Cuentos populares de chinchilla



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El cazador y la princesa (No encontrado en ATU)

Bueno, pues eso fue un cazador que iba por el monte cazando y, y, y… y cansado ya de… iba cansado de ir de caza, a orillas de un arroyuelo, de un río, se sentó a descansar. Y, cuando mirando la… la fresca corriente conforme venía, ve un guante que bajaba. Y al cogerlo ve, que sería, que era de una mujer. Ahi en medio el monte, ve un guante que bajaba en el agua nadando. Y lo coge, y ve que era de una muchacha, de una… Y él, claro, él en seguida pensó que más arriba estaría el dueño y que era mujer de cierto –así, eso era así como lo…-, sale p’arriba, a la corriente arriba buscándola y ella que bajaba buscándolo p’abajo el guante. Cuando lo ve, ella salió corriendo, y él fue y la cogió de la mano, y le contó la historia, o sea, le contó lo que pasaba, que fuera a decirle a sus… a su familia… Era una princesa que la… que la… se la había llevao un oso y la tenía un oso allí y le daba panales de miel, y con eso la mantenía.

Y dice:


-Si… si te ve aquí, no… Bueno, en cuanto te vea te mata. Tú, veste.

Y el cazador dijo que qué animal ni qué esta era pa que se escapara de su… del rayo de su escopeta o de… de los tiros. Y dice:

-Un oso, cuya bravura causa terror el verlo –le dijo ella.

Cuando estaban contando eso, dice él, dice:

-Nos divisa y da un bufío aquel animal tan fiero, al instante la dama, ella se desmayó. Cayó toda tumbada con su cuerpo medió el suelo.

Dice:


-Yo encrespando mi escopeta, o sea, él le… le tiró los tiros, -dice-, cinco saetas de plomo le hicieron cinco agujeros que por el menor la muerte pudo entrar a su cuerpo.

Entonces se levantó ella, como lo había matao, y dijo:

-En ser tu esposa prometo.

Bueno, que se casaba con él. Y se fueron andando… Y iban andando, cuando ve venir a caballo a, a… los hermanos, a la familia, a to la esta. Y le dijo que… que se fuera que lo mataban, que se iban a pensar que había sío él el que la…, la… la había tenío secuestrá. Y, al final, lo convenció y se escondió. Y se quedó él solo allí en una mata y ella salió al encuentro de ellos. Y se la llevaron y, como ellos estaban mosqueaos que la habían secuestrao, no se creían que había sío un oso ni na, se la llevaron a un castillo. Y él estuvo buscándola, buscándola, buscándola hasta que un día se fue él ande más o menos sabía que estaba en el… en la ciudad que la habían llevao. Y en un coche la ve. Él iba con su caballo, en un coche la vio y salió detrás del coche y la vio que la metieron en… en el castillo. La vio ya que estaba allí. Y ella… ella, ella tamién lo vio a él y le dio un pañuelo o algo así, con las iniciales. Y… nada al final, al final, al final se… al final estuvo detrás de ella hasta que una noche la rescató. La rescató de… con sábanas hicieron un… o una cuerda que llevó y la… y la rescató del palacio y se la llevó. Y se casaron y fueron felices, comieron perdices y yo me quedé con un palmo de narices.

Esteban Sánchez Sánchez (Peñas de San Pedro)


  1. La doncella en la torre (ATU 310)101

Esto era un… unos vecinos que tenían de vecina a la bruja, a una bruja y la bruja tenía un huerto. Y la… estos vecinos, la señora estaba embarazada y todos los días miraba al huerto de la bruja:

-¡Ay, qué coles! ¡Ay, qué coles!

Tenía el antojo de las coles. Y el marido:

-¡Ay, que no! Que no, que se te quite ese antojo porque no podemos, no podemos ir a la bruja. La bruja ya sabes cómo se pone.

-Tú tienes que ir a traerme una col. Tráeme una col.

