Cuentos, poesías y leyendas de morrocoy mito sobre la creación de Morrocoy



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CUENTOS, POESÍAS Y LEYENDAS DE MORROCOY

Mito sobre la creación de Morrocoy

Cuentan los abuelos que por allá en la época de los invasores existió un hombre llamado Morroy, primogénito de Mexión Chocué del reino de Sotavento. Este Cacirí, como llamaban a los hijos de los caciques, nació con excepcionales atributos: media casi dos metros de estatura, poseía la fuerza de tres toros juntos, capaz de partir en dos, caballo y conquistador, de un manotazo. Cuando iba de casería no empleaba flechas ni lanzas, pues no las necesitaba, se acercaba cauteloso al jaguar y tomándolo sorpresivamente por el rabo, lo jalaba hacia atrás. De esta manera le arrancaba el alma. Sólo a las grandes personalidades del reino les estaba permitido alimentarse de este animal sagrado para tomar de él el arrojo y la prudencia.

La ponzoñosa araña y la mortal serpiente huían temerosas al notar su presencia. Los tábanos y cínifes evitaban arruinar sus pinchos en aquella tapia que constituía su piel.

En cierta ocasión salió en compañía de cuatro guerreros de confianza a revisar las tierras que algún día heredaría. En sus andanzas llegó, sin darse cuenta, al reino del cacique Cipoté, descubriendo al Cacique Pijiguayal ayudando para que los españoles se robaran las cadenas de oro con que Cipoté tenía cercadas sus tierras. Morroy se enojó tanto que dio muerte a los españoles arrancándoles las cabezas y castigando a Pijiguayal con las mismas porciones de cadenas robadas, dejándolo por muerto. En su huida se encontró a una linda indígena que se había enamorado perdidamente de él, al que apenas conocía por sus hazañas, las cuales se habían regado por todos los reinos vecinos. Allí estaba aguardándole bajo las sombras de un guácimo, al enterarse que andaba por la región. Al verle, le tendió los brazos diciendo…

-¡Oh cervatillo mío! Llevo noches y días en la soledad aguardando tu paso, llévame a posar en tus sabanas de inmaculada primavera.

MORROY muy triste le contó lo sucedido.

-No importa lo que hayas hecho, es más, ese a quien has dado muerte era mi padre.

Morroy se tendió a sus pies implorando perdón.


-Párate, que no soy digna de que te postres a los pies de quien, su nobleza, ha sido amancillada por un padre, quien con alevosía, ha traicionado su raza. Lo que has hecho se llama justicia. Y huyó con él, porque el amor que le tenía era superior al de su padre.

Morroy se sometió a la justicia de su corte y fue condenado al destierro por haber dado muerte a un superior. Así que muy de mañana partió con su amada y un séquito de fieles servidores, rumbo al naciente. Durante días y noches caminaron siguiendo siempre el rumbo de los patos que volaban todas las mañanas desde las ciénagas de su antiguo reino; estacionándose por temporadas en algunas partes de su recorrido, hasta que por fin encontraron un lugar muy bonito que les llamó la atención, ubicada entre el reino del cacique Chinú y el cacique Yapé, con suficiente agua y buen suelo para cultivar. Tan bueno, que las hojas caídas volvían a nacer. Allí hasta la peña producía. En ese lugar fijaron para siempre su bohital, desconociendo que Pijiguayal no había muerto, pero si había jurado vengarse. Por tal motivo se alió con una arpía que había llegado con las tropas de Antonio de la Torre y Miranda, fijando su residencia en Momil.

-¡Claro, cómo no, con mucho gusto te ayudo a vengarte de él! Le había dicho ella quien también se había enamorado, y al perderlo le desató un odio feroz.

La perversa bruja se transformó en curuja intentando dar con el paradero de la pareja. Fue así como remontó vuelo hacia los oráculos Zenúes: “Corcovado” y “Murrucucú”

-No te puedo decir nada, contestó Corcovado.

-¡Vete! No te diré nada, contestó Murrucucú.

Voló hacia el reino de los Emberá preguntándole a su amiga Porré, serpiente que cuidaba de este reino, la cual tenía cabeza de pájaro y cuatro pequeñas paticas; pero ésta tampoco quiso decirle nada.

