Cuentos populares de chinchilla



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La esposa calumniada (ATU 707)

Había un rey en palacio. Y una noche le dice a su chófer:

-Prepara tu coche y llama al panadero, que venga con nosotros, que vamos a dar una vuelta por las calles bajas de la capitar, a las artas horas de la noche.

Total, que salieron y, paseando por una calle, oyeron reír a muchachas jóvenes. Y pararon el coche. Y le dice el rey al panadero:

-Baja y pon el oído, a ver qué están hablando.

Y así lo hizo. Y estaban con una conversación y con mucha risa, diciendo la mayor de ellas, dice:

-Os voy a decir una cosa. Quisiera casarme con el chófer del rey, para ir todos los días montada en coche.

Y, al momento, dice la d'en medio:

-Pues yo me casaría con el panadero, para comer pan tierno todos los días.

Y la pequeña dice:

-Pues yo me casaría con el rey, y darle dos hijos y una hija, que fueran los más guapos del mundo.

Totar, que llega el panadero al coche, y el rey le pregunta:

-¿Qué pasa?

Y el panadero le dice al rey:

-Si supiera usté lo qu'están diciendo. Hay tres muchachas, que creo que la mayor decía "Yo quisiera casarme con el chófer del rey, para ir todos los días montada en coche". Y la d'en medio dijo "Pues yo, lo que quisiera es casarme con el panadero, pa comer todos los días pan tierno". Y la más pequeña ha dicho que ella de buenas ganas se casaría con el rey, para tener dos hijos y una hija, que fueran los más guapos del mundo.

Y entonces, le dice el rey:

-Vuelve y coge el número.

Y eso hizo. Y, al día siguiente, lo mandó a por las tres muchachas, para que fueran a palacio. Y ellas, muy asustadas, se fueron con el chófer a palacio. Y, al llegal, pues el rey les hizo pasar a su despacho, y allí les preguntó qué conversación habían tenido la noche anterior. Y ellas, muy avergonzadas, pues tuvieron que decir lo que habían pensado.

La primera dijo lo que había dicho, que de buena gana se casaría con el chófer del rey, para ir todos los días montada en coche. Y la otra, pues dijo lo que quería: casarse con el panadero, para comer todos los días pan tierno. Y la pequeña dice:

-Yo no se lo puedo decir, que me da mucha vergüenza.

Pero, el rey le hizo decir lo que había dicho. Total, que rápidamente el rey manda llamar a un sacerdote para celebrar los tres matrimonios.

Y así lo hizo. Cada una de ellas, pues, se quedaron con sus queridos esposos. Y así empezaron sus vidas. Pues ya, se hace embarazada la mujer del rey. Y, casi en los últimos días de su parto, pues el rey tenía que hacer un viaje preciso. Y las hermanas..., pues, el rey confió en ellas. Pero ellas, lo que tenían era envidia, porque tenían que estar de mozas con ella. Y pensaron las dos que si a su hermana le daba el parto antes que viniera el rey, que iban a quitarle el bebé, y echarle un perrito pequeño. Y así lo hicieron.

Y, cuando vino el rey del viaje, le dicen las hermanas:

-Pero, ¿usté se da cuenta de la vergüenza que nos da lo que ha dado a luz nuestra hermana?

Y el rey, pues, se le caía la cara de vergüenza, pero lo fue resistiendo. Pero, las hermanas aviaron al niño en una caja, con buenas ropas y dinero para que lo criaran al niño, y lo echaron a un caz. Y ese caz iba a un molino. Y salió el molinero a limpiar los rastrillos del caz, y allí se encontró una caja de madera y la cogió y se la entró al molino. Y se la entregó a su esposa, y le dijo:

-Mira lo que había en los rastrillos.

Y la mujer y él la abrieron. Abrieron la caja y allí hallaron un niño envuelto en buenas ropas y una buena cantidá de dinero para que lo criaran. Y les vino muy bien, porque vivían en la pobreza.

Al poco tiempo, le volvió a pasar lo mismo: otra caja, como la anterior. Después, al poco tiempo, lo mismo; nada más que después de los dos niños, la tercera fue una niña. En fin, los tres los criaron y les dieron una buena educación. Y los mandaron a la escuela, y ya se hicieron mayores.

Y un día, saliendo de la escuela, uno de los dos niños, pues se pegó con el otro, hijo de los dueños del molino, o sea, sus padres -como ellos decían-. Y fueron llorando, y les dicen a sus padres cómo se habían pegado. Pero, en eso terminó.