Y bueno, tanto insistió la mujer y el pobre hombre, para que no le pasara na con su embarazo, pues saltó al huerto de la bruja y cogió la col. Cuando estaba cogiendo la col, la bruja que llegó. Y le dijo:

-¡Ay, miserable vecino, conque quitándome las coles! Pues mi venganza será terrible. Ahora te via… el primer hijo que tengas te lo quitaré.

-¡Ay, no, no, no! No me lo quites que ahora mi mujer está embarazá pero yo… estábamos deseando tener este hijo.

-¡Que nada! Que el primer hijo que tengas me… me lo quedo.

Claro, nació una niña y la bruja, claro, se la, se la quitó, a… a los vecinos, se la quitó. Y la metió en una torre. Y claro, como la pobre no veía la luz, pues se quedó ciega la… la chica, la muchacha. Y le dijo… Y lloraba. Ella lloraba y lloraba… Y se cansaba de llorar y cantaba. Y cantaba:

-Sola solita yo estoy,

viendo el tiempo como corre,

pero un príncipe vendrá

a sacarme de esta torre.

Y oyendo esta canción, un príncipe que la saca de allí. Y se… se… miró hacia arriba y le… le dijo:

-¿Quién canta ahí, en la… en la torre de la bruja Coruja?

Y dice:

-Soy yo, soy yo, mi príncipe, que estoy aquí, me tiene aquí prisionera.



Dice:

-¿Cómo podré subir hasta… hasta ti?

Dice:

-Pues… te echaré una de mis trenzas.



Pues nada, le echa una trenza y sube. Sube a través de la trenza de la chica, sube el príncipe hasta ella. Y le… Y cuando estaban allí, intentando escapar, la bruja que llegó otra vez. Dice:

-¡Ah! ¿Cómo te atreves? Ahora verás. Mi venganza será terrible. Ahora verás, mejor dicho, no verás. “Pitipillo, pitipillo, ciego tiene que quedar este horrendo principillo”.

Y se queda ciego el pobre príncipe. Y entonces la princesa, de la pena que le dio, la chica, le… Comenzó a llorar. Y las lágrimas que… que le caían al pobre príncipe en los ojos, pues nada, le hizo recobrar la vista. Y… bajaron. Por sus trenzas pudieron bajar hasta un caballo que tenía el príncipe. Y se fueron. Y ya jamás, jamás de los jamases la bruja los… los pudo pillar. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Por la boca de la Tere se ha colado.

Antonia Martínez García (Chinchilla)



  1. Barbazul (ATU 311 + 312)

Es un hombre que es mu malo, mu malo, que le dicen Barbazul. Y era malismo el tío, mu malo, mu malo y puso allí que… criadas… que quería criadas, que pagaba un sueldo muy grande. Y va una –eran tres hermanas- y va una y… y la lleva allí su madre y dice:

-Mira, puedes entrar a toas las habitaciones pero a esa no. Toma esta puntilla y haz puntilla mientras que yo vengo.

Y Barbazul se iba. Pos ¿qué hace?, dice:

-Pues yo tengo que mirar y ya va a toas las habitaciones y había una perdía de sangre, que tenía allí muchismos chiquillos colgaos el tío, mu malo que era, mu malo. Y se le cayó la sangre allí, la puntilla en la sangre. Y ya dice:

-¡Válgame! –dice- ¿has… no has entrado en las habitaciones?

Dice:


-No.

Dice:


-A ver, enséñame la puntilla.

Y, al enseñarle la puntilla, vio que se le había caído a la sangre y dice:

-Sí, pos lo mismo que a esas voy a hacer contigo.

Y la pasó y la mató.

Y ya viene la otra. Y dice:

-¿Y mi hermana?

Dice:

-Tu hermana ya viene que ha ido a la peluquería y ya viene. –Dice- pasa, -dice-, mira tú te vas a estar aquí haciendo puntilla, pero tú no abras… puedes abrir todas las habitaciones pero esa no.



Pos dice:

-Pos ¿qué será allí que…?

Y venga a esperar a la hermana y no venía. Y dice:

-Pos yo voy a abrir.

Y ya abre y ve a su hermanica allí. Dice:

-¡Virgen Santisma, es mi hermana!

