Cuentos populares de chinchilla



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CONCLUSIONES


Uno de los aspectos más importantes de esta Tesis es que su elaboración me ha permitido recuperar un repertorio muy valioso de relatos orales que estaban en grave peligro de olvido y desaparición. El hecho de vivir refugiados en la memoria de narradores o narradores, por lo general de edad avanzada, hacía más complicada su conservación. Además, la desaparición de los contextos en los que solían narrarse estos cuentos dificulta aún más su transmisión y su pervivencia en la sociedad actual. En efecto, el progresivo abandono del campo y de las labores agrícolas, unido a la presencia de la televisión, ha producido una especie de “fractura” a nivel comunitario, al reducirse las grandes ocasiones de encuentro ligadas a las faenas del campo que subsistían hasta la segunda guerra mundial280. Conviene recordar que el momento colectivo es una condición indispensable para la creatividad oral, narrativa y musical. La cultura oral no es obra de un individuo, sino que es la presencia de un grupo la que estimula y controla al mismo tiempo la creación.

Las ocasiones de encuentro y de transmisión del patrimonio de cultura oral en nuestros días se producen en el ámbito del vecindario: dos o tres familias que al atardecer se reúnen en casa de una de ellas en invierno o en la puerta de las casas o en los patios en verano, y se entretienen contando historias. Pero esto sucede solo en núcleos de población muy pequeños y alejados de la capital. En realidad, de todas las localidades que he visitado para realizar el trabajo de campo, este estilo de vida lo he encontrado solamente en Pozuelo, quizás por encontrarse cerca de la sierra o porque las relaciones sociales son más estrechas y se siguen existiendo intensos vínculos entre los vecinos.

Así pues, el cuento tradicional se encuentra en evidente regresión a causa de los profundos cambios económicos y culturales que ha experimentado la sociedad moderna y a los cuales nos venimos refiriendo: mecanización del trabajo agrícola, éxodo masivo a las ciudades, aparición de una cultura audiovisual del ocio, etc. La consecuencia innegable es que el viejo arte de contar se ha perdido de forma casi definitiva. A lo largo del trabajo de campo, he podido constatar la debilitación y degradación de la tradición oral, que se manifiesta en fenómenos como la desaparición de los géneros más difíciles como el cuento maravilloso, la tendencia al fragmentarismo o al resumen de la historia, el olvido de secuencias enteras o de detalles importantes en los cuentos, o las frecuentes alusiones de los informantes a su dificultad para recordar ciertos pasajes281.

Por otra parte, la experiencia del trabajo de campo me ha demostrado la importancia de recrear en la medida de lo posible los contextos que promovían la aparición de los cuentos. Estos surgían de manera espontánea en el ámbito familiar o en los encuentros ligados al trabajo agrícola. Por eso, unas veces se favorecía la narración si el informante se encontraba en su casa, rodeado de su familia, en un clima receptivo en el que el auditorio le daba pie para seguir si olvidaba algo. Otras veces, en cambio, la presencia de los vecinos, sus comentarios, sus risas, fomentaban la aparición de los cuentos. Pero habría que puntualizar una cosa: la desaparición de los contextos conlleva la pérdida de los cuentos, pero también es verdad que estos muchas veces desaparecen porque falta la costumbre de contar. Se está perdiendo el arte narrativo. Muchas personas entrevistadas reconocían que recordaban cuentos pero no los sabían contar. Necesitaban transmitirlos con las mismas palabras y los mismos gestos con los que los habían escuchado tantas veces. Si a esto unimos la falta de espacios para su difusión, el cuento se convierte en memoria silenciada antes que en olvido. Quizás se debería promover la creación de espacios y momentos para la narración de cuentos, de manera que las nuevas generaciones aprendieran el arte narrativo y sintieran la necesidad de narrar, para que el cuento folklórico siguiera teniendo una funcionalidad en la sociedad actual.