Pero, al poco tiempo, volvieron a reñir. Y el hijo verdadero de la molinera le dice a su madre:

-Como me pegue otra vez, no respondo de lo que pase. ¡Siendo hermano mío, y de la forma que me ha pegao!

Y la madre no se pudo contener. Y le dijo a su verdadero hijo:

-Si es que no es hermano tuyo; que vino al rastrillo del caz en una caja de madera y tu padre se la entró. Y no solo esa caja, sino tres cajas iguales, o sea, los dos muchachos más altos y la niña; que hijos míos solo eres tú y tu hermano pequeño.

Y, al otro día, pues le dice el hijo de la molinera:

-¿Cómo no me ibas a pegar fuerte, si es que no eres hermano mío?

Y el muchacho, que ya era un hombre, le dice a su madre:

-Dígame la verdá, porque mire lo que me ha dicho mi hermano: que no somos hermanos.

Y la molinera pos le dijo la verdá. Y entonces, pues dice el chico:

-Pues, del mucho dinero que traíamos, creo que quedará mucho.

Y la molinera pues le dice:

-Pues sí, queda.

-Pues queremos los tres, o sea, mi otro hermano y mi hermana, que nos lo entriegue, que nos vamos.

Y así lo hicieron. Les entregó todo el dinero que les sobró de criarlos, y se marcharon.

Y al llegar a un pueblo se compraron tres caballos los muchachos y dos escopetas, que esos eran sus deseos, -que les gustaba de cazar-. Y ya pasaron por unos terrenos, y les dice la hermana:

-¿Por qué no compramos terreno y hacemos una casa?

Y así lo hicieron. Y, así que la terminaron y la amueblaron, ya se tranquilizaron. Y, a los dos o tres días, cogen los caballos y las escopetas, y salieron a cazar.

Y ya, al cabo de unos días, pues el guarda del monte los vio, pero se escondió porque quedó prendado de lo bien que cazaban. Y en esos cerros que iban, pues eran del rey. Y, a los pocos días, fue él a palacio, y le dice al rey:

-Si viera usté unos muchachos que fueron a cazar y los vi, y lo bien que tiran, se iba usté a quedar ilusionado, porque a usté eso le gusta.

Y entonces le dice el rey:

-Pues si van mañana, les dices que vuelvan el domingo, que vamos de aquí mis amigos y yo.

Y así lo hizo. Y el domingo estuvieron juntos, y el rey se quedó encantado. Y entonces los chicos, pues, le dicen al rey:

-El domingo que viene usté tiene que ir a mi casa para comer.

Y así lo hicieron. Y ya que estaban en la casa cenando, pues entonces la hermana, al ir a echar la comida en los platos, se le fue un suspiro... -Es que el rey tenía la mujer verdadera, que tuvo los hijos, en la puerta de la iglesia en una jaula, de condena por haberle parío los tres perros (eso me lo he dejao)-. Y entonces, pues la hija, al echar la comida en los platos, pues se le fue un suspiro. Y dice:

-¡Ay! ¡Quién pudiera darle una cucharada de comida a mi madre!

Y entonces le contestó un loro que tenían, dice:

-Porque no querrás, -dice-, que en la puerta del templo la tiene su real Majestá.

Y entonces el rey, como sabía que tenía a la mujer en la puerta del templo, entonces salió corriendo sin comer ni na, arreó a la puerta de la iglesia, enganchó la jaula, la hizo polvo, y le dijo:

-Perdóname, que lo que me ofreciste me lo has cumplido. Aquí tienes tus dos hijos y tu hija, y perdóname, que ahora mismo vamos y quemamos a tus dos hermanas, las llevamos a la plaza y ablentamos la ceniza. ¡Y a vivir con tus dos hijos y tu hija, y felizmente vamos a vivir los cinco!

Y así lo hizo. Y se ha terminao.

Caridad Sánchez Ocaña (Peñas de San Pedro)


  1. El medio pollico (ATU 715)

Una vez había un medio pollico y estaba escarbando en un basulero y se encontró un centimico. Y dice:

-¡Uh! -Medio pollico, que es muy pequeño, dice- ¡Uh!, ¿ánde voy a dejar yo esto? Si me lo dejo en el gallinero, me lo quitan las gallinas. Si me lo, me lo… -ice- ¿Ánde? ¿Ánde? –ice- A Madrí. A que el hijo del rey me lo guarde.

