltable puesta en escena casi un mes después para vaticinar el comienzo de lo que él caracteriza como “transición”.5 Asimismo -ya no en el campo de los “amigos” sino en el de los “hijos de la revolución”-, Celia Hart, quien primero fuera “desactivada” del Partido Comunista cubano (PCC) y luego resultara trágicamente malograda, reapareció al día siguiente que Dieterich, sosteniendo que el discurso de Fidel sólo podía ser interpretado como una voz de mando para profundizar la “revolución”; sin que quedara claro, en ese contexto, cuáles serían las medidas concretas de radicalización.6 Si Dieterich hubiera tenido razón y de transiciones se tratara, una de las que mencionó expresamente Fidel Castro en su discurso fue la de “pasar de un país idiota a dejar detrás a todos los demás”. Y, si Celia Hart hubiera sido repentinamente iluminada por un rayo de luz -a ella, que daba “gracias a Dios” por haberle enseñado a distinguir cuál de los dos o más Fideles era el que le dirigía en un momento determinado la palabra a su pueblo-, entonces habría sido cierto que el “comandante” no hizo entonces otra cosa que convocar “a los revolucionarios a tomar nuevamente el poder”; el que, por lo visto, habría sido extraviado en algún momento impreciso del largo recorrido transitado desde 1959.

Sin embargo, no: el significado capital de este discurso de Fidel Castro no remitía a transiciones por venir ni a revoluciones por realizar sino que consistió en la insólita admisión por parte de su persona de que la sociedad cubana se había transformado en un desbarajuste sin remedio y que ya se hacía incierto cualquier pronóstico optimista respecto a la perpetuación indefinida de tal situación y mucho más incierto todavía a propósito de su evolución “socialista”. Y no era para menos, porque la extendida “corrupción”, aunque no se lo viera ni se lo presentara de ese modo, lo que estaba delatando en sus niveles de mayor profundidad y más vasto alcance no era otra cosa que la incapacidad del Estado para imponer su voluntad contra viento y marea; la impotencia de una “vanguardia” iluminada para que la sociedad, la historia y hasta la naturaleza respondieran a su caprichosa y muy hipotética capacidad de ingeniería. Lo que se estaba volviendo evidente en aquel entonces era que la sociedad cubana ya no respondía unívoca y disciplinadamente a los deseos del Olimpo sino que se las había ingeniado para construir una red paralela de desobediencias; una densa trama de conductas ubicadas por fuera del control de un Estado que se pensó a sí mismo como omnipotente y eterno. Lo que comenzaba a romper los ojos era que no sólo había dos monedas sino también dos economías y hasta dos sociedades superpuestas pero distintas y que la Cuba del “comandante” ya no se acomodaba en forma tranquila, cómoda y autosatisfecha con la Cuba de la gente. ¿Cómo podía dejar de ser así en un país donde las remesas de divisas procedentes de los familiares en el exterior en algunos años han igualado y quizás hasta superado al total de la masa salarial asignada por el Estado? Un tema que dista de ser menor, por supuesto, en tanto el mismo trasciende su formulación aritmética y lo que plantea es un cuadro de legitimidades competitivas en cuanto a la procedencia de los ingresos y el conflicto entre las lealtades afectivas primarias y las lealtades con el Estado, su conducción y sus proyectos.