-¡No los he visto! Contestó Jegú, hermano de Sinú cuando llegó a éstos solicitando información.

Pasaban los días y no se cansaba de buscar.

__ No te diré nada, ¡absolutamente nada! Respondió su colega Cusuma, hembra mohán del reino de Tacasuán la cual tenía la propiedad de convertirse en serpiente, a la que los indígenas llamaban Torcorá y si alguien se acercaba a robarse los tesoros de Tacasuán o de Yapé, se convertía en un preciso collar de irresistible atracción, y cuando el incauto ladrón adornaba el cuello con él, convertíase nuevamente en serpiente, estrangulándolo.


Frente a los intentos fallidos decide regresar a la Ciénaga Grande para convertirse en barraquete y volar con la parvada a las tierras del cacique Yapé donde existía un santuario inmenso de ciénagas, abundantes en crustáceos y moluscos. Durante el transcurso de idas y venidas terminó por dar con su paradero.

__ ¡Ya sé dónde está! Se encuentra a un mes de trocha de aquí.

__ Bueno, dejo a tu cargo el castigo que se merece.

__ Está bien, no te preocupes que yo sé lo que haré con él

Así fue. Una tarde cuando Morroy venía del trabajo con el sol de los venados, un ánade grande dejó caer un llamativo fruto que previamente había untado con su caca.

__ Que fruto más raro, lo probaré.

Como le pareció agradable se lo comió todo, guardando las semillas en el chocó para sembrarlas en el bohital. Pero una vez que el maleficio cayó al estómago, sintió que el cuerpo le pesaba, que sus ojos, brazos y piernas se reducían.

Me estoy transformando, pensó amargamente, deseando que tan sólo fuera una ilusión causada por la ingesta del fruto. Pero no fue así. Su cuerpo se transformó en un tierno y curioso animal, con cuatro poderosas patas, cubierto su cuerpo, por una quitinosa caparazón y la boca parecida a un rudimentario pico.

Como no aparecía, su pueblo encendió antorchas y salió en su búsqueda, encontrándose con el animalito raro que en su lento reptar arrastraba el guayuco y el chocó del noble Cacique.

Lo llevaron al bohital y al día siguiente vieron cómo del chocó salían varios animalitos idénticos a él.

Desde ese triste día llamaron a los animalitos y al lugar... Morrocoy en honor al gran Cacique al que tanto su mujer y sus vasallos lloraron por largo tiempo.

Por: Jairo Sánchez Hoyos.



ILUSIONES DE INFANCIA

Recuerdo el día que entré a la escuela en mi vieja vereda. Era una casa de bahareque de blanco pintada. Llegué impulsado por la emoción y acobardado por la timidez. En un rincón del salón oloroso a D.D.T, y a parches recién hechos, se veía la figura de la seño. Estaba distraída marcándole la línea del abecedario a una niña. Caminé en sigilo hasta casi tocarla y no me detectó. Su cabellera tenía el color de un arrozal maduro. Una blusa blanca, de corazones púrpuras, cubría su tronco, y una larga pollera de tenues rosas azules, sobre fondo negro, engalanaba su talle. En la proximidad noté el olor de su cuerpo, esencias de flores al amanecer. Cuando se enderezó, descubrí que en sus finos labios se dibujaba la mansedumbre rural. Usando modales tiernos me llevó a sentar.

En la danza de los días pasaron mis clases como simples neblinas, mudas al aprendizaje del arisco abecedario. Per triste y penoso aprendizaje no borraba las ilusiones amorosas emanadas de mi pecho hacia la profesora a quien trataba como un cofrecito amado. Los ásperos golpes que me daba como premio a mi rusticidad, los sentía cual simples caricias venidas de las suaves manos de ella, que ni remotamente imaginaba que constituía el lujo de mi cielo. Todos los días la pensaba y le llevaba frutas silvestres para endulzar su cariño adormecido, el que circulaba errante en mi insípida memoria. Un día vi que salió del salón y se ocultó detrás del árbol de mamón donde nosotros orinábamos, cuando regresó, le pedí permiso simulando urgencia en desocupar mi vejiga. Corrí hacia el mismo lugar y le escribí un mensaje de amor, que sólo fueron rayones en la corteza del grueso tallo y le pedí que se lo mostrara, si algún día volviera por ahí otra vez.