¡Ea! Y echa a andar. Y venga a andar, venga a andar. Y se encuentra una zorra. Dice:

-¿Ánde vas, medio pollico?

Dice:

-A que el rey me guarde mi tesorico.



-¿Quieres que me vaya contigo?

Dice:


-No, que te cansarás.

Dice:


-No me canso.

Ice:


-Pos, ¡hala! ¡Venga! ¡Echa a andar!

Y andando, andando, andando. Y ya dice:

-¡Ay, medio pollico, que me he cansao!

Dice:


-Pos, métete en mi medio culico.

¡Ea! Y venga a andar, venga a andar, venga a andar y se encuentra un lobo. Dice:

-¿Ánde vas, medio pollico?

Dice:


-A que el rey me guarde mi tesorico.

-¿Quieres que vaya contigo?

Dice:

-No, que te vas a cansar.



Dice:

-No me canso.

Ice:

-Pos, ¡hala! ¡Tira!



Y venga a andar, venga a andar, venga a andar. Y ya dice:

-¡Ay, medio pollico, que me he cansao!

Dice:

-Pos, métete en mi medio culico.



¿Sabes? Y se encuentran –y espérate a ver si me acuerdo-. Y se encuentra un río. Y dice:

-¿Ánde vas, medio pollico?

Dice:

-A que el rey me guarde mi tesorico.



Dice:

-¿Quieres que me vaya contigo?

Dice:

-No, que te cansarás.



Dice:

-No me canso.

Dice:

-Pos, ¡hala! ¡Echa a andar!



Y venga a andar, venga a andar, venga a andar. Y lo mismo:

-¡Ay, medio pollico, que me he cansao!

Dice:

-Pos, métete en mi medio culico.



Y se metió el río en su medio culico. Y ya llegan a la puerta del rey. Y allí una fiesta, una esta y él:

-¡Quiquiriquí!

Y él decía:

-Pos este pollo ¿qué es lo que quiere? ¡Echarlo al gallinero! A ver si lo matan las gallinas y no sé qué…

Y lo echaron al gallinero. Y dice:

-Zorra, sal y mata toas estas gallinas.

Y sale la zorra de su medio culico y mató toas las gallinas. Y a otro día:

-¡A ver el medio pollico!

Y estaba cantando él y toas las gallinas muertas.

¡Echarlo a esto, a ver si se lo come el… yo no sé… el lobo o no sé qué. Y claro. Y lo mismo. Él ya con este sale… Dice:

-Lobo, sal y cómete esto… no sé como…

Y sale el lobo y se los comió a todos. ¡Ah! Los corderos. Se los comió. Pos nada, pos ya dice:

- ¡Ay!

Y se metió en su medio culico. Y ya dicen:



-¡Encender el horno! Y a ver si se quema… Este medio pollico no sé qué…

Y ya viendo el horno, el horno, dice:

-Río, sal y apaga to este fuego.

Y sale el río de su medio culico y… y apagó el horno. ¡Ea! Y ya se metió otra vez en su medio culico. Y dicen que qué quería, le pregunta el rey. Dice:

-Que me guardes este tesorico.

Dice:


-Pos yo te daré otro y ya juntas dos.

¡Ea! Y se los dejó allí. Y él se vino. El medio pollico se vino y ande se iba encontrando el río y eso se los iba dejando. Y ya está. Y dice:

-Cuentecico colorao, por tu boca se ha colao.

Paca (Pétrola)



  1. El Medio Pollico (ATU 715)

El Medio Pollico trabajaba en su medio basurico, cansao de correr y se encontró un bolsillico.

-¿Me lo das que te lo guarde mi medio bolsillico?

-Sí.

Bueno, pues ya se va allí andando, andando y se encuentra un lobo.



-¿Ánde vas, Medio Pollico?

-Pa que el hijo del rey me dé un medio bolsillico.

-¿Me voy contigo?

-Sí, métete debajo de mi culico y te taparé con mi taponcico.

Va andando, andando y se encuentra una zorra.

-¿Ánde vas, Medio Pollico?

-Pa que el hijo del rey me dé mi bolsillico.

-¿Me voy contigo?

-Sí, métete debajo mi culo y te taparé con mi taponcico.

Va andando y va andando y se encuentra un gato.

-¿Ánde vas, Medio Pollico?

-A que el hijo del rey me dé el medio bolsillico.

-¿Me voy contigo?

-Sí, métete debajo de mi culico y te taparé con mi taponcico.

