Cuentos populares de chinchilla



Descargar 3.38 Mb.
Página14/49
Fecha de conversión12.11.2017
Tamaño3.38 Mb.
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   49

El caballito de siete colores (ATU 530)

Una vez había un padre que tenía tres hijos, llamados Pedro, Juan y Enrique. Poseían solamente una casita y un campo en el que plantaban trigo para que por lo menos no les faltase el pan. Iban creciendo las espigas, cuando he aquí, una mañana notaron que algún animal se había comido una parte de ellas.

-¡Várgame Dios! ¡Qué dijusto! –contradijeron todos.

Y el padre accedió.

-Lo mejor es que se quede alguien a vigilar esta noche. Pedro, prepárate para la vela.

Pedro accedió a regañadiente porque era muy holgazán y no le apetecía pasar la noche en vela. Cogió su manta, se tendió sobre el campo y, a las doce, dormía ya como un tronco.

A la mañana siguiente, el labrador y sus dos hijos se dirigieron hacia el campo. Y vieron que el sembrado estaba igual que la víspera. El padre, después de reñir duramente a su hijo mayor, dijo a Juan:

-Mañana serás tú el que te quedarás a velar. Y ten cuidado, no vayas a dormirte como Pedro.

-No os preocupéis, padre –contestó Juan.

Pero este, también le rindió el sueño y a las doce dormía ya como un bendito.

A la mañana siguiente, faltaban las espigas de casi la mitad der campo y er labrador desesperadamente decía:

-¿Qué comeremos en invierno? Ya soy viejo, pero veo que voy a tener que quedarme a velar yo si no quiero perder el poco trigo que nos queda.

Contestó Enrique:

-Mañana me quedaré yo a velar y ya veréis como no me duermo y descubro qué es lo que pasa en nuestro campo.

-¡Bien hecho, hijo! En ti confía, hijo –dijo el labrador.

Enrique, después de cenar, se dirigió hacia el campo y, en vez de acostarse, empezó a pasear de un lado para otro, para terminar sentándose en una piedra. Acababan de dar las doce cuando vio un caballito de siete colores que iba saltando y brincando entre el sembrado y comiéndose las verdes espigas. El mozo, que se había procurado un buen garrote, ar tenerlo cerca, le soltó unos bastonazos tan fuertes que lo derribó y lo sujetó sin dejarle levantar. Er caballito bregaba y empezó a gritar:

-¡Déjame, que vas a matar! ¡Perdóname y no te quejarás de mí!

-¿Lo dices de veras? –repuso el mozo sorprendido.

-Pruébalo y verás –contestó el caballo y desapareció.

A la mañana siguiente, el labrador y sus dos hijos se dirigieron hacia el campo y vieron que el sembrado estaba igual que la víspera.

-¿Cómo ha ido la vela, Enrique?

-Pues que yo no me he dormido, le he sacudido buenos palos al atrevido que estaba en nuestro campo.

-¡Bien hecho, hijo! –aprobó el labrador.

Y los hermanos mayores, la envidia les roía el corazón. Pasó el tiempo y una tempestad inoportuna hizo aún más mísera la cosecha. Pedro y Juan, asustados por la miseria, decidieron irsen a correr mundo y Enrique, aunque muy joven, quiso probar fortuna también, creyendo que así su pobre anciano no tendría que pasar preocupaciones. El güen hombre les bendijo, prometiendo ellos volver dentro de un año.

Cogieron el camino y, después de andar sin cesar durante una semana, interceptaron el camino por un bosque sombrío por el que se internaron, encontrandosen al llegar a la noche en medio de la selva. Temerosos de los lobos, decidieron dormir en la copa de un árbol. Y cada uno se subió a uno distinto. Enrique escogió como refugio una vieja encina, rezó sus oraciones y no tardó en quedarse dormido. Pero su sueño era tan flojo que el ruido de unas pisadas le despertó y vio a tres gigantes que se habían sentado en el tronco del árbol que le cobijaba. Una espesa hojarasca pudo ocultarle de sus miradas, por lo que el mozo podía ver y oír sin ser visto, mientras los gigantes, creyéndosen solos, empezaron a charlar.

-¿Qué habéis visto hoy de particular? –dice uno de ellos.

-Yo he ido hacia Pilar der Valle, me he entretenido contemplando cómo sus habitantes gastan el tiempo yendo a buscar el agua a un pozo que está a una hora del pueblo.