Miré el húmedo verso de su vagina recitado en el suelo. Aquel verso me hablaba con quimérica avidez, fue para mí cómo una cópula extática en la cual yo le abría el surco para que ella guardara la gravidez del grano. Después de aquel día mi padre nos mudó a la ciudad y nunca más la volví a ver.

Los años cruzaron sobre los rieles del tiempo y crecí. Anduve por ríos montañas y mares, preocupado por trepármele a la vida, siempre con su güipil de corazones dibujado en mi mente. El día en que pude regresé. No me reconoció, yo sí. Estaba casada y con hijos. No le dije nada, limitándome a contemplarla con discreción. Parecía un sauce marchito. Traté de imaginar en dónde había quedado la letra de la melodía de su cara, y los embelesos de su imperioso talle. ¿Qué rústicas manos habían desbrozado el espléndido bosque de ensoñación?

Me retiré del lugar dejándola tranquila porque vislumbré que en su mundo no cabíamos tres. Caminé hacia la escuela. Ya no estaba. Extasiado contemplé el milenario árbol, dulce y fiel amigo, en medio del solar abandonado, luchando contra la fuerza del tiempo. Parecía un escuálido poeta, ya sin estrofa alguna. Llegué hasta él y busqué aquella declaración de amor, contemplando sólo petrificadas mariposas durmiendo sueños de polen en atardeceres de plata.

Con la congoja en mi pecho encendí mi auto y me alejé del caserío dejando atrás aquellas ilusiones de infancia.

Jairo S.


PRESAGIO

-Mamá, voy al arroyo a coger unos moncholos para la cena, ya vuelvo.

-Está bien, hijo, contestó, apoyada en la troja del patio viéndolo alejarse en compañía de su perro.

-¿En qué piensas Josefa? Le gritó el conductor del automotor que apareció en el momento, disminuyendo la velocidad al pasar por la pequeña quebrada, en el carreteable que de Morrocoy conducía a Rodania.

-Aquí pensando en la vida, viejo Mora, respondió ella sin cambiar de posición, con la mejilla apoyada en la mano izquierda.

-Deja la vida correr, déjala correr, como corren las aguas después de llover, no le busques explicación porque loca te puedes volver, replicó el Mora luchando con el vehículo que se balanceaba repleto de pasajeros, bultos y canastas, procedente de Sahagún.

Su vivienda era la última del caserío, en la orilla de la quebrada que atravesaba el patio de su casa cercado con astillas de guarumo y matarratón. Ella era muy popular entre los chóferes, porque, junto con los hijos, ayudaba a desembarazar los carros que se quedaban atollados en el lodo de la corriente. Por eso, cada que pasaban le saludaban o le decían cualquier chanza.

Alzó la vista y ya no vio al campero, tampoco a su hijo quien había desaparecido en las pajas de la hacienda de Domingo Bula que arropaba a medio caserío empezando en los bordes de su humilde rancho. A lo lejos escuchó los latidos de “Brasil”, el perro de su hijo, que de seguro se había topado con un conejo. Una súbita angustia se apoderó de ella.

“Qué tristeza tengo en mi alma, qué dolor en mi corazón, no sé de dónde me sale. Oigo clarines con voces de lágrimas” – exclamó – quitándose de la troja para auxiliar a Daniel, su otro hijo, que había llegado del “Destierro” con una carga de maíz.

__ ¿Y Rafael?

__Está para el arroyo, contestó ella, al tiempo de colocar la última tranca del pañol donde habían vaciado el maíz.

Entre tanto, camino al arroyo, el perro se echó sobre las raíces de unos algarrobos negándose a continuar. __“Vamos, vamos, te estás poniendo flojo, anda, párate que los pescados son para la cena”.

Más, el animal continuó sentado sobre las patas traseras escrutando el horizonte de rojizas tolvas, sujeto tal vez a vagas visiones y a oscuros presagios. Gimió con su voz carente de palabras. Gimió con deseos vehementes de que su amo se devolviera, pero él continuaba su camino inmune a sus clamores. Vencido por la incomprensión de su señor, decidió proseguir tras sus pasos, esta tarde agónica vestida de encajes dorados. Llegaron al arroyo. La primera poza les proporcionó un par de lustrosos moncholos. -Arrimemos a ésta, pescamos uno más y nos vamos, te lo prometo, dijo a su perro- seguro de que le entendía. Se sentó con las piernas colgando de la barranca donde se veían algunas cavidades. El perro se ubicó a su lado mirando para todas partes como si estuviera pendiente de las voces de todas las cosas.