En cambio, el análisis de los cuentos ha arrojado datos sobre el grado de difusión de los cuentos que forman el corpus. En cuanto a su catalogación, el 87,3% se puede clasificar siguiendo el ATU, un 3,3% son nuevos tipos propuestos por Camarena-Chevalier (3 versiones), González Sanz (2 vv.) y Noia (1 v.), un 5% está incluido en otros índices (Boggs, Robe) o figura entre los Cuentecillos folklóricos españoles del Siglo de Oro de Maxime Chevalier, mientras que solo un 4,4% de los cuentos no está indexado. Dado que los catálogos no son definitivos, porque el folklore es algo vivo que se regenera, espero que estas versiones puedan encontrar su lugar en el futuro en cualquiera de los índices publicados. Por lo que respecta a su difusión, la mayoría de las versiones del corpus son conocidas, en mayor o menor medida, en toda la península Ibérica. He encontrado una mayor presencia de nuestros cuentos en los catálogos de Murcia y Valencia, seguramente por su proximidad geográfica.

En cuanto a las características de los cuentos recopilados, quizás lo más llamativo sea el afán de realismo y la desaparición de los elementos mágicos. Se observa un afán por situar los relatos en el ámbito geográfico en el que se mueven los informantes. Sobre todo al principio de los cuentos, se produce un fenómeno de “contextualización realista”282 mediante el cual el narrador adapta el contenido del cuento a su entorno social y busca una explicación lógica a lo narrado. A veces el narrador se presenta incluso como testigo de los hechos y los conflictos se resuelven con ingenio y sin intervención mágica en la mayor parte de los casos.

Otro rasgo significativo, relacionado con el anterior, es la escasez de cuentos maravillosos y la abundancia de cuentos humorísticos. El hecho de que la mayoría de los relatos tengan un carácter cómico pone de manifiesto la existencia de una clara función lúdico-humorística, bien acogida por el auditorio, que permite la pervivencia del género. Ulpiano Lada Ferreras (2007: 16-17) justifica la desaparición de los cuentos maravillosos y la escasa presencia de cuentos no humorísticos en los repertorios por la pérdida de su función, exclusivamente lúdica o en ocasiones lúdico didáctica, dentro del actual contexto social. Pienso como este autor, que esta idea parece corroborarse si tenemos en cuenta que muchos de los cuentos maravillosos viven actualmente en forma muy fragmentaria y son re-creados por el emisor en menor medida y con mayor dificultad que los cuentos humorísticos.

Por otra parte, el contacto directo con los narradores durante las distintas fases del trabajo de campo me ha permitido reflexionar sobre el proceso comunicativo que se produce durante la narración de un cuento. Veamos en primer lugar el emisor. Resulta evidente que el narrador o narradora es la figura clave de todo el proceso. Es la persona encargada de transmitir un mensaje, que alguna vez en su vida acogió como receptora. Para ello, cuenta no solo con la palabra, sino también con la voz, el gesto, el movimiento de los brazos y de los ojos, etc. En definitiva, se vale de todos los medios a su alcance para ganarse el favor de su auditorio, porque no olvidemos que el narrador se nutre con la risa283 del público, necesita sentir su presencia. Por eso, unas veces busca el contacto físico (lo roza levemente o se aferra a su mano) y otras le lanza continuas llamadas de atención durante su actuación. El narrador se sabe poseedor de un legado precioso, que solo tiene razón de ser cuando lo entrega a los demás. Por consiguiente, necesita un receptor que un día se convierta a su vez en emisor. Por eso lo hace partícipe de su experiencia narrativa cuando, al final de su relato, le dice: “Cuentecico colorao, por la boca tuya se ha colao”. De esta manera, busca una especie de compromiso, para que ese legado tan valioso se siga transmitiendo oralmente y no permanezca oculto o se pierda en la memoria de la gente.

