Cooperative research centres in andalusia and the basque country



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LOS CENTROS DE INVESTIGACIÓN COOPERATIVA EN ANDALUCÍA Y EL PAÍS VASCO

COOPERATIVE RESEARCH CENTRES IN ANDALUSIA AND THE BASQUE COUNTRY

SANDRO GIACHI

+34 957240430, sgiachi@iesa.csic.es

Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Córdoba, España

Presentado al VI Congreso Andaluz de Sociología

Cádiz, 29-30 de noviembre 2012
Grupo de trabajo: “Sociedad de la información, nuevas tecnologías y medios de comunicación”


RESUMEN

El estudio se centra en un nuevo tipo de organización de I+D que se ha difundido en regiones españolas como Andalucía y el País Vasco: los centros de investigación cooperativa (CIC). El objetivo es averiguar si estos centros representan una innovación en el campo organizativo de la I+D. La idea que sustenta el análisis es que los CIC son organizaciones: a) constituidas por una red inter-organizativa de relaciones, en la cual colaboran activamente universidades, empresas y organismos públicos; y b) ubicadas en la frontera entre diferentes dominios institucionales. Analizando datos cuantitativos obtenidos a través de una revisión documental y de páginas web, se observa que los CIC son organizaciones que han aparecido en tiempos bastante recientes y que poseen principalmente la forma jurídica de fundaciones o asociaciones sin ánimo de lucro. Además, se registra una elevada participación en los centros de varios tipos de instituciones, aunque existan algunas diferencias debidas a las características del contexto regional. La conclusión es que estos centros parecen poseer unas características novedosas y que por lo tanto podrían constituir una innovación organizativa capaz de fomentar la comunicación entre ciencia e industria.



PALABRAS CLAVE

Cooperación Público-Privada; I+D; Innovación; Sociedad Red; Triple Hélice



ABSTRACT

The study refers to a new type of R&D organization that emerged in certain Spanish regions such as Andalusia and the Basque Country: cooperative research centres (CRC). Our aim is to understand if these centres are an innovation in the R&D organizational field. Our main idea is that CRCs are organizations that: a) are formed by an inter-organizational network of relationships; and b) are positioned at the boundary between diverse institutional domains. Analysing quantitative data obtained through a review of institutional reports and web pages, we observe that CRCs are organizations that have emerged recently and they have the legal form of foundations or not-for-profit associations. In addition, we find a high participation of a diversified set of institutions, in spite of the existence of differences depending on the peculiarities of the regional framework. We conclude maintaining that this type of centre seems to have innovative features; then, CRCs could be considered an organizational innovation useful to foster communication between science and industry.

KEYWORDS

Innovation; Network Society; Public-Private Cooperation; R&D; Triple Helix

1. INTRODUCCIÓN1

La innovación está adquiriendo un papel cada vez más importante para poder competir en los mercados nacionales e internacionales y como motor de desarrollo socioeconómico (Verspagen 2007). En este sentido se entiende el creciente protagonismo que están asumiendo políticas y programas para la innovación, tanto a nivel nacional como regional. Al respecto, es reconocido el papel que juegan las actividades de I+D para fomentar la innovación en las economías más avanzadas. De todas formas, las empresas y otros actores económicos y sociales pueden utilizar diferentes estrategias para captar nuevos conocimientos fundamentados en los resultados de la investigación científica. Las investigaciones que siguen el paradigma de la “innovación abierta” (Chesbrough 2006) destacan que hoy en día las empresas siguen diferentes estrategias para mejorar su capacidad innovadora, por ejemplo buscando nuevas fuentes de conocimiento a través de las relaciones que establecen con otras instituciones. Dichas estrategias favorecerían la “fertilización cruzada” de ideas (Kanter 1988) y la adopción de perspectivas innovadoras. En este escenario, la colaboración entre instituciones científicas y económicas jugaría un papel fundamental para que los resultados de la I+D puedan ser trasferidos con éxito a la industria y más en general a la sociedad, produciendo avances que puedan generar desarrollo económico y social y mejorando la competitividad de las empresas.

