Colección testigos de la tradicion



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LA VIDA SIMPLE DE RENÉ GUÉNON
Paul Chacornac


ÍNDICE

PRÓLOGO 3

CAPÍTULO I AÑOS DE INFANCIA Y DE ADOLESCENCIA 7

CAPÍTULO II EN BUSCA DE “LA PALABRA PERDIDA” 14

CAPÍTULO III “EX ORIENTE LUX” 19

CAPÍTULO IV PRIMEROS COMBATES 29

CAPÍTULO V MEDITACIÓN SILENCIOSA 33

CAPÍTULO VI LAS LLAMADAS DE ORIENTE 35

CAPÍTULO VII REBELIÓN CONTRA EL MUNDO MODERNO 51

CAPÍTULO VIII EN EL PAIS DE LA ESFINGE 60

CAPÍTULO IX EL ANUNCIADOR 68

CAPÍTULO X EL “SERVIDOR DEL ÚNICO” 75

CAPÍTULO XI DESPUÉS DE LA PARTIDA DEL SEMBRADOR 80
PRÓLOGO
Vamos a hablar de un hombre extraordinario en el sentido más estricto de la palabra. Pues no es posible definirlo ni “clasificarlo”.

Aunque no fue un orientalista, nadie mejor que él conocía el Oriente. No fue un historiador de religiones, aunque supo, más que nadie, hacer salir a la luz el fondo que todas tienen en común y la diferencia de sus perspectivas. Tampoco fue un sociólogo, aunque nadie analizó con más profundidad las causas y los males que padece hoy día la sociedad moderna y por las cuales perecerá sin duda, si no se aplican los remedios que él indicó. No fue un poeta, aunque un adversario suyo reconoció que su obra era como un encantamiento capaz de satisfacer la imaginación más exigente. No fue un ocultista, aunque abordara temas que antes que él se englobaban bajo la denominación de ocultismo. Y sobre todo no era un filósofo, a pesar de haber enseñado filosofía y haber sabido demostrar la inanidad de los sistemas filosóficos cuando los encontró en su camino.

Se podría decir que fue un metafísico. Pero la metafísica que él exponía tenía muy poco que ver con la de los manuales, así es que no podemos calificarlo como tal, sin provocar un grave malentendido.

A parte de esto, él mismo escribió que no podía aplicársele ninguna de las etiquetas habituales en el mundo occidental.

Este hombre extraordinario por su inteligencia y su saber fue, durante toda su vida, un hombre oscuro. Jamás ocupó un puesto oficial; sus obras no conocieron nunca las grandes tiradas editoriales y tampoco figuraron en las revistas importantes. A veces se ha dicho que a su alrededor se hizo la conspiración del silencio. Quizá. De todos modos él nunca hizo nada para romperla y ciertamente no le disgustaba.

Entendámonos, su obra suscitó enseguida la admiración ferviente y la adhesión de ciertos espíritus cansados de los mediocres alimentos intelectuales que ofrecía el mundo moderno y que esperaban impacientes, un mes tras otro, tomas de posición y precisiones doctrinales respecto de las diversas corrientes de pensamiento. Estos lectores nunca alcanzaron el millar, repartidos por todo el mundo. Pero en la noche del 9 de enero de 1951, la radiodifusión francesa anunciaba la muerte de René Guénon, acaecida la ante víspera. En la prensa diaria y semanal así como en las más importantes revistas, aparecieron artículos que comentaron la personalidad y la obra del hombre que no había conocido más que el silencio. Nos ha parecido que esta brusca salida a escena, hacía necesaria esta obra.

Casi nos sentimos tentados de excusarnos por haberla emprendido, pues una biografía de René Guénon puede, con razón, sorprender a sus lectores habituales y a los amigos que le conocieron.

En efecto René Guénon dijo muchas veces que en el ámbito tradicional, el único que tenía importancia a sus ojos, las individualidades no contaban.