-Y eso no es nada –contestó el tercero. Fijáos que el señor rector del Romeral hace siete años que está enfermo y ningún médico ha podido curarlo. Yo sé que en el campanario de la iglesia hay un nido de golondrinas. Si cogiesen un poco de borra der nido para tirarlo en medio litro de agua hirviendo y, ar quedar la mitá del líquido, se lo bebiese es señor rector, quedaría curado al momento.

Er que había hablado primero explicó a su vez:

-¿Sabís el trastorno que pasa en la ciudá?

-Nada sabemos, hermano.

-Pues hace unos meses el rey mandó hacer unos pregones diciendo que concedería la mano de su hija ar que le venciese en legítimo torneo porque, como la carga de la corona es muy pesada, quiere estar seguro de que su cesor sabrá defender el reino. Dende entonces, muchos caballeros se han presentado, pero todos han sido vencidos por la pericia del monarca y su valor. Solo podría vencerlo un caballito de siete colores que vive en las montañas del Toro Encantado, pues, a pesar de esa doncella ser muy bella, va a tener que quedarse sortera –rió uno y los otros le corearon.

Sacaron luego un gran botijo de vino, brindaron alegremente entre risotadas, terminando por marcharsen hacia las cuevas de las montañas cercanas donde vivían.

Enrique procuró no dormirse y al amanecer fue a llamar a sus hermanos:

-¡Pedro, Juan, levantáos enseguida!

Estos bajaron de sus refugios todavía llenos de sueño. Y Enrique les preguntó:

-¿No habéis oído nada esta noche?

-En absoluto, yo he dormido como un lirón.

-Pues, habéis de saber que han estado muy cerca de nosotros tres gigantes pero, por suerte, no nos han visto y yo he podido escuchar toda su conversación.

Y, acto seguido, les contó todo lo sucedido para terminar diciendo:

-Ahora que os lo he contado todo, lo mejor que debemos hacer es separarnos, yendo cada uno a resolver una cuestión de las tres apuntadas.

Contestó el mayor:

-Nosotros no somos guerreros. Yo podría ir a Pilar del Valle, mi hermano podía ir al Romeral y tú, si te encuentras con arrojo, intenta conquistar la princesa.

-Lo encuentro muy bien –aprobó Enrique.

Si dispidieron allí mismo y cada uno cogió un camino distinto. Pedro se dirigió hacia Pilar del Valle. Desde muy lejos, vio una gran cantidá de gente, montados en carros y carretones cargados con tinajas de agua. El mozo se dirigió hasta la plaza mayor de la localidá y pidió ver al alcalde.

-¿Qué desea, forastero?

-Quiero saber qué cantidá me vais a dar si os indico un lugar donde encontréis agua suficiente para abastecer el pueblo.

Oído esto el alcalde, convocó a los concejales y determinaron darle mil monedas de oro si era capaz de hacer lo que decías. Entonces, dice Pedro:

-Hacer un pozo justamente en medio la plaza mayor de la iglesia y encontraréis una mina de agua.

Cogieron picos y palas y al día siguiente ya habían encontrado el agua. Dieron las gracias a Pedro, entregándole las mil monedas convenidas y este se apresuró a comprar una casita, a coger una buena cocinera y darse la gran vida sin acordarse más de sus hermanos ni de su anciano padre, que quizás no tendría qué comer.

Juan se dirigió hacia el Romeral. Y, una vez allí, vio que el mundo estaba triste y cacizbajo.

-¿Qué es lo que ocurre? –preguntó.

-Pues has de saber que nuestro señor rector hace siete años que está enfermo y que desde ayer está tan grave que creemos que va a morir de un momento a otro.

-¿Qué me daréis si logro curarlo?

-Si eres capaz de curarlo, no te quejarás de nosotros.

Dice:

-Encendé la lumbre y poné un recipiente con medio litro de agua.



Y este subió al campanario de la iglesia y no tardó en ver el nido de golondrinas del que cogió un poco de borra, que tiró al agua del fuego y que hizo hervir hasta quedar la mitá del líquido, la puso en un tazón, la dio a beber al señor rector y este se levantó del lecho al momento completamente curado. Abrazaron todos a Juan y le dieron como recompensa mil monedas de oro. Al verse dueño de este dinero, no se acordó más de sus hermanos ni de su anciano padre. Se compró una casita, cogió un par de criados y se puso a vivir como un potentado.