Bueno, y va andando, va andando y se encuentra un mojón.

-¿Ánde vas, Medio Pollico?

-Pa que el hijo del rey me dé mi medio bolsillico.

-¿Me voy contigo?

-Sí, métete debajo de mi culico y te taparé con mi taponcico.

Bueno y ya va andando, va andando y se encuentra un río.

-¿Ánde vas, Medio Pollico?

-A que el hijo del rey me dé el medio bolsillico.

-¿Me voy contigo?

-Sí, métete debajo de mi culico y te taparé con mi taponcico.

Bueno, pos ya llega.

-¡Tras, tras!

-¿Quién?

-El Medio Pollico, que vengo por mi medio bolsillico.

¡Válgame!, sale el arriero.

-¿Qué vamos a hacer?

-Pos qué vamos a hacer, lo metemos con las mulas.

Salta el lobo y mata to las mulas.

-¡Quiquiriquí, las mulas matadas y yo estoy aquí!

-¡Madre mía! ¿Qué vamos a hacer?

-Pos vamos a meterlo en la olla de las tajás de las salchichas.

Suelta la zorra y se come las salchichas.

-¡Quiquiriquí, las salchichas comidas y yo estoy aquí!

-¡Madre mía de mi corazón! ¿Ánde lo vamos a meter?

-Pos ahí, en la olla de las tajás de longaniza.

Suelta el gato. Se come toa la olla. Claro ya se hinchó y se moriría.

-¡Quiquiriquí, las salchichas comidas y yo estoy aquí!

-Vamos a ver, hombre, ¿dónde?

-En la tinaja el aceite, y dijimos, “se ahoga”.

Suelta el mojón, se aboca la tinaja, claro y se salió to el aceite. Dice:

-¡Madre mía! ¿Pos qué vamos a hacer? –dice- Pos en el horno, echamos dos gavillas de leña…

Suelta el río. Claro, y se apagó el horno… el horno del to. Y ya está. Y luego al final le tuvieron que dar el medio bolsillico y ya se fue a su casa.

Avelina (Pozuelo)


  1. Periquito y Vitorica (ATU 720 + 780)

Había una madre y tenía una hija y un hijo. Y al hijo no lo quería. Y un día mandó a la hija a por leña y al chiquillo por sal para que viniera antes. Y, al mismo venir, mató al hijo, lo hizo trozos y hizo un guisao.

Y viene la chiquilla, que iban a cocer con la leña, y dice:

-¿Dónde está Periquito?

Dice:


-Todavía no ha venío.

Pero ella se ve que empezó a mirar por allí y lo vio. Y dice:

-Tiés que ir a llevarle a padre de comer.

Y le había hecho un guisao al padre con un poco de su hermano. Y él… Y ella iba al camino alante llorando y le apareció la Virgen y dice:

-¿Por qué lloras, Vitorica?

Dice:


-Mi madre que ha matao a mi hermano –dice- y ha hecho un guisaico. –Dice- voy a llevarle a mi padre.

Dice:


-Pos tú no comas –dice- tú, to los güesos que tire tu padre los recoges y dices que son pal gato de la vecina. Y los lías en un pañuelo.

Pos nada, ella to los güesos que su padre tiraba los lió en un pañuelo y así to los días. Y los enterró en el jardín. Y salió un peral hermosísimo, con muchismas peras. Y ya, se ve que iba uno y decía l’agüela:

- ¡Ay, Periquito, dame una perica!

Dice:


-No, que dejastes a mi madre que me matara.

Y su madre:

-Dame una perica.

Dice:


-No, que me matastes.

Y llegó a su padre, dice:

-Periquito, dame una perica.

Dice:


-No, que me comistes.

Y entonces fue la hija, y dice:

-Periquito, dame una perica.

Dice:


-Tómalas toas que me recogistes.

Rosario Hernández (Pozuelo)



  1. El duende (Chevalier, 39)

Esto era una familia de labradores. Vivían en una casa que había un duende. Y por las noches oían unos ruidos más raros. Estaban asustaos.

Ya s'enteran de que era un duende que había, y piensan de cambiarse de sitio. Preparan el equipaje, a llevarse cada uno unas cosas y... Cuando ya salían por la puerta, dice el duende:

-¡Yo me llevo las cerneras, y me voy con vosotros!

Entonces dice el padre:

-Para llevarnos al duende... ¡Bien estamos aquí!