Pero nada podemos contra el hecho de que en el mundo en que vivimos, a falta de poder escribir la historia, se construyan leyendas con intenciones que pueden ser muy diferentes a la realidad y hasta opuestas.

Por lo que hemos creído obrar en nombre de la verdad, aunque de manera harto modesta, estableciendo o restableciendo hechos que se refieren a la obra de René Guénon. Será en el mundo de los hechos reales en el que nos mantendremos. Es decir, que no se encontrará aquí un “psicoanálisis de René Guénon” como se suele decir hoy día. Explicar una obra literaria o filosófica, a través de un temperamento o un carácter, sin duda podrá a veces justificarse. No sería serio en una obra tan desindividualizada como es la de Guénon; ante un hombre que se negaba a tener una ideología personal y que jamás reivindicó otro mérito que el de ser el portavoz discreto y concienzudo de una tradición inmemorial que trasciende todo pensamiento y todo sentimiento humanos.

Lo que, sin duda, es más extraordinario en René Guénon, es la desaparición total de su individualidad ante la doctrina que formula.

Hemos recogido un cierto número de hechos, de textos impresos, de correspondencias privadas, de testimonios directos de personas que conocieron a Guénon. Muchos otros se nos han escapado y algunos entre los más importantes se escaparán para siempre de la investigación del historiador.

No hemos intentado disimular estas lagunas; cuando no hemos sabido algo lo hemos dicho y cuando nos parecía que podíamos formular una hipótesis la hemos presentado como tal.

También hay en nuestro trabajo lagunas voluntarias pero se convendrá y se comprenderá que no puede ser de otra manera cuando se escribe sobre una época tan cercana a los acontecimientos que se relatan. No podíamos citar a terceras personas sin su autorización y no podía ni siquiera plantearse el pedirla.

Sobre todo en el período del comienzo de 1929 hasta el final de ese año, se podría haber dicho más de lo que se ha dicho, sobre todo en lo que se refiere a las esperanzas y decepciones vividas por Guénon relativas a ciertas prolongaciones de su obra. Pero no hubiera sido nada agradable para algunas personas y ciertamente Guénon no lo hubiera deseado. Incluso en el terreno de los hechos, hay omisiones de las cuales no nos decidiremos a hablar a menos que nos obliguen manifestaciones importantes.

Debemos abordar ahora una cuestión personal. Nos excusamos por ello, pero no vemos el modo de evitarlo.

Quizás algunas personas no hayan olvidado que publicamos en 1926 un libro titulado “Eliphas Levi”, renovador del ocultismo y podrían extrañarse que hagamos hoy la biografía de René Guénon, el cual en un momento dado había proyectado escribir; “Un Erreur Occultiste” como continuación a sus obras de crítica; “Le Theosofisme” y “L’Erreur Spirite”. No sentimos ningún escrúpulo al reconocer que si seguimos encontrando atractiva la figura de Eliphas Levi, no por ello volveríamos a escribir nuestro libro de la misma manera… Si Dios nos da vida publicaremos una nueva edición, trayendo a colación las puestas a punto necesarias.

¿Quién podría asombrarse de esto?, pues, ¿de qué serviría vivir y envejecer si no se aprendiera nada? Nosotros creemos haber aprendido un poco desde un tercio de siglo… gracias a Guénon hemos revisado muchas cosas.

Nos parece sin embargo que los admiradores de Guénon y sobre todo los más jóvenes son a veces un poco demasiado severos con todo lo que le precedió; nos parece que olvidan lo difícil que era en el Occidente moderno, antes de Guénon, adquirir nociones exactas sobre el esoterismo, la iniciación y las ciencias tradicionales; nos parece que olvidan también cuántos esfuerzos debieron hacer y cuántas inquietudes pasaron, los que en la mitad del siglo XIX tuvieron un presentimiento de un más allá del exoterismo.