Y empezó a gritar, pero se le cayó también la puntilla. Dice:

-¿Y la puntilla? –Dice- a ver…

Dice:

-Pos…


-¿Has… has abierto la habitación?

Dice:


-No.

Dice:


-Sí la has abierto. Pos tú con tu hermana también.

Pos ya viene la otra. Y la otra lo mismo le dijo. Dice:

-¿Y mis hermanas?

Dice:


-Tus hermanas ya vienen que han ido a darsen un paseo. Ya vienen.

Pos coge el tío y se va y la deja allí. Pero aquella fue más lista. Así que vio allí a las hermanicas, ¿qué hizo?, subirse a la cámara, y empezó a gritar, a gritar muchismo. Y ya vinieron la pulicía y se la llevaron y esa se salvó, pero las otras no.

Paula Riscos Córcoles (Pozuelo)


  1. Los tres osetes (No encontrado en ATU)

Era una madre y tenía un osito, un oso y estaba allí el padre. Eran dos osos y el padre y tenían un osete y llegan… Claro, eran una osa y un oso y tenían un osete pequeño. Y dice, y dice:

-¡Hala! Es pronto, es pronto pa cenar, -dice- vamos a… -que bebían na más que leche, -dice- vamos a dar una vuelta.

Y mientras que dieron la vuelta, una chiquilleta se metió allí en la casa de los osetes. Había tres mesetas, había tres cucharetas y tres platetes, y dice:

-¡Uh!


Pos oye, y ¿qué hizo?, comerse el del osete pequeño y ya van los padres, cantando, ya que iban a… Dice:

-¡Huy, qué niña más bonica!

Y, ¿qué hizo?, acostarse en la cameta del osete pequeño. Y estaba acostá cuando llegaron los padres. Dicen:

-¡Ay, qué niña más bonica! ¡Mira cómo está acostá!

Dice:

-Pos no la mates.



Dice:

-No la vamos a matar.

Y se despierta la chiquilla llorando. Dice:

-No me matéis.

Y dice:

-No te vamos a matar. Solo queremos que jugues con nuestro osete.



Y dice:

-Pos yo quiero…

La chiquilleta la decía a su madre,

-Pos yo quiero juegar con ella, pos yo quiero juegar.

Y to los días se iba a jugar allí con el osete. Y ya la madre se lo llevaba allí al osete. Y jugaban muncho los chiquillos con él. Y ya se quedaron con él allí.

Paula Riscos Córcoles (Pozuelo)



  1. Las tres bolitas de oro (ATU 311B*)

Esto era un rey que tenía tres hijas, y les dio tres bolitas de oro para jugar a cada una. Y entonces, se fueron a jugar a la fuente y una de ellas las perdió. Su padre le había dicho que la que perdiera las bolitas que no volviera a la casa. Pues, ellas estaban jugando, jugando, pero la más pequeña las perdió. Entonces, le dio miedo de ir a su casa y se quedó allí en un rincón, sobre la fuente, allí perdía. Y las otras se fueron a su casa. Entonces vino un mendigo y la encontró allí. Y le dijo:

-¿Qué haces, pequeña?

-Mire, -dice-, que he perdido las tres bolitas que mi padre me dio, y me dijo que no volviera a la casa y entonces, no vuelvo.

Dice:


-¡Venga! Métete aquí, -dice-, que vamos a buscar a tu padre y a tu madre.

Pues nada, se mete en el zurrón y la chiquilla allí acachá. Y le decía:

-Vamos a ir de casa en casa. Cuando yo te diga esto, tú tienes que decir l'otro.

Y entonces le decía:

-Zurroncito, canta,

si no cantas,

te doy con la tranca.

Y entonces, la chiquilla cantaba:

-Por las tres bolitas de oro

que en la fuente yo perdí,

por mi padre y por mi madre,

ahora me veo yo aquí.

Bueno. Pues nada, corrieron unas cuantas casas, hasta que llegaron a las puertas de palacio. Salió la reina. Y dice:

-¿Qué desea, buen señor?

Dice:

-Pues una limosnita, por Dios. Si...