Enrique, por su parte, cogió el camino de la ciudá y, una vez allí, se dirigió al palacio del rey. Y er centinela que guardaba la puerta le preguntó:

-¿Qué desea, forastero?

-Vengo a combatir para vencer al rey y casarme con su hija.

-Eres decidido. Ahora mismo avisaré al monarca.

El soldado salió unos momentos después contestando:

-Mañana al amanecer deberás estal aquí para el primer combate, pero piensa que son muchos los que se han presentado y los caballos del rey son tan fieros que a alguno la hazaña le ha costado la vida.

-No me importa el riesgo –contestó Enrique. ¡Hasta mañana!

Al pasar por un sitio muy oscuro, dice en voz alta:

-¡Caballito de siete colores, ayúdame!

Y este apareció diciendo:

-¿Qué deseas de mí?

-Que me prestes una lanza, una buena armadura y te prepares para acompañarme al palacio del rey.

-Cuenta conmigo –contestó el caballo y desapareció.

El mozo, que se acostó en una posada, y al despertar vio a su lado una magnífica armadura de oro, se la puso, y salió a la calle donde le esperaba el caballito enjaezado y preparado para la contienda el rey, que le esperaba en el patio mayor de la fortaleza montado en una yegua negra que parecía un demonio. Le parecieron un gran precio los siete colores del caballo, pero valientemente empezaron a luchar. Al atardecer, a pesar de ser el rey un excelente guerrero, no había podido lograr desmontar a Enrique. Y, al escurecer, cuando terminó el combate, el rey habló:

-Veo que eres valiente y atrevido. Te concedo desde hoy la mano de mi hija. Y si os convenís podéis casaros mañana mismo.

Los criados del rey cogieron el caballo para llevarlo hacia las cuadras, pero este desapareció, con el susto de los lacayos, mientras Enrique fue conducido al palacio, donde le regalaron magníficos vestidos y fue presentado a la reina y a la princesita, que estaban acompañadas de todo su corte. Era tan apuesto y gentil que fue muy del agrado de las damas y al día siguiente se celebraron las bodas con gran pompa.

Pasados unos días, dice Enrique a su mujer:

-Estoy muy contento en vivir en el palacio, pero desearía ir a ver a mi anciano padre. Temo esté pasando hambre.

-Lo encuentro muy bien –aprobó la princesita.

Cogieron una rica carroza y al cabo de unos días llegaron a la cabaña del labrador. Este, que se encontraba muy triste sin sus hijos, creía volverse loco de alegría al ver al menor de ellos convertido en príncipe y casado con una doncella tan bella y encantadora. Hicieron un gran banquete, al que invitaron a todo el pueblo. Y luego se llevaron al labrador hacia el palacio.

Todo esto llegó a oídos de Pedro y Juan, los cuales se decidieron dirigirsen al palacio. Enrique les recibió muy bien. Les cormó de regalos y una habitación regia distinguida para cada uno. Pero estos eran muy celosos y, al encontrarle tan contento y feliz, se envidiaban de su suerte y no comprendían que él se la había ganado. Por eso, un día Pedro dice a Juan:

-Hermano, yo no me conformo en no llegar a rey.

-Ni yo tampoco –contestó Juan.

Vamos al lugar donde Enrique oyó la conversación de los gigantes y así, tal vez, lleguemos a ser más poderosos que él.

Sin decir nada a nadie, cogieron el camino y, una vez allí, se escondieron ambos en la encina en que un día durmiese su hermano menor. Sobre las doce aparecieron los tres gigantes peludos y feos, con unas bocas tan enormes que les llegaba de una a otra oreja.

-¿Qué habéis visto hoy de particular? –dice uno de ellos.

Contestó otro:

-Ya sabéis que no diremos nada sin antes mirar bien por los alrededores porque arguien nos oyó un día y no queremos que nadie se aproveche de nuestros secretos.

Los dos hermanos se echaron a temblar, pero nada podían hacer. Para mejorar su suerte, este fue el primer árbol que registraron los gigantes. Y al encontrar los dos envidiosos, se los comieron de un bocado.

En cuanto el labrador, vivió lo suficiente para tener media docena de nietos y poder llamar rey a su hijo, que tuvo un largo reinado próspero y dichoso.