__Vamos a tener que comernos el arroz con “mojamijo,” dijo el marido, que ya había llegado del monte, porque el de los pescados no llega.

Aquella expresión le sonó a ella como lúgubres tañidos. Por sus mejillas se deslizaron dos lágrimas que humedecieron la negrura inmediata de la noche que ya venía. Después de la cena, todo quedó arropado con la solemne oscuridad. Con desespero agónico y un nudo en la garganta, no puedo más y exclamó:

__ ¿Qué le habrá pasado a mi hijo, por qué no llega?

-Tranquilízate mujer, tal vez se dio la vuelta y viene por el otro lado del caserío, argumentó su marido.

Pasaron unos minutos, interminables para ella, y volvió a decir:

-Vamos a buscarle.

-Si ¡vamos! Aprobó el marido, que ya sentía preocupación también.

Prendieron antorchas y salieron los tres. El viento estaba mudo. Su alma montarás y vana se retorcía en los pinchos de la zozobra.

Después del primer potrero escucharon los penosos aullidos.

-¡Oye! Ese es “Brasil” – dijo Daniel.

Emprendieron veloz carrera hacia donde se escuchaban los aullidos.

Ahí estaba, ¡yerto! Con la mirada fija hacia el firmamento oscuro. A un lado, su perro. Al otro, un par de moncholos y un conejo. Una enorme serpiente lo había mordido arrebatándole el gozo vital de su adolescente alma.

Después del entierro, un grupo de voluntarios, se fue al arroyo a escarbar los laberintos de la barranca; pero no encontraron a la asesina.

La gente vivía sorprendida al ver que todas las mañanas, sobre la tumba, amanecían hermosas flores silvestres. Nadie sabía quién las ponía, hasta que descubrieron que era el perro que en cada amanecer las arrancaba con su boca para depositarlas en la sepultura de su extinto amo. Todas las tardes desaparecía del caserío sin que nadie supiera para dónde.

Cierta tarde, el capataz de la hacienda divisó en las alturas, junto al arroyo, una corona de goleros en ritual alimentario. Ensilló el caballo y fue a ver, lo que encontró fue un par de cuerpos en fiero entrelazo. El uno había pagado su mortal traición, y el otro ofrendó su vida en fraternal venganza.

Autor: Jairo Sánchez Hoyos.

MALEFICIO

Corrían los años 50s, yo me encontraba en las postrimerías de mis vacaciones en Morrocoy. Mi madre me mandó en compañía de mi hermano menor hasta Trementino en donde tomaría el carro que me llevaría de regreso a la escuela en Sahagún. En el ramal que de Morrocoy conduce a la vereda La Pita, divisé una chica que venía con las chancletas en la mano. Le ofrecí mi caballo y me subí al anca del burro que montaba mi hermano.

¿Cómo te llamas?

Juana Ozuna, de los Ozuna del Olivo.

¿Para dónde vas?

Voy para Bijao.

Caramba, tan lejos

Si voy a probar suerte por allá.

Noté que estaba de luto cerrado por lo que quise saber el motivo.

De una amiga que murió hace dos años.

¿Dos años y aún estás de luto?

Lo que pasa es que ella fue mi amiga especial. Aún hoy la recuerdo con mucho dolor.

Aja, y ¿Por qué?

Es una larga historia.

Si te dignaras a contármela, entretendríamos el trayecto.

Se llamaba Teresa, era bella, amorosa y divertida. Las dos teníamos muchas amistades por todos estos lugares. Un día conoció a un muchacho de Rodania, se enamoraron de inmediato. Duraron un año en amores al final del cual se casaron. A los tres años de matrimonio las cosas cambiaron porque su marido la abandonó por otra. No contento con esto, se valió de un maleficio que le hizo llegar en un jugo para deshacerse de ella y poder casarse con su amante. Desde el día en que probó aquel jugo empezaron los sufrimientos. Se tornó retraída y melancólica. Pasaba con fiebres, sudoraciones, mareos, vómitos y anorexia. Se puso pipona cual si tuviera nueve meses de embarazo. Su tía al verla tan postrada le llevó los orines a Don Atanasio Peralta, un curandero que vivía en La Padilla, cerca de Morrocoy. Era un señor corpulento, vientre abultado. Sobre él se tejían curiosas historias.

