Cuentos populares de chinchilla



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Los animales inútiles (ATU 130)

Es que resulta que había un burro que ya no tenía dientes y no podía comer y, claro, pos se quedaba más seco... y no podía trabajar. Y dijo el amo:

-Mira, como ya no puedes, te tienes que buscar otros medios de vida.

Y, claro, le pegaba muchos palos, y ya el pobrecillo cogió y se fue. Y un día estaba mu aburrío allí, al lao de un basulero, allí con unos huesarrancos... Y pasa un perro, y dice:

-¿Qué haces ahi, amigo?

Dice:

-Pos mira, que ya me he hecho viejo, no tengo dientes, no puedo mascar la cebá, no pueo trabajar y me he salío por aquí, a ver si me busco la vida, -dice-, pero está mu mal.



Dice:

-¡Nada, hombre, no te preocupes!, -dice-, nos vamos los dos juntos y formamos una orquesta.

Dice:

-Bueno, pos ¡hala!; pos nos vamos.



¡Ea!, se va el burro, el perro... De seguida, asoma, s'encuentran con un gato, maullando el pobre, allí más triste también; que su ama le pegaba cada palo porque ya no podía cazar los ratones, estaba sin dientes... Y le dice:

-¿Ánde vais, amigos?

Dice:

-Pos mira, que vamos a formar una orquesta, -dice-, ¿te vienes con nosotros?



Dice:

-Sí, me voy.

Pos nada, se juntan el burro, el perro y el gato, p'alante, p'alante. Y ya pasan por otro pueblo. Y se encuentran un gallo allí, pegando unos "quiriquís". Dice:

-¿Qué haces, amigo?

Dice:

-Pos, que mañana es domingo y m'estoy despediendo del mundo, -dice-, porque mañana me van a matar.



Dice:

-Vente con nosotros, y te librarás de una muerte segura. -Dice-, que vamos a formar una orquesta entre los cuatro, y ya verás qué bien nos va a ir.

Pos nada, sale y ya se monta el perro encima del burro, el gato encima el perro, y el pollo encima del gato. Y salen andando, andando... Y ya ven allí, a lo largo, -ya se hizo de noche-, y vieron una lumbre, una luz allí. Y dice:

-Allí hay gente; -dice-, ¿querís que vayamos a asustar a aquella gente, -dice-, a ver si nos podemos acostar allí?

Pos na, y era una… una cuadrilla de ladrones que estaban allí, repartiéndose el botín. Cuando se asoman por la puerta de, por el ojo de la cerradura... Y dice:

-Se están partiendo aquí un montón de dinero, -dice-, y si somos listos podemos asustarlos y quedarnos nosotros con el botín.

Dice:

-Pos vamos a ver, ¿cómo lo vamos a estudiar?



Dice:

-Pos nada, -dice-, el burro empieza a rebuznar, el perro a ladrar, el gato a maullar y el gallo a cantar, -dice-, y verás qué música armamos aquí.

¡Madre mía!, empiezan así, el uno rebuzna, el otro ladra, el otro maúlla, el gallo... Se dan cuenta los ladrones, ice:

-¡Ay, madre mía, estamos perdíos!

Abren la puerta, el burro se agarra a patás, el otro le muerde, el gato le araña, el pollo le pica. Y ya se retiran allá, bien largo. Dice:

-¡Madre mía!, -dice-, había un tío que tenía un brazo, que pegaba unos palos...

Dice:

-¡Madre mía!, -dice-, a mí otro me ha pegao una cuchillá en una pierna, -dice-, y el otro, el otro pegaba unos arañazos.



Dice:

-Y había uno con una voz mu bronca que decía "Traérmelo aquí! ¡Traérmelo aquí!"

Y, claro, así se terminó la fiesta. Mientras tanto, allí se repartieron el botín.

Francisco Atiénzar Alcántara (Chinchilla)



  1. Los animales y los ladrones (ATU 130)

Un burro, un perro, un gato y un gallo. Y había unos ladrones en una casa, haciendo una comida. Y entonces dice el burro, dice:

-Pos mira, vamos a hacer una cosa. Cuando estén ellos preparaos para cenar, pasamos nosotros y nos comemos la cena.

Claro, se pusieron en la ventana a cantar, cada uno lo que sabía. El gato a maullar, el burro a rebuznar, el pollo a cantar. Total, que entonces salieron los ladrones champaos y se fueron. Y cuentecico colorao, por la chimenea se fue al tejao.

Candelaria Moreno (Peñas de San Pedro)



  1. El león y el hombre (ATU 157)

Era un lobo y un león. Decía el lobo que la fiera más grande del mundo qu'era el hombre. Y el león decía:

-¡Oooy! ¿Más que yo? ¡Imposible!

-Lo que yo te diga.

Dice:


-Bueno, pues lo vas a ver muy pronto. Y voy a ver, y el primer hombre que vea..., ya verás cómo te traigo la cabeza.

Pos sale el león camino alante, y s'encuentra un pobrecico viejo, que no podía ya ni con su alma.

-Buenos días.

-Buenos días.

Ice:

-¿Usté es el hombre?



Dice:

-¡Ay, qué lástima! Que he sío, pero ya no valgo na.

-¡Ah!, pos vaya usté con Dios, yo voy buscando un hombre.

Pues ya, echa otra vez al camino alante y venía un herráor de mulas, como había antes, pues su guchilla así larga, en fin, las herramientas pa herrar. Y llega el león:

-Buenos días.

-Buenos días.

-¿Usté es el hombre?

Digo:


-Sí, señor, yo soy el hombre.

Dice:


-Pos, lo siento; -dice-, pero tenemos que batallarnos el cobre aunque usté no quiera.

-¡Ea! Pos lo que usté quiera. -Dice-, pero aguarde usté que me quite esto.

-Sí, hombre.

Se quita el cesto aquél. Pero se queda con las tenazas de arrancar los clavos. Cuando viene el león:

-¡Aaau!

Y lo engancha así. [El narrador engancha su labio inferior con los dedos índice y corazón de su mano derecha]. Y ya se quedó luego... Pero después, se queda con esta mano, y pilla el martillo y le hizo las costillas polvo. Le pegó una pasá golpes al pobre. Bueno, pues ya lo dejó como muerto allí.



Y ya, pos cogió sus negocios, agarra las limas, claro, y el león, así que s'espabiló una miaja, dice:

-Con razón decía que la fiera más grande que había era el hombre.

Conque sale, allí zapirrastrando96, ande estaba el lobo. Y el lobo lo estaba fichando, que se quedó allí en un morrico. Y llegó el león, y estaba bailando el lobo allí, más contento. Dice:

-¡Hombre! ¿Es que no puedes andar? ¿Qué te ha pasao?

Dice:

-¡Cállate! Con razón decías que la fiera más grande del mundo era el hombre. -Dice-, venía el hombre con un cesto, y lo ha dejao, -dice-, y nos hemos agarrao a luchar; -ice-, y al primer viaje que le he tirao, me ha cogío con estos dos dedos, así [El narrador vuelve a escenificar con sus manos]. -Dice-, pero es que con el otro puño, a puño cerrao, -dice-, me ha roto toas las costillas. Estoy hecho polvo del to, llevas razón.



Antonio Cañizares (Peñas de San Pedro)

  1. El hombre y el león (ATU 157)

Esto era el hombre y el león. Y el león decía que era más fuerte que el hombre y el hombre decía que no, que era el hombre más fuerte que el león. Y ya ven venir uno un camino alante. Y sale el león, dice:

-¿Usté es el hombre?

Dice:

-Lo seré.



Y viene y le dice:

-¿Qué te ha dicho?

Dice:

-Que lo será.



Dice:

-Pos un chiquillo.

Y ya ven venir a otro. Y dice:

-Mira, ya viene otro.

Y dice:

-¿Usté es el hombre?



Dice:

-Lo fui.


Y se vuelve el león otra vez al otro, dice:

-¿Qué te ha dicho?

Dice:

-Que lo fue.



Dice:

-Pos un viejo.

Bueno, conque ya viene un hombre, que era un herraor, que traía un tarro con to la herramienta del herraje. Y sale el león a él:

-¿Usté es el hombre?

Dice:

-Yo soy el hombre.