Los tipos de vínculos que pueden existir entre actores científicos y económicos son muy variados. No obstante, se reconoce que los vínculos con más alta intensidad relacional son aquellos más eficaces para que la colaboración tenga éxito; ejemplos de este tipo son dados por las actividades de consultoría universidad-empresa, las alianzas tecnológicas y las organizaciones híbridas (Perkmann y Walsh 2007). El presente trabajo se centra sobre esta última categoría, en particular, sobre aquellos centros híbridos de investigación que surgen a través de la colaboración entre el sector público y privado. Este tipo de centro de I+D se ha difundido en las últimas décadas en varios sistemas nacionales de innovación, especialmente en los países anglosajones, como un nuevo tipo de organización científica cuyo objetivo es realizar investigación aplicada que tenga relevancia para la industria y la sociedad (Arnold, Deuten y van Giessel 2004; Bozeman y Boardman 2003). Se denominan aquí estas organizaciones “centros de investigación cooperativa” (CIC), en línea con la terminología utilizada en la bibliografía especializada sobre el tema (Cooperative Research Centres) y con referencia a las experiencias punteras de otros países, por ejemplo Australia (Turpin, Garrett-Jones y Woolley 2011) y EE.UU. (Boardman y Gray 2010).

En España también, aunque en tiempos más recientes, se ha asistido a la aparición de nuevas formas organizativas parecidas a los CIC anglosajones y que, por lo tanto, podrían recibir la misma denominación. Al respecto, experiencias pioneras pueden remontarse hasta los años 60 con la creación de las Asociaciones Industriales para la Investigación, fomentadas por el gobierno central. Estas organizaciones poseían un estatus semi-público, eran gestionadas por agrupaciones empresariales y su objetivo era realizar investigación relevante para el tejido industrial local (Cruz-Castro y Sanz-Menéndez 2007). En los años 80 muchas de estas asociaciones para la investigación se trasformaron en Centros Tecnológicos (CT), especialmente en regiones como el País Vasco, donde los gobiernos regionales asumieron iniciativas orientadas al desarrollo de las empresas locales (Moso y Olazarán 2002). A lo largo de los años 90, sujetos públicos y privados empezaron a participar en la fundación de nuevas estructuras colaborativas para la I+D, como centros de excelencia y redes de colaboración para la innovación, cuyo ritmo de creación aumentó marcadamente en la década del 2000 (Cruz-Castro y Sanz-Menéndez 2007; Fernández-Esquinas y Ramos-Vielba 2011). Esta nueva oleada innovadora afectó sobre todo a regiones que tradicionalmente se habían quedado más al margen de la experiencia de los Centros Tecnológicos, por ejemplo Andalucía.

De todos modos, se sabe aun relativamente poco acerca de las características organizativas de estos nuevos centros de I+D. La mayoría del conocimiento disponible procede de estudios sectoriales o de casos específicos, con una fuerte orientación administrativa o aplicativa. Las pocas investigaciones disponibles que abordan el problema desde una perspectiva general se han centrado sobre todo en los Centros Tecnológicos, analizando por ejemplo las políticas que les afectan (Moso y Olazarán 2002; Sánz-Menéndez y Cruz-Castro 2005), los cambios organizativos debidos a las presiones del entorno (Cruz-Castro et al. 2012) o las ventajas competitivas obtenidas por las empresas a través de la colaboración (Barge-Gil y Modrego-Rico 2009; Olazarán et al. 2009). De todas formas, escasean estudios sistemáticos sobre la totalidad de los centros de investigación cooperativa existentes en España, es decir, que no se limiten solo a los CT. Cabe además preguntarse si las formas organizativas de los CIC españoles presentan algunas semejanzas con las experiencias de otros países y si realmente poseen rasgos innovadores. Esta es una cuestión relevante, dado que el análisis organizativo de las estructuras de colaboración científica y tecnológica es crucial para poder comprender el proceso de innovación (Perkmann y Walsh 2007).

El objetivo de la presente investigación es analizar las características administrativas de los CIC en España, para comprender mejor su naturaleza institucional y averiguar si constituyen una innovación en el campo organizativo de la I+D. Se utilizan algunos enfoques procedentes del campo de los estudios sociales sobre ciencia, tecnología e innovación (Fernández-Esquinas 2012), integrándolas por la dimensión geográfica, es decir, el contexto regional de los centros. Se utilizan como casos de estudio dos CCAA: Andalucía y el País Vasco. Esta decisión se justificaría por el número elevado de CIC existentes en estos territorios, así como por presentar ciertas diferencias históricas en la evolución del sistema de I+D y las políticas de innovación regionales (Ramos Vielba 2011). Estas tendencias podrían tener implicaciones relevantes para comprender la diversidad en las formas administrativas de los centros.