Feliciana García Tomás (Chinchilla)



  1. El duende y las cernederas (Chevalier, 39)

Había un matrimonio y vivían en una casa preciosa, pero había un duende. Y estaba con las cernederas haciendo ruidos, otras veces cogía allí con… bueno, con lo que pillaba, con una romana. Y el matrimonio este, cansao ya de ver que los dejaba dormir y vivir en paz, dijeron:

-Nos vamos a ir a otro pueblo. Vámonos porque esta casa… estamos aquí con estos ruidos y no se puede estar.

Entonces ya llamaron allí en carros y eso, pues echaron sus muebles y les quedaba lo de la cámara. Y, cuando vieron que bajaban solas las cernederas, dice, y una voz que les decía:

-¿Es que nos cambiamos a otro sitio?

Y resultaba que era el duende que había cogío las cernederas y se iba con la familia. Y entonces ya la familia, al ver aquello, dijeron:

-¡Pss! ¡Alto! ¡Alto los carros! Venga, venga, que no. A descargar otra vez. Que si donde vaya el duende viene, pues mira, continuamos aquí.

María Núñez (Pétrola)


  1. El duende Garrampón (Chevalier, 39)

Esto era una vez que había un matrimonio. Y tenía cuatro o cinco hijos. Y… estaban en una casa mu grande mu grande. Y ya… sentían ruido. Iban por una habitación y sentían ruido, iban por otra sentían ruido. Y ya, tan aburríos estaban ya, que ya dicen:

-Mira, nos vamos a cambiar de casa, porque aquí no podemos estar.

Empiezan a cambiar trastos, trastos. Y ya cuando venían una vez por el camino, se lo encuentran al Garrampón. Dice:

-Oye, y tú ¿ánde vas?

Dice:

-¿Pos no nos cambiamos de casa?



Iba… Iba con un… con unos ciazos iba él. Y dice:

-Oye, pos tú ¿ánde vas?

Dice:

-¿Pos no nos cambiamos de casa?



Fermina Lucas Moreno (Peñas de San Pedro)

  1. CUENTOS RELIGIOSOS (Tipos 750-849)

  1. San Pedro y los cuernos (Ca.-Ch. 774U)

Pues esto era una vez que iba San Pedro con Dios andando por el mundo. Y… entonces San Pedro tenía una duda. Y le pregunta:

-Oye, Señor, -dice-, a la mujer que… la mujer que a su marido le pone los cuernos, -dice-, ¿por qué no les salen?

Y dice:

-¡Hombre, San Pedro, eso no lo consiento yo! No lo puedo yo consentir que… que les… que les salgan los cuernos.



Ya, iban andando andando, dice:

-Pues, mira qué te digo, Señor, yo creo que sería muy justo que al que le pone los cuernos su mujer, que le salieran.

Y van andando, andan otro poco, otro poco. Y ya habían andao un poco y le empiezan a salir a San Pedro los cuernos, unos cuernos pequeños. Y le dice:

-¿Esto qué es, Señor?

Dice:

-¡Ea!, tú… yo te he echao lo que me has pedío, yo te lo he concedío.



Y se da con las manos así en la frente, y le dice:

-¡Ay, Señor, Señor, ya que salen que no se vean! ¡Que no se vean!

Teresa Navarro Martínez (Chinchilla)


  1. La flor de la violá (ATU 780)

Esto era un padre, tenía tres hijos. Y cogieron y se fueron a la ciudá. Y uno de ellos marchaba mejor que el otro. Y cogieron y, claro, estaba el padre ya que no sabía ni dónde eso… Y ya cogieron y dice “Sí”. Tenía unos intereses y cogió y se los dejó a los otros. A uno de ellos. Y ya llegó que claro se fue y decía:

-¡Huy! Pos esto.

Mataron al padre, lo enterraron en un majano y luego salió una caña. Y aquella caña pasó por el pueblo y uno de los que los conocía pues se puso y empezó aquella caña... Pos pasó otro señor y la cortó. Y hizo un pito. Y aquel pito cogían y se puso a pitarlo el hombre y se ponía:

-¡Piiii! Arriero, pítame, no me dejes de pitar, mis hermanos me han matado por la flor de la violá.

Y el hombre le chocó aquel… la esta de aquel pito. Dice:

-¡Huy! ¡Esto! Pos ¿qué pasa aquí?

-Esto es algo.

Y lo llevaba y lo pitaba otra vez.

-Arriero, pítame, no me dejes de pitar, mis hermanos me han matado por la flor de la violá.