-¡Váyase! ¡Váyase de aquí!

Dice:


-Mire, si me da una limosnica le canta mi zurroncito.

Y dice:


-¡Ea! Pues vamos a ver.

Le dio una limosna. Y entonces le dice el mendigo al zurrón:

-Zurroncito, canta,

que si no cantas,

te doy con la tranca.

Entonces, la chiquilla cantó la canción que ya sabemos:

-Por las tres bolitas de oro

que en la fuente yo perdí,

por mi padre y por mi madre,

ahora me veo yo aquí.

Entonces, dice la reina:

-¡Ay! ¡Si parece nuestra hija!

Llamó al rey. Y viene:

-¡Ah! ¡Que cante! ¡Que cante el zurroncito! ¡Que cante el zurroncito!

Le dieron otra limosna. Entonces volvió a cantar el zurroncito. Entonces, se aseguraron que era su hija, la sacaron de allí, la premiaron y la cubrieron de besos.

Feliciana García Tomás (Chinchilla)



  1. Juan sin Miedo (ATU 326)

Esto era un joven que se llamaba Juan. En el pueblo le llamaban "Juan sin Miedo" porque no conocía lo que era el miedo. Un día el rey decide elegir esposo para su hija. Y entonces les propone el que..., aquel que pase la noche en el castillo le entregará la mano de su hija. Entonces el castillo era un castillo encantado. Allí había brujas, había fantasmas, había ogros, vampiros, almas en pena... Bueno, aquello de horror. Y entonces Juan piensa, y dice:

-¡Huy, qué bien! Y no solo que puedo conseguir esposa sino que encima, voy a conocer lo que es el miedo. Pues, voy a ir.

Decide y pasa la noche en el castillo. Entonces, allí todos se asustaban, se iban yendo: al momento uno; luego, un poquito más tarde, otro. Pero, Juan no; Juan aguantó toda la noche. Y, al contrario que sus compañeros que se asustaban y se aterrorizaban, pues él se sentía de lo más feliz. Todo le hacía gracia; todo le hacía reír. ¡Más contento! Aquello para él... De película.

Entonces, al amanecer, el rey ve que solo quedaba Juan. Y le cuenta lo bien que lo había pasao; no había sentío miedo ninguno. Y dice:

-Bueno. Pues, nada, tú te casarás con mi hija.

Se casa con su hija, viven muy felices, muy a gusto. Y una mañana estaba profundamente dormido. Estaba muy perezoso y la princesa no lo podía despertar. Entonces, la princesa cogió un jarro que tenía con agua fresca y unos pececillos y lo echa sobre el cuerpo de Juan. Entonces, al sentir el frescor del agua tan fría y los pececillos que saltaban sobre su cuerpo, saltó, gritó, se horrorizó y ¡uh!, entonces conoció lo que era el miedo.

Rita A. García (Chinchilla)


  1. La casita de chocolate (ATU 327A + 1121)

Eran dos hermanos. Y un día les da su madre de merendar. Y cogen y se salen merendando. Yiban comiendo pan y iban echando migajillas, migajas por to; los dos, claro, pa luego volver, que supieran volver. Pero, ¿por qué no?, las hormigas se comen las migajas del pan... Y fueron andando, andando, andando; y ya se les hacía de noche y...

-¿Cómo volvemos a la casa? Si no sabemos volver a la casa.

Pos nada, ya ven así una casa con las paredes de chocolate, caramelos, ¡huy! Pos, ¡hala!, se van a, a ver las paredes y sale una vieja, con los dientes muy largos:

-Hijos míos, ¿ánde vais?

-Pos mire usté, que nos hemos perdío y no sabemos ir a mi casa.

-Nada, nada, pasar, pasal; pasar aquí, que veréis qué bien vais a estar.

¡Ea! Pos nada, pasan las criaturas, se aguestan y a otro día dice a la chiquilla:

-Mira hija, vamos a metel a tu hermano en una jaula, y lo vamos a echar, le vamos a echar que coma cosa buenas, que verás qué gordo se va a poner... Luego nos lo vamos a comer.