El estudio pretende avanzar en la comprensión de las diferentes formas organizativas existentes y de la estructura de las relaciones de cooperación que tienen lugar en los CIC. Dado el carácter exploratorio del estudio, no se pretende generalizar los resultados al entero sistema español, aunque sí se espera poder obtener algunas implicaciones para poder formular hipótesis más acertadas acerca de los CIC existentes en España. Se espera también que los resultados del estudio tengan relevancia para contribuir al debate internacional sobre los CIC y la construcción de una tipología de formas organizativas de este tipo de centros gracias a la investigación comparada.

El artículo está estructurado de la siguiente manera: en primer lugar, se define el concepto de centro de investigación cooperativa y se exponen algunas aportaciones útiles para comprender la naturaleza organizativa de los CIC, como las tendencias de cambio organizativo propias de la Sociedad Red, el modelo Triple Hélice de relaciones y el concepto de organización “de frontera” (boundary organization). A continuación, se detallan las características de los dos contextos regionales analizados, el proceso de construcción del fichero de datos cuantitativos a partir de una revisión documental y de páginas web, las técnicas y las variables empleadas en el análisis. Luego se presentan los resultados del análisis empírico y se ofrece una interpretación teórica de los hallazgos, sugiriendo finalmente algunas líneas, teóricas y metodológicas, para investigaciones futuras.



2. MARCO TEÓRICO

Definición de CIC

No es fácil encontrar una definición teoréticamente fundada de centro de investigación cooperativa (CIC), dado que, en general, los estudios disponibles hacen referencia a las definiciones utilizadas en las evaluaciones de programas específicos. Como señalado anteriormente, faltan estudios sistemáticos que comparen las experiencias de diferentes países o de diferentes programas dentro del mismo país, aunque existan algunas excepciones (Boardman y Gray 2012; Turpin y Fernández-Esquinas 2011). No existe una definición universalmente aceptada y que pretenda abarcar las experiencias de diferentes países, a la luz de un marco teórico concreto.

La definición que se utiliza en el presente trabajo hace referencia a un artículo publicado en un reciente monográfico sobre CIC (Boardman y Gray 2010), donde los autores, revisando el conocimiento acumulado en las últimas tres décadas, identifican tres dimensiones relevantes: la estructuración, las actividades y los objetivos de la organización. La definición de CIC que proponen es la siguiente:

“an organization or unit within a larger organization that performs research and also has an explicit mission (and related activities) to promote, directly or indirectly, cross-sector collaboration, knowledge and technology transfer, and ultimately innovation” (Boardman y Gray 2010: 450).

Por lo tanto, para que una organización reciba la denominación de CIC sería necesario que: a) posea una estructura organizativa claramente definida; b) realice actividades de I+D y c) tenga como objetivo explicito fomentar la colaboración entre diferentes sectores. Así entendidos, los CIC se podrían diferenciar de otras organizaciones como las redes de colaboración entre científicos individuales (no poseen una estructura formal), los organismos de interfaz universidad-empresa como las OTRIS (no hacen investigación) o los departamentos universitarios o empresariales de I+D (no tienen como objetivo explicito la colaboración). En la presente investigación, la atención se concentra sobre la primera y la tercera dimensión constitutiva de un CIC, es decir, la estructura organizativa y los patrones de colaboración. Al respecto, cabe formular las siguientes preguntas:


  • ¿Qué formas organizativas asumen los CIC?

  • ¿Qué tipos de actores participan en los CIC?

  • ¿Con qué intensidad?

A estas preguntas se intentará dar respuesta respectivamente en los apartados que siguen.

Innovación organizativa en la Sociedad Red

Un buen punto de vista para analizar la organización de los CIC es dado por las tendencias de cambio organizativo que caracterizarían la época del “Capitalismo Informacional”, dentro de aquella que se ha definido como la “Sociedad Red” (Castells, 1996). La organización característica dentro de este paradigma sería la “Empresa red”, definida de la siguiente manera:

“aquella forma específica de empresa cuyo sistema de medios está constituido por la intersección de segmentos autónomos de sistemas de fines” y donde, por lo tanto, “los componentes de la red son tanto autónomos como dependientes frente a ella y pueden ser partes de otras redes y, por ello, de otros sistemas de recursos dirigidos a otros objetivos” (Castells 1996:199).

