Cuentos populares de chinchilla



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NARRADORES DE PEÑAS DE SAN PEDRO


Durante las dos fases del trabajo de campo en las que visité Peñas de San Pedro logré entrevistar a 12 narradores (7 mujeres y 5 hombres).
      1. Ángela Bernabé y Mª Ángeles Bernabé


Ángela Bernabé, 48 años, tiene estudios primarios y es ama de casa. Había enseñado a coser a un grupo de muchachas en el pueblo. Era allí donde solía contar cuentos para animar las reuniones. Me contó solo 3 cuentos (núms. 19, 52 y 147). Su repertorio comprendía, pues, cuentos de animales, cuentos de magia y chistes sobre curas.

María de los Ángeles Bernabé, 44 años, estudios primarios, ama de casa y rosera. Desde hace muchos años ha trabajado en todo lo relacionado con el cultivo del azafrán. Sus cuentos se asocian actualmente a la monda de la rosa. Su repertorio incluye cuentos de animales y chistes y anécdotas (cuentos acerca de tontos y de curas). Durante la entrevista narró 6 cuentos (núms. 2, 114, 119, 139, 144 y 166).

La entrevista se realizó en el patio de la casa de Ángela en una tarde veraniega. Allí había una decena de personas entre familiares y amigos. Fue Ángela quien empezó a narrar. Tenía sentado sobre sus piernas a su nieto de corta edad y abrió la sesión narrando “Un mal día para el lobo” (ATU 122A). La presencia del niño alentaba la dramatización del cuento: la narradora matizaba la voz, imitaba el aullido del lobo, jugaba con el niño mientras narraba… Y las risas del niño favorecían el avance de la narración. Era la evocación de una escena tantas veces vivida272. Recientemente he vuelto a entrevistarla y me ha confesado que ha dejado de narrar. Sus nietos ya son mayores y no tiene sentido contarles cuentos. Ella culpaba a la televisión y al cambio que ha sufrido la sociedad. Según ella, ahora no se da el contexto adecuado para la narración de cuentos.

Tras la primera intervención de Ángela, tomó la palabra su hermana. María de los Ángeles narra con gracia, desparpajo y espontaneidad. Sus cuentos carecen de fórmula de cierre porque el final espera que venga dado por la aparición de las risas del auditorio. Su narración parece nutrirse con las reacciones del público. Juega con el lenguaje, con la voz (para dotar de identidad a los personajes) y con los cánticos gregorianos para conseguir un efecto cómico. Cuando la entrevisté hace un año aproximadamente no me quiso contar ningún cuento porque no encontraba ninguna razón para hacerlo. Sin embargo, me emplazó a reunirme con ella durante la monda de la rosa del azafrán, porque aquel ambiente era propicio para narrar. Me aseguró que los cuentos no se habían perdido, seguían teniendo la misma funcionalidad de siempre. Pero tenían que surgir en un contexto determinado.


      1. Candelaria Moreno y sus vecinas


Candelaria Moreno, 68 años, natural de Peñas de San Pedro, gozaba de buena fama como narradora. Tenía estudios primarios y era ama de casa. La entrevisté durante la segunda fase del trabajo de campo y llegué hasta ella acompañada por mis padres, que la conocían y habían oído decir en el pueblo que esta mujer era un “pozo de sabiduría”. Mis padres le preguntaron si quería ser entrevistada y ella aceptó gustosa la invitación. Nos recibió en su casa, pero, por fortuna, aquella tarde no estaba sola. Había ido a visitarla Matilde, una vecina de 76 años, también ama de casa, que durante años había trabajado en el campo. Cuando Candelaria comenzó a narrar, se creó una atmósfera tan especial que Matilde, a pesar de sus reticencias, acabó contando sus versiones de dos de los cuentos de Candelaria. Conocí así a dos narradoras con estilos narrativos diferentes, pero unidas por la pasión de narrar. Solo así se explica que Matilde accediera a ser grabada: ella tenía el rol de oyente, pero su alma de narradora no podía quedar silenciada. Necesitaba participar en ese intercambio comunicativo que exige la narración de cuentos y sacar al exterior los que ella atesoraba.

El repertorio de Candelaria se compone de 6 versiones: 3 cuentos de animales (núms. 7, 30 y 36) y 3 cuentos acerca de matrimonios (núms. 99, 102 y 115), además de otros chistes y coplas que no transcribí, porque dudaba que fueran de tradición oral.

Candelaria narraba con agilidad y desparpajo. No solía recrearse en los detalles. Usaba frases cortas, tajantes, que resaltaba por medio de la entonación. Su expresión concisa durante la narración contrastaba con la frase final del cuento, mucho más larga e impactante. Esta podía ser una fórmula de cierre: ”Y cuentecico colorao, por la chimenea se fue al tejao” (núm. 7); el grito desesperado de la zorra al caer: “-¡Apartaros, piedras, que os mato! Si de esta salgo y no muero, no quiero más bodas al cielo” (núm. 36), o cualquier otra fórmula que aumentase el dramatismo final. Un momento de clímax, para devolvernos a la realidad y marcar el final del cuento273.