¿Sobre el vientre?

No embromes, sobre su persona. Se decía que era brujo. Que se comía un cerdo completo en un desayuno corriente. Que tenía secretos para trabajar, pelear y enamorar. Que se escondía detrás de un palo de escoba y nadie lo veía. Por eso se salvó de pagar el servicio militar Cuentan que una noche venía de Trementino, al pesar por el arroyo El Tigre, se le apareció un ataúd con cuatro velas encendidas que no eran otra cosa que canillas humanas. Abrió la caja y contempló una mujer sumamente hermosa. La muerta más bella del mundo, se dijo para sus adentros. Tranquilamente amarró el caballo y se sentó a contemplarla y a fumar tabaco. A las tres de la mañana se paró la bella mujer suplicando que la dejara ir dado que era una prestante dama de Sampués y estaba corriendo el riesgo de que su marido notara su ausencia. Le pidió excusas por tratar de asustarlo sin saber que él era “Zángano”. Le quitó el secreto, le hizo el amor y la dejó marchar en compañía de la aurora que ya venía. A Don Atanasio se le encontraba a todas horas por los caminos, ya fuera vendiendo panela, carne, jabón de bola o atendiendo un parto, un picado de culebra o un enfermo de lombriz. A los niños los asustaban con él porque decían que se los llevaba en la mochila y los ponía a sancochar. Así que si un chicuelo no quería comer, tomar el remedio o hacer el oficio, no era sino que le nombraran a Don Atanasio para que se produjera el “milagro” inmediatamente.

Una tarde que yo regresaba de soltar los burros en la finca El Guamo descubrí que venía en sentido contrario. Rápidamente me oculté frente a un paso malo del camino que le decíamos “El Atascoso”. Era todo un proceso pasar por aquella tembladera. Sorpresa grande la que me llevé al ver cómo alzó en vilo el burro cargado de panelas y lo cruzó al otro lado sin mayor esfuerzo. Desde esa vez, no dudé jamás de lo que de él se decía. Cuando Don Atanasio miró los orines que le llevó la tía de Teresa, exclamó:

__Sepa, que a su sobrina le han echado un maleficio muy peligroso. Si ustedes quieren me traen un pocillo donde ella haya tomado café y yo les muestro el rostro del responsable. Eso sí, les cuesta un poco más de dinero.

__Está bien, respondió la tía de Teresa, hablaré con los padres de mi sobrina y le contesto. Por lo pronto recéteme algo para llevarle.

Los padres de Teresa no aceptaron lo propuesto por el “Cancamano,” ni consintieron darle los brebajes, una vez que eran evangélicos y tenían la certeza de que las oraciones la sacarían de aquel trance. Pero a pesar de las oraciones, cánticos y alabanzas Teresa no mejoró. Una tarde se puso tan mal que vomitó una bola de pelo y varios sapitos de colores. Después de esto le atacaron unos fuertes dolores como si estuviera de parto. De tanto pujar se le salió la matriz.

El último día que paso mal, me encontraba en casa de Domingo Castro, un viejo pipón que se la pasaba casando venados en Morrocoy, cuando de repente se me dio por mirar para la calle. La vi venir. Venía por frente a la capilla. Traía un traje blanco, suave y transparente que le llegaba a los tobillos. Viajaba lentamente en el aire.

Asombrada me pasé la mano por la cara y volví a mirar, ya no vi nada. Con desespero me alisté y pedí que me dejaran ir unos días a ver a mi amiga. A esa hora, 4:30 pm armé viaje a pesar de los ruegos de la esposa del viejo para que me fuera por la mañana.

Cuando llegué, ya el ocaso arropaba por completo el espacio veredal. Miré para la casa de mi amiga. Noté que la gente entraba y salía con desespero. Sentí ganas de llorar, pero me contuve. La prima de Teresa me vio y corrió a mi encuentro. Lloramos un rato. Luego me introduje por el portillo del patio para no importunar a los que oraban en la sala. Me senté en el comedor a esperar a que se me arreglara el ánimo a fin de no regalarle más sufrimientos a mi amiga moribunda.