El tiempo siguió su curso -éste sí, inexorable- y por varios meses la situación no presentó cambios demasiado importantes sino apenas la confirmación de las líneas de trabajo establecidas y permanentemente recordadas desde la “comandancia”. Las estadísticas oficiales dieron cuenta de crecimientos económicos para el ejercicio 2005 que algunos se atrevieron a calificar de “históricos”7, el V Pleno del Comité Central certificó entre reafirmaciones de diferente tipo la “invulnerabilidad militar” del país, la contención del consumo de electricidad siguió recibiendo el nombre de “revolución energética”, Fidel consideró del caso adquirir un par de aviones Ilyushin por valor de U$S 110:000.0008 e Ignacio Ramonet sentenció sin demasiados miramientos que “la influencia de Castro en el mundo es mayor que hace diez años”.9 Mientras tanto, las investigaciones y purgas derivadas de la “corrupción” que mencionara Fidel Castro unos meses antes obligaban al recambio de Bárbara Castillo en el Ministerio de Comercio Interior para llegar enseguida al mismísimo Buró Político del PCC y segar la carrera de Juan Robinson, uno de sus escasos 24 miembros. Expresado en el régimen lingüístico de uso habitual en esos casos, las irregularidades cometidas por Robinson consistieron en "prepotencia y altanería, abuso de poder y ostentación del cargo, indiscreciones y reblandecimiento en sus principios éticos"10 además de “actitudes deshonestas incompatibles con la conducta de un comunista y menos aún de un cuadro del Partido".11 El “socialismo” cubano podía ser reversible pero no mientras el augusto timonel se mantuviera inspirado y alerta en el castillo de proa de la embarcación “revolucionaria”.

Sin embargo, a fines de julio se produjo lo inesperado. La lectura de un consternado Carlos Valenciaga se lo hizo saber a la ciudad y al mundo: “días y noches de trabajo continuo sin apenas dormir dieron lugar a que mi salud, que ha resistido todas las pruebas, se sometiera a un estrés extremo y se quebrantara”. Y también la consecuencia lógica: “la operación me obliga a permanecer varias semanas de reposo, alejado de mis responsabilidades y cargos.” Las semanas se volvieron meses y los meses se sucedieron hasta hacerse más de un año y los múltiples cargos del polifacético Fidel Castro tuvieron que distribuirse a lo largo y a lo ancho del período entre Raúl Castro, José Ramón Balaguer Cabrera, José Ramón Machado Ventura, Esteban Lazo, Carlos Lage Dávila, Francisco Soberón Valdés y Felipe Pérez Roque: siete personas de las más encumbradas en la estructura del Estado y del Partido allí donde sólo había una; siete personas que podían sustituir con creces el faltante de horas-hombre pero nada del componente carismático y del personalizado magnetismo de que hasta entonces había gozado el “socialismo” cubano. La “revolución” no tenía más alternativa que seguir los caminos institucionales y colectivos habiendo perdido la que hasta entonces había sido una de sus armas fundamentales: el poder de la palabra hablada y retransmitida hasta el infinito; la palabra desmesurada, finalmente embustera pero “creíble” y persuasiva del conductor de todas las horas desde el asalto al Moncada hasta el presente. Su palabra, ahora escrita en su lecho de reposo y dada a conocer luego por Valenciaga, distribuía las últimas órdenes previas a la internación de duración indefinida: “nuestro glorioso Partido Comunista, apoyado por las organizaciones de masas y todo el pueblo, tiene la misión de asumir la tarea encomendada en esta Proclama.”


A pesar de las predicciones más agoreras, el aparato de Estado continuó su marcha imperturbablemente como si nada hubiera ocurrido. El “comandante” se vio obligado a prolongar su convalecencia más allá de lo inicialmente esperado, comenzó a expresarse a través de sus “reflexiones” escritas y más que pronunciarse sobre las idas y vueltas de la cotidianeidad cubana empezó a hacerlo sobre temas diversos y en forma muchas veces insondable.12 No hubo ninguna catástrofe y la situación no dio vuelcos espectaculares ni cosa que se le pareciera sino que, antes bien, toda la sociedad cubana pareció sumirse en el ejercicio de la espera expectante. Pero no se trató más que de una espera aparente: la Cuba clandestina siguió pertrechándose de divisas por distintos medios y “resolviendo” del modo que fuera sus urgencias cotidianas al tiempo que escuchaba -quizás con más atención que nunca- las emisiones interactivas de Radio Bemba. Además, la desaparición física de aquella palabra hablada que llenó todos los espacios públicos durante medio siglo, la misma voz que tanto se ocupaba del futuro de la humanidad como de la organización televisada del enfrentamiento a los ciclones caribeños, comenzó a generar condiciones mínimas para la emergencia de otros sonidos y para la adquisición de legitimidad por parte de los mismos. El pensamiento monocorde, altisonante, triunfalista, maniqueo y excluyente se había quebrado definitivamente y lo hacía seguramente para no volver nunca más; y no porque el lenguaje oficial hubiera cambiado sus más rancias esencias sino porque ahora debía de habérselas con competidores cada vez más locuaces y estridentes.