Matilde, en cambio, se deleitaba describiendo las situaciones y apuntando detalles de escenas de la vida cotidiana de antaño (“…qu’entonces guisaban los pastores en el campo”). Narraba de una manera sosegada, lenta, matizando más los diálogos y la narración. Utilizaba siempre fórmulas de cierre (“Y cuentecico colorao, ya se ha terminao”) y numerosas rimas internas. Su repertorio consta de solo 2 versiones (núms. 6 y 28). Las dos le vinieron de manera espontánea a la mente al escuchar las versiones de Candelaria. ¡Lástima que no recordó nada más!

Cuando estábamos terminando la entrevista, llegó otra vecina274. Era una mujer de unos 35 años, con dos niños. Participó poco de la reunión pero se animó a narrar un cuento que solía contarle a sus hijos (núm. 180). Se trataba de un cuento acumulativo (ATU 2023), que narró con simpatía, marcando el ritmo repetitivo de los diálogos y la presencia de mimologismos. También utilizó una fórmula final para cerrar el cuento (“Y se casaron y fueron felices y comieron perdices”).

      1. Otros narradores


Caridad Sánchez Ocaña era una mujer de 71 años, con estudios primarios, ama de casa. Los cuentos que me narró los aprendió de su madre en el entorno familiar. No había salido de Peñas de San Pedro. Su repertorio se componía de cuentos de magia, románticos y chanzas y anécdotas. Me contó 3 versiones (núms. 64, 73 y 98). La entrevista se realizó en su casa, rodeada de sus hijos y nietos. Narraba con firmeza y gracia, recreándose en los detalles –tanto del cuento como de la vida cotidiana que le tocó vivir-; también solía hacer comentarios sobre lo que estaba narrando: “¿Cómo le iba a decir al pastor a lo que iban? ¿Ni a qué cuento? (núm. 73). Utilizaba repeticiones, exclamaciones… En cuanto a las fórmulas de cierre, en las versiones núm. 64 y 98, simplemente avisa del final del cuento (“Y se ha terminao” / “Y se ha acabao”), mientras que en la núm. 73, se presenta como testigo presencial de los hechos y se introduce de manera marginal en el banquete nupcial que clausura el cuento: “Y ya se entró el pastor a palacio y se tuvo que casar con la hija. Y yo me vine, y no me dieron na de la boda275.

Un detalle que me gustaría señalar tiene que ver con la versión núm. 64 (ATU 707). Su madre le solía contar este cuento y ella lo conservaba como un verdadero tesoro. Lo había copiado en hojas sueltas, con enorme mimo, para que nunca se borrase de su memoria. Lo narraba como si se tratase de un ritual y, llegado el momento en el que la hija, al echar la comida en los platos, se le va un suspiro, la narradora reconoce que tiene siempre que llorar y, gimoteando, exclama: “-¡Ay! ¡Quién pudiera darle una cucharada de comida a mi madre!”. Es el momento que precede la intervención del pájaro de la verdad, que habla con firmeza y aplomo. Así pues, dramatismo, teatralidad, cambio de voces y un recurrente “Y así lo hizo” caracterizan la narración de este cuento.



Adalberto Córcoles Rodenas, 76 años, pastor, sin estudios primarios. Lo entrevisté en su casa, donde llegué aconsejada por las vecinas. Me contó 3 cuentos (núms. 5, 39 y 105). Tenía un amplio repertorio de chistes verdes, pero a su mujer, que estaba presente durante la entrevista, no le pareció bien que me los contara. Así que me narró una versión de ATU 1355B y, ante las protestas de su mujer, pasó a los cuentos de animales. No utiliza fórmulas finales.

Antonio Cañizares. 83 años. Agricultor, sin estudios. Lo entrevisté en su casa. Me contó solo dos cuentos (núms. 31 y 136).

Aurelio, un hombre de unos 60 años. Me impresionó por su memoria prodigiosa. Me recitó varias poesías y romances. Como colofón, me obsequió con “El caballito de siete colores” (núm. 59). Mientras narraba estaba quitando la cáscara a la almendra. Sus manos se acompasaban en la faena con el ritmo de las poesías. Incluso daba un ritmo característico a la prosa, como si se tratara de una composición en verso. No alzaba la cabeza, porque estaba concentrado en su trabajo y en la rememoración de su legado de tradición oral.

Alberto, de unos 80 años, solo narraba cuentos de matrimonios, algo atrevidos, ante las continuas protestas de su mujer.


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