En este sentido, la organización se puede representar como una red y al mismo tiempo, como parte una de red de organizaciones. No obstante, la empresa red no se encuentra totalmente diluida en un entramado de relaciones externas: la dimensión formal de la organización sigue existiendo y cobrando cierta relevancia. Como se ha afirmado: “redes y jerarquías no son elementos contradictorios, sino complementarios” (Requena Santos 2008:106). La organización es red y parte de otras redes al mismo tiempo, aunque sea una entidad separable del entorno y del entramado de relaciones que la conforman.

Este nuevo paradigma organizativo podría tener relevancia para el caso de los CIC. Se ha señalado por ejemplo que las organizaciones científicas no han sido ajenas a las transformaciones propias de la sociedad de las redes (Cumming y Kiesler 2011). En segundo lugar, las experiencias de otros países han destacado que los CIC suelen estar participados por diferentes tipos de organizaciones, por ejemplo empresas, asociaciones industriales o universidades (Arnold, Deuten y van Giessel 2004). Por lo tanto, se podría ver un CIC como una organización formada por una doble red de relaciones, es decir, una estructura de relaciones internas entre trabajadores e investigadores, inserta a su vez en un más amplio retículo de relaciones inter-organizativas, que van desde las colaboraciones entre científicos individuales hasta las relaciones formales de co-participación de empresas o instituciones en el centro. Cabe decir además que en algunos casos los CIC son “organizaciones virtuales”: redes que conectan diferentes organizaciones alrededor de una estructura formal que funciona como soporte.

Si los CIC fuesen organizaciones en red, sería de esperarse que sus estructuras organizativas sean mucho más flexibles y adaptables que las jerarquías habituales (Castells, 1996: 200). La organización en red facilitaría la comunicación y la división del trabajo entre organizaciones diferentes por cultura organizativa, estrategias, reparto del poder, etc., gracias a su mejor capacidad de gestionar los flujos de información. Sería de esperarse además que la organización de los CIC se aleje de las formas jerárquicas que caracterizan a las empresas tradicionales o las administraciones públicas. Finalmente, otra importante implicación tiene que ver con la capacidad de innovar. Se ha afirmado que “las redes, mucho mejor que las jerarquías, presentan siempre distintos caminos de acceso a los recursos escasos […] los equipos heterogéneos son más innovadores, una vez que se han disuelto las fricciones de las diferencias” (Requena Santos 2008:102-106). Las redes de colaboración que se forman entre actores que proceden de entornos sociales e institucionales diferentes son particularmente aptas para la generación de nuevos conocimientos (Edge 1977; Powell et al. 1996). Por lo tanto, sería de esperarse que los CIC tengan una capacidad innovadora superior en comparación con organizaciones análogas. No obstante, se requiere cierto equilibrio entre diversidad y homogeneidad dentro de la red para que el intercambio y las relaciones entre las varias partes puedan tener un efecto positivo sobre la innovación. Este equilibrio puede ser garantizado por ejemplo a través de una estructura capaz de generar capital social y por ende un cierto nivel de cohesión, aunque manteniendo las diferencias y los confines entre organizaciones (Karamanos 2012). Los CIC, en función de las características que los definen, podrían garantizar dicho equilibrio, gracias a su dúplice naturaleza dada por la organización reticular y la existencia de una estructura formal. Es en este sentido que se afirma que los CIC podrían constituir una innovación organizativa en el campo de la I+D, dado que permitirían recombinar recursos organizativos o humanos de una forma novedosa y eficaz, a través de un sistema más eficiente de división del trabajo en la organización (Hage 1999).



El modelo Triple Hélice y las organizaciones de frontera

Una vez asumida la naturaleza dúplice y reticular de los centros de investigación cooperativa, hace falta identificar algunas dimensiones que permitan arrojar luz acerca de la estructura de relaciones de colaboración. El debate internacional destaca que existe cierta variedad en las formas organizativas de los CIC (Boardman y Gray 2010; 2012). Empezando por las características más generales, se observa que en la mayoría de los casos las organizaciones implicadas en la colaboración son la administración pública, las universidades y las empresas privadas. Esto es coherente con las proposiciones del modelo Triple Hélice (TH) de relaciones (Etzkowitz 2002; Eztkowitz y Leydesdorff 2000; Leydesdorff y Meyer 2003). Según este modelo, la dinámica de la innovación en la sociedad de la información se fundamentaría en las interacciones entre el Gobierno, la Universidad y la Industria, a través de un proceso sistémico de intercambio de conocimiento y recursos. Las relaciones que se establecen entre los actores posicionados en las diferentes “hélices” activarían procesos de aprendizaje interactivo que facilitarían la innovación (Etzkowitz y Leydesdorff 2000).