Otro aspecto importante que me he planteado muchas veces se relaciona con el efecto que tiene el cuento cuando “se cuela por la boca de alguien”, es decir, cuando llega a un receptor. En general, el cuento entretiene, provoca risa, enseña, conmueve, invita a volar con la imaginación… Por tanto, no deja nunca indiferente. Su función consiste en acompañarnos a lo largo de la vida: unas veces para divertirnos y otras para hacernos reflexionar. De ahí el gran poder evocador de los cuentos, capaces de traernos a la memoria aromas y sabores284 de otro tiempo, de otros lugares en los que se solían contar. Así pues, los cuentos se asocian con contextos concretos en los surgían de manera espontánea, bien en el ámbito familiar, en el laboral o en los momentos de ocio. Los relatos narrados en el entorno familiar tenían un carácter lúdico y solían transmitirse entre los miembros de una misma familia. Hoy en día, en cambio, las novedades tecnológicas (tabletas, móviles…) y la televisión, junto al estresante ritmo de vida cotidiano, desgraciadamente, le han robado su lugar a los cuentos en muchos hogares. Algo parecido sucede con las historias que solían acompañar el desarrollo de algunas faenas del campo, como la monda de la rosa del azafrán. Las largas trasnochadas de trabajo monótono y acompasado eran una ocasión para la conversación y para la narración de cuentos. En este sentido, conviene recordar la conexión que establece Carlos González Sanz entre la labor de limpiar de su camisa de paja las mazorcas de maíz y la actividad de narrar que la acompañaba:

esta costumbre pone de manifiesto de manera especialmente elocuente varias de las funciones básicas de la narrativa folklórica, a saber: a) el acompasamiento de este tipo de labores monótonas y minuciosas —o lo que viene a ser lo mismo: el entretenimiento—; b) la construcción del espacio social, con el intercambio de «críticas», anécdotas, etc., que sin duda servirían igualmente para descargar las tensiones de la dura vida en el campo en tiempos pasados y c) el hecho de que la narración sea la primera escuela de la lengua, del arte narrativo y de una sabiduría basada en la agudeza y el ingenio, esto es, en la depuración del pensamiento para saber llegar a la esencia, como en el caso de las mazorcas, al grano (González Sanz, 2013: 101).

La desaparición de estos contextos ha conllevado la pérdida de muchos cuentos. Sin embargo, si se dan estas ocasiones de encuentro los más mayores de la reunión suelen rescatar algunos relatos, aunque, como decíamos al principio, la falta de costumbre de contar hace que estos cuentos sean fragmentarios. También se narraban cuentos en el lavadero, durante la matanza del cerdo, en los almuerzos cuando los labriegos iban a surquear, faenas estas que han desaparecido en la sociedad actual. Por último, otra ocasión para la narración de historias llegaba al atardecer, al volver del trabajo, cuando los vecinos se reunían en los patios o en las casas. Esta costumbre de reunirse por las tardes se sigue manteniendo en Pozuelo, la localidad donde más fácilmente han aflorado los cuentos en mis entrevistas. Estoy segura de que la cordialidad y la cercanía que sigue existiendo entre los vecinos de este pueblo ha hecho posible la conservación de su patrimonio tradicional.

Por otra parte, los cuentos del corpus recopilado incluyen numerosos términos sobre el vestido (abarcas, capote), las ocupaciones domésticas (lavar tripas), las costumbres (el ponderador), la gastronomía (gachas, migas), los oficios (segador), aparejos (ramal, cernederas) y otros elementos de la vida cotidiana de antaño. Además, ofrecen pinceladas de tipo costumbrista. Los narradores aclaran el significado de ciertos términos para hacerse comprender mejor. Dado que ninguna investigación agota todas las posibilidades, pienso que sería sumamente interesante abordar el estudio del contexto en el que vivían los cuentos a través del léxico y de las “acotaciones” que los narradores incluyen en sus cuentos.




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