Aurelio (Peñas de San Pedro)



  1. El violín mágico (ATU 592)

Había un muchacho que no tenía madre ni padre y se fue pos a una aldea. Y en una casa de labradores dijo que si quería… Estaba el muchacho solo y se fue a una aldea. Y resulta que era tan pequeñico y lo mandaron a llevar gorrinos, a darles de comer… –que no lo puedo decir- a pastar. Pero ya se hizo un muchacho mayor y el amo no le pagaba na más que la comida. Pero ya se hizo mayor y le dijo que le tenía que pagarle, ¿no?, que él necesitaba ropa, y que le hacía falta comprar. Y dice el amo:

-Pos si quieres estar aquí, yo no te voy a pagar más.

Conque cuando… dice:

-Pos me voy, porque yo ya voy siendo un muchacho y yo necesito ropa.

Y cuando iba con un trozo de pan y una peseta le dio el amo por to el tiempo que había estao. Y ya cuando iba por el camino se encontró un viejecico, dice:

-Muchacho, ¿no tienes nada para darme? –Dice-, tengo hambre y no tengo nada.

Dice:

-Pos mire usté, lo mismo soy de pobre, tome usté lo que me han dao por estar sirviendo tanto tiempo, un trozo de pan y una peseta.



Dice:

-Pos, hombre, ya que has sío tan generoso conmigo y me has dao lo que tenías, pues ahora yo te voy a regalar un violín mágico, que donde toque bailará to el mundo.

¡Ea! Pos nada, el viejecico se quedó con el trozico de pan y la peseta y él se fue con su violín.

Pero ya, ¿por qué no?, vio venir a su amo por el camino. Y… iba a pasar por el camino, pero la fuerza de lo que le dijera el hombre le hizo pasar por unas zarzas. Cuando lo vio que iba a brincar por las zarzas, empezó a tocar el violín. Y se puso bailando en las zarzas, toa la ropa tan maja que llevaba el amo, todo hecho jirones.

-¡Juanito, para! ¡Juanito, para!

Dice:


-Pos via parar cuando me pague usted.

-¡Juanito, para! ¡Ay, que aquí, toa la ropa! ¡Jirones! ¡Toa la ropa!

-Cuando usté me pague, pararé.

Conque entonces llevaba una bolsa de oro y ¿qué hizo?, tirársela a él. Pero, ¿qué hizo el amo?, cuando llegó al pueblo, en vez d’ir donde iba, se fue al cuartel de la Guardia Civil. Y le contó lo que le había pasao a la Guardia Civil. Conque entonces fueron a por Juanito y dice:

-Yo no le he hecho nada, me ha dao él dinero.

Dice:


-No, que me lo ha quitao.

Pos nada, como creían al amo y no creían al muchacho, pos entonces mandan ahorcar a Juanito. Y hacen el patíbulo en la plaza, allí toa la gente. Y… y ya preparaos pa… pa ahorcarlo. Y dice el juez:

-Juanito, ¿qué quieres hacer en tu última voluntad?

Dice:


-Tocar mi violín.

Y el amo decía que no se lo dieran. Y que no se lo dieran.

Dice el juez:

-Pos a todo el mundo, cuando se le va a quitar la vida, se le dice que lo que quiera y su última voluntá.

-¡No se lo dén! ¡No se lo dén!

Y se lo dieron a Juanito el violín. Y entonces empezó a bailar allí toa la gente en la plaza, pero el amo bailaba más. Y estaba muy gordo. Hasta que cayó rendío al suelo.

-¡Juanito! ¡Paren, ustés, que voy a decir la verdad!

Dice:


-Pos ¡hala! ¡Dígala usté!

-Que el dinero se lo di yo, que no me lo quitó él.

Y entonces, se pusieron… que bailó tanto el hombre, hasta que se cayó muerto. Cuentecico colorao, ya se ha acabao.

Llanos Gómez Lorente (Chinchilla)



  1. Pulgarcito (ATU 700)

Una vez había un matrimonio que no tenían hijos. Y resulta que se sentaban en la lumbre y estaban desesperaos de…

-¡Mia que no tener un hijo! –decía la mujer. Aunque fuera como el dedo pulgar, que tuviéramos uno.

Y Dios se lo concedió. Tuvo un hijo como el dedo pulgar. Y ya la madre pos se quedaba con él, el padre era leñador, se quedaba con su hijo. Pero ya, de que tenía ocho o diez años, la mujer tenía que ir a llevarle la comida a donde… al campo. Y… y resulta que a él ya le daba lástima, tenía ya varios años, y le daba lástima que su madre fuera a llevarle la comida. Dice:

-Madre, -dice-, me vas a hacer la comida y me la vas a poner en el carro, -dice-, que yo le llevo la comida hoy a padre, que tú no puedes.