Pos nada. Ya pasó por allí y llegó uno de los hijos. Dice:

-Bueno, y eso ¿por qué? ¿Qué pito es ese? ¿Dónde lo ha cogío usté? U ¿qué cañas es?

Conque claro, fueron y se lo dijeron dónde lo había cogío. Y entonces los hermanos, los otros dos, dijeron:

-Pos mira, este ha sío el que ha hecho el daño para quedarse con lo que los otros tenían.

Rosario Hernández (Pozuelo)



  1. CUENTOS NOVELESCOS (Tipos 850-999)

  1. La adivinanza del pastor (ATU 851 + 570)

Estaba el rey y tenía dos hijas. Y una era mu pequeña y la otra muy mayor. Total, no le salían novios a la mayor. Y ya un día, piensa lo que piensa, y le dice a su padre, dice:

-Padre, ¿por qué no das una orden, que vengan y me echen una adivina y si no se l'aciertas, sea con el que sea, me caso con él?

(Que quería casarse). Dice:

-¡Ea!, pos lo que tú quieras.

Total, que echa el bando; y venga a pasar señores montaos a caballo, -porque entonces no había coches. Iban montaos a caballo, otros andando, a Madrí, a decirle al rey y a la hija la adivinanza para que se la acertara. Y unos se venían, otros se iban, y así estaban.

Y ya un día, pues había un pastor en la orilla de la carretera. Y..., ya le obligó de ver tanta gente p'abajo y p'arriba. Y ya le pregunta a uno qu'iba montao en un caballo, dice:

-Oiga usté, señorito, -dice-, pos ¿adónde pasa tanta gente, -dice-, que estoy aquí todos los días y no pasa gente, -dice-, y hoy y ayer -dice- es una barbaridá la gente que pasa?

Dice:


-Pues... ¡Pos que vamos a Madrí! (¿Cómo le iba a decir al pastor a lo que iban? ¿Ni a qué cuento?).

Totar, al rato pasa otro y le vuelve a preguntar la misma... Y aquel se lo dijo, dice:

-Pos mira, -dice-, que ha echao el rey un bando qu'el que le acierte una adivina, o mejor dicho, le diga una adivina a su hija y a él, y él no se la acierte, que se casa con la hija mayor.

Total, que se termina el día, se viene a la casa, y le dice al jefe suyo, dice:

-Mire usté, mañana vamos a dejar el ganao encerrao.

Dice:


-Pos, ¿y eso?

Dice:


-¡Que me voy a Madrí!

-Pos, ¿a qué vas a Madrí? -le dice el dueño.

Dice:

-¿Es que no se ha enterao usté que ha echao el rey un bando qu'el que le acierte, le diga una adivina a su hija y a él, y no se la acierte, que se casa con la hija?



Dice:

-¿Y tú te vas a ir a casarte con la hija del rey?

Dice:

-Pos si le echo la adivina y no me la acierta, pos claro.



Total que..., por no hacerle ese desprecio al muchacho, -y estaban muy contentos con él.

-Pos bueno.

Dice:

-¡Venga!, dígale usté a la dueña que me eche merienda,-dice-, que...



Le echa allí su merienda en sus alforjas, se las echa en el hombro y, con abarcas y to, arreó a Madrí. Llega, y había allí una pasá de gente en la puerta de palacio, ¡ea!, a echarle la adivina al rey. Y ya le tocaba a él. Y cuando iba por el camino, pues, en las cosas que fue viendo, de momento, formó la adivina. Y dice:

-A la salida del pueblo... (Ya, cuando ya le iba tocando pa entrar a palacio). A la salida del pueblo mío, -dice-, he visto un cuco y encima había otro pájaro, y que era otro cuco que estaba cantando. -Dice-, luego allí en una pará, he visto una vaca; -dice-, y luego he pasao por la carretera, me he asomao al puente y he visto un pez. Luego, ya a la entrada de Madrí, he llegao, había unas pocas eras, había montones de paja y, y había horcas, unas pa un lao y otras pa otro. -Dice-, ya llegando casi a las primeras casas de Madrí, -dice- me he encontrao con un hombre con una saca al hombro, -dice-, y le he preguntao:

-Pos, ¿qué lleva usté en esa saca, buen hombre?

Dice:


-Pos mire usté, hormas; -dice-, que soy zapatero y voy a hacerle ahí a unos señores y a unas muchachas unos zapatos, y tengo que llevar varias hormas para la medida.

Y dice:


-"Hormas en un saco".