¡Madre mía, ya ves la criatura! Pos nada, pasa un día y pasa otro, y le dice la vieja:

-Me vas a enseñal un muslico.

Y dice la chiquilla:

-Enséñale un güeso.

Pos na, el chiquillo coge y en ver de enseñarle el muslo de él, le enseña un güeso.

Dice:


-¡Huuy! Hijo mío, esto, pal tiempo que llevas, no te lo vamos a... Vamos a echal la leña al horno y lo vamos a asal.

Y la criatura, pos ya ves cómo estaba. Pos na, preparan la leña, barren el horno, y dice la chiquilla:

-Sí, pero me tié usté que decir cómo se barre el horno, que yo no lo sé.

Dice:


-Sí. Mira, verás.

Dice:


-Póngase usté allí al lao, y verá usté...

Pos nada, se pone al lao y, ¿qué hace la chiquilla?, ¡pum!, le da un empujón y la mete dentro. Claro, y la quemó.

Y a otro día, pos sacó a su hermano, muy gordo y muy hermoso, vorvieron a su casa. Y allí se terminó el cuento.

María García (Chinchilla)



  1. La casa de turrón y almendra (cf. ATU 327A)

Esto era un leñador que tenía cinco hijos, pero el pobre enviudó. Y él solo no podía criar a sus cinco criaturas. Entonces decidió casarse. Pero, se casó con una malvada mujer, que no hacía más que pegarles y darles mala vida a las criaturas. Entonces, cuando venía de trabajar veía a las criaturas mal arregladas, sin comer... Bueno, y el pobre sufría mucho.

Y le decía la mujer:

-Tenemos que deshacernos de estas criaturas, que me dan muy mala vida.

(Todo lo contrario de lo que pasaba). Pos entonces dice él:

-¿Y qué vamos a hacer? Aguantaremos...

-¡No, no, no!, -decía ella-, tienes que llevártelos.

-¿Y cómo quieres que me deshaga yo de mis hijos?

Dice:


-Pues mira, un día cuando vayas por leña, los montas en el burro y te los llevas, y te los dejas por allí engañaos y te vuelves a la casa.

Uno de ellos cogió un pedacico de pan yiba tirando migajas, de vez en cuando una miga de pan..., con idea de volver a su casa. Pero, pasaban los pajarillos y se comieron el pan. Total, que se perdieron.

En el camino se les hizo de noche y allí, a lo lejos, vieron una luz. Y se encaminaron hacia ella. Pero, toda la noche andando, y andando, y andando... Y cuando llegó el día la luz desapareció. Y entonces ellos ya no pudieron seguir andando. Entonces durmieron al pie de una retama.

Cuando se hizo de noche otra vez, empezaron a, a ver la luz otra vez y empezaron a andar. Total, cinco noches estuvieron para poder alcanzar la luz..., aquella luz que vieron.

Y entonces, llegaron por allí y tenían ya hambre. Y al darse cuenta que la casa tenía aspecto de turrón, entonces cogieron y con una piedrecica le iban dando golpecicos y..., iban quitándole pedacicos y comiendo.

Pero la casa era de una bruja y..., tenía un mayordomo que era muy buena persona. Pero, la bruja era malísima. Y entonces, le decía la bruja al mayordomo, que se llamaba Ruperto:

-Ruperto, a carne humana güelo. Si no me la dan me muero.

Sale el mayordomo y ve a las criaturicas allí. Y le dio una lástima, -porque eran todos muy guapos-, y le dio una lástima...

Y dice el mayordomo:

-Esconderos aquí, que no os vea la bruja; porque si os ve... ¡Ay, qué lástima de criaturas!

Los metió en una habitación y les llevaba algo de comer, pero el pobrecillo no podía hacer mucho porque la bruja era tan mala que... y le dice:

-Ruperto, tienes que encender el horno y quemar a esa carne humana que güelo.

Y decía Ruperto:

-Sí, sí. Voy en seguida.

Entonces cogió, encendió el horno. Y decía la bruja:

-Pero, tráetelos. Tráetelos y los quemas.