En un artículo reciente sobre “Les idées traditionelles au temps des grandes illusions”, Mme. Marie-Paule Bernard recordaba oportunamente; “Con la introducción del Dogme et Rituel de la Haute Magie de Eliphas Levi, en 1861, que bajo el nombre de “filosofía oculta” se reafirmaba la unidad fundamental de las tradiciones, simultáneamente aparece entonces la concepción de esoterismo en sus dos aspectos de iniciación sacerdotal y de iniciación real.

“A través del velo de todas las alegorías hieráticas y misteriosas de los antiguos dogmas, a través de las tinieblas y las extrañas pruebas por las que había que pasar en todas las iniciaciones antiguas, bajo el sello de todas las escrituras sagradas, en las ruinas de Nínive y de Tebas, bajo las desgastadas piedras de los antiguos templos y en el rostro ennegrecido de las esfinges de Asiria o de Egipto, en las pinturas maravillosas o monstruosas que explican a los creyentes de la India las páginas sagradas de los Vedas, en los extraños emblemas de nuestros viejos libros de alquimia, durante las ceremonias de recepción que se practican en todas las sociedades misteriosas, se encuentran por todas partes las mismas huellas y en todas partes están cuidadosamente escondidas.

La filosofía oculta parece haber sido la madrina o la nodriza de todas las religiones, la palanca secreta de todas las fuerzas intelectuales, la llave de todas las oscuridades divinas y la reina absoluta de todas las épocas donde estaba reservada a la educación de sacerdotes y de reyes”1.

Sin duda con respecto a esta tradición esotérica que él, al igual que Cornelio Agrippa, llama “filosofía oculta”, Eliphas Levi no ha entrevisto el aspecto metafísico; sin duda dio demasiada importancia a ciertas ciencias tradicionales secundarias pero no por ello resulta menos bella o menos significativa la página. Mme. Marie-Paule Bernard añadía al margen; “Para los lectores que se asombren de vernos citar aquí a Eliphas Levi, les recomendaremos lo que escribía René Guénon con respecto a este autor: “Eliphas Levi sería el primero en desautorizar a sus presuntos sucesores, a los cuales él era sin duda muy superior intelectualmente, a pesar de estar lejos de ser lo profundo que quería parecer y teniendo la equivocación de ver las cosas a través de la mentalidad de un revolucionario de 1848. Si nos hemos entretenido un poco discutiendo su opinión, es porque sabemos cuán grande fue su influencia, incluso sobre los que no le entendieron y porque creemos que es bueno fijar los límites en los cuales su competencia puede ser reconocida.”

René Guénon dejó por lo tanto bien claro que él no creía que Eliphas Levi fuese totalmente solidario con el movimiento ocultista nacido hacia el final del siglo XIX y también que le reconocía una cierta “competencia” que debe sin duda atribuirse al mundo intermedio.

Vamos a intentar, para concluir, hacer resaltar en qué medida fue Guénon el continuador de una corriente de pensamiento poco conocida en el siglo XIX y en qué medida su “aportación” fue verdaderamente “nueva” para el Occidente moderno.

Veremos que la parte que le corresponde es lo bastante grande y lo bastante bonita, para que se pueda, al mismo tiempo que se rinde a René Guénon una admiración sin reservas, no dejar de reconocer los méritos de investigadores sinceros, quizás menos dotados y en todo caso menos afortunados que él.



CAPÍTULO I

AÑOS DE INFANCIA Y DE ADOLESCENCIA

Sin poder remontarnos demasiado lejos en el pasado, en cuanto a la genealogía de la familia de René Guénon, hemos podido sin embargo encontrar quiénes fueron sus antepasados a partir de comienzos del siglo XVIII; así hemos podido constatar que desde esa época sus ascendientes eran todo lo puramente franceses que se pueda imaginar, siendo todos ellos originarios de las provincias angevinas, del Poitou y de Tours.