Y le dice su madre:

-Pero, hijo mío, ¿dónde vas tú a llevarle la comida a tu padre? ¿Cómo vas a coger…?

Dice:

-Me montas en la oreja de la mula, me aparejas el carro y yo voy.



Conque nada, como se empeñó y ya era mayor no, de años sí, pero de estatura no, como el dedo pulgar. Conque lo montó en la oreja de la mula, y resulta que ¡hala! lo monta e iba:

-¡Arre, burro!

-¡Que ya voy, hombre!

Y iban dos viajeros detrás del carro:

-Pero, ¿te das cuenta? ¿De dónde sale esa voz?

-¡Arre, mula!

Y la mula, como ya sabía donde iba con el carro… Conque aquellos dos no lo dejaron de perseguir, los viajeros que iban los dos detrás del carro. Y…

-Y esto, pos esto es un milagro. ¿Esto qué es lo que es? Pos tenemos que perseguir donde vayas.

Y ya detrás del carro. Y él venga “¡Arre, mula!”. Y ya llega donde estaba trabajando su padre, que era leñador, dice:

-¡Padre!


Dice:

-¿Qué?, hijo mío.

Dice:

-¿Dónde estás?



Dice:

-¡Bájame! En la oreja de la mula.

Lo baja su padre y los viajeros dicen que les vendiera al hijo. Dice:

-Conque no tengo na más qu’este, y… y ya ves lo que nos ha costao a mi mujer y a mí, no, mi hijo no lo vendo yo por na del mundo.

Dice:

-Padre, trae que te diga una cosa. Ponme en tu oído.



Y lo pone en su oído, dice:

-Padre, véndeme, que pronto voy a estar con vosotros.

Dice el padre:

-Pero, ¿cómo te voy a vender yo?

-¡Véndeme!

Pos, como era como el dedo pulgar, su padre lo vendió y le dieron muchísimos cuartos. Ya no hizo más leña y ya cuando iban a…, se lo pusieron en el ala del sombrero, pero cuando habían andao unos pasos. Dice:

-¡Bajarme de aquí, que quiero hacer mis necesidades!

Dice:


-¡Anda! Hazlas ahí, si ya las ha hecho un pájaro.

Dice:


-Pero, no soy un pájaro, soy una persona. ¡Bajarme de aquí!, que voy a hacer mis necesidades.

Conque, se baja, lo bajan y se va a un ribarzo, y ¿por qué no?, estaba la vaca del cura en el ribarzo comiendo y se lo comió.

Y estaba la vaca en la casa de él y él decía:

-¡Sacarme de aquí! ¡Sacarme de aquí!

Y la criada dice:

-Señor cura, habla la vaca.

-¡Sacarme de aquí!

-¡Ea!, pos habla la vaca. Pos hay que matarla, que han de confesar.

¡Ea!, pos matan a la vaca, tiran las tripas allí y, ¿por qué no?, se lo come un lobo.

¡Ea!, pos ya estaba otra vez en el estómago del lobo. Y… y ya, dice:

-Lobo, si quieres te invito a comer chorizos y de todo, -dice- a un sitio.

Dice:


-Pos, dímelo / dime dónde, -dice el lobo.

Y claro, le dijo la casa de sus padres. Dice:

-…que hay una despensa de perniles, de todo.

¡Ea!, pos claro, pos se fue el lobo, con él metío en las tripas.

Y ya llega a la despensa de su padre y de su madre, y:

-¡Padre! ¡Estoy en la barriga del lobo! ¡Padre, madre, que estoy en la barriga del lobo!

-Pos, ¡madre mía!, pos ¿qué vamos a hacer nosotros? Está en la barriga del lobo.

Pos dice la mujer:

-Lo que mejor que pués hacer es cortarle la cabeza, pos si está en las tripas del lobo.

Conque sale el hombre con un hacha y le corta la barriga al lobo. Y claro, ya le abren la barriga.

-¡Madre, andar con cuidado!, que estoy mu llenico de to.

Su madre preparó allí una palangana con… con agua calentica y to pa lavarlo. Y… y ya tira las tripas, o sea, tiran las tripas, se ponen a hurgar en ellas y allí estaba. Lo echan en la palangana. Su madre que tenía ropica de antes y to… con poquita tela lo vistió, lo lavó bien y esto. Y cuentecico colorao, ya se ha acabao.

