Composición en blanco y negro. Bosquejo I joan Guerrero visto por Jesús Martínez El viento



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Composición en blanco y negro. Bosquejo I

Joan Guerrero visto por Jesús Martínez
El viento

Se enrosca. Se hace un ovillo. Se estira como un chicle. Se hincha y se enfada y patalea. El viento de levante se rasura la barba de nubes en Tarifa. Azota Tarifa y la vuelve loca, algo que ya recogió en su obra el periodista Luis Benvenuty (Mudanzas y Ojalá te suba todo). El viento te pregunta: “Y ¿tú quién eres?”. Y si no sabes la respuesta, te deprimes. Ese es el viento seco que sopla en la cabeza del fotógrafo Joan Guerrero (Tarifa, Cádiz, 1940), que ya contó su vida en el documental La caja de cerillas (David Airob). Y repitió el 14 de febrero en la Biblioteca del Vapor Vell.

“Yo nací en la Tarifa del viento, el viento aquel de mi niñez que entre los cables hacía zzzzzz y que era como una canción de cuna”, silba Joan Guerrero, que se hace llamar “el viejo guerrero”. Con un bigote de pintor de buhardillas en el París decimonónico; con los dedos lentos de las leicas; con la planta de un Georges Clemenceau que ha corregido su chulería, su soberbia y su autoestima, y que se ha dado cuenta de que solo aprendiendo de los demás se llega a saber realmente quién es uno. Así es como Joan Guerrero se deja ver cuando viaja a países tan lejanos como Trinitat Vella, El Fondo y Esplugues de Llobregat. La periferia. Igual que Paco Candel, Josep Maria Huertas Clavería y Joan Colom, con quienes ha tratado.

Guerrero, el viejo guerrero, comenzó su intervención con una lanzada de honda: “¿De qué me viene a mí la pasión por la fotografía? De las playas, de una cajita de cerillas con la que hice una foto muy ingenua, y por eso es quizá una de mis mejores fotos. Hice esa foto en la playa, en los años cuarenta, en aquellos años de hambre, de miseria, de viento…”.

En los sesenta, Joan Guerrero emigró a Catalunya. Se instaló en Santa Coloma de Gramenet, localidad que define como “el milagro sublime”. “Me enseñaron la lucha y lo que era la solidaridad”, cavila, y más que cavilar, asimila, y por ello echa la vista atrás y se esconde de una “belleza agridulce” que no le sirve para nada si no va pareja a la vida de los otros.

“Una vez me dijeron: ‘Primero el hombre y luego el poeta’. Y me dio que pensar. Es verdad. Primero el hombre, la persona, y luego el fotógrafo; primero el hombre y luego el político; primero el hombre…”, cuenta. De ahí que declare que el arte por el arte no le interese para nada si no va ligado a un objetivo claro que ataña al ser humano. El poeta preferido de Joan Guerrero es Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno” (“Retrato”).

Guerrero, medalla de oro al mérito artístico (2009), teoriza sobre la fotografía, que la relaciona con los cazadores y los pescadores: “Hay dos maneras de hacer fotografía: como cazador y como pescador. Ir a la foto o esperar y tener paciencia. Los jóvenes de hoy corren mucho, y es bueno, pero para hacer fotos también hay que tener paciencia”.

De ese fuego lento nace Milagro en Barcelona (Ariel), con textos de Javier Pérez Andújar.

“La universidad de la fotografía es la calle”, refleja este profesional enamorado del cine neorrealista italiano (Ladrón de bicicletas; Milagro en Milán; Roma, ciudad abierta), envuelto en papel baritado.

Es uno más de la calle. Le gustan los blancos blancos y los negros muerte (su luz, la foto de W. Eugene Smith titulada Tomoko en el baño). Dispara con objetivo de 50 milímetros.

Sopla el mistral. Podría ser el levante. Tanto da.

“Y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.”



En la Biblia, el viento es el espíritu.

Jesús Martínez

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