-No, no. Primero voy a encender el horno y, cuando esté bien caliente, entonces los meto.

Y tenía una horca de hierro allí para darle vuelta al fuego, dentro del horno, para que se caldeara bien. Y cuando estaba el horno bien caliente, en vez de meter a las criaturas, ¿qué hizo?, le pinchó a la bruja y la metió dentro del, del horno. Allí, allí ardió la bruja.

Entonces, el mayordomo Ruperto vivió en aquella casa con las cinco criaturas, hasta que fueron hombres.

Y ya vivieron felices, comieron perdices... Y aquí se acaba el cuento de la casa de turrón y almendra.

Feliciana García Tomás (Chinchilla)


  1. Aventuras de un muchacho (cf. ATU 327A)

Se fueron a coger caracoles un día que había niebla, de los que salen a coger caracoles en el pueblo, y se fueron él y otro a coger caracoles y, como había tanta niebla, pos se perdieron. Y ellos pues asustaos porque eran chiquillos y no sabían qué hacer, lloraban y… y así a lo lejos vieron una luz y cogieron y se fueron para… para esa luz. Se dirigieron a la luz y llegaron allí y era una casa como de dia…, que había allí, no era de pastores, era dia… diablos. Ellos pensaban que eran pastores, pero era… resulta que era un diablo y tenía hijos, que eran diablos pequeños. Y dice que ya, pos los llamaron allí, pasaron, los sentaron allí a la lumbre. Ellos estaban haciendo allí una comida, arroz, y como iban ya desmayaos y eso, pos los invitaron a comer. Sacaron la sartén allí en medio de la casa aquella y se sentaron allí en piedras para comersen el arroz y no tenían sillas, ni… ni muebles, na más que… pos vivían en el campo y cogieron para sacar las cucharas, una cucharas de madera o no sé qué les dieron. Y él fue y sacó una cuchará de arroz y lo que… y claro fue a echársela a la boca y vio que era la oreja de un chiquillo, ¡no te vayas…! de un chiquillo, que se dedicaban aquella gente a coger chiquillos en aquellos tiempos. Y dice que él, pues asustao, cogió y aquello no se lo comió. Se sacó el pañuelo, lo cogió sin que se diera cuenta aquella gente y se le echó al bolsillo. Y él pues ya terminaron la comida y cogieron y a él por lo menos, al otro yo ya no sé qué pasó, yo ya no me acuerdo, le metieron en una jaula a él y los otros se fueron a cazar, los… los diablos pequeños, y el padre se quedó allí al cuide de la casa y… y a eso que pos vio venir un lobo a comerse los güesos que habían dejao allí de… de lo que habían comido, claro. Y él dice:

-¡Madre mía, este lobo!

Temblando… Pos una vez de las que estaba el lobo por allí, metió el rabo por el agujero de la jaula, de la malla. Entonces él cogió el rabo y dice que se lió así una vuelta en la mano al rabo. El lobo pos echó a correr con la jaula y aullando y ¡Auuuh! Y ¡Auuuh! Y él sin soltar el rabo. Dice que él iba ya trastornao de los golpes que dio la jaula. Y dice que a fuerza de golpes por allí y correl el lobo, se rompió la jaula y fue su salvación. Se salió de la jaula. Pero se ve que cuando volvieron los hijos del diablo, ya no vieron allí na. Y entonces echaron a buscarlo otra vez, porque ellos iban cazando pa comer, claro, chiquillos, en aquellos tiempos, aquella gente. Y él dice que se escondió, se fue otra vez y se metió en un corral de… de ovejas, en un corral de pastores, de ganao, se metió allí. Y se ve que ellos, pues tenían que… lo buscaban por todo y…

-A ver si este muchacho ha saltao.

Porque como estaba perdío, no sabían por dónde iba.

-A ver si se ha metío aquí.