El primer representante de la rama, del que hemos podido encontrar huella, es Jean Guénon2, nacido en Saumur3 en 1741. Era un propietario vinícola de la “Valée”, de la cual se dice: “¿Qué más angevino, hombres o cosas, que la Valée con una gran V? Es el Loira quien la ha hecho, que ha formado y enriquecido su suelo. Es el país del maridaje de los vinos Saumurenses.”4

Este propietario vinícola tuvo un hijo, llamado como él, Jean, nacido en 1773, que casó con Marguerite Lamiche, originaria de la comuna de Albonnes, no lejos de Saumur, donde nació en 1768.

Habiendo Jean Guénon sucedido a su padre en la propiedad, vivía con su mujer en Saumur, en la “section de l’Unité”, que más tarde se convirtió en el barrio del Pressoir y actualmente es el barrio de Nantilly. En este barrio está la iglesia de Nuestra Señora, que es la más antigua de Saumur; rica en recuerdos tales como el oratorio del Rey Luis XI, y en belleza por los magníficos tapices que la adornan.5

Su hijo Jean-Baptiste nació el 17 de junio 1799. Casó con Marie-Adelaide Chaillou, natural del burgo de Herbiers (Baso-Poitou) en 1803. Después de la boda el joven matrimonio se fue a Saumur para ir a vivir a Brezé, “allí donde se alinean en buen orden y entre bosquecillos, los batallones de viejas cepas.”

Es en este pequeño burgo del Saumurés, donde murieron, él, el 10 de octubre del 1872, ella el 23 de abril de 1873.

Tuvieron dos hijos: el mayor Jean-Baptiste, vino al mundo en Brezé, el 28 de abril de 1830, el menor, Jules, en el mismo lugar, en 1833. El mayor Jean-Baptiste, no queriendo seguir el oficio de su padre, prefirió cursar estudios para la carrera de arquitecto, en cuanto a su hermano Jules, siguió manteniendo el estandarte de la familia y se fue a vivir a Coudray-Macouard, no lejos de Brezé.

Jean-Baptiste, ya arquitecto, casó en primeras nupcias con Marie-Clementine Desnoyers que murió el 17 de octubre de 1881, sin dejar ningún hijo. Un año después, el 22 de Julio de 1882, a los 52 años de edad, contrajo segundas nupcias con Anna-Leontine Jolly, nacida en Averdon, cerca de Blois, el 23 de octubre de 1849, hija de Agustín Jolly, propietario, (muerto en 1867) y de Anastasia Johannet, domiciliada en Blois.6

El matrimonio se instaló en esta ciudad, en una casita de la calle Croix-Boissée, situada en el faubourg de Viena, en la orilla izquierda del Loira.

Sabemos que Blois fue en la antigüedad llamada “villa de lobos”, porque es muy verosímil que su nombre fuera primitivamente “Bleiz o Beleiz”7, nombre celta de lobo y que era un símbolo de Belén; lo mismo fue entre los griegos el Apolo de Licia, con una curiosa aproximación entre la designación de lobo (lukos) y de la luz (luke).8

Blois se convirtió más tarde en la villa de los reyes, habiendo sido elegida varias veces como lugar de educación de los príncipes de Francia.

Es en esta casa de la calle Croix-Boissée donde nació el 15 de noviembre de 1886, René-Jean Marie Joseph Guénon.

Sus padres, muy católicos, lo hicieron bautizar provisionalmente en su casa el 4 de enero de 1887 por el cura de San Saturnin de Vienne y este mismo sacerdote le administró el 15 de noviembre de 1887, el complemento de la ceremonia del bautismo. Anotemos que su madrina fue su abuela materna.9

La iglesia de San Saturnin “pertenece en su mayor parte a la última época del gótico flamígero”10. Fue reconstruida y restaurada gracias a la piedad de dos reinas; Ana de Bretaña y Catalina de Medicis. Llama la atención un ex-voto que recuerda la promesa hecha por la ciudad de Blois a María Auxiliadora para que acabara la peste (1531).