Ya llega a Madrí y se asoma allí, a una media puerta que había, -que estaba la puerta partía-, y se asoma a la media puerta, y salió la mujer. Y dice:

-Pos, ¿qué está usté haciendo, que se siente ruido?

Dice:


-Estoy friyendo güevos.

Y ya llega a Madrí. Y conforme iba ya a pasar a palacio... Y dice:

-Yo voy a pensar la adivina.

Y dice:


-Cuco sobre cuco,

sobre cuco un "va"102.

Pez en puente.

Horca en pallá.

Al entrar en Madrí,

turrutaco, turrutaco.

Y llega, y se mete en palacio, le dice la adivina al rey y a la hija. Y allí libros, y libros, y vengan libros, y... ¡Y que la adivina no salía!

-¡Ea!, pos, hija mía, te tienes que casar con este muchacho.

Y lo miraba de arriba abajo, y decía:

-¡Madre mía de mi vida! ¿Pos cómo quiere usté que me case?

Dice:

-¿Qué oficio tienes, muchacho?



Dice:

-Pastor.


Dice:

-¿Usté se cree que me voy a casar yo con un pastor?

Dice:

-¡Ea!, hija mía, palabra de rey no tiene excusa. Te tiés que casar con él y si no, no haberme dicho que echara bando.



¡Ea!, pos ya, llega, y le dice la hija:

-Mira, papá, mándale cualquier cosa que la haga, cosas imposibles, y si no las hace, no me caso con él.

-¿Qué quieres?

Dice:


-Mira, vas a coger una docena de conejos, y se los echas en la saca, y que se vaya a la finca Fulana, -dice-, y que los críe; se los echas pequeños y que los críe, y como se van a perder, no los va a traer los doce. Le dices el tiempo que tiene que estar allí y, como no los va a traer todos, y..., y si pierde alguno, ya está fuera el matrimonio.

¡Ea!, pos se lo dice. Y ice el muchacho:

-Bueno.

Le da una docena de conejos, así medianicos, se los echan en la saca, se va a la finca, los echa en un corral, les echó una poquita comida, les toca un pito que llevaba en el bolsillo, abre la saca, y se meten tos a la saca.



Y así los tuvo, pos dos o tres semanas, haciendo esa operación. Pero ya llega el rey y ve lo que estaba haciendo. Y dice:

-¡No, no, no! Si los tienes que soltar en el campo. Esto así no te lo he dicho yo.

Dice:

-Usté no me ha dicho nada.



-Así es que tú, aquí, -dice-, aquí está el mayordomo. Como te vea echarle cosas en el corral, se ha terminao; te tiés que ir a tu casa, ¡se ha terminao el trato!

¡Ea!, pero como él tenía el pito y, y los tenía ya acostumbraos a que se metieran en la saca, pos los echó al campo, comían y, luego a la tarde, les tocaba el pito, y tos los conejos al costal.

Pos ya un día, dice la hija:

-Papá, -dice-, voy a ir a ver al pastor.

-¡Ea!, pos lo que quieras; ves.

Va, se monta a caballo, y sale tirando a la finca.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

Dice:

-Pos, ¿qué está usté haciendo aquí?



-Pos, que tengo ahí unos pocos conejos.

Que no la conocía ni na. Pero, ya ella se dio a conocer. Y dice:

-Que tengo ahí los conejos que me dio tu padre, -dice-, que están comiendo.

Dice:


-¿Y qué haces? ¿Los recoges a la noche o qué?

Dice:


-¡No! Los dejo por ahi suertos.

¡Madre mía! ¡Que los deja suertos! Precisamente, se le tién que perder alguno.

Dice:

-¿Y por qué no me vendes uno?



Dice:

-¡Uh! Eso no lo puedo hacer.

Y ya el pastor le ice:

-Mire usté lo que estoy pensando: si me deja usté que le toque el tobillo, le doy un conejo.

Y dice la hija:

-Pues, eso está hecho.

Va el pastor, le toca el tobillo, y le da el conejo. Pero, cuando iba la muchacha montá a caballo, con el conejo así, en los brazos, pos el pastor dio un pitazo con el pito, sartó el conejo y se fue ar costar.

Pues, al poco tiempo, dice:

-Yo voy a ver si le puedo sacar un conejo, porque me se escapó y ya ese le falta. A ver si le puedo sacar otro.

Pues, a los pocos días, va otra vez. Y llega, y...:

-Buenas.

-Buenas.