Y dice, y claro y estaba efectivamente, se metió allí, llegó el diablo, abrió la puerta -se ve que serían las ovejas de ellos o de algunos paisanos de ellos o no sé -y dice que iban pasando. Esolló una oveja, porque dice que llevaba una navajica, ya ves, esolló a la oveja y se puso la piel. Como vio que el diablo iba pasando… había muchísimas ovejas allí, dice, una barbaridá. Y dice que iba pasando la mano por encima de ellas, por si lo tocaba a él, ¿no?, como no veía a alguien, pues él dijo “Cuando pasen todas las ovejas, pos si este muchacho está ahí”, que alguna pista tendría para saber que estaba allí. Bueno, y pasó. Iba nombrándolas:

-Esta es… esta es torda, esta es borrega, esta es cordera, esta es no sé qué…

Y pasó él y le pasó la mano por encima y se escapó. Y ya no sé más, lo que pasó después.

Una narradora de unos 40 años (Corral Rubio)



  1. Pedro Catorce (ATU 330)

Esto era un hombre qu'era herrero y tenía catorce hijos. Y nunca tenía el pobre hombre un duro. Y..., ni tenía pa darles de comer ni na. Y ya dice un día, dice:

-Si supiera que el diablo me daba dinero, le vendía mi alma, -dice-, porqu'esto así de contino... ¡No tener un duro, ni pa comer!

Conque, se conoce que él le hizo... Se mete las manos en los bolsillos, y venga a sacarse dinero por tos los bolsillos. Y, y ya, claro, se pasa un poco tiempo... Él vivía ya mu bien, había hecho su fortuna, ya le salía trabajo por tos los laos y, nada, a vivir bien. Pero, ya se pasa un poco tiempo, y dicen los demonios:

-Pos nada, ya hay que ir a por Pedro Catorce, -dice-, que ya es el tiempo de recogerlo ya; que ya hace tiempo que ofreció su alma, y hay que recogerlo.

Y un día llegó un anciano, y le dijo que si le daba agua. Y le dijo:

-Pasa, -dice-, pasa a mi casa, que te daré lo que te haga falta.

Entonces, al anciano aquel le dio de beber en una botija. Y le dijo:

-Pos mira, esta botija va a tener gracia. Quien beba agua en esta botija, hasta que tú no le digas, no se va a dejar de beber.

Pasa a la habitación, y le dice:

-Mire, se va a quedar usté aquí; va a hacer noche en mi casa.

-¡Ay, qué higuera más hermosa! (Tenía así un patio con una higuera). Tié usté una higuera muy hermosa; -dice-, igual, esta higuera va a tener gracia. Quien venga a la higuera, hasta que usté no le diga, no se va a desprender de ella.

Pos nada... Pero, él ya no hizo caso ni na. Pero ya llega que van los demonios a por él. Y llega uno, dice:

-¡Venga!, que te tienes que ir; -dice-, que te tiés que venir conmigo que ya es hora.

Dice:


-Pos, mire usté, no me puedo ir, -dice-, porque tengo aquí mucho trabajo y no me puedo ir aún.

-Pos nada, te tiés que venir.

Dice:

-Que nada, que no.



-¡Ay!, voy a beber agua, que vengo con una sed que no puedo.

Venga a beber agua, y venga a beber agua; y la botija, que no podía dejarla de ningunas maneras. Y venga... Y el demonio, ya inflao como una bota.

-¡Dejamé!

-¿Me vas a llevar?

-¡No! ¡Déjame, que no te llevo!

Y ya, dice:

-Pos, ¡hala!, que no beba más agua.

¡Hala!, ya se quitó de beber agua, y se fue. Y llega al infierno, y dice:

-Esto yo ya no puedo aguantarlo. Este es peor que nosotros. ¡Es más diablo que nosotros! Mirad lo que me ha pasao. Que he cogío la botija y hasta que no..., hasta que no he dejao de beber, no me ha..., no me ha soltao.

Pos nada.

-Mañana voy yo, -dijo otro que era más malo-, mañana voy yo que..., que verás como sí me lo traigo.

Y llega allí.

-¡Venga!, que ayer mi compañero no pudo contigo, pero yo hoy sí; hoy sí que te vienes conmigo, que nos vamos rápidos, ahora mismo, al infierno.