Llanos Gómez Lorente (Chinchilla)


  1. Garbancito (ATU 700)

Esto era un niño, una familia que tenía un hijo muy pequeño, muy pequeño. Tan pequeño que le pusieron de mote Garbancito. Y su madre le esta… le reñía muchísimo porque el crío, como todos los críos, se iban por ahi a jugar y…

-¡No te alejes! ¡No te alejes!

-No, mama, que no, que no.

-No te alejes, que te puede pasar algo.

Y él cantaba:

-Pachín, pachín, pachín, a Garbancito no piséis. Pachín, pachín, pachín, mucho cuidado con lo que hacéis.

Claro, para que no lo pisaran, porque es que era como un garbanzo. Pero una de las veces que iba por ahi jugando, pues comenzó a llover. Y, ¿qué hizo?, se metió debajo de una col, para no mojarse, de una col… en un huerto. Y, claro, estando allí, pasa una vaca. Y la vaca, comiendo, comiendo, que se tragó a la col con él dentro. Y… y entonces, claro, su madre cuando llegó la hora de que no volvía a la casa, pues se lo caló. Y decía:

-¡Garbancito! ¿Dónde estás?

Y él decía:

-¡En la barriga de la vaca que se mueve, donde no nieva ni llueve!

Al rato…

-¡Garbancito! ¿Dónde estás?

Y él, la misma…

-¡En la barriga de la vaca que se mueve, donde no nieva ni llueve!

Y entonces ya se dio cuenta su madre que estaba en la… en la barriga de la vaca, claro. Dice:

-¡Madre mía! –dice-, ¿cómo –le dice al marido-, cómo… a ver cómo vamos a hacer que se lo ha tragao la vaca? ¿A ver qué hacemos?

Dice el marido:

-Pues nada, no te preocupes, le vamos a dar muncho de comer –dice- y lo expulsa.

Y exactamente. Le echa… A la vaca le hicieron comer, comer, comer, hasta que ya la vaca reventó y… y expulsó al… al chiquillo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Por la boca de Mari Carmen se ha colado.

Antonia Martínez García (Chinchilla)



  1. El demonio (No presente en ATU)

Era un padre que tenía tres hijas. Tenía tres hijas y el padre estaba aburrío porque no tenía na pa darles de comer. Y ya se va por una carguica de leña. Se va por la carga le leña y le dice –y se pone allí en el cerro- y dice:

-¡Ay!, ¿qué via hacer, –dice-, si no tengo na pa darles de comer a mis hijas? A ver qué via hacer.

Y baja el demonio con un caballo blanco y dice:

-Tome usté esa bolsa de dinero y mañana cuando pinte el día me trae usté la mano de su hija la mayor.

Pos nada, llega allí el hombre y dice:

-Hija mía, vente a ayudarme a partir este tronco y, ¿qué hizo?, le partió la mano.

Y se la lleva. Y a otra mañana va allí y dice:

-Toma, lo que me has dicho, la mano.

Dice:

-Bueno, pos mañana, toma otra bolsa de oro, pero mañana me la tienes que traer la otra mano de la otra muchacha, de la otra hija.



Pos llega y dice:

-Venga, hija mía, ayúdame aquí a partir…

Dice:

-¡Ay, padre, ya me vas a cortar a mí también la mano!



Y dice:

-¡No!


Dice:

-Sí.


Y se la cortó. Y ya no le quedaba na más que una hija. Y dice el demonio:

-Mañana me tienes que traer cuando pinte el día a la otra, pero entera. Y la sube en el caballo. Y, cuando iba por el caballo, empezó a decir:

-¡Señor, Virgen de Cortes, Santa Rita…!

To los santos del cielo los mentó. Y entonces, al mentar los santos, se cayó. Y ¿ánde cayó?, en una cueva. Cayó en la cueva y había allí muchos animales, allí en la cueva. Y unos cazaores que había dicen:

-¡Uh! Allí se ha metío un zorro, allí se ha metío un animal en la cueva.

Y fueron a la cueva y la vieron. Y entonces la cogieron y se la llevaron a sus padres. Y esa fue la que se salvó.

Paula Riscos Córcoles (Pozuelo)



  1. Compartir con tus amigos:
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   49


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal