Casa de la cisterna 1917-1923



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EN LA CÚSPIDE

Durante la década de los 50, mi contacto con el ambiente ajedrecístico nacional se reducía a participar en los torneos, sin compartir con los buenos muchachos ni hacer vida de club, ya que la presión de mis actividades como ingeniero y mis cátedras en la Universidad no me lo permitían. Mi mente estaba dividida y al notar que si me dedicaba demasiado a una de ellas disminuía ostensiblemente mi capacidad en la otra, ya vislumbraba que tendría que enfrentar una definición. De hecho, al producirse el terremoto de 1960 -9,8 en la escala de Richter- se me requirió en la zona afectada para estudiar por qué algunos edificios se habían derrumbado y otros no, y no pude participar en el campeonato de ese año. Pero debido al tiempo que pasé preparándome para ese torneo, en el viaje a Valdivia más que los problemas de ingeniería me rondaban ideas sobre aperturas y finales. Lo mismo ocurría en el otro sentido.

También hubo ocasiones en que se rozaron esos compartimentos estancos en los que yo había separado mi mente. En el torneo de Chile de 1958, por ejemplo, me tocó enfrentar a Moisés Stekel que era alumno mío en la Universidad y perdí, cediéndole también el título. Sólo habían pasado unas horas desde el final de esa partida cuando a las 8 de la mañana me lo encontré en la primera fila de mi clase produciéndose una extraña ambivalencia: yo era el profesor y él, el alumno, pero la noche anterior él celebraba mientras yo mordía el polvo de la derrota. En otra ocasión, en el Interzonal de Sao Paulo de 1960, en momentos en que me correspondía mover y estaba concentrado en el tablero, recibí una llamada urgente desde Santiago de un alumno: quería saber qué nota se había sacado en una prueba porque necesitaba un 3,5 para no repetir el año. Confieso que no logré empatizar con su delicada situación.

Perdí, pues, varios campeonatos, algunos por no presentación y otros –debo reconocerlo- en el tablero. René Letelier, por ejemplo, me derrotó en muy buena lid en 1957 quedándose por primera vez con una corona que le había sido esquiva por mucho tiempo32. Posteriormente, Letelier se convertiría en mi rival por excelencia.

A él se había anticipado, desde luego, el abogado Julio Salas Romo, un estudioso contumaz del estilo posicional al que defendía ardorosamente y quien ganó el título los años 1954 y 1955 (con anterioridad había sido campeón en 1930 y más tarde lo volvería a ser en 1963). En el primero de ellos -con una maniobra un tanto discutible si se considera que el ambiente de la Federación había sido siempre de confianza y caballerosidad- Salas Romo demostró que además de mover bastante bien las piezas, poseía una gran vocación jurídica. El torneo Mayor de ese año –que definía al retador del entonces campeón Mariano Castillo- terminó con dos ganadores: él y Carlos Jáuregui. Se enfrentaron en un match y ganó Jáuregui con un score de 4 a 2, lo cual le dio el derecho a retar a Castillo. Como éste declinó defender su título, se entendió que el nuevo campeón era Jáuregui y en esa calidad le otorgaron un cupo para jugar en Mar del Plata. Lo hizo y le fue bastante bien, pero a su regreso, Salas Romo impugnó la validez de su título aduciendo que no existía un registro escrito de la renuncia de Castillo. El entonces presidente de la Federación –el ingeniero Arturo Quintana- tal vez impresionado por el léxico forense de su interlocutor, acogió el reclamo y resolvió que el cetro estaba aún en manos de Castillo. Además -y puesto que ya había pasado tiempo desde la definición del retador entre Jáuregui y Salas Romo- dispuso que debía jugarse otro match entre ambos. Jáuregui aceptó con esa docilidad que le es tan característica, y como venía cansado de su viaje, perdió el match. Con ello se anuló automáticamente su obtención del título y su representatividad como Campeón chileno en el Mar del Plata, es decir, no quedó siquiera como un campeón destronado sino como que nunca lo hubiese sido. Lo siento mucho por él, ya que a pesar de su enorme talento y merecimientos como deportista, nunca lograría figurar en la lista histórica de los Campeones de Chile. Salas Romo, por su parte desafíó a Castillo por escrito y éste le respondió -por igual conducto- lo mismo que ya le había dicho a Jáuregui: que no quería jugar. Papeles en mano, se fue a la Federación y salió con la corona.

Otro rival de ese período fue Hermann Pilnik -el maestro argentino-alemán- quien por esos años se había radicado en Chile integrándose a la disputa de los torneos nacionales. Por su brillante carrera al otro lado de los Andes, se esperaba que obtendría el Título en nuestro país. No obstante ser amigo de él, tal vez por razones de orgullo patrio, no me gustaba la idea de que un extranjero fuera Campeón de Chile. Dos veces estuvo a punto de conseguirlo, pero en ambas lo superé por medio punto.

En 1961 –cuando recobré la corona- mi juego había madurado y sentí que estaba en la cúspide de mi carrera ajedrecística. Había ganado ya diez veces el campeonato de Chile, participado en cinco mares del Plata y otros eventos tan internacionales como el Interzonal de Sao Paulo y la Olimpíada de Moscú, y ocupaba casi sin contrapeso el sitial que durante tanto tiempo perteneciera a mi antiguo maestro. De hecho, el trato que recibía de cualquier persona o grupo del ambiente rebosaba un respeto rayano en la reverencia. En la prensa se me mencionaba como uno de los deportistas del año, y en ocasiones, como les sucede a los artistas famosos, llegué a reconocer (o tal vez alguien me lo dijo) en algunos fanáticos, la imitación de ciertas actitudes mías como la manera de vestir, el agachar la cabeza para pensar, encender la pipa o hacer comentarios en forma pausada.

Ahora bien, existe una vieja discusión acerca de si el ajedrez es un deporte, un juego o un arte o una ciencia. José Riveros Abarca33 tras analizar esa disyuntiva le niega carácter deportivo bajo el argumento de que “no permite desplegar más actividad física que aquella relacionada a la fuerza necesaria para mover las piezas y apretar el reloj y en algunos casos, encender un cigarrillo (o una pipa) y llevarlo a la boca cada tanto”. En realidad para mover las piezas no se requieren muchos músculos pero en ocasiones se siente correr la adrenalina y el pulso se acelera acercándose al de un atleta. Su artículo concluye con que el ajedrez es “un juego”, “una ciencia pura” y hasta “un arte abstracto”, pero no un deporte. Comparte esa opinión Pedro Donoso, que fue una figura descollante en el ajedrez nacional y especialmente como profesor. Yo, la verdad es que no tengo claro cuál es la acepción de la palabra deporte y estimo que la ingeniería antisísmica también podría serlo en la medida que constituye un desafío a la capacidad humana. Existen –por otra parte- deportes reconocidos como tales, en los que se despliega gran actividad física, pero se basan en el sufrimiento o el placer que nos produce el dolor de otros, como la caza, la pesca y las corridas de toros a la española. Muy humano, por lo demás.

Es un hecho, en todo caso, que la Unión Soviética y porterioremente las repúblicas que surgieron de su división tienen al ajedrez como su deporte nacional. En Chile se le considera también deporte desde 1952 lo que ha llevado a los ajedrecistas a obtener premios un tanto absurdos para una actividad que -según sus detractores- consiste en estarse unas cuatro horas cómodamente sentado. En 1956, por ejemplo, el Círculo de Periodistas Deportivos nominó a los mejores exponentes de cada especialidad para ser premiados en una ceremonia pública en el Estadio Nacional. Más tarde se jugaría un partido de fútbol entre Colo-Colo y Unión Española para definir el campeón de ese año de modo que las tribunas estaban colmadas. Como yo era el Campeón Nacional de Ajedrez y los premios se entregaban en orden alfábetico según el deporte, me tocó ser el primero en ascender al podio de los vencedores. Cuando el locutor oficial anunció por los parlantes que mi premio era un traje de baño “Catalina” se sintieron algunas risas que culminaron en un murmullo generalizado de los cincuenta mil asistentes. No me puse ni colorado: es un privilegio ser el motivo de la alegría de todo ese público.
Por otra parte, el grupo de peruanos y chilenos que habíamos viajado juntos a Alemania con ocasión del viaje de estudios en 1936 y que continuábamos reuniéndonos casi periódicamente en Lima o en Santiago, sufrió por esa época el golpe de la muerte de Alejandro Tabine, ese amigo peruano con el cual conversábamos de historia en la primera cubierta del Amasis. Yo estaba en la Academia de Ciencias y acababa de pronunciar un discurso –que me tomó bastante tiempo preparar- acerca de la necesidad de instalar una red de sismógrafos a lo largo del territorio. Fui muy aplaudido, y varios catadráticos y científicos del área se acercaron a felicitarme, lo que me liberó de la tensión. Entre ellos, estaba mi amigo Raúl Sáez quien sin previo aviso me largó la noticia, que por supuesto cayó como un balde de agua fría sobre la rebosante alegría del momento. Después comprendí que lo abrupto de su mensaje se debió sobre todo a que él mismo estaba muy conmovido. Justo ese día habíamos estado planeando un nuevo encuentro. Tabine –además de ser un amigo próximo y siempre dispuesto a escuchar los problemas- hizo mucho por la ciencia y por acercar a dos pueblos como el chileno y el peruano. Poco tiempo después, la Universidad de Chile le dedicó una placa recordatoria que a mí me tocó descubrir.

El grupo de estudiantes que un día íbamos juntos en el Amasis comenzó entonces a dismiuir unilateralmente. Es curioso, pero todos los peruanos fallecieron antes que los chilenos. De estos últimos, sin embargo, hoy quedó solamente yo con vida.



BOBBY FISCHER

Como en cualquier deporte en que luchan personas contra personas, es injusto hacer comparaciones entre jugadores de distintas épocas por la imposibilidad de confrontar a sus respectivos rivales. Por otra parte, siendo el ajedrez un juego históricamente evolutivo (si algún maestro propusiera hoy una variante refutada, seguramente sería destrozado) no se puede inferir que los ajedrecistas actuales sean “mejores” o “más inteligentes” que los de antes. Simplemente el juego ha ido cambiando.

Con todo, y aunque el ELO34 de Fischer de 2785 fue superado por Kasparov que alcanza 2800 en 1990, el genio estadounidense sigue siendo para muchos el jugador más grande de la historia. De hecho, enfrentó sin ayuda a la maquinaria ajedrecística rusa... y la derrotó abriendo un paréntesis de varios años a su incuestionable hegemonía. Con ello se convirtió -sin querer- en una de las armas ideológicas que esgrimió Estados Unidos en su secular disputa con la Unión Soviética. La paradoja es que Fischer en una mano representaba a USA y todo el Mundo Occidental, pero en la otra ¡sólo a él y nadie más! El “Genio Solitario” como lo refiere el propio Kasparov en “My predecessors”, “justifica plenamente que se haya escrito más sobre él que sobre cualquier otro jugador en la historia”. Kasparov agrega “la revolución que creó sólo se compara con la producida por Steinitz35 hace más de 100 años”.

Si hubiera que caracterizar a Bobby Fischer con una frase, ésta seria “Genio Díscolo”. De hecho, su absoluta devoción por el ajedrez lo transformó en un ser unidimensional con enormes limitaciones sociales. Le era difícil, por ejemplo, confiar en persona alguna, lo que incluía a su madre, su guardián ajedrecístico Edmondson, y su amigo y colega de largo tiempo Larry Evans. Durante su carrera se quejó constantemente de la FIDE y de las Federaciones de Ajedrez, tanto de los Estados Unidos como de Rusia. Para jugar puso condiciones que incluían el tipo de iluminación, el dinero de los premios, los espectadores, la televisión y la pureza del aire de la sala, por mencionar algunas36. Casi siempre consiguió lo que quería, y cuando no, se retiraba.

Según los analistas de su personalidad -entre ellos Karpov-, actitudes como la de abandonar el match de 1961 con Reshevsky, negarse a jugar fuera de Estados Unidos en 1963 y 64 o a defender el título mundial contra el propio Karpov y su retiro -cuando lo lideraba- del interzonal en Sousse en 1967, provienen de una vanidad tan exacerbada que desemboca en un perfeccionismo patológico: Fischer piensa que un maestro no puede cometer errores, menos si es campeón del mundo (y menos aún si se trata de él mismo), pero como los errores son inevitables, opta por no jugar escudándose en el rol de inadaptado social con el que evade esa profunda contradicción interior. Se dice que Fischer no tenía nada a su crédito, sino el ajedrez y en consecuencia a pesar de su extraordinario carisma no fue capaz de crear un impacto global de difusión del juego en el público.
Pero yo pienso que la influencia de Fischer ha sido altamente benéfica en el mundo del ajedrez. De partida elevó las expectativas financieras de los grandes maestros y popularizó el juego en todo el mundo. Si bien antes de Fischer los campeones exigían grandes bolsas para poner en juego sus títulos y algunos maestros internacionales cobraban regularmente por jugar, desde que apareció Fischer, ya no existen quienes lo hagan sólo por el honor. En otras palabras, trajo la profesionalización, que resultó ser el antídoto más eficaz contra la subvención estatal que practicaban los soviéticos, y ello encendió el interés por el juego-ciencia en muchos países. Desde entonces el dominio ruso suele sufrir tropiezos.

Por otra parte –y esto no lo agradezco sólo yo- acabó con la impertinente irrupción de los camarógrafos y las luces de televisión en medio de las partidas. Si en el tenis los jugadores exigen condiciones mínimas para poder concentrarse, imagínese en ajedrez. Definitivamente, a partir de Fischer el ambiente de los torneos permite a los jugadores pensar mejor.


La carrera de Fischer comienza en Mayo de 1949, cuando un tío regaló a él y su hermana Joan de 6 y 11 años respectivamente un juego ajedrez. Ambos aprendieron los movimientos con las instrucciónes que venían dentro de la caja, pero mientras Joan -más inclinada a cuchichear con sus amigas acerca de muchachos- lo abandonó rápidamente, a Bobby el juego lo dejó hipnotizado. Cuando cumplió 7 años estaba tan absorto en él que su madre comentó “Bobby no se interesa en nadie a menos que sepa jugar ajedrez y la verdad es que ese juego atrae a muy poca gente”. Preocupada, puso un anuncio en el periódico Brooklyn Eagle preguntando “si hubiera otros niños de la edad de Bobby que desearan venir a jugar ajedrez con él”. Pocas semanas después, lo inscribió en el Club de Ajedrez de Brooklyn y –con alivio de su madre- rara vez faltó a las prácticas.

En 1955 anotó 4 ½ - 3 ½ en el Torneo del Washington Square Park Swiss. Luego obtuvo 3 puntos en el Campeonato de Aficionados de Lake Mohegan, Nueva York, y en Junio de ese año, se hizo miembro del Club de Ajedrez de Manhattan. Entre los años 1957 y 58 ganó 8 títulos en USA. En 1959 realizó una gira por Sudamérica. Luego, participó en el Torneo de Candidatos en Bled igualando el quinto lugar y ubicándose como el sexto más fuerte jugador del mundo. Fue segundo en Bled en 1961 después de Tal y luego tuvo un match igualado e inconcluso con Reshevsky -que a los 50 años ya era una estrella en declinación-.

Fue nuevamente candidato en CuraVao en 1962 donde llegó cuarto. No jugó fuera de USA entre el 63 y el 64. El 65 llegó segundo tras Smyslow en la Habana y segundo detrás de Spassky en Santa Mónica en 1966. En 1967 ganó en Skopje y Mónaco, y luego Netanya y Vincovci en 1968. En el match de 1970 “Unión Soviética vs Resto del Mundo” venció las dos partidas a Petrosian. El mismo año ganó en Buenos Aires, Zagreb y el Interzonal en Las Palmas con 3 ½ puntos sobre el resto. Luego de hacer tablas con Uhlman comenzó una notable serie de 20 partidas ganadas en serie, sobre Rubinetti, Uhlmann, Taimanov, Suttles, Mecking y Gligoric entre otros. En los matches de Candidatos que siguieron, ganó 6-0 contra Taimanov y 6-0 contra Larsen.

Circulaba en esa época el rumor de que Mijail Tal hipnotizaba a sus rivales, y en un momento se llegó a sospechar de que Fischer hacía lo mismo. Respecto a su match con Fischer, Taimanov dice que sucedieron cosas extrañas: “En la tercera partida, por ejemplo, yo tenía buenas perspectivas. Sin embargo, Fischer colocaba las piezas de un modo que siempre llegaban en el momento preciso, al sitio en que se las necesitaba. Yo no podía creer lo que veía, pues toda mi experiencia me decía que las blancas tenían una enorme superioridad y sin embargo no era capaz de desentrañar la posición. Como reacción frente a la impotencia, me sentí deprimido y llegué a preguntarme si no estaba hechizado. La segunda partida –que había quedado sellada-, la continuamos después de terminar la tercera, y yo ya no pude con mis nervios. Como verán no pude quejarme de que me hipnotizaran”.

En la final de Candidatos contra Petrosian, Fischer ganó la primera partida pero perdió la siguiente rompiéndose la serie de triunfos. ¿Es que todo había sido una buena racha? No. Tres meses mas tarde Fischer ganó otra serie de 20 juegos contra los más grandes maestros internacionales del momento, y entonces el mundo del ajedrez se electrizó.

Fischer ganó la final del Torneo de Candidatos contra Petrosian y en enero de 1972 batió a Boris Spassky en Reikjavik, Islandia, con siete victorias y sólo tres derrotas en lo que se conoce como “El Encuentro del Siglo”, coronándose Campeón del Mundo.

El match Fischer-Spassky, además de ser una de las citas más famosas del siglo, se desarrolló cuando la lucha ideológica entre USA y la URSS estaba en su cúspide y por ello tuvo un marcado tinte político. Después de poner en todo tipo de aprietos a los organizadores, debido a sus excesivas demandas37, y tras recibir miles de cartas de sus admiradores y una conversación personal con Henry Kissinger, consintió en jugar y se acordó que sería a 24 partidas. Fischer llegó diez días tarde ya que –según dijo- no eran de su agrado las condiciones del torneo y cuando se superó el impasse, no se presentó al sorteo inicial de colores.

Al fin empezó el match y Fischer perdió la primera partida por no presentación, quejándose de que las cámaras de TV se mován al fondo del pabellón. En la segunda, llegó tarde. Jugó durante treinta minutos y al notar que había una cámara -oculta y casi invisible- pidió que la retiraran. Como no lo hicieron, se fue. Le dieron el punto a Spassky, y sus quejas no sirvieron de nada. Los rusos, incluso, exigieron su descalificación pero Spassky, desafiando a la jerarquía insistió en jugar, en un gesto que sin duda Fischer reconoció al disculparse ante él por escrito en un inédito acto de humildad.

Entonces comenzó su espectacular remontada en la que finalmente -el 31 de agosto- completó un score de 12,5 a 8,5 para llevarse un botín de 160.000 dólares además de algunos regalos avaluados en 50.000. Ya sé que para los deportistas de hoy esas cifras son casi irrisorias, pero en 1972 era una fortuna. Cuando le entregaron el premio, Fischer se dio maña para infringir una vez más las normas de urbanidad al contar los billetes frente a todo el mundo.

En la cena de clausura, aseguró que sería un gran campeón y que jugaría muchas partidas para dejar en alto al ajedrez mundial, pero a partir de ese día no jugó más, al menos en torneos oficiales. Como hicieron antes Morphy y Fine, simplemente dejó de competir. Se sabe que jugó dos matches amistosos con el propio Sapasski, ganando ambos, pero en 1975 -cuando debería haber defendido su título ante Anatoli Karpov- puso tantas condiciones que la FIDE se vio obligada a destronarlo. En 1977 jugó contra un computador del MIT. Luego rechazó 250.000 dólares por jugar en el Caesar’s Palace de Las Vegas y 3 millones por jugar en Filipinas.


Mi relación personal con este genio apátrida se remonta a principios de la década de los 60, tal vez un año antes de que su talento ajedrecístico explotara como una granada. Luego de abandonar la escuela, a principios de 1959 llegó a Argentina invitado al Torneo de Mar del Plata -donde no le fue muy bien- y de ahí pasó a Santiago. A pesar de su I Q 180, que corresponde a un super genio, no se diferenciaba de un muchacho normal. Era desgarbado y descuidado en el vestir pero habría que haber sido muy perspicaz para identificar en él algún razgo de ese conflictivo ente que fue creciendo en su interior a medida que subía en el concierto internacional. Viajaba con Regina, su madre y declaraba querer verla lo menos posible. Esta -muy estricta y voluntariosa- quería que Bobby abandonara ese pasatiempo insípido del ajedrez y estudiara una profesión que le sirviera para algo.

En Chile participó en un torneo en el que salió quinto. Carlos Jauregui, cuyas dotes ajedrecísticas y su grandeza humana comenzaban a perfilarlo como una de las figuras claves del ajedrez chileno lo venció en una hermosa partida. También lo venció René Letelier aunque –hay que decirlo- gracias a un inexplicable error de Bobby.

El partido que jugamos se suspendió en la movida 40. Con esfuerzo (ya en mi interior se había desatado la lucha entre el ajedrez y la ingeniería) logré dedicar unas tres horas al análisis de la posición, vislumbrando el plan que elaboraría mi adversario. Mi predicción fue certera. El partido terminó en tablas y en los días que siguieron Fischer trató de demostrarme que él podía haber ganado, lo que dio lugar a varias discusiones. Al final me concedió la razón.

-Usted no juega mal- me dijo - ¿Porqué no se dedica por entero al ajedrez?

Lo pensé, pero creo que mi incosciente ya había resuelto a qué debía dedicarme.

La razón por la que Fischer vino a Chile aún no está clara para el público, pero en cierta oportunidad manifestó su interés por saludar a su padre que vivía en Santiago. Fue acompañado por Eugenio Larraín a una casa ubicada en la Gran Avenida antes de llegar a Ovalle. Fischer entró en la casa y Larraín lo esperó durante una hora en su auto. Dice que cuando salió, Bobby se veía muy contento. ¿De qué hablaron?, no se sabe, ¿Porqué el padre de Bobby estaba en Chile? Nunca lo hemos sabido con certeza pero se especuló que lo buscaba la CIA por actividades subversivas y que en los archivos del FBI había 100 páginas clasificadas referentes a la madre del genio. Refuerza esa tesis su evidente sentimiento anti estadounidense y su rebeldía contra todo dictamen de la justicia de ese país.

En realidad, a Fischer no le han faltado líos con la justicia. En 1978 denunció a los editores de una revista religiosa por 3 millones de dólares acusándolos de grabar sus conversaciones sin consentimiento y en 1981 fue arrestado como sospechoso de un robo a un banco debido -según parece- a que un policía halló que su apariencia coincidía con las señas del asaltante. Tras salir de prisión publicó »Fui torturado en la cárcel de Pasadena« bajo el seudónimo de Robert James. La policía de Estados Unidos lo persigue por un tema de impuestos que se fue agravando hasta que, gracias a la intervención de Islandia, se ha llegado a un arreglo. En Septiembre de 1992 en plena la Guerra de los Balcanes, durante una conferencia de Prensa en Yugoslavia, escupió públicamente sobre una Orden advirtiendole que si jugaba ajedrez en ese país violaría una ordenanza de las Naciones Unidas exponiéndose a graves sanciones. Jugó y ahora enfrenta 10 años en prisión y una multa de 250.000 dólares si retorna a los Estados Unidos.

De su vida privada se sabe que se casó en Japón y se cree que actualmente reside con su esposa en Budapest. Circula el rumor de que se inscribió en una oscura secta de “medianoche” y que su vida tomó un fuerte matiz religioso disociándose de los judíos, aún siendo el mismo medio judío.

Al parecer, pasado ya de los 60 años, ha perdido todo interés por el juego-ciencia.

GUARDANDO LAS PIEZAS
Yo hace tiempo “guardé las piezas” y ya muchos de mis amigos se han ido para siempre. Algunos de ellos sacrificaron por el ajedrez su bienestar y su vida afectiva y se abstrajeron por completo del mundo real, donde existen personas que dependen de uno. Otros –que tenían grandes talentos prácticos- los sometieron a un tablero de sesenta y cuatro casillas que obviamente no produce ninguno de los bienes por los que lucha el común de las personas.

El ajedrez, al menos en el tablero, es un lenguaje que -como el de la ciencia, en el laboratorio- está libre de la hipocresía, de la corrupción y de las bajas pasiones y a diferencia de éste, las incógnitas finalmente sí se despejan. Cada posible movida plantea un nuevo escenario para las fuerzas en pugna y sumerje al jugador en nuevas teorías que van sucediéndose a medida que transcurre el partido. El ajedrecista puede demorar varios minutos –a veces más de una hora- en hacer una jugada porque cada opción le abre un enorme árbol de escenarios y su mente se convierte en un frenético hormiguero. Las imágenes que percibe y evalúa estimulan de tal forma a una parte de su cerebro que a veces le resulta imposible –como ocurre con los agujeros negros- escapar de su fuerza gravitacional. En la época romántica que me tocó vivir, muchos se dejaron arrastrar a él con el mismo deleite y ansiedad de quien cae en un vicio.

Aunque sufrí la misma atracción, mi caso puede ser considerado distinto ya que sólo fui un miembro tangencial de ese grupo de fanáticos. De hecho, fui criticado por algunos porque no hacía vida de club y no participaba en los torneos entre clubes ni en otras actividades sino que me limitaba a jugar –cuando podia- en los Campeonatos Nacionales o -cuando me invitaban- en los de fuera de Chile. Por así decirlo, aunque me costó un gran esfuerzo me mantuve en órbita alrededor del agujero negro y algunos sostienen que eso es de por sí un raro mérito. Por un lado estaba el ajedrez con sus ambientes, sus protocolos y sus combinaciones que tiraba de mí hacia su centro abismal y por otro, la ingeniería, la familia y la necesidad de mantener un estatus económico a la altura de lo que se esperaba de mí.

Ambos mundos eran tan distintos que al pasar de uno al otro experimentaba una suerte de metamorfosis. Cuando después de una temporada de cálculos de estructuras antisísmicas me internaba en un campeonato debía reacondicionar mi mente a las nuevas exigencias y llevar al consciente esa base de conocimientos que empecé a forjar al sentarme por primera vez junto a Mariano Castillo en la glorieta de La Cisterna. Por otra parte, al regresar de un campeonato a la ingeniería debía retomar el hilo del mundo de la física y las matemáticas. Recuerdo que una vez, volviendo de uno de esos torneos entré a mi escritorio -siempre colapsado de publicaciones, apuntes, recortes y todo tipo de objetos- y en un rincón de mi mesa de trabajo estaba la regla de cálculo, esa herramienta que -hasta el advenimiento de las calculadoras electrónicas- fue un recurso indispensable de todo ingeniero. Pues bien, al verla me pregunté qué diablos era ese objeto blanco con aspecto de hueso, y transcurrieron algunos segundos antes de que lograra identificarla cabalmente. Con los años –como le ocurre a todo el mundo- esas metamorfosis se fueron haciendo cada vez más lentas y más penosas.

Durante un tiempo –antes de renunciar al ajedrez- tuve varias pesadillas que de algún modo simbolizaron esa lucha entre mundos. Una noche, por ejemplo, soñé que estaba en el puente Itata-El Roble analizando junto a varios ingenieros las uniones internas que habían fallado a consecuencia de la onda vertical del sismo del 39. Todos opinaban, y Emanuel Lasker en mangas de camisa refutaba cada una una de las intervenciones con la frase “Señores: todo es cuestión de sentido común”. Mirando el trozo de concreto armado que no había resistido los embates telúricos, yo veía que un peón de las negras –por el cual Lasker no demostraba interés alguno- iba a coronar. Trataba de expresar que la única forma de conseguir tablas era mover a b4 un alfil que estaba en la casilla c5. Pero todos escuchaban sólo a Lasker porque era campeón del mundo. Al abrir los ojos no reconocí de inmediato mi habitación y sólo poco a poco logré darme cuenta de que al menos ese conflicto no existía. Pero una vez despierto recordaba mi disyuntiva real y me invadía otro tipo de angustia.

En cierto momento empecé a experimentar lo que ahora creo que eran síntomas estrés. Me afectó –en primer lugar- una enfermedad a la vista (aparecían puntos ciegos que iban creciendo hasta disminuir considerablemente mi ángulo visual) que los oftalmólogos no pudieron identificar. Luego me costaba levantarme por las mañanas y antes de emprender cualquier acción tenía que adecuarme a la idea anotándola en una libreta. Más tarde la postergaba para el día siguiente, y -cosa extraña dado mi carácter- en la oficina me limitaba a menudo a echar una mirada superficial a lo que hacían los demás, justificando mi desidia con cualquier pretexto. Rehuía los problemas y culpaba de los contratiempos -al menos interiormente- a otras personas. Creo que en ese estado –que duró varios meses- fui desarrollando un sentimiento de pánico con señales de alarma que derivaban en ansiedad. Para evadirlas me refugiaba en el análisis de partidas de ajedrez famosas, pero llegó un instante en que incluso perdí la voluntad para colocar las piezas. Sólo entonces me di cuenta de lo mal que estaba. Sin decírselo a nadie abrí la Guía Profesional, busqué la palabra “psiquiatra” y elegí al primero que aparecía en la lista, un señor Abumohor de quien no tenía ninguna referencia. Lo llamé por teléfono y concerté una cita para esa misma tarde.

Cuando crucé –sigilosamente- Santiago en mi auto me sentía angustiado, pero la consulta del psiquiatra, en perfecta paz, con un diván y un escritorio sobre el que había una pequeña lámpara de tonalidades café, de algún modo calmó mi espíritu. Él era un hombre afable de mediana edad. Fumaba una cachimba de color oscuro que tenía que encender a cada momento y -tal vez porque yo también solía hacerlo- eso me dio cierta confianza para contarle lo que me estaba pasando. Me parece que fumaba “Amsterdammer”.

Me preguntó a qué me dedicaba y al responderle murmuró “¡Qué interesante!” e hizo una anotación en un cuaderno. Después -a medida que le iba relatando los síntomas de este último tiempo, él murmuraba “Qué interesante” y hacía más anotaciones. Al cabo de casi una hora lanzó una gran bocanada, me miró fijamente y dijo:

- Lo que Ud. tiene se llama depresión por estrés-

Al menos comprobé que lo mío no era una enfermedad desconocida. Para superar la postración anímica, según me explicó, tendría que ver la vida de otro modo. Él me ayudaría en ese proceso, pero requería un esfuerzo de mi parte.

A la sesión siguiente yo también encendí mi pipa y le conté parte de mi infancia, empezando por la casona de La Cisterna y siguiendo con la muerte del gato, todo ello mientras él parecía concentrado escribiendo en el cuaderno los pormenores de mi vida y –supongo- clasificándome en algún tipo específico de personalidad psicopática.

Así pasaron unas cuatro semanas durante las que mi estado anímico sufrió grandes altibajos según lo que suponía significaban sus comentarios verbales (que rara vez pasaban de un “qué interesante” pronunciado con mayor o menor énfasis) acerca de mi verdadera personalidad. Tanto me interesó ese aspecto que me empecé a sentir mejor y -junto con eso- experimenté el temor, por no decir pánico, de que me diera de alta en forma intempestiva. Sentía una inmensa curiosidad por el contenido del cuaderno, pero cada vez que deslicé una indirecta para que me revelara aunque fuese una pequeña parte de esa GRAN VERDAD, obtenía una evasiva o -peor aún- otra pregunta.

Un día nuestra sesión fue interrumpida por la secretaria. En la sala de espera había alguien que deseaba hablar urgentemente con él. Tuvo que disculparse y apenas salió del cuarto me levanté como con un resorte y me abalancé sobre el cuaderno, pero lo que hallé no fue más que páginas vacías. Estupefacto, volví rápidamente al diván.

Cuando el médico regresó al cuarto, se sentó frente a mí, “leyó” en voz baja sus anotaciones y dijo con toda naturalidad:

-Bien. Sigamos.

Yo sólo atiné a proseguir con mi relato.

- Decía que como no fui a las preparatorias, leía el Tesoro de la Juventud…

Pero percibí que mi voz carecía del entusiasmo de antes, y sonaba más bien aflautada.

- ¡Qué interesante!, dijo él, al tiempo que escribía otra anotación bajo la pequeña luz de la lámpara

No volví a las sesiones. Me sentí estafado y paradójicamente… mi postración despareció. Sólo muchos años después concebí la posibilidad de que lo de mi psiquiatra hubiese sido meticulosamente concebido por él mismo. Cuando la profesión me llevó a Japón y tuve ocasión de rozarme con la mística oriental, una frase del Satori calzó perfectamente con el estado de ánimo que me dominaba por esos días:

Si no hay deseos, no hay futuro. Y si no hay futuro, no hay necesidad del pasado porque el pasado es siempre un telón de fondo contra el cual, o mediante el cual, es anhelado el futuro.”

La idea del retiro vino primero como una imagen fugaz que lentamente se fue transformando en una especie de alerta global a nivel de la conciencia. Tuve que jugar una dura partida contra mí mismo para tomar la decisión y darme un plazo: el año 1966. Estábamos en 1962 y por lo tanto aún faltaba para eso, pero fue como si una adivina me revelara la fecha exacta en la cual iba a morir. No importa cuán distante esté, es un conocimiento que ninguna persona desea poseer. Al decidir mi camino con tanta anticipación perdí en parte el atractivo esencial de toda existencia, cual es el de la incertidumbre, el mismo que la tecnología moderna se esfuerza en erradicar (me pregunto ¿Qué va a ser de nosotros cuando lo logre?). Curiosamente, en vez de dudar y aumentar mi nerviosismo, con el transcurso de los años el impacto inicial se fue diluyendo y mi decisión asentándose. Como cualquier mortal que toma conciencia del tiempo que le queda, me fijé algunas metas: ganar el Campeonato de Chile tantas veces como fuera posible, alcanzar los mayores logros en torneos internacionales y obtener algún título internacional.

Pero es común la ilusión de los humanos de que el futuro está muy distante y el pasado muy cercano –probablemente porque a éste lo conocemos y aquél es una incógnita- y yo no fuí la excepción: el futuro se me vino encima con extrema rapidez. Diría que alcancé a tener éxito sólo en el primer propósito, ya que completé once trofeos, nacionales, marca que aun no ha sido superada. Pero en las luchas internacionales -aunque alcancé algunos buenos éxitos- el resultado fue diferente, en parte porque en ellas uno se mide con adversarios más profesionales y que continuamente están en la batalla.

Respecto al título, muchos me han dicho que merecía por lo menos el de Maestro Internacional y que mis actuaciones eran aval suficiente para hacer automática esa designación. Pero en esos tiempos imperaba la burocracia y la Federación Chilena nunca hizo las gestiones correspondientes. No he sido el único afectado por la inoperancia de nuestra Federación, ya que mi excelso profesor y gran campeón, Mariano Castillo, se lo merecía ampliamente y también fue víctima de ella. Pero reconozco que yo mismo –por simple vanidad, ya que todos me consideraban más ingeniero que ajedrecista y no quería romper esa imagen- no demostré mayor interés en el tema y me quedé esperando que el título me cayera del cielo, lo cual me inhibe de culpar a otros. René Letelier con su propio esfuerzo –y dialéctica- logró superar las barreras burocráticas y fue con toda justicia nuestro primer Maestro Internacional. Otros, se movieron mucho a objeto de consegirlo para sí, pero no lo lograron. En cualquier caso, ahora el sistema de otorgamiento de títulos es menos engorroso y son varios los chilenos que han tenido acceso a uno.

En 1966, cuando se produjo mi retiro, el hecho pasó inadvertido para la gran mayoría porque –como no era raro que yo estuviera uno o dos años sin jugar el Campeonato de Chile- se pensó que en esa ocasión estaba sucediendo lo mismo.

Lo que sigue, desde 1966 hasta nuestros días es parte de otra historia. En un principio nada cambió. Siguieron celebrándose los Campeonatos Nacionales, las Olimpíadas, y se sucedieron las invitaciones a torneos en Argentina y otros países de la región. La idea de formar talentos en forma sistemática como se hace en Rusia, en cierto momento fue abordada -con entusiasmo y hasta heroísmo- por Carlos Jáuregui a quien se debió la campaña que inició el Club Chile con el beneplácito de Sergio Costagliola, y de la Federación de Ajedrez (FEDAJ). En el equipo que participó en el proyecto destacó la figura de Pedro Donoso, quien con una gran entrega personal lideró el movimiento de formación de jóvenes talentos. A su prematuro deceso lo reemplazaron David Godoy, Mauricio Carvallo, Juvenal Canobra y muchos más que sustentaron y dieron cuerpo a la iniciativa, entre ellos mi hijo Rodrigo -el Nani- exitoso ingeniero y también ajedrecista de fuste que –no obstante su calidad- renunció al juego-ciencia sufriendo bastante menos que yo. A la larga, la semilla produjo sus frutos con la obtención de títulos internacionales, grandes maestros (GM ) y maestros FIDE (con un ELO superior o igual a 2300). Iván Morovic fue el primero, lo siguió Roberto Cifuentes y recientemente Rodrigo Vásquez, quien heredó de su abuelo Ruperto Schroeder el entusiasmo y vocación familiar trasmitida genéticamente a través de su madre, Alejandra.

En el campo internacional la historia es conocida. Después de la irreverente interrupción de Bobby Fischer la supremacía de la Unión Soviética, ahora Rusia –donde los futuros campeones se forman desde niños en escuelas de talento financiadas por el Estado-, se restableció, aunque ya no de manera incuestionable.

Tal vez lo más impactante ha sido la irrupción de las máquinas38 uno de cuyos exponentes insignes –el Deep Blue- logró imponerse por primera vez a un campeón del mundo en 1998. Como lo señalara Gary Kasparov en Harvard el computador examina y evalúa millones de posiciones -no soñadas o rechazades de inmediato, por absurdas, por los jugadores de carne y hueso- y luego simplemente gatilla una respuesta mientras que el humano tiene que resolver nuevamente lo aprendido años atrás y batirse con reglas aprendidas y supuestamente mejoradas a través de victorias y fracasos. Aunque suene como “la del picado”, al comparar a la máquina con el hombre aquella hace uso de prerrogativas que los reglamentos de la FIDE prohíben expresamente: en el uso de los libros en todas las fases del juego, por ejemplo, el computador simplemente copia las movidas pues las tiene en su memoria.

El ajedrecista aunque usa algo su memoria en las aperturas, a partir del medio juego lo que hace es imaginar y evaluar globalmente la posición resultante y la cantidad y valor de piezas por bando -pero sin captar sus sutilezas inherentes- al cabo de una cantidad muy limitada de movidas (tres o cuatro). Los computadores actuales hacen la misma evaluación pero tras decenas o cientos de movidas. Y el computador perfecto –si es que algún día llega a existir- no evaluará posiciones sino que se limitará a mover repetidas veces las piezas hasta dar mate –o que se lo den- en el tablero virtual que está en su memoria. Desde ese punto de vista la diferencia entre lo que hacen el hombre y la máquina es que mientras el primero trata de predecir el futuro la segunda sólo relata el pasado. Por lo mismo, sostengo que una combinación puede ser calificada de hermosa, sólo si un ser humano está tras las piezas.

Pero la idea de combinar el ajedrez humano con el computador, lejos de ser dañina al deporte ciencia y otras disciplinas creadas por el hombre39, le ha dado nuevis bríos. Además de los torneos mixtos se ha propuesto el “ajedrez avanzado”40 que se define como “un tipo de ajedrez del siglo veintiuno en el cual ambos jugadores consultan con un computador para comprobar o re-comprobar sus movidas planeadas”. A medida que se progresa y nacen nuevos programas sus autores tienen interés en promoverlos y medir su capacidad luchando contra humanos o ayudando a humanos. Para esas operaciones hay fondos estatales de dinero que se destinan a promoción y que son bien vistos por los organizadores de torneos pues permiten acceder a nuevas fuentes de financiamiento. El resultado es el estilo actual de los jóvenes maestros, que no eluden las complicaciones y que han conquistado un elevadísimo ELO promedio.



MI VIDA DE DESPUÉS

En mi niñez, desde las ramas de la higuera junto a Rafael pude contemplar los ciclos inevitables de la casa de La Cisterna. La Berta salía de la cocina a regar el patio trasero poco después de que sonara la sirena de la escuela de aviación. En un punto de la tarde el perro de los Goyeneche le ladraba al cartero en bicicleta y cuando la sombra de la rama en que estaba instalado tocaba las ventanas del tercer piso mi madre depositaba una bandeja con cervezas en la tarima del kiosco.

Muchos años después mi amigo, el astrónomo Raúl Anguita, me empezó a hablar de equinoccios y de galaxias, y me invitó a ver el cielo a través de un telescopio. De inmediato tuve la sensación de que presenciaba acontecimientos colosales en los que no me era dado intervenir. El inalcanzable mundo celeste que ya me habían adelantado mi padre y la profesora Erdmandsdôrffer y cuyas fotos en blanco y negro figuraban en El Tesoro de la Juventud, estaba ahí en vivo, a pleno color, y tan cerca, tan cotidiano como el patio aunque esa descomunal fábrica de soles que es la Nebulosa de Orión41 pareciera estática como un papel de muro.

También se despertó en mí un vago deseo de volver a esos años para completar mi infancia segada por el rótulo de niño prodigio. Entusiasmado, busqué libros, me suscribí a revistas de astronomía, y más tarde hice construír en mi casa de Lo Saldes un observatorio con cúpula giratoria al que se ascendía por una escala vertical desde el segundo piso. Ahora pienso que esa escalera de mano y ese altillo, donde pasé tantas horas de íntimo solaz, emulaba inconscientemente los intrincados laberintos de la casa de La Cisterna, y me arrancaba de las obligaciones profesionales sin desgastarme en forjar estrategias de ningún tipo. Sólo tenía que apuntar y observar los astros predilectos en la negra noche para olvidarme de la regla de cálculos y de los proyectos de ingeniería. En mi oficina de la calle Bustos me sorprendí varias veces reconfortado por la perspectiva de una noche sin luna.

Desgraciadamente esa entretención duró poco. Alrededor de los años setenta, el barrio empezó a densificarse -como dicen los planificadores urbanos- y a llenarse de luces que mandaron al trasto mis noches celestes. El tiempo que pasé en el observatorio no me lo va a quitar nadie, por supuesto, pero es una experiencia irrepetible en un Santiago como el actual.

Paradojalmente, a fines de los sesenta la construcción de edificios cayó a un nivel muy bajo. Como no había proyectos antisísmicos empecé a tener problemas y fue el mismo Raúl Anguita, entonces decano de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, quien -para salvar la situación- me ofreció el cargo de Director de la Escuela de Ingeniería Civil. Acepté sin dudarlo. La parte más importante de mi función era, según me dijo, la de planificar y controlar el funcionamiento de la Facultad. Pero una vez en el cargo, aparte de concurrir a reuniones de planificación, me tocó analizar casos individuales, autorizar o denegar solicitudes y resolver los eternos conflictos y rivalidades del ámbito universitrario. Mientras fui sólo profesor tenía muchos alumnos y mi trato con ellos era más bien impersonal porque las notas y los reclamos los dejaba a cargo de mis ayudantes. En mi nuevo puesto, para tratar directamente con personas tuve que echar mano a mi ya lejana experiencia del terremoto de Chillán.

De hecho, me tocó vivir un período de gran efervescencia. Por esa época los alumnos, respondiendo a un movimiento mundial, lanzaron un manifiesto que abarcaba una serie de demandas con base en las ideas de co-gobierno y apertura a los sectores sociales desprivilegiados (sic) y fue el primer paso de lo que posteriormente se llamó la Reforma Universitaria. Por supuesto que hubo precursores y detractores con numerosas huelgas, marchas y tomas de sedes. Recuerdo que en uno de esos momentos de tensión se me ocurrió ofrecer una simultánea abierta de ajedrez, la que se llevó a cabo en el Hall Central con participación de alumnos, profesores y administrativos de todas las tendencias. A lo Najdorf, enfrenté a unos cuarenta tableros y obtuve un buen promedio aunque ya había pasado años sin competir. Además, el objetivo principal del evento, que era infundir un sentimiento de unidad y compañerismo y aquietar los ánimos, también se consiguió. Al menos por un día.

Cuando llegó la Unidad Popular y empezaron los graves enfrentamientos que todos conocemos, traté de mantenerme neutral y observar al convulsionado escenario político a través del telescopio como lo había hecho con las estrellas. Pero al polarizarse las opiniones, no se concebía que el participante de una reunión tuviese una postura marginal. Se era de un bando o del otro o bien, un anacoreta, y con ello se anuló la posibilidad de discrepancia. A mi modo de ver, esa situación se mantuvo tras el golpe de 1973, con la sola diferencia de que las reuniones de uno de los bandos pasaron a ser ilegales.

Tal ambiente abarcaba también a la “U”, donde los rectores que antes eran elegidos democráticamente, pasaron a ser designados por la Junta. Uno de ellos, don José Luis Federici -a indicación del gobierno- impuso una política de exoneraciones, reducción drástica de gastos y autofinanciamiento. En la década del 80, cuando la dictadura empezó a soltarse y se organizaron las primeras marchas “por la Democracia” los alumnos de Ingeniería –que ya desde antes eran vistos como potenciales insubordinados- estaban constantemente bajo la mira de las fuerzas de orden y en la escuela eran frecuentes las amenazas de bombas, o paquetes abandonados que –por suerte- casi siempre resultaban inofensivos42.

Terminé mi ciclo de profesor en 1990 y actualmente dedico las energías que me restan a supervisar el diseño de estructuras antisísmicas. Vivo con mi esposa y aunque todos los días voy a la oficina, donde los problemas no escasean, el de los gatos del vecindario que les roban impunemente la comida a los nuestros se ha convertido en el más grave que debemos enfrentar. No juego ajedrez pero mantengo un tablero con piezas de madera en mi atestado escritorio y de vez en cuando analizo partidas de grandes maestros. Hace poco me llevé una agradable sorpresa al encontrar en la revista inglesa “Chess” un comentario referido a Edward Winter, autor del libro Chess Facts & Fables de reciente publicación. Se refería a mi persona como “the unjustified forgotten Rodrigo Flores”. Le pedí a mi secretaria que lo encargara a través de la famosa internet y en él encontré cuatro de mis mejores partidas. Una de ellas es la que jugué contra Luis Palau en 1927, con ocasión del match Capablanca- Alekhine. La misma que alguien envió subrepticiamente a la revista L’Échiquier provocando la molestia del maestro argentino, que –espero- habrá sabido perdonarme.

FIN

Post Data:



En la tibia mañana del 17 de enero de 2007, mientras se preparaba para acudir a RFA Ingenieros la muerte sorprendió a don Rodrigo. El desenlace lo esperábamos todos pero ninguno estaba en condiciones de enfrentar la vida sin su humor y su presencia. Esta obra autobiográfica quedó pues, inconclusa y algunos pormenores han sido completados de oída, hurgando entre los objetos que dejó o extrayéndolos de la difusa memoria de quienes compartieron con él los episodios que aquí se relatan.



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