Dentro de la perspectiva TH, uno de los principales obstáculos para la innovación descansaría en la capacidad de hacer funcionar la comunicación entre las instituciones. Una posible solución puede ser la creación de organizaciones que actúen como intermediarios y faciliten las conexiones entre las tres hélices. No obstante, la mayoría de las investigaciones dentro de esta corriente de estudios se ha centrado en el nivel sistémico de las interacciones entre instituciones y en las tendencias históricas del cambio (González de la Fe 2009) y solo más recientemente se ha mostrado interés en investigar la existencia de auténticas organizaciones del tipo Triple Hélice (Bressers 2012; Fernández-Esquinas, Giachi y Pérez-Yruela 2012; Gray et al. 2011). En general, se ha destacado la relevancia de organizaciones que traspasan los sectores institucionales para fomentar la innovación a nivel regional, gracias a su capacidad de movilizar recursos y asignarlos a actividades relevantes para las exigencias del tejido productivo local (Etzkowitz y Klofstein 2005; Trigilia 2007).

Una organización TH estaría ubicada en el límite entre los confines institucionales tradicionales que separan los dominios del Gobierno, la Universidad y la Industria, y se relacionaría con cada uno de ellos. Pero, ¿qué características definirían este tipo de organización? Desde la sociología de la ciencia se ha desarrollado un concepto útil al respecto, el de “organización de frontera” (boundary organization). Esta se define como una estrategia organizativa para solucionar los problemas de estabilidad y comunicación entre entornos sociales o instituciones diferentes (Guston 1999; 2001). Una organización de frontera es un lugar de producción simultánea de conocimiento y orden social, aunando intereses convergentes (Latour 1987). Una característica importante es que el éxito de la organización está determinado por las decisiones de los actores que están situados en ambos lados de la frontera y que participan en la colaboración; a su vez, estos últimos dependen de ella para adquirir determinados tipos de recursos (Guston 2001). Por lo tanto, el éxito de una organización de frontera dependerá de su capacidad de saber satisfacer a sus socios al mismo tiempo en que resiste a las presiones externas. Es evidente también que la existencia de una estructura estable es un factor clave para que la organización pueda mantener cierta independencia frente a los socios. De todos modos, las organizaciones “de frontera” lograrían estabilidad no del aislamiento, sino más bien dependiendo de criterios de autoridad y evaluación externos. Por ejemplo, algunos estudios señalan que la incorporación de representantes de organizaciones externas en la propia estructura de decisión constituiría una estrategia de cohesión (Guston 2001).

Ahora, se ha destacado que los CIC son un ejemplo de interfaz inteligente construida por actores públicos, académicos y privados; las relaciones entre ellos pueden ser vistas como un “juego” donde la tensión entre la competición y la colaboración se resuelve con una estrategia de gestión que busque el equilibrio entre los beneficios obtenidos por los jugadores e incorporando activamente los actores institucionales en la estructura de decisión de la organización (Carayannis y Alexander 1999). Por lo tanto, el concepto de organización de frontera, ampliado desde la perspectiva Triple Hélice, parece adecuado para describir la naturaleza organizativa de los CIC. Esta definición además presenta cierto parecido con la de organización en red, dado que se puede asumir que el sistema de medios de la organización TH está constituido por una intersección de segmentos autónomos de sistemas de fines, es decir, aquellos de las organizaciones que participan en la colaboración. La frontera sería la intersección entre los susodichos segmentos autónomos, o las hélices del modelo TH.

3. EL SISTEMA DE INNOVACIÓN EN ANDALUCÍA Y EL PAÍS VASCO

El estudio se concentra sobre los CIC existentes en dos CCAA: Andalucía y el País Vasco. Se han elegido estas regiones, entre otros motivos, por las peculiaridades de sus respectivos sistemas regionales de innovación. Concretamente, se trata de dos CCAA que poseen un peso relevante según una serie de indicadores socioeconómicos, como población, PIB, etc. Además, ambas regiones han sido objeto de políticas regionales de I+D de cierta relevancia, que han tenido un impacto en la formación y el desarrollo de un sistema regional de innovación. Finalmente, la revisión de la documentación institucional acerca de las nuevas formas de I+D colaborativa indica la existencia de una población de CIC bastante numerosa y variada. De todos modos, las características del contexto en Andalucía y el País Vasco parecen también presentar una serie de diferencias y singularidades, que es oportuno considerar para el estudio de los CIC como organizaciones.