Cuando entré a la alcoba un grupo de jóvenes y ancianos oraban con energía reprendiendo al maligno, porque según ellos, era la causa del problema. Ella dormía en el momento. Volví a salir en espera de que terminaran de orar.

Mi alma lloraba sin necesidad de lágrimas. Estaba vacía. Deseaba que fuera yo la que estuviera en esa cama y no ella. Deseaba que fuera una pesadilla a la que pronto debía despertar en un grato sueño de salud y alegría, más el afán de la señora colocando mechones en puntos estratégicos, me hizo caer en cuenta que el árbol de la existencia de mi amiga estaba llegando a su final. La señora colocó un mechón a la entrada del portillo, otro en la piedra de amolar, otro en el chiquero, otro en el tinajero y otro en el pañol donde unas señoras pilaban afanadas varios “puños” de arroz. Dos señores ensillaron un burro y se fueron a traer agua para llenar los moyos de la cocina, el comedor y la sala. Otros aparecieron con taburetes y banquillos porque el número de personas había crecido.

Todos querían ayudar en algo porque la opinión general era, de que oscurecía, pero no amanecía. De la finca vecina llegó un señor cargado de suero, queso, yuca ñame, plátano y carne salada a fe de contribuir con el peso de la mortuoria.

Las tinieblas se habían apoderado completamente del espacio sideral. Por los lados del chopal y por encima de la casa se dejó escuchar un concierto de silbidos agudos. Los presentes se miraron atemorizados.

__Son las brujas. Tere como que sigue mal. Dijo alguien.

Esto me hizo incorporar inmediatamente. Abriéndome paso entre los presentes, pude llegar hasta la cama de viento donde reposaba la escuálida. Estaba sudorosa y con los ojos cerrados.

__ ¿Eres tú María? Me preguntó sin siquiera abrirlos.

__Si mi bien, soy yo.

__Ya se me hacía raro que no estuvieras aquí ¿Por dónde andabas?

__Estaba en Morrocoy atendiendo el ventorro del viejo Domingo.

__ ¡Ah! ¿Y cómo te fue?

__Bien, muy bien.

__Eso me alegra. Yo por mi parte ya tengo el tiquete del no retorno. Te estaba esperando porque no quería irme sin despedirme de ti. Me voy, te pido que seas feliz y que no sufras por mí. Sigue adelante y no te detengas. Tú sabes que es un camino que todos debemos coger tarde o temprano. Yo más temprano que los demás.

Le sobaba la frente con alhucema, calla, no digas esas cosas. Piensa que te vas a poner muy bien.

__Sí, mejoraré mucho, pero allá en el reverso de la vida. En donde no se sufre ni traiciona; donde no hay venganza, prisa ni tardanza. Allá donde la sonrisa es franca.

Los silbidos no cesaban. El viento tuvo miedo y se escabulló tímidamente. Las gallinas gorjeaban y los perros aullaban con voz lastimera.

Calló por un momento cansada por el esfuerzo hecho al hablar, me pidió agua. Cuando se la traía, se agitó bruscamente sobándose la barriga con ambas manos. Lanzó un grito sobrecogedor y se quedó inmóvil. Todos vimos que de su vientre salió un basilisco verde y baboso que atravesó el cuarto y escapó por la ventana que daba al solar de la Acción Comunal.

Eran las 8:00 pm. Tere había muerto bajo espantoso sufrimiento. La noticia se colocó por el comedor, la sala, el patio y se regó por los campos circunvecinos.

Al día siguiente a la hora del entierro, toda la comarca estaba presente. En la mitad del trayecto, rumbo al panteón, ubicado en las afueras del caserío, los cargadores comentaban que el cajón había perdido peso.

Acordamos hacer un alto. Destapamos el ataúd. El espanto fue grande. La piel de Tere estaba arrugada, pegada a los huesos, estaba flaca, con el pelo totalmente canoso, lo que si no se desdibujó fue la sonrisa de inocente víctima, que desde anoche se había dibujado en ella.

Autor: Jairo Sánchez Hoyos.




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