Se agarran a reñir, echa mano a las tenazas de cortarle a las mulas los cascos y con el martillo, lo cogió de las narices con las tenazas y con el martillo se agarró a pegarle martillazos en la cadera al león, y el león, claro, ya huía de él. Y... y dice:

-¡Madre mía, qué hombre más bruto!

Y, y ya cuando lo deja y sale corriendo el león, huyendo de él, saca la escopeta, que la llevaba en la bolsa del tarro, y le tira dos tiros en el culo y... y sale el león, -pues ya ves como salió, echando chispas-, y llega al otro, dice:

-¡Madre mía, -dice-, qué hombre más bruto! -Dice-, me ha pegao una paliza, -dice-, y cuando ya me ha dejao, -dice-, me ha pegao dos escupinajos en el culo, -dice-, que traigo un escozor que no puedo más. Y ahi ha terminao.

Luis Picazo Ortiz (Chinchilla)


  1. El pastorcillo y el perro (cf. ATU 178A)

En la sierra Guardalupe vivía un ganadero ya anciano, que había perdido parte de sus bienes a causa de la guerra. Solo le quedaba un corto rebaño para mantenerse él y su familia. Había dejado encargado a un hijo suyo de diez o once años. El muchacho tenía el genio díscolo y no solía escuchar los consejos y advertencias de su padre con la docilidad que debiera.

Una de las cosas que más le atormentaba era que le hubieran dado por compañero y amigo un perro nacido y criado en la casa, que todos los pastores de aquellos contornos conocían y acariciaban, porque realmente merecía el nombre de Leal. Solo el pastorcillo le miraba con malos ojos, y en vez de un cuarto le daba golpes con el cayado. El animal tan humilde y sumiso en vez de volverse contra su amo, se echaba al suelo, meneaba la cola para desenojarle y a veces lamía la mano que le había castigado.

-¿Para qué quiero este estorbo, -decía a solas el muchacho-, si yo solo bastaría para guardar las ovejas y traer alguna oveja que se descarriase a los hombros? Y no este torpe mastín que anda y desanda cien veces el camino y con sus vueltas y revueltas me cansa y me marea. No tiene la agilidad y viveza que otros, que hacen mil habilidades para entretenimiento de sus amos. Pues en llegando yo a ser grande, con la mayor gracia del mundo lo pongo en la puerta, y que se vaya a tomar refugio a las puertas del convento.

Más de una vez había tenido este muchacho este pensamiento fijo, que se le reflejaba en la cara lo que le dictaba el corazón. Mas el buen Leal, como si lo comprendiese, lo miraba de hito en hito, inquieto y pesaroso.

Mas un día, en el mes de agosto por cierto, estando sesteando el ganado, vino una loba que tenía atormentada a toda la comarca, con sus muchos estragos. No se sabe si venía acosada del hambre o perseguida por los cazadores, la cual daba tales aullidos como pocos días antes de quitarle sus cachorros. Las ovejas, tan azorás, al oirlos tan azorados, se desperramaron por el monte y algunas hubo que se despeñaron por un tajo. El terror del pastorcillo fue tal que se quedó como fuese de piedra y no podía gritar. No podía gritar ni moverse, porque el miedo le embargó el sentido, la voz..., y hasta el punto de caer desmayado y poco menos que muerto. Mas no así el Leal. Al ver la rabiosa fiera empezó a ladrar que atronaba el monte y se puso delante de su amo, en defensa, como lo podría hacer un padre con un hijo. Al verlo, la suerte de ambos fue que la rabiosa fiera pasó devante de ellos como un relámpago, no antes en siguimiento de una oveja y dando al paso un mordisco al..., un mordisco al Leal que le hizo una herida en el lomo.

Viendo el Leal que se había retirado la fiera, volvió a su amo y entonces, volvió a su amo y le hacía tales demostraciones como si quisiera restituirle la vida. Mas viendo que sus colatos97 eran inútiles y el chico no volvía en sí, guiado por una especie de instinto, se echó a andar por aquellos montes y fue a la sazón a la casa de su amo. Halló la puerta cerrada y daba golpes, daba..., meneaba la puerta a golpes y, con sus manos, daba golpes como una persona que llama con necesidad de socorro. Abrió la puerta el anciano y al ver al Leal tan fatigado y brotándole sangre de la reciente herida, lo primero que pensó fue si habría muerto su hijo. Y daba pena ver al afligido viejo queriéndole preguntar al perro qué había hecho del tesoro que l'encomendó.