En primer lugar, desde la perspectiva macroeconómica, el sistema vasco de innovación, en comparación con el andaluz, posee ventajas significativas en las siguientes dimensiones económicas (Buesa et al. 2002):


  • Proyección externa (volumen de exportaciones, número de patentes europeas y capacidad de captar financiación de convocatorias nacionales e internacionales)

  • Porcentaje de trabajadores empleados en I+D

  • Gasto regional y capital-riesgo invertido en I+D

Otra diferencia relevante tiene que ver con la composición del sistema productivo. Mientras que en el País Vasco es fuerte el peso del sector industrial y de las empresas tecnológicas, la economía andaluza presenta una fuerte dependencia de servicios poco intensivos en conocimiento (Ramos Vielba 2011).

Centrando la atención sobre los agentes del sistema, se observa que en Andalucía las universidades suelen tener un peso considerable, mientras que en el País Vasco son más frecuentes sujetos privados (Sanz-Menéndez y Cruz-Castro 2005). De hecho, en Andalucía existen diez universidades públicas (aunque la mitad de ellas es de reciente creación), 37 Organismos Públicos de Investigación (entre centros del CSIC, centros mixtos, convenios con universidades, etc.) y varias organizaciones impulsadas desde la AAPP regional, como los Centros de Innovación y Tecnología y los Parques Tecnológicos (Merchán y Fernández-Esquinas 2011). En cambio, en el País Vasco las universidades son apenas tres (dos de las cuales privadas) y escasean los institutos del CSIC, como consecuencia de las políticas científicas de la época de la dictadura. En cambio es fundamental el papel jugado por los Centros Tecnológicos, que constituyen la principal herramienta de política tecnológica del gobierno vasco, junto con las unidades empresariales de I+D y los clústeres de la innovación (Moso y Olazarán 2002)

En tercer lugar, con arreglo a las políticas públicas, Andalucía destaca por ser una de las primeras comunidades (en 1984) en dotarse de un plan regional de ciencia, tecnología e innovación (CTI). No obstante, sus políticas han reflejado principalmente los intereses de la comunidad académica; los primeros intentos, frustrados, de fomentar la innovación empresarial en el territorio tuvieron lugar solo a partir de 1994 (Romero, Cruz y Sanz-Menéndez 2003). En el caso vasco, los planes de I+D han tenido una fuerte orientación hacia el desarrollo tecnológico y la innovación empresarial. El gobierno vasco adoptó un modelo de desarrollo basado en los clústeres de la innovación, fomentando las conexiones entre los centros privados de I+D y las PYMES locales (Moso y Olazarán 2002). Aunque exista una diferencia el mayor énfasis dado al sector académico y el industrial, en ambas regiones el gobierno autonómico ha jugado un papel fundamental para construir y desarrollar el sistema regional de innovación (Ramos Vielba 2011). En el lenguaje del modelo Triple Hélice, se podría decir que la innovación ha sido promovida por las hélices Estado-Universidad, en el caso andaluz, y por las hélices Estado-Industria, en el caso vasco.

Es oportuno también describir los cambios ocurridos en tiempos más recientes y que tienen relevancia para ubicar los CIC en su contexto. Como se ha visto, en Andalucía los intereses de los agentes privados de I+D han estado escasamente movilizados, por culpa entre otras cosas de la debilidad del tejido asociativo empresarial (Ramos-Vielba 2011). Esto se ha reflejado en que normalmente el gobierno regional ha promovido la creación de nuevos centros de I+D a través de la colaboración con universidades u OPIS. No obstante, en los últimos años se ha asistido a un intento de fomentar la implicación del sector privado. Por ejemplo, el Plan de Innovación y Modernización (PIMA) del 2006 asume el objetivo explicito de fomentar la cooperación y la construcción de redes institucionales para fortalecer la cultura de la innovación en Andalucía. Otro ejemplo de esta nueva tendencia es la creación en 2005 de la Corporación Tecnológica de Andalucía (CTA), una fundación sin ánimo de lucro con financiación público-privada (50-50%) que tiene el objetivo de financiar proyectos empresariales de I+D realizados en colaboración con grupos de investigación universitarios (Fernández-Esquinas, Giachi y Pérez-Yruela 2012). La creación de organismos de este tipo responde a una tendencia de emprendimiento institucional que ha caracterizado la Junta de Andalucía en esta última década.