Al lado de la iglesia se encuentra un antiguo camposanto, que data del siglo XV “adornado con capiteles en cuyas esculturas se reúnen los atributos al Amor y la Muerte11. Especie de figuración de la “danza de la muerte”, muy difundida hacia el final de la Edad Media.

Fue desde su nacimiento René Guénon una persona de salud frágil. Sin duda la pena que sintió su madre, poco antes de nacer él, debida a la muerte de una pequeña hija suya de tres años de edad, tuvo que ver en ello; pero a fuerza de atentos cuidados por parte de sus padres, pudo vencer la enfermedad; sin embargo su estado de salud fue siempre delicado.

Cuando tuvo 7 años, su padre ya había llegado a ser un experto arquitecto de la “Sociedad Aseguradora La Mutua de Loire-et-Cher”12. Realizaba también planos y trabajos de geometría para notarios o particulares. En aquella época dejó la calle Croix-Boissée para ir a instalarse en una casa mayor, con jardín, en el faubourg de Foix13, en la ribera derecha del Loira. Esta casa tiene dos entradas; una de servicio, en el 74 de la calle de Foix14. La entrada principal se abre sobre el muelle del Foix que da al Loira. La fachada de esta entrada principal está bordeada de un muro bajo, coronado de una alta reja de hierro, recubierta por una capa de vegetación; hacia la mitad de este muro enrejado hay una puerta de hierro de dos batientes que se abre a un jardín, al que un espeso tilo proporciona sombra. El tamaño de este jardín es igual al de la casa. Una terraza con una alzada de tres escalones da acceso a la morada.

El cuerpo del edificio se compone, en la planta baja, de cuatro habitaciones divididas por dos pasillos colocados en forma de cruz que desembocan, uno a la puerta de la calle de Foix y otro a una escalera que sube al primer piso, en donde cuatro habitaciones se abren al descansillo de la escalera. Otra escalera conduce a un inmenso trastero abuhardillado.15

Más tarde, esta casa se convirtió para René Guénon en “lugar privilegiado” a donde le gustaba venir de vez en cuando a sumergirse en la atmósfera familiar de su juventud.

Su infancia causó muchas preocupaciones a sus padres, a causa de su delicada salud. La hermana de su madre, que vivía en la casa vecina y cuyo nombre de casada era Mme. Duru, no tenía hijos y le tomó un gran afecto. Lo cuidaba y mimaba como a un hijo. Y como fuera institutriz de una escuela de Blois, le inculcó los primeros rudimentos de estudio.

Durante este tiempo su crecimiento fue rápido y hacia la edad de 11 años era ya esbelto y alto.

René Guénon hizo su primera comunión el 7 de junio de 1897, en la iglesia de San Nicolás. Este iglesia, la más bonita de la región de Blois, es un notable edificio gótico del siglo XII. En aquella época era no solamente la iglesia y abadía benedictina de St. Laumer sino también una de las etapas de la ruta Jacobea16 Incluso se dice que sus constructores se inspiraron en la célebre Catedral de Chartres para alguna de sus partes.

Fue en la apertura de curso del octubre de 1898 con apenas 12 años, cuando René Guénon entró en el colegio de Maria Auxiliadora, que por cierto debió recordarle la capilla de su bautizo. El colegio era un establecimiento religioso de enseñanza de segundo grado, dirigida por curas seculares. Los cursos se daban en común con los del pequeño seminario. Estaba en la calle Franciade, en la parte más alta de la ciudad de Blois. En aquella época el colegio estaba dirigido por el Canónigo Orain. La notable inteligencia que poseía le hizo comprender rápidamente y digerir el bagaje necesario para convertirse en un destacadísimo alumno y fue muy a menudo el primero de la clase. Estuvo en este colegio desde octubre de 1898 y se fue de allí estando en segundo grado por causa del siguiente incidente.