No pudiendo permanecer así, en tan congojosa incertidumbre, salieron..., salió el buen padre en busca del hijo y el Leal le iba presidiendo, extenuado de cansancio, sin apenas poder moverse, pero haciendo esfuerzos y volviendo la cabeza para ver si le seguía su amo.

Así llegaron al paraje donde estaba el muchacho. Todavía no había recobrado el uso de la razón. Abrazóle su padre con gran ternura, rocióle la frente con agua de una fuente que allí cerca manaba y, dándole a oler unas matas de cantueso y tomillo, el muchacho volvió en sí. Volvió la vista alrededor para ver el ganado y vio a su padre que estaba junto a él y el Leal que estaba a sus pies rendido y casi desangrado. Y en el momento comprendió el gravísimo riesgo que había corrido.

Y entonces, el muchacho bajó la cabeza avergonzado y, besando la mano de su padre, arrepentido y pidiendo perdón y ofreciendo la enmienda... Y levantó al Leal del suelo y dándole palmadas en el cuello le decía, como si él le comprendiese:

-Ya tengo un compañero y un amigo para toda mi vida.

Concepción Gómez del Valle (Chinchilla)


  1. El burro y el gorrino (C-CH 207D)98

Esto era un burro y un gorrino. El burro, claro, atao en la cuadra a los pesebres y el gorrino así en un rincón de la cuadra, tenía allí un cortao y allí lo tenían. Y dice el gorrino al burro:

-¡Qué mal te tratan! Te pegan palos, no t'echan de comer, te hacen mucho trabajar, -dice-, y yo aquí, en este rinconcico, ¡mira, qué bien estoy! Aquí me traen el amasaico, me rascan..., todo.

Y dice el burro, dice:

-Oye, calla, ahi en ese rinconcico que tú estás, he conocío yo a catorce. -Dice-, ¿oyes?, mira, pronto van a venir por ti.

(Porque estaban esollando más de uno). Y ya que se lo llevaban dice:

-¡Hasta luego, amigo mío! He conocío catorce, y pronto voy a conocer al que hace quince.

Antonio Navalón (Chinchilla)


  1. Una guerra entre los animales (ATU 222)

Iba un elefante caminando por el campo, claro, y pisó un grillo. Total, qu'el grillo, pos lo insultó de una manera que, decía:

-¡Habrá malandrín este!

Dice:

-Pos vamos a armar una guerra, a ver quién puede más.



Y él buscó el toro, el león, el lobo, y todos esos. Y el grillo..., las avispas, las abejas, los tábanos, toa esa clase gente.

Total, ya llega el día y se lía la guerra. ¡Muchacho!, y toas las abejas y las avispas se le metían por entre las patas, por to. Total, que ganó la guerra. Y decía la zorra dentro el río:

-¡Tiraos al río, que somos perdíos!

Y aún llevaba una avispa mordiéndole en el hocico.

Antonio Gómez Ortiz (Chinchilla)


  1. La zorra y el águila (ATU 225)

Una zorra y un águila. Y al águila la invitaron a una boda al cielo. Dice:

-Zorrica, ¿te quieres venir conmigo al cielo?

Dice:

-Yo no tengo alas.



Dice:

-Pero te llevo yo.

Dice:

-Bueno, pues vamos.



Se monta la zorra encima del águila y, ya que iba muy alta, muy alta, se volcó. Y dice la zorra:

-¡Apartaros, piedras, que os mato! Si de esta salgo y no muero, no quiero más bodas al cielo.