Dice;


-Espérate un poco; siéntate un poco, que estoy terminando esta reja que estoy haciendo, -dice-, y así que la termine, nos vamos.

Se sienta en una silla, que también le había dao la gracia. Se sienta en la silla, y dice:

-¡Hala! ¡Vámonos ya!

Pos, ¡qué...!, intenta levantarse el diablo, y que no podía de ningunas maneras.

-¡Venga!, que nos tenemos que ir; que yo me tengo que ir.

-¡Ea!, pos, levántate.

-¡Yo no me puedo levantar! ¿Cómo me levanto?

Nada, de ningunas formas se podía levantar. Y ya dice:

-Me levanto, pero no te llevo.

Dice:


-Pos, ¡hala!, pos veste.

¡Hala!, y lo deja que se vaya. Pero, llega al día siguiente, y dice el otro que había cojo, dice:

-Vosotros sois tontos; mañana me voy yo, que veréis como sí puedo con él. Mañana me lo traigo yo.

(Ese era ya el peor de tos, porqu'era cojo y to; aún era peor). Y llega... Y dice:

-¡Venga!, que ayer con mis compañeros no pudistes venirte, no se pudieron hacer contigo; pero yo hoy sí que te vienes conmigo, porque precisamente te tiés que venir ya.

-Que no; que no me puedo ir, porque aún tengo mucho trabajo, y no sé qué...

-Que he dicho que te tiés que venir.

Y se asoma pal patio. Y dice:

-¡Madre mía! ¡Qué higuera tienes más buena! -Dice-, yo en la botija no voy a picar, que ya me han dicho mis compañeros qu'en la botija no pique, que me quedo pegao. Y en la silla, igual, no me siento porque ya me quedo pegao. Pero..., ¡menuda higuera tienes allí!

Dice:


-Pos mira, aquí tengo una botella de anís; coge unos higos y, mientras que te comes unos higos y te bebes una gota, yo termino el trabajo que estoy haciendo.

Se sube a la higuera, se queda pegao el diablo. Y aquello ¡ni por Dios ni por Cristo, que se despegaba!

-¡Aaay!, pos déjame.

Dice:


-Sí, sí... ¿te voy a dejar?, ¡pa que me lleves!

Y, ¿qué hace?, coge y echa un pregón por el pueblo, llamando a tos los chiquillos del pueblo, que fueran a tirarle piedras al diablo. Echaba el pregón, qu'el que quisiera, que fuera a tirarle piedras al diablo.

-¡El que le dé en una pierna, una perra gorda! ¡El que le dé en el culo, dos reales! ¡El que le dé en la cabeza, una peseta!

Cogió, juntó allí unas espuertas de monedas y, claro, tos los chiquillos del pueblo, a tirarle piedras al diablo. Allí lo escalabraron, lo hicieron una lástima y el pobre, el diablo, nada, que no había medios de hacerle bajar.

-¡Dejamé, que no te llevo! ¡Dejamé, que no te llevo!

Y ya...


-¡Ea!, pos si no me vas a llevar, ¡venga!, te dejo.

Y ya le dejó que se fuera. Llegó allí hecho una lástima, por to echando sangre.

-¡Ma...! Pos, ¿no decías que te lo ibas a traer?

-¿Sííí? ¡Cualquiera! Ese ya..., no nos lo podemos traer hasta que no se muera. Yo ya no voy más; a mí no me mandéis más, que ya no puedo ir más por él.

Y ya, pos nada, se pasaron montones de años, y ya se hizo viejo. Y ya entonces, su alma ya se quedó... Y él ya dice que no se la vendía al diablo, y ya se quedó bien. Pero dice que cuando se muriera, que le tenían que echar las tenazas y el martillo. Y entonces, al pasar por la puerta de..., -que tenía que pasar por la puerta del infierno antes de llegar a la Gloria-, lo cogieron los diablos; le cogieron las narices, y uno le tenía las narices y el otro le daba martillazos. Y así se acabó.

Ángela Bernabé (Peñas de San Pedro)




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