Dice:

-Vengo a que me vendas un conejo, -dice-, que aquel me se perdió, aquel que me vendiste.

Dice:

-¡No! No te lo puedo vender.



Dice:

-¡Venga! Véndemelo.

Dice:

-Pos mira, si quieres, te toca la rodilla y te llevas otro conejo.



Y dice ella:

-Pos, bueno.

Total, fue el pastor, le tocó la rodilla, y le dio un conejo. Y la misma operación. Cuando iba por la mitá del camino, tocó el pito, sartó el conejo, y al costal se fue. Y la muchacha, pos se quedó...

Pos ya se cumplía casi el término de que había dicho su padre de que tenía que estar allí, -que me parece que era un año o cosa así, o medio año. Y dice la hija:

-Voy a dar una vuelta, a ver cómo va el pastor con los conejos.

Pues, va. Y dice:

-Mira, el conejo que me diste, -dice-, me se escapó tamién, así es que ya vengo por el último -dice-, que no me se..., que tú asegura que no me se ha de escapar.

Dice:


-¡No, no! Ya no te puedo vender ninguno. Me fartan dos y a ver qué escarte le voy a dar yo a tu padre.

Pos ya, piensa lo que piensa el pastor, y dice:

-Si quisiera que me acostara con ella, pos yo le daba un conejo.

Y le dice:

-Mira, si quieres llevarte el conejo, me tengo que acostar contigo.

Y dice ella:

-¡Ah, pos eso está hecho! En tal de no casarme con él, lo que quiera y como quiera.

Total, se acuesta con ella, coge el conejo, se va, y ya, ya que iban ya llegando casi a Madrí, se le escapa. Y llegó llorando. Ice el padre:

-Muchacha, ¿qué te pasa?

Dice:


-¿Que qué me pasa?, -dice-, que ya estaba en las mismas casas de Madrí, -dice-, y yo con el conejo en brazos -dice- y me se ha escapao.

Dice:


-¡Válgame Dios!

¡Ea!, ya coge sus doce conejos el pastor y arrea a palacio.

-Mire usté, su real Majestá, aquí traigo los conejos que me dio usté. Me dio usté doce, doce que le traigo.

Decía:


-Nada, ¿cómo es posible que traiga los doce, con los tres que me ha dao a mí y me se han perdío?

Y ya dice la hija:

-Mira, papá, mándale otra cosa; que yo no me caso con el pastor. Prefiero que me maten, antes de casarme con el pastor.

-Que te tienes que casar con el pastor y si no, no haber pensao tal cosa.

Pos resurta de que piensa el rey, y dice:

-Mira, ya he vaciao los conejos, -dice-, ahora el saco que llevaban los conejos, me lo tienes que llenar de mentiras mañana. -Dice-, y si no me llenas el saco de mentiras, puedes tomar el camino y irte a tu casa, -dice-, que..., que con mi hija no te casas.

-¡Ea!, pos bueno.

-Mañana vamos a juntar allí gente en la puerta de palacio; mi hija se asoma al balcón de palacio y yo; vamos a estar allí y tú coges tu saco y... ¡Y a ver si me lo llenas de mentiras!

Pos ya que estaba allí toa la gente junta, coge el saco y le dice a un muchacho que había allí, dice:

-Échale mano al saco, que se abra la boca.

Y ya estaba la hija y el rey allí, en el balcón de palacio. Y dice:

-Tal día, fue la hija mayol del rey a la finca Fulana, a que le vendiera un conejo, -dice-, y le toqué el tobillo, y le di un conejo.

Y dice la hija:

-¡Eso es mentira!

Dice:

-¡Una, al saco!



Pos luego al rato, dice:

-Tal día, fue la hija del rey a la finca Fulana, a que le vendiera otro conejo, -dice-, y no se lo quería vender -dice- y le toqué la rodilla, que se lo dije, -dice-, y..., y le vendí otro conejo.

Dice la hija:

-¡Eso es mentira!

Dice:

-¡Ya van dos al saco!



Y ya cuando iba a decir:

-Tal día, fue la hija del rey a la finca, y me dijo que le vendiera un conejo, -dice-, y me acosté con ella, y le di el conejo.

Dice:

-¡Eso es mentira!



Dice:

-¡Tres al saco!

Y entonces, ya dice:

-¡Ya no digas más!

Y ya se entró el pastor a palacio y se tuvo que casar con la hija. Y yo me vine, y no me dieron na de la boda.

Caridad Sánchez Ocaña (Peñas de San Pedro)




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