Candelaria Moreno (Peñas de San Pedro)


  1. El cuervo de Barrax (ATU 230)

Había un cuervo ya con muchísimos años. Tenía tantos años que se había quedao “calvo” podíamos decir, “calvo”, sin una pluma, desnudico. Y entonces él no podía volar para buscar comida pero, como era listo, vio que unos cuervos jóvenes que anidaban por vez primera, vio que habían hecho el nido entre unos matujos y estuvo atento y, cuando empezaron a romper el cascarón los cuervecicos, se metió él también. Y los padres pues, como era la primera vez que tenían cría, tomaron a este cuervo por que era hijo de ellos. Y le traían la comida. Bueno, y el cuervo estaba allí más contento… Y venga… Y ya los que eran cuervos hijos suyos, pues ya empezaron a salirle plumas y claro, pues sus padres se los llevaban para volar y para poder comer y todo eso, a enseñarlos. Y a aquel cuervo no le salían plumas. Ellos decían:

-¡Vaya hijo que nos ha nacido! ¡Vaya hijo!

Y ya se acabó toda la comida por los alrededores, -porque ellos comen mucha, ya cuando llega el tiempo en el frío, en el invierno, pues comen aceitunas- y ya tampoco habían aceitunas y ya estaban hablando los dos cuervos:

-¿Qué vamos a hacer? Para este hijo nuestro ¿qué vamos a traer? Ni tenemos aceitunas, los cereales y animales y todo eso ya no encontramos por aquí.

Y ya entonces el cuervo viejo pues les dijo, dice:

-Mirad, os vais a ir para allá donde hay olivares, ¿eh?, y aunque no veáis ninguna oliva, escarbáis con el pico en los ribarzos, que siempre se suele quedar alguna envuelta entre la tierra. –Dice- veréis como allí encontráis.

Y eso fue lo que hizo que ellos viesen que el cuervo los había estao engañando. Dice:

-¡Hombre! ¿Y cómo sabes esto tú? –dice- Tú no eres hijo nuestro, que nos has engañao.

Y empezaron a picotazos con él y se tuvo que ir corriendo. Si no, lo habían matao. Y ya se terminó. Este es el cuento que dice “Anda tú, eres como el cuervo, el de Barrax, que a los cien años fue un polluelo”.

Maria Núñez (Pétrola)



  1. El pájaro y sus polluelos (Ca.-Ch. 246A)

Bueno, esto era un pajarillo que tenía su nido, estaba criando a sus polluelos, y ya cuando lo… los pequeños empezaron a echar plumas y a crecer y a tal, dice… dice:

-Mira, los voy a dar un consejo, cuando salís volando y estáis en el suelo, si veis alguno que coge una piedra, salir volando porque esa es pa tirárola, pa tiraros a vosotros.

Y dice uno de los pequeñillos, dice:

-Mamá, -dice-, ¿y si la piedra la llevaba ya en el bolsillo?

Y les dijo:

-Bueno, ya podéis salir volando, que sabéis más que yo.

Florentino Tárraga López (Chinchilla)


  1. La carrera de la zorra y el sapo (ATU 275B)

Esto era un zorro y un escuerzo, un rano. Y se pone, dice:

-Pos, ¿ánde vas con las patejas esas tan cortas?

Y dice, dice el escuerzo a la zorra, dice:

-Te doy dos pasos... Y te voy a ganar.

¡Claro!, dice:

-¿Dos pasos? No, que tú tienes las patejas cortas, y yo las tengo grandes y te gano.

Dice:

-¡Te doy dos pasos!



¡Claro!, la rana se quedó atrás, tiró un blinco, y se quedó enganchá en la cola. Y al llegar a la meta, ande tenían dicho, se regüelve, dice:

-Pos, ¿qué miras p'allá?, y llevo ya aquí una hora.

Adalberto Córcoles Rodenas (Peñas de San Pedro)


  1. La chicharra y la hormiga (ATU 280A)

Mira, esto era una vez la hormiga y la… y la chicharra. La hormiga y la chicharra… Pos la chicharra estaba cantando debajo de la sombra de un árbol, y entonces las hormigas estaban acarreando y metiendo en su bujero, en su casita, para luego el invierno tener para comer.

Y entonces, ya llega el invierno y las hormigas estaban comiendo, y pasa la chicharra, dice:

-Por favor, darme algo de comer, que estoy transijaica y no tengo nada de comer.

Y dice las hormigas:

-Oye, holgazana, mientras que has estao tomando el sol debajo del árbol, haber acarreao como nosotros y ahora tenías comida, y así no tienes.