También el gobierno vasco ha apostado para políticas más innovadoras, centrándose bien en crear demanda tecnológica, bien en mejorar las capacidades de I+D de las universidades (Sanz-Menéndez y Cruz-Castro 2005). El Plan de Competitividad Empresarial e Innovación Social 2006-2009 tuvo como objetivo la creación de agentes intermediarios entre el mundo científico y empresarial y de redes de innovación. Una iniciativa importante en el marco de este plan fue el programa Centros de Investigación Cooperativa (CIC)2, cuyo objetivo es la creación de una red de centros de I+D que tengan un equilibrio entre el objetivo de la excelencia científica y la explotación comercial de los resultados. La misión de los CIC vascos es desarrollar investigación básica y aplicada en las tecnologías y los sectores prioritarios de la región, facilitando una rápida generación de conocimiento. Poseen una estructura autónoma, flexible y que puede asumir la forma de una organización virtual en red. Otra iniciativa relevante, lanzada con el Plan CTI 2010, es la creación de los Basque Excellence Research Center (BERC), definidos como “centros de generación de conocimiento en ámbitos de interés científico para el País Vasco”. En general, se trata de estructuras creadas en colaboración con grupos de investigación de referencia internacional de la Universidad del País Vasco (EHU), y tienen entre sus objetivos realizar investigación científica de calidad y atraer personal investigador desde el exterior. Finalmente, cabe destacar entre las tendencias más recientes la consolidación de las grandes corporaciones tecnológicas vascas: TECNALIA e IK4. Estas organizaciones derivan de la progresiva agrupación de los CT existentes en el País Vasco. Tecnalia está formada por Tecnalia Research & Innovation, la Fundación Azti y el centro Neiker, con una plantilla total de más de 1.950 personas y una facturación aproximada de 160 millones de euros. En particular, Tecnalia Research & Innovation es el primer centro privado de I+D en España y el quinto de Europa3. IK4 Research Alliance está formada por nueve CT: Azterlan, Ceit, Cidetec, Gaiker, Ideko, Ikerlan, Lortek, Tekniker y Vicomtech, por un total de 1.300 trabajadores en plantilla, de los que un 20% son doctores4. Ambas corporaciones, aunque privadas, están vinculadas también al sector público y las universidades.

De la comparación entre los sistemas andaluz y vasco de innovación, se pueden derivar una serie de consideraciones relevantes para el estudio de los CIC en estas regiones. En primer lugar, el tejido empresarial vasco es más amplio y conectado en comparación con el andaluz, así como más orientado hacia la aplicación industrial de los resultados de la I+D. En segundo lugar, se observa un peso diferente del sector público y el privado: mientras que en Andalucía gran parte de la I+D es realizada por universidades y OPIS, en el País Vasco juegan un papel fundamental las empresas privadas u organismos de I+D más cercanos al sector industrial, como los CT. Estos factores podrían implicar una mayor implicación del sector industrial en los CIC vascos y una mayor participación de universidades y OPIS en los CIC andaluces. En tercer lugar, se observa en ambas CCAA una implicación importante del gobierno regional en fomentar la innovación, aunque con razones y orientaciones diferentes. Esto podría implicar una participación considerable y constante de la AAPP en los centros de investigación cooperativa. En cuarto lugar, observando la evolución histórica de los dos sistemas regionales de innovación se nota que las iniciativas del gobierno vasco para conectar los diferentes agentes del sistema de I+D son más antiguas que las del gobierno andaluz. Por lo tanto, sería de esperarse que los CIC vascos sean más antiguos, aunque pueda haber excepciones, especialmente en el caso de centros andaluces que tenga una fuerte relación con la universidad. En quinto y último lugar, mientras que en el País Vasco se observa la existencia de programas específicamente orientados para la creación de nuevos centros de I+D o de redes inter-organizativas de cooperación, este propósito es casi ausente en las políticas andaluzas. Por lo tanto, cabría esperar más homogeneidad en la organización de los centros en el País Vasco que en Andalucía.




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