“Era, nos dice el Canónigo Boiteau, un alumno brillante, siempre el primero de su clase. Desgraciadamente, en segundo se produjo un incidente poco corriente. Fue clasificado segundo en una composición de francés, por su profesor Simón Davancourt. Su padre fue a quejarse al profesor, quien le propuso para justificarse, cosa que no se hace jamás, que leyera la copia del primer alumno y la de su hijo y le declaró que si admitía que la copia del primero era mejor que la de su hijo, él lo clasificaría el último o viceversa. El padre tuvo que reconocer que, efectivamente, el primero merecía verdaderamente el primer lugar. Entonces el profesor clasificó a René Guénon el último y su padre, ofendido, ingresó a su hijo en otro colegio. El colegio Augustín Thierry17. Ahora bien, esta decisión fue tomada por M. Guénon, padre, a resultas de una algarada que él mismo describe en una carta dirigida al Canónigo Orain, director del colegio, el 20 de noviembre de 1901:

“Creo mi deber informarle a Vd. que ayer tarde y durante más de una hora y además en plena calle, el Señor S. (profesor) ha hecho a mi hijo una escena que lo ha puesto enfermo. Llegando a casa, mi hijo ha tenido que meterse en cama con fiebre alta. Tememos que sobrevengan complicaciones y estamos muy inquietos.”

Entra, por lo tanto, Guénon en el colegio de AgustínThierry, en Enero 1902, como alumno de retórica18.

“El colegio estaba agradablemente situado a orillas del Loire, con una vista magnífica sobre el caudaloso río que ya en Blois adquiere toda su gloria y su dulzura. Los edificios no eran otros que los de la antigua abadía de N. D. du Bourg-Moyer (de la orden de S. Agustín) y los locales en la época que estuvo el joven Guénon de alumno pecaban de una vetustez que contrastaba con el aspecto seductor del exterior.

Entre los recuerdos interesantes del viejo establecimiento escolar (que ha sido completamente destruido junto con sus archivos por un incendio durante el bombardeo de junio de 1940) es notable la capilla (dos naves abovedadas del siglo XIII) y que fue antaño el estudio en donde Augustin Thierry vivió las primeras emociones del historiador. Aún llamaba la atención por aquella época, en el gran salón de la administración, un hermoso retrato representando al antiguo rector Louis de Saussaye, que ha dado su nombre al muelle que rodea el establecimiento”19.

Al cabo de pocos meses René Guénon era ya considerado por sus profesores como un excelente alumno, bajo todos los puntos de vista; bien dotado y trabajador.

Desgraciadamente, su salud siempre precaria le impedía a menudo seguir los cursos del colegio; sin embargo, a costa de grandes esfuerzos, consiguió presentarse en el Concurso General para versión latina.

El año siguiente, 1903 estando en filosofía, R. Guénon fue el mismo alumno inteligente y reflexivo que nunca cesó de estar a la cabeza de su clase. De nuevo tomó parte en el Concurso General de Ciencias y Filosofía y obtuvo un accésit en Física. En esta ocasión la Sociedad de Ciencias y Letras de Blois, le concedió un premio.

Habiendo obtenido el título de bachiller el 2 de agosto de 1902 en su primera parte, consiguió el 15 de julio de 1903 ser bachiller en filosofía, con la mención de “bastante bien”20.

Empezó a estudiar matemáticas elementales en 1904 y en seguida demostró “aptitudes excepcionales” en esta rama del saber universitario, recibiendo el más alto premio del colegio: la medalla ofrecida por la Asociación de Antiguos Alumnos21.

Señalemos que ese año su profesor de filosofía declara: “Excelente alumno, en el cual su celo por la filosofía es tanto más meritorio, en cuanto es desinteresado”. Este profesor se llamaba Lecleres y era apodado por los colegiales “El Excelente”. Debía ser nombrado al año siguiente profesor en la Universidad de Friburgo, en Suiza. Los alumnos que él formó en Blois estuvieron todos marcados por su fuerte personalidad. ¿Qué parte tuvo en la formación de René Guénon?”22

Llegado al término de sus estudios, los profesores de su colegio lo alentaron vivamente a seguir sus clases de matemáticas en París.

Es por lo que en octubre de 1904, René Guénon fue a París y se hizo admitir en calidad de candidato a la escuela Politécnica, en el colegio Rollin, es decir, como alumno de matemáticas especiales, siendo su intención obtener su licencia en matemáticas.

Sin embargo, si bien fue un excelente alumno en Blois, en París, por el contrario, sus nuevos profesores, aun reconociendo su buena voluntad y su ardor en el trabajo, le hicieron comprender que no debía continuar por ese camino23.

Otra vez, allí, la lentitud de su progreso en las matemáticas venía sobre todo de su salud precaria que le impedía seguir regularmente los cursos.

A fin de conciliar su estado de salud con la continuación de sus estudios, Guénon se inscribió (1905-1906) en una agrupación amigable llamada “Asociación de Candidatos a la Escuela Politécnica y a la Escuela Normal”24, en vistas a seguir cursos complementarios; pero fue en vano por estar, al decir de sus profesores del Rollin, “aun lejos del nivel del examen”; así fue como abandonó esa meta, y ese fue el final de sus trabajos universitarios.

Desde su llegada a París había tomado habitación en el Barrio Latino, pero el ambiente estudiantil descorazonó enseguida a un ser amante sobre todo de la calma y la tranquilidad. Así se fue en busca de un lugar más tranquilo y fue en I’lle Saint-Louis donde encontró el lugar soñado donde, lejos de la muchedumbre, pudo vivir su vida, dedicada totalmente, a partir de entonces, al estudio.

Esta isla está dividida en dos mitades por una calle bastante ancha, muy comercial, que da la impresión del trazado de un árbol de largo tronco, en el cual las callejuelas adyacentes son las ramas, y es en el 51 de esta calle, en una antigua casa señorial, habilitada para apartamentos, donde fue a vivir nuestro amigo.

Era el antiguo palacio Chesniseau, construido a principios del siglo XVIII (1730), “cuyos jardines se extendían en aquella época hasta el muelle de Orleans, sobre el que se abría otra entrada, entre dos pequeños pabellones. En este palacio estuvo el arzobispado en 1840. Y es allí donde, en 1848, fue llevado Monseñor Affre, después de fallecer el 25 de junio ante una de las barricadas del faubourg St. Germain.

“La fachada que da a la calle St. Louis en l’Ille es extraordinaria por su puerta de salientes de sinuosos labrados, su gran balcón de hierro dentado, sostenido por dos ménsulas con dragones y mascarones y su frontispicio Louis XV, del más puro estilo rococó. Al fondo de un gran patio enlosado25, se puede ver una especie de pórtico muy decorativo con, en el centro, un medio rosetón fulgurante de rayos, que parece o figura un sol”26.

A la derecha, un edificio que hace saliente sobre el patio, está muy desfavorecido por una serie de escalones, llamados “escalera F”, escalera estrecha y sombría, extrañamente perfilada. Y allí, en el tercer piso, se encontraba al fondo de un sombrío pasillo el pequeño apartamento que René Guénon habitó durante más de 25 años y que ya entonces tenía el perfume un poco polvoriento de las meditaciones de otra época. Se entraba por un estrecho vestíbulo, sobre el que se abrían dos puertas: la de una cocina espaciosa y la de una habitación que hacia a la vez de comedor y de recibidor. Después seguidos, dos dormitorios. Grandes ventanales dando al patio interior, proporcionaban luz al apartamento. Y si la cocina y la sala se alumbraran con gas, las habitaciones de dormir, por la noche, sólo tenían la luz de lámparas de velas.

Por aquella época, René Guénon había llegado a ese período de la vida en que frecuentemente el espíritu ya no se satisface sólo con estudios clásicos. Creyó como muchos antes y después de él, encontrar un ensanchamiento de su horizonte espiritual, volviéndose hacia las doctrinas neo-espiritualistas, tan en boga en aquella época.




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