María Peña Martínez (Pozuelo)



  1. CUENTOS DE MAGIA (Tipos 301-749)

  1. Juanico el Oso (ATU 301)

Esto era una mujer que se salió de su casa y la cogió un oso, y la encerró en una cueva. Y le puso una piedra en la puerta pa que no se saliera. Y el oso, pos abusó de ella. Pos claro, y... y, claro, pos le hizo un chiquillo, la tuvo eso... Y ya cuando el chiquillo sabía hablar, dice:

-Pero, madre, ¿qué hacemos aquí encerraos?

Dice:

-¡Ea!, es que tu padre nos tiene secuestraos aquí; tiene una piedra mu gorda ahi y no podemos salir.



Y como ya Juanico el Oso tenía tanta fuerza, dice:

-Pos, ya verás, madre.

Le arrempujó99 dende adentro y ruló la piedra; y salieron. Y se fue al pueblo, se fueron al pueblo, dice:

-¡Huy!, que ha venío Fulana, -dice-, y trae un chiquillo vestío de, de pelos por to, que le dicen "Juanico el Oso".

Pos, claro, la madre, ya al ver al chiquillo allí, dijo:

-Pos, ¿qué vamos a hacer con este chiquillo? Pos lo tengo que apuntar a la escuela.

Pos, claro, lo apuntan a la escuela. Y estaba sentao en una sala y tos los chiquillos, pos claro, se reían de él. Y, claro, pos les pegaba Juanico el Oso y el maestro va a reprenderle, y le pegó un capón al maestro y lo mató. Claro, yo no sé quién va a eso, y lo mató también. Y ya dicen:

-El chiquillo este no puede estar aquí.

Conque entonces ya, dice su madre:

-Hijo mío, te tienes que ir, -dice-, porque aquí, en el pueblo, no te quiere nadie ya.

Dice:

-Sí, yo me voy de aquí, pero antes me tienen que hacer una cachiporra100 de cien quintales.



Claro, van allí, a la fragua, y se juntan tos los herreros. Y empiezan a hacerle pegotes allí a la porra y, claro, pos ya cuando se cansaron, dice:

-¿Está terminá?

Dice:

-Ya está terminá.



Ya ves tú que pa revolverla tos los herreros... La coge así, del rabo... ¡páum!, y se la echa arriba, le iba a decir lo que valía y no les dio tiempo a decirlo, se cayeron tos los herreros al suelo, privaos o muertos, ¿sabes?

Entonces sale tirando y se encuentra uno que con dos ruedas de molino estaba jugando al tejillo:

-¿Te quieres venir conmigo?

-¿Ánde vamos?

-Por ahi, a recorrer mundo.

Pos luego se junta con uno que estaba arrancando pinos, dice:

-¿Te quieres venir con nosotros?

-Pos sí.


-Pos nos vamos. ¡Hala!, ya vamos tres.

Y luego se ajunta con uno que estaba, que le pegaba un puñetazo a un cerro y lo rebajaba, ya ves... Dice:

-¡Vamos! ¡Ya vamos cuatro!

Se fueron por ahi y ya van a una casa blanca que había por allí. Y se pone uno debajo la chimenea... Y se quedan allí. Yo no me acuerdo.

Antonio Navalón (Chinchilla)


  1. Aventuras de Juanico el Oso (ATU 301)

Esto era una vez Juanico el Oso y dos leñadores más, que estaban haciendo leña en un monte y se les hizo de noche. Y había allí una casuta, que no vivía nadie y allí se albergaron. Y le dice Juanico el Oso a los otros:

-Iros al pueblo a traeros algo pa cenar, mientras preparo yo.

Y se pone a tostar el aceite y se le sube un bicho encima la chimenea y le echaba tierra y le decía:

-Chi-fuí, chi-fuai, ¿bajo o no bajo? Chi-fuí, chi-fuai, ¿bajo o no bajo?

Y ya dice Juanico el Oso:

-Ya tenías que haber bajao.

Y estaba preparao con la porra de cien quintales y cuando bajó, le pegó un palo en la cabeza y le quitó una oreja. Y se cuela por una sima que había allí, se coló pa bajo. Y cuando vienen los otros hombres del pueblo, dice:

-Pues aquí ha habío un tío, una cosa..., ahi, haciéndome "Chi-fuí, chi-fuai, ¿bajo o no bajo?", -dice-, y le he pegao un palo y le he quitao una oreja.