El discurso pronunciado por Raúl Castro el 26 de julio de 200713 ya se hacía expresivo de otras reverberaciones y no pudo menos que dar cabida a una serie de reconocimientos de facto. Tómese como ejemplo esta frase: “Respecto a nuestras tareas económicas y sociales, sabemos las tensiones a que están sometidos los cuadros, especialmente en la base, donde casi nunca da la cuenta entre las necesidades acumuladas y los recursos disponibles” (subrayado nuestro). O esta otra, pronunciada inmediatamente después: “Somos conscientes igualmente de que en medio de las extremas dificultades objetivas que enfrentamos, el salario aún es claramente insuficiente para satisfacer todas las necesidades, por lo que prácticamente dejó de cumplir su papel de asegurar el principio socialista de que cada cual aporte según su capacidad y reciba según su trabajo. Ello favoreció manifestaciones de indisciplina social y tolerancia que una vez entronizadas resulta difícil erradicar, incluso cuando desaparecen las causas objetivas que las engendran” (subrayado nuestro).

Raúl Castro abundó allí en cosas tan gravitantes como la importación de alimentos, mencionando particularmente el tema de la leche y del arroz; uno de los talones de Aquiles de la economía cubana más básica y esencial. Y lo hizo en el contexto del reconocimiento sobre la existencia de terrenos improductivos y de la consiguiente ineficiencia estatal en tal sentido. Específicamente, hizo mención a la planificación productiva de 384 millones de litros de leche y que los mismos se encontraban muy pero muy lejos de los 900 millones que llegaron a producirse alguna vez. Quizás más importante que esta mención puntual fueron aquellos pasajes en los que se aludió a cambios imprescindibles y de mayor profundidad, como cuando, refiriéndose a una eficiencia remozada, sostuvo lo siguiente: “Para lograr este objetivo habrá que introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten necesarios” (subrayado nuestro). Un desciframiento primario de tales cambios “estructurales” puede encontrarse en otra de sus afirmaciones: “estudiamos actualmente lo referido al incremento de la inversión extranjera, siempre que aporte capital, tecnología o mercado, para así aprovechar la contribución que ésta pueda hacer al desarrollo del país”; algo que, en buen romance, no significa otra cosa que el clásico “más de lo mismo”. Y, por cierto, Raúl Castro también dejó saber en ese momento que “todo no puede resolverse de inmediato”; con lo cual se hacía una nueva apuesta al gradualismo y la enésima invocación a la capacidad de espera y a la paciencia del pueblo cubano.

En términos interpretativos -más allá de los esfuerzos bizantinos por intentar leer maravillas que Raúl Castro no pronunció en su discurso- lo que se delimitó este 26 de julio fue la agenda permitida de aquello que los cubanos podían discutir y una suerte de sondeo o de cuestionario acerca de los temas relativamente controlables que los segmentos más definidamente “raulistas” del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias tenían interés en incorporar a la consideración pública, básicamente centrados en el reconocimiento de las ineficiencias económicas y apuntando a pequeñas reformas en ese campo; lo suficientemente pequeñas y sucesivas como para que el “comandante” no pudiera despertar sobresaltado de su convaleciente letargo.


Y, naturalmente, si desde la titularidad entonces provisoria del Estado se “sugería” que el pueblo cubano discutiera, pues discusiones habríamos de ver; no desde la iniciativa espontánea de la gente sino “a partir de los conceptos expuestos en el acto central por el aniversario 54 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes”.14 Según las cifras aportadas por el propio Raúl Castro en su discurso de fin de año ante la Asamblea Nacional, se realizaron un total de 215.687 reuniones, la desorbitada cantidad de 3.255.344 intervenciones y la muy pródiga cifra de 1.300.000 propuestas sujetas a estudio posterior.15 Siguiendo la lógica “raulista” podría decirse que cada reunión fue homenajeada promedialmente con 15 intervenciones y 6 propuestas, sin que nos quede muy claro cuáles son los instrumentos de evaluación o de medida utilizados para saber cuándo estamos en presencia de una “intervención” o de una “propuesta”.16 Como se ve, la manía “fidelista” por los números se proyectó por contagio a su hermano menor, con la diferencia de que Raúl lee y Fidel citaba de memoria; ya fuera porque efectivamente recordaba o sencillamente porque tenía la capacidad de simular exactitudes inexistentes en ese asombroso estado de trance que provocaban sus aburridores y soporíferos discursos en los que se ponía a prueba la capacidad de resistencia y retención de las vejigas y los intestinos más experimentados. Sea como sea, la conclusión es una e inevitable: de lo que Raúl Castro habló fue de la enorme cantidad de reuniones absolutamente controladas y rigurosamente vigiladas que se realizaron para abonar y enriquecer su discurso del 26 de julio de 2007, aunque obviamente no para contradecirlo.

Pero, en ese discurso de fin de año, Raúl Castro dijo muchas más cosas. Dijo, por ejemplo, que el objetivo de las reuniones “no fue enterarnos de los problemas”, puesto que “la mayoría de éstos se conocían” y ya se habían mencionado en el acto del 26 de julio en Camagüey: afirmación ésta que confirma la agenda acotada y bajo control que signó las 215.687 “asambleas” o bien sugiere, en cambio, la extraordinaria capacidad de anticipación del gurú sustituto. De lo que sí se trató fue, según el presidente en funciones, de “la búsqueda, con la participación consciente y activa de la inmensa mayoría de los cubanos, de las mejores soluciones al alcance de las posibilidades económicas del país”. Redimensionando en pequeño el ámbito de aplicación de los aportes se sostuvo que “muchos de los planteamientos se refieren a problemas locales o están asociados a deficiencias y errores de personas específicas, por lo que habrá que enfrentarlos y resolverlos de manera directa allí donde ocurren”. Y, asimismo, frustrando cualquier expectativa de abordaje inmediato, el “comandante” suplente planteó que “se necesita tiempo para estudiar, organizar y planificar cómo alcanzar los objetivos propuestos, a partir de las prioridades establecidas, con la mayor calidad y eficiencia”. De especial importancia fue el reconocimiento del “exceso de prohibiciones y medidas legales, que hacen más daño que beneficio”, prefigurando ya en ese momento que habrían de encararse los “excesos” pero no la lógica y la raíz de las prohibiciones como tales. Y, por supuesto, también hubo llamados a la eficacia, a la productividad y al perfeccionamiento empresarial así como anuncios de nuevas maniobras militares. El final a todo orquesta no pudo ser más expresivo: “¡Y a trabajar duro!”


En la fecha del mencionado discurso ya se encontraba en marcha el complejo mecanismo electoral cubano, se habían desarrollado las primeras instancias del mismo y sólo restaba el tramo más sabroso pero también más previsible: la elección convocada para el 20 de enero inmediatamente posterior de los 614 miembros de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Los vástagos políticamente más activos de la familia Castro fueron reelectos como diputados, naturalmente, y la gran novedad es que esta vez el porcentaje de apoyo recogido por Raúl fue ligeramente superior al de Fidel: una diferencia numéricamente irrelevante -99,4% y 98,3%, respectivamente- pero que en el plano simbólico se encargaba de preparar el camino para la institucionalización ya no provisoria sino permanente del cargo presidencial del hermano menor.

Cuba caminaba a pasos lentos pero seguros hacia una civilizada transmisión del mando: una transmisión del mando que habría de darse en un país con una estructura demográfica envejecida y de baja fecundidad, como producto -es importante reconocerlo- de la elevación en la expectativa de vida, pero también de las altas tasas migratorias de población en edad de procrear; un país que había visto disminuir dramáticamente la cantidad de cabezas de ganado en el correr de los años y por lo tanto su disponibilidad de proteínas de origen animal; un país que también había visto declinar los niveles de calidad alguna vez alcanzados por sus emblemáticos sistemas de salud y educación; un país con un ingreso salarial promedio ubicado entre los más bajos de América Latina; un país aquejado por déficits energéticos, de vivienda, de transporte, etc.; un país, en suma, con una enorme cantidad de problemas pendientes y sin demasiada vitalidad ni exagerada inventiva para encararlos con la fuerza y la decisión que la situación reclamaba y reclama. Pero, eso sí, la transmisión del mando no provocaría trauma alguno y casi podría decirse que la misma venía preparándose con escasas incertidumbres desde 1959.

El tiempo y la biología se confabularon para impedir que Fidel Castro continuara como hasta entonces en los cargos de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros así como de Comandante en Jefe, logrando no obstante un record de permanencia que apenas palidece frente al que sigue engrosando Isabel II de Inglaterra, ascendida al trono en 1952. Sin embargo, así como Isabel II, además de monarca, continúa siendo Gran Maestre de la Orden de la Jarretera, Fidel abandonó sus puestos estatales pero se mantuvo como Primer Secretario del Partido Comunista; algo que, en su estado de salud, no parecía responder más que a un simbolismo innecesario o bien a un juego de equilibrio entre fracciones que sólo el tiempo podría desvelar. La abdicación a los cargos ejecutivos del Estado cubano propiamente dicho se produjo, conmovedoramente, el 19 de febrero del año en curso; sólo 5 días antes del plazo fijado para el pronunciamiento de la Asamblea Nacional al respecto y agregando así a sus múltiples investiduras también, como Alfred Hitchcock, la de “maestro del suspenso”. Un pudoroso Fidel Castro se manifestó ese día en los siguientes términos: “No me despido de ustedes. Deseo sólo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título ‘Reflexiones del compañero Fidel’. Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso”.17

En esos días, los círculos gubernamentales ya se habían encargado de mostrar algunas apariencias de cambio: Felipe Pérez Roque anunció que Cuba firmaría acuerdos de derechos humanos en el ámbito de las Naciones Unidas, se celebraron reuniones bilaterales con España para reforzar esa decisión y también, acto seguido, se adelantó la liberación de algunos detenidos como prenda de buena voluntad.18 Es en ese clima de “distensión” que se produce la renuncia de Fidel Castro y se confirma la designación de Raúl Castro por parte de la Asamblea Nacional el 24 de febrero de 2008.



Sin embargo, el conjunto de las designaciones producidas en el seno del parlamento cubano no mostraron el más mínimo aliento renovador y tanto las vicepresidencias como la composición de los Consejos de Estado y de Ministros continuaron reflejando fielmente la estabilidad de la “vieja guardia” y, adicionalmente, el papel definitorio mantenido por las Fuerzas Armadas. Cargos de particular incidencia fueron reservados para dinosaurios dogmáticos e irrecuperables como José Ramón Machado Ventura o para generales como Julio Casas Regueiro, Leopoldo Cintra Frías, Álvaro López Miera y Abelardo Colomé. También se mantuvo a salvo el rol de pastor y patriarca que sólo Fidel Castro estaba en condiciones de ocupar. Su hermano se encargó de hacer énfasis en el asunto en su discurso de asunción, afirmando que el venerable sensei sería consultado permanentemente y recordando aquella frase de Raúl Roa que ya le había atribuído en su momento facultades completamente ajenas al común de los mortales: “Fidel oye la hierba crecer y ve lo que está pasando al doblar de la esquina”. Y, a todo esto, el dilema que se impone con más fuerza consiste en determinar si estamos en presencia de un cambio real o si se trata simplemente de un giro “gatopardista”. Darnos respuestas a ese interrogante fundamental exige la exploración de algunas otras facetas a las que convendrá pasar rápidamente.

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