-¿No me digas?

Dice:


-Sí.

-Pos nada.

Dice:

-Hay que bajar ahi.



Y dice:

-Vamos a bajar con una campanilla en la mano. Cuando toque la campanilla te sacamos.

Y ya llega que se mete pa bajo uno, atao con una soga mu larga. Y iba p’abajo, p’abajo, p’abajo, y ya llega a un sitio que hacía mucho frío. Ice:

-¡Madre mía, qué frío hace aquí!

Y ya pa bajo, mucho calor, mucho calor... que se quemaba y toca la campanilla, dijeron "¡Pum! y lo sacan. Y dice:

-Chico, -dice-, he pasao una veta de frío y otra de calor, -dice-, que no... la de calor no he podío ya, que me quemaba.

Y dice Juanico el Oso:

-Pos ahora voy a bajar yo. Ahora voy a bajar yo.

Con la porra de cien quintales que llevaba, se baja p’abajo y llega abajo a la mina, al fondo de la sima. Y sale una mujer de allí, una muchacha muy guapa, que estaba encantá por el demonio, por el diablo. Y dice:

-Bueno, -ice-, ¿ánde vas por aquí? ¿Ánde vas tú por aquí?

Dice:

-¿Que ánde voy? -Dice-, y... un tío ahi que, qu'está diciendo "Chi-fuí, Chi-fuai, ¿bajo o no bajo?"



Dice:

-Es el diablo.

Y dice:

-Pos, mira, -dice-, te va a dar... Tié dos espadas, una nueva y otra vieja; tú coge la vieja que es la mágica, que la nueva no tiene poder.



Conque ya viene el diablo y dice que había que pelear a ver quién se quedaba allí de jefe. Y se ponen a luchar con las espadas y, claro, como la vieja tenía..., la oxidá tenía la magia, pos lo mató al diablo; le pegó un pinchazo y lo mata. Y ya, se da por ahí una vuelta por..., -aquello era muy grande, el pozo por lo visto era muy grande-, y había allí, tres o cuatro muchachas había allí, encantás por el diablo, qu'estaban allí. Y llega y las sube p'arriba, las saca el que había arriba, las saca, las saca. Y ya que las sacaron a todas, dice:

-¡Ea!, pos ahora, Juanico el Oso.

Y llevaba la porra, porque la porra Juanico el Oso no se la dejaba. Y, y llega, y ya qu'iba por el medio el pozo, piensan los de arriba lo que piensan, dicen:

-Vamos a, vamos a tirarlo, que se mate ahi y ahi se queda.

¡Poom! Aunque llevaba la porra de cien quintales, allí cayó muerto, con la soga y to.

-¡Ea!, pos de aquí no via salir.

Y ya, claro, le da... Se saca la oreja, dice:

-A que me la como la oreja.

Y viene el diablo, dice:

-¿Qué vas a hacer?

Dice:

-Comerme la oreja.



Dice:

-No, no, no te la comas.

Dice:

-Pos, sácame de aquí o me la como.



Na, pos ya lo saca de allí el diablo y se va en busca de los otros. Y iban los otros por el medio el monte y Juanico el Oso, pa hacerse paso, iba arrancando los pinos con la mano, -como tenía tanta fuerza, llegaba a un pino, le daba una garfá y lo arrancaba-. Y p'alante, p'alante. Conque ya dice uno, vuelve uno la cabeza, dice:

-Viene por allá atrás uno; -dice-, yo pa mí es Juanico el Oso.

Dice el otro:

-¡Sí, Juanico el Oso! Espéralo, que va a venir.

Conque de seguida, pos Juanico el Oso que les echa las uñas. Dice:

-¡Ah! Conque me habís hecho estas, ¿eh?

Les pegó allí una paliza y los mató. Y se quedó con las muchachas. Y él se las presentó a sus padres... que no les hizo na. Aquel se las presentó a sus padres y entonces ya, se ganó su valentía con aquello. Y yo ya no me acuerdo que siga más.

Luis Picazo Rodenas